martes, 30 de junio de 2015

Nerón y Aquilina

     Nerón tuvo dignidad de adulto desde los catorce años para desempeñar cargos públicos pero, para defender su orgullo y sobrevivir, hubo de luchar duramente toda su vida y se vio en la obligación de manchar indefinidas veces sus manos de sangre, incluso de la de su propia madre porque no era un ser humano sino una hueca máscara de poder y jactancia, toda su capacidad para la crueldad se la daba la cobardía con la que huía de su realidad humana, impresionado por la fastuosidad imperial y falto de auténtico amor propio, en la admiración de los otros y el dominio sobre ellos, basaba toda su valía, solo creía en sí porque los demás creían.
     Aquilina fue una esclava desde niña, obedecía las órdenes de sus dueños pero mantenía su interior virtuoso, nunca traicionó al bien por su infinito orgullo, pese al escarnio que recibía, pese a las humillaciones y faltas de respeto, se mantuvo fiel a la grandeza de su espíritu y, mientras todo el mundo, incluso sus dueños, no esperaban de la vida otra cosa que el regalo de sus cuerpos, ella soñaba con el amor y la generosidad, su alma tierna hacía bella su apariencia y un poeta, compadecido por su hermosura, pagó su libertad y la dejó marchar sin pedirle nada a cambio. El alma de Nerón jamás descansó pese a ser dueño del mundo pero la de Aquilina alcanzó la felicidad más alta porque siempre obedeció a su corazón.

domingo, 28 de junio de 2015

Don Alberto

     Un escritor de enorme prestigio internacional era desconocido en su pequeña ciudad de provincias y un día fue a una librería de allí a comprar un libro. Cohibido por su modestia y timidez habitual, dejó que atendieran primero a un hombre que vestía una estrafalaria capa y llevaba un bastón en la mano y se expresaba con un estilo ampuloso y afectado. El escritor era muy distraído y, cuando vio que el hombre de la capa ya no hablaba, creyó que ya le habían atendido y le dijo a la dependienta lo que quería pero ella, con una expresión de desagrado y tono de enojo le contestó:
     -¿Se puede usted esperar que estoy atendiendo a Don Alberto?
     El hombre de la capa entonces se volvió también hacia él para mirarle con un gesto de altanero desdén, lo que hizo que el escritor se sintiera muy angustiado por haber molestado a aquellas dos personas. Cuando el hombre de la capa salió, apareció por el pasillo el dueño de la librería y la dependienta le dijo alegremente:
     -Ha venido Don Alberto.
     -Ah, ¿sí? -dijo el dueño- ¡Qué buena persona es!
     -Sí que lo es, a ver quién da hoy como él ha dado una fortuna para la catedral y lo bien que escribe -dijo la dependienta.
     -Hombre, eso ni que decir tiene, es nuestro máximo poeta -dijo el dueño.
     El escritor, una vez que pagó su libro, salió a la calle e inició el camino hacia su casa y tan discretamente hizo todo el trayecto que nadie se fijó en él.

sábado, 27 de junio de 2015

Las tres luces

     El maestro pidió a los niños que dibujaran tres cosas que dieran luz y, para entretenerse mientras tanto, intentó leer unas páginas de Historia del tiempo de Stephen W. Hawking, al cabo de un rato, cerró el libro y comenzó a pasear entre los pupitres para ver los resultados del ejercicio. Uno de los niños, le hizo pararse un poco extrañado.
     -¿Eso es una casa, Pablo? -le preguntó.
     -No -respondió el niño-, es una linterna de las que tienen la pila cuadrada.
     -Ah, muy bien, muy bien -dijo el maestro y continuó su ronda por el aula.
     Todo lo vio a la perfección hasta que llegó al niño del último banco.
     -Alberto, te he dicho cosas que den luz, eso son personas -le advirtió al ver que había dibujado tres figuras humanas o la aproximación a ellas que su infantil impericia como dibujante le había permitido llevar a cabo.
     -Es que son mis padres y mi amiga Isabel -respondió el niño.
     -¿Y qué tiene que ver que sean ellos? Pero no dan luz -respondió el maestro que no entendía cómo había podido crearse tamaña confusión en la mente de su alumno.
     -Sí que dan luz -replicó Alberto-, les brilla la cara y me alumbran por dentro.

miércoles, 24 de junio de 2015

Diez relatos de seis palabras sobre carencias del corazón

1.

     Gozaba del placer pero pocas veces.

2.

     Se enamoró perdidamente sin tenerla cerca.

3.

     Sus amigos casi no hablaban palabra.

4.

     Todos sus poemas suscitaban consejos psicológicos.

5.

     Su madre le creía un niño.

6.

     No venía nadie, nunca vendía nada.

7.

      Odiaba el vacío pero le perseguía.

8.

     Estaba aburrido hasta del mismo aburrimiento.

9.

     Ganó cordura y lo abandonaron todos.

10.

     Escuchando el silencio, le pareció ruido.

martes, 23 de junio de 2015

El hombre de fútbol

     Había pasado su vida entera en el club, primero como aprendiz, luego, como jugador y, cuando su físico decayó, como entrenador y como directivo. Apenas sentía interés por otra cosa que porque los once hombres que vestían sus colores metieran el siguiente gol. Su orgullo no encontraba satisfacción apenas por más razones que por las que hacían gritar de júbilo a la masa de ignorantes exaltados y jactanciosos de las gradas. Toda su existencia había sido una insistente búsqueda de la gloria, no la que alcanza en soledad el hombre que sabe que ha cumplido con su deber sagrado de ser humano sin que nadie le empujara solo por su amor al bien sino la que se aparenta y se finge ante una muchedumbre en el minuto justo en que se conviene que ha de suceder y de la forma justa e invariable en que se ha determinado que ocurra. Poco tenía que ver su corazón, ni su instinto, ni sus auténticos deseos con aquella ambición pero nunca se había parado a escucharlos porque el sonido de una ovación le parecía más estimulante y exigía mucho menos valor. En los vestuarios, emergía como en ningún otro ambiente la hiel de esas almas ansiosas de dominio y poder que gozan de la humillación y la derrota de los otros, tan ajenas al sentimiento de solidaridad y a la compasión por la fragilidad humana como vacías e insatisfechas. Cuántas veces había escuchado allí el "vamos a por ellos" o el "somos los mejores" en unos hombres que apenas pensaban que hubiera nada más allá del frío triunfo y la fría recompensa.
     Aquel día hicieron un homenaje a toda su carrera, había hasta una orquesta con cien violines, cámaras de televisión, reporteros de todo el mundo, gradas llenas a rebosar, fuegos artificiales, discursos solemnes y elogiosos de personalidades destacadas... Su orgullo estaba desbordando pese a que en frío nunca se encontraba en rigor satisfecho con lo que era y de ordinario no creía ser más valioso que un miserable ratón. Después de que, en el clímax de la ceremonia, la descomunal orquesta tocara con un aire pretencioso el himno del club, lo que le hizo emocionar y derramar lágrimas, el entrenador dijo con el micrófono en la mano actuando como entrevistador ante el público por bromear un poco:
     -Dime la verdad, Emilio, ¿a quién quieres más en la vida?
     Él, sin dudar un segundo, gritó:
     -¡A mi club!
     Y todo el público ovacionó entusiasmado, que era todo lo que él quería, no más que aquella ovación, aquella limosna de orgullo para su oscura individualidad.
     Cuando llegó a su casa y su esposa, con sencillez, le recomendó que no se olvidara de tomar la pastilla de la tensión, viendo regresar a su imaginación la incómoda imagen de su fragilidad, que hacía vana toda la grandeza con que la ceremonia había envuelto su identidad, sintió tal desazón que, con una ira profunda, contestó:
     -Ya estás tú con la pastilla, la misma historia de siempre, déjame en paz...

lunes, 22 de junio de 2015

El ritual del hada

     Aunque era un humano, desde que era un niño, amaba a un hada, tan hermosa que ni la noche, ni la aurora, ni las rosas, ni las montañas, ni el mar, ni los campos vestidos por la primavera, ni el cielo claro de las mañanas de verano podían competir con su belleza. El amor que ella le ofrecía consolaba su espíritu como ningún otro placer o satisfacción del mundo llegaba a hacerlo. Cuando le llegó la edad de casarse, le pidió matrimonio con desmedida vehemencia en la soledad del bosque del que ella brotaba y tanto era el dulzor y la ternura de sus palabras que los arbustos que había junto a ellos florecieron y la hierba del suelo creció y aumentó su verdor.
     Ella dio su sí pero le advirtió que un hada, antes de casarse, tenía que cumplir un rito mágico que consistía en salir del mundo durante un minuto. Él se mostró encantado por la respuesta y le dijo que hiciera lo que tuviera que hacer y que lo que de verdad le importaba era casarse con ella. Ella le respondió que iba enseguida a cumplir con su ritual, que esperara un minuto solamente.
     Pero lo que sucedió a continuación heló su corazón porque todo el bosque quedó reducido a una llanura desierta que se prolongaba sin interrupción alguna hasta el infinito. Miró hacia el cielo y todo era tiniebla sin una sola estrella. Volvió su atención hacia su interior y no halló más que una tristeza sin límites y el tormento de una desmedida inquietud, ni un asomo de claridad o esperanza. Pasaron meses, años, décadas en medio de aquel vacío absoluto. Sobrevivía a su pesar sin siquiera alimentarse o ingerir líquido alguno como presa de un hechizo que le obligaba a arrostrar aquel sufrimiento insoportable por toda la eternidad.
     Pero, después de pasar muchos años, de pronto, sin previo aviso, su alma se llenó de luz y, a su alrededor, brotó el bosque que había desaparecido aquel lejano día en que la nada lo invadió todo, miró con alegría infinita en torno suyo y vio la hierba verde y los arbustos florecidos y sintió que el júbilo estremecía su más profundo interior cuando contempló ante sí el gracioso rostro de su hada.
     -¿Qué ocurrió? ¿Por qué no volviste? -dijo él con desmedida agitación conmovido por el recuerdo de todo el sufrimiento que había tenido que vivir.
     -Pero si he vuelto -dijo ella-, ¿no me ves acaso?
     -Has vuelto pero cien años después -respondió él.
     -No, pobrecito mío -dijo ella con cariño-, solo he tardado un minuto pero a ti te ha parecido un siglo.

domingo, 21 de junio de 2015

Diez finales de narración rimados como un pareado

A Lluvia Rojo

1.

     Cómo conquistaron Marte, será la siguiente parte.

2.

     Cesa aquí mi biografía aunque vivo todavía.

3.

     Porque el brutal asesino fue la dama del casino.

4.

     Sartre fue la solución y venció su depresión.

5.

     La besó con vehemencia sin pedirle su licencia.

6.

     Y aquel horrible vampiro, expiró con un suspiro.

7.

     Se casó con la princesa y lo demás no interesa.

8.

     No quedó ninguno vivo y hasta se secó el olivo.

9.

     El mar se tragó al pirata y a sus monedas de plata.

10.

     Cerró aquel libro tan serio como quien gana un imperio.

viernes, 19 de junio de 2015

Diez relatos de siete palabras sobre la modestia

A mi amada 

1.

     Pudo ser rey pero no quiso molestar.

2.

     No presumía del sexo; lo consideraba amor.

3.

     Pusieron en rebajas los cargos de responsabilidad.

4.

     Era adulto pero solo por la edad.

5.

     Le tocaron fanfarrias y se sintió absurdo.

6.

     Sus tíos lo amaban porque eran ricos.

7.

     Sus amigos eran intelectuales y él, persona.

8.

     Cuando le decían guapo, le era indiferente.

9.

     Cuidaba su moral manteniendo lejos la fatuidad.

10.

     Pensaban que era tonto porque no hablaba.

domingo, 14 de junio de 2015

sábado, 13 de junio de 2015

Diez relatos sobre casados consigo mismos y celosos (6)

     Un homosexual que no asumía su condición con honestidad, queriendo burlarse de las mujeres, fue a un congreso contra la violencia de género a reírse de lo que veía decir y, cuando terminó la ponente que habló de la cultura de la igualdad, fue a tomarle el pelo a la mesa del estrado en la que había leído su conferencia y la intentó convencer de que, cuando un poeta hablaba de la belleza de las mujeres, las estaba denigrando por mucho que se disfrazara de buenas intenciones porque no son solo las mujeres las bellas sino también los hombres. La ponente le sonrió viendo a un hombre tan escrupulosamente celoso de la igualdad de derechos de la mujer pero no sintió deseo de responderle nada porque no quería ofender la buena intención que el joven mostraba por mucho que su idea fuera alarmantemente ridícula. En la ponencia sobre las causas de que la mujer no abandone a la pareja maltratadora, quiso hacer una gracia y, ante toda la concurrencia, preguntó si un golpe en la cara o en el pecho podía causar el orgasmo en una mujer. Ni la gente que asistió ni la ponente advirtieron la mala intención de la pregunta porque eran personas honestas y creían en la buena fe de todo el mundo y ni se les podía pasar por la cabeza que alguien se pudiera reír de las mujeres maltratadas.
     Salió del congreso lleno de lo que a él le parecían anécdotas jocosas que contarle a su pareja. Cuando llegó, su pareja estaba sentado a la mesa de la cocina fumando un cigarrillo muy serio.
     -¿Dónde has estado? -le preguntó.
     -Espera que te cuente, cariño, me vengo riendo como una loca, he disfrutado de lo lindo en un congreso sobre mujeres maltratadas -contestó el homosexual.
     -¿Es que te sientes maltratado acaso? -preguntó su pareja.
     -Chico, no, no seas tan susceptible -respondió extrañado el homosexual.
     -No me creo que hayas estado en un congreso, ¿dónde has estado, maricona? -dijo con agresividad su pareja.
     -Loca de mierda, a mí no me hables así -dijo el homosexual furioso.
     En ese momento, su pareja se levantó y le pegó un golpe seco en el rostro y después otro y más tarde otro y otro y, cuando cayó en el suelo, le pegó una patada en el costado y una más en la cabeza y se marchó fuera de la habitación después de decir:
     -Que no vea que vuelves a salir sin avisarme.
     El homosexual, retorciéndose de dolor en el suelo, se preguntaba en ese momento qué le podía haber hecho pensar que era gracioso comparar una paliza con el acto sexual.

jueves, 11 de junio de 2015

Diez relatos sobre casados consigo mismos y celosos (5)

     Un político corrupto fue condenado a diez años de cárcel por apropiación indebida de fondos públicos, cuando el juez dictó sentencia, un amigo se le acercó y le dijo:
     -Pepe, ¿no te pesaba en la conciencia lo que hacías?
     -¿Por qué? -preguntó el político perplejo.
     -Porque una persona no puede tomar lo que no es suyo, Pepe -respondió el amigo con impaciencia-. ¿O no?
     -Sí, es cierto -dijo el político enfadado- pero yo no soy una persona, yo soy yo mismo, ¿o no captas la diferencia?

miércoles, 10 de junio de 2015

Diez relatos sobre casados consigo mismos y celosos (4)

     Se dice que la Alicia del cuento, andando más adelante su historia, tuvo una infancia tan traumática por la educación represora de sus padres de moral victoriana que nunca maduró emocionalmente y se pasó la vida fingiendo ante los demás ser un personaje de cuento, ansiosa de ganar de los demás la admiración y el afecto que no se tenía ella. Le era imprescindible que los demás creyeran su historia para creérsela ella y, cuando no lo hacían, se iba a su País de las Maravillas donde todo era posible y verosímil y donde no había nadie que desconfiara de su fábula. No se permitía la verdad y por eso su corazón estaba frío y hueco y era capaz del egoísmo y el mal. Cuando había alguien en su vida, le causaba un profundo sufrimiento porque tan pronto le manifestaba con teatralidad una pasión desmedida como, cansada de fingir, mostraba un desapego y una frialdad decepcionantes con lo que sus amantes se encontraban con el desengaño más terrible tan reiteradas veces que acababan enloqueciendo y creyéndose basura humana. Para ella el resto del mundo era solo el escenario de su cuento, un mundo donde brillar y protagonizar una fulgurante historia, su vida solo fue un ensayo de existencia y, solo cuando ya lo había aprendido todo, se dio cuenta de que no servía para nada.

martes, 9 de junio de 2015

Diez relatos sobre casados consigo mismos y celosos (3)

     El pequeño de la casa, cuando estaban todos en el salón, le dijo con voz tierna a su madre:
     -Mamá, ¿por qué no vienes esta noche a contarme un cuento bonito?
     -De acuerdo, iré a contártelo -respondió la madre con una sonrisa-, ve a acostarte que ahora voy.
     Su hija mayor, al oír la respuesta de la madre, dijo con aspereza:
     -Pues a mí también tienes que venir a contarme un cuento.
     -Ni que lo pienses -y al ver que la niña permanecía en el salón haciendo pucheros, añadió-, ¿esperas algo para irte a tu habitación?
     La niña se marchó y al poco se escuchó el portazo con el que cerró su cuarto.
     -¿No los quieres igual? -dijo a la madre su esposo-. La niña va a traumatizarse.
     -No lo creo -respondió ella-, los sentimientos que ha manifestado no son auténticos, solo quiere protagonismo.
     -¿Y el niño no quiere protagonismo? -preguntó él-. ¿No es lo mismo lo del niño?
     -El niño se ha guiado por su corazón pero ella no tenía nada dentro -respondió ella.
     -¿Y cómo puedes distinguir algo así? -dijo él con algo de perplejidad.
     -Está muy claro -replicó ella-, el niño me ha expresado un deseo pero ella me ha dado una orden.

lunes, 8 de junio de 2015

Diez relatos sobre casados consigo mismos y celosos (2)

     Según un evangelio apócrifo de muy reciente descubrimiento, lo que hizo Judas Iscariote después de recibir la recompensa por traicionar a Jesús no fue suicidarse ni desprenderse de sus monedas de oro sino comprar con ellas ricos collares y sortijas con que adornarse además de una túnica con bordados de oro y mangas con puntilla e iba muy ufano por las calles luciendo tipo y dándoselas de gran señor.
     Los que lo conocían de antiguo se reían de él a sus espaldas muy a gusto porque no habían visto en su vida un patán de su talla tan convencido de ser un gran señor. Quería codearse con los ricos de Jerusalén y se esforzaba en hablar como ellos y ocultar que era de extracción humilde, imitaba la gesticulación elegante de la clase alta y en todo lo que hacía mostraba una delicadeza afectada e hipócrita. Dice este evangelio que Judas inventó la sonrisa estratégica para lograr el éxito en la vida y que ha de considerársele el santo patrón del coaching.
     Daba limosnas a los pobres cuando lo estaban mirando y, cuando no, se las robaba. Tan malvado, frío, falso, arrogante y fatuo era que una vez que vio a un niño jugando orgulloso con su carrito de juguete, tanta envidia sintió de la autocomplacencia de la criatura que aplastó con su pie y rompió el juguete fingiendo que no lo había visto, el niño se echó a llorar pero él le aconsejó que dejara de hacerlo alegando que los sentimientos no eran razonables.
     Murió de viejo rodeado de amigos porque era buen jugador de dominó y eso crea lazos irrompibles pero tenía el alma tan seca y descolorida que, cuando encontraron sustituto en las partidas, se olvidaron de que había existido.

sábado, 6 de junio de 2015

Diez relatos sobre casados consigo mismos y celosos (1)

     Tenía en proyecto un libro de poemas de amor y soñaba con que fuera lo mejor que se hubiera escrito en España en los últimos veinte años pero daba la casualidad de que le faltaba inspiración por mucho que leyera y releyera a los poetas consagrados o clásicos o escuchara música relajante y sutil. Aquel día tenía entre manos el poema número dieciocho, la inspiración solo le dio estos tres versos:

Eres bella como una flor, 
quiero acariciarte lentamente 
y dejarte harta de placer. 

     Le parecieron insípidos y creyó que tenía que adornarlos si quería que fueran de verdad una obra maestra, por lo que decidió acompañar cada palabra de un epíteto y quedó así:

Eres en mi clarividente intuición 
primaveralmente bella 
como una graciosa flor, 
quiero con todo mi arrebatado afán 
acariciarte ansioso muy lentamente 
y dejarte al fin 
rotundamente harta 
de regocijado placer. 

     Viéndolo así transformado, el poema le pareció mejor pero todavía demasiado obvio, a su modo de verlo, lograría que fuera más atractivo para los demás si los epítetos no fueran lógicos sino absolutamente absurdos, se puso de nuevo manos a la obra y su poema quedó así:

Eres en mi oclusiva intuición 
esquizofrénicamente bella, 
como una volcánica flor, 
quiero con todo mi marítimo afán 
acariciarte edípico mañaneando lentamente 
y, pulpeando tentáculos, 
dejarte al final de las preposiciones 
etruscamente harta 
de luciférico placer. 

     Lo leyó una vez reformado y le pareció una belleza sublime, ahora sí que estaba lleno de palabras, ahora sí le parecía un poema y, con el espíritu más satisfecho, hasta le vino una nueva idea que le permitía alargar el poema. Iba a llevarlo a efecto cuando su mujer apareció en la habitación.
     -Cariño, no te pongas la corbata azul mañana -le dijo-, la tengo que meter a la lavadora, está hecha un asco.
     -Descuida, mi amor -respondió él.
     -Ni los calcetines que llevas puestos, que apestan que es un horror -añadió ella- y cámbiate de calzoncillos, por favor, que me cuesta mucho que recuperen el color.
     -Sí, cariño- dijo el y ella volvió a salir dando un portazo.
     Cuando intentó reanudar su trabajo, con desagrado, comprobó que había olvidado la idea que acababa de tener, agobiado, intentó recordarla pero fue imposible, la irrupción repentina de su esposa había distraído tanto su mente que su imagen subconsciente se había evaporado. Dio un puñetazo en la mesa y rezongó frustrado:
     -¡Siempre lo echa todo a perder esa bruja...!

viernes, 5 de junio de 2015

Diez relatos sobre personas deseadas (10)

     Dagmar Schneider, escuchando por la radio los discursos del Führer, fantaseaba con merecer el amor de un oficial nazi, ser estrechada en sus arrogantes brazos, mecida en ellos melodiosamente mientras sentía la misma emoción arrebatadora que le producían los sonidos wagnerianos de las veladas radiofónicas nocturnas. En su ideal de hombre, predominaba la fuerza, no quería un marido débil y llorón, incapaz de protegerla de los peligros, no le gustaban los hombres afeminados, a ella solo la enamoraban los valientes y vigorosos, para miedosa y débil ya estaba ella.
     Eberhard Holstein se alistó en el ejército convencido por Hitler, algo tenía aquel hombre de bigote estrecho al hablar que lo emocionaba aunque no entendía ni jota. Una Alemania grande era su sueño, si su patria se convirtiera en la dueña del mundo, ya no se sentiría él tan poquita cosa, tan ridículo, tan feo, tan rudo, tan tonto, tan vulgar, tan impotente, ya no se acordaría de todo aquello que su corazón le decía que era y que se negaba a admitir. Cuando Hitler tomó el poder y dijo que el país iba a ser un gran imperio, traicionó todos sus propios deseos a cambio de conseguir dignidad y entró a formar parte de las heroicas huestes que iban a tomar la Tierra en sus manos.
     Bastian König trabajaba en una fábrica, su trabajo requería fuerza y resistencia y capacidad de sufrimiento, odiaba a su jefe y con él a todos los explotadores alemanes incluyendo a Hitler y a toda su caterva de oficiales ociosos y jactanciosos, no había perdido el juicio como el resto de sus compatriotas, era perfectamente consciente de que Alemania estaba haciendo el ridículo y de que los hombres de verdad no tenían que demostrar fuerza sino bondad. Al contrario de sus paisanos, que auguraban a la raza aria mil años de predominio mundial, él le echaba seis o siete, lo que tardara el mundo en cansarse del absurdo patrioterismo que enloquecía a su nación, él sabía lo frágil que es la fuerza humana, lo pronto que se agota, lo molesto que es mantener la tensión sin descanso y no creía que nadie pudiera durar mucho tiempo resistiendo un esfuerzo por un propósito tan trivial como afectar superioridad.
     Bastian se fijó en Dagmar, era la chica más bella del vecindario, para él la más bella de la provincia o incluso del país. Quizá estaba más allá de sus posibilidades, ella era hija de un empresario y él solo un obrero pero, cuando vio que Eberhard la rondaba habiendo sido él solo un patán estúpido al que echaban de cualquier trabajo antes de alistarse, tomó en serio la decisión de pretenderla pues valía mucho más que aquel hombre que ella no parecía menospreciar.
     Dagmar, cuando despertó la atención de Eberhard, se sintió encantada de que la rondara aquel cabo con aquel uniforme de grandes bolsillos, que le hacían parecer dotado de enormes pectorales, cinturón con resplandeciente hebilla, que le recordaba el brillo de las estrellas y botas inmensas como las de un titán. ¿Qué decir de la ilusión que le hacía convertirse en la novia de un futuro general, de un adalid, de un hombre superior?
     Bastian se compró el mejor traje que le permitieron sus ingresos, se perfumó y acicaló con esmero y acudió al lugar donde sabía que ella iba a pasear un día que Eberhard no estaba de permiso. Cuando estuvo frente a ella, levantó su sombrero para saludar y, usando ideas que había leído en las novelas, dijo:
     -Es usted tan hermosa que muchos lucharían contra un dragón por conquistarla pero yo haría más aún, yo lucharía contra mí mismo y me vencería porque la fuerza de mi amor por usted me daría un poder infinito.
     A Dagmar le brilló la mirada, Eberhard era incapaz de decir algo tan bonito, le recordó los discursos de Hitler pero el Führer nunca le había traspasado el corazón con tanta dulzura, parpadeó perpleja y dijo:
     -Hace falta mucha fuerza para vencerse a sí mismo.
     -A mí no me falta -dijo Bastian-, mi trabajo me obliga a transportar sacos de cien kilos. Podría subirla a usted por los aires sin esfuerzo.
     A ella le hizo gracia la idea de que aquel hombre guapo la subiera por los aires y sonrió con simpatía diciendo:
     -No quisiera ser comparada con un saco.
     -Si de comparaciones se trata -dijo Bastian-, a usted se la puede comparar con un jardín con todo lo bello de este mundo.
     -Muchas gracias, caballero -dijo Dagmar.
     -¿Me permitirá que venga mañana a este mismo lugar a regalarle una rosa? -dijo Bastian.
     Dagmar se estaba enamorando de aquel hombre tan ingenioso y fuerte y ruborizada le respondió:
     -Si le hace feliz a usted.
     A la semana siguiente, Eberhard tuvo un día de permiso y fue a visitar a Dagmar. La encontró fría y desdeñosa y, cuando le preguntó si iría a cenar con él aquella noche, ella, como si no hubiera oído lo que le preguntaban, dijo:
     -¿Cuánto peso puedes levantar, Eberhard?
     -No sé, unos veinticinco kilos, quizá más, ¿por qué? -respondió Eberhard.
     -Abandona cualquier esperanza que hayas podido albergar acerca de mí, Eberhard -dijo entonces ella-, yo solo puedo salir con un hombre capaz de subirme por los aires.