sábado, 30 de mayo de 2015

Diez relatos sobre personas deseadas (9)

     Su infancia fue escenario de maltrato para su orgullo pues, aunque sus padres eran gente honrada y bondadosa, carecían de imaginación y sus espíritus prácticos y obvios no fueron capaces de prestarle más atención que al cobro de una venta, a la reforma del baño o al agasajo debido a las visitas. Su alma era profunda y añoraba un afecto grande donde poder compensar la carencia que sus padres le producían pero, allá donde estuviera, se encontraba por contra con mentes estrechas y limitadas, incapaces de traspasar las fronteras de lo corriente, lo material y lo razonable y que, por no comprender sus sentimientos, lo consideraban un ser absurdo y falto de inteligencia. En su ánimo, apareció por esto una amarga sensación de agravio y rumió durante mucho tiempo dudas profundas acerca de su dignidad.
     El más alto honor que podía concebir era conseguir el corazón de una mujer hermosa e inteligente pero, al carecer de la suficiente fe en sí mismo, nunca se atrevía a establecer contacto con las mujeres de las que se enamoraba. Pero un verano llegó a la casa de sus vecinos una joven alemana, hija de unos amigos suyos, a pasar sus vacaciones y su timidez no pudo impedir que estableciera una relación cordial con ella pues sus vecinos se la presentaron.
     Todo cuanto veía en aquella chica le fascinaba y admiraba, su belleza, su elegancia, su clase, su amabilidad, su dulzura, su feminidad. Cuando estaba solo, era ella lo único en lo que pensaba. Se la representaba en su mente con la misma sensación de devoción y agrado que le hacía sentir una obra maestra del arte o la literatura o un jardín de belleza perfecta o un lago azul al pie de una montaña y alcanzar su amor le parecía tan alta fortuna que a su lado las de Onassis y Rockefeller juntas le parecían insignificantes. Paseaba muchas tardes con ella y, cuando se sentaban en el parque, contemplando la parte de los muslos que dejaba ver su falda, se imaginaba estar viendo el más bonito de los pórticos renacentistas o el palacio neoclásico más bello. Nunca se había sentido tan digno sobre la Tierra como ahora al merecer la atención y la compañía de aquella alemana de pelo negro y ojos verdes que hablaba con voz de terciopelo y con la inocencia de quien apenas habla español y que mostraba una sensibilidad y una bondad exquisitas. Cualquier otro en su lugar habría tomado el suceso como motivo de jactancia entre amigos en conversaciones llenas de banalidad y obviedad pero él disfrutaba de la dignidad que le confería aquella relación en la callada soledad, donde recogía como monedas de oro todos los recuerdos hermosos que le iba dejando la relación.
     Pero las vacaciones de la chica terminaron y se marchó de nuevo a su país y él cayó en una profunda depresión. No se sentía con fuerzas para soportar la pérdida de un bien tan desmedido como la compañía de aquel ángel, que había sido el mayor motivo de orgullo que jamás había tenido además del más desmedido goce de su existencia. Tan grande fue su tristeza que no había nada que le permitiera salir de su tedio, insoportable y amargo, desesperante y perturbador. Sin embargo, un día llamaron a su puerta. Era la vecina. Le traía una carta de la chica alemana para él.
     Tras despedir a su vecina, con el corazón saltándole en el pecho de alegría, abrió la carta y la leyó. Ella le expresaba el afecto que sentía por él, tan profundo como si le conociera de toda la vida y manifestaba su deseo de seguir en contacto a través de internet. En la carta, venía su dirección de correo electrónico. Rápidamente, olvidada por completo la desolación en la que había estado atrapado las últimas semanas, encendió su ordenador y comenzó a redactar su email para la chica alemana y las primeras palabras que le escribió fueron:
     "He recibido tu carta, me ha parecido un acontecimiento más agradable aún que si me hubieran regalado un palacio, me siento tan a gusto como si me hubieran coronado rey, me has hecho experimentar tal liberación que me parece como si hubiera salido al aire libre desde una oscura y estrecha mazmorra..."

viernes, 29 de mayo de 2015

Diez relatos sobre personas deseadas (8)

     Ella era una muchacha muy bella y elegante, con una refinada educación y muy ambiciosas metas en su vida. Él la conoció y la deseó pero, a su entender, no estaba en condiciones de aspirar a enamorar a tan alto espíritu y el dolor de la añoranza le punzaba en el corazón porque, en su más profundo interior, no hubiera querido otra cosa que unir su alma con la de aquella mujer tan fascinante sin que lo creyera posible porque él solo era un hombre sencillo incapaz de apartarse mucho de la verdad y con una vida mucho más mediocre y corriente que la de ella.
     Cuando hablaba con ella, nunca intentaba aparentar mejor educación que la que tenía usando una máscara hipócrita, le entregaba su alma desnuda, mostrándose más sincero aún que con cualquier otra persona, no podía desaprovechar la oportunidad de dejarse ver tal y como era por la mirada de aquella chica porque la amaba y ella hacía lo mismo con él de tal manera que, pese a lo exquisito de su espíritu, la sentía tan cercana como si hubiera sido su misma hermana.
     Ansiaba su corazón, lo veía como una joya hermosa, llena de brillo y, sin embargo, qué lejano le parecía su sueño, qué ajeno a su condición. Maldecía su fortuna y se despreciaba a sí mismo por no merecer tan bello regalo de la vida. Pero tan grande era su amor que, pese a su completa seguridad de que ella no era para él, no renunció a declararse un día aunque llenando su discurso de consternadas lamentaciones en las que se quejaba de su negativa aun antes de que se hiciera manifiesta.
     Pero ella no podía querer a otro hombre tanto como lo amaba a él porque la honradez y franqueza de su trato la habían cautivado y aun así era pura modestia y sencillez, era un ser bondadoso, justo lo único que ella andaba buscando y, con las palabras convenientes, le dio su sí.

jueves, 28 de mayo de 2015

Diez relatos sobre personas deseadas (7)

     -¡Mira, papá, gnomitos luminosos! ¡Quiero uno, por favor!
     -¡Qué codicioso eres, Arturo! Todo lo que ves brillar te lo quieres llevar a casa...
     -Sii, papá... pero lo que no brilla, no.

miércoles, 27 de mayo de 2015

Diez relatos sobre personas deseadas (6)

     ¿Cómo no iba a anhelar su roce, su mirada, su afecto, su aquiescencia, su compañía, su confianza si era más bella que una rosa, si su rostro era delicado y dulce como el de los ángeles, si su mente privilegiada era depósito del saber más profundo, si su espíritu era misterioso y circunspecto como la noche, sencillo e inocente como el de los niños, bondadoso y tierno como el de una madre, alegre y despierto como la juventud, libre y respetuoso como la brisa, si gozaba de su presencia como del placer más alto, si cuantas palabras pronunciaba le llevaban a la reflexión y acariciaban su corazón, si jamás dejaba de saciarle su sed de lo elevado y sublime, si cuanto contemplaba en ella o sabía de su condición era noble, hermoso, amable, delicado, perfecto, luminoso, claro, extraordinario, insólito, si, pese a su brillo poderoso, había llegado a lo más íntimo de su corazón y era tan cercana y familiar para él como el paisaje de su ventana, cómo no iba a sentir en su pecho la herida del deseo si ella era todo lo que él había esperado de la vida? Hasta ahora había creído que lo que añoraba eran formas y apariencias para su vida y su ser pero ahora amaba de verdad, deseaba a una persona en su total extensión y la forma ya no dejaba en su corazón más que el vacío que es en esencia y el frío de la desnudez y la parálisis.

lunes, 25 de mayo de 2015

Diez relatos sobre personas deseadas (5)

     Le perturbaba el hecho de no poder reprimir el desapego y el desprecio hacia personas del todo inofensivas pero que despertaban su aversión. Bastaba que el rostro de una mujer le pareciera falto de gracia para que le poseyera el impulso inevitable de creerla estúpida y sin valor o que un hombre se expresara con el lenguaje rústico que emplean los iletrados para desear tenerlo lejos de su vida y hasta olvidarse de que existía. Sus remordimientos por esta intolerante forma de mirar a los demás le hacían creerse merecedor de la condena de personas cuyas condiciones físicas o espirituales sí lograban la admiración o el respeto de su oculto interior y ansiaba la aquiescencia de esos seres porque se sentía indigno ella. Cuando estaba ante una mujer guapa o inteligente o ante un hombre dueño de autoridad y poder, el mero hecho de ser observado por ellos le parecía que le investía de una dignidad que le liberaba del cenagal humano en el que él metía a las personas carentes de una apariencia noble y tener una evidencia absoluta de que merecía su aprecio era ya la cumbre de su satisfacción.
     Por eso, cuando su negocio le llevó a tratar con un político relevante y muy famoso, que llegó acompañado de su atractiva esposa y, lejos de ser halagado por ellos, se apercibió con dolor de que le miraban con mal disimulado desdén y hasta creyeron posible en un momento dado aprovecharse de su candidez para sacar ventajas económicas, sintió tal decepción y amargura que imaginó que no había nadie tan ruin como él ni tan palurdo. El negocio, para mayor desgracia, no prosperó y quedó tan frustrado que, mientras iba por la calle, no hacía más que fijarse en las mujeres sin atractivo tratando de obligarse a no creerlas insignificantes pues de ello dependía que no le doliera tanto el menosprecio de aquel político tan prestigioso que, hasta aquel día, había sido objeto de su adoración y admirado afecto.
     No conseguía, no obstante, sentir el cariño que esperaba por aquellas mujeres, con arrugas, obesas, desaliñadas o rudas en sus rasgos y, al tiempo que se apercibía de esta incapacidad, iba aumentando su agravio y se decía que, como ser humano, él era un ejemplar inferior y sin la dignidad del político que le había sumergido en aquellas atormentadas cavilaciones. Pero, de pronto, escuchó un grito detrás de él y volvió la cabeza. Era una señora de unos sesenta años con unas caderas desproporcionadas, un vientre abultado y un rostro sin delicadeza alguna que, con un lenguaje muy tosco y vulgar, le informó de que se le estaba cayendo la cartera. Rápidamente, llevó su mano al bolsillo y comprobó que más de la mitad de la cartera estaba fuera. El sobresalto martilleó sus sienes, en aquella billetera llevaba documentos de mucha importancia y, solo gracias a la ayuda de aquella mujer, se había salvado de perderlos.
     La persona que tenía delante ahora era de las que habitualmente era incapaz de apreciar pero le había hecho un bien desmedido y a sus ojos se le manifestaba de pronto tan noble y especial que le tomó las manos y se las besó.

sábado, 23 de mayo de 2015

Diez relatos sobre personas deseadas (4)

     Sus padres tenían ideas extremadamente conservadoras y, en su casa, se respiró siempre un ambiente crítico, hostil incluso a los más leves indicios de la fragilidad humana. Nació en un tiempo que miraba con un cierto desdén los derechos humanos y en un lugar estancado en las tradiciones, donde lo que no era bien visto no se podía hacer. Desde que era un niño, había respirado habitualmente y dondequiera que se hallara el odio, el desprecio, la condena, la crítica, el escarnio, la intolerancia, la jactancia, la intransigencia, la insidia, la murmuración, el rencor, el rigor, la mezquindad, la hipocresía. Vivía atormentado, lleno de inquietud por su conciencia, imaginando que los seres humanos eran depósito solo de iniquidad y crueldad, tenía sed de bondad e inocencia pero se resignaba a vivir bajo el martirio de la culpa porque pensaba que era la carga que le tocaba llevar ineludiblemente por pura obra de la fatalidad, no se le ocurría que fuera posible la libertad en este mundo y tenía por seguro que la vida era soledad y sufrimiento, castigo a una especie que no merecía la piedad del descanso más que cuando, cargado de dolor, abandonara el mundo.
     Pero tenía ya casi medio siglo cuando conoció a una muchacha de veinticuatro años de una belleza e inteligencia sobresalientes pero tan sencilla y cándida como una niña buena. Su hambre de inocencia alentó en su espíritu una desmedida devoción por aquella muchacha más allá de toda pretensión sexual. Ella buscaba su compañía sin importarle cómo fuera catalogado en un juicio convencional lo que la llevaba a hacerlo, simplemente lo quería, sin que existiera un para qué. Él sentía que el afecto de aquella niña lo expiaba y no podía concebir una vida sin ella al lado porque la necesitaba para vivir esa inocencia que tanto tiempo había echado de menos pues ella no solo era pura indulgencia y dulzura con él sino que le inspiraba un afecto tan puro y generoso que le hacía creerse liberado de las prisiones del egoísmo y el interés.
     Cuando él elevaba la acidez de su tono ante ella haciendo una crítica condenatoria contra algún ser humano, ella recriminaba su actitud con delicadeza y trataba de hacerle ver lo injusto de su juicio. Para ella los seres humanos merecían comprensión e indulgencia pues siempre había una razón de peso más allá de su libre albedrío para la maldad que demostraban. Él fue aceptando poco a poco estas tesis y purificando su alma bajo la influencia de aquel ángel encarnado en mujer y tanto se enamoró de ella que le declaró su deseo de convertirla en su esposa.
     Ella tenía proyectos aún que llevar a cabo en su vida antes de casarse y le dio un no sin más pero él creyó que tras ese no había aquel mismo desprecio y condena que había sido alimento diario en su vida y, con el resentimiento amargo del hombre que se siente degradado y humillado por aquel con quien siempre ha sido leal y al que ha sabido apreciar, le dijo:
     -¿Te parece bonito haberme hecho perder tanto tiempo a tu lado? Si no me amabas, ¿por qué estás conmigo? ¿Me ves cara de no tener nada entre las piernas?
     Ella se enojó tan profundamente con estas palabras que se marchó sin decir nada. Él esperaba que volviera pues sabía de la indulgencia que la caracterizaba y no se preocupó mucho de lo que había pasado. Pero los días se sucedieron sin que ella apareciera. Fue a su casa pero ella le dijo que había terminado con él, él se alarmó enormemente y le suplicó que no fuera tan rigurosa pero ella le dijo que aquella era su última palabra pero que le aconsejaba que ordenara su espíritu para no ser causa de sufrimiento para otros como lo había sido para ella. Él abandonó la casa resignado y lleno el corazón de remordimientos, había hecho sufrir a un ángel, a la criatura más cándida que había conocido jamás, ¿cómo desprenderse de ese cargo de conciencia si aquella niña era el ser del que más bien había recibido en toda su vida y su corazón era tan luminoso y puro que sus apreciaciones morales valían por una rotunda verdad? Se sentía condenado, ahora sí verdaderamente, y creía haber cometido un oprobio infame e inexcusable. Si no hubiera deseado conservar su afecto, su reacción más inmediata habría sido pedirle disculpas formales y despedirse de ella para siempre deseándole buena suerte en la vida para demostrarle el total arrepentimiento de las palabras que le había dicho pero la amaba apasionadamente y no podía resignarse a perderla aunque hacer el más mínimo esfuerzo por evitarlo envolvía ya, en aquellas circunstancias, un riesgo de producir dolor y de actuar con falta de honestidad.
     Él, pese a la presión de su entorno, siempre había creído en su corazón, nunca le había sido desleal, lo escuchó y él le dijo que su felicidad no estaba en peligro, que cuanto necesitaba para ser dichoso era seguir teniendo dentro de sí a aquel ángel y guardarle fidelidad hasta su muerte puesto que era el ser que más había amado jamás, aunque ella se marchara para siempre, merecía de él esa entrega y era por eso que la amaba tanto, su verdadero gozo no estaba en que ella volviera sino en que él siguiera queriéndola y entregándose a la imagen de aquel ser, tan alto que no podía concebir nada más sublime.
     Convencido así de la inocencia de sus propias intenciones, tuvo valor para volver a la casa de ella y, sin pasar del umbral de su puerta, decirle:
     -No te pido más que sigas siendo mi amiga pero, si no quieres, me iré de aquí llevándote en el corazón para siempre y siendo solo tuyo aunque la vida me ponga delante a decenas de mujeres.
     Ella, tras unos segundos de silencio, le respondió que se tranquilizara, que estaba dispuesta a ser su amiga otra vez.

viernes, 22 de mayo de 2015

Diez relatos sobre personas deseadas (3)

     Toda su vida se había sentido el patito feo de la sociedad. Solo tenía una hermana, que nació cuatro años antes que él y, en casa, siempre se le había considerado el más débil, el más ignorante, el más incapaz y hasta el más inoportuno. En el colegio, extendió a toda la humanidad el círculo del que creía ser excluido porque no lograba persuadirse de que los demás niños fueran tan insignificantes como él o más. Sus padres dieron a su fría y desdeñosa hermana el papel de custodia de su hermano en los asuntos que pedían más responsabilidad incluso en su adolescencia, lo que intensificó la imagen de inutilidad e inferioridad que tenía de sí mismo.
     Para él el mundo acabó siendo un lugar lleno de complicaciones que no se sentía preparado para afrontar porque no tenía la capacidad resolutiva de la gente como su hermana, que en su corazón, identificaba con el conjunto absoluto de la comunidad humana. Lleno de miedo al menosprecio de los demás, por ser la herida que más le podía doler al tenerla ya tan honda, llegó a padecer fobia social y, durante muchos años, vivió en una soledad espiritual casi total.
     Pero cuando contaba ya con cuarenta y ocho años y una novia muy lejana con la que únicamente se veía por internet, se trasladó a vivir al piso vecino al suyo una actriz famosa y muy bella y, aunque no llegó a alumbrarse en su alma el deseo de conquistar su corazón pues amaba mucho a su novia, sintió un anhelo caprichoso e irresistible de hacerla su amiga y despertar su interés.
     Ella apenas paraba en casa y, cuando él iba a visitarla, le despedía sin dejarle pasar nunca del umbral lo que a él no le desanimaba en absoluto y siempre estaba pensando en las historias de sí mismo que le contaría la próxima vez para sentirse observado por ella y dignificado como nunca lo había sido.
     Al fin, un día ella le invitó a entrar en su casa, lo que hizo que él se sintiera infinitamente halagado, un hombre que había interesado tan poco a los demás a lo largo de su vida de pronto entraba en casa de una actriz tan popular y guapa que el solo hecho de que le mirara habría sido motivo de orgullo para cualquiera. Pero tenía una idea de sí mismo tan baja que temió estar molestando y despertando el desagrado de la mujer con cada cosa que le decía, la amargura acabó por vencerle y tuvo que decir en un momento de la conversación:
     -¿Verdad que no te importa nada de lo que te estoy contando? Te estoy molestando, me voy a mi casa, soy un palurdo -y para aumentar el patetismo de su escena de abatimiento, añadió:- Dame un autógrafo y ya no te molestaré más en la vida.
     Ella, que comprendió que su vecino era presa de un arranque del rencor agridulce de quien se siente despreciado por ser inferior sin que, en realidad, le hubiera dado motivo para ello, pensó en cómo desmentirle su impresión de manera tajante y acabó respondiendo:
     -Si te sientes más digno creyendo que te precio muy por debajo de mí, no insistiré en quitarte ese amargo placer pero no tengo tanta arrogancia como para darme semejante importancia.
     Él se sorprendió porque ella le había adivinado el pensamiento y le preguntó cómo lo había conseguido, ella respondió:
     -Porque también tuve una hermana mayor excesivamente responsable.

Diez relatos sobre personas deseadas (2)

     Los médicos le habían advertido de que su fin estaba próximo y él, mirando atrás y sopesando el tiempo que había vivido, se consolaba diciendo: "No está mal". Su vida de jubilado tenía como uno de sus sencillos placeres el sentarse en el parque sin más ocupación que fijarse en la gente que pasaba.
     Aquel día, al dirigirse a tomar asiento, advirtió la presencia en uno de los bancos de una mujer muy joven y, a lo que le pareció, profundamente hermosa, sus manos blancas sujetaban un libro y su rostro estaba inclinado sobre las abiertas páginas haciendo que una cascada de pelo negro y ligeramente ondulado cayera tapando parte de una de sus mejillas.
     Vestía muy elegantemente, sin afectación ni vulgaridad y daba a su cuerpo una postura graciosa, tan natural y relajada que, solo con contemplarla, se podía sentir paz. Sus labios eran prominentes como una flor que remata un largo tallo y sus pestañas parecían pétalos de tan largas y bien formadas que eran o rayos solares prodigando luz y calor al corazón de quien las contemplaba.
     Tan absorto se quedó el anciano contemplando a la mujer que se le escapó el bastón de la mano y lo lamentó terriblemente porque le costaba mucho agacharse a tomar nada del suelo pero la joven se apercibió de sus dificultades y, con desnuda bondad, se acercó a él y le recogió lo que se le había caído. Una vez esto hecho, sin mediar palabra alguna, se disponía a volver a su banco, donde había dejado su libro, pero el anciano le dijo:
     -No tienes ningún defecto.
     Ella lo miró extrañada con su mirada inocente y dulce y el anciano, para aclarar sus palabras, añadió:
     -Cuanto observo de ti me complace y me causa gozo, parece como si mi corazón te recordara o te reconociera porque no produces inquietud alguna en él, satisfaces todas sus expectativas, no lo aciertas a decepcionar en nada.
     -Debe ser porque no me conoce bien -comentó ella modestamente tras soltar una leve carcajada.
     El anciano concibió en ese momento una luminosa esperanza: ¿podría hacerse amigo de aquella rosa, atraerla a su vida hasta el momento de morir, conseguir que su esposa y ella, hechas eternas amigas, hablaran de él cuando ya no estuviera en el mundo?
     -¿Eres de aquí? -le preguntó.
     -No, soy de Madrid, estoy haciendo tiempo para el tren, me marcho ya para allá.
     El anciano sintió en su pecho la estocada de la desilusión, su esperanza se había frustrado pero siguió viendo un deleite profundo en aquella muchacha, analizó un instante el por qué y, tras averiguarlo, se lo transmitió a ella diciéndole:
     -Es una gran felicidad que en la Tierra haya ángeles.
     Y, tras estas palabras, siguió caminando hacia el siguiente banco.

jueves, 21 de mayo de 2015

Diez relatos sobre personas deseadas (1)

     Cuando la veía aparecer, sentía su corazón palpitar de alegría y de tristeza a un tiempo, ella era hija de reyes pero él, de agricultores, ella era de un país maravilloso, lleno de orden y armonía y con toda suerte de cosas bellas pero él, de uno pobre y feo, inculto y rudo, ella era delicada y hermosa, elegante y culta pero él iba siempre con las ropas más vulgares, hablaba de manera ordinaria y era tan feo que hasta se reían de él. Soñaba con merecer su atención, con que se fijara en él algún día, él tenía alma de caballero, quería que sus ojos lo contemplaran y apreciaran su porte y hombría. A veces estaba feliz porque le cautivaba cuanto veía de ella y otras, la amargura lo hería porque creía estar seguro de que ella nunca sentiría interés alguno por alguien como él y eso le parecía que oscurecía su dignidad. Debatiéndose entre esos dos extremos estaba con su alma agitada y emocionada cuando acabó la película y se encendieron las luces. De camino a casa, siguió soñando con ser amigo de una princesa.

jueves, 14 de mayo de 2015

Diez relatos sobre la sed de bondad (10)

A Rocío y Belén Gracia García

     Chema era un niño de cuatro años que era feliz allá donde estuviera y haciendo lo que fuera porque todo el bien que necesitaba lo tenía en su propio interior, que creía dotado de toda la dignidad y la bondad posibles, de manera que no buscaba de la vida otra cosa que disfrutar de lo que le daba con todo el desembarazo posible, nadie le había regañado nunca ni impedido manifestar su personalidad en toda su verdadera extensión y él nunca había creído que fuera inferior a nada en el mundo, cosa que conviene creer para pasar sin amargura los días que nos regala la Tierra.
     Pero un día sus padres le vieron contemplándose su rabito y hablándole con mucho cariño y, como eran políticamente correctos, se alarmaron porque pensaron que el niño se iba a convertir en un machista más de los que infectan el mundo, casi más enamorados de los amigos ante los que se jactan de viriles y satirizan la fragilidad femenina que de sus propias parejas. La esposa le preguntó a su marido si él hacía lo mismo alguna vez y él respondió que no, que lo único que hacía era aquello que ella sabía que hacía cuando no se le empinaba pero que lo del niño era muy raro y temía que pudiera convertirse, si no se le cortaba a tiempo su orgullo, en un perverso maltratador de mujeres.
     Reflexionaron sobre la mejor manera de actuar para que el niño perdiera su orgullo por su pitito sin que fuera traumático para él y optaron por decirle que la cosita que le colgaba a los hombres la tenían que tapar porque ofendía a las mujeres y que no se le ocurriera creer que valía más que las niñas por ella porque más bien era todo lo contrario.
     Supusieron que el niño había aceptado sin problemas el mensaje y que, sin trauma alguno, había dejado de amar a su apéndice sexual pero Chema, al oír aquello, comprendió con inmenso disgusto que no todo era completamente bueno en él, que aquella cosita que siempre tenía oculta a todo el mundo lo volvía malo para las mujeres. En un principio, sintió un rencor enorme contra las niñas, ¿qué les había hecho a ellas su cosita para que le odiaran de aquella manera, es que no tenía él el mismo derecho a estar en el mundo que ellas? Muchos días estuvo rumiando el despecho y una tristeza enorme cargaba su tiempo porque ya no se sentía bondadoso, ya no creía tenerlo todo, le faltaba la cosita que tiene una niña.
     Estaba sumergido en su desolación cuando llegaron a casa unos amigos de sus padres y trajeron a su hija, que era de su edad, ambos se apartaron de los mayores para jugar y hablar de sus cosas y, pese a su rencor contra las niñas, se lo empezó a pasar muy bien, tanto que, olvidándose de aquel rencor, le dijo:
     -¿Me perdonas?
     -¿Qué quieres que te perdone? -dijo ella.
     -Que sea chico -respondió el niño.
     La niña dijo que sí con la cabeza y sonrió y, en ese momento, Chema supo lo que era el amor.

domingo, 10 de mayo de 2015

Diez relatos sobre la sed de bondad (9)

A Lluvia Rojo

     El patio del recreo, en aquellos años todavía cercanos a la dictadura, era su sala de torturas, era un niño introspectivo que prefería observar a participar en los juegos y los niños más frívolos y con menos imaginación, viéndolo tan extraño, se divertían haciéndole sufrir con burlas y humillaciones y obligándole a pelear contra su voluntad pues era persona muy pacífica a la que el enfrentamiento con los otros le producía inquietud y remordimientos. Estaba ya muy cansado de defenderse de aquel escarnio y de verse metido en tantas peleas que tanto lo martirizaban y humillaban puesto que siempre era él el contrincante al que la multitud que observaba jaleaba y menospreciaba pero quienes lo acosaban disfrutaban de ello y no veían la necesidad de variar su actitud.
     Cierto día uno de aquellos niños crueles, acompañado de otros dos, hizo ademán de extenderle la mano como si fuera a hacer las paces que tanto deseaba él. Él se aproximó y se la estrechó pero, al hacerlo, comprobó que el muchacho la había mojado con su saliva. Él no podía creerlo, observó su mano largo espacio intentando cerciorarse de que estaba mojada y, en ese momento, sonó la sirena. Para salvar su honor estaba obligado a pelear pero sentía tanto despecho y le asqueaba tanto lo que habían hecho con él que, mostrando la dignidad superior de quien asume una humillación porque no participa de la bajeza del que la lleva a cabo, solo dijo al niño puesto que era delegado de su clase y tenía cierta autoridad:
     -Vete a la fila.
     Uno de los que acompañaban al otro puso cara de perplejidad y con tono de asombro dijo:
     -¡Es maricón!
     Durante los siguientes días no hubo peleas pero se sentía sucio, cargado con una mancha en su conciencia que mantenía ocupado su pensamiento con la insistencia de las obsesiones. Imaginaba maneras fantásticas de lavar su deshonor, como que de pronto una de las farolas estuviera incandescente y él la tocara con su mano para quemar la vil saliva que aún sentía en ella y con ella la deuda que creía haber contraído con su virilidad pues había dado crédito a la interpretación que de su reacción había hecho el otro niño, aquello no había sido la respuesta heroica que a él se le había antojado sino, para su consternación, la de un hombre afeminado y cobarde.
     Quería que pasara el tiempo, huir de su imagen en el espejo, hacerse invisible a los otros, no podía soportar la presencia de aquella culpa, la desesperación lo atormentaba, se sentía impaciente, lleno de desazón, deseoso de apartarse de aquella mancha pero la tenía tan grabada en su interior que escapar de ella era tan imposible como escapar de sí mismo. Se imaginó que tenía que hacer un golpe de estado en su propio interior y reprimir con una dictadura todos aquellos remordimientos. Los días pasaban pero su vergüenza seguía martirizándolo, se veía fuera del redil de sus semejantes, expulsado por un crimen inconfesable e inexpiable. Poco a poco fue perdiendo su fe en sí mismo hasta que tuvo el primer delirio y su angustia, llegando al límite, doblegó su espíritu.
     En adelante, vivió bajo el peso de la culpa, no se creía ni siquiera digno del amor puesto que se sentía débil, inferior. No cambiaron las cosas cuando su alma se abrió a la tolerancia y creyó en la igualdad de todos los hombres, siguió reservando para él el estigma del hombre que no merecía el calor y la aprobación de los otros. Los delirios que le provocaba su trastorno lo golpeaban con la humillación y la culpa en escenarios en los que carecía de toda defensa por lo que su agonía se sublimaba y alcanzaba límites insoportables. Le asaltaban en medio de las aglomeraciones de gente o entre sus mismos amigos, no podía confiar en nadie porque de todos creía recibir odio y agravio.
     Solo encontró la salud cuando una mujer se propuso hacerle verse tal y como era concediéndole toda su indulgencia aun en los momentos en que su comportamiento aparente pudiera hacerle juzgar que no la merecía. Solo en este ambiente de respeto y tolerancia sin límites, recuperó la paz y pudo hacer visible ante el mundo hasta que punto era una persona de excepcional valía y bondad y altamente provechosa para la sociedad.

sábado, 9 de mayo de 2015

Diez relatos sobre la sed de bondad (8)

A Cherien Dabis

     Carlitos se despertó después de una horrible pesadilla y, al hacerlo, sintió una gran felicidad, era sábado, no había que ir al colegio y la pesadilla era solo un sueño, todo parecía bueno aquel día. Pero, cuando fue a la cocina, su madre le dijo con cierto enojo:
     -¿Para qué te levantas tan pronto? A la noche, dirás que tienes sueño.
     -Es que quiero ver los dibujos -respondió Carlitos.
     -Por semejante tontería, no tendrías que dejar de dormir lo que necesitas -respondió la madre-, como te enfermes, veremos lo que pasa.
     Carlitos se sintió culpable entonces por haberse levantado tan pronto, por gustarle los dibujos animados, por tener sueño de noche, por no cuidar de su salud, por tentar al destino, que estaba deseando provocarle una enfermedad horrible. No pudo soportar tanto peso sobre su conciencia, de manera que le dijo a su madre que iba a acostarse otra vez.
     -¿Ves, sinvergüenza, cómo tenías sueño? -dijo la madre-. Si es que eres un perezoso, te encanta dormir...

jueves, 7 de mayo de 2015

Diez relatos sobre la sed de bondad (7)

A Eya Jlassi

     Todo era normal en su vida, era feliz con su trabajo, con sus amigos, con sus aficiones y diversiones, se sentía una persona digna, bondadosa, valiosa y honesta, no le preocupaba nada porque era joven y valiente y vivía con desinhibición y sin excesivo cuidado de las consecuencias de sus actos porque nunca estaba en su corazón causar mal a nadie. Sin embargo un día todo pareció cambiar misteriosamente. Como acostumbraba, al salir del trabajo, se dirigió al bar de su pueblo para tomar una cerveza y charlar con los amigos, desde fuera oía el estruendo de las voces y las risas pero, cuando traspasó el umbral, para su perplejidad, se fue haciendo el silencio a medida que los clientes del bar se iban apercibiendo de su presencia.
     -¿Qué pasa, por qué os calláis? -les dijo con extrañeza.
     Pero nadie respondió y muchos de ellos se marcharon como si les molestara estar a su lado. Algo asustado, se dirigió a su amigo de más confianza, que estaba allí y volvió a preguntar:
     -¿Qué pasa?
     Su amigo, con expresión de rencor y desafío en el rostro, le respondió casi gritando:
     -Dime tú a mí lo que pasa.
     Sintió una gran ansiedad y pidió a su amigo que se explicara pero le volvió la espalda y no quiso hablar más.
     Salió a la calle para dirigirse a su casa, temía que le hubiera ocurrido algo horrible a su familia, entró en su casa atribulado y buscó a su mujer, la encontró en el dormitorio haciendo las maletas junto a sus dos hijos, que estaban vestidos para salir.
     -¿Adónde vas? -le preguntó lleno de asombro poniéndole la mano en el hombro.
     Ella se revolvió y le gritó:
     -¡No me toques! Sabes bien adónde voy, quiero el divorcio.
     Él se agachó, tomó de los hombros a su hijo mayor y le dijo:
     -Hijo, yo no he hecho nada, te lo prometo, son habladurías, ¿qué es lo que dicen de mí? Díselo a papá.
     Pero su hijo guardó silencio mientras le miraba con una sonrisa maliciosa y desdeñosa.
     Su mujer y sus hijos salieron rápidamente por la puerta y le dejaron con el corazón galopando de horror.
     No sabía qué hacer, estaba desesperado, lo único que se le ocurrió fue consultar lo que ocurría a la policía y se dirigió andando a la comisaría del pueblo.
     Una vez allí expuso su caso de manera resumida ante el oficial que atendía al público pero el oficial respondió:
     -Eso no es competencia nuestra, nosotros estamos hasta arriba de trabajo, no podemos atender los problemas personales de la gente porque no acabaríamos nunca, ¿me ves a mí? Yo tengo más problemas que tú y no me quejo, tengo úlcera, mi mujer es adicta al juego, mi hijo menor tiene obesidad mórbida, ¿crees que los demás no lo pasamos igual de mal? Tranquilízate, vete a su casa, acuéstate y mañana verás las cosas de otra forma y, solo cuando, de verdad, ocurra algo grave, te atenderemos.
     Caminó durante horas por las calles, absolutamente desorientado y afligido pensando que se acababa el mundo, su vida se había vaciado, toda su felicidad se había esfumado, pronto le vino a la mente un tropel de razones por las que los demás le acusaban y, entre todas ellas, la que se insinuaba con más claridad era aquella vieja culpa enredada entre los recuerdos más dolorosos de su infancia. "Soy tonto, eso es lo que pasa", se decía, "los he decepcionado, están hartos de mi torpeza, no quieren a un patoso junto a ellos". Pero no encontraba nada que hubiera estropeado últimamente con su falta de habilidad y su pensamiento se deslizó hacia otra razón: su egoísmo, su vanidad, la frialdad con que juzgaba a los otros, el ansia de protagonismo que le impulsaba a menospreciarlos para ensalzarse él, seguramente era un sentimiento que había empezado a delatar su comportamiento de los últimos días y los demás habían descubierto que, en su corazón, no había un mínimo espacio para ellos y que todo el amor que les demostraba era pura farsa. Quiso ver graves faltas al respeto más esencial al semejante en su conducta de los días pasados. "Se debieron dar cuenta cuando les dije que me merecía un ascenso", se decía, "y mi mujer cuando la toqué con aquel retintín..." No podía vivir sin alcanzar una urgente expiación, la indulgencia de los otros, la de su mujer ante todo, le pediría perdón por haberla tocado de aquella manera, reconocería su vanagloria y su mezquina forma de considerar a los otros pero asegurándole que su corazón era bueno y que siempre la había amado de verdad, se tocó el pecho, hizo por recordar y asintió, sí, de verdad.
     Se dirigió corriendo a casa de los padres de su mujer, donde sin duda estaba ella. Cuando llegó, la puerta estaba abierta pero todo estaba a oscuras y en silencio, fue encendiendo los interruptores hasta llegar al cuarto de estar y, al abrir la puerta, se hizo la luz y apareció ante sus ojos una multitud de personas entre las que se encontraban su mujer, sus hijos, sus amigos, sus suegros y hasta el policía con el que había hablado cantándole el feliz cumpleaños.

lunes, 4 de mayo de 2015

Diez relatos sobre la sed de bondad (6)

A José Miguel Gracia García

   Su profesor de Historia Contemporánea daba un énfasis desproporcionado a las glorias del pasado, procuraba transmitir a sus alumnos la admiración por los grandes que habían transformado el mundo. Juan, por esta razón, escuchaba sus clases con un entusiasmo vivo y su amor por la asignatura era todavía más intenso de lo que la habilidad del profesor estaba en condiciones de lograr que fuera. Por contra, los restantes alumnos veían la materia con indolencia y no perseguían otro objetivo que aprobar. El profesor empleaba el mismo tono de asombro para describir el auge económico norteamericano que para hablar de la mortandad de la segunda guerra mundial, para enaltecer a John F. Kennedy o para destacar la calidad de una película que ilustrara alguno de los acontecimientos del siglo, todo parecía ser fantástico para su mirada y, mientras los otros reprimían los bostezos, Juan se entregaba a la ensoñación porque sentía que se le estaba revelando la verdadera lucha de los hombres por el bien y que entraba así a formar parte de esa lucha y se convertía en un auténtico ser bondadoso. Juan se entristecía cuando veía que los otros alumnos poseían conocimientos en aquella materia que les aventajaban sobre él porque le parecía que tenía que estar al tanto de todo para no estar fuera del redil de la humanidad.
     Pero, cuando el profesor corrigió los últimos exámenes parciales, dio los resultados de todos los alumnos excepto el de Juan. Él, que era muy tímido porque temía hacer cosas que no estuvieran bien, se abstuvo de pedir explicaciones al profesor delante de los otros pero, algo acomplejado por haber sido el único alumno del que se había olvidado, fue a su despacho después a preguntarle su nota. El profesor, que buscaba siempre el efectismo en sus palabras, no se privó esta vez de usarlo con él y le contestó con gran acritud:
     -No he dicho nada en clase porque tu examen es el más mediocre de todos, francamente, me da vergüenza ajena, tienes un tres con setenta y cinco. ¡Lo más mediocre que he visto en mi vida!
     Tanto dolor sintió Juan con aquellas palabras que, pese a su buena crianza, se olvidó de despedirse del profesor cuando salió del despacho y se preocupó cuando la puerta se cerró de golpe por su mecanismo automático porque temió que el profesor creyera que había sido un portazo suyo y se sintiera culpable por haberle tratado tan mal porque a Juan le parecía en aquel momento que el profesor era justo y que actuaba como era su obligación.
     Ahora sí que se sentía fuera del mundo, todos los otros alumnos habían aprobado, incluso los más tontos y díscolos, solo él había suspendido pese a que, cuando acabó la prueba, le había parecido que le había salido impecable. Sentía el escozor del remordimiento, sus compañeros sí comprendían la Historia, sí sabían cómo funcionaba, sí podían participar de la lucha por el bien en el mundo, solo él estaba apartado de sus semejantes, así lo veía en aquel momento, su profesor era el más autorizado juez de la bondad que conocía, un apasionado custodio del bien y su sentencia había sido la castración y el agravio.
     El día de la recuperación, estaba él solo haciendo el examen. Se encontró una pregunta muy extraña y, como no había ningún otro compañero, se atrevió a molestar al profesor preguntándole a qué se refería aquella cuestión. El profesor le contestó airado que era su obligación descubrir por sí mismo a lo que él se estaba refiriendo. Estas palabras llevaron de súbito al corazón de Juan un presentimiento tan asombroso como todo lo que le venía de aquel profesor pero, en lugar de inducirle al respeto como sus soflamas, le inspiró un desdén casi de jactancia e, imitando el tono infantil, sumiso y adulador de uno de los más simples de la clase, le rogó por favor que le explicara la pregunta porque no tenía la suficiente capacidad para comprenderla por sí mismo. Con toda tranquilidad y amabilidad, el profesor accedió a su petición y él, aprendida para siempre la lección más valiosa de su periodo de estudiante, respondió la pregunta fingiendo menos madurez de la que tenía y, para confirmación de sus ocultas sospechas, aprobó con una nota muy alta.