lunes, 29 de septiembre de 2014

El hombre acorralado

A Juana María Díaz

     Nació dotado con un alma tan hermosa como una rosa y un corazón tan tierno como la miel pero no era eso lo que quería el mundo, el mundo quería que fuera útil de la manera más inmediata e ineludible posible, quería utilizarlo en su laberinto de intereses espurios y banales, que nada tenían que ver con la auténtica felicidad. Su madre muy pronto le hizo sentir lo que era el temor a un semejante con sus regañinas por causa de las manchas en la ropa y le siguió su padre, que se enfadaba con él porque lo molestaba cuando estaba viendo el fútbol. Pero donde de verdad sentía pavor era en la iglesia, viendo a toda aquella gente obedeciendo al unísono a las señales del sacerdote para hacer el más extraño de los gestos en cada una de las ocasiones.
     En la escuela, su miedo aumentó. La maestra era una mujer malhumorada y adusta que parecía no tener entrañas porque era capaz de gritar airadamente solo por el hecho de que los niños tuvieran el antojo de hablar dentro del horario de clase y no fuera. Cuando creció más y comprendió la importancia de pasar un examen, se enfrentaba a las pruebas con el mismo temor con que se enfrentaría a un perro que le gruñera. Los profesores no parecían confiar mucho en él porque tomaban severas medidas para que no copiara y le exigían contestar con todas las palabras, como si no bastara con asegurarle que sí se sabía la respuesta.
     En la adolescencia, se vio atrapado por el miedo a la opinión, sus compañeros de instituto defendían tajantemente sus prejuicios acerca de lo que tenía que hacer con su vida un joven que no quisiera verse aislado y despreciado por los otros. Difícilmente se adaptaba a esta situación porque lo que se le exigía era un alma gélida e impasible capaz de aguantarlo todo sin un parpadeo.
     Su vida era muy difícil por todas estas circunstancias y muy pronto se vio en manos de médicos. Los médicos eran la quintaesencia del terror, en sus manos estaba su propia supervivencia y, sin embargo, apenas movían un músculo de la cara. Hacían muchas preguntas y anotaban las respuestas pero contaban muy poco de lo que ellos pensaban por lo que lo dejaban intrigado y lleno de inquietud. Salía de las consultas con la turbadora sensación de haber cometido un delito grave que había que pagar tarde o temprano.
     A los cuarenta, estaba tan aterrorizado y temeroso de infringir alguna de las infinitas reglas que el prejuicio humano decretaba para la convivencia y la moral que no pensaba en otra cosa que en los fallos que creía cometer, que le hacían sentirse tan insignificante y sucio que no creía que hubiera en el mundo nadie tan indigno como él.
     Pero tuvo entonces la fortuna de encontrar un alma tan hermosa como la suya que supo reanimar la dulzura de su corazón. Ella era una mujer buena llena de indulgencia que le contagió su inocencia y su nobleza pero él cargaba con el peso de la angustia que había sedimentado en una vida de exigencia y hostilidad y no acababa de encontrar la felicidad porque, en su persona y en su suerte, no dejaba nunca de ver insuficiencias llevado por la fantasía y la ira contra sí mismo.
     Ella se dio cuenta de esto y decidió liberarlo de su sufrimiento. Un día se sentó frente a él y le dijo:
     -Dime los nombres de las personas que critican lo que haces, sin saltarte ninguno.
     Él pensó la respuesta unos instantes y respondió:
     -La verdad es que nadie me critica pero...
     -Eres tú el único que te critica -dijo ella antes de que él terminara la frase-. Tú eres el que le ve los defectos a las cosas que haces y el que te reprochas no hacerlas perfectas ¿pero me quieres decir, entonces, por qué, si eres tú quien ve los errores, no evitas cometerlos? Y, si no sabes en lo que te equivocas, ¿de dónde sacas la idea de que has fallado? -dejó que él reflexionara unos instantes y prosiguió-. Quisieras actuar de otra forma solo para convencer de tu valía a los otros aunque no son ellos los que la ponen en duda sino tú mismo, ¿habrá empeño más absurdo? ¿Por qué necesitas que los demás te muestren su aprobación si no te desaprueban? ¿Es que es necesario reconocerle a una persona normal que no es un asesino o un torturador aunque nadie la haya acusado de ello? ¿Por qué quieres ser mejor de lo que eres si siéndolo vas a dejar de ser tú mismo? ¿Qué puede importarte el reconocimiento de una persona que no te acepta cuando eres tú de verdad?
     Todas estas preguntas fueron tan reveladoras para él que, al acabar de escucharlas, se le escapó una sonrisa de alivio.
     -Nuestra perfección es ser lo que somos -dijo entonces ella- y nadie tiene derecho a criticarnos por no haber nacido distintos.
     Él se arrellanó en el sofá, respiró hondo y dijo:
     -Completamente de acuerdo...

sábado, 27 de septiembre de 2014

El afán de Eduardo

A Pamela Torres 

     Eduardo estaba triste aquella tarde de domingo aunque no sabía exactamente por qué. No dejaba de pensar en lo solo que se sentía. El resto de su familia, más extrovertidos y de espíritu menos complicado que el suyo, se habían ido al campo a comer paella y a pasar el día al aire libre. A Eduardo le decepcionaba mucho la simplicidad de carácter de sus padres y sus dos hermanos, apenas les interesaba otra cosa que sus economías y sus necesidades físicas, estaban eterna y absurdamente alegres pese a que sus vidas eran aburridas y grises y lo atormentaban intentando imponerle su pragmatismo estrecho y asfixiante.
     Aquella mañana, cuando Eduardo les habló de su intención de quedarse en casa, lo acusaron de huraño y masoquista y, envueltos en su barullo y algarabía habitual, se marcharon sin preocuparse mucho más por él.
     Si le hubieran preguntado qué era lo que deseaba realmente y qué cosa podía aliviar su melancolía, no hubiera podido responder; su soledad era ciertamente motivo de dolor para él y, sin embargo, sabía que ese dolor no lo paliaría una presencia humana habitual. Tenía amigos pero no le tentaba el impulso de salir a su encuentro. Su mejor amigo, Pedro, le había decepcionado íntimamente hacía unos días al hablar con entusiasmo del placer de la playa. La playa, para Eduardo, carecía del más mínimo interés, ¿qué placer podía extraerse de entregarse a un mero disfrute físico rodeados de una multitud anodina y sin inquietud alguna? Esta circunstancia hacía su soledad más profunda si cabe, ni siquiera su mejor amigo le comprendía. Pero, aun en el caso en que su amigo le hubiera comprendido y alabara sus opiniones, sentía que no habría mejorado su estado de ánimo de aquella tarde. ¿Sería que lo que su corazón deseaba ni existía ni tenía coherencia ni sentido alguno?
     Lo único que le apetecía en aquel momento era entregarse al placer irracional de dejarse llevar por las emociones que le despertaba la música que sonaba en el salón. Sin embargo, de pronto, oyó el teléfono. Era Pedro, que le instó a acompañarle a ver una película. Iba a negarse en redondo pero, cuando supo el título, cambió de opinión pues su intuición le hacía ver una afinidad entre aquella película y los sentimientos que estaba experimentando aquel día. Aquella película parecía desafiar el interés por las explicaciones fáciles y marcadamente racionales del hombre común y envolvía al espectador en una lógica propia y extraña pero cargada de sentido e incluso daba la sensación de tratarse de la verdadera lógica, perdida de vista por el hombre contemporáneo.
     Pero fue al salir del cine, paseando con Pedro por las calles de la ciudad, cuando su corazón experimentó el alivio que había anhelado sin creer que fuera posible. Ocurrió cuando su amigo, de pronto, dejó de comentar la película y, hablando de sus asuntos personales, dijo:
     -Estoy cansado de explicar mis emociones, mis emociones son absurdas pero son mías...
     Eduardo, ante aquella declaración de rebeldía y libertad sin límites, recuperó de súbito toda su admiración por su amigo, tan hondo tenía metido él justo aquel mismo deseo que desbordaba de júbilo viendo tanta afinidad en el alma de su acompañante. Había sabido formular con palabras su propio afán: el de rebelarse contra lo que frenaba su más oscuro instinto y ser él mismo aunque no pudiera explicar a nadie la utilidad de sentir las cosas que sentía. Su amigo había conseguido comunicarle su malestar de manera tan hábil que había evocado el suyo propio y se dijo que jamás en su vida lo abandonaría porque lo unía a él el más íntimo de los lazos: un sentimiento.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Día de inquietudes

A Mónica Mera

     El día amaneció lloviendo con fuerza y, a la sensación física de incomodidad que ello le causaba, se unía la inquietud ante el alto riesgo de inundaciones que habían anunciado la tarde anterior los medios de comunicación; recordaba lo que sucedió hacía años, cuando su casa se anegó y estuvo a punto de perderlo todo.
     Era sábado, al menos no se vería obligado a ir al trabajo en aquel estado de ansiedad. Cuando estaba desayunando, se acordó de la propuesta de salir de copas que le habían hecho sus compañeros antes de despedirse hasta el lunes. Se había negado a acompañarlos porque era muy tímido y le daba miedo desinhibirse delante de ellos. Ahora se arrepentía, se imaginaba que pensarían que era un tío raro, se sentía excluido y ahora creía que, con este gesto, había ahondado más las distancias, sospechaba que sus compañeros lo odiaban y menospreciaban, siempre había tenido esa sensación con todo el mundo, era su más arraigado motivo de amargura. Si no estuviera secretamente enamorado de su compañera Samanta, no habría novedad alguna pero el hecho de que ella sí hubiera aceptado el plan para aquella noche de viernes volvía su situación mucho más perturbadora.
     Los motivos para sentir inquietud se le amontonaban aquella mañana, incluso llegó a pensar en el riesgo de cáncer y en las citas con el dentista. No podía estar quieto y comenzó a pasear por su casa. Respiró hondo y su mente se dirigió, contra toda sospecha previa, hacia los problemas fronterizos en la Roma de la primera mitad del siglo III después de Jesucristo. Hizo inventario mental y recordó a los germanos, a los sármatas, a los hunos, a los getas y dacios, a los persas, a las tribus bereberes, a los blemníes... Se sobresaltó levemente porque había olvidado la fecha de una de las campañas. ¿Cómo era posible? Fue con mucha diligencia entonces a consultar la gruesa enciclopedia. ¡Rediez! ¡Si era el final invertido de su número telefónico! Mil veces se lo había repetido y, sin embargo, se le olvidaba como si fuera una cosa sin relevancia alguna...
     Repasó en su mente las restantes fechas y comprobó que las recordaba, luego pasó a los nombres de todos los césares y al número de tablillas de escritura lineal b que se conservaban según el lugar en el que se habían hallado, 4360 en Cnosos, 1087 en Pilos, 337 en Tebas... Continuó por las dinastías chinas con sus fechas, los más importantes imperios de Asia central, las épocas de la historia india, los nombres de los principales literatos de la historia de Japón... Con satisfacción, iba comprobando que todavía controlaba a la perfección sus conocimientos de aficionado sobre la historia universal. Con extrema voluptuosidad, iba a continuar con los venerables reyes godos cuando sonó el teléfono.
     Descolgó y, para su sorpresa, era Samanta. Creyó que le iba a hablar de algún documento de la oficina pero lo que hizo fue ofrecerle su casa pues le inquietaba que permaneciera en la suya por el riesgo que suponía dado el lugar y las características de la vivienda. Iba a negarse pudoroso pero ella insistió tanto que lo llenó de asombro al verse objeto de tan inesperado y sincero afecto y respondió que iría de inmediato.
     Su momento de evasión entre los esplendores de la historia mundial le había hecho desprenderse de toda sus inquietudes, enfriadas mientras recorría los gélidos caminos de las invernales almas de los historiadores pero la llamada telefónica volvía a avivar sus emociones y, de pronto, otra vez sentía ansiedad pero esta vez no había nada en ella que fatigara su espíritu, era el más gozoso de los miedos, el miedo a la hermosura del otro, a su naturaleza insólita y enigmática, a su profundamente desconocida esencia. Samanta era un hondo misterio, Samanta significaba la realidad, la vida, la libertad, la belleza de lo ajeno y sentirla en su corazón lo perturbaba y lo colmaba de apacible ansia.
     Al llegar a su puerta, llamó. Ella le abrió, le hizo pasar adentro y, al percibir el azoramiento que él manifestaba, declaró con graciosa solemnidad:
     -Bienvenido a mi modesta mansión, espero que sea del agrado de un caballero tan apuesto, galante, agradable, sensible y generoso como tú.
     Él sintió aliviarse de pronto todo su temor y, dejándose llevar por sus emociones, respondió:
     -Donde esté una señorita tan dulce, bella y delicada como tú, es un despropósito sentirse mal.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

El niño con miedo

A Reina Castesblancos

     El niño, que hacía planear su avión de juguete con la mano, lo hizo aterrizar sobre la mesa.
     -¡Niño! -gritó con aspereza su madre-. No juegues en la mesa con el avión que la rayas.
     El niño se puso entonces a jugar en el suelo.
     -¡Serás sayón, niño! -gritó agriamente su madre entonces-. ¡Levántate del suelo o hay palos!
     El niño perdió su interés por su avión porque ya no tenía pista de aterrizaje posible y abrió un libro.
     -¿Es ese el libro que tienes que estudiar? -dijo la madre-. Los cuentos para cuando no tengas que hacer deberes, si no, se te hace tarde.
     El niño abrió los cuadernos del colegio y comenzó a hacer los deberes.
     -¿Mamá, cómo se llama quien escribe poesía? -consultó de pronto el niño a su madre.
     -¿Pero será posible que no lo sepas, sopánfilo? -dijo la madre de mal humor- ¡Poeta!
     El niño ya no se atrevió a hacer más preguntas habida cuenta de lo terrible que era desconocer algo.
     Pasada media hora, el niño aún no terminaba sus deberes.
     -¿Ves como te faltaba tiempo para terminar? -dijo la madre entonces-. Y tú, queriendo leer cuentos. Si es que no sabes llevar bien tus cosas, no piensas en lo que tienes que pensar. Lávate las manos que vamos a cenar pero bien lavadas y la cara, si es posible, también, que llevarás legañas.
     Cuando el niño vio lo que había para cenar, se sintió deprimido y dijo con voz lastimera:
     -Mamá, eso no me gusta.
     -¿Cómo que no te gusta? -dijo la madre con tono decidido-. Pues otra cosa no hay. ¡A ver si no hay pobres en el mundo que no tienen qué llevarse a la boca y mi hijo dice que no le gusta la cena! El Señor te va a castigar si rechazas la comida que santamente nos ofrenda -la madre se sintió sublime al decir estas últimas palabras, ofrendar no estaba en su vocabulario habitual.
     El niño se sentía como dentro de una película de terror en lugar de en el comedor de su casa, el abominable infierno amenazaba su futuro postmortem, se imaginaba teniendo una muerte a lo Drácula, convulsionando horriblemente y sucumbiendo ante las santas fuerzas del bien.
     -Mamá, tengo miedo -dijo el niño de pronto.
     -¿Miedo? -dijo tiernamente la madre-. Si ya sé yo que tú no tienes valor. Cuando te acuestes, deja la luz encendida que yo iré a apagártela después.
     -Mamá, ¿no valgo lo mismo que los demás? -preguntó el niño con amargura.
     -Hijo, no te preocupes por eso, tenemos que ser muy humildes para ir al Cielo -respondió la madre.

martes, 23 de septiembre de 2014

Un hombre muy sensible

A Pilar Cossio Barredo

     -¿Es usted familiar del difunto, verdad? -preguntó un hombre en un velatorio a otro que mostraba su gran abatimiento moral y, cuando este asintió con la cabeza, dijo:- Le acompaño en el sentimiento, ¿qué le vamos a hacer...?  Así es la vida. Unos nacen y otros mueren, nacer es alegre y morir, triste pero las dos cosas hay que asumirlas, no nos queda otra. Yo no iría a ningún entierro, me solidarizo demasiado con el sentimiento de los familiares y lo paso fatal. Soy muy sensible, extremadamente sensible, ¿sabe usted? A mí que no me muestren desprecio o animadversión que me vengo abajo, tengo un corazón de oro y, si los demás son duros conmigo, me pueden hacer hasta llorar, soy un alma sin valor, un pobre de espíritu que, si Dios quiere, irá al Cielo porque no tengo malicia alguna, todos los que me conocen, hablan bien de mí. Vivo dos manzanas más allá de su bloque, me habrá visto muchas veces, suelo pasar todos los días andando para visitar al cura de la parroquia, que es mi amigo íntimo, congenio mucho con él porque los dos tenemos muy buenas entrañas, usted mismo puede venir un día conmigo a conocerle, es bueno que, después de esto, se entretenga el espíritu para que se le pase el tiempo más rápido y su dolor sea más llevadero. Tiene que cuidarse a partir de ahora, tiene que velar por su aspecto exterior, que es lo más fundamental de un ser humano. Si estamos felices por fuera, estamos felices también por dentro. Usted, si me lo permite, tiene cierta mal apariencia, sus ojeras, su barba, su gesto de tristeza pueden cambiarse fácilmente pero también habría que hacerle algo a su calvicie, su mujer le dará más cariño si le ve más guapo, todo el mundo le aportará mucha más alegría si luce en su cabeza una maravillosa cabellera. Yo no le ofrecería esto de no ser usted tan especial para mí. Es un producto extremadamente caro que todavía está en experimentación y que a mí me está dando unos resultados milagrosos, lo consigo de contrabando y me cuesta un ojo de la cara pero, si usted quiere probarlo, por cincuenta euros le doy una botella y, si quiere dos le doy gratis la tercera...

domingo, 21 de septiembre de 2014

Seis relatos contra la obligación de amar (VI)

A mi amada

     -No digas eso de la tita, tienes que quererla mucho -dijo una mujer a su hijo de nueve años con tono de reprimenda.
     -Pero, si quiero a la tita a propósito, se me pondrá la cara tiesa y se me caerá al suelo -dijo el niño haciendo pucheros.

Seis relatos contra la obligación de amar (V)

A Susana Escarabajal Magaña

     -Dime la razón, papá, ¿por qué no me has querido nunca? -dijo un joven lleno de amargura a su padre sentados ambos a una mesa donde acababa de celebrarse una comida especial y de la que ya se habían levantado y marchado los restantes comensales.
     -No le busques motivos, hijo, es una mera casualidad -respondió tranquilamente su padre.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Seis relatos contra la obligación de amar (IV)

A mi amada 

     -¿Sabes que me he comprado un robot de cocina? -dijo una mujer a su compañero de trabajo.
     -Lo amo -dijo el compañero secamente.
     -¿A quién? -preguntó la mujer desconcertada.
     -A tu robot de cocina -respondió el compañero-. En el fondo, me es absolutamente indiferente y hubiera preferido que no me hablaras de él pero, ahora que sé de su existencia, mi obligación es amarlo con toda mi alma.
     -¿Por algún motivo especial? -preguntó la mujer.
     -Ninguno en absoluto, de hecho, lo odio y desprecio porque a esos trastos automáticos les tengo manía pero me he impuesto el deber de amarlo y eso es lo que estoy haciendo, amándolo con toda mi alma.
     -¿Y, si te digo que tiene un color verde muy bonito, te enamoras más aún? -dijo ella.
     -Al contrario, odio el verde -respondió él-, aumenta más mi menosprecio por tu robot pero estoy decidido a restringirme la libertad y, por eso, tu robot es el amor de mi vida desde este mismo momento, nada me puede causar más pesadumbre que tu robot verde, así que lo amo.
     -¡Qué cristiano eres! -dijo ella sonriendo maliciosamente.

Seis relatos contra la obligación de amar (III)

A Marina Gracia

     -Anda, nene, ve a comprarme tabaco -dijo una mujer a su hijo de ocho años con tono desaborido.
     El niño tomó el dinero que le daba su madre y salió de casa obediente y silenciosamente.
     -¡Ay, que trasto está hecho! -dijo la mujer a la vecina que estaba sentada a su lado-. Pero, a los hijos, hay que quererlos, son la cruz que llevamos a cuestas.
     -¿Qué edad tiene? -dijo la vecina refiriéndose, lógicamente, al niño.
     -Treinta y siete -dijo la mujer creyendo que se refería a ella misma.

Seis relatos contra la obligación de amar (II)

A Txaro Cárdenas

     La novicia se estaba confesando con el cura del convento y le estaba expresando sus dudas angustiosas de fe.
     -Padre, quiero hacer fuerza para amar a la madre superiora pero no me sale el amor, me sale solo indiferencia, me da igual si se ríe como si llora, si canta como si bebe vino, lo mismito que si fuera un mueble viejo. Por la noche, cuando me voy a dormir, me digo: "¡Qué guapa es!". Pero no me ayuda porque lo cierto es que no es muy favorecida. También me digo: "¡Qué mujer más simpática!". Pero me quedo igual de fría porque tiene un mal genio que espanta a cualquiera. Luego digo: "Como ella de buena no hay nadie en el convento". Pero, no sé por qué, no me lo creo tampoco...
     -Bueno, bueno, no se hable más -dijo el cura con apuro-, reza un padrenuestro y el Señor hará lo posible por perdonártelo.

Seis relatos contra la obligación de amar (I)

A mi amada

     -Papá, ¿no querer a todo el mundo es pecado? -dijo un niño muy serio a su padre.
     -Claro que es pecado, hijo -dijo el padre tras un momento de vacilación-, tenemos que amar al prójimo para ir al Cielo, además, a la gente que no ama a todo el mundo, no la quiere nadie.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Seis relatos sobre el egoísmo (VI)

A Francisco Almarcha Martínez

     En el patio de recreo, resonaba el estrépito de los eufóricos niños, que veían en ese momento la posibilidad de descargar toda la frustración que habían acumulado en la clase. En un rincón, había un grupo inmóvil que exhibía las sonrisas maliciosas que sus comentarios jactanciosos y cínicos despertaban. Su manera de despojarse de la violencia interior era arrogarse un valor a costa de la humillación y el escarnio de otros. Satisfacía su falso orgullo el denigrar los sentimientos sencillos porque nada les dolía tanto como su propia debilidad y a nadie despreciaban tanto como a sí mismos. De pronto, uno de ellos propuso con despiadado sarcasmo:
     -¿Vamos a reírnos de la tonta?
     Ninguno apoyó la idea, era demasiado cruel pero uno de ellos, especialmente marcado por el sentimiento de inferioridad exclamó:
     -¡Sí, vamos!
     Quien había propuesto la idea se volvió atrás y dijo:
     -Ve tú, yo no tengo ganas.
     El otro, al ver que estaba solo y que a ningún otro le parecía brillante la idea, se llenó de vacilación y dijo:
     -Mejor no.
     Los otros, para hacerle daño en su amor propio, le acusaron entonces de cobardía y él, que ansiaba con desesperación el reconocimiento de ellos y una satisfacción poderosa para su anhelo de grandeza, respondió:
     -Pues sí que voy.
     Y dirigió sus pasos hacia donde aquella niña con problemas cognitivos que iba a ser objeto de la pesada broma observaba sentada en un escalón sola y con semblante melancólico el ajetreo del patio.
     Cuando llegó hasta ella, esta pensó que se trataba de alguien que deseaba su amistad, algo que ansiaba en lo más profundo pues nadie buscaba su contacto allí, y su semblante triste se iluminó con una sonrisa. Esto desarmó al niño. Nunca nadie le había sonreído con aquella generosidad, todo lo que le llegaba de los demás le parecían reproches y acusaciones, era la primera vez que se sentía objeto de una simpatía auténtica y leal por parte de otro ser humano. Renunciando a lo que iba a hacer, se sentó a su lado y le preguntó su nombre. Ella le respondió que Marisa.
     -¿Qué te pasa, Marisa, por qué lo suspendes todo? -le preguntó.
     Ella mostró indiferencia y encogió los hombros.
     Los niños de su grupo, desde lejos, le miraban y reían con gran jolgorio y coreaban burlones:
     -¡Es tu novia, es tu novia...!
     Él sintió entonces la tentación de decirle a la niña una gran crueldad para escapar al escarnio de sus compañeros, que le parecía horroroso pero venció ese impulso porque recordaba la sonrisa, esa sonrisa tan pura que nadie en su vida le había querido obsequiar antes.
     -¿Quieres que nos sentemos juntos en clase? -le preguntó.
     La niña dijo sí con la cabeza y volvió a sonreírle. Era una niña muy bella, nadie podría adivinar por su aspecto su déficit de inteligencia. Él comenzó a amarla en aquel momento y, despojándose de todo el odio a sí mismo que acumulaba y de todo su temor a los juicios de los demás, se contagió de la generosidad que destilaba el alma de aquella niña y cambió para siempre.

Seis relatos sobre el egoísmo (V)

A Marina Gracia

     Un egoísta entró en el más allá y pasó por el vestíbulo donde tenía que ponerse el uniforme de difunto. Esperó a que se vistiera el que había pasado antes que él y se arreglara delante de un espejo. Cuando le tocó el turno y fue a peinarse, se llevó un tremendo susto porque no se veía la cara sino la nuca. Muy alterado, le dijo a un vigilante que ocurría algo espeluznante, que el espejo no le mostraba su cara sino su nuca y que eso solo ocurría con él porque quien había pasado antes no se había sobresaltado nada.
     -Es que usted es de los que trabajan en el piso de abajo -dijo el vigilante-, que van de espaldas porque no se conocen. No ha escuchado en vida la voz de su corazón, solo perseguía lo que los otros decían que era bueno, no ha seguido el sendero de sus propios sueños y por eso, para usted mismo, es un desconocido al que no ve ni la cara.

Seis relatos sobre el egoísmo (IV)

A Eya Jlassi

     Dos locos caminaban juntos por la calle, uno era muy egoísta y otro muy generoso. Iban por un callejón solitario cuando encontraron una enorme caja de cartón junto a un contenedor de basura. Miraron en su interior por si encontraban algo pero, en un principio, les pareció que estaba vacía. Para cerciorarse bien, la volvieron boca abajo y, entonces, cayó algo al suelo:
     -¿Qué es eso? -dijo el egoísta.
     -¡Una perla! -respondió fascinado el generoso al rescatar del suelo lo que había caído.
     Lo que habían encontrado les parecía bastante bueno y se procedió al reparto. No hubo disputa alguna. El generoso se quedó con la perla y el egoísta, con la caja de cartón.

Seis relatos sobre el egoísmo (III)

A Susana Escarabajal Magaña

     Acababa de volver del trabajo y, como todos los días, se aprestaba a disfrutar su tiempo de relajación antes de la cena. Siempre era lo mismo: el sillón, música clásica de fondo, un buen libro y su delicioso bourbon. Ya lo tenía todo listo y se disponía a empezar a gozar de sus dos horas de lectura cuando sonó el timbre provocándole un sobresalto y una reacción interior de protesta. No importaba de qué se tratara, se dijo, no le arruinarían su momento diario de lectura, era el único placer al que tenía acceso los días de trabajo y tenía derecho a disfrutarlo sin que nadie le viniera a molestar. En cinco minutos, se desembarazaría del que había llamado, quienquiera que fuera. Abrió la puerta y vio a la vecina de al lado con expresión sonriente.
     -Perdona, es el cumpleaños de mi marido -dijo-, mi casa está llena de invitados, ven con nosotros si quieres comer tarta y disfrutar un rato.
     -Te lo agradezco -dijo él- pero estoy cansado y me voy a acostar pronto.
     -Vale, pues entonces nada -dijo la vecina-, solo queríamos que pasaras un rato divertido, a nosotros nos da lo mismo.
     -Felicítalo de mi parte -dijo él antes de cerrar otra vez la puerta-, buenas noches.
     Miró el reloj y se puso eufórico, solo había perdido un par de minutos. Se apresuró hasta el cuarto de estar, se sentó en el sillón, agarró el libro entusiasmado y bebió un trago de su whisky pero, de pronto, sintió un dolor agudo en el pecho y, tras cinco minutos de retorcerse de dolor, su corazón se paró. El libro seguía en su mano aún después de su muerte y, con el rigor mortis, llegó a tenerlo tan fuertemente sujeto que tuvo que ser enterrado con él.

jueves, 18 de septiembre de 2014

Seis relatos sobre el egoísmo (II)

A Txaro Cárdenas

     -¿No has traído empanadillas? -dijo el excursionista a su amigo rebuscando en la bolsa de las viandas.
     -Me las he comido todas mientras te estaba esperando esta mañana -respondió el amigo.
     -¡Pero qué egoísta eres, caray! -dijo el excursionista decepcionado-. Si no te conociera de sobra...
     -No es egoísmo, Carlos -dijo el amigo-. Soy el primero al que perjudico; la primera empanadilla estaba tan buena que me habría bastado pero, como no me quiero nada, no me la he comido con la conciencia tranquila y he tenido que comerme otra para disfrutarla como es debido pero con la siguiente, me ha pasado igual y, al final, tan culpable me sentía que me he dicho: "Hala, castígate". Y me he comido las restantes.

miércoles, 17 de septiembre de 2014

Seis relatos sobre el egoísmo (I)

A mi amada

     Un egoísta coincidió con un generoso en una sala de espera de la oficina de Hacienda. Ambos eran ya muy mayores. El egoísta, hombre zafio y estúpido, le preguntó al generoso en qué había trabajado. El generoso respondió que era médico.
     -Usted habrá hecho mucho dinero en su vida -dijo el egoísta-, los médicos ganan un buen sueldo.
     -Nunca me han importado los beneficios económicos -dijo el generoso-, mi felicidad ha sido salvar vidas y contemplar rostros agradecidos, no soy hombre que haya buscado demasiadas cosas fuera de mi trabajo.
     -Hay que preocuparse del dinero -dijo el egoísta-, nunca se sabe la urgencia para la que puede hacer falta. ¿Tiene hijos?
     -Sí, dos -respondió el generoso.
     -Los hijos son muy útiles, una gran inversión -dijo el egoísta-, son como tener un ayudante sin sueldo.
     -Yo nunca les he pedido que hicieran nada por mí -dijo el generoso-, los tuve para quererlos tomaran el camino que tomaran en sus vidas.
     -¿Y está usted satisfecho con la vida que ha tenido? -preguntó el egoísta.
     -Mucho -dijo el generoso.
     -Por su profesión, podrá mirar por encima del hombro a todo el mundo y disfrutar de su superioridad, es un hombre de autoridad -dijo el egoísta-. Yo he sido actor, he actuado en todos los teatros de la comunidad autónoma, casi estuve a punto de actuar en Madrid una vez. Se siente uno realizado cuando puede tratar a la gente baja con desprecio, te miran con rencor porque has conseguido ser mejor que ellos.
     -Yo solo me siento orgulloso de no deberle nada a nadie -dijo el generoso.
     El egoísta terminó su gestión y se marchó mucho antes que el generoso pero, cuando este salió a la calle, encontró al otro con expresión triste parado junto a la puerta.
     -¿Está esperando a alguien? -le preguntó.
     -Mi hijo me aseguró que vendría a recogerme pero se está retrasando más de una hora -respondió el egoísta-. Se va a enterar ese... No piensa más que en la herencia, si no fuera por ella, me dejaría abandonado como un perro.
     -No se preocupe, a mí también me tiene que recoger un amigo, voy a llamarlo por el móvil, él nos llevará a casa a los dos -dijo el generoso.
     -¡No me diga! -dijo el egoísta maravillado-. ¿Tan buenos amigos tiene usted?

martes, 16 de septiembre de 2014

Mirando al suelo

A Chelo Olmos Pérez

     -¿Por qué llevas dos zapatos diferentes? -preguntó un niño inocente y alegremente al hombre que acababa de llegar a su casa.
     -Pedro, no molestes al señor y vete a tu cuarto corriendo o te quedas sin cenar -le dijo al instante su madre con tono hosco.
     El niño obedeció consternado y profundamente avergonzado sin saber de qué exactamente tenía que avergonzarse. Sentado en la cama de su cuarto, se sentía enormemente resentido porque su madre le excluía de la vida social de casa como si fuera un trasto sucio e inútil mostrándole de ese modo tan escaso afecto que, de pronto, notaba un gran vacío en su corazón. Toda la felicidad que tenía aquella tarde había caído aceleradamente hasta el mismo suelo, se encontraba tan triste y tan desesperado que no recordaba haberse sentido tan mal en mucho tiempo. ¿Cómo iba él a pensar que su inteligente y observadora pregunta iba a ser tan mal acogida y premiada? ¿Sería que no era tan listo como él se imaginaba? ¿Era por eso por lo que su mamá ya no lo quería? Se propuso no volver a hablar en público jamás en su vida para no molestar a las personas, callar siempre para no hacer el ridículo como lo había hecho aquella tarde. Pensó que él no merecía despertar la atención de las personas serias, su madre lo había echado de la habitación para que no molestara con su comportamiento poco inteligente, seguro que su presencia sería siempre molesta para todo el mundo, tendría que esconderse siempre de la gente si no quería ser humillado como lo acababa de ser. Incluso ser feliz, estar contento, vivir con optimismo y confiar en las personas era una equivocación en su caso como lo acababa de comprobar, tendría que aguzar mucho su inteligencia, estar muy alerta, muy tenso, muy lleno de cautela para no hacer el ridículo cuando estuviera rodeado de gente. No era como los demás, los demás lo despreciaban, su misma madre lo despreciaba, no le quería nadie y encima se sentía culpable porque había molestado a aquel hombre desconocido que en cada pie tenía un zapato de un color distinto.

lunes, 15 de septiembre de 2014

El prurito del dictador

A mi amada

     El dictador se paseaba por su despacho con cierta inquietud en el ánimo. De pronto, abrió la puerta y llamó a su secretario. El secretario llegó con celeridad y, con poses de sumisión, le preguntó qué se le ofrecía.
     -¿Cómo está la cultura en el país? -preguntó el dictador.
     El secretario movió la cabeza a un lado y a otro y dijo:
     -Como siempre, Excelencia, ni frío ni calor, la gente prefiere hablar de sexo y fútbol, así es como si ellos mismos lo practicaran, usted ya me entiende.
     -Pff, pues eso hay que cambiarlo... -dijo el dictador con el tono agrio que su hartazgo le inspiraba-. A meterles cultura por donde les quepa sin parar de aquí en adelante. ¡Pues no faltaba más! Una dictadura sin cultura ni es dictadura ni es nada...

domingo, 14 de septiembre de 2014

El toque de queda

A Teresa Moral Carpio

     Todos los hermanos estaban sentados alrededor de la mesa del comedor comiendo palomitas mientras veían la tele cuando, sin venir a cuento, el mayor dio un fortísimo palmetazo y gritó:
     -¡Hoy no se ve la tele!
     Todos se quedaron en silencio y, al cabo de unos instantes, alguien dijo:
     -¿Qué pasa?
     El hermano mayor respondió:
     -Pasa que soy yo el que manda y hoy no se ve la tele. ¡A dormir todo el mundo! Y que no me entere que tocáis la videoconsola ni el ordenador ni que habláis una palabra en la cama. Quiero más silencio que en una iglesia y el que se levante, aunque sea a mear, se ganará un tortazo y además se lo contaré a papá y a mamá.
     El más pequeño de todos se puso a llorar y los otros mostraron en sus rostros el peso de una gran preocupación.
     -¿Leer en la cama sí podemos? -dijo el hermano más estudioso.
     -Si no está apagada la luz de la habitación dentro de cinco minutos -respondió el hermano mayor-, os arreo una torta a cada uno y no me hagáis hablar más o empiezo a dar cachetes y no paro en toda la noche.
     Todos emprendieron a continuación el viaje hasta su dormitorio con una gran carga en el ánimo. Habían escuchado una serie de mandamientos y estaban asimilándolos circunspectos y con inquietud. Violarlos no solo implicaría un castigo físico sino también la condena de la autoridad familiar. Ahora ya no contaba lo que ellos pensaran que era lo mejor para ellos; para obrar bien, ahora tenían que contrariar sus deseos de la forma en que lo hacían las normas que acababan de escuchar y eso exigía mucha concentración mental para obligar a su voluntad.
     Se pusieron los pijamas lo más rápido posible para tener la luz apagada antes de los cinco minutos, se acostaron sin hablar una palabra y dejaron todo a oscuras. Al poco, vieron sobrecogidos cómo su hermano mayor asomaba la cabeza por la puerta para cerciorarse de que todo estaba como él había decretado y respiraron con algo de alivio cuando volvió a desaparecer.
     Los hombres queremos obrar bien porque nuestro instinto nos exige coherencia en nuestros actos pero, muchísimas veces, es la mala conciencia lo que nos lleva a desviarnos del sendero recto. Eso fue lo que le pasó a uno de los hermanos, que, lleno de rencor contra su hermano mayor por la culpabilidad que había sembrado en su espíritu, quiso ver lo que este estaba haciendo por si lo sorprendía en alguna grave falta de responsabilidad con la intención de derribar su poderosa autoridad. De modo que, contraviniendo a las estrictas normas que imperaban, se levantó sigilosamente de la cama y, caminando a tientas, salió al pasillo. Allí comprobó que había una luz encendida en casa porque hasta allí llegaba claridad, siguió andando hasta la sala de estar, que era la habitación iluminada y se asomó con mucha cautela desde el umbral.
     De vuelta a su habitación, encendió la luz y dijo a sus hermanos frotándose muy contento las manos:
     -Vamos a jugar con la videoconsola y a hacer lo que queramos y, si Germán viene, le digo que le he visto besándose con una chica en el sofá y que, si nos pega, me chivaré.

sábado, 13 de septiembre de 2014

La entrevista castrante

A Tana García

     -¿Cuál es su estado civil? -preguntó el jefe de personal.
     -Soltero -respondió él.
     -¿Qué estudios tiene? -volvió a preguntar el jefe de personal.
     -Licenciado en Empresariales -respondió él.
     El jefe de personal no le miraba a la cara, tan solo hacía las preguntas y escribía las respuestas. A continuación, preguntó:
     -¿Qué experiencia laboral tiene?
     -Ayudé a mi padre en su ferretería durante un tiempo -dijo él muy avergonzado por lo insignificante de su curriculum.
     Al salir y ceder el paso al siguiente aspirante al puesto, que era más alto que él, se sintió no más que un miserable fragmento del colectivo de parados y tuvo la agridulce sensación de que tan espigado personaje iba a darle mucha mejor impresión que él al entrevistador. Salió a la calle deprimido, el entrevistador había conseguido hacerle verse como un individuo completamente vulgar, uno entre tantos otros, las preguntas que le había hecho lo dibujaban como el más anodino de los individuos, era la primera vez que le hacían sentir así, él creía que era alguien especial pero, al verse a través de la mirada del frío jefe de personal, había comprendido la clase de nulidad que era.
     Necesitaba liberarse de aquella sensación y fue a ver a su amiga Sandra. Ella le abrió la puerta de su casa y le invitó a entrar con una sonrisa y un beso, lo llevó asiéndole de la mano hasta el salón, le puso un platito de aceitunas y un vaso de vino tinto sin que él pidiera nada, lo abrazó cálidamente y le dijo que lo quería mucho y que era la persona con la que mejor se sentía. Él dejó de estar deprimido al instante pero siguió preocupado por la impresión que de sí mismo había tenido minutos antes y le dijo a Sandra:
     -Sandra, ¿crees que hay algo en lo que destaque entre todos los demás hombres?
     -Sí -dijo ella-, por supuesto que lo hay.
     -¿Y qué es? -preguntó él.
     -Tú mismo -respondió Sandra-, nadie sabe ser tú mismo mejor que tú, por eso eres mi hombre favorito...

viernes, 12 de septiembre de 2014

El precio del amor

A mi amada

     El extraño cliente de la ferretería que dejaba a todos que fueran atendidos antes que él, al quedar el local sin público, al fin se decidió a hablarle a la bella dependienta.
     -¿Qué valen esos alicates que hay encima de la parrilla? -preguntó.
     -Diecisiete con cincuenta -respondió ella.
     -Sí -dijo él-, me imaginaba que sería una cosa así, es un precio muy justo, ni el vendedor ni el comprador salen perdiendo, un buen negocio...
     Ella encontró muy extraña aquella forma de hablar pero, en su vida, había aprendido a contemporizar con las cosas más absurdas a cambio de no tener que hablar demasiado pues era muy tímida.
     -¿Y esas tenazas largas? -dijo él.
     -Diez con noventa y cinco -respondió ella.
     -También es justo el precio -dijo él-. Diez euros con noventa y cinco es una suma importante pero, si, a cambio de ella, recibes unas tenazas como esas, la das gustosamente...
     Ella se estaba poniendo nerviosa porque aquel hombre se estaba comportando de una manera demasiado rara. De pronto, él la miró a los ojos y dijo:
     -¿Y tú, señorita? ¿Cuanto hay que pagar por ti?
     Ella se puso colorada y respondió:
     -Yo valgo mucho más que unas tenazas, si alguien me quisiera, tendría que darme el corazón.
     -Ese precio no es justo -dijo él-, no debería estar permitido, es un abuso. Eres más bella que una flor, darte el corazón es parte del beneficio que obtiene el comprador, para saldar de verdad la deuda, debería entregarte algo que supusiera una molestia proporcional al bien que consigue pero, al ser tú tan adorable, darte, lo que quiera que sea, es una porción de ese bien, de modo que, aunque además del corazón, te den la vida y el alma, todo serán beneficios para el que te compre. Su verdadera deuda contigo llegará hasta el infinito, porque cuanto más te dé más te deberá. Quiero pagar el precio que pides porque te amo pero, si quieres que te diga la verdad, siento que te estoy estafando.

jueves, 11 de septiembre de 2014

El profesor enamorado

A María González Pineda

     El profesor de Historia de la Filosofía tomó la mano de la profesora de Lógica por encima de la mesa de la cantina de la Universidad en la que estaban sentados y le dijo tiernamente:
     -¿Sabes por qué te amo?
     -¿Por qué? -preguntó ella con un tono de fascinación en la voz y un dulce brillo en los ojos.
     -Porque, cuando te conocí, mi inquietud intelectual, como suele hacer con todo el mundo que conozco, me impulsó a preguntar tu causa. ¿Por qué ella?, me dije. Soy muy observador y obcecado y siempre encuentro la causa de todo y las personas no son una excepción y, sin embargo, por más que lo intenté, no encontré tu explicación. A medida que pasaban los días, el misterio me abrumaba, ni en la Tierra ni en el espacio, ni en la materia ni en el espíritu, lograba hallar tu causa, estabas más allá de lo que se me permitía comprender. Si hubieras sido un ángel, Dios habría sido tu razón pero ni siquiera Dios era bastante para dar luz a tu misterio. Pensé que Dios eras tú y solo así se calmó la inquietud de mi incertidumbre. Entonces, dejé de querer explicarte y me entregué a tu adoración. Mi vida entera te pertenece ahora porque eres mi causa. ¿Por qué yo? Por ti, porque me has creado y todo mi ser está colmado de tu huella y cuanto soy y hago es mi ofrenda a tu divinidad. Amándote, me nutro de ti, de tu condición de ser incondicionado, infinitamente libre y participo de tu propia libertad y alcanzo el Paraíso en la Tierra...

miércoles, 10 de septiembre de 2014

La mujer de la calle solitaria

A mi amada

     El único beso en la boca que había recibido en la vida había sido de una chica borracha y a petición de un amigo que quería que conociera el placer del amor. Era tan inseguro en el ámbito social que no era capaz de tener ningún encuentro con otro ser humano que no estuviera forzado por la más pura necesidad, los amigos los había ido perdiendo con el tiempo porque sospechaba que era un estorbo y una nulidad para ellos y eso hería su orgullo. Un día fue él quien se emborrachó para salir de su desolación siquiera durante una noche. Al tercer vaso de whisky, estaba tan desinhibido que salió a la calle con la intención de sentirse rodeado de gente. Iba por la acera de una calle solitaria cuando se encontró de frente con una mujer muy hermosa. Lleno de compasión por sí mismo y entristecido por aquella belleza, que creía que le estaba vedada especialmente a él, le dijo:
     -Cuidado, no se manche el vestido porque soy una basura apestosa.
     La mujer se paró y dijo:
     -¿Por qué piensa eso?
     Él respondió:
     -Todo el mundo lo siente así, no valgo nada para nadie, soy el hombre más insignificante de la Tierra, siempre hay alguien a quien los otros prefieren en mi lugar, es lo que ocurre con la basura, por eso pienso que es eso lo que soy.
     -No se diga esas cosas, seguro que sus padres le quisieron mucho -dijo la mujer.
     Él vaciló en la respuesta y, al final, con un tono irónicamente áspero, dijo:
     -La política no me interesa, no me la miente.
     -La verdad -dijo ella-, no encuentro nada en usted que me dé esa impresión que tiene de su propia persona.
     -¿Seguro? -dijo él sorprendido.
     Ella sonrió sin responder nada. Él, en medio de su ebriedad, tuvo la tentación de pedirle un beso en la boca pero se reprimió porque sintió que podía obtener de ella algo menos efímero. Entonces, le dijo:
     -¿Le gustaría a usted ser mi novia?
     Ella volvió a sonreír y dijo:
     -Las cosas del amor no son así de espontáneas.
     -¿Se tomaría un café con leche conmigo? -preguntó entonces él, sintiendo su mente más despejada y deseoso de establecer un lazo permanente con aquella mujer tan extremadamente agradable y, cuando ella negó con la cabeza, añadió con tono infantil de ruego:- Por favor, no es para ligar, quiero ser amigo tuyo.
     -Bueno -respondió ella-, pero vamos a un sitio sin ruido, que es lo que más odio de los bares...
     Aquella mujer, que le hizo sentirse valioso aquella noche por primera vez en su vida, paradójicamente acabó siendo tan difícil de conquistar que casi lo creyó imposible pero era la persona más adorable que jamás había conocido y no descansó su espíritu hasta que le dio el sí.

martes, 9 de septiembre de 2014

La investigación de Juan

A Nadia Benkouider

     Juan fue a hablar con su padre, que era médico, y, muy intrigado, le dijo:
     -Papá, ¿puede alguien estar enfermo sin querer curarse?
     Y su padre contestó:
     -No, Juanito, todo el que está enfermo quiere curarse.
     Aquella respuesta no resolvía sus inquietudes y fue a hablar con su abuelo, que era naturalista. Le tocó la rodilla y su abuelo levantó hacia él su mirada, que hasta entonces, la había tenido fija en el periódico.
     -Abuelo -le dijo entonces-, ¿puede pasar algo muy grande sin que tenga un motivo?
     -No, niño -respondió su abuelo-, todo lo que ocurre tiene un motivo.
     El niño no quedó muy conforme con aquella respuesta y fue a ver a su tío Alberto, que era filósofo. Llamó a su puerta, entró en su habitación y le dijo:
     -Tito, ¿es de sabios hacer algo que no tiene ningún provecho?
     -Pues no, Juan -respondió su tío-, eso es de personas sin cabeza.
     Juanito quedó perdido en un mar de dudas, cada vez estaba más confuso y fue a hablar con su madre. Su madre era historiadora. Entró en su despacho, jugueteó un poco con la calavera de losa que había en su mesa, la volvió a dejar donde estaba y le dijo:
     -Mamá, ¿ha ocurrido alguna vez en el mundo algo muy importante pero sin que cambiara ninguna cosa?
     -Pues no, hijo -respondió su madre-, si no hay ningún cambio, es que no ha ocurrido nada.
     Juanito volvió a su habitación, donde estaba su amiguita Elena y le dijo muy preocupado:
     -Elena, lo que nos pasa a ti y a mí es tan raro que no está en ningún libro...

Dudas abrumadoras

A Marina Gracia

     El obispo estaba sentado en su despacho leyendo un libro de disciplina espiritual muy preocupado porque no se sentía capaz de memorizar todas sus normas y, de pronto, apareció su secretario, un anciano sacerdote, con un documento en la mano para que lo firmara. El obispo lo firmó pero, antes de que el cura se marchara, le dijo:
     -Domingo, tú tienes muchísima experiencia con la humanidad, has sido párroco en más de treinta pueblos, has convivido con tus fieles y sabes cómo eran sus vidas, miles de hombres han pasado por tu confesionario... Sé sincero en lo que te pregunto, ¿crees que hay un hombre en el mundo tal y como Cristo los quiere?
     Domingo se persignó y dijo:
     -Señor, que Dios me perdone pero mi parecer es que no.
     -Domingo -dijo entonces el obispo-, los caminos del Señor son inextricables. ¿Quién creería que Cristo quiere que cumplamos todos la misma ley habiéndonos hecho a cada uno de una manera? ¡Cuánto sufrimiento nos habría ahorrado si le importara un pepino lo que sintiera nuestro corazón!
     -Es que Dios tiene mucha gracia, señor -dijo el cura dándose la vuelta para marcharse.

lunes, 8 de septiembre de 2014

El beso

A mi amada

     Su amiga estaba dibujando los planos de una vivienda, él había ido a visitarla porque, de pronto, le había venido un deseo inmenso de verla y ahora la estaba mirando mientras ella permanecía inclinada sobre sus dibujos y abstraída en su trabajo. Miraba la parte de su mejilla que no tapaba su cabello y sus pestañas y su nariz y los ojos, que miraban hacia abajo concentrados en su tarea. ¿Qué tiene esta chica en la cara?, pensó él empezando un monólogo interior voluptuosamente explícito. Es tan suave y tierno todo lo que veo en ella que parece que me acaricie sin tocarme; ante la gente normal, siento inquietud y el impulso de alejarme para que no me contaminen pero ese rostro es tan apacible y manso y ahora mismo percibo tan gran familiaridad en él que la confianza que me inspira, de puro intensa, me lleva hasta el estremecimiento; no espero el más leve daño de ella, es mi amiga y siempre lo será porque nos hizo amigos la libertad y nuestra libertad no tiene fecha de caducidad como sí la tiene la de la gente convencional, todo lo que espero de ella es inocencia y modestia, afecto y apoyo; es la mujer más atractiva que conozco pero el deseo más hondo que me despierta ahora mismo es el de recordarle que soy su amigo y que lo que me hace acercarme a ella no es más que procurar su bien; pero no se me ocurre qué decirle, ¿cómo le digo algo así de una manera abreviada y sencilla? Es imposible, ¡qué frustración! Voy a marcharme peor que he venido, ahora me siento aún más insatisfecho que cuando llegué, ¿será posible que no pueda decirle algo tan esencial para mi corazón...?
     Pero, de pronto le vino una idea: le iba a dar un beso en la mejilla, sin más, no hacían falta palabras, el beso era la expresión que más se aproximaba a lo que quería que ella supiera. De modo que se acercó a donde ella estaba, se agachó para ponerse a la altura de su cara, acercó los labios a su mejilla y, tras pegarlos a ella sintiendo la suavidad y el calor de su piel, succionó levemente, con la ternura de un niño pero no hizo esta operación tan delicadamente que no desplazara un tanto el cuerpo de la chica, que, algo molesta, dijo:
     -¡Qué haces! Déjate de juegos, ¿no ves que, si hago mal una línea, hay que borrarla y queda una mancha? Anda, prepárame un café si estás aburrido...

sábado, 6 de septiembre de 2014

El anciano y el presidente

A Susana Escarabajal Magaña

     El presidente de los Estados Unidos visitaba aquella pequeña aldea lleno de euforia por su reciente reelección, se creía el hombre más valioso del mundo, el que salía venciendo en todas las comparaciones, aquellos sencillos habitantes de un pueblo perdido del sur, a su entender, sentirían asombro y admiración ante su presencia dominante y numinosa, era el más grande de los triunfadores y ellos casi no eran nada, era de mal tono manifestar arrogancia pero, en el fondo de sí mismo, no se habría perdonado no superar en todo a aquellos palurdos.
     Rodeado de sus guardaespaldas, entró en una cafetería y se sentó en una mesa. En la mesa de al lado, había un anciano que, cuando vio que todos se acercaban a él y le daban la mano, se levantó y fue donde él estaba, le ofreció su mano y le dijo:
     -Llevo toda la vida en el pueblo y aún no te había visto y eso que debes ser un muy buen vecino por lo mucho que te saludan.
     El presidente rió entre enternecido y ufano y respondió:
     -¿Bromea usted? ¿De verdad no sabe quién soy yo?
     -Saber es bien poca cosa -dijo el anciano-, no se siente más a un ser humano por saber lo que es o lo que dicen que es pero ni siquiera eso tengo de usted.
     -Soy el presidente de la nación -dijo entonces el presidente-. Encuentro muy extraño que no sepa quién soy.
     -He oído hablar del presidente -dijo el anciano-, desde que nací, he estado oyendo hablar de él pero hace años que dejé de escuchar lo que me decían sobre su vida porque me daba pena.
     El presidente se puso serio y dijo:
     -¿Pena, dice usted?
     -No tiene orgullo -respondió el anciano-, usted se mira con los ojos de los que no le aman, jamás podrá ser feliz así, lo que ve en el espejo no es más que una forma hueca modelada por los demás que apenas tiene libertad para cambiar la pierna que cruza. Todos le elogian y le ensalzan pero es el hombre más humillado de la Tierra porque no es más que un instrumento de los otros, usted es propiedad de todos, le encumbran para convertirle en su bestia de arado pero usted acepta ese papel tan degradante a cambio de una escenificación de la dignidad, tan falsa que nadie puede ya engañarse. Si tuviera orgullo, trabajaría para quienes pueden amarle pero no lo tiene y se entrega a la esclavitud.
     El anciano volvió a su asiento sin decir nada más mientras el presidente, entre atónito e indignado, rumiaba las amargas verdades que le habían arrojado a la cara.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Perfidia

A Eya Jlassi

     Joaquín hablaba en un bar con su amigo Felipe.
     -¿Sabes que Pedro se va a casar por fin? -dijo Felipe.
     -Sí pero es una zorra, estoy seguro -dijo Joaquín.
     -Lo he visto en el médico, ha ido a que le miren una verruga -dijo Felipe.
     -Seguro que es un cáncer, es un pobre diablo, no ha tenido suerte en su vida, como mejor está es muerto -dijo Joaquín.
     -Se está quedando calvo, tiene unas entradas enormes -dijo Felipe.
     -Con lo feo que es ese hombre y encima se queda calvo, hay quien nace con estrella y quien nace estrellado -dijo Joaquín.
     -Dice que tiene ahora un buen empleo -dijo Felipe.
     -Trabajará por cuatro perras para que no lo despidan, nunca ha sabido hacer nada bien -dijo Joaquín.
     -Su hermana se ha hecho monja, me ha contado -dijo Felipe.
     -Será lesbiana y tan fea como él y habrá tomado los hábitos por hipocresía -dijo Joaquín.
     -Tienen un antepasado santo en la familia -dijo Felipe.
     -Hay miles de santos, será uno de los peores -dijo Joaquín.
     -¡Uy, se me abre la boca! -dijo Felipe bostezando-. Me echaría una siesta sin vacilar si pudiera.
     -¿Qué habrás estado haciendo esta noche, golfo? -dijo Joaquín.
     -Me he quedado hasta muy tarde viendo la tele -dijo Felipe.
     -¿Qué ha ocurrido de malo? -preguntó Joaquín.
     -No, era un partido de fútbol en diferido -respondió Felipe.
     -¿Y perdió tu equipo? -preguntó Joaquín.
     -No, ganó -dijo Felipe.
     -Habrán tenido suerte con el árbitro -dijo Joaquín.
     -El árbitro los cargó de faltas y expulsó a uno y, aun así, ganaron por goleada -dijo Felipe.
     -Azares del juego... -dijo Joaquín como filosofando sentencioso.
     -¿Y cómo te va la vida? -preguntó Felipe.
     -¡Bah! Vamos tirando nada más... -respondió Joaquín-. El sábado pasado me tocó la lotería pero no lo suficiente para comprarme un chalet en la costa, una mala suerte. Y he tenido un hijo hace dos meses pero dicen que no se me parece mucho. Me han dado un ascenso, ahora trabajo menos pero también me aburro más. Por lo demás, todo bien dentro de lo que cabe.
     -Hace buen día hoy, ¿no te parece? -dijo Felipe mirando contento hacia la calle.
     -Una pena no poder disfrutarlo -dijo Joaquín-, siempre hace bueno los días laborables.
     -¿Sabes? -dijo Felipe muy animado tras respirar hondo-. Me siento contento por el mero hecho de existir, la vida es maravillosa.
     -Pertenecemos al país de la nada -dijo Joaquín-, podríamos estar ya muertos hace mil años y no importarle nada al Universo, yo no sé ni siquiera si estoy vivo ahora mismo, todo es relativo.
     -¡Qué bonito es el mundo! ¡Qué bien se siente uno cuando no tiene ningún peso en la conciencia! -dijo Joaquín, que no quería seguir el hilo de lo que decía su compañero y se estaba dejando llevar por su propia euforia interior-. El bien es la dicha mayor de un alma...
     -Todos somos culpables de algo, hasta los niños más pequeños, ellos sobre todo porque no saben lo que está mal y lo hacen sin remedio -dijo Joaquín-, no existe la inocencia, solo la ignorancia del mal que hacemos.
     -¿Me dejas que te dé un abrazo? -dijo rebosante de alegría Felipe, que no había oído lo que acababa de decir Joaquín.
     -Pero eso no nos hará más amigos, siempre sentiremos una gran indiferencia el uno por el otro -respondió Joaquín.
     Felipe abrazó efusivamente a Joaquín y después le dijo emocionado:
     -¡Somos ángeles, Joaquín, y la vida es un paraíso!
     -Somos demonios, Felipe, y la vida es el infierno -replicó Joaquín.

miércoles, 3 de septiembre de 2014

Sin amor

A mi amada

     -Mis padres no me quieren, Quique -dijo un niño a su amigo con mucha tristeza.
     -¿No te besan nunca? -preguntó Quique.
     -Sí -respondió el niño.
     -¿No te compran lo que quieres? -preguntó Quique.
     -Sí -volvió a responder el niño.
     -¿No te hablan con cariño? -volvió a preguntar Quique.
     -Sí -respondió el niño.
     -¿No te contaban cuentos de pequeño? -preguntó de nuevo Quique.
     -Sí -respondió nuevamente el niño.
     -¿No te llevan de viaje con ellos? -preguntó Quique creyendo que esta vez le iba a responder que no.
     Pero el niño respondió sin más:
     -Sí.
     -¿No le hablan bien de ti a tus tíos y tus abuelos? -dijo Quique.
     -Sí, claro -respondió el niño.
     De pronto, a Quique, se le ocurrió algo que pensó que sin duda era el auténtico motivo de que su amigo pensara que no era amado y dijo:
     -¿Se preocupan poco cuando estás enfermo?
     Pero el niño solo respondió:
     -No.
     -¿Entonces, por qué dices que no te quieren? -dijo Quique, que ya creía agotadas todas las posibles razones lógicas-. Hacen lo que se hace cuando se quiere.
     -Por eso mismo -respondió el niño-, porque siempre hacen lo que se hace cuando se quiere.

martes, 2 de septiembre de 2014

Vago

A Txaro Cárdenas

     -Javi, ¿quieres tortilla de patatas para cenar? -preguntó a su hijo adolescente una madre asomándose al umbral de su habitación.
     -Mm -respondió el hijo, que leía un cómic echado sobre la cama.
     -¿Qué es mm, que sí o que no? -dijo la madre algo molesta por la desgana de su hijo para hablar.
     -Que sí... -respondió Javi sin quitar la vista del tebeo.
     -¿Has hecho ya los deberes? -preguntó entonces la madre.
     -Mm -respondió el hijo siempre con la mirada puesta en el tebeo.
     -¿Qué es mm, que sí o que no? -preguntó la madre.
     -Que no... -respondió tranquilamente el hijo.