martes, 31 de marzo de 2015

Seis relatos sobre la desnudez (2)

     Un matrimonio iba a ir a una fiesta. El marido se vistió enseguida y se sentó en una silla a esperar que se arreglara su esposa. El proceso de ella fue mucho más lento y laborioso. La vio salir desnuda de la ducha y solo media hora después reapareció vestida y le preguntó a él qué le parecía cómo había quedado.
     -Si quieres que te hable de mi gusto personal, cuando estabas de verdad guapa es cuando has salido de la ducha -dijo el marido-, ahora has tapado con trapos casi todo lo que me gustaba y estás mucho más fea.

Seis relatos sobre la desnudez (1)

     Dos locos muy amigos salieron del psiquiátrico en el que estaban internos aprovechando el caos que se formó en él entre el personal porque otro de los locos había conseguido prender fuego a su habitación. Uno de ellos se quitó todas las ropas y se quedó completamente desnudo pensando que así estaría todavía más libre y cómodo, el otro permaneció vestido y juntos comenzaron a recorrer la ciudad. Cuando se cansaron, regresaron a las inmediaciones del psiquiátrico, el desnudo se puso las ropas y entraron de nuevo. Se sentaron en un banco del patio y uno le dijo al otro:
     -Ha sido una experiencia muy entretenida, hemos paseado, nos hemos relajado y hemos conocido la ciudad, me siento más sano, ¿y tú?
     -Yo he vivido un infierno, jamás había visto una ciudad tan siniestra y amenazadora -dijo el otro.
     El primer loco se sorprendió de estas palabras y le preguntó dónde había visto las amenazas.
     -¿Es que no las has visto? -dijo el otro.
     -No -dijo el primero.
     El otro se quedó perplejo y, tras meditar unos instantes, dijo dándose un golpe en la frente:
     -¡Claro, tío, ahora caigo! ¡Debe ser que, para verlas, hay que ir desnudo!

lunes, 30 de marzo de 2015

Seis relatos sobre la autodestrucción (6)

     Nació esclavo en una villa romana, propiedad de un liberto rico cargado de deslealtad, que ya copulaba con él apenas cumplidos los diez años y lo sometía a toda suerte de imposiciones y directrices para que su comportamiento y sus emociones estuvieran de acuerdo con sus propios gustos. A cambio, él lo colmó de abundancia, lo hizo instruido y le enseñó a valorar el arte y la literatura más refinados, conocimientos que alimentaban su vanagloria y que consideraba parte de su esencia más irrenunciable.
     El creía tener cuanto necesitaba y veía justo el trato que el liberto le daba. Pero, a veces, por espacio de unos cuantos días, su espíritu se oscurecía y bajaba hasta una sima de desolación, quería saber el motivo y no lo hallaba, no veía más que la infinita tristeza que le producía el peso de una culpa envolvente y desmedida que le había impulsado más de una vez en medio de ese estado a intentar el suicidio. De hecho, había órdenes en la villa de que se le vigilara en todo momento porque el liberto no quería quedarse sin la buena apariencia que daba a su mansión ante los visitantes la presencia de un esclavo tan bello y de tan exquisita cultura, no por el amor que pudiera sentir por él, que siempre había sido muy escaso y lleno de interés.
     Cuando salía de su postración, el esclavo procuraba complacer al liberto y rendirle humilde respeto porque la culpa que había atormentado su alma los días anteriores pensaba que era la deuda en la que estaba con él y la aparente vanidad con que renegaba a veces de su afecto ahora se le antojaba bajeza y desagradecimiento. Pero, al pasar de los días, escuchaba de nuevo la voz insidiosa de su conciencia que extendía una inmunda mancha sobre toda su existencia, sobre todo lo que tenía y era y hasta las odas de Horacio, objeto de su ferviente predilección, le parecían corrompidas y malditas, indignas y repugnantes.
     De nada le hubiera valido entonces entregarse a llorar en los brazos del liberto pidiéndole disculpas porque no le tributaba todo el afecto que él se merecía por lo que había hecho por su vida, ahora solo quería estar solo, contemplar la abismal amargura de su alma postrado en su lecho o mirando por la ventana más allá de las llanuras sembradas de trigo la altiva montaña que las águilas coronaban con su vuelo. Incluso manifestar devoción a su dueño le parecía en aquellos momentos nauseabundo y cargado de deshonestidad. Solo veía una salida a su tormento y era la muerte, como no podía envenenarse, ni clavarse una daga, ni colgarse del techo, se mesaba los cabellos, daba cabezazos contra las paredes y golpeaba airado con el pie los objetos de su estancia.
     Pero una noche sorprendió una conversación del liberto con su amante. Su amo le decía al otro hombre que no comprendía aquellas manifestaciones de amor exagerado que el esclavo le rendía cuando salía de sus días de tristeza y que era algo tan estúpido que decía mal de una persona de su cultura. En ese momento, se sintió eximido de su tributo de amor y se permitió el odio, contempló desapasionadamente su deuda y se le reveló que no debía nada, que cuanto su amo le había dado era la cadena con la que le cautivaba, obligaba y afrentaba. Aprovechó un momento en que su amo se quedó solo, lanzó contra su cabeza una silla y, caído en el suelo e inconsciente, lo estranguló. Después, le robó la daga y se quitó la vida.

sábado, 28 de marzo de 2015

Seis relatos sobre la autodestrucción (5)

     Muy pronto en su infancia, le revelaron que su destino más inexorable era morir un día. Ocurrió durante una reprimenda, creyeron que la haría más bondadosa pero aquel nuevo conocimiento le pareció una realidad abrumadora, su corazón no encontraba lugar en el que detener a descansar la visión de aquella vastedad sin límites. Preguntó cuándo sucedía y le respondieron sin pensar mucho en las palabras que utilizaban que cuando menos se lo esperara.
     En esta respuesta, encontró su único remedio al pavor con que le hería el recuerdo de la muerte: el resto de su vida, fue una lucha constante contra la confianza, contra el reposo, contra la fe en la suerte, contra la libertad del espíritu. Temía dejar fluir a su manera inherente incluso el modo de caminar, incluso las imágenes de sus sueños, incluso el tono de su voz. Un asunto pendiente o una expectativa sin culminar le parecían negligencias tan indeseables que les daba su final de forma forzada y tajante, en el modo más impropio y obvio, tenía miedo de que todo se complicara y ver aparecer la muerte en el caos resultante.
     No había accidente que no temiera y contra el que no se precaviera. Su existencia era una servidumbre hacia lo más cotidiano y evidente, lo más material y perceptible, si abandonaba la realidad corriente, la muerte podía emerger aprovechando su olvido.
     Vivía con egoísmo sumo, apegada a sus posesiones, vigilando todo aquello de lo que era dueña y que daba materialidad a su vida, creía que todo el mundo estaba interesado en quitárselo, como la muerte en matar su cuerpo, temía a los ladrones, a los timadores, a los estafadores, creía que la humanidad vivía para el interés y que todos buscaban sin excepción su propio beneficio.
     Cerraba la puerta de su alma al riesgo y la confusión de manera tan contundente que ella misma acabó siendo el sarcófago del que trataba de huir.

miércoles, 25 de marzo de 2015

Seis relatos sobre la autodestrucción (4)

     El nene quería una bicicleta pero su madre no quería que se la comprara porque decía que la bicicleta da demasiada independencia a los niños y los vuelve rebeldes. Él, que vio que no se la compraba, empezó a dar vueltas por la casa haciendo pucheros y mirando de reojo a todo el mundo y, cuando llegó la hora de la cena, que no agarraba la cuchara para tomarse la sopa, ni levantaba la cabeza, ni hacía movimiento alguno. Nosotros le reprendimos y le advertimos que, si no comía, se quedaría con la abuela el domingo en lugar de ir al campo a volar la cometa pero él seguía quieto como un garrote y mirando fijo a la mesa, entonces su madre, perdida toda la paciencia, le lanzó un grito tremendo y el niño, dándonos un susto descomunal, se lanzó tieso al suelo como si se hubiera muerto. Nos levantamos a ver lo que le pasaba y ni pestañeaba ni movía un solo músculo, desesperados le dábamos masajes en el pecho y cachetes en la cara sin que reaccionara y tan mal desenlace creímos que iba a tener aquello que mi mujer dijo de pronto:
     -¡Señor mío, cómo me arrepiento de haberle negado a este hijo mío la bicicleta! Que vuelva en sí, que se la compro.
     Y no sé si fue el Señor o que mi hijo lo oyó que, de pronto, pestañeó, se removió para levantarse del suelo y, una vez en pie, dijo:
     -Mamá, la bicicleta...

lunes, 23 de marzo de 2015

Seis relatos sobre la autodestrucción (3)

     Un hombre estaba solo en su casa bebiendo sin interrupción para aliviar su dolor espiritual cuando llamaron al timbre, se levantó de la mesa en la que bebía y, luchando contra la enervación que, en sus miembros, había producido el alcohol, fue a abrir.
     -¡Hola, preciosos! -dijo con una voz de vacilante fuerza al hombre y la mujer jóvenes que había ante la entrada-. Da gusto recibir la visita de amigos tan guapos, pasad, parejita, estaba viajando al país de las maravillas...
     -¿Otra vez bebiendo, Andresito? -dijo la chica con tono de consternación.
     -No tiene nada de malo -dijo Andrés-. A mí, por lo menos, me gusta.
     -Vas a acabar enganchado al alcohol, estás tomando el camino de la autodestrucción -dijo el joven mientras los tres se dirigían a la habitación en la que Andrés había estado bebiendo.
     Cuando llegaron, el joven agarró la botella que había en la mesa y la tapó con la intención de ir a guardarla pero el hombre, con alegre humor, le rogó que se la devolviera porque la necesitaba.
     -De acuerdo -dijo el joven- te la devolveré pero solo cuando me confieses por qué la necesitas.
     -Eso es juego sucio, ¿qué quieres, conocer lo que escondo para ir a contárselo a todo el mundo? -dijo Andrés airado.
     -No solo te muestras deslealtad a ti mismo sino también a tus amigos -dijo el joven-, ¿tan mal concepto tienes de mí después de tantos años? Lo único que quiero es ayudarte.
     -No podrás -dijo Andrés-, es el mundo entero el problema...
     -Sigue -dijo el chico.
     -Me menosprecian -dijo Andrés abatiendo trágicamente la cabeza.
     -¿Bebes porque te menosprecia todo el mundo? -dijo el chico.
     Andrés asintió con la cabeza muy dócilmente.
     -Siempre el mismo tema, Andrés -dijo el joven con impaciencia.
     -Andresito, en ese caso, te estás equivocando de conducta -dijo la chica-, es a todos los demás a quienes tendrías que culparnos.
     -Cuando encuentre vino para tantos, ya no beberé más -dijo Andrés.

viernes, 20 de marzo de 2015

Seis relatos sobre la autodestrucción (2)

     El placer auténtico lo da el desarrollo libre y apropiado de todas las facetas naturales, la felicidad es la manifestación plena y leal del ser propio, el Paraíso es la libertad para cumplir con la necesidad pues no somos libres sino servidores de nuestro instinto físico y espiritual pero esa servidumbre es tan gozosa cuando se hace con auténtico desembarazo de cualquier otra que ninguna libertad sería más dignificante que ella.
     Pero el general, como militar que era, tenía horror al mismo miedo y, con la cobardía propia del temerario, prefería caer en el peligro que temía a seguir temiendo pues era incapaz de soportar con fortaleza la agonía de la ansiedad. El régimen que había impuesto a su país limitaba la libre expresión de la ternura, el amor casi estaba prohibido, nadie podía besarse en público ni abrazarse ni acariciarse, él siempre se había sentido indigno ante los otros, lo habían educado bajo una disciplina asfixiante y exigente y el miedo a no merecer el amor fue tan grande en él que, para no sufrir más, decidió negar su existencia e hizo de ello una evidencia universal.
     Convirtió su país en un mundo áspero y frío donde se repudiaban los sentimientos y solo se consideraba digna el alma que los ponía bajo su control total y manifestaba siempre la entereza de una piedra. Los hombres tenían que ser impasibles y despectivos y la dulzura femenina cedía su puesto a un interesado y permanente desvelo por no perder las formas y las apariencias de la mujer decente. Todos se habían contagiado del miedo al miedo del general y, por temor a ser sojuzgados, renunciaban a toda su libertad.
     El general ahora tenía perfecta constancia de que no era amado, de que el afecto que se le manifestaba era una imposición y que tan solo le quería la máscara de las almas horrorizadas que le rodeaban. Quien no le mostraba el calor del afecto más inequívoco estaba expuesto a cualquier posible castigo y eso hacía que nadie nunca le mostrara la más leve acritud. Su miedo a que no lo aceptaran había dejado de atormentarlo porque él era ya alguien completamente inaceptable.
     Su guerra para acabar con el miedo había tenido que atacar también al resto de sus sentimientos. Sus emociones estaban aherrojadas por los prejuicios acerca de lo que era lícito y conveniente sentir, su corazón había muerto y ahora por fin todo estaba en orden, tan en orden como dentro de un ataúd.
     En el hecho mismo de prohibir, encontraba el placer del herido en la batalla, que sabe que sus temores se han hecho inofensiva realidad pues, con la prohibición, convertía en imposible el bien, que solo brota de la libertad y la diversidad. Su placer era la tristeza, la sensación de estar renunciando a la vida. de haber muerto ya por dentro porque, al mismo tiempo, estaba reconciliándose con sus mayores, les estaba dando lo que, cuando era niño, pensaba que querían de él, su destrucción, su anulación absoluta, su dolor, su derrota.
     La casa de sus padres fue objeto de reparaciones y todos sus objetos revisados e inventariados. El general pidió que le enviaran todos los documentos de aquella mansión que hicieran referencia a él pues, en su secreto interior, quería ahondar la evidencia de que, para los otros, no era ni había sido nunca nada.
     Le llevaron un paquete de cartas entre su madre y su padre de la época en que este estuvo en la guerra y el general, con seis años, vivía bajo la tutela de aquella. Su verdad la halló en aquellas epístolas adustas y penetradas de aparente rigor moral. Él pensaba que a sus padres les guiaba su corazón cuando censuraban con aspereza las veleidades de su comportamiento y cuando lo castigaban y atormentaban pero un seísmo sacudió sus entrañas secas durante tantos años cuando leyó estas palabras que su madre dirigía a su padre:
     "...El niño se está comportando muy bien, es muy bueno e inteligente, cada vez se parece más a ti, casi me dan ganas de abrazarlo y llenarle de besos el rostro pero es bueno que sufra para que el Señor se apiade de él en la vida y, por eso, no paro de reñirle y la pobre criatura llora como una Magdalena porque se debe figurar que lo voy a matar o a abandonar uno de estos días. Que aprenda a ser fuerte y a tragarse el sufrimiento, los hombres no se hacen hombres con caricias y arrumacos, a ti te trataron demasiado bien y es por eso que tienes ese miedo tan terrible cuando estás en el frente..."
     El general, al revelársele el secreto de aquel afecto, reprimido y deformado pero real de sus padres, del que tan profundamente había dudado en su vida, sintiéndose estremecido por la consternación de quien descubre la inutilidad del desmedido sufrimiento que ha poblado su existencia, vio conmoverse su helado corazón y llenó de lágrimas la carta poseído de irreprimibles sollozos y honda desolación.
     Cuando su ánimo se serenó, se secó las lágrimas y llamó a su secretario y, cuando entró, le dijo:
     -Redacta una orden para unas elecciones.
     El secretario abrió una amplia y servil sonrisa y, con tono de estudiada campechanía, le dijo:
     -¡Cuánta generosidad la suya! ¿Y para cuándo es ese plebiscito, mi general?
     -No es un plebiscito, es un cambio democrático de régimen -respondió el general.

miércoles, 18 de marzo de 2015

Seis relatos sobre la autodestrucción (1)

     José creció entre personas arrogantes y fríamente pragmáticas que no cesaban de hacerle creer que su inteligencia era inferior para tenerle bajo su dominio y sentía tan desmedida angustia por la humillante idea que los otros tenían de él que, por aliviar su sufrimiento de la manera más rápida posible, él mismo buscaba las ocasiones donde ser tachado de imbécil pues, de ese modo, sus temores alcanzaban remate y lograba un poco de equilibrio. Él creía, cuando actuaba de aquella manera, que los auténticos estúpidos eran los otros porque tomaban en serio la farsa que les representaba para hacerles creer que era tonto y hasta disfrutaba con la humillación que se infligía a sí mismo, que estaba cargada de ambigüedad. Acabó haciendo de su vida un camino de fullerías, traiciones, gamberradas, exhibiciones de irresponsabilidad y arbitrariedad buscando el insulto, la confrontación y las consternadas muestras de perplejidad ante la asombrosa estupidez de su comportamiento.
     Pero la satisfacción que sus hechos le daban era tan ligera en comparación con la desazón con que iba cargando su conciencia que cada vez tenía que hacer estupideces más grandes. En su pecho, ya no había un corazón sino una máquina de ruindades y villanías, estaba tan solo en el mundo y era tan odiado que, si hubiera tenido verdaderos sentimientos, se habría muerto de pena. Creía que sus juegos eran liberadores cuando lo que ocurría en realidad es que convertían a su auténtica personalidad en un preso del papel que había de representar. Cuanta más libertad ansiaba buscar más hondamente se castraba a sí mismo y limitaba porque la libertad que buscaba no era la de ser él mismo sino la de huir de su miedo.
     En el momento de su muerte, miró en el tiempo hacia atrás y hacia adelante y no vio ninguna diferencia.

sábado, 14 de marzo de 2015

Seis relatos sobre el deseo (VI)

     Fue con sus padres a casa de su tío y este, como curiosidad, les mostró un llavero que, cuando se silbaba en sus proximidades, emitía la melodía de la Oda a la Alegría de la Novena Sinfonía de Beethoven y tanto le sedujo aquel objeto que, cuando llegó a casa, le dijo tímidamente a su padre que quería uno igual. Su padre le respondió que algo así era imposible de encontrar porque era un regalo que la empresa en la que trabajaba su tío había tenido el detalle de regalar a sus empleados pero que no se preocupara porque estaba muy bien de dinero y le compraría un mp3 o un Ipod o hasta una cadena musical si quería, que valían inmensamente más que aquel trasto, que, en realidad, era un objeto de lo más vulgar. Pero él se sintió tan triste al comprender que su ilusión no podía ser satisfecha que incluso se negó a aceptar la oferta de su padre.
     Unos veinte años después, vio en una estación de tren una mujer muy hermosa, distinguida y elegante y la intuía también inteligente y bondadosa, su corazón la convirtió en deseo y sintió el amargo regusto de creerlo un sueño imposible, con dolorida añoranza, montó en el tren convencido de que ya nunca volvería a encontrarse con aquella chica pero, al apearse de él en la estación de destino, la vio de nuevo. Ella se paró en la puerta de la estación, al parecer, esperando a alguien y él, aprovechando la ocasión para hablarle y volcando en sus palabras todo el desencanto y la falta de fe en la felicidad que acumulaba en su vida, le dijo:
     -Cuando se haya cansado de dar su corazón a los grandes hombres de este mundo, puede llamarme a mí, aunque solo sea para cuidar el jardín de su casa.
     Ella captó el infantil resentimiento y la desengañada resignación con los que aquel hombre cargaba y, compadecida de él, le respondió:
     -No me dé tanta importancia, soy una persona de lo más vulgar.
     Él le dijo entonces con completa sinceridad:
     -A mí no me lo parece, no creo que haya metas más altas a las que aspirar en una vida.
     Ella, muy halagada, sonrió y dijo:
     -¡Qué amable es usted! Como meta, soy exigente pero no imposible.
     Él le preguntó si esperaba a alguien y ella le respondió que a su hermano, que la iba a llevar a casa en su coche. El dijo que tenía su automóvil aparcado muy cerca y que, si lo deseaba, la llevaba él. Ella denegó la oferta y, cuando él le preguntó dónde vivía, ella le dio su dirección completa. Él sintió cerca la satisfacción de su hondo anhelo y le preguntó con timidez si tendría inconveniente en que fuera esa misma tarde a visitarla. Ella respondió que en absoluto y que sería un placer conocer a un nuevo amigo. Él se sintió tan eufórico que dio un silbido y, al instante, escuchó una melodía que salía del interior de la bolsa de equipaje de la chica, era la melodía de la Oda a la Alegría de Beethoven. Como consecuencia de ello, sintió una profunda conmoción en su espíritu porque aquel suceso hacía resonar en él viejos recuerdos de frustración y añoranza infantiles de los que, en ese momento, se estaba liberando exhaustivamente su corazón.
     -¿Qué es eso? -le preguntó a la chica perplejo.
     Ella rió con alegría y respondió:
     -Es un llavero muy antiguo que me dio mi padre y que toca la Novena cuando silban. ¿Ve usted? El llavero se hace eco de su satisfacción.

viernes, 13 de marzo de 2015

Seis relatos sobre el deseo (V)

     El colegio religioso en el que estudió marcó para siempre su espíritu con una intensidad devastadora. El desprecio que aprendió de sus maestros hacia la belleza y la nobleza de los seres humanos le hizo perder la fe aunque no en Dios en concreto porque el interés de la religión católica es que los hombres se salven con el arrepentimiento en el momento mismo de la muerte pero que, mientras tanto no llega esa hora, se entreguen a la vileza y la deslealtad para que nadie dude de que el Cielo es más feliz que la Tierra y Dios, más bondadoso que ellos. Sus padres eran ricos y la actividad que eligió en la vida fue como toda su familia amasar la mayor cantidad de dinero posible.
     Enfermó del corazón y tuvo que ir a un médico, escogió la clínica más cara pero, cuando entró en la consulta del cardiólogo, el golpe de la sorpresa y la perplejidad impactó contra su ánimo porque el médico era una mujer de raza negra. Un ser sin fe lo traduce todo a términos físicos y la inteligencia, la responsabilidad y la competencia profesional no lograban su plena y segura manifestación según los prejuicios de aquel hombre bajo la apariencia que tenía la persona que le iba a tratar, su confianza en su cardiólogo se quedaba sin nada en lo que basarse, no era un hombre occidental, tal vez con acento alemán o inglés, rubio, pálido y de mirada y tono impasibles sino lo que, en su secreto interior, llamó una negra.
     Pero algo, no sabía aún qué, le impulsó a quedarse. Como las apariencias lo sumían en la sospecha más honda, no tuvo empacho en obligar a la doctora a que le enseñara su título, el hombre sin fe tiene que poner el dedo en la llaga, acceder a las pruebas materiales de que existe y es real aquello en lo que ha de creer. Una vez que ella le enseñó su título de doctora cardióloga, se tranquilizó un tanto pero enseguida volvió a sentir una cierta inquietud porque ahora había ascendido a su consciencia lo que le retenía allí, aquella mujer era hermosa, inmensamente atractiva, él era un hombre casado pero sentía placer con la proximidad de aquella dama, su belleza lo seducía, quería hacer algo con esa belleza pero no sabía exactamente qué cosa podría satisfacer ese deseo. Un hombre con fe le habría dicho a la doctora algo así como:
     -Solo con mirarla a usted al rostro, ya me está curando un poco porque hace que mi corazón se alegre, es usted francamente guapa y créame que me la llevo a usted en el pecho cuando salga de la consulta para irme a mi casa.
     Verla sonreír y sospechar que ella era más feliz tras oír esas palabras bastaría a un hombre de fe para obtener toda la satisfacción que era posible sacar de aquella belleza pero él carecía de fe pues todo lo que había aprendido en la vida había sido desprecio y escepticismo y no creía en nada que careciera de materialidad, de manera que, cuando se disponía a salir y la doctora marchó delante de él para abrirle la puerta, no resistió la tentación de pasar su mano con suciedad por las nalgas de ella.

martes, 10 de marzo de 2015

Seis relatos sobre el deseo (IV)

     El hijo del indeseable que la violó era discípulo suyo. En apariencia, era un niño noble, aplicado, formal, estudioso, bondadoso y atento, nada tenía que ver con su padre, podría jurar que sería un hombre de bien, que llegaría lejos en sus estudios, que sería provechoso para todo el mundo. Tenía el rotulador rojo en su mano y contemplaba el examen de ese niño, era impecable, sin graves errores, merecía un nueve pero estaba decidida a calificarlo como suspenso, quería que pagara lo que su padre le había hecho, que sintiera la herida de la humillación aun sin cargar con culpa alguna, solo por tener en sus venas sangre de aquel degenerado y porque no quería que jamás sintiera la tentación de hacerla objeto de una falsa y condescendiente compasión.
     La decisión era grave y quiso cerciorarse de que sería lo correcto pero, en ese momento, todo le pareció inmensamente confuso. ¿De verdad le satisfacía el mal de aquel niño, se preguntaba, su corazón se sentiría de verdad confortado, albergaba su espíritu la capacidad de disfrutar con el daño a otro ser humano o solo sería el principio de una serie de conductas que la llevarían a la degradación y a un sufrimiento sin remedio? En aquel acto de venganza, no era capaz de ver placer alguno y, si le acometía poderosamente la tentación de llevarlo a cabo era solo por salvar su orgullo aunque su orgullo estaba tan herido que, pese a esa venganza, no obtendría alivio alguno.
     Quiso apartarse del rumor que le ocultaba la voz clara de su corazón y, por un momento, intentó recordar las cosas mejores que le habían ocurrido en la vida, su obtención del título de maestra, su emancipación familiar, la lectura de El Quijote y, en un principio, pensó que eran satisfacciones egoístas pero su mente las miró a la luz de aquel suspenso que estaba a punto de poner y sintió que, si de una injusticia y deslealtad semejante hubieran dependido, no habrían producido en su corazón todo el goce que les debía, de hecho, eran tan hermosas porque no producían perjuicio a nadie y guardaban armonía con el mundo, incluso, llegados a un extremo, aquellos jubilosos sucesos solo lo eran porque, en el fondo, también hacían felices a las personas que conocía.
     Nada había de deleitoso para su espíritu en un acto que ofendiera y agraviara a un ser inocente aunque su vanidad le empujara con persuasivo afán a ejecutarlo. El terreno del mal ajeno se le antojaba una servidumbre en lugar de una liberación, no estaba en su naturaleza, no haría otra cosa que alejarla de sí misma, convertirla en otro ser del que ya no era responsable su corazón. Pero recordó el momento de la violación y al mismo tiempo la apariencia de profunda inocencia del niño y, llena de furia, escribió en el examen un cero con cinco y, sin embargo, tan poca satisfacción sacó de ello que, estallando en sollozos y lágrimas, añadió enseguida un uno delante del cero y apartó de sí aquel papel sin siquiera detenerse a corregir el ilógico medio punto en que ahora la nota excedía del límite máximo de las calificaciones.

sábado, 7 de marzo de 2015

Seis relatos sobre el deseo (III)

     Un rutilante astro del cine norteamericano murió con la amarga sensación de no haber conocido el amor de verdad, la vida le había proporcionado muchas mujeres que aparecían de repente pero acababan dejándole al cabo de un tiempo porque no veían en él el hombre capaz de satisfacerlas, sufrió enormemente por esto y, al llegar a sus últimos días, esta frustración fue su mayor inquietud.
     En el más allá, en el departamento de destinaciones, le dijeron que le tocaba el helado Infierno porque no había sabido amar. Él se disgustó enormemente y lo consideró una desmedida injusticia:
     -¿Cómo pueden decir que no he sabido amar -dijo- si han sido todas las mujeres que he conocido las que me han abandonado a mí pese al dolor que eso implicaba para mí? ¿No significa nada el sufrimiento que he soportado por culpa de ellas?
     -Ellas se fueron porque no las tenía en su corazón -dijo el oficial de destinaciones-, hace falta suerte para que la vida dé una oportunidad pero, cuando llega, si está en el corazón, se consigue.
     -Le puedo asegurar -dijo el difunto actor- que estaban y sufría inmensamente al perderlas. ¿Será usted capaz de enviarme al Infierno después de una vida de insatisfacción?
     -Su vida ha sido altamente satisfactoria, ha conseguido todo lo que estaba en su corazón, la vida es satisfactoria para todos pues todos consiguen lo que desean -respondió el oficial.
     -¡Yo las deseaba a ellas! -insistió el actor enfurecido.
     -Está bien -dijo el oficial indicándole calma con las palmas de las manos-, le haré una ecografía del corazón para que usted pueda comprobar con sus propios ojos que ellas no están ahí.
     El oficial le pidió que se desabrochara la camisa y procedió a hacer el examen. El actor pensaba que la pantalla de la ecografía le iba a mostrar bellos rostros de mujeres pero, en su lugar, solo vio los dos oscars que le concedieron en vida, una tarjeta de crédito, una mansión lujosa y un montón de preservativos usados.
     -¿Por qué sufrí tanto entonces? -dijo el actor ya convencido de que había conseguido todos sus deseos.
     -Por vanagloria -respondió el oficial-, la vanagloria nunca se satisface porque es vergüenza de sí mismo y de tener en el corazón lo que se tiene.
     El actor, al oír esto, se sintió más tranquilo y preguntó si el infierno era muy duro.
     -En absoluto -dijo el oficial-, el más allá es placentero para todo el mundo solo que, en el Infierno, no pueden estar los que saben amar porque lo pasarían horriblemente.
     -¿Y qué hay en él para que eso sea así? -preguntó el actor.
     -En el Cielo, importa el qué y, en el Infierno, el cómo -respondió el oficial-, por eso, en el Infierno, no se para un minuto de hablar, vociferar y gesticular para declarar y demostrar todas las formas que vienen al caso.
     -¡Pero si eso es lo que he hecho durante toda mi carrera de actor! -dijo con júbilo el difunto-. He ido a parar al mejor sitio posible.
     -No -dijo el oficial-, al mejor no, al que tenía en el corazón.

jueves, 5 de marzo de 2015

Seis relatos sobre el deseo (II)

     Un adiestrador de perros quería que su chihuahua aprendiera a aullar escuchando música para hacer caricatura de los cantantes y divertir y provocar la risa al público de un circo. El adiestrador pensó que aquel chihuahua tan diminuto y con aspecto tan insignificante reaccionaría mejor ante las canciones de Julio Iglesias y, aunque odiaba aquella música porque la encontraba espantosa y banal, creyendo que era la que al perro más le iba a gustar, hizo sonar en su casa durante semanas y casi ininterrumpidamente las obras del gallego de Miami.
     Pero el chihuahua permanecía callado y aburrido, sin deseo alguno de aullar ni de hacer ninguna otra cosa. Entonces decidió probar con Raphael, con las canciones Escándalo y Yo soy aquel y alguna otra más, tan rutilantes y estruendosas que pensó que al chihuahua le llamarían poderosamente la atención pero obtuvo el mismo resultado. Cambió a la Pantoja sin que nada cambiara, pasó a Camilo Sesto sin éxito alguno, le puso salsa, rumba catalana, tango, fado, merengue, bossa nova, dance, le aullaba, le abría la boca, le metía dentro los dedos, le tocaba la garganta, lo acariciaba, lo mecía entre sus brazos, lo pellizcaba, le pegaba con el periódico en el morro, le daba una croqueta cada vez que hacía el más mínimo sonido, hacía cuanto imaginaba que podía persuadir a un chihuahua a aullar por muy remota que fuera la posibilidad y, sin embargo, a los dos meses, el perro aún no había querido cantar.
     Muy cansado de tanto fracaso, tras desistir de su empeño, tomó todos los discos que le había estado poniendo al perro y los tiró con rabia a la basura. Le había dejado tan estresado aquel trabajo que, a continuación, quiso darse una cura de relajación y no vio mejor manera para llevarla a cabo que poner un CD con preludios de ópera de Wagner, su música favorita, la que más le llegaba al corazón, la que más sublime y digna encontraba. Estaba tumbado en el sofá, sumergido en la asombrosa belleza de Lohengrin sintiéndose en la cumbre de la experiencia humana cuando, de pronto, sobre el sonido diestro y elegante de la grabación escuchó, estrepitosos e inarmónicos, los aullidos de su chihuahua.

miércoles, 4 de marzo de 2015

Seis relatos sobre el deseo (I)

     Álvaro era un caprichoso insaciable, su hermano mayor apenas pedía nada a sus padres aunque era el dueño de cosas mucho más relevantes, una habitación más grande, mejores libros, un empleo bueno y cómodo y el respeto y el beneplácito de sus progenitores pero él, en cambio, los importunaba constantemente con su deseo compulsivo de objetos sin gran utilidad ni provecho, solo por un ansia irreprimible de tenerlos en propiedad y considerarlos parte de su dominio. Aquella Navidad había entrado ya en la adolescencia y, sin embargo, aún acosó a sus padres para que le regalaran una larga lista de objetos con más aspecto de juguetes que de necesidades auténticas. Ellos estaban ahítos de su consumismo desbordado y echaban de menos en él el espíritu práctico y contenido de su hermano, que, apenas con diecinueve años, ya tenía el suficiente dinero ahorrado para comprar un automóvil.
     Álvaro era tan posesivo con los objetos de su deseo que no llevaba nunca a sus amigos a su habitación por un temor irracional a que le robaran algo o se lo pidieran prestado y no lo devolvieran. Él mismo estaba preocupado por tan obsesiva ansia de guardar lo que tenía y se sentía egoísta y mezquino pues daba mayor valor a las cosas que tenía que a la gente y, sin embargo, aún justificaba su actitud argumentando que, como no era tan sensato como su hermano, jamás hallaría pareja y su verdadero amor serían sus posesiones.
     Pero en febrero de aquel año, se enamoró de una muchacha del instituto, no se había dado cuenta hasta entonces de lo hermosa que era y ahora sentía un deseo inmenso de convertirla en algo suyo, de apropiársela para la vida. La incordió numerosas veces pidiéndole que fuera su novia porque ella no rehuía su compañía aunque sí se negaba a concederle un derecho sobre ella. Tal era su empecinamiento por conseguir el sí de ella que un día le gritó enfadado que, si no le quería como pareja, se fuera de su vida y le dejara tranquilo.
     Durante una semana, ella no se aproximó a él ni aceptó su compañía y tan mal se sintió y tal horror sufrió a haberse quedado sin el afecto de aquella chica que lloró de arrepentimiento. La presencia de aquella muchacha era la sensación más dulce que jamás había experimentado, ella era tan afín a todo lo que él era que no creía que hubiera en el mundo nada tan propio de él como ella y, sin embargo, podía haberla perdido para siempre por un estúpido empeño en que le concediera el título de novio.
     La mitad de la segunda semana sin ella ya estaba pasada cuando, desesperado, decidió hacer lo que fuera por traerla de nuevo a su vida, su afecto era imprescindible para él, podía renunciar a hacerla una propiedad suya pero no a sentir dentro de sí la belleza de su alma y de su apariencia, no al roce sutil e invisible de su corazón con el de él, no a esa sensación de ser los dos la misma cosa aun cuando ni siquiera se estuvieran tocando. Se acercó a ella y le dijo:
     -Tengo mi habitación llena de cosas que he deseado tanto tener que me hubiera vuelto loco si las hubiera perdido pero ahora las daría todas por estar sentado unos minutos a tu lado hablando como antes.
     Ella sonrió y le contestó que no hacía falta que las diera. Cuando llegó a su casa, estaba tan feliz solo por haber conseguido de aquella chica que le devolviera la palabra pese a que no podía siquiera considerarla su novia y no tenía otra cosa de ella que su mero afecto y compañía que, al entrar en su habitación, la creyó llena de basura en comparación con lo que había en su corazón.
     A la hora de la cena, su hermano declaró hoscamente que había dejado a su novia porque se había cortado el pelo a pesar de que él le había ordenado que se lo dejara largo. Sus padres estuvieron de acuerdo con él pensando que aquella mujer no lo debía querer de verdad cuando había contrariado su deseo de aquella manera pero Álvaro, mirándose a su propio corazón, comprendió que era su hermano quien no la quería a ella.