viernes, 27 de febrero de 2015

El capitán Nemo

     Alonso Funes no sabía que sus amigos le llamaban, con sarcasmo, "el capitán Nemo" y era así por el orgullo que afectaba por su tienda de artilugios electrónicos de alta gama. Sus padres le habían educado con autoritarismo y le quedó para toda la vida un ansia de entregarse sin restricciones paternas a sus juguetes y convertirlos en su objeto de poder. Su instinto, reprimido y asfixiado por unos padres egoístas y vanidosos que esperaban de él tan solo un motivo aparente de jactancia ante la otra gente, le pedía afecto a sí mismo y lealtad a la voz arcana y misteriosa de sus sentimientos pero él, que había crecido pensando que lo realmente bueno era lo que se manifestaba con obviedad a la fría multitud, no veía otra manera de alcanzar el orgullo que necesitaba y de reconciliarse con su vastedad interna que deslumbrar a los otros con la tecnología.
     Aquella tarde, poco antes de cerrar, llegó un hombre de mediana edad y clase alta indeciso que quería ver para saber qué comprar. Alonso Funes, cuando conoció el deseo del cliente, se sintió alborozado pues le daba excusa para exhibirse ante aquel hombre con el mayor de los desembarazos libre de toda inhibición pero solo carraspeó con una sonrisa condescendiente y le dijo con el tono con que el capitán Nemo habla a los huéspedes de su submarino:
     -Acompáñeme, si es tan amable, caballero.
     Vestía una pelliza blanca con un refuerzo plateado en las mangas y en el faldón, lo que le daba un aire de humanoide extraterrestre o astronauta del futuro. Se dirigió acompañado del cliente hasta el fondo del local, se detuvo ante la pared y manifestó adrede una total inmovilidad y silencio durante unos instantes y, cuando comprobó que su acompañante empezaba a mostrar los primeros síntomas de extrañeza, chasqueó los dedos y, en el muro, se abrió automáticamente una puerta corrediza de dos hojas que nadie hubiera dicho que estaba allí. Las puertas daban a una gran sala llena de artefactos. En un lateral, nadaban unos peces en una pecera holográfica, el capitán Nemo llevó a su visitante hasta ella y le dijo:
     -Ha tardado toda su historia la humanidad para conseguir esta maravilla, siglos y más siglos de sangre derramada y sufrimiento han logrado que el hombre de hoy pueda ver algo así con sus ojos -el capitán Nemo suspiró teatralmente y añadió metiendo los dedos por encima del holograma:- los peces reaccionan a la comida virtual cuando se les arroja, fíjese.
     -No me gusta -dijo el cliente-, enséñeme otro trasto.
     Al capitán Nemo le dolió como un agravio que aquel hombre mostrara aquel lacónico desinterés por la pecera y más aún que llamara trastos a sus joyas electrónicas pero, sin mayor dilación, le condujo entonces hasta un artilugio que hacía todas las funciones de una secretaria, escribía lo que le dictaban, marcaba números de teléfono, seleccionaba y leía el correo electrónico con opción además de configurarla románticamente en cuyo caso decía de cuando en cuando frases aleatorias de amor y erotismo y declaraba sin cesar su deseo de ser su entregada esclava.
     -Todos los deseos humanos están al alcance de la tecnología, ya no hay escusa para la insatisfacción -dijo Nemo mientras le presentaba la secretaria-, los seres humanos son casi como dioses capaces del milagro pero también es muy grande el sacrificio que han de hacer puesto que cada vez somos más cautivos del trabajo. Este robot también libera al ambiente olor a pino y a frutas del bosque.
     -¡Vaya tontería! -dijo el cliente con cara de asco.
     El capitán Nemo sintió tal congoja ante la evaluación que hacía de su artilugio aquel hombre que, durante un instante, se quedó mirando al suelo con hondo abatimiento pero muy pronto se repuso y dijo:
     -Hay algo que nadie pudo sospechar jamás que pudiera lograr el entendimiento humano, un autómata que vence jugando al ajedrez hasta a los grandes campeones pero aquí lo tiene, se acciona con la mano pero es un holograma -ahuecando su voz, añadió:- Es tarea de Dios crear vida pero es vicio de la humanidad controlarla. Este ajedrez se anticipa a sus más largas jugadas y le ataca cuando menos se lo espera porque no tiene sentimientos, es pura inteligencia enfocada por entero a ganarle a usted la partida.
     -Pues menudo aburrimiento -dijo ásperamente el cliente-, no me interesa nada, me voy.
     -Lo que usted quiera, aquí quedamos para lo que se le ofrezca si cambia de opinión -dijo con un tono mucho más prosaico y corriente Alonso Funes intentando disimular que tenía el alma herida y sumida en una infinita congoja por tan decepcionante desenlace a sus pretensiones y a su vanagloria.
     Cuando llegó a casa, se sentía tan fracasado que tenía ganas de llorar y le hubiera gustado echarse sobre el hombro de su mujer y llenarlo de lágrimas pero ella, nada más verle, le dijo:
     -Alonso, hoy quiero hacer penitencia, vamos a casa de mis padres a rezar con ellos el rosario.
     Aquellas palabras fueron como la estocada final a su ánimo, lo que menos le apetecía en aquel momento era sumergirse en las brumas de la ofrenda sobrenatural, que le recordaban a las sombras del ataúd y, echando con la imaginación una mirada a su tienda querida, pensó dulcemente que aún no se había inventado la libertad virtual y que quien lo lograra merecería el premio Nobel.

miércoles, 25 de febrero de 2015

Una cosa bonita

     Al salir del instituto, Alicia invitó a Pedro a su casa. Mientras iban de camino, ella le contó a él que tenía una colección muy bonita de bolas de cristal con nieve y que tenía ganas de enseñársela.
     -Tengo miedo de romperte alguna -dijo Pedro-, las agarraré con cuidado, mi hermano dice que soy torpe y que todo lo estropeo.
     Cuando llegaron, Alicia abrió la puerta y llamó a su madre pero no escuchó respuesta alguna, llamó a su padre pero tampoco respondió nadie.
     -¡Anda, pues no hay nadie en casa! -dijo ella con un poco de sorpresa-. Ven, están en mi cuarto.
     Pedro fue detrás de ella con la mirada puesta en su hermoso cabello, sintiéndose conmovido y regocijado con su contemplación.
     Entraron en el cuarto de Alicia y esta abrió un armario dos de cuyos estantes estaban enteramente ocupados por pequeñas bolas de cristal con nieve.
     -Esta la compré en un viaje a Valencia -dijo Alicia tomando en su mano una de las bolas y ofreciéndosela a Pedro.
     Pedro la observó con mucho interés y detenimiento y dijo con asombro:
     -¡Es preciosa!
     -Esta me la trajo mi padre de Alemania -dijo Alicia poniéndole otra bola en la mano a Pedro.
     Pedro la contempló como obnubilado y dijo entusiasmado:
     -¡Qué cosa más bonita!
     Alicia fue presentándole una a una todas las bolitas y causando siempre en Pedro el mismo efecto de admiración y devoción por la belleza de aquellos objetos pero, cuando ya las había visto y tocado todas, Pedro sintió una cierta congoja porque deseaba una cosa y no veía la vía por la que poder conseguirla pero le ayudó la suerte porque Alicia se apercibió de esta tristeza y le preguntó si le ocurría algo. Pedro supo en ese momento que tenía que tener valor y decir la verdad de lo que le pasaba porque ella era su amiga y ocultarle los pensamientos deterioraría la confianza que se tenían, de modo que le contestó:
     -Es que me has enseñado muchas cosas bonitas y me ha venido gana de ver una que creo que también es preciosa pero me parece que no vas a dejarme que la mire.
     -Por supuesto que lo haré, no faltaba más -dijo Alicia-, dime qué es.
     Pedro, casi balbuciendo y tartamudeando, respondió:
     -Tu pubis.
     Alicia se ruborizó y dijo muy turbada:
     -¿Mi pubis? Eso no es muy lícito...
     Pedro respondió:
     -Pero es que me lo imagino tan hermoso que daría lo que fuera por verlo.
     Y Alicia dijo:
     -De acuerdo pero eso sí que no te dejo tocarlo.

sábado, 21 de febrero de 2015

Nuevo estatus

     Juan estaba en el portal de su amigo de toda la vida esperando largo rato a que le abriera, sabía que estaba en casa porque había visto su nuevo y lujoso coche aparcado en la acera y por eso no desistió de esperar, llamó al timbre una vez más y, entonces sí, apareció su amigo.
     -¿Que quieres? -le preguntó sin quitar su mano de la puerta.
     -¿Cómo que qué quiero? -dijo Juan-. Estar un rato en tu casa, ¿qué te pasa?
     -Mira, Juan, esperamos esta tarde la visita de unas personas importantes y no puedo dejarte entrar -dijo el amigo.
     Juan bajó la cabeza y, mirando distraído sus vaqueros desgastados y sus zapatillas deportivas, dijo:
     -Qué mala suerte, esperáis visita cuando más aburrido estoy y menos sé qué hacer, además estoy un poco triste y quería hablar, mañana volveré.
     -Juan -dijo el amigo-, tus tristezas son un tema del que ya hemos hablado mucho, tienes que olvidarte de los caprichos y simplezas de tu corazón y usar la cabeza fríamente, yo no te puedo ayudar más, ayúdate tú solo.
     La esposa de su amigo apareció fugazmente por detrás de él con la expresión muy seria y, tras tocarle la espalda, volvió a marcharse por el pasillo sin decir nada, este suceso pareció perturbar un tanto al amigo pero, un instante después, sobreponiéndose a su pasajera confusión y empleando un tono resuelto y decidido, dijo:
     -Juan, la verdad es que tu amistad no me aporta mucho, me duele decírtelo pero mi mujer y yo estamos de acuerdo en que no eres la clase de personas con las que nosotros encajamos de verdad, en la universidad, nos lo pasábamos bien porque éramos muy jóvenes y todos los jóvenes tienden a entenderse pero ahora mi mujer y yo tenemos un estatus que mantener y nos sentimos además afectados por ciertas inquietudes espirituales que nos distancian mucho de ti, estamos buscando otro tipo de relaciones, eso es lo que quiero decir y, sintiéndolo mucho, creo que lo más oportuno es que dejes de visitarnos y de contarnos como amigos tuyos.
     Juan sintió el frío que experimentaba de costumbre cuando sospechaba que alguien lo estaba humillando pese a que esta vez su humillación no era una incierta sospecha sino que emanaba de las palabras claras y contundentes de su amigo. Miró a su rostro en silencio buscando en su mirada una revelación definitiva de lo que había sido aquella amistad y, al no ver rastro de afecto alguno, volvió la espalda para marcharse tras decir sin más:
     -De acuerdo.
     Estaba no más de diez minutos caminando por las calles tras su despedida de su amigo cuando sintió un súbito júbilo que hizo desaparecer la tristeza que había sentido aquel día y hasta presintió que estaba marchándose de su espíritu la bruma habitual que le había hecho víctima de esa misma tristeza tantas otras veces, se sentía de pronto liberado de un peso inmenso, había sido víctima durante años de una profunda frustración porque no había sido capaz de recibir de su amigo una verdadera muestra de admiración y de reconocimiento de su dignidad, a esa circunstancia le había dado un valor categórico pero, de pronto, se había dado cuenta de que nadie más que su amigo le despreciaba de aquella manera, su felicidad dependía ahora solo de hallar a verdaderas almas sencillas que congeniaran con él y olvidar todos los prejuicios sobre sí mismo que le había inspirado la mala compañía con la que acababa de romper. No era ya mucho el esfuerzo que necesitaba para hacerse dueño del orgullo que le había faltado durante tanto tiempo porque la persona que, con el rigor de un carcelero, le había mantenido a lo largo de los años sujeto a la idea de que era solo un ser mediocre, de repente, se había visto obligada a revelar la desmedida insignificancia y la deplorable vulgaridad con las que cargaba su propio espíritu.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Piensan que soy tonto

     -La gente no me toma en serio.
     -¿Qué gente?
     -Todo el mundo en general, piensan que soy tonto.
     -¿Qué pruebas tienes de eso?
     -No sé, tendría que buscar en la memoria pero es lo que siempre ha sucedido.
     -¿Y crees que importa algo lo que piense la gente?
     -Quizá no pero duele mucho cuando dicen de ti que vales tan poco.
     -Escúchame, dime cómo te llamas.
     -Ya lo sabes, Einstein...
     -¿Einstein qué?
     -Albert Einstein.
     -¿Y siendo Albert Einstein te puede importar algo que digan de ti que eres tonto?
     -No seas tan fría, cariño, por favor, deja que me derrumbe aunque solo sea un ratito.

jueves, 12 de febrero de 2015

Charlando en el supermercado

A Cherien Dabis 

     Un comerciante norteamericano estaba en su supermercado inclinado sobre la barra del mostrador mientras hablaba relajadamente con un musulmán, cliente asiduo del local, que, por estar desocupado en ese momento, tenía ganas de hablar.
     -Peter, los musulmanes somos buenos -decía al norteamericano el fiel de Mahoma-, no entiendo por qué piensan aquí que somos asesinos, Islam significa sumisión y paz, para matar se dan infinitas excusas, si entre ellas se encuentra a veces nuestra religión, es solo una coincidencia.
     -Caray, Hassan, te expresas como un jodido filósofo -dijo Peter-, me revuelves el estómago, pareces un gay. Pero te diré una cosa: los musulmanes tenéis el alma retorcida, os vengáis con tal encono que no dejáis un solo rincón para la piedad.
     -En este país, los cementerios están llenos de las víctimas de las armas de fuego -dijo Hassan- y aún así la gente va con entusiasmo a los cines a ver películas donde se exhibe el asesinato como un espectáculo, ¿quién tiene el alma más retorcida, nosotros o vosotros?
     -No me marees, nosotros no lapidamos a la gente como vosotros -dijo Peter.
     -No, le ponéis una inyección para que el asesinato parezca más civilizado porque lo necesitáis en vuestra cultura -dijo Hassan.
     -Vuestras naciones son regímenes opresivos con gobiernos intransigentes pero América es un país libre -dijo Peter.
     -En América, solo es libre el dinero y los que la habitan son sus esclavos -dijo Hassan-. Allí donde ponéis vuestra bandera, la desesperanza y el error se hace dueña de las almas, os creéis en posesión de la razón y el derecho pero vuestros corazones han caído en la demencia, vuestra ansia de posesión os enloquece y envilece, podríais destruir el planeta a cambio de unos pocos dólares más, si eso es lo que entendéis por libertad, prefiero el calabozo más oscuro.
     -No me líes, eres un astuto y conseguirías vender a un esquimal un helado pero te diré que prefiero mi país porque aquí trabajamos duro y es por eso que vivimos en la opulencia pero vosotros solo tenéis miseria por vuestra pereza y desidia -dijo Peter.
     -Entiendes por opulencia cubrir de asfalto y hormigón medio país volviendo la espalda a la vida natural o poder comer hasta reventar los más grasientos y antihiegiénicos alimentos pero te diré algo: no es más rico el que más trabaja sino el que más abusa -dijo Hassan.
     -Hassan, si hubieras sido abogado, nadie habría podido contigo pero escucha esto: Dios ha concedido a América el papel de libertador del mundo y la Historia le deberá a mi país el honor de hacer de la Tierra un paraíso -dijo Peter.
     -Estáis tan cargados de vanagloria por vuestra falta de sano orgullo que no os dais cuenta de lo profundamente falsas que son esas palabras -dijo Hassan-, cargáis contra Irák porque invadió Kuwait pocos días después de que sucediera y, en cambio, dejáis que Israel vaya destruyendo poco a poco y durante décadas la libertad de un pueblo inocente con muchos más habitantes que Kuwait. La libertad se lleva en el corazón y ni Israel ni USA disfrutan de ella, son esclavos de su desprecio y altanería, procedentes de su falta de fe en sí mismos y su mala conciencia, ¿me creerías si te dijera que la envidia que sienten hacia el resto del mundo estos dos países y que los hace desmedidamente dañinos está injustificada y que, como países, serían tan dignos como cualquier otro si se lo propusieran?
     -¡Qué dices, árabe loco! USA es el país más glorioso y digno del mundo, no hay duda de eso -dijo con tono fatuo Peter.
     -Nadie que no dude de su valor necesita valer tanto -dijo Hassan y dejó a Peter sin saber qué contestar.

martes, 10 de febrero de 2015

Sofismas

     Tres niños de nueve años se entretenían hablando en el patio de recreo.
     -Yo no me voy a casar nunca -decía uno rubio.
     -Ni yo -dijo otro con el pelo negro-. Es una tontería. Cuando oigo a los mayores hablar de amor me dan ganas de vomitar.
     -Se dan besos en la boca y se llenan de babas la cara... ¡Ag!  -dijo un tercer niño, pelirrojo, haciendo aspavientos.
     -¿De qué sirve dar un beso? -dijo con pesadumbre el rubio-. De nada, es una bobada pero a la gente mayor le gustan las obligaciones inútiles.
     -El idiota de mi primo está todo el día de aquí para allá con su novia -dijo el moreno-. Es como si se hubiera vuelto gilipollas, seguro que es porque se ha dado un golpe en la cabeza con la moto o algo de eso, si no, no me explico cómo no se aburre.
     -Jugar al fútbol es divertido pero ¿qué tiene de divertido ir pegado a una chica todo el rato? -corroboró el pelirrojo-. Las chicas son sosas, quien va con ellas es por parecer mayor, solo por eso...
     -Los mayores no quieren más que presumir y mirar por encima del hombro a los niños y a nosotros, que somos los que menos culpa tenemos de lo que pasa en el mundo, nos tienen por tontos -dijo el moreno.
     -Los tontos son ellos, que salen con chicas en vez de jugar al fútbol -confirmó el rubio-. Si me viene una chica a que salga con ella, con lo que le respondo, la hago que se aleje de mí trotando a toda marcha.
     -Odio a los mayores -dijo el pelirrojo-. Todo lo que hacen es para aburrirse y aparentar y presumir...
     -Y para poder darnos órdenes a los niños y creerse mejores que nosotros -dijo el niño moreno-. Son insoportables y bobos.
     -Si pudiera, haría un partido político contra los mayores -dijo el rubio.
     -Y yo los encerraría en una reserva -dijo el moreno.
     El pelirrojo, en ese momento, cuando vio probada la iniquidad de los mayores con tantos argumentos y tan de peso, se vio presa de tanta indignación que dijo:
     -Ojalá no existieran.

jueves, 5 de febrero de 2015

El sentido de la existencia

     Tenía cuarenta y nueve años pero no había podido encontrar todavía una compañera. Su timidez profunda combinada con su rechazo de las diversiones frívolas y su personalidad melancólica habían perpetuado su soledad y ahora se enfrentaba al momento más amargo de su existencia porque acababa de ser diagnosticado de un cáncer sin posibilidad de curación.
     Miraba el momento de morir con la profunda amargura de no haber hallado en el mundo un ser hermoso al que entregar su alma y le dolía infinitamente sentir que su sueño más deseado jamás tendría un día para verlo hecho realidad. La vida le pareció una gran pesadilla, una estafa donde las promesas no se cumplían nunca y solo el dolor y el mal tenían posibilidad de hacerse reales.
     Pero estaba desesperado, su soledad ahora le producía tanta claustrofobia como si estuviera ya en el ataúd. Salió cada noche por las calles, intentando cruzarse con los ojos bellos que se abrieran a su alma desolada. A veces entraba en un café y, aunque encontraba mujeres solas, no se acercaba a ellas porque la impresión que le daban no cautivaba su corazón.
     No pudo encontrar lo que esperaba antes de caer en estado terminal. En el hospital, en sus últimas semanas, el trato asiduo de una de las enfermeras, le hizo sentir un afecto especial hacia ella y ya estaba concibiendo la esperanza de vivir con ella la historia de amor que necesitaba para justificar su vida cuando fue trasladada a otra zona del hospital, lo que le causó tan honda aflicción que ya no volvió a brillar luz alguna en su espíritu.
     Sus últimos días fueron de una amargura sin límites, no era capaz de recordar ni un solo momento de su existencia en el que hubiera sido realmente feliz o hubiera experimentado una auténtica satisfacción de su ternura. Poco a poco iba perdiendo su consciencia pero, en el núcleo de su mente, no dejaba de percibir el peso de una desolación cada vez más inmensa y dolorosa, la que le producía su soledad sin límites, definitiva, eterna y el sentimiento de haber desaprovechado la vida y a sus semejantes.
     Murió sumergido en la tiniebla y el frío, caído en un abatimiento desmedido, que, solo por ser absoluto, le permitió el consuelo de la resignación.
     Él no creía que hubiera nada después, la muerte era para él un tirano que disponía de su tiempo con intransigencia, sin respeto alguno por su libertad pero, un instante después de que todo se apagara en su espíritu y que el silencio infinito hiciera repentina irrupción, despertó a un vastísimo resplandor y, cuando quiso distinguir algún detalle en él, descubrió que pertenecía por completo a la figura de un ángel, una criatura tan hermosa, tierna, bondadosa y sencilla que no podía concebir un ser más grato para su corazón ni más próximo a la esencia de sus sueños. Le sonrió y le dijo:
     -Te quiero...
     Y el ángel respondió:
     -Y yo a ti.

miércoles, 4 de febrero de 2015

Una conversación interesantísima

     En una sala de espera de un dentista en Buenos Aires, un hombre entabló con otro una animada y farragosa charla donde se mostraban su afinidad en la forma de entender la vida. En principio, uno de ellos veía horriblemente dificultoso entender palabra de lo que el otro decía y sentía que estaba muy por encima del nivel de sus conocimientos pero era más grande su vanidad y daba réplica al otro imitándole en su oscuridad de conceptos y procurando elevar al máximo la densidad intelectual de su discurso. Cuando ya estaban ambos muy convencidos de que eran dueños seguros de la sensatez y la razón y de que la vida era un tema que dominaban al dedillo, apareció la enfermera, se paró a observarlos a los dos algo confusa pero, tras mirar al que no entendía lo que el otro decía, que, no obstante, en ese momento, exponía una larga argumentación con vehemencia apasionada, se dirigió a él y le dijo con tono cariñoso:
     -Me acaba de llamar por teléfono tu mamá y dice que tomés ya la medicina del psiquiatra que es la hora y que no vayás con los mocos fuera que está feo.
     El hombre se puso blanco al oír esto y morado cuando oyó a su compañero de charla, a quien tenía por un intelectual de nota, decir mansamente:
     -Es a mí, ¿no?

martes, 3 de febrero de 2015

Los dos hermanos

     Dos hermanos eran tan distintos que, mientras uno buscaba no más que conservar las formas y llevar una existencia tranquila, el otro deseaba vivir una vida auténtica y se sentía profundamente incómodo mostrando sentimientos que no le brotaran de verdad del corazón. El primero, aun amando la tranquilidad y la despreocupación, era fanático de la vida social y siempre estaba organizando fiestas y alternando con los amigos; el segundo prefería el silencio y amaba tan intensamente que no era capaz de ofrecer su afecto más que a unos pocos semejantes. El primero se pasaba la vida urdiendo deliberadamente los detalles de su apariencia frente a los conocidos y hasta tal punto estaba obsesionado con la honra que no vivía ni tenía bienestar alguno; el segundo vivía para hacer el bien de verdad y su conciencia descansaba tranquila. El primero acabó teniendo úlcera y depresión porque reprimía sus sentimientos; el segundo mostraba a los cuatro vientos su sentir en el momento en que brotaba en su corazón y se sentía tan feliz de esa manera y tan libre que no echaba de menos el Paraíso terrenal. El primero acabó sus días rodeado de seres soeces y egoístas que lo atormentaban y humillaban; el segundo, cuando era muy anciano, no tenía a su lado más que ángeles y seres hermosos.