jueves, 30 de abril de 2015

Diez relatos sobre la sed de bondad (5)

A mi hermana

     Hacía tiempo que había dejado de creer que la bondad estuviera encerrada en la religión que le habían enseñado de niño, había sustituido el deber de ir a misa todos los domingos por el placer de contemplar el mar sin descender a explicarse por qué lo hacía, las confesiones ante el confesionario, por el amor a los amigos, la reverencia a un dios abstracto y fuera del mundo, por la adoración a su esposa, que sentía infinita como el cielo de la noche, la obligación de no comer carne los días de vigilia, por el respeto a su propia libertad y dignidad y las oraciones, los sacramentos, los rituales, los actos de contrición con golpes de pecho y la humildad y sumisión cristianas, por verdaderas buenas acciones para sus semejantes llevado por un orgullo instintivo que le impedía quedarse con nada que perteneciera a los otros.
     Pero el peso de una culpa oscura e indefinible aún intranquilizaba su conciencia, que todavía parecía necesitar el alivio de una absolución que le viniera de fuera. Era un hombre inteligente, con excelentes aptitudes y cualidades, que jamás hacía nada indigno o irresponsable y, sin embargo, sentía una pertinaz desazón porque pensaba sin tener indicios materiales de ello que era despreciado por la gente de su entorno, lo que interpretaba como la prueba de que estaba equivocándose en las cosas que hacía y lo tomaba como una condena tajante y definitiva. Incluso cuando los otros le manifestaban con calidez su afecto, se quedaba insatisfecho porque no creía que, tras ese gesto, hubiera un sentimiento lo suficientemente intenso y real como para tomarlo como ese indulto que tanto echaba de menos.
     Para soportar la culpa, acusaba al mundo dentro de sí y lo acusaba de frialdad, de crueldad e intransigencia atribuyéndole el daño que él mismo se infería. Se sentía desvalido, abandonado, solo, repudiado por sus semejantes, condenado y maldito y le invadía a menudo la melancolía solo porque echaba de menos la aquiescencia y el salvoconducto de los otros. Y, a decir verdad, era eso lo que necesitaba hacer, sentir el regusto agridulce de la soledad, creerse despreciado y condenado, no quería un remedio sino seguir lamentándose y representándose su mal, paradójicamente gozaba de su dolor pero se lo ocultaba a sí mismo para que no le dejara de doler.
     Se preguntaba cómo podría olvidarse de aquella insatisfacción puesto que él mismo podía percibir que no había, en rigor, fundamento real en los motivos que la ocasionaban y, sin embargo, una y otra vez, acababa, por una necesidad casi física, entregándose a sus fantasías de fracaso y culpa. Sabía que el remordimiento era un error de la vida y, sin embargo, sustraerse a él por completo le parecía inhumano, su corazón parecía no querer permitírselo y vivía la culpa aun sin creer en ella. Como su culpa era irreal pero no, su sentimiento de dolor, creyó que encontraría la paz buscando un verdadero motivo para estar triste pero ni siquiera la muerte era justificación suficiente para su amargura en una vida que, más allá de aquel problema, era enteramente feliz y despreocupada.
     Siguió aferrado a su aflicción largo tiempo sin que esta dejara de causarle la perplejidad de un enigma en los momentos en que era consciente de lo infundada que era. Solo encontró la paz cuando se dio cuenta de que la felicidad auténtica la daba la coherencia y que su corazón no deseaba el remordimiento sino la bondad y la inocencia, lo que le ataba a su dolor era el residuo de cristianismo que quedaba en su espíritu, el ansia de sufrimiento con que Jesús cargó las almas de la Humanidad aceptando su tortura como si fuera la cima del bien. Tenía que renunciar de una vez por todas a la humildad, a la mortificación de su orgullo, a la mezquina restricción del placer y la vida, al culto al dolor, al sombrío pesimismo, al espíritu gregario, al miedo a ser libre y feliz, todavía no era un ateo de verdad, todavía un dios con chaqueta y corbata y maletín de ejecutivo le susurraba al oído que sufriera para que pudiera perdonarle el que fuera solo un ser humano y le diera su limosna de amor espurio y condicionado, tan pronto a desaparecer ante el más leve error.
     Como acto simbólico, tomó la biblia que guardaba en su biblioteca, la metió en una bolsa de plástico y la abandonó colgada del pomo de la puerta de una iglesia con una nota que decía:

SE EQUIVOCARON DE MANUAL DE INSTRUCCIONES.
NO SON LAS MÍAS.

lunes, 27 de abril de 2015

Diez relatos sobre la sed de bondad (4)

A Susana Escarabajal Magaña

     La vanidad, la hipocresía, la perfidia y la falsedad infectaban la fría, mezquina y colérica alma de la portera pero, por hacer ver a los del tercero B que era una mujer de gran corazón y llena de amabilidad, permitía que su hijo pequeño jugueteara en la portería con sus juguetes mientras ellos se ausentaban por un corto tiempo.
     El niño creía que aquella mujer era muy buena porque le decía cosas muy graciosas pero, al mismo tiempo, su influjo era perturbador para él porque, con frecuencia, lo hacía objeto de su censura y lo atormentaba asegurándole que era un niño malo. Él no quería confesar a sus padres la angustia que le hacían sentir estas acusaciones ni tampoco deseaba rehuir la compañía de la portera porque, a su modo de verlo, ella era una mujer buena, muy buena y, si lo hacía sufrir, era porque él lo merecía por no ser lo suficientemente bondadoso.
     Tanto se obsesionó con la culpa porque aquella mujer no dejaba de herirlo con su condena y los remordimientos que ello le producía no tenían vía alguna de salida que llegó a sentir que le acompañaba la presencia invisible del demonio. Contaba a sus padres que tenía miedo y ellos no lo podían comprender. Cuando lo dejaban solo en una habitación, era frecuente que su corazón se llenara de terror sin que hubiera causa aparente y se precipitara a continuación llorando y con una profunda desazón hacia el regazo de sus padres.
     La portera no dejaba de llenar su espíritu de duda e inseguridad mezclando la verdad con la mentira y un falso pudor inocente con la maldad más desinhibida, tan poco le importaba el sufrimiento que le estaba produciendo, tan ajena era a él por su estúpida indolencia que habría podido seguir fomentándolo hasta causarle la locura porque, para su sed de poder y vanagloria y para su iniquidad, no había límite. El niño anhelaba ser bueno y para ello buscaba la ayuda de aquella mujer en cuya virtud le había hecho ella creer casi con fanatismo pero, en el remedio al que acudía, no hallaba más que la perdición porque la mujer jamás permitía descansar su conciencia pero nunca daba respuesta a sus dudas cada vez mayores sobre lo que fuera el bien.
     Pero el fin de su sufrimiento llegó una tarde en que acudió a la portería a acompañar a la mujer. Al llegar, sorprendió una escena que le produjo un profundo estremecimiento y que demostraba de manera concluyente que aquella mujer era, al contrario de lo que había creído hasta entonces, un ser malvado y reprobable y digno de la condena de todo aquel que pudiera llamarse bondadoso. Lo que el niño vio fue a la mujer golpeando reiteradas veces con el mango de la escoba el cuerpo inerte de un gato. En cuanto lo vio, se precipitó hacia la portera y le dio un empujón mientras le gritaba:
     -¿Por qué lo estás matando? ¡Déjalo, imbécil!
     -Oye, más educación, niño -dijo la mujer, que, incapaz ahora de echar mano de uno de sus agrios reproches morales acostumbrados, tenía que conformarse con una superficial llamada a guardar las formas de urbanidad.
     El niño tomó el gato en sus brazos y lo condujo a su casa donde contó a sus padres no solo lo que le había hecho la mujer al animal sino la insistencia con que ella le había estado acusando de maldad durante los últimos meses y atormentando su conciencia, anhelante de inocencia y paz.
     Los padres exigieron en la junta de vecinos que se despidiera a tan horrible persona de su puesto en la portería. La portera cambió, pues, de edificio pero su condición siguió siendo la misma.

sábado, 25 de abril de 2015

Diez relatos sobre la sed de bondad (3)

A Marina Gracia

     Los miembros más importantes del partido se habían reunido en secreto para tomar una decisión que tendría horribles consecuencias para la nación pero que parecía el mal necesario para la buena marcha de la política en su forma más habitual. Nadie en rigor escuchaba sus sentimientos, el problema era tan trascendental que solo la razón descarnada de aquellos cerebros llenos de saber y erudición intervenía en el debate.
     La sombra de la maldad flotaba en el aire de aquel salón lujoso rebosando del humo de los puros y los cigarrillos y del hedor de los alientos perfumados por el brandy más caro. Todos argumentaban con mucho empeño que la bondad exigía una dosis de maldad para persuadirse de que debían tranquilizar sus conciencias, si morían mil ciudadanos, diez mil o un millón, poco importaba porque era la Historia la que había alcanzado el papel protagonista por encima de los hombres. Se decían que Lucifer era el verdadero ángel inocente porque era el más bello y luminoso y se daban de esta manera y con otros muchos símiles adecuados aliento para perdonarse lo que estaban a punto de hacer.
     Llegó la hora de votar y tomaron un descanso para que cada cual reflexionara por su cuenta por última vez. Uno de los políticos fue al jardín a respirar aire libre y a estirar los músculos y, sumergida aún su mente en la idea que había presidido la reunión de que la razón debía prescindir de los sentimientos y que lo importante eran las cosas y no los individuos y que el mal era imprescindible en la vida, despertó la atención de sus sentidos una rosa blanca abierta en un rosal junto a otras que aún no se habían abierto del todo.
     Quiso encontrar la parte mala de aquella flor, la perversidad que le permitía su inocencia, el bien contra el que luchaba para evitar el mal absoluto, no se le ocurrió pensar en las espinas porque a la rosa misma no le hacían sufrir, tan solo a quien se acercara a ella y quisiera arrebatarle su vida y su inquisición no dio el resultado esperado, aquella rosa era perfecta, en nada se enfrentaba a sí misma, no se reprimía, no se perturbaba a sí misma, no se robaba vida ni esplendor ni bien, buscaba la plenitud sin embarazo, se daba al bien sin restricción alguna, por eso era tan bella, por eso despertaba gozo su contemplación como contagiando a los demás del placer de la existencia.
     Cuando volvió al salón y vio las caras aburridas de sus compañeros, con la urgencia en el corazón que le daba la revelación casi divina que acababa de recibir, les dijo:
     -Os ruego por lo que más queráis que renunciéis a esto que tenemos entre manos, los límites al bien los estamos poniendo solo nosotros, a una rosa jamás se le ocurriría...

viernes, 24 de abril de 2015

Diez relatos sobre la sed de bondad (2)

A mi madre

     Una pareja fue un día a conocer a sus consuegros a su domicilio antes de que sus respectivos hijos contrajeran nupcias. La pareja esperaba encontrarse como es usual con una gente extraña y cargada de manías que merecería su condena y les causaría más desagrado que gusto, de manera que, al llegar, los saludaron con mucha frialdad y formalidad como si, en lugar de unos futuros familiares, fueran dos guardias civiles. Los seres humanos, de momento en nuestro mundo, no somos valiosos por el mero hecho de haber nacido humanos sino por hacer y sentir a cada paso lo que a los demás les complace que sintamos y hagamos puesto que no quieren nuestra felicidad sino sacarnos un provecho banal. La pareja condicionaba su afecto a sus consuegros a que la forma de sus vidas fuera la correcta a su juicio, de lo contrario, el amor que les tributaran no pasaría de la más somera apariencia y, en su intimidad, tendrían la consideración para ellos que tenía el perro de un vecino.
     Los consuegros les hicieron sentar en un sofá y comenzaron la charla. Inevitablemente, porque, no lo neguemos, es más importante la política que los sentimientos, lo primero de lo que se habló fue de la orientación ideológica. Cuando supieron que sus consuegros eran de derechas, su corazón comenzó a bombear mariposas y empezaron a quererlos bien y tan bien se empezaron a sentir que la mujer se atrevió a revelar lo que solo decían en un ambiente de verdadera confianza.
     -Nosotros somos de Franco -dijo-, cuando vivía el caudillo, no había la depravación y descarrío que hay ahora.
     -Nosotros también -dijo la consuegra-. ¡Qué bueno era el pobrecito, tenían que haberlo hecho santo!
     El hombre aumentó su cariño y su relajación cuando oyó que ellos también eran de Franco y que, por la democracia, no daban ni dos reales y dijo:
     -¿Santo? Tenían que hacerlo patrón de España pero no, en lugar de eso, le han quitado hasta los monumentos para que veas la poca justicia que hay en este país.
     -Ya no se puede ni ver los toros en algunos sitios, ¡qué gentuza! -dijo el consuegro.
     -Yo le digo a mi mujer que va a llegar el día en que quiten hasta el arroz y conejo -dijo el hombre.
     -¡No quiera Dios, con lo que me gusta a mí! -dijo el consuegro.
     ¡Le gustaba el arroz y conejo! La mujer abrió del todo su corazón ¡Qué persona más buena! ¡Qué buenas costumbres tenía! Gente como aquella ya no quedaba en el mundo.
     -¿No tendrán homosexuales o drogadictos en la familia? -inquirió con inquietud el hombre dirigiéndose al consuegro.
     -¡Quia! Somos todos muy hombres, de beber mucho vino y fumar buenos puros -respondió el consuegro-. Lo único, un primo mariquita.
     -Bueno, mariquita es casi normal -dijo el hombre, que se estaba enamorando de su consuegro-, lo peor son los homosexuales.
     -¿Y ustedes se acuestan mucho juntos, discúlpenme si me meto en lo que no me importa? -preguntó el consuegro.
     -Lo hacemos una vez al año pero decentemente, como buenos cristianos -dijo la mujer.
     -Poco es eso, me parece a mí -dijo el consuegro.
     -¿Y fue a la mili usted o se libró? -preguntó al hombre la consuegra.
     -Me libré -contestó el hombre.
     -¿Por? -preguntó con sequedad la consuegra.
     -Por tener los pies planos -dijo el hombre tocándose el nudo de la corbata porque empezaba a sentir ahogo.
     -¿Eso es normal, Alberto? -preguntó la consuegra a su marido.
     -No mucho... -respondió el consuegro.
     De regreso a casa en el coche, guardaban un silencio acongojado, ella no dejaba de pensar que tenía que haber ocultado que solo hacían el amor una vez al año y él había visto renacer su culpabilidad por tener los pies planos y su nostalgia juvenil por no tener una planta del pie como Dios mandaba.

miércoles, 22 de abril de 2015

Diez relatos sobre la sed de bondad (1)

A I.D.S.

     En el siglo XXIII después del Gran Computador, un estudiante de Lenguas Muertas de la Facultad Para El Ejercicio Correcto Del Mal de la Universidad de Bobos, ojeando un libro de Reglamento de la Imaginación de muchísimos siglos de antigüedad pero permitido puesto que no hacía censura alguna del mal ni promovía en modo alguno el bien, se encontró con un trozo de papel plegado metido entre sus páginas, lo abrió y vio escritos en él varios renglones en letra de imprenta con una apariencia extraña puesto que acababan antes de llegar al margen del papel tal y como él había oído que ocurría con una forma de escribir no permitida usada antaño y llamada Poesía. Leyó la secuencia de letras y, para su sorpresa, comprobó que era francés, el idioma muerto en el que él estudiaba, entre otras cosas, los discursos políticos del racismo elegante y racional. Pese a su convicción de estar cometiendo un acto inmoral puesto que tenía entre sus manos un poema, con toda probabilidad lleno de reminiscencias de la bondad humana, su fría curiosidad le persuadió a descifrar aquel escrito. Las palabras comprobó que eran las comunes que podía leer en los discursos y en cualquier crónica deportiva de la época pero el sentido del texto en conjunto se le escapaba. Intentó hallar un significado a aquello haciendo un esfuerzo de concentración y leyéndolo todo una y otra vez. El texto decía esto:

Vous avez l'argent, 
vous avez le pouvoir, 
vous avez la renommée, 
vous avez l'honneur, 
vous avez battu tous votre prochain 
mais vous ne avez pas les étoiles, 
vous ne avez pas la pluie, 
la mer, la rosée, les oiseaux, 
vous ne avez pas quelque chose précieuse 
parce que vous avez perdu votre cœur. 

     La traducción literal del texto no ofrecía duda alguna, el poema decía: "Tienes dinero, poder, fama, honor, has vencido a todos tus semejantes pero no tienes las estrellas, la lluvia, el mar, el rocío, los pájaros, no tienes nada de valor porque has perdido tu corazón". ¿Podría ser que estuviera negando el valor del dinero, el poder, la fama y el honor?, se preguntaba perplejo el estudiante. ¿Estaría insinuando el poeta que eran mejores las estrellas, la lluvia, la mar y todas esas cosas de tan poca importancia? ¿Acaso...? ¿Acaso había una felicidad mayor en respetar que en poseer y vencer? Sin darse cuenta, estaba empezando a sentir sed de bien, aquel sentimiento que le extirparon en la infancia con la dura opresión de sus educadores, cuando leía étoiles, no pensaba ya en las estrellas, pensaba en sí mismo, él mismo era las estrellas, la lluvia, el mar, el rocío, los pájaros, no sabía por qué pero necesitaba sentirlo, era un ansia infinita la que lo estaba poseyendo, les étoiles, la pluie, la mer... la naturaleza a la que pertenecía lo estaba llamando y estaba desnudando su corazón. ¿Era aquello la bondad? ¿Tan poderosa e irreprimible era su fuerza? ¿Qué podía hacer ahora? Estaba perdido, ya no podía renunciar a aquella emoción, colmaba su ser y le empujaba a la tolerancia y la entrega, la felicidad le desbordaba, había entendido el poema y la bondad había brotado en su interior, debía amar, amar sin interés porque ese era el secreto del placer y de la vida. 
     Desde aquel día, se dedicó a conspirar contra el mal y por la libertad y tan natural es la emoción del bien que no tuvo grandes dificultades en abrirse camino y el imperio del mal, que había costado milenios consolidar, fue derrocado en apenas unos años.

martes, 21 de abril de 2015

Seis relatos sobre el valor de las cosas (6)

     Quería escrutar la inteligencia de su nieto con una pregunta muy fácil porque era muy pequeño, trataba de averiguar si sería un hombre de provecho el día de mañana y si alcanzaría el éxito en la vida y, cuando llegó de visita el domingo, le dijo:
     -Fede, te voy a dar una de estas dos cosas, si quieres una de ellas, no te daré la otra, ¿qué quieres, doscientos euros y dos kilos de caramelos o que te oiga contarme algo que hayas soñado?
     El niño quería mucho a su abuelo y le dolía apartarlo para siempre de sus sueños porque intuía que encerraban lo más esencial de su corazón, de modo que, haciendo pucheros, le respondió:
     -Abuelo, yo quiero las dos cosas.
     El abuelo estalló en carcajadas y lo tranquilizó asegurándole que se las daría las dos y, en su interior, se sintió muy feliz pues supo que su nieto sería un gran hombre.

domingo, 19 de abril de 2015

Seis relatos sobre el valor de las cosas (5)

   Un niño quiso dibujar a su mamá pero tanto se empeñó en que su dibujo pareciera el de una mamá que, al final, el dibujo sí era el de una mamá pero no la suya.

Seis relatos sobre el valor de las cosas (4)

     -Los sueños están muy bien pero, donde esté un buen filete de ternera, que se aparten todos ellos -dijo el profesor de ciencias al de literatura.
     -Con un filete de ternera solo llenas una vez tu propio estómago -dijo el profesor de literatura- pero, con un sueño, se puede cambiar el mundo entero.
     -A mí no me cambia ningún sueño -dijo el profesor de ciencias.
     -Eso también lo diría tu ternera -dijo el profesor de literatura.

Seis relatos sobre el valor de las cosas (3)

     -Debo tener muy buena pinta cuando se ha casado conmigo la mujer más maravillosa que conozco.
     -Sí pero, cuando te portas mal, te cambiaría por una foto.

Seis relatos sobre el valor de las cosas (2)

     -Los hombres de verdad no buscamos amor, buscamos sexo.
     -Sí que es verdad, un hombre que vale lo que quiere es la cama y cuanto menos le cueste mejor.
     -Aunque solo sean treinta euros.
     -Eso, eso, lo más barato posible...
     -Porque tenemos que demostrar que valemos para eso.
     -Eso, eso, porque todo el mundo nos lo pone en duda...
     -Hasta nosotros mismos lo dudamos.

sábado, 18 de abril de 2015

Seis relatos sobre el valor de las cosas (1)

     A la hora de la cena, que era la única en la que podían hablar en todo el día, a él siempre le pasaba lo mismo, le preguntaba dónde había estado y, aunque ella se lo contaba con pelos y señales, él acababa ahogándose en celos y terminaba todo en una discusión agria. Acabaron tomando la decisión de dejar de ser novios y, cuando estaban despidiéndose, él le dijo a ella:
     -Confiésalo, me engañabas con otro.
     Y ella contestó airada:
     -¿Pero qué era yo para ti para que eso te importe lo más mínimo?

Diez relatos más sobre la desnudez (10)

     -Hijo, tú nunca te acerques a las mujeres malas.
     -¿Y cuáles son las mujeres malas?
     -Las que se quitan la ropa y se quedan en cueros.
     -¿Y qué pasa porque se quiten la ropa?
     -Que enseñan cosas malas.
     -¿Y es que lo malo es bueno cuando se tapa?

viernes, 17 de abril de 2015

Diez relatos más sobre la desnudez (9)

     En la fiesta de un pueblo, un hombre bebió tanto que su miedo a la opinión desapareció por completo, no quedaba en su conciencia freno alguno contra su libertad excepto los más elementales sentimientos de solidaridad humana y, como el alcohol le daba demasiado calor y era pleno verano, sin dar un minuto a la vacilación, se quitó absolutamente toda la ropa, sin siquiera exceptuar los calzoncillos. Pero el sacristán, tanta ira sintió ante aquella muestra ajena de impudor, tanto le sublevaba ver exhibida sin embarazo alguno la verdad humana en toda su simplicidad que embistió ciego de furia contra el hombre desnudo, lo agarró del cuello y, al tiempo que le daba violentas sacudidas, le gritaba:
     -¡Eres una mierda, no vales nada, desgraciado, eres un hijo de puta, ponte la ropa o llamo a la Guardia Civil!
     Cuando dejó de darle achuchones, el borracho, caído en el suelo y retorciéndose de la risa, le dijo:
     -En cueros, ya no me quieres, me tenías cariño solo por la ropa...

jueves, 16 de abril de 2015

Diez relatos más sobre la desnudez (8)

     Sintió de pronto el agobio de la corbata apretándole el cuello pero se dio cuenta de que no le agobiaba eso en realidad sino encontrarse de nuevo en aquella situación asfixiante donde las estrechas mentes de sus compañeros de oficina se empeñaban en que sintiera lo mismo que ellos y celebrara con su mismo entusiasmo sus fanfarronadas machistas, su vanagloria, su desprecio de los políticos de izquierdas, su devoción por los objetos que se habían comprado, su complacencia en lo obvio y banal, su amor a la palabrería y al razonamiento más zafio. Se imaginó el horrible hastío que le restaba que soportar hasta el viernes y se le antojó tan lejano ese día que temió sucumbir a la desesperación. Una honda tristeza lo poseía en aquel momento, pensaba en que su vida carecía de esperanza, el mundo le parecía una mezquina cárcel donde ya no había nada nuevo capaz de despertar su atención y su ilusión, sellaba sin cesar documento tras documento mientras le hería la idea de que la maldad lo había conquistado todo, de que ya no era posible la inocencia, de que estaba condenado a vivir bajo el peso de la vergüenza por el solo hecho de ser un ser humano.
     Se levantó de la silla y, sin decir nada, salió a la calle, nunca más volvería a trabajar en aquella oficina, era su decisión rotunda, de pronto, se notaba más ligero, como si se hubiera quitado un abrigo o como si caminara por una playa nudista, ya no tenía que preocuparse por no sentir toda la simpatía que debía por sus compañeros de trabajo, ahora los podía despreciar abiertamente, sin embarazo alguno, tan liberado se sentía que se creía el rey del mundo, nadie merecía ya su obediencia, a nadie le debía acatamiento. Un mero sellado de documento había tenido hasta ahora para él la gravedad con que se considera la supervivencia pero, de pronto, lo veía en su auténtico valor: una mancha de tinta sobre un sencillo papelucho. Había estado haciendo parte de su vida más íntima un entramado de asuntos que nada decían a sus sentimientos pero ahora él ya no era más que él mismo, desnudo, libre, feliz, esencial.
     Ya estaba mejor, ya podía aguantar hasta el viernes, volvió a la oficina, el jefe le echó un rapapolvo. Se disculpó diciendo que le había dado un dolor en la barriga.

Diez relatos más sobre la desnudez (7)

     Cuando estaban vestidos, se hablaban de amor, de sentimientos, de ternura, de ansias, de fragilidad, de belleza pero, cuando se desnudaban, empezaban a hablar de la lavadora, del frigorífico, de política, de deportes, del estilo y las influencias de los poetas, de las cuentas bancarias porque ya no se sentían desvalidos.

miércoles, 15 de abril de 2015

Diez relatos más sobre la desnudez (6)

     Le preocupaba la opinión hasta tal punto que casi descuidaba por ella su moral. Por las noches, soñaba que iba desnudo por la calle y que nada importaba en realidad no llevar nada de ropa pero, cuando despertaba, se asombraba de que esa idea pudiera haber pasado por su cabeza hasta que una noche soñó que su propia ropa se enteraba de que había muerto atropellado y exclamaba:
     -¡De la que me he librado!

martes, 14 de abril de 2015

Diez relatos más sobre la desnudez (5)

     Juan era rico y tenía todas las comodidades y lujos que se pueden tener en la vida y, por supuesto, vestía ropa de la mejor marca pero, cuando miraba hacia su interior, se sentía desnudo porque le acosaba el ojo de Dios con todo su cargamento de mandamientos e imposiciones imposibles de cumplir además de la presión de la opinión, tan llena de hipocresía y prejuicios en la esfera social a la que pertenecía o la de su familia, que apenas le dejaba un suspiro de libertad, circunstancias que enturbiaban su conciencia produciéndole tanta vergüenza que nunca, en rigor, se mostraba ante nadie tal y como era y, aún así, no podía evitar la sensación de estar quedando en evidencia constantemente dejando ver toda la suciedad que, en vano, se empeñaba por esconder.
     Alfredo no tenía ni dinero, ni religión, ni necesidad de fingir u obedecer porque no se permitía ir jamás por ningún camino que socavara la libertad de su espíritu, solo atendía a la voz de sus sentimientos y no había diferencia alguna entre lo que manifestaba a los otros y lo que su alma sentía, huía de todo aquel lugar donde el prejuicio exigía un sentimiento pero nunca lo hacía de la honestidad y, cuando miraba hacia adentro, se sentía abrigado por su corazón y vestido por la verdad tan galanamente que, aunque sus ropas de fuera eran poco lucidas, no había hombre en el mundo capaz de avergonzarlo.

domingo, 12 de abril de 2015

Diez relatos más sobre la desnudez (4)

     -¿Has puesto el anuncio en el periódico? -dijo ella.
     -Sí, vengo de allí -respondió él aflojándose la corbata y tomando asiento en el sofá-, cada vez roban más los de la prensa, menuda estafa...
     -Ojalá consigamos una española -dijo ella-, no quisiera por nada del mundo tener una asistenta de un país subdesarrollado, son capaces de hacer cualquier cosa por un vil cubierto de oro.
     -Es cierto, hasta de asesinar -dijo él-, lo llevan en la sangre, por eso esos países no se hacen ricos, no saben valorar la propiedad privada.
     -Si me robaran las joyas que heredé de mi madre, me moriría del disgusto -dijo ella-. ¡Con lo que me costó que me las legara en su testamento! Estaba a punto de morir y casi no entendía ya nada de lo que le decían.
     -Deberían aumentar las penas a los delitos de robo -dijo él-, a las cosas se les toma mucho cariño, casi tanto como a los perros.
     -Más que a los perros -dijo ella-, recuerda la patada que le diste a Bruto cuando te rompió el libro de heráldica.
     -Sí, vaya un animal más idiota -dijo él-, como si no tuviera bastante con las croquetas de primera calidad que le daba...
     -Dicen que lo hacen porque les duelen las encías -dijo ella.
     -Así es, recuerdo que leí algo así en mi enciclopedia de la Naturaleza -dijo él-, tengo que darle un repaso porque está llena de curiosidades y se me han olvidado casi todas y no lo entiendo porque el saber es una de mis preocupaciones básicas, debería retener mejor lo que leo si vamos a juzgar por la importancia que doy a mi curiosidad.
     -¿Has dicho enciclopedia? Fue un regalo que me hiciste a mí ¿y ahora ya es tuya? -dijo ella.
     -Me la he apropiado formalmente porque tú nunca te has decidido a utilizarla -dijo él.
     -¿No me notas tristeza en la cara? -dijo ella.
     -No, ¿por qué? -dijo él.
     -Debe ser porque me la he rociado con agua pero estoy desolada porque se ha muerto el canario -dijo ella.
     -¿Quieres que lo entierre en el jardín? -dijo él.
     -No, ya lo he tirado a la basura -dijo ella.

sábado, 11 de abril de 2015

Diez relatos más sobre la desnudez (3)

     El niño estaba leyendo un libro y de pronto levantó la cabeza de él y dijo:
     -Papá, aquí dice que la Historia de la Humanidad es la de cómo se han vestido los hombres, ¿eso será verdad?
     -Pues claro que sí, hijo -respondió su padre-, los hombres se visten como viven.
     -Pues ojalá no se hubiera inventado el hilo -dijo el niño-, así tendría una asignatura menos.

viernes, 10 de abril de 2015

Diez relatos más sobre la desnudez (2)

     -¡Qué gente más extraña hay! -dijo un cantante de heavy metal a un compañero en un descanso de un ensayo.
     -¿Por qué lo dices? -dijo el compañero.
     -Porque el otro día llamaron a la puerta cuando yo estaba en la ducha -dijo el cantante-, me puse la toalla para taparme las vergüenzas y fui a abrir y, con la puerta ya abierta, la toalla se me fue al suelo, ¿y puedes creer que aquella persona lanzó un grito histérico?
     -Sí, es normal -dijo el compañero-, hay mujeres que usan ropa hasta para el alma.
     -No -dijo el cantante-, lo raro del tema es que era un hombre...

jueves, 9 de abril de 2015

Desnuda

     En la televisión, alguien estaba hablando de sexo. Usaba un tono jocoso aunque no más que para que le permitieran decir lo que para él era una verdad indiscutible que incomodaba. Hablaba de la infidelidad y hacía alusiones muy descriptivas al placer de la novedad, a lo que desgasta el hábito, a lo poco práctica que era la honradez, a la dificultad de la erección cuando la rutina alcanza cierto límite, a la insatisfacción sexual, a las desavenencias matrimoniales que se derivaban de esta; aseguraba que los objetos, esa fue la palabra que utilizó, pierden con el tiempo la capacidad de estimular la percepción y que una mujer desnuda acaba pareciéndole al marido algo tan aburrido como la mesita de noche. Todo el público del plató sintió que debía reír esta gracia y más aún cuando el que hablaba remató sus argumentos diciendo:
     -A mí me gusta poseer y cuanto más mejor.
     Apagó la televisión y, al poco llegó del trabajo su esposa. La miró a su rostro, siempre que lo hacía, se le enternecía el corazón, le asió las manos y se las besó, eran tersas y delicadas, le parecían flores blancas. Ella preguntó si cenaban ya pero él le dijo:
     -¿Por qué no te desnudas? Quiero verte.
     Ella guardó silencio y se desprendió del pañuelo del cuello, se desabrochó la blusa y quedó desnuda de cintura hacia arriba a excepción de sus pechos, se bajó los pantalones y se despojó de los calcetines, le tocó la hora al sujetador y dejó al descubierto dos lozanas rosas, finalmente, se quitó las bragas y abriendo sus brazos y sonriendo dijo:
     -Ya he cumplido tu capricho, ¿es todo lo que quieres?
     Él no sabía responder a la pregunta, su corazón ahora estaba en la plenitud del gozo pero, al mismo tiempo, sentía una honda desazón porque quería y no podía abarcar lo que veía. En el cuerpo que estaba contemplando, percibía tanta belleza y tanta dulzura que sentía como si no le cupieran en el pecho, aquel cúmulo de líneas sutiles, de pliegues, rizos y ondas, de volúmenes y formas llenas de gracia, de matices del color más sugestivos aún que los de la aurora, de expresiones de la exuberancia y la inocencia le parecía imposible de encerrarlo en su entendimiento, tenía la impresión de estar contemplando al universo entero, sus sombras y sus luces, sus nebulosas y sus galaxias y de sucumbir a la turbación de su vastedad, de su infinito enigma, de su misterio inefable. No se le ocurrió en ningún momento que tuviera que poseer nada de lo que estaba observando, de hecho, le inspiraba tanta reverencia como la epifanía de un dios, podía adorar algo tan fascinante no una vida: mil vidas e incluso más. Se acercó a ella, la abrazó, le dio muchos besos, acarició su rostro y le dijo:
     -Te voy a amar toda la vida.

Diez relatos más sobre la desnudez (1)

     Estaban los dos desnudos. Ella se pintaba los labios. Él se afeitaba.
     -Tienes que limpiar la casa -dijo ella-, me lo has prometido.
     -¿Y tú qué vas a hacer? ¿No me podrías ayudar? -dijo él.
     En cuanto escuchó estas palabras, ella sintió un repentino deseo de ponerse algo encima, se había hecho de súbito consciente de su desnudez.

martes, 7 de abril de 2015

Otros seis relatos sobre la desnudez (6)

     El planeta, finalmente, a causa del deshielo del Ártico provocado por la explotación de sus yacimientos petrolíferos, cayó en un generalizado estado catastrófico. Por aquellas fechas, un nativo del Amazonas fue llevado a París por iniciativa de un antropólogo filántropo que quería unir culturas. El nativo iba con un simple taparrabos y, al llegar a París, encontró muy gracioso que allí todo el mundo ocultara su cuerpo con enormes telas y que incluso a los perros se les pusieran trajes. Lo que más duro se le hizo de llevar fue el racionamiento del agua, no estaba permitido consumir más que una ampolla cada cuatro horas. Los coches le parecían disparates, jamás se le hubiera ocurrido que a un ser humano le fuera posible caminar a aquellas velocidades y se sentía tan contento dentro de aquellos juguetes que le daba gana de besar al conductor pero, por dentro, se reía del infantilismo de los occidentales y los creía obsesionados por exhibir su locura. Fue al cine, al fútbol, al teatro, a la ópera, a conciertos, a bares, a mil lugares que se le antojaron llenos de gente petulante completamente alejada de la idea que él y su tribu tenían de un comportamiento inteligente y serio aunque se lo pasaba tan bien que casi se desvanecía.
     Finalmente, llegó el momento de marcharse, regresó a la selva, bebió hasta quedar ahíto tendido boca abajo sobre el río y, jadeando por la asfixia, se incorporó y caminó hasta su poblado. Allí le recibieron con palmadas en la espalda y agasajos y le pidieron que contara todo lo que había vivido. Cuando llegó la noche, se encendió un fuego y todos alrededor de él escucharon la historia del viajero. Les habló del continente deshelado, de la ruina del planeta, de los perros con trajes, de los coches veloces, de todo aquello en lo que se entretenían los parisinos, del hervidero de gente y el tumulto que agitaba todo aquel lugar, del racionamiento del agua, de los relojes, del afán por el dinero y el sexo, de las barrigas, de los semáforos, de los rascacielos, de los libros de Historia, de los móviles, de la raya de las calzadas, de las palomitas y de todo cuanto pudo recordar que fue mucho. Al acabar, el silencio de todos era absoluto: no habían comprendido nada.

lunes, 6 de abril de 2015

Otros seis relatos sobre la desnudez (5)

     En la peluquería, entró una mujer totalmente desnuda y se sentó a esperar su turno. Pero, de todos los lados, le llegaban miradas de desprecio y murmullos insultantes, podía escuchar palabras como zorra, sinvergüenza, cerda, creída, terrorista o pánfila. Las iba apuntando todas sin dejarse ninguna en un pequeño cuaderno de notas que llevaba en el bolso porque era una psicóloga que estaba haciendo un experimento sobre la reacción de las mujeres ante la desnudez. Cuando llegó el momento de redactar las conclusiones, escribió:
     "Los seres que cuidan de los hombres del mañana y los educan piensan de la naturaleza humana más pura y de la verdad más llana que son exclusiva materia del comercio más vil puesto que llaman zorra a una mujer desnuda, además creen que son lo suficientemente feas como para que deban avergonzar puesto que la llaman sinvergüenza, que son sucias pues la llaman cerda, que la gloria que encierran es mera fatuidad pues la llaman creída, que son un peligro de primer orden para la sociedad pues la llaman terrorista o que se sitúan en las antípodas de la inteligencia pues la llaman pánfila. El ser humano real y la verdad, por tanto, debemos concluir que son lo que más profundamente se detesta en la sociedad, lo que más se persigue y escarnece, lo que más obstáculos recibe en la vida corriente, lo que más escandaliza y encoleriza y lo que más bajo valor tiene. No es extraño, pues, que se vean con condescendencia la guerra, el hambre, la injusticia, la violencia, la pobreza, el sufrimiento, la explotación, la maldad, la hipocresía, el abuso, el egoísmo, la vileza o la mentira. Si tenemos que curar mentes con las características descritas, nos enfrentamos a un desafío tan excesivo que no es posible otro desenlace que el fracaso más estrepitoso por lo cual propongo a mis colegas que se tenga a la Psicología como una ciencia incapaz y nos entreguemos con fervor a la práctica de la oración en la esperanza de que nos salve de una catástrofe completa."

domingo, 5 de abril de 2015

Otros seis relatos sobre la desnudez (4)

     -Espere un momento, no entre todavía que mi marido acaba de salir de la ducha -dijo la mujer al técnico de televisores que acababa de llegar para hacer una reparación-. ¿Estás visible para los desconocidos, Juan? -gritó tras llamar a la puerta del dormitorio.
     -Totalmente visible -respondió Juan.
     -Pase -dijo ella al técnico- que ya no está desnudo.

Otros seis relatos sobre la desnudez (3)

    -No sé cómo pueden estar esos dos todo el día diciéndose tonterías, jugando y fingiendo para darse gusto el uno al otro, yo no podría soportarlo, una persona tiene que ser sincera, abierta, seria, responsable... hay que ir desnudo por la vida, diciendo siempre la verdad.
     El marido dijo estas palabras con un tono solemne, como un diputado de las cortes y levantó sus ojos del periódico para ver cómo reaccionaba su mujer, pero, al ver que se mantenía imperturbable leyendo su revista, dijo:
     -¿No te parece a ti?
     Y ella simplemente respondió con indiferencia:
     -Sí, cariño...
     -La pareja que no tiene valor para hablarse el uno al otro en serio, sin máscaras ni paliativos, está condenada al fracaso -siguió el marido-. ¿A que estás de acuerdo conmigo?
     Su esposa, sin siquiera levantar la cabeza de la revista, respondió:
     -Sí, cariño...
     -Son jóvenes, es cierto, pero no serán felices mucho tiempo en ese plan, se cansarán muy pronto de representar esos papeles -dijo el marido-, el estado más natural y equilibrado de un ser humano es la austeridad, la desnudez total, como el hombre de la selva, ¿no lo crees así, querida?
     Y su esposa respondió abúlicamente:
     -Pues sí...
     -Que no presuman esos de ser más felices que nosotros -dijo el marido-, es mucho más libre el hombre adusto que quien se pone al servicio de todos esos artificios escénicos. ¿No nos quitamos toda la ropa para hacer el amor? Pues lo mismo en el carácter. Hay que llamar a cada cosa por su nombre y tomar la actitud que corresponde para cada situación y fuera absurdos. ¿A qué sí?
     Y su mujer, sin separar sus ojos de la revista, respondió con desgana:
     -Sí, cariño...

sábado, 4 de abril de 2015

Otros seis relatos sobre la desnudez (2)

     Nunca pude ver a mi marido desnudo de cuerpo entero. Yo le decía que fuera a un psicólogo para que le curara su miedo a quedarse en cueros pero él no quería porque, según él, un militar de alta graduación tiene que aparentar ser invulnerable a todo sufrimiento y, si iba a un psicólogo, quedaría como un cobarde ante todo el mundo. Y así me tocó toda la vida hacer el amor con él vestido de medio cuerpo para arriba. Al principio, con la chaqueta solo, aún podía soportarlo bien pero, cuando empezó a ganar medallas y condecoraciones, me hacía un daño terrible y, viéndolo acercarse a la cama, me parecía más un diablo que una persona con todas aquellas cosas que le colgaban. Era un hombre muy disciplinado, tanto que, en cuanto terminaba conmigo, agarraba la corneta y tocaba silencio en medio del dormitorio con su banderita completamente arriada.
     Él soñaba con el puesto más alto del ejército y, cuando ya lo tenía en sus manos, decía con mucha pena que no era un honor para él porque todo el mundo lo llamaba Excelentísimo Señor y no Miguelillo como le llamaba su familia y que el puesto lo había ganado un señor excelentísimo pero que a Miguelillo lo habían dejado fuera de su despacho, como hacía su padre siendo él un niño cuando venían visitas importantes. Siempre tuvo problemas el pobre porque a los seis años le enseñó a su madre un dibujo de su primita desnuda y no le dijo que era un dibujo muy cercano a la realidad como su orgullo hubiera querido que ocurriera sino que era una asquerosidad y que estaba castigado.

viernes, 3 de abril de 2015

Otros seis relatos sobre la desnudez (1)

     El edil, después de asistir al pleno del ayuntamiento donde el tema de discusión había sido si se debía o no discutir en un pleno sobre la forma como se había discutido en el pleno anterior cierto problema sobre cuya existencia real cabían severas dudas, entró en el aseo con la vejiga llena y, al mirarse su órgano, reducido, triste y macilento, tuvo la tentación de hablarle de economía agraria porque, por unas milésimas de segundo, lo confundió con un embajador de la ONU.

Seis relatos sobre la desnudez (6)

     Un hombre iba completamente desnudo por la calle pero alguien le ofreció unos calzoncillos nuevos de marca creyendo que era un mendigo miserable y él, solo por avaricia, pues no quería quedarse sin el regalo, se los puso. Siguió andando y vio a un niño reírse de él porque iba en calzoncillos y él, no más que por pura soberbia, fue a su casa a ponerse unos pantalones. Volvió a la calle y vio un cartel en un bar donde se decía que daban tapas gratis y él entró por pura gula pues ya había comido pero el dueño del bar le dijo que no permitía en su local a nadie sin la camisa puesta, de modo que fue a su casa por una camisa y volvió al bar. Con la comida se manchó la prenda que acababa de ponerse y, cuando acabó de comer, fue a su casa a cambiarse pero, por pereza, no quiso tomarse el trabajo de quitarse la camisa manchada y se puso una chaqueta encima. Volvió a salir a la calle y vio una cola de gente en un local, se asomó y comprobó que lo que reunía aquella concurrencia era un escritor que estaba firmando libros con un sombrero muy elegante. Envidioso del escritor, fue a una tienda de sombreros, se compró uno y se lo puso en la cabeza. En la calle, alguien le dio un empujón y él, airado, le dio una patada pero, como iba descalzo, no le hizo daño y se marchó muy contento. Para que su ira no volviera a quedar defraudada, fue a ponerse unos zapatos. Cuando ya estaba completamente vestido, sintió deseo sexual al ver a una mujer medio desnuda por la calle, le pidió sexo y ella accedió con ademanes lujuriosos. Con celeridad, buscaron una habitación donde practicar la cópula y tan deseoso estaba él de consumarla que no se quitó ninguna prenda. Ella se quitó en cambio todas las que le quedaban por quitarse y ató como juego amoroso su sujetador en su cuello. Después del acto, ya de noche, salió a la calle sin darse cuenta de que aún llevaba el sostén alrededor del cuello. Volvió a su casa con el cuerpo sudoroso y la conciencia llena de peso, había salido de casa por la mañana desnudo pero regresaba completamente vestido por incitación de los siete pecados capitales.

jueves, 2 de abril de 2015

Seis relatos sobre la desnudez (5)

     Ella disfrutaba haciendo ver a su marido la excelencia de las cualidades de las que estaba dotada y esperaba de él que la segundara en la censura de sus conocidos y amigos e incluso familiares, ejercicio con el que no buscaba otra cosa que exaltarse a sí misma. Su marido compartía con ella el placer del menosprecio y ambos se mostraban muy de acuerdo en todas las valoraciones indolentemente denigrantes que hacían de los demás, lo que pensaban ambos que era una señal inequívoca de lo unidos que estaban y lo mucho que se querían. Ella, a decir verdad, tan acostumbrada estaba al desprecio que, en rigor, aunque, a menudo, todo eran dudas angustiosas respecto a su propio valor, no pensaba que hubiera nadie digno en el mundo excepto ella pero procuraba, con infinitas precauciones, que su marido no se diera cuenta de ello porque, en cierta manera, detrás del desprecio que sentía por él, no dejaba de haber un poco de desamor y ella se decía a sí misma que no sería muy piadoso por su parte dejar que él lo descubriera porque estaba convencida de que la admiraba y la amaba infinitamente. Pero ella contrajo de pronto una enfermedad que obligaba a que alguien se ocupara en su cuidado durante varias horas al día y, aunque ella creía firmemente que su marido se iba a volcar con pasión desmedida en cuidarla, él no esperó a que se manifestaran los primeros síntomas para proponerle el ingreso en una residencia y, una vez dentro, hasta llegó a pedirle el divorcio.

Seis relatos sobre la desnudez (4)

     Dos enamorados adolescentes buscaron un lugar para quedarse desnudos y mirarse y tocarse y, cuando ya se habían quitado toda la ropa, el muchacho, que nunca había visto una mujer completamente desnuda, le dijo con mucha consternación a ella:
     -¡Tienes una cicatriz! ¿Te han operado? Espero que no sea una enfermedad grave...
     -Eso es así en todas las mujeres -respondió la muchacha- pero a ti veo que te han extirpado un testículo.
     -No, los tengo los dos -dijo él- pero como van en una sola bolsa, parece uno solo.
     -Debe ser que desnudos parecemos más enfermos -dijo ella- tú me ves cicatrices a mí y yo te veo amputaciones.
     -Parecemos a punto de morir -dijo él-, de hecho, me encuentro como si hubiera enfermado de repente y, sin embargo, me hace sentir tan bien esa enfermedad que la muerte es la cosa que más lejos se me representa ahora.

miércoles, 1 de abril de 2015

Seis relatos sobre la desnudez (3)

     -Niños, son las diez y cincuenta y nueve minutos y cincuenta y cinco segundos -dijo con gravedad el maestro-, contad hasta cinco y, cuando terminéis, abrid el libro de lengua por la página veintiocho...
     A continuación, dirigiéndose a uno de los niños, dijo:
     -Alberto, cierra el libro y dime las preposiciones.
     Alberto se puso pálido, cerró el libro con una pena infinita y comenzó a recitar las preposiciones con una dificultad enorme. Al primer fallo, el profesor gritó:
     -Te has comido una, mañana las traes copiadas doscientas veces, siéntate. Quiero que escribáis una historia sobre el dibujo del libro y que echéis a volar vuestra imaginación, cuanto más largo sea vuestro cuento, mejor.
     Alberto vio que en el libro estaba dibujado Adán e hizo esta redacción:
     Adán vivía desnudo en un jardín placentero y no tenía que hacer nada pero comió una manzana mágica que enseñaba a tener vergüenza y tuvo que vestirse y empezar a trabajar y, como salió del Paraíso, no pudo comerse otra manzana mágica, que era un antídoto de la primera que se comió porque, si se la hubiera comido, no tendría que morirse nunca y así le gustaría más su cuerpo por ser más fuerte que la muerte y no haría los trabajos que no quisiera porque no le haría falta conformar a la muerte a que lo dejara vivir más haciendo un poquito de lo que a ella le gusta hacer, que es amargar a las personas obligándolas a meterse en una caja para siempre. Pero, mucho tiempo después, un científico llamado Perico inventó el manzano de la Libertad y todo el que comía una manzana de ese manzano se quitaba la ropa y empezaba a hacer lo que le daba la gana. "¿Por qué hacen eso?" -se preguntó Perico y, para saberlo, probó una manzana de aquellas y, al comerse el primer bocado, perdió el miedo a la muerte, perdió el deseo de ser fuerte, perdió la vergüenza de ser como era, se quitó toda la ropa y empezó a hacer solo lo que era bueno para él.