miércoles, 31 de diciembre de 2014

Seis relatos desengañados (VI)

A mi amada

     Había un hombre capaz de sentir tristeza hasta por el desprecio de un borracho. Otro hombre, en cambio, carecía de escrúpulos y vivía procurando sacar el máximo beneficio de los demás sin preocuparle lo que ellos pensaran de él. El primero conseguía entrar en el Paraíso cuando su esposa le daba un beso pero el segundo, ni con unas vacaciones en un hotel de lujo, alcanzaba la satisfacción que ansiaba. El segundo veía en cada esquina un obstáculo para sus intereses pero el primero se creía libre y nunca renunciaba a ningún sueño.

Seis relatos desengañados (V)

A Eya Jlassi

     Un mendigo tuvo un ataque al corazón a la puerta de una sala de espectáculos, alrededor había una multitud inmensa pero nadie se fijó en él, su interés prioritario lo ocupaba un cantante famoso que estaba firmando autógrafos y atendiendo a los periodistas, el cantante estaba completamente sano y sus canciones hablaban del amor pero lo hacía con un tono tan atemperado y convencional que parecía que lo que, en realidad, estaba haciendo era pinchar aceitunas con un palillo.

martes, 30 de diciembre de 2014

Seis relatos desengañados (IV)

A Txaro Cárdenas

     Un alcohólico lloraba en la barra de un bar.
     -¿Tienes algún problema, amigo? -le dijo un hombre que se tomaba junto a él una cerveza sin alcohol.
     El borracho asintió con la cabeza y dijo:
     -Que no me quiere nadie...
     -¿Nadie, estás seguro? -dijo el hombre de la cerveza.
     -No... por eso estoy tan amargado -respondió el borracho-, si estuviera seguro, mi conciencia estaría en paz.
     -¿En paz por estar seguro de que no te quieren? -preguntó el de la cerveza.
     -No -respondió el borracho-, en paz porque tendría motivos para beber así.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Seis relatos desengañados (III)

A Lluvia Rojo

     En el instituto, se sentía menospreciado por sus compañeros porque bromeaban constantemente sobre su forma de comportarse incluso en los momentos en que menos ánimo tenía para bromas. Tan humillado se sentía que quiso hacer algo que asombrara y admirara a todos. Pasó el verano en ese empeño hasta que descubrió una ley nueva en una sección de las matemáticas hasta aquel momento nunca considerada.
     Cuando empezó el curso, ansioso de reconocimiento, le presentó su descubrimiento al profesor de matemáticas pero este lo encontró tan complicado que prefirió afectar indiferencia. Muy decepcionado, el muchacho decidió exhibir su hallazgo ante sus socarrones amigos pensando que serían más fáciles de impresionar que su profesor. Pero todos aquellos a los que explicaba su invento eran incapaces de comprenderlo y, creyendo que era una bobada, hicieron de aquel tema la nueva materia de sus chanzas.
     Había una chica en el instituto tan bella que inspiraba a su corazón el anhelo de ganar su alma y, aunque no se atrevía a hablarle, por cosas del azar, un día la tuvo tan cerca que trabó conversación con ella. Entonces le confesó la gran frustración que le producía su relación con el mundo y se lamentó ante ella de que nadie le tomaba en serio y le aseguró que se sentía, por este motivo, como si no hubiera salido todavía de la infancia.
     La chica le preguntó qué le preocupaba en la vida. Él respondió que el progreso de la Humanidad, el saber, el arte, la justicia en el mundo, el bienestar de los hombres... Entonces, la chica le dijo:
     -No te preocupes, has salido de la infancia, quienes siguen en ella son los otros...
     Desde aquel día, cada vez que se veían, se hablaban y acabaron haciéndose pareja, la más seria pero la más feliz del instituto.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Seis relatos desengañados (II)

A Susana Escarabajal Magaña

     Un sabio astrólogo y nigromante se había quedado sin rey al que servir por decir la verdad siempre y, para buscarse el sustento, hubo de construir con sus conocimientos mágicos una máquina recreativa para entretener a las personas pudientes de las ciudades y pueblos por los que pasaba en su peregrinar errabundo.
     La máquina la construyó con la ayuda del demonio Adramelec, presidente del alto consejo de los diablos, intendente del guardarropa de Satán, que sabe mucho de todo tipo de cosas y es muy astuto y endiabladamente malicioso. Aquel artilugio tenía la virtud de declarar lo que todos querían escuchar pero sin mentir jamás.
     La máquina era un baúl con un saco dentro hecho de una vejiga de burro y lleno de viento. Quien pagaba el par de monedas de oro que costaba usar el aparato, tenía que preguntar lo que más le preocupaba y presionar la tapa del baúl contra la vejiga, lo que hacía que se escapara su aire más velozmente produciendo un sonido parecido a la voz de un niño.
     En sus correrías por el mundo, el astrólogo llegó a la mansión de un señor inglés, con mucho dinero en sus arcas y mucha vanagloria en su espíritu. El astrólogo llamó a su puerta y pidió audiencia con el señor y, cuando lo tuvo delante, le habló de su máquina asegurándole que cualquier cosa que ignorara se le revelaría y que solo había de pagar dos monedas de oro por cada pregunta. El señor inglés, que monedas de oro tenía para llenar carros y carretas, se mostró entusiasmado ante aquel adelanto de la Ciencia y le pidió al astrólogo que raudamente le trajera a su casa su artilugio.
     El astrólogo corrió a su carromato, sacó su baúl, lo llevó a los aposentos del señor, llenó de aire la vejiga y le pidió al inglés que hiciera su pregunta y, a continuación, cerrara con la mayor fuerza posible la tapa.
     El inglés, sin un momento de vacilación, lanzó la pregunta de si era él el mejor hombre de la Tierra y aplastó la vejiga con la tapa del baúl, lo que provocó no más un silbido agudo.
     -No he oído nada -dijo el inglés.
     -Es que vos no entendéis el idioma de este demonio -dijo el astrólogo-. Ha respondido que sí.
     -¡Santo Cielo! -exclamó el inglés entusiasmado juntando las manos- ¡Toda mi vida lo había sospechado!
     -Pero también ha dicho que lo sois solo para vos y para nadie más -dijo el astrólogo.
     El inglés ensombreció sus rasgos y, con mucha pesadumbre, le dio las dos monedas de oro al astrólogo. Quiso volver a hacer la experiencia, pese a lo mal que le había ido la primera vez y le pidió al astrólogo que volviera a prepararle el aparato y, acto seguido, preguntó quién era más discreto él o el rey.
     Tras cerrar la tapa, el astrólogo hizo su traducción diciendo:
     -Ha contestado que vos.
     El inglés mostró entonces en su rostro una sonrisa maliciosa y su pecho se hinchó de jactancia pero, a continuación, siguió el astrólogo:
     -Y que hasta el necio más ignorante es más discreto que el rey.
     El señor inglés, muy desilusionado por el final de la respuesta, le dio las dos monedas y quiso saber seguidamente si su esposa lo engañaba.
     -Dice que no.
     El inglés respiró aliviado.
     -Y que es muy sincera cuando dice que está harta de vos -continuó el astrólogo.
     El inglés resopló con fastidio y dijo:
     -Más lo estoy yo de ella...
     Dio las dos monedas al astrólogo y, aunque ya le estaba cansando tanta decepción, quiso hacer una última consulta al aparato mágico. Le preguntó si conseguiría la felicidad.
     -Sí -tradujo el astrólogo.
     El inglés lanzó una carcajada de satisfacción pero el astrólogo dijo un instante después:
     -Cuando os desprendáis de todo lo que tenéis y hagáis a vuestro caballerizo vuestro amigo más íntimo.
     Esta continuación de la respuesta le llenó de amargura y, sabiéndose incapaz de renunciar a nada de lo que tenía, se resignó a vivir una vida de infelicidad.
     El astrólogo siguió su marcha, encontró por el camino una labradora viuda y muy hermosa que le sonrió de una manera muy dulce, trabó conversación con ella, se enamoró y, tras decidir desposarse con ella y hacerse pastor, agarró su baúl con la vejiga y lo lanzó al río de una patada.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Seis relatos desengañados (I)

A mi amada

     El día de su cumpleaños, su corazón acabó henchido de felicidad y orgullo al tiempo que su mente se admiraba y se sumía en la perplejidad al percatarse de lo importante que era para tanta gente. Él, que hasta aquel día se había sentido insignificante y solo, descubría de repente que había empezado a ser apreciado por personas a las que ni siquiera sospechaba que les caía simpático.
     Al día siguiente, al acabar la clase de Lengua, se acercó al pupitre de aquel compañero que siempre había creído que le menospreciaba pero ahora sabía que le apreciaba sinceramente porque había ido a su fiesta de cumpleaños y le dijo:
     -Mis padres me han dicho que me van a comprar un móvil de los de última generación.
     El compañero le miró fijo a la cara con expresión circunspecta y dijo agriamente:
     -¿Y a mí que me importa lo que te vayan a comprar tus padres? ¿Tengo yo acaso algo que ver con tu vida?
     -Fuiste a mi cumpleaños -respondió él lleno de extrañeza.
     -¿Y qué quieres que todos los días sean tu cumpleaños, señor orgulloso? -replicó el compañero con mucho retintín.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

El juicio

A los ciegos de corazón por si les llega una luz

     En un tribunal, se juzgó a un hombre acusado de no ser buena persona. El fiscal era practicante escrupuloso de su religión, se hubiera sentido sucio con solo comer un día lo que estaba decretado que se comiera otro, toda su vida había sido un camino de obediencia y restricciones, reprimía con decisión toda pasión y disfrutaba preferentemente con fríos entretenimientos como el ajedrez o la numismática, le enfurecía que alguien no fuera tan obediente a las reglas como él, lo que consideraba una falta de honradez y bonhomía aunque jamás sentía auténtica piedad por nadie y hubiera sido capaz de dejar morir o matar a un hombre solo por la fuerza persuasiva de una norma.
     El abogado no sabía si Dios existía ni tampoco le importaba mucho, la única ley a la que le encantaba obedecer eran los sentimientos, que consideraba su instinto más irrenunciable, ellos le indicaban siempre el camino que creía más correcto porque solo siguiéndolos se sentía feliz de verdad y sentía que hacía felices a los demás, no escuchaba las palabras de los demás, ni sus gestos, ni le daba mucha importancia a lo que hacían, solo atendía a lo que su corazón le decía de ellos, su corazón era más sabio que cualquier libro de psicología criminalista, le permitía distinguir a los ángeles de los demonios con la facilidad con que se distinguen en una novela barata, jamás hizo el más mínimo esfuerzo por ser como le pedían los otros, le daba tanta vergüenza traicionarse a sí mismo que cuando entraba en conflicto con los otros, simplemente los abandonaba y se resignaba a la soledad. El fiscal no tenía amigos pero el abogado rebosaba paradójicamente de ellos.
     Cuando el juez pidió que salieran a la luz las pruebas, el fiscal puso en su mesa las manos del acusado, la lengua y todo lo que llevaba en los bolsillos y el juez pensó seriamente que le correspondía dar un veredicto condenatorio. Llamó entonces al abogado para que aportara pruebas si podía y el abogado no aportó más que una y fue el corazón del acusado. La prueba del abogado le pareció incomprensible al fiscal y se rió a carcajada limpia pero el juez se llevó las manos a la cabeza y dijo:
     -Que se libere rápido al acusado y se le rinda un homenaje público porque es el mejor de los hombres que he conocido.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

La llave del butano

A mi amada

     -¡Ya te has dejado otra vez la llave del butano abierta! ¡Lo haces a propósito, para atormentarme!
     -Eres tú quien me atormenta a mí con tu dichosa manía de la seguridad, estás tan pendiente de impedir los contratiempos que ya no te preocupa la tranquilidad en sí, solo vives para pelear contra la suerte, por pura testarudez y despotismo.
     -¿Y si la casa explota, qué? ¿Te gustaría? ¿Te parecería agradable?
     -A cada momento, están explotando casas en el barrio, si te callas unos segundos, quizá oigas la siguiente explosión...
     -Lo que no pasa en cien años puede pasar en un día.
     -Lo que puede ser nadie lo sabe, convéncete de que jamás morirás por una explosión del gas pero sí por un ataque al corazón como sigas así.
     -No digas eso, me has recordado que tengo que ir al médico por lo del dolor de vientre.
     -¿Crees que es grave?
     -Presiento que sí.
     -¿Dónde te duele exactamente?
     -Ahora mismo no me duele, no te sabría decir.
     -Siempre estás con tus dolores extraños y cada vez es en un sitio distinto.
     -La muerte me espanta.
     -Pues, para desagradarte tanto, la miras demasiado.
     -No puedo evitarlo, no sé por qué.
     -Yo sí lo sé... porque ves a la muerte como un caso y a la vida como una ley y es justo lo contrario.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Un ego desmedido

A mi amada

     En un pueblo cercano a donde yo vivo, tuvo un funcionario el Ayuntamiento con un orgullo tan minúsculo que su ego tuvo que hincharse hasta casi eclipsar al mismo Sol. Le educó en la insignificancia un entorno donde se ridiculizaba y criticaba la fragilidad, se magnificaba el más mínimo error o descuido y todo lo extraño y desconocido se sentía como una amenaza. Su espíritu perdió todo su amor a sí mismo dándose golpes de pecho en la Iglesia cada domingo, enfundándose cada año desde que comenzó a caminar en el trasnochado traje de maño al llegar las fiestas patronales, escuchando reírse a los demás cada vez que hacía algo que no hicieran todos, reprimiendo su iniciativa junto a amigos que sentían odio hacia cualquier intento de destacar y brillar y no experimentaban paz sino en la más llana de las rutinas, conviviendo con una esposa a la que tenía que explicar todas sus emociones con el tono y los términos con que se habla de una avería corriente del automóvil y, en resumen, aprendiendo a despreciar, a someterse y a temer a la vida.
     Cuando trababa conversación con la gente, le preocupaba ante todo mostrarse gran entendedor de los temas que interesaban al otro aunque estuviera hablando con un doctor haciendo de los chabacanos y trillados tópicos que manejaba su última y más honda verdad pues era humillando como se ensalzaba. Si los que vieron cómo este hombre agraviaba sus corazones tornando en un asunto corriente y banal el afán de sus vidas hubieran sabido que la razón por la que cometía semejante crueldad era aquel orgullo diminuto que alojaba su pecho, sin duda, cambiando de sentido la frase de Rojo y Negro, habrían podido decir:
     -¿Solo por eso?
     Una de las muchas cosas de las que se envanecía era ser amigo del cura y un día, hablando de la limpieza de la Iglesia, le recomendó un abrillantador de metales muy potente con el que estaba absurdamente obsesionado. El cura le dijo que lo probaría y no se volvió a mencionar el asunto. Al poco, sentados los dos junto a otros hombres del pueblo, estaban todos inmersos en una apacible charla cuando, de pronto, el cura, intentando hablar del misterio de la transustanciación, dijo lleno de arrobo:
     -Si nos paramos a mirarlo, el cáliz tiene tal brillo y esplendor...
     El funcionario, que en ningún momento cayó en la cuenta de que el cura aludía a algo verdaderamente trascendente y superior, no tardó ni un segundo en replicar:
     -Eso es que lo ha frotado con el abrillantador que le dije, ¿a que sí?

martes, 9 de diciembre de 2014

La visita de Estado

A mi amada

     El Ilustrísimo Señor Presidente hizo a nuestros vecinos el inmerecido honor de una visita de Estado que ha sido objeto de un deshonroso agravio jamás visto antes en la historia de la infamia humana, lo pondré en conocimiento de Vuestra Alteza en el documento presente para que sea Su Majestad quien delibere cuál ha de ser la postura de los partidos mayoritarios antes de que se vean obligados a declarar ante el populacho. El magnánimo Señor Presidente me ha cedido a mí, su secretario, el honor de contarle a Su Alteza los acontecimientos porque, como varias veces me ha hecho ya saber, es muy de su agrado la gracia con que narro los acaecimientos y sucesos que ha conocido de mi humildemente docta boca y, por otra parte, él tiene un bochorno tal que no se siente capaz de hablar del tema con la debida serenidad hasta tal punto que está pensando incluso en pedir consulta a un famoso psicoanalista.
     Entrando en materia, Majestad, sepa que estando de francachela nuestro presidente con el de nuestros deplorables y ordinarios vecinos, vio cómo este le miraba sonriendo de medio lado con aire pícaro y le escuchó entonces decir:
     -¿Qué te parecería si te envío esta noche a tus aposentos un bocado de cardenal?
     -¿Un bocado de cardenal? -dijo estremecido de gozo nuestro presidente porque, entenderá Su Majestad, a nadie le amarga un dulce y menos cuando uno está animadillo y saliéndole casi el vino por las orejas porque aquel villano anarquista no paraba de llenarle la copa y él, por urbanidad y hombría y también, hemos de reconocerlo, porque le gusta, bebía y bebía.
     El presidente, muy contento e ilusionado, fue a su habitación tras la juerga y no esperó ni diez minutos hasta que apareció la exquisitez prometida por aquel malvado y le pareció tan de su gusto que casi la asfixia con el ardor y la abundancia de sus abrazos y besos. Lo terrible del caso, Majestad, es que, cuando el telón subió, no apareció una guitarra sino un larguísimo clarinete causando tal suspensión y aturdimiento en el presidente que poco faltó para el infarto. Nada le pareció más urgente en ese momento que sacar del bolsillo su rosario y, lleno de devoción, rezar catorce padrenuestros y avemarías con lo que consiguió que la falsa dama se marchara despechada.
     Al día siguiente, en el discurso ante los representantes de aquella vulgar nación, mientras hacía orgullosa relación de sus logros políticos y se alababa por su triunfante carrera de estadista comprobó con indignación que se le recibía con risas y descarados gestos de burla, lo que le hizo sospechar que su presidente les había puesto al corriente de la pesada broma que le había hecho soportar.
     De muy mal humor, entró en el avión particular para emprender el regreso a nuestro país y, una vez que despegó, repasando los periódicos del lugar para comprobar el efecto que su honrosa personalidad les había causado a aquellas gentes, su aliento quedó como clavado a un bloque de plomo cuando, en la primera página de uno de los más importantes y leídos, aparecía una foto que le mostraba sujetándose a las dos montañas que el susodicho dueño del clarinete le ofrecía sin que él llegara a explicarse de qué ladina manera había sido tomada. Leyendo el artículo, envuelto en sudores y tembloroso, su amargura aumentó puesto que la compañía que excitaba en la foto su lubricidad era nada menos que el travesti más admirado por los gays del país.
     Majestad, ¿cree Vuestra Alteza necesario iniciar una guerra santa? ¿Tendrán que sacrificar las vidas nuestros jóvenes en una contienda para demostrar su virilidad? ¿Cómo piensa que debe nuestra nación recuperar el honor perdido tan aparatosamente? Ahora la imagen de nuestro país es la de una opereta, cuando deis el discurso navideño, tan sobrio, tan responsable, tan cabal como Vuestra Majestad sabe darlo ante toda la nación, la chusma creerá que está viendo El imperio contraataca o The Matrix y caerá en el más sórdido libertinaje.
     Confiamos en su lucidez y su inteligencia para sacarnos de este laberinto, es la hora de demostrar nuestra energía, somos el sostén de las masas.

     Saluda a Vuestra Alteza
     El secretario.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Emoción

A Susana Escarabajal Magaña

     Ya no veía fútbol por televisión. Se había quedado sin amigos porque, acabados los estudios, había perdido el contacto con ellos y ya no podía desahogarse mostrando su indignación ante otro ser humano por las malas jugadas o conviniendo con él en que el árbitro era malo, tampoco podía vocear los goles porque no tenía a nadie al que animar con sus gritos, ni chocar su palma contra otra mano si el enemigo fallaba un penalty, ni hacer la ola, ni organizar porras, ni hacerse fotos sujetando entre dos una pancarta, todo eso ya era imposible y el fútbol dejó de interesarle. Tenía la mala suerte de no aprobar las oposiciones ningún año y pasaba su vida en casa de sus padres, sin siquiera una novia porque tan poco interesante se creía que temía molestar si se acercaba a una mujer. Su madre, viéndolo profundamente triste la mayor parte del tiempo, le decía que alegrara su espíritu, que la vida era maravillosa, que estaba en sus mejores años, que escuchara música para animarse y que se olvidara de los problemas que tuviera pero había escuchado ya mil veces todos sus discos y, aunque su edad fuera tan buena, poca euforia le hacía tener porque tan desamparado se sentía que temía una muerte prematura.
     Su vida era tan gris que hubiera acabado en la más honda depresión de no ser porque la esperanza le daba ánimos y confiaba en que algún día le pasaría algo especial que transformara radicalmente su existencia. Una tarde de verano, dando un paseo por el campo, vio aterrizar delante de él un enorme objeto en forma de lenteja que descendió del cielo. Sin que se abriera puerta alguna, vio salir una multitud de seres de aspecto extremadamente insólito pero enormemente ágiles que le rodearon y lo arrastraron hacia el interior del artefacto. Al entrar, le pareció que había aumentado inmensamente el tamaño del objeto, paradójicamente, era mucho más grande el interior que el exterior. No había máquina alguna, tan solo un paraje natural inmenso con objetos que parecían plantas y otros seres de muy variadas formas que se movían en su espacio. Los seres que lo tenían sujeto lo condujeron hasta un pequeño lago, al poco, surgió de él algo que parecía una calabaza, le hicieron entrar en ella y se volvió a sumergir. Cuando, junto a los seres que le conducían, salió de la calabaza, se encontró en un edificio de altísimo techo, los extraños seres lo metieron en una de las estancias de aquella construcción y, sorprendido, comprobó que la ocupaba una mujer joven desnuda, que estaba sentada sobre un lecho. Los seres salieron y le dejaron solo con ella, ella se aproximó a él, atrajo hacia ella su cabeza y lo besó en la boca. Él le preguntó quien era, ella no dijo más que una palabra, la única que le oyó pronunciar en todo el tiempo que estuvo a su lado:
     -Diosa.
     Con aquel insólito y bello ser, tuvo la primera experiencia sexual de su vida, tras ella cayó en un pesado sopor y, cuando despertó, estaba en el campo otra vez. Volvió a su casa emocionado y les contó a sus padres lo que le había pasado omitiendo por pudor la parte del encuentro con la dama. Ellos, lógicamente, pensaron que su hijo había perdido el juicio y se pusieron muy tristes. Escribió excitadísimo esa noche correos a varios medios de comunicación donde les narraba su sobrenatural incidente. Pero, pasados varios días, solo le respondió una televisión que quería que fuera a contar su experiencia a un reality show. Él se sintió emocionado ante aquella oportunidad de compartir con el mundo entero su encuentro con una realidad inédita y asombrosa pero, mientras participaba en aquel programa, sintió una gran decepción ya que el presentador mostró en sus preguntas una notoria falta de imaginación pues le interrogaba sobre cosas tan prosaicas como la hora exacta del día en que aterrizó el artefacto o la forma concreta que tenía este y la manera en que se movía en el aire y ninguna emoción le parecía inspirar la idea de que existía otro mundo, intrigante y fascinante. Por otra parte, entre el público, se escuchó más de una risa y, al final, se aplaudió sin convicción, mucho más tibiamente que al cantante que actuó después, que era de los más famosos.
     Volvió a sus estudios de las oposiciones y volvió a suspender. Muy pocas personas con las que se encontraba le preguntaban sobre lo que le ocurrió, tenían demasiadas preocupaciones como para interesarse por los otros mundos, preferían la política o el deporte o el tiempo como temas de conversación. Tan decepcionado se sentía, tan fracasado en su misión, tan impotente, tan aburrido y desolado que llegó a dudar de que lo que había vivido tuviera de verdad relevancia y pensó que ser testigo de tan sensacional suceso no le hacía más interesante ni le sacaba del tedio en el que había transcurrido el resto de su vida. Se deprimió tanto que un día se derrumbó y se echó a llorar sentado en su cama pero, cuando levantó la cabeza vio una rosa y un papel en la mesita de noche que no estaban cuando la había agachado, había unas letras en aquel papel, no más que las que componían una sola palabra: Diosa...