martes, 15 de diciembre de 2015

Cuento sobre por qué llamo niña a mi amada en mis poemas

     Persuadido por los amigos de que era un producto inocuo, se decidió a probar una droga de diseño, tras ingerirla, en principio se sintió con ansias de exhibir en su plenitud el poder de sus facultades de manera como nunca antes lo hubiera hecho, salió de la discoteca y comenzó a caminar intentando pensar lo que haría pero de pronto le pareció que su ser se estaba transformando desde su misma raíz en algo fuera de la naturaleza humana, primero se creyó una serpiente pero pocos minutos después ya no se reconocía en ella, se identificaba más con un lobo antropófago, sus metamorfosis le causaron tanto terror como tristeza, añoraba la forma humana, el alma humana, la naturaleza con la que había nacido y por la que había recibido las primeras muestras de amor de su vida pero ya no quedaba nada de eso en su realidad existencial, siguió transformándose en seres cada vez más insólitos y desarraigados de la realidad, sintió tanta nostalgia de su perdida humanidad que lloró sentado en el banco de un parque, entonces se creyó opulento río que en su ímpetu inundaba aldeas y destruía miles de vidas, la culpa lo atormentaba, estaba tan angustiado y triste que al cruzarse con el hermoso y tierno rostro de una chica mientras caminaba desesperado, se desplomó en el suelo como si fuera un niño sin equilibrio porque la dulzura de su belleza lo hirió profundamente con una desmedida añoranza de humanidad y sintió ansias de ser amado por ella pero cargaba con tanta culpa y creía tan perdida su inocencia que consideró imposible su anhelo, ella se agachó alarmada a atenderlo y le preguntó si le pasaba algo, él respondió que quería ser niño otra vez e ir al colegio con ella, ella quedó asombrada por esta respuesta y le preguntó si había tomado algo, él le respondió que había devorado un mundo y que la corrupción lo atravesaba de parte a parte, ella le dijo que tratara de dar sosiego a sus pensamientos, que debía haber tomado una droga peligrosa, que no se atormentara porque era su deseo de sufrir lo que le impedía salir de su angustia, que escuchara su consejo porque tenía conocimientos de neurología, él la miraba al rostro y tan dulce y tan bello lo veía que lo usaba como guía en su viaje de retorno a la infancia, al fin creyó llegar a ella envuelta en la miel del amor pero un negro residuo de su delirio se cruzó de pronto y sintió que también en la infancia había corrupción y culpa, durante un tiempo, trató de enfundarse en una apariencia adulta y madura huyendo de la suciedad del niño, le dijo entonces a ella que cambiara su rostro y lo despojara de sueños e inocencia porque en ellos se emboscaba el monstruo que lo perseguía, ella le dijo que haría lo que le pedía pero que abandonara toda inquietud, ella pasó una hora junto a él hasta que su perturbación cesó, volvió a su espíritu la lucidez y todavía admirado y enamorado de la belleza y ternura del rostro de la chica, le dijo con cariño, esta vez no en delirio sino enternecido, que era una niña y que el corazón le pedía que fuera su niña, su pequeña niña porque era lo más inocente que él podía hacer en este mundo y recordando las visiones que le habían representado la infancia como algo sucio, tuvo que admitir que eran la quintaesencia de la necedad.

miércoles, 9 de diciembre de 2015

Tres cuentos sobre cosas parecidas al amor de verdad

1.

     Estaban merodeando por una aldea agrícola para disfrutar del sábado y pasando junto a una casa, vieron un legón y como nunca habían visto uno, preguntaron al hombre que había junto a él qué utilidad tenía, este se sintió tan predispuesto a ilustrarles que les lanzó una larga perorata como respuesta pero a ellos les pareció tan aburrido todo que perdieron todo interés por la herramienta, siguieron caminando y encontraron un banco, estaba hecho en la misma fábrica que el legón y tenía los mismos materiales pero jamás se les hubiera ocurrido preguntar para qué servía, habían visto miles de bancos en su vida y aunque nunca hubieran visto uno, nada más verlo, lo hubieran sabido porque parecía que les decía: “Siéntate, siéntate...”

2.

     Un japonés llegó a Sevilla para enseñar kung-fu y al cabo de unos días, con las amistades que hizo allí, salió de copas, le animaron a tomarse un whisky y cuando bebió el primer sorbo, como nunca lo había probado, le supo muy mal e hizo guiños con los ojos, uno de los amigos le dijo que no se preocupara, que bebiera tranquilo hasta que se acostumbrara al sabor porque hasta que eso no ocurría, a nadie le gustaba, él creyó que todas las cosas eran igual en Sevilla y cuando vio que le ponían delante un plato de gambas al ajillo, no se atrevía a probar bocado pero tanto insistieron los otros que resignado, se llevó una gamba a la boca y esta vez no hizo guiño alguno, le gustó de primeras.

3.

     Un fanático de una secta, para adoctrinar a su hijo, le estaba explicando que para no despertar las iras de Dios y poder seguir viviendo tenía que rezar doce oraciones al levantarse y otras doce al acostarse y que a media mañana, tenía que persignarse cuarenta veces y a media tarde, otras cuarenta y que cada vez que comiera algo, tenía que lavarse las manos treinta y tres veces, su hijo, con tristeza, le preguntó si todo el mundo tenía que hacer eso para vivir y su padre respondió que no, que a los paganos les bastaba con respirar.