martes, 29 de septiembre de 2015

El frío del Maligno

     Fernando había descubierto con inmensa satisfacción gracias a una prima el placer de dar dignidad a lo que las ropas ocultaban siempre y arrebatarle su estigma de suciedad e impureza, no había arrogancia en sus juegos, ni odio, ni egoísmo, al contrario, satisfacían su instinto del bien. Su madre iba a dar a luz y otra de sus primas, mucho mayor que él pero de la que estaba enamorado vino a hacerse cargo de los niños esa noche. Fernando tenía en su mente la dulzura con que su prima le trataba siempre cuando le pidió que jugaran a aquello tan placentero que jugaba con su otra prima pero ella, en cuanto entendió a lo que el niño se refería, temiendo la deshonra y el escándalo, gritó con furia a su padre lo que el niño le había pedido mostrando melindres de honestidad e integridad moral. Su padre, que apenas tenía coraje pero cuyo temor a la opinión era un estímulo poderoso de su voluntad, se lanzó contra su hijo y le gritó que rezara, que rezara o el Diablo le pasaría el rabo por la boca. Él rezó lleno de inquietud hasta que se quedó dormido. Pero al día siguiente, ansioso de desprenderse de la angustia que la imagen del Diablo metiendo su rabo en la boca le había producido, quiso que su padre le confirmara que solo había sido una broma y le preguntó cómo iba el Diablo a pasarle el rabo por la boca si tenía forma de persona y las personas no tienen rabo pero su padre, que quería que en la mente del niño entrara bien toda la fuerza de su insidia, le dijo que lo que tenía delante cuando estaba en cueros era su rabo, aquella imagen perturbó profundamente la mente de Fernando, que se dio perfecta cuenta de que su padre lo estaba escarneciendo, humillando su sexualidad, convirtiéndolo en nada, negándole toda dignidad, comprendió que el corazón de su padre no tenía amor para él puesto que despreciaba su pureza y le prohibía el placer y la vida solo por hacerse querer de desconocidos que defendían una mentira humana, su reacción más inmediata fue manifestar su indignación contra su padre y aunque no deseaba matarlo, con jactancia verbal le dijo a su madre que le diera una navaja para hacerlo. Empezó a sentirse sucio por dentro, creía que los otros merecían más el afecto de su padre que él y él no acababa de asumir esa realidad. Su madre hubo de ser operada por las complicaciones que habían tenido sus partos, durante todo el proceso, tanto su hermana como su padre como su propia madre le reprocharon la frialdad con que estaba afrontando aquella crisis familiar puesto que quería ver la televisión y divertirse en lugar de estar esperando lleno de tristeza e inquietud el desenlace, él cada vez se sentía más culpable, parecía que en el mundo no hubiera nadie que le quisiera de verdad, por las noches, tenía miedo, temía la aparición del Demonio, ser objeto de su escarnio brutal solo por haber buscado el placer y haber querido ser como los adultos porque eso era un escándalo, una vergüenza que se castigaba con la humillación y el frío. A medida que pasaba el tiempo se iba olvidando del odio que había visto en su padre, él le regaló una navaja pequeña y él ya solo se acordó en adelante de lo inmundo que era el placer, de la dignidad que merecía la sociedad y el poco valor que, por el contrario, tenía él, fue tomando forma en su mente la idea de que crecer era para él un empeño imposible y que adoptar actitudes de persona adulta era un comportamiento deshonesto. Cuando empezó a ir a la escuela, frente a todos los demás niños, se sentía el más extraño, inferior a ellos, su delgadez le hizo merecer motes y burlas que incrementaron su sentimiento de marginación, pronto aparecieron sus obsesiones, que tanto irritaban a su madre, deseaba los juguetes más caros, los más extraños caprichos, las más exquisitas rarezas, en el fondo, buscaba esa pureza de la que creía que carecía él, en el colegio cada vez se fue sintiendo más inferior, veía a los otros chicos más aptos para la vida, más capaces de comportarse como adultos, él tenía buenas notas pero se sentía tonto frente a los demás, padeció muchas veces el acoso y sus remordimientos se agravaron notablemente. Un día jugando alegremente se clavó un alambre oxidado en la pierna, el placer del juego le parecía que había justificado el dolor consiguiente, él no merecía el gozo, el gozo era para los otros, se calló por sentimiento de culpa pero, a medida que avanzaban los días, su angustia crecía, se sentía castigado, condenado por el destino por haber disfrutado tanto jugando, creía que iba a contraer el tétanos y, después de aguantar su silencio hasta el extremo del horror, contó lo sucedido a su madre, ella alarmada y enfadada lo llevó al médico, que procedió a apartar la concha de su herida y desinfectarla y mandó que le pusieran la vacuna. Cerca de la pubertad, bromeando inocentemente con un amigo al que le gustaban los chicos, le mordió en el cuello diciéndole que era un vampiro, este amigo reaccionó de una manera imprevista para él y profundamente traumática porque le advirtió ásperamente que sus compañeros de clase le estaban mirando y que iban a pensar que eran pareja, él estaba lejos de sentir la homosexualidad como su propia orientación pero estaba tropezándose una vez más en la vida con el frío, con la traición de quien prefiere mantener las apariencias a ser fiel a un afecto, su padre había dado en besarle todas las noches antes de dormir como una imposición casi moral del falsamente piadoso que siente lástima, él lo presentía pero creía que le debía lealtad y no se atrevía a hacerse consciente de ese desprecio, una mañana tuvo un sueño alucinatorio, el Diablo hacía acto de presencia y él, sin poderlo evitar, se dejó llevar por una emoción de afecto, en ese momento, estallaron dos voces llenas de ira, una era la de una mujer escandalizada y otra la del Diablo iracundo, en los días subsiguientes, sufrió la peor obsesión que había sufrido hasta entonces, se creía perseguido por el Diablo para conseguir su alma, él no podía encontrar un motivo lo suficientemente fuerte para creer que Dios era mejor que el Demonio y su duda hizo más angustiosas aquellas dos semanas de sombrías cavilaciones y horrores. Cuando llegó a la adolescencia, odiaba a los otros chicos, los creía estúpidos porque les veía afectar madurez, cosa que a él le parecía de una gran petulancia y, sin embargo, se sentía hondamente frustrado porque no podía liberarse de la infancia, creía que iba a ser siempre un niño, que le iban a tratar siempre como un muchacho, que no le iban a dar dignidad de adulto jamás, una fuerza que él ya no podía recordar le estaba oprimiendo para que renunciara al éxito, al crecimiento, a la vida a cambio de no ser escarnecido cruelmente, de no ser humillado, de no sentirse impuro y corrupto por haberse mostrado natural, deseoso del placer, ansioso de ejercer su derecho a estar en el mundo. Recordaba aún la amenaza que el Diablo le había hecho en una fantasía antes de que cesara su obsesión:
     -Ya verás a los veinte años lo que te hago -sintió que le había dicho.
     A los veinte años se enamoró de una chica, quería hablarle pero temía el rechazo, una invisible barrera le impedía satisfacer su desmedido anhelo de comunicarle su amor, los días pasaban sin que hubiera avance alguno en el logro de aquel afán de su corazón, de nuevo se sintió presa de la corrupción y la suciedad, esta vez fue su calvicie, temía estar quedándose calvo pero no era capaz de asumirlo con naturalidad, le horrorizaba ver en los espejos el avance que había hecho su alopecia, le parecía repulsiva, asquerosa, sucia, de nuevo callaba lleno de remordimientos, lo sentía como un oprobio, como un castigo, se había atrevido a soñar con el amor cuando a él, solo a él, le estaba vedado, cada vez que su instinto de vivir llamaba a su puerta, la sensación de suciedad, de oprobio y corrupción lo llenaba de culpa y lo estancaba en el fracaso. Su frustración amorosa acabó produciéndole delirios, creía que la gente de la calle o de dondequiera que estuviera le transmitía señales extrañas que él iba ensartando en su pensamiento y daban por resultado fantasías irreales y misteriosas y, a menudo, tan humillantes para él que se sentía objeto de una esotérica, velada y radical marginación social, se sentía incluso fuera de la especie humana, odiado por todos, menospreciado hasta por aquellos amigos que no paraban de reírse de él. Muchos años siguió sintiendo aquel delirio, que le quitaba toda su fe en su inocencia y su pureza, durante el mismo, podía percibir el hielo de unos alientos infinitamente fríos que hurgaban en las emociones más secretas de él y estallaban en el sarcasmo más doloroso y el odio escandalizado cada vez que él mostraba el más pequeño asomo de fragilidad humana, no faltó el sufrimiento por la preocupación de que su problema mental fuera una homosexualidad no asumida, posibilidad que lo amargaba porque no deseaba tener esa orientación sexual y porque sabía hasta qué punto la sociedad despreciaba a los homosexuales. Los psiquiatras y psicólogos no consiguieron gracias a su deliberada incompetencia más que ahondar su bajo concepto de sí mismo, en su vida apenas había luz alguna, su padre empezó a padecer ataques epilépticos, creía que eran un castigo a la tranquilidad con que vivía la vida porque, en medio de la paz de la existencia, incluso en una Nochevieja o en unas fiestas patronales, su padre caía en un ataque y a él le parecía que el poder de la justicia sobrenatural estaba impidiendo una vez más su felicidad. Cuando su padre cayó en la crisis definitiva, él tenía más de cuarenta años y aún no conocía el amor, la extrañeza de los síntomas de su padre, en su mente perturbada por recientes crisis en su enfermedad mental, hacía aparecer fantasías en las que no faltaba el Demonio pero estaba tan acostumbrado a su mal que esas fantasías no le producían horror alguno, ni siquiera cuando vio en un centro de salud a un hombre pelirrojo y cojo que tenía los zapatos redondos, como para una pezuña o cuando le contó su madre y la vecina de habitación del hospital que habían visto aparecer un objeto blanco muy extraño entre las dos camas y desaparecer luego precipitándose contra una de las mesitas. Fernando estaba dejando de sentirse inmundo, había visto el desapego que su padre mostraba en algunas fases de su enfermedad y la escenificación que su madre se creía en la obligación de representar para que no se dudara del afecto que tenía por su marido y tuvo la clara evidencia de que la sociedad era un teatro y que él, en cambio, se había mantenido toda su vida fiel al bien, al auténtico bien, al que no depende de la forma sino del corazón y la piedad y comprendía que era absurdo seguir creyéndose culpable de nada o renunciar al amor y la ternura inocente que sentía ansias de dar a otro ser humano. Pasaron unos años y conoció a una chica por internet que se interesó por él y su corazón se unió con el de ella para siempre pero todavía se sentía angustiado, se imaginaba que era menospreciado por la sociedad y eso lo perturbaba mucho, seguía creyéndose culpable de un horrible pecado porque la sociedad no correspondía con un afecto explícito a sus buenos deseos, un día se estropeó su conexión a internet y, al poco, sintió una inquietud profunda, la ociosidad en que aquel contratiempo le dejaba le permitió prestar atención más detenida a los pensamientos que había tenido algún tiempo antes, su viejo temor de haber hecho un pacto con el Diablo sin él saberlo. Recordó que había escuchado en duermevela poco antes de los ataques definitivos de su padre una voz muy grave que decia “Satán” o que, en sus años de Universidad, había escrito en un papel con su propia sangre la palabra “Sufro”, lo que podía quizá haber valido como un contrato formal, recordó el horror que toda su vida había sentido por el Demonio y su presencia en tantas fantasías que su enfermedad le había hecho elaborar, recordó que más de una vez había creído estar, contra lo que afirma la iglesia católica, condenado en vida, sintió una vez más la angustia del fracaso, de estar cayendo de nuevo en la enfermedad, de no haber tenido suerte tampoco esta vez en el empeño de alcanzar la felicidad, de que toda su gloria, todo su amor fuera falso, de que, como tantas veces en su vida había sentido, fuera un ser inmundo, corrompido, el más despreciable de la sociedad, un condenado al Infierno. Pero, al poco, se dio cuenta de que alguien que escribe en un papel con su propia sangre “Sufro” en medio del tormento de una enfermedad mental solo por salir del agobio que siente haciendo una locura tal y como hizo otra vez quemando unos papeles que tenía pegados a la pared de su habitación o emborrachándose con un tetrabrik de vino que un amigo había comprado para su comida, no está vendiendo su alma al Diablo sino demostrando lo desesperado que se siente, quiso averiguar qué había tras la imagen del Demonio en la historia objetiva de su vida, recordó sus juegos sexuales y un sueño que le inspiró mucho miedo donde veía un insecto convertirse en un brazo asomando a la cabecera de su cama, pensó que ese brazo levantado era el fascismo, que hizo a su padre herir tan despiadadamente a su hijo, también le sugirió la imagen del que se ahoga y pide auxilio y recordó la vergüenza profunda que sintió cuando se vio desnudo delante de todos los bañistas ante las olas del mar adonde su madre lo llevó para que el agua salada lo fortaleciera, lloraba entonces porque temía aquel río tan grande y porque le daba vergüenza su desnudez y se sentía sucio ante los otros, aquel brazo también tenía algo de los golpes que su madre le daba cuando jugaba sin deber, aquel brazo era algo postizo, algo que no cuadraba, algo que fingía ser humano sin serlo y supo que su empeño en satisfacer a la sociedad era su auténtico pecado, que el escarnio del Demonio o el del hipócrita que se escandaliza importaban muy poco porque ellos no valían nada y no socavaban su valor, que el Demonio era una vulgar patraña y que tras él se escondía su falta de valor para asumir que su padre no lo quería demasiado y que tanto él como su madre lo respetaban menos que al mundo, al que también él quería halagar ahora sin ser consciente de que no merece la pena pues solo se debe entregar el alma al corazón al que gustas. A su corazón se le reveló hasta qué punto era relevante el recuerdo del frío mostrado por su prima en toda la historia de su vida y que era la hiel de aquella persona y no la referencia posterior al Demonio de su padre lo que de verdad le había hecho descubrir el horror del Mal y vivir para siempre temiendo su amargo roce. Cuando supo esto, pudo por fin perdonarse su falibilidad y su irrelevancia para la sociedad, dejó de ver en ellas la señal de una inmunda culpa pues en ningún lugar hallaría tan desmedido rigor excepto en el gélido aliento de los seres malvados.

lunes, 14 de septiembre de 2015

Diez respuestas a los ataques contra la dignidad

A Susana Escarabajal Magaña

1.

     -Eres una mierda de hombre.
     -Y tú eres una mierda de dios.

2.

     -No haces nada bien...
     -Lo único que no hago bien es agradarte y es por propia voluntad.

3.

     -Mi país es mejor que el tuyo.
     -Pero tú eres peor que yo.

4.

     -Prefiero callarme lo que opino de ti.
     -Caray, qué respetuoso eres.

5.

     -Sexualmente, eres una basura.
     -Por lo que se ve, tú debes ser un diamantito.

6.

     -Qué tonto eres.
     -No sigas, cuando quiera un aburrido informe sobre mi inteligencia, se lo pediré a un especialista.

7.

     -Tienes cara de imbécil.
     -Y tú tienes cara de mentiroso.

8.

     -Eres un fracasado.
     -Es que no iba buscando el triunfo sino la verdad.

9.

     -En mi casa, tú no entras.
     -Pues me ahorras trabajo en urbanidad y educación.

10.

     -Supongo que imaginas que eres muy inteligente y valioso, ¿no?
     -¿Por qué lo supones? No todo el mundo es como tú.

viernes, 11 de septiembre de 2015

Sábado

A mi amada

     Era sábado. El día siguiente era el previsto para su ejecución. Él era inocente pero nadie lo creía, nunca nadie había creído en él, ni siquiera sus padres o su hermano, todo el mundo le había tenido como un ser menor, insignificante, que no merecía demasiada atención, él sentía una infinita sed de dignidad y aquel sábado último de su vida lo que más le atormentaba era que iba a morir sin que a nadie le importara, sin que nadie deseara vivamente que no ocurriera, nadie habría salvado su vida, no dejaba nada de valor en el mundo. Qué parecido guardaba aquel día con tantos otros sábados de su vida llenos de soledad, tedio y añoranza de exhibirse ante los ojos del mundo porque los pasaba encerrado en casa debido a su terrible timidez, la mirada de una mujer penetrándole el corazón para comulgar con él era la felicidad soñada que el mundo ya nunca le daría, solo le quedaba un sábado y lo iba a pasar también encerrado.
     A las ocho de la tarde, un guardia entró en su celda para preguntarle si accedía a atender a una periodista, él estaba deseando que ocurriera algo así y respondió prestamente que sí. Cuando la periodista entró, le pareció muy hermosa, dotada de formas que satisfacían a la inteligencia y conquistar su interés le parecía un alto honor que podía aliviar la agonía de sus últimas horas. Cualquier hombre de la calle, donde tan ávido está todo el mundo de esconder todo aquello que lo avergüenza, lo habría intentado jactándose de sus méritos más evidentes e impresionantes pero él vivía sus últimos momentos, por un instante, quiso hablarle de sus poemas pero, nada más imaginarse perdiendo el tiempo en ello, se vino abajo y, brotando de la raíz más honda de su alma, experimentó el ansia irreprimible de revelarle lo insignificante que se sentía y el frío que había en su corazón.
     La primera pregunta de ella le permitió cumplir su anhelo porque era cómo se sentía ante la inminencia de su ejecución, a lo que, con la desesperación de quien ve que ha de ahorrar todas las palabras que sobran, respondió:
     -Siento amargura porque voy a morir sin haber sido amado nunca, me iré de la vida habiendo sido prescindible para todo el mundo, nadie se ha parado a mirarme en mi viaje por la existencia, el lunes ya no estaré aquí pero para nadie significará eso nada fuera de lo normal, es como no haber vivido jamás porque ningún semejante se ha dado cuenta de que lo he hecho.
     La periodista se conmovió ante esta respuesta y, olvidando todo interés profesional, le preguntó por qué le había sucedido eso.
     -Tuve miedo de desnudar mi rostro ante otro ser humano -dijo él-, estaba convencido de que se amaban aquellas apariencias que, en la calle, se premian con el honor y el reconocimiento y yo siempre me supe insignificante, sin ninguna de las virtudes que codician los hombres.
     -Su historia es desoladora -dijo la periodista-, permítame que sea yo la persona que lo eche de menos en el mundo.
     Y, a continuación, ella le tomó una mano y, mirándolo a los ojos con mucha tristeza, se la acarició largo rato, sin decir nada, sin continuar la entrevista, olvidándose definitivamente del trabajo que había venido a hacer, segregando su corazón una miel que iba mezclándose poco a poco con el dolor que, por aquel hombre, surgió en su espíritu. De la misma manera, él sintió manantiales de consuelo con aquella caricia inocente sobre su mano, supo con toda evidencia que sería echado de menos por aquella mujer, sin sospechar fingimiento alguno porque también él estaba experimentando por ella un afecto real, patente, cargado de certeza. Ella no quiso estar presente en la ceremonia de su ejecución pero él murió en paz y enamorado.