jueves, 30 de octubre de 2014

Sorpresa

A mi amada

     Al llegar al más allá, un difunto se topó con la puerta del infierno y, escandalizado, dijo a los guardias que había allí:
     -¡Pero cómo puede ser esto! ¿Cómo me destinan a este lugar a mí, que soy el mejor de los hombres? ¡Esto es un ultraje, una injusticia, un atropello al ciudadano!
     Uno de los guardias, cuyos labios dejaban al descubierto los puntiagudos colmillos de su mandíbula inferior, dijo con tono firme:
     -Nada de atropello, señor, usted está aquí por haber hecho un pacto con el Diablo.
     El hombre sonrió de medio lado y, como fingiendo que se relajaba de repente por la gracia que le hacía aquello, dijo:
     -¡Un pacto con el Diablo! Amigos míos, me temo que ha habido un error, yo no he visto en mi vida al Diablo, ni he firmado ningún documento suyo, ni tengo nada que ver con él. Yo soy, para que ustedes lo sepan, una persona ejemplar, excelente, siempre mostrando el mejor rostro a todo el mundo, siempre respetando y haciendo respetar las normas de urbanidad, he ido a la Iglesia cada vez que había que ir aunque no tuviera ganas, jamás he hecho nada que pudiera perturbar la tranquilidad de mis buenos vecinos, he educado con rigor a mis hijos apremiándoles a cumplir con sus obligaciones y, para que ustedes lo sepan, confesé antes de morir y tomé la comunión. Me han confundido con otro, soy todo lo contrario de un individuo que se entretenga en hacer pactos con el Diablo.
     El guardia, cuando el difunto acabó su perorata, explicó:
     -Un pacto con el Diablo es cambiar el alma por fama, dinero, buena vida, respeto, prestigio y protección y eso es lo que usted ha hecho, no le ha vendido el alma al Diablo sino a la sociedad pero ¿qué diferencia hay?

miércoles, 29 de octubre de 2014

Una opción posible

A Susana Escarabajal Magaña

     -Tu hermano es una opción posible -dijo ella.
     -Es cierto -dijo él-, le va bien en su negocio, quizá quiera.
     -Pero, cuidado -dijo ella-, es una suma muy grande, tenemos que procurar no ser desagradables con él o no soltará la pasta.
     -Le pondremos el Lago de los Cisnes y que los niños se sienten en sus rodillas -dijo él.

domingo, 26 de octubre de 2014

Escuchando al corazón

A María Farres Cio

     Federico bebía los fines de semana. Los viernes por la noche se emborrachaba en el bar del Langostino, los sábados, en el mesón Casimiro y el domingo, en el hostal Ravioli. Era de profesión enterrador pero los clientes del Langostino sabían bien que su vocación frustrada era la de partero. Tenía una familia numerosa y los asiduos del Casimiro conocían de sobra su enloquecida fijación por la soledad y el silencio. Cojeaba de una pierna aunque los que le veían en el Ravioli no ignoraban su fantasía de desfilar impecablemente dentro de una marcha militar.
     El lunes temprano, perfectamente sereno, se encaminaba renqueando hacia el cementerio con los oídos zumbando por los gritos de la chiquillería de casa. Limpiaba de hierbajos las tumbas o podaba las plantas y las regaba y, luego, se sentaba a desayunar apoyado en una tumba y, escuchando, como tantas veces hacía, a su activo corazón, soñaba con pasar los fines de semana en la campiña con los niños y su esposa, sin tener que beber una sola gota de alcohol ni sentir un ápice de amargura por ser el enterrador de su pueblo.

viernes, 24 de octubre de 2014

Seis relatos sobre la afinidad afectiva (VI)

A mi amada

     En las tierras del duque, había crecido un muchacho, hijo de unos humildes labriegos del noble pero de un espíritu, por naturaleza, tan inquieto y sediento de lo más elevado que sufría inmensamente por la ignorancia a que le condenaba su condición de siervo. Cuando aparecía en la aldea un juglar, escuchaba con atención sus poemas y su imaginación volaba dejándose embriagar por la belleza inmaterial de lo que oía y trayéndole presagios de un destino sublime para su existencia sin que alcanzara a vislumbrar con claridad qué era en concreto lo que debía esperar para su vida.
     Cuando tuvo dieciséis años, vio pasar a caballo a la hija de los duques. La visión de su delicada y perfecta belleza le dejó un recuerdo de ternura y devoción profunda y desinteresada y anheló el amor de la muchacha en la más loca de sus ensoñaciones hasta aquel momento. Cuando la vio en la iglesia el día del Corpus, su corazón se inflamó y, concibiendo una demencial esperanza, se enamoró todavía más; al salir, el duque dio a su hija una bolsa de monedas para que las arrojara a la muchedumbre, cuando ella lo hizo mostrando una gran vergüenza, todos se lanzaron a hacerse con la mayor parte posible menos él, que prefirió seguir erguido contemplando a la muchacha y empapándose de su asombrosa hermosura. Ella se dio cuenta y también comenzó a sentir interés hacia él. Un día, paseando con su caballo, la hija del duque volvió a encontrarse con el muchacho y detuvo su montura. Le preguntó cómo se llamaba y qué cosas hacía. El le dijo su nombre y dijo que trabajaba en el campo pero que también componía versos de memoria. Ella le pidió que le dijera algunos. Él recitó un pequeño poema. Cuando acabó, la muchacha le dijo:
     -No están mal tus versos pero demuestran a las claras tu ignorancia, yo vendré cada día a esta hora a enseñarte gramática y las gestas del pasado para que puedas componer mejor tus poemas.
     Al oír aquellas palabras de la muchacha, sintió que las puertas de una horrible prisión se le abrían de pronto y salía su alma a un horizonte de esperanza infinito. Toda esa tarde, sintió en su pecho el calor de la felicidad y creyó que había traspasado la frontera del Paraíso. Al día siguiente, llegó la muchacha en su cabalgadura y se sentó junto a él en una piedra. Le mostró un libro con dibujos policromados muy hermosos y comenzó a instruirle tan audazmente que, sin esfuerzo alguno, podía él comprenderlo todo.
     Los días fueron pasando y, si al principio estaba profundamente enamorado de ella, ahora la quería desmedidamente, con el afecto que se le tiene al ser que más cerca está del corazón. Un día ella llegó dispuesta a comenzar una nueva lección pero él le dijo que había compuesto un poema para ella. Ella le pidió que lo cantara y tan hermoso le pareció a la muchacha que le abrió su corazón definitivamente y le prometió que sería su esposa.
     La muchacha confesó ingenuamente al duque su propósito y él, que era un ser insensible, autoritario y tan pegado a lo material como el campesino más resignado, la recluyó en una celda de su castillo y le prohibió salir en adelante. Ella, tan enamorada como el muchacho, lloró desesperadamente, tanto que uno de los siervos, un anciano bondadoso, que conocía todo lo que ocurría fue en busca del muchacho y, tras introducirlo ocultamente en la celda que habitaba la hija del duque, los vigiló mientras se manifestaban el uno al otro el fuego de su afecto con la intención de volver a sacar al muchacho del castillo cuando la muchacha hubiera aliviado su pena y su deseo. Pero lo que hizo la muchacha después de deshacerse en besos con el muchacho fue pedirle al anciano siervo que los acompañara a los dos en una huida fuera de las tierras del duque. Ella llevaría un cofre de monedas de oro con el que podrían subsistir holgadamente y, cuando se acabaran las monedas, se ganarían la vida con el oficio de juglar.
     El muchacho vio aquella perspectiva como la realización colmada de sus más anhelados sueños, el anciano, que era leal a la muchacha, accedió y los tres emprendieron una evasión inacabable de las servidumbres del lodo, dulces para las almas dormidas pero fatigosas para los espíritus delicados.

lunes, 20 de octubre de 2014

Seis relatos sobre la afinidad afectiva (V)

A mi amada

     Helena y Fernando quedaron en tablas pero un amigo de la pareja que estaba observándolos y no era en exceso inteligente, hablando luego con Fernando, que era con quien más confianza tenía, le dijo:
     -Fernando, creía que estabais de broma pero no habéis soltado ni una sola risa y ni siquiera os he visto sonreír durante la partida lo que me hace pensar que estabais jugando en serio pero te aviso por si alguna vez juegas al ajedrez con otras personas que ni tú ni tu esposa sabéis jugar bien. La forma en que las piezas se tienen que mover en el tablero está sujeta a unas normas rígidas que no se pueden violar en ningún caso y, a ti y a tu mujer, os he visto equivocaros sin parar. Tú, a veces, movías la torre en diagonal y el alfil perpendicularmente y el rey lo pasabas por encima de tus propias piezas. Ella movía, a veces, más de una pieza cuando le tocaba el turno y las movía como bien le parecía a su libre fantasía. Así no se juega al ajedrez, Fernando, tenéis que aprender...
     Fernando respiró hondo y dijo:
     -Sabemos perfectamente jugar al ajedrez, Pepe, pero, entre nosotros, no nos exigimos respetar las normas porque nos queremos demasiado y lo único que nos preocupa es que el uno esté lo más a gusto posible al lado del otro. El ajedrez bien jugado es un juego que nos aburre y jamás lo jugamos pero, con el que jugamos nosotros, nos lo pasamos genial.

domingo, 19 de octubre de 2014

Seis relatos sobre la afinidad afectiva (IV)

A Txaro Cárdenas

     -Alfredo, ¿recuerdas que nos conocimos porque, a mi amiga Chelo, la volvía loca el policía que vigilaba junto a los puestos de la feria y me dejó sola para hablar con él?
     -Sí, y tú te fijaste en mí porque llevaba media camisa fuera de los pantalones, ¿por qué lo dices?
     -Porque me la he encontrado hoy en la calle, su vida ha dado un giro tremendo, ahora está obligada por ley a acatar las órdenes de su marido...

sábado, 18 de octubre de 2014

Seis relatos sobre la afinidad afectiva (III)

A mi amada

   Cuando llegó al lugar donde le habían dicho que se encontraría con el dirigente de la ONG, vio que había un hombre rubio al lado de una mujer bellísima, morena y de tierna mirada. Se precipitó a saludar primero al hombre creyendo que era el dirigente pero este dijo prestamente:
     -Soy el traductor.
     Entonces, le dio la mano a la mujer con una gran sonrisa que ella secundó y se sentaron los tres.
     La mujer abrió el diálogo diciendo en francés que su organización necesitaba cierta cantidad de dinero para unos objetivos que iba a enumerarle a continuación. El traductor tradujo y él, antes de que ella prosiguiera, dijo:
     -Dile que no es necesario que los enumere, se le concede su petición.
     El traductor, con un perfecto acento y una entonación exquisita, le transmitió a la chica lo que él había dicho. Ella mostró su gran regocijo y dijo que la organización se lo agradecía infinitamente. El traductor lo tradujo palabra por palabra pero él dijo con cierta tristeza:
     -Dile que mi empresa valora grandemente la labor de su organización.
     El traductor tradujo correcta y puntualmente. Ella, con una mirada melancólica, respondió que se alegraba inmensamente de que eso fuera así porque su organización necesitaba del reconocimiento de las personas influyentes como él para llevar adelante su cometido. El traductor lo tradujo sin faltar una palabra, muy convencido de que estaba facilitando mucho la comunicación entre aquellas dos personas. Pero él dijo entonces con un temblor ligero en la voz:
     -Dile que, a nuestra empresa, le enorgullece enormemente participar en esa labor y es interés prioritario contribuir a las causas humanitarias.
     Ella se puso muy triste para decir que sus palabras la llenaban de alegría y que se las transmitiría entusiasmada a su presidente. Cuando el traductor, muy confiado en su propia eficiencia, tradujo el mensaje, él, mostrando un gesto de preocupación en el rostro, dijo:
     -Dile que le salude de mi parte y le exprese mi afecto y simpatía.
     El traductor, que se sentía sublime en aquel instante, empleó para la traducción, una expresión cultísima que había leído en un clásico de la literatura francesa. Ella parecía completamente abatida cuando respondió que así lo haría y que él se alegraría mucho porque era un hombre muy cálido. El traductor, antes de traducir, carraspeó y, sacando de su mente las palabras más elegantes y cultas, tradujo el mensaje. Pero él le dijo entonces al traductor:
     -Muchas gracias, señor traductor, ha hecho un buen trabajo, ¿le importaría dejarme ahora solo con la señorita?
     El traductor se levantó de su asiento para marcharse fuera de la habitación. La chica hizo también ademán de levantarse pero él lo impidió con un gesto y un no. Ella estaba mirando al suelo cuando él le asió la mano y, acariciándola, le dijo sin más, haciendo memoria de sus conocimientos de francés del colegio:
     -Je vous aime.

viernes, 17 de octubre de 2014

Seis relatos sobre la afinidad afectiva (II)

A Susana Escarabajal Magaña

     Había tenido dos novias hasta aquel momento. La primera fue una chica muy religiosa, ultracatólica y ultraconservadora. Quería infundirle respeto y sumisión hacia todos los seres que ella imaginaba que estaban por encima de ella y menosprecio y desdén por los que quedaban más abajo. Le decía que lo amaba mucho, tanto como a ella misma porque así se lo ordenaba Dios pero a Dios lo quería mucho más porque Dios era todo perfección y amor y él, en cambio, era algo feo y algo tonto y algo aburrido y algo cobarde y, añadía, no se lo decía en modo alguno como ofensa sino que era un producto de sus piadosas meditaciones. Él intentó con todo su ahínco sentirse cómodo en el papel de hombre algo feo, algo tonto, algo aburrido y algo cobarde que ama como a sí mismo a una mujer tan fea, tonta, aburrida y cobarde como él porque Dios se lo imponía por fuerza pero, a medida que pasaban los meses de noviazgo, se le iba poniendo la cara más larga e iban aumentando los sentimientos y emociones que tenía que dejar sin expresar. Aun en medio del campo, se sentía como en una prisión y, si llevaba de la mano a su novia, le parecía como si estuviera agarrando el pomo de la puerta de un armario o unas tijeras de podar. La vida parecía haberse quedado sin ilusiones porque no las consentía Dios ni la patria y, un día, cuando una manifestación de extrema izquierda los rodeó a ambos, él, despertando al rencor y a la rebeldía, soltó la mano de ella sin pensárselo dos veces y, sumado a la protesta, se fue alejando de ella poco a poco hasta que la perdió de vista para siempre.
     Allí encontró a su segunda novia. Era una mujer hombruna y ruda que le agarraba la entrepierna lo mismo para mostrarle afecto que para intimidarlo. Ella decía que, por encima de las personas, estaban las consignas del partido y que la felicidad era un abuso capitalista. Cuando él se sentía triste y quería hablarle de sus problemas ella se reía a carcajada limpia y le daba cachetes en la mejilla diciéndole que estaba loco y que se cogiera una cogorza y la dejara en paz. Pudo aguantar con ella tres meses pero cuando, por capricho de su mente atormentada, empezó a ver en su rostro cierto parecido con el de Lenin de tal manera que, cuando iba a besarla, le parecía estar besando al padre de la Unión Soviética, decidió romper la relación. Ella, fuera del sopapo que le soltó, se quedó tan tranquila.
     Sus experiencias le habían desengañado bastante. Él solo quería estar a gusto al lado de otro ser humano, a solas con él, con su corazón desnudo, sin tener que ocultarle nada de lo que sintiera porque no entrara en sus esquemas lógicos, se imaginaba que el verdadero amor tenía que ser como florecer ante una rosa, mostrar, ante la hermosura del otro, lo más escondido de sus entrañas sin que este encontrara tampoco nada feo en él. Quería sentirse perfecto, digno, importante y, sobre todo, libre al lado de él, no quería casarse con la humanidad, ni con Dios, ni con la patria, ni con ningún interés sino con un alma que le dejara ser él aunque ser él no sirviera para nada.
     Pero tan harto estaba de reprimir sus sentimientos que no esperó a encontrar esa mujer ideal para manifestarlos. Sin pudor alguno, comenzó a mostrar sus emociones más sinceras a cualquier persona con la que se tropezaba en la vida. Les expresaba con decisión sus deseos, sus carencias, sus penas, sus angustias e ilusiones. Protestaba como un niño, demandaba y hacía reproches sin temor a ser tomado por loco o inmaduro. Si se hubiera comportado de acuerdo a las normas sociales, habría vuelto a encontrar una mujer sin corazón pero, al hacerse transparente como el agua de un arroyo claro, una chica cuya alma era todo luz como la de un ángel le mostró la flor de su pecho y él la reconoció como la hermana de la suya.

jueves, 16 de octubre de 2014

Seis relatos sobre la afinidad afectiva (I)

A mi amada

     Todo el trayecto hacia la casa de su futuro suegro el día de la boda lo hizo sufriendo. Le llevaba como dote una burra que no paraba de hacer locuras. Era el mejor de los animales que tenía, de muy buena casta y apariencia pero él quería caminar a un ritmo uniforme y tranquilo mientras que la burra tan pronto se paraba como aceleraba el paso; además, lanzaba unos rebuznos que retumbaban en sus oídos y se rascaba sin cesar el costado con los dientes dando grandes tirones a la cuerda con la que la llevaba y poniéndole a punto de tropezar y caer cada vez; por añadidura, si le acariciaba el lomo, se encabritaba más aún como si lo que hubiera hecho fuera darle con una vara.
     Llegó a casa de su suegro con la camisa sudada y fatigado. Le dieron vino y comida y le presentaron a la novia. Cuando la vio, no observó en ella nada extraordinario y es que cuanto observaba en ella, en su apariencia, en sus gestos, en sus palabras, le parecía como si emanara de su propia hondura, como si se tratara del más íntimo y familiar de sus sueños, nada le sorprendía porque sentía que la recordaba al mismo tiempo que la conocía. Después de la ceremonia y el banquete, se despidió de la familia y, acompañado de su recién estrenada esposa, emprendió el viaje de vuelta a su casa.
     La ida fue un infierno pero la vuelta fue un paraíso. La burra le había hecho sufrir desmedidamente haciendo que el camino pareciera eterno pero la compañía de la chica era tan dulce que, si volvía a sentir que el camino era eterno, no era sino porque cada minuto a su lado era un gozo tan intenso que le abría las puertas del infinito. Sentir que, en el mundo real, había un reflejo tan exacto de su corazón le daba tanta felicidad que ahora se sentía un estafador porque pensaba que había conseguido un ángel al precio de una bestia.

miércoles, 15 de octubre de 2014

El cuento que no se aplaudió

A Pilar Cossio Barredo

     Desde niño, había tenido el sueño de escribir algo grande. Toda su vida lo había estado intentando con escasa fortuna pero ahora tenía cáncer y le quedaba muy poco tiempo para demostrar que era capaz de construir con palabras algo verdaderamente bello. Quizá no fuera extremadamente importante para él porque consideraba ya suficientemente justificada su vida al disfrutar del amor leal de una esposa a la que quería pero había ansiado tanto a lo largo de toda su existencia escribir esa obra maestra que no llegaba nunca que veía con amargura la posibilidad de morir sin haberlo conseguido. Gracias al impulso que a su parco talento le confirió la exacerbación de su anhelo ante la proximidad del final del plazo para cumplirlo, escribió al fin un cuento que, a su entender, excedía en calidad no solo a cuanto había escrito sino también a todo lo que había leído en su vida. Decidió mostrárselo a un sapientísimo profesor de Literatura que había conocido en sus correrías de escritor. El profesor le recibió en su despacho, le hizo sentar, tomó en sus manos el manuscrito y comenzó a leer. El autor aguardó expectante hasta que el profesor acabó la lectura. Creía que este le iba a dar su opinión pero se limitó a invitarle a una copa. Él pensó que no le había gustado el cuento y no consideró educado sonsacarle. Una vez en casa, le mostró el cuento a su esposa. Ella lo leyó y, al acabar, le dio un beso en la mejilla y se marchó a otra habitación para hacer algo pero sin comentarle nada acerca de aquel cuento. Tenía un amigo íntimo y fue a verlo para que leyera su obra. Él la leyó y, al acabar, no le dijo lo que le había parecido sino que se limitó a comentarle que había estado podando un árbol del jardín. El escritor, en la cima de su perplejidad, dijo entonces:
     -¿Es tan malo acaso el cuento que ni tú ni nadie que lo lee quiere decirme nada sobre él?
     -¿A qué cuento te refieres? ¿Has escrito un cuento? -preguntó el amigo.
     -¡El que acabas de leer! -dijo con impaciencia el escritor.
     -Yo estaba leyendo el periódico, te estás burlando de mí -dijo el amigo.
     El escritor se precipitó sobre la mesa a la que estaba sentado su amigo, recogió su manuscrito y salió corriendo a la calle. Abordó a un transeúnte le pasó su manuscrito y le pidió por favor que leyera en voz alta. El transeúnte le obedeció pero, en lugar de su cuento, parecía estar leyendo las clausulas de un depósito bancario a plazo fijo.
     Desesperado, volvió a su hogar y le preguntó a su esposa qué leía en el manuscrito. Ella respondió que era una bonita declaración de amor. Entonces, él comprendió que estaba muerto y en un lugar donde los deseos no se compartían.

domingo, 12 de octubre de 2014

Lo que ella era

A mi amada

     La abrazó y la besó muy tiernamente en la boca depositando en ese beso todo lo que aquella chica decía a su corazón, de manera que, por unos instantes, olvidó cuanto había a su alrededor y no percibía más que el apremiante anhelo de su interior. Después del beso, ella, sonriéndole, se despidió. Entonces, un amigo se acercó a él y le dijo mostrando regocijo y sorpresa:
     -¡Menuda novia has conseguido, Edu...!
     Él, al oírlo, tuvo unos instantes de confusión porque no se le había ocurrido pensar que ella fuera algo tan corriente como una novia pues lo que él había sentido que besaba era el Universo, la vida, la divinidad, la luz, la inmensidad, el infinito, el Paraíso, la libertad, la eternidad, la esperanza, la meta de todas sus ansias...

sábado, 11 de octubre de 2014

¿La condición humana?

A Txaro Cárdenas 

     El cadáver tenía que ser llevado al tanatorio y había que subirlo al coche. Un familiar le dijo a un muchacho que buscara gente de la que había en la casa para transportar el cadáver y también a alguien para que se quedara consolando a la viuda mientras hacían los preparativos en el tanatorio. El muchacho obedeció y, al cabo de unos instantes, aparecieron diez hombres fornidos. Cuando el familiar los vio dijo:
     -No hacen falta tantos para llevar el cadáver, con tres es suficiente.
     Pero el muchacho se acercó a él y le dijo al oído:
     -No, estos vienen todos a consolar a la viuda, para llevar el muerto aún no he encontrado ningún voluntario.

jueves, 9 de octubre de 2014

Veinte cuentos de siete palabras sobre la soledad

A mi amada

1.

     Alcanzó la felicidad quedándose solo por dentro.

2.

     Los vecinos lo aislaron porque era solitario.

3.

     Aumentaron sus amigos y su soledad simultáneamente.

4.

     Entró en el ejército para tener compañía.

5.

     Se sentía querido porque lo controlaban mucho.

6.

     La rodeaban los hombres porque era guapa.

7.

     Cuando todos callaron, escuchó a su corazón.

8.

     Lo dejaron solo pero no lo agradeció.

9.

     Imploró compañía llorando y consiguió amigos altaneros.

10.

     No conseguía novia porque le gustaban guapas.

11.

     Ocultaba los sentimientos porque era muy decente.

12.

     Era banquero, estaba casado con el dinero.

13.

     La residencia de ancianos proporcionaba amistades efímeras.

14.

     Para estar acompañado pero siendo libre, amó.

15.

     Una multitud lo acompañaba solo para usarlo.

16.

     Aplaudieron dos pero le sobró un aplaudidor. 

17.

     Se casó ocho veces porque nunca amó. 

18.

     Tenía amigos pero no se daba cuenta.

19.

     Tanto tiempo estuvo sola que aún lloraba.

20.

     Amistándose consigo mismo, venció a la soledad.

martes, 7 de octubre de 2014

El mejor regalo

A Susana Escarabajal Magaña

     Al final de la fiesta de cumpleaños de Pedro, cuando todos abandonaron la casa, su hermano le dijo:
     -¿Ves? Mucho hablar de que tu mejor amigo es Juan pero es el único que no te ha traído ningún regalo.
     Pero Pedro respondió:
     -No es cierto, ha sido el que me ha traído el mejor de todos.
     -Pues yo no lo he visto, ¿dónde está? -dijo su hermano.
     Pedro se llevó una mano al pecho y dijo:
     -Aquí...

lunes, 6 de octubre de 2014

Seis relatos sobre explosiones de indignación (VI)

A Pilar Cossio Barredo

     Un hombre que se odiaba por la insignificancia y el desapego que sentía debido a su condición de ser efímero hizo injerencia en la libertad de otro creyendo que, haciéndole sufrir y penetrando en su vida, combatía su propia soledad y pequeñez. El otro, al sentir lo que ese hombre estaba haciendo, sintió la lógica necesidad de demostrarle el mal que hacía. Lo primero que se le ocurrió, porque también estaba un poco obsesionado con la humillante muerte, fue responder al ataque con un ataque similar dándole al hombre un bastonazo en la cabeza porque, de improviso, se sentía sucio y sentía sucios a todos los hombres, cargados con la mancha de la corrupción y la desintegración, quería matarse porque era mortal pero, al no tener valor para hacerlo, ansió matarse en el otro. Pero este hombre estaba enamorado, amaba la hermosa alma de una mujer y, al recordarla, su corazón volvió de súbito a cargarse de amor y amándola a ella, recuperó su amor y lealtad por sí mismo. Se olvidó de las ansias autodestructivas que el sabor de la muerte le había traído y, ansioso de liberarse de tan lúgubres emanaciones, utilizó el lenguaje y dijo al hombre que le había manchado:
     -Soy un instrumento de tu felicidad pero solo si me manejo por mí mismo y soy mi propio juez; si me contaminas con tu muerte, agrandas el vacío que ella crea en el mundo y cada vez querrás que ocupe más espacio hasta que tu muerte sea la de todos si antes no has desaparecido de la Tierra. Te revelaré que el camino más placentero es el solitario porque es el más nuestro y que quien huye de su soledad y de su impotencia nunca encuentra el amor de verdad ni la verdadera fuerza porque estos se alimentan de aquellas.
     El otro hombre comprendió y se marchó verdaderamente arrepentido de lo que había hecho.

domingo, 5 de octubre de 2014

Seis relatos sobre explosiones de indignación (V)

A mi amada

     Diego quería mucho a sus padres y, por eso, no era capaz de poner en duda que ellos también le querían a él. Cuando faltaba una caricia o calor en unas palabras o atención para sus problemas, él esquivaba el golpe cargándose de espíritu responsable y mostrándose en extremo formal como dándose por enterado de que había que ser humilde en la vida y no pedir muestras de cariño a cada momento. Su apariencia tomaba la forma del niño maduro y obediente que siempre estaba cediendo parte de su dignidad y su identidad personal en favor de las de los mayores. Jamás tenía un reproche que hacer a una persona mayor lo suficientemente respetable, siempre la miraba con educación y gran condescendencia. No se daba cuenta de que su pantomima de niño extremadamente educado era un reproche inconsciente, había una gran carga de desdén en ella hacia el trato distante y frío de sus padres, no era amado lo suficiente como para ser un niño como los otros, capaz de actuar desinhibidamente y con naturalidad, tenía que apartarse respetuosamente y conceder que no era lo suficientemente digno como para merecer una atención demasiado intensa de nadie, parecía querer decir a todos: "No os preocupéis de darme cariño, soy tan inteligente que no me hace falta". La verdad de su vida estaba secuestrada por el miedo, si reconocía que sus padres no le amaban lo suficiente, su vida quedaría vacía, no tendría nada a lo que asirse espiritualmente.
     Aquella mañana, en el patio de recreo, saboreaba su bocadillo de atún sintiendo, rodeado de la multitud de niños vociferantes y alegres, nostalgia de su madre, que había tenido la suficiente dosis de cariño aquel día como para prepararle su desayuno favorito. Se encontraba inquieto, los otros niños le daban miedo, no jugaba mucho con ellos, no creía merecer su afecto, creía que le eran hostiles, que lo despreciaban, que indefectiblemente le querían mal. No sabía defenderse moralmente, cualquier burla o manifestación de odio de ellos le deprimía y perturbaba porque, en su vida, no era compensado por una mirada lo suficientemente indulgente y un trato lo suficientemente cálido. Se acordaba de su madre con dolor, como si se la hubieran arrancado aquella mañana del alma.
     Acabado su bocadillo, llegó al lugar en el que él estaba sentado otro niño que le dijo riendo alegremente:
     -Te has manchado el pantalón.
     Diego, completamente indignado, respondió:
     -¡Se lo voy a contar al director! ¡No tienes derecho a reírte de mí! ¡Soy el mejor de la clase! ¡El tonto lo serás tú!
     El otro niño cambió rápidamente de expresión facial para adoptar una circunspecta y de perplejidad; no entendía lo que le ocurría a Diego, él no había hecho nada para que se pusiera así.

sábado, 4 de octubre de 2014

Seis relatos sobre explosiones de indignación (IV)

A Mari Freire

     El rey recibió a los pintores más importantes del reino para hacerles honor. Uno de ellos era inseguro, necesitaba el apoyo de la opinión para valorarse como ser humano, en la opinión, veía el juicio más autorizado sobre su valía, temía tanto no ser juzgado por otro y especialmente por una figura de autoridad con la suficiente benevolencia que, a la más mínima sospecha de que eso estaba sucediendo, estallaba agresivamente acusando a la persona de la que suponía el desprecio de arrogancia y vana presunción y escupiéndole los más humillantes sarcasmos y las más cruentas ironías.
     El día de la recepción del rey su miedo imponía a su consciencia la falsa certeza de que sería tratado casi como un archiduque por el rey porque no era capaz de admitir la más mínima dosis de menosprecio por parte de nadie y menos aún por la del rey porque este, en esencia, era la autoridad que más importancia tenía para él. Pero su mala suerte fue que, al ir a acercarse al rey, tropezó con la alfombra y cayó al suelo. El rey, muy divertido con el suceso, se echó a reír y exclamó:
     -¡Qué tonto eres, pintor!
     En la mente del pintor, entonces, se acumularon un torrente de invectivas dirigidas al rey que, al no poder tener vía de escape, lo dejaba aturdido y ajeno al entorno, pero, cuando vio que el rey, al notarlo tan encogido y cabizbajo, le preguntaba si era el menos importante de los pintores que habían venido, subió tanto su indignación que se desmayó. Al ver su desmayo, el rey dijo:
     -¿Qué le pasa a este hombre que no para de tirarse por el suelo?

Seis relatos sobre explosiones de indignación (III)

A Susana Escarabajal Magaña

     El agente encargado de atender al público en la comisaría de policía estaba jugando a los solitarios cuando llegó un hombre con ojeras y mucha seriedad en el rostro.
     -Ha desaparecido mi hijo -dijo.
     -¿Cuándo desapareció? -dijo el policía sacando una carta más del mazo y colocándola sobre su mesa.
     -Ayer sobre la una de la tarde.
     El agente destapó otra carta y dijo:
     -Falta media hora para las veinticuatro horas reglamentarias, vuelva más tarde, estamos muy ocupados.
     El hombre, con ira contenida, se apoyó en la mesa del policía y dijo:
     -De acuerdo, amigo, tú mandas porque eres la autoridad pero mi hijo vale más que la autoridad, me voy a ir y voy a volver cuando se cumpla el plazo reglamentario pero, para cuando venga, si no has hecho un castillo bien alto con esos naipes... te capo.

viernes, 3 de octubre de 2014

Seis relatos sobre explosiones de indignación (II)

A Txaro Cárdenas

     Cuando Dios se enteró de la traición que le hizo Lucifer, se sintió como si lo fueran a castrar y, dudando de merecer el puesto de poder que tenía, se sintió culpable pero, incapaz de soportar la culpa, la volcó contra el ángel. Dios se mostró entonces como una madre llorosa y atormentada por el desagradecimiento de su propio hijo. Miró de reojo para ver el efecto pero Lucifer estaba completamente tranquilo, mirando sus lágrimas como quien mira volar un helicóptero. Su culpabilidad aumentó y también su necesidad de transmitírsela al ángel pero el ángel no sentía peso alguno en su conciencia porque era hijo mimado y había perdido el orgullo en medio de tantos halagos a su belleza exterior, que habían transformado en banal vanagloria su amor propio. Entonces Dios, no pudiendo soportar más el peso de la culpa, gritó a Lucifer lleno de furia:
     -¡De carita eres muy guapo pero no tienes nada dentro! ¡Si gobiernas en mi lugar, vas a ser una cosa mala porque no te quieres ni siquiera a ti mismo, imagínate a los demás...! Te tienta el poder porque tu alma no es libre y quieres someter a todo el Universo pero te digo una cosa: para gobernar, hay que tener algo en la cabeza y tú no tienes más que rizos. Vete haciendo las maletas que aquí no te quiero.

Seis relatos sobre explosiones de indignación (I)

A mi amada

     Felipe y su hermanito de dos años Chemita estaban comiendo helados de cucurucho en un banco de una plaza. Por el lado del banco que ocupaba Chemita, apareció un perro y, mientras Chemita lo miraba distraído, Felipe le dio un buen mordisco al helado de su hermano. Al advertirlo él, comprobando el gran trozo de helado que le había robado su hermano, se echó a llorar desconsoladamente y su hermano tuvo que darle su cucurucho.
     Compraron otros dos helados y volvieron al banco. Por el lado en que se sentaba Felipe, apareció el perro de antes, él se puso a mirarlo y Chemita aprovechó para darle un mordisco al helado de su hermano. Cuando su hermano vio el gran pedazo de helado que se había apropiado Chemita, sin pensárselo un segundo, gritó enfurecido:
     -¡Idiota, no te comas mi helado!
     Chemita, asustado, volvió a echarse a llorar y Felipe le tuvo que dar su helado otra vez para consolarlo.
     Volvieron a comprar helados y se sentaron en el banco. A Chemita se le cayó entonces su helado en el pantalón de Felipe. El impulso más inmediato de Felipe fue gritar a su hermanito pero se detuvo a medio camino porque sabía que, si lloraba por haberlo hecho sentirse culpable, tendría que darle su helado una vez más y ya no quedaba dinero para comprar más, de modo que, en lugar de descargar una virulenta acusación contra su hermano, se limitó a decir:
     -La culpa ha sido mía, que te he dado con el brazo. Ya has comido muchos helados, no te hace falta más.