viernes, 29 de agosto de 2014

Seis relatos sobre el desamor (VI)

A mi amada

     -¡Siempre pones la toalla donde no la encuentro, Enriqueta! Luego me dices que no sirvo para nada solo pero tú bien que lo escondes todo -el anciano buscaba la toalla en los cajones del armario con el torso desnudo y temblando de frío.
     -Eres tú, que nunca encuentras nada -dijo su esposa-. Crees que las cosas están escondidas y las tienes delante de tus narices, no sirves para nada, es lo que yo digo, nunca has servido para nada.
     -¡Toma que no! ¿Y quién se ha matado a trabajar toda la vida para que tú comieras? -dijo él.
     -¿Y yo no he trabajado y aún sigo haciéndolo que no paro en casa un segundo? -dijo Enriqueta.
     -Sí, no paras pero de ver la tele y de estar con la vecina -dijo el anciano-, ¿qué te dará la vecina para que la quieras así?
     -Más lista que tú es, me lo paso mejor con ella que contigo, tú solo tienes veneno y mal humor -dijo Enriqueta.
     -Pues vete a vivir con ella, mejor me las arreglaría -dijo el anciano con aspereza.
     -Así que fuera... -dijo Enriqueta con desdén y, al cabo de unos instantes de silencio:- ¿Pues no que la pequeña de tu sobrina Margarita me dijo el otro día que nos diéramos más cariño el uno al otro y que nos acariciáramos y nos besáramos y nos dijéramos pamplinas? Esa como no tiene decencia ninguna, nada más que está a la desvergüenza y al sexo.
     -¿Y a ella qué le importa lo que hagamos nosotros? -preguntó el anciano ásperamente abotonándose la camisa.
     -Ella es psicóloga o algo de eso... tonterías de ahora -dijo la anciana.
     -¿Psicóloga? -dijo el anciano con desprecio-. ¿Y se cree acaso que yo estoy loco?
     -Lo que yo te digo: una perra. Con lo decente que es su hermana y ella ya está con el tercero -dijo la anciana bajando la voz para dar mayor énfasis al oprobio familiar-. ¿Quieres una tortilla para el desayuno?
     -Sí pero échale sal -dijo el anciano.
     Enriqueta puso expresión de dolor y se llevó las manos a la cabeza mientras salía rumbo a la cocina diciendo:
     -¡Ay, cuánto tormento me vas a dar con la sal toda tu vida! Por una vez que no le puse sal a la tortilla...
     Cuando su esposa desapareció, el anciano se precipitó hacia el dormitorio, cerró la puerta con el pestillo y se arrodilló delante del tocador. Sacó del cajón una prenda íntima de ella y la pasó por su rostro con histriónica expresión de placer, luego la colocó sobre su cabeza y, mirándose al espejo, juntó las dos manos y comenzó a murmurar una oración con vocecita infantil. Mientras tanto, su esposa preparaba la tortilla para el desayuno y, mientras batía el huevo, escupió sobre él con una fugaz pero profunda expresión de odio en su rostro.

miércoles, 27 de agosto de 2014

Seis relatos sobre el desamor (V)

A mi amada

     El profesor de Historia del Arte lanzó un tenebroso bramido en medio del murmullo de la clase.
     -¡Silencio! -gritó con toda la fuerza de su cólera de macho dominante-. Cuando yo estoy hablando, no quiero oír una sola voz, ¿entendido?
     -Es que somos demasiado vulgares, don José -dijo cuando la clase quedó en absoluto silencio una alumna que se sentía atraída por él, impresionada por su autoridad y apostura, y que, por este motivo, quería destacarse como defensora suya-, estamos acostumbrados al ambiente de los bares y no al de los museos o los conciertos de música clásica.
     -Os decía -continuó entonces el profesor- que el Romanticismo es una exaltación de lo irracional. ¿Qué habrá más irracional y fuera de toda lógica que los sentimientos? Los sentimientos no son más que errores humanos y los románticos del siglo diecinueve los exaltaron porque estaban borrachos, borrachos de pasiones y excesos. Luego vendría el Realismo y el Naturalismo, que puso las cosas en su sitio: no hay sentimiento que no se lleve el viento cuando aprieta la necesidad. Pero, bueno, el Arte tiene que ser entretenido y, en el siglo veinte, sin dejar de ser realistas, los artistas se dedicaron a complicar la forma. Fueron los más inteligentes de todos porque, sin dejarse llevar por sentimiento alguno, engañaron la mirada de todos y los hicieron creer que veían algo nuevo cuando lo que les estaban enseñando era lo de todos los días...
     Paco, mientras escuchaba estas palabras, se estaba poniendo enfermo, faltaba poco para final de curso y aquel profesor decía que los sentimientos eran solo errores humanos. Si pensaba eso, ¿qué esperanza le quedaba a él de que le aprobara si sus heladas venas serían incapaces de experimentar piedad alguna? Seguramente, no besaría a su mujer porque era un error, ni se reiría con los chistes, ni sentiría tristeza cuando muriera un ser querido, ni se movería de la silla cuando oyera un grito desgarrado porque eran errores humanos, pensó que también era un error su renuencia a aproximarse a él y darle una enorme bofetada o pegarle una patada en la espinilla o en otra parte donde le doliera más, si no fuera tan poco inteligente como para no poder prescindir de los sentimientos, seguramente sería una de las cosas que haría, pensó. ¡Qué dueño de sí y qué lleno de autoridad se sentía su profesor! Y lo cierto era que, si todos los que estaban en clase fueran lo suficientemente inteligentes como para hacer oídos sordos a los sentimientos, estaba perdido porque, excepto a la alumna que estaba colada por él, a todos los demás les era indiferente su suerte y, si pudieran olvidarse de su corazón, seguramente lo acabarían linchando.
     Sintió una cierta desazón porque aquel hombre que era dueño de la verdad de la humanidad muy por encima del resto de sus semejantes y que tenía en sus manos poder sobre su propia vida, seguramente no sentía por él ni un asomo de simpatía y afecto. ¡Qué desilusión que no le quisiera tan empinada personalidad! Ya era mala suerte que quien le tenía en su poder y gobernaba su destino pensara que era un bobo sin remedio que no hacía más que equivocarse con todo porque escuchaba y atendía a su corazón. Le sobrevino de repente un ansia profunda de convertirse en el ser superior sin sentimientos en el que su profesor creía, añoraba su aceptación y reconocimiento, haría un esfuerzo de voluntad para ser aquello que su profesor admiraba de verdad.
     De pronto el profesor preguntó a la clase quién era Beethoven y él vio la oportunidad de exhibir su superioridad recién adquirida. Levantó la mano y dijo:
     -Fue un idiota.
     -¿Cómo que un idiota? -preguntó perplejo el profesor.
     -Sí porque no hacía más que equivocarse -respondió Paco.
     -¿En qué? -preguntó otra vez el profesor profundamente extrañado.
     -Llenó su música de sentimientos, no fue más que un idiota, los sentimientos no son inteligentes -respondió Paco.
     -¡No quiero bromas en clase! -dijo el profesor completamente fuera de sus casillas.
     A Paco, le pareció entonces que el techo se le caía encima, poco a poco se iba haciendo más remoto su aprobado.

martes, 26 de agosto de 2014

Seis relatos sobre el desamor (IV)

A Txaro Cárdenas

     -Que sí te quiero, Josefina... -dijo él con impaciencia.
     -¿Ves? Hasta te enfadas al decirlo. No es un amor verdadero, si me quisieras de verdad, me lo dirías con más cariño -dijo ella, haciendo pucheritos.
     -Ven aquí, ángel de Dios, ven que te dé un beso -dijo él, muy cansado de aquella discusión.
     -No, porque me lo quieres dar por lo que yo te he dicho y no porque de verdad te lo pida el corazón -dijo ella cruzando los brazos.
     -¿Josefina, tengo la más remota posibilidad de demostrarte de alguna manera que sí te quiero? -preguntó él irónicamente.
     Ella calló unos instantes meditativa y, al cabo de ellos, respondió:
     -Sí, si abrazaras y besaras a mi padre, me convencerías para siempre...

Seis relatos sobre el desamor (III)

A Susana Escarabajal Magaña

     Siempre se había creído especial, distinto a los demás, su forma de sentir el mundo lo alejaba de los otros, más indolentes, más insensibles, más agresivos y arrojados, mientras él soñaba con lo grande y lo extraordinario, la gente de su alrededor solo pensaba en lo inmediato y corriente, incapaz de detenerse a escucharle hablar de sus inquietudes y vagas aspiraciones porque lo consideraban meras debilidades, extraños desvaríos de idiota, insignificantes intereses de quien no sabía nada de la vida. Siempre sufrió el dolor de la soledad, solo era feliz cuando estaba dando a luz algún invento, que siempre terminaba arrinconado en el trastero porque a nadie le interesaba.
     Pero, en cierta ocasión, su descubrimiento fue verdaderamente sorprendente, conseguía que el agua cambiara de color sin la intervención de colorante ni elemento añadido alguno. Los científicos mostraron su extrañeza y se interesaron por aquel fenómeno que se hizo público y alcanzó gran celebridad. Pero al cabo de pocos meses, la ciencia emitió su veredicto final y explicó que el color se debía a la acción de una simple bacteria, el descubrimiento no solo no servía para hacer avanzar el conocimiento humano sino que además demostraba que el inventor era muy poco aseado.
     Los líderes de opinión, siempre deseosos de manifestar su mezquina vulgaridad, llenaron de festivas sátiras los medios de comunicación, colocando al inventor en el papel de hombre sucio por antonomasia. Tan doloroso le resultó este desenlace a sus esperanzadoras perspectivas, tan solo en medio del inmenso mundo se sintió al ser objeto de tan áspero escarnio que perdió el juicio y acabó sus días atormentado por la culpa en un sórdido psiquiátrico.
     Su invento quedó para siempre asociado a la historia de la alegría popular que no de la ciencia y el saber humano y, sin embargo, lo cierto era que las bacterias que teñían el agua no procedían de la suciedad de sus manos al contacto con el líquido porque lo que su invento había conseguido en realidad, y eso nadie lo supo jamás, era crear vida de la nada.

domingo, 24 de agosto de 2014

Seis relatos sobre el desamor (II)

A mi amada

     Sus amigos estaban todos en otra habitación, celebrando con risas y alegría las bromas del más divertido de ellos pero él no tenía humor para acompañarlos, estaba cansado de sentirse aislado en medio de ellos, de pasar totalmente desapercibido debido a su pertinaz silencio, a su necesidad de ocultar sus pensamientos, tan distintos a los de ellos, tan raros, tan peculiares... Su más profunda ansia era hacerles partícipes de su particularidad, descubrirles su corazón pero sus amigos no sentían interés alguno por lo que pudiera revelarles, lo había comprobado muchas veces, cada vez que había mostrado sus verdaderos sentimientos y aspiraciones, se había tropezado con el escepticismo y el desdén irónico de los otros cuando no con su cólera o su desprecio. Quizá sus amigos no le manifestaban un rechazo visceral a lo que él era pero el hecho de que su mundo interior indefectiblemente desbaratara el ambiente habitual cuando lo exhibía le persuadía de que era mejor mantenerlo oculto y resignarse a su aislamiento espiritual.
     No era capaz de renunciar a sus sentimientos y sueños, ese era el problema, los otros amigos no echaban nada en falta cuando estaban reunidos, asumían fácilmente que debían abstenerse de mostrar discrepancia alguna en la esencia de lo que estaban haciendo, lo pasaban bien sin romper las normas para mostrar su auténtico rostro, no era básico para ellos descender a las manifestaciones demasiado personales porque, en el fondo, sentían reverencia hacia lo que el consenso convertía en normalidad, la normalidad era su meta, lo más admirado por sus corazones, apenas creían en algo más alto a lo que mirar.
     Pero él, en lo más hondo de sí, sentía veneración por las cosas ignotas, por el misterio de la vida, por lo excepcional, amaba profundamente la libertad y detestaba las normas, lo más arraigado y esencial de su ser estaba enfrentado a la normalidad, básicamente, la normalidad era abominable para él porque era la fuerza contra la que luchaba.
     El rechazo de los otros le atormentaba, no podía abrirse a ningún ser humano, todos esperaban de él otra cosa distinta de lo que era, ansiaba un alma en la que volcar sus inquietudes pero no podía hallarla por parte alguna, se sentía la persona más extraña del mundo e, incluso a veces, la más odiada.
     Mientras en la otra habitación se divertían sus amigos con sus bromas intrascendentes, él se dedicó a escribir un poema. Cuando lo acabó, le pareció tan interesante que no dudó de que se lo tenía que mostrar a ellos. Había puesto en él toda la esencia de su espíritu, sus anhelos, sus convicciones, todo aquello que le hacía tan diferente a los demás. Si conseguía que lo aplaudieran, habría, de manera simbólica, alcanzado el triunfo que tanto añoraba, la aceptación de su peculiaridad por los otros, habría conseguido un hueco en el mundo para él, dejaría de sentirse tan desoladoramente solo, el poema le parecía tan bueno que no dudaba de que lo iba a lograr, de modo que entró en la otra habitación con el folio en el que lo había escrito en la mano y, alzando la voz, dijo:
     -Escuchadme un momento. He escrito un poema y os lo voy a leer.
     Los otros, callados de pronto, aguardaron a que empezara. Él carraspeó y, a continuación, leyó esto:

No hay nada tan arcano 
como el alma de un amigo, 
ni nada tan remoto 
como lo que tenemos delante. 

     Cuando acabó de leer estos cuatro versos, sus compañeros de piso siguieron mudos.
     -¿Ya está? -preguntó entonces uno de ellos.
     -Sí... -respondió él sin más.
     -No lo he entendido -dijo otro de los amigos.
     -Yo tampoco -dijo un tercero-, suena muy raro. 
     -Explícalo, anda... -dijo alguien y los demás manifestaron el mismo deseo.
     Él, con el corazón encogido de tristeza y profundamente decepcionado, respondió:
     -Es igual, si lo explico deja de tener gracia -y desapareció de nuevo tras la puerta cerrándola con suavidad.

sábado, 23 de agosto de 2014

Seis relatos sobre el desamor (I)

A mi amada

     El niño estaba asomado a la puerta de casa y tirando de la falda a su madre porque quería que ella le tomara en brazos, tenía dos años y se sentía triste aquel atardecer de otoño. Su madre, en lugar de prestarle atención a él, estaba entregada a una cháchara compulsiva con la vecina, muy satisfecha de que coincidiera con ella en su desprecio hacia otra de las inquilinas del bloque. El niño estaba comenzando a sentir una desesperante soledad porque su madre no le atendía, su madre era el ser más esencial de su vida, necesitaba cerciorarse de que ella le amaba, aquella tarde era imprescindible porque su corazón se sentía frágil y lleno de zozobra, si ella le demostraba afecto, se calmaría su espíritu porque su sufrimiento habría encontrado un pecho que de verdad quisiera combatirlo pero su madre parecía querer más a su vecina, que era muy alta y sabía muchas más cosas que él. En un momento de impaciencia, tiró mucho más violentamente de lo que lo había hecho hasta entonces de la falda de su madre aumentando el volumen de sus gemidos y ella, apartando la vista de su vecina y volviéndola hacia él exclamó:
     -¡Ay, niño, qué hartazgo, cuándo te callarás, esta tarde no hay quién te aguante! ¡Vete para adentro o habrá leña!
     Y siguió hablando con la vecina. El niño estalló en una enorme llantera logrando una piedad cargada de urbanidad de la otra mujer, que le hizo agacharse y pellizcarle los mofletes mientras le decía:
     -¡No llores, nenito, no llores, que eres muy guapo!
     -Me tiene la cabeza loca todo el día -dijo su madre-, es más cansino y tozudo que su padre. Ya te daré yo para el pelo, ya...
     El niño sintió entonces cerrado el camino de la esperanza, su madre no se compadecía de su dolor, estaba condenado a sufrirlo eternamente, era el castigo que ella le imponía en la vida. Otro día de otoño, siendo ya muy anciano, presintió la muerte y, aunque estaba pegado a la calefacción, le pareció que un viento polar le atravesaba las entrañas.

jueves, 21 de agosto de 2014

Aprender

A mi amada

     Una vez vestido y arreglado para el primer día de colegio, el niño se sintió, de pronto, acometido de un poderoso impulso de faltar a su deber y se lo confesó a su padre.
     -Nene, tienes que ir para aprender a ser un hombre -dijo su padre tajantemente.
     Pero el niño, que veía en peligro su estimadísima libertad, con toda la fuerza de su corta edad, exclamó:
     -¡Te he dicho que no!
     Por la mente de su padre, pasó apenas durante unas milésimas de segundo la imagen de su propia fragilidad, de ese anhelo de libertad que tanto esfuerzo le costaba superar para poder cumplir con las expectativas de los demás, se le representó todo lo que había perdido pero no lamentaba eso, lamentaba que la parte de su corazón contra la que luchaba estuviera cargada de razón y que su sacrificio fuera absurdo y sintió un horror profundo, horror a perder la fe en los prejuicios que lo mantenían en su prisión de cristal, si dejaba de creer, estaba perdido, dejaría de tener voluntad para levantarse cada mañana y hacer aquel trabajo tan detestable al que le obligaba la sociedad, dejaría de tener los privilegios que obtenía de su banco, de sus amigos, de sus vecinos, de su esposa, el miedo paralizó su mente, necesitaba liberarlo o sucumbiría a él y, si sucumbía, de seguro que sus temores se volverían reales y acabaría en la calle, envuelto en harapos, sin valor para nadie, de pronto, cuando más profundo fue su miedo, vislumbró la farsa que había detrás de todo, se le valoraba y quería a cambio de no ser él mismo, de ser el que quería la sociedad, no se le quería a él, nunca se le había querido, su miedo se hizo inmenso, sentía que estaba perdiendo toda su fuerza de voluntad, que su corazón le estaba persuadiendo con su insidia, empezaba a dudar de la importancia del afecto de la sociedad y a anhelar con ansia la libertad... sí, la más absoluta libertad, el gozo de ser uno mismo... estaba acorralado, el miedo estaba empezando a apoderarse de su consciencia, si lo hacía, su vida tendría que cambiar, había que liberar ese miedo costara lo que costara o conseguiría su terrible propósito...
     Su hijo cayó en una llorera imposible de aplacar, el bofetón había sido tan fuerte que casi lo derriba.
     -¡A un padre no se le grita! -exclamó él con furia tras su acto de violencia agitando por encima de la nariz del niño un dedo índice recto como la columna de un templo.

domingo, 17 de agosto de 2014

Ya están aquí

A mi amada

     -¡Marcelo, pon la tele! ¡He oído en la radio que han llegado los extraterrestres!
     -¿Y para qué quieres verlo en la tele, mujer? ¿No te fías de la radio?
     -Marcelo, que han venido los extraterrestres y tú estás tan tranquilo tomando whisky... ¿Se puede saber por qué no estás subiéndote por las paredes? ¡Vamos a morir todos! ¡Es el fin de la Humanidad!
     -¿Y qué mal le ves a eso si eres tú la que siempre le está metiendo prisas a todo el mundo?
     -Marcelo, no te conozco, tú, que eres el hombre más cobarde del mundo ¿no le tienes miedo a los extraterrestres? Seguro que son horribles y que comen hombres, como Alien. ¡Soy muy joven, no me quiero morir aún, Dios mío, Dios mío...!
     -Siempre te ha dado envidia la vecina porque es más joven y más feliz que tú, ahora ella pierde más, alégrate...
     -¡Marcelo, te voy a arrancar las orejas! Estás dormido, no reaccionas, los extraterrestres han llegado y nos van a matar a todos, levanta tu culo del sofá y tírate por la ventana, es lo menos que puedes hacer... El mundo se ha llenado de horror, no es posible que lo asumas con esa tranquilidad de Juan lanas... ¡Suicídate, tírate al vacío!
     -Teresa, si me tiro al vacío, te quedas sin chófer y tú eres incapaz de sacarte el permiso de conducir, recuerda el dispendio que hicimos cuando lo intentaste.
     -Marcelo, no es posible que seas tú... ¡Eres un anticuerpo! ¡Has suplantado a mi auténtico marido!
     -¿Sin siquiera cambiar de marca de whisky? No digas tonterías...
     Teresa cayó derrumbada en el sofá y empezó a hacerse aire con una revista.
     -Marcelo, te juro que esta vez no estoy exagerando, vienen los marcianos, lo he oído en la radio, están en el patio de la Casa Blanca.
     -Pues cualquiera diría que los tienes a todos en el estómago.

jueves, 14 de agosto de 2014

Juguetes

A Marina Gracia 

     A Pedro, sus padres le daban todo lo que quería pero con el desapego que se muestra a un mueble. Cuando creció y, tras encontrar empleo, contó con unos ingresos holgados, comenzó a derrochar su dinero comprando cosas que luego tiraba, adquiridas, a veces, simplemente para satisfacer su curiosidad. Se casó con una mujer pero quien realmente le gustaba era él mismo o, hablando con más rigor, eso era lo que él creía porque lo que, en realidad, adoraba de sí mismo era lo que tenía de más ajeno. Sus coquetos tatuajes le producían tanto orgullo que los exhibía con jactancia de ritual erótico y hacía tener a su esposa la humillante sensación de que, en su matrimonio, no era su propia belleza la que tenía prioridad en el corazón de su marido. Compraba compulsivamente por el mero hecho de que tenía dinero para comprar y sentía por todo lo que adquiría el afecto tibio de quien solo tiene razones para amarse a sí mismo. La civilización había avanzado con un esfuerzo y sacrificio infinito para que él tirara a la basura o arrinconara sus más distinguidos logros.
     Con el tiempo, su mujer perdió todo interés por él habida cuenta del poco que le despertaba ella. Sus amigos también se cansaron de su jactancia hueca y dejaron de prestarle atención, como hacía él con sus cachivaches. Él, en su más escondido interior, se daba cuenta de que su vida estaba desembocando justo en el destino del que más huía. Su vanagloria intentaba convencer a los demás de su valor para que lo apreciaran más intensamente de lo que lo habían hecho sus padres pero los otros se sentían menospreciados por él y el amor desaparecía como una bocanada de humo. Sus padres habían creído que lo estaban tratando con un infinito afecto cuando le compraban incluso el objeto más innecesario pero aquella conducta solo le había dejado la impresión de que sus sentimientos tenían la equivalencia para sus padres de un impersonal regalo cuando, en el fondo de su ser, no habría deseado sino una expresión de ternura, que le convenciera de que era realmente valioso para sus corazones.
     Su desolación llegó al límite aquel día que, tras decirle a su esposa con un tono insinuante y afectado te amo mientras exhibía histrionicamente su torso tatuado con un águila de espectaculares alas, ella respondió:
     -Ya lo he hecho con un consolador.

miércoles, 13 de agosto de 2014

Tristeza

A mi amada

     Su alma se nutría de asombro e ilusión, tenía hambre de misterio, deseaba el contacto con lo sublime pero ¿qué había de todo eso en su tediosa existencia de agricultor? Sus padres no quisieron que estudiara, creían que el trabajo en el campo era una profesión suficientemente buena para él. Él no protestó pero echó de menos para siempre los fascinantes conocimientos que creía que se encerraban en los libros. Se enamoraba fácilmente pero sus padres no querían que saliera a divertirse, pensaban que, si lo hacía, se volvería un vividor y un mal hombre y no les protegería cuando fueran ancianos, de manera que llegó a su edad madura sin poder expresar la ternura que escondía su corazón. Su espíritu impresionable soñaba con la gloria, quería hacer algo sorprendente que llenara de admiración a todo el mundo pero se hizo muy mayor sin que hubiera hecho otra cosa en su vida que trabajar la tierra durante larguísimas jornadas que le llenaban de tedio, insatisfacción y ansiedad. Tuvo amigos de adolescente pero nunca más los volvió a tener, cuando salía los fines de semana, era para acompañar a sus padres a sus propias visitas. Su única posibilidad de encontrarse con sus propios sentimientos era hablar consigo mismo en la soledad de su dormitorio mientras aguardaba el sueño. Veía cómo se hacía viejo sin que su vida le hubiera dado satisfacción alguna, contemplaba la muerte futura como uno más de aquellos estruendosos y ineludibles cierres de la puerta de la calle con que se acababa el día en su casa, el más terrible de todos, el que evitaba para siempre jamás la huida del tedio que tanto anhelaba en su frustrante vida. Cuidando duramente a sus padres a la hora de sus muertes, pasó el tiempo que le restaba hasta su vejez. Una vez que murieron, compró un libro con mucha ilusión porque ansiaba descubrir esos mundos nuevos que le habían estado vetados toda su vida pero, cuando lo abrió, comprobó que no entendía casi nada de lo que decía y que se le cansaba mucho la vista al leer. Murió un año después. Los vecinos tranquilizaban su curiosidad asegurando que había muerto porque no sabía cuidarse pues eran sus padres quienes se habían encargado de hacerlo toda su vida pero su corazón se había parado en realidad por la infinita tristeza que había acabado por albergar.

sábado, 2 de agosto de 2014

Diez relatos brevísimos sobre el Paraíso (X)

A mi amada

     Quiso escribir una gran novela relatando la historia del Paraíso y se le ocurrió pedir consejo sobre cómo hacerla. Un amigo que era sacerdote le dijo que presentara a un Dios de resplandeciente bondad y a Adán y Eva desvergonzados e indolentes porque, si no, nadie entendería por qué acaba Dios haciéndolos trabajar para Él. Otro amigo, político de derechas, le sugirió que hiciera que, en el Paraíso, Adán y Eva fueran libres de coger lo que les diera la real gana de cualquier parte que fuera pero que estuvieran tan alelados que no cogieran más que higos chumbos, que era lo que convenía al Creador. Fue a preguntarle a un socialista y, muy interesado en su proyecto, le sugirió pedir una subvención para viajar a las Seychelles y documentarse bien sobre lo que era un Paraíso mientras se tomaba unas buenas vacaciones y, en cuanto al argumento, le dijo encareciéndoselo mucho que pintara a un Dios parlamentario y a un Adán y Eva liberados sexualmente y preocupados por el medio ambiente y por la infancia.
     Todas estas opiniones le sumieron en más dudas de las que tenía, no sospechaba que un cuento que apenas tenía dos páginas en la Biblia diera pie a tanta fantasía. Finalmente fue a preguntarle a su novia, que era muy inteligente y muy  poco amiga de cualquier clase de prejuicios y crueldades y ella le dijo:
     -Quítales personajes al Paraíso. Dios no pinta nada ahí, lo estropea todo más bien. Quita también a la serpiente, las serpientes me dan un asco tremendo, no las veo yo en un paraíso. Para que haya un paraíso basta que haya dos, por mucho que ahora parezca que, sin fútbol y marcas de cerveza, es imposible vivir. Y que no expulsen a Adán y Eva al final, lo que está bien no tiene por qué cambiar y que se llenen de hijos que se lleven muy bien y disfruten mucho de la vida y del amor. Eso sí que sería una fábula edificante.

Diez relatos brevísimos sobre el Paraíso (IX)

A mi amada

     La primera vez que se enamoró, no estuvo atento más que a la forma de lo que le pasaba. Se sentía congestionado, sin apetito, cargado de abulia y tristeza. Creyó que estaba profundamente enfermo y a punto de morir. Fue al médico y le dijo que no tenía nada grave, tan solo un poco altas las transaminasas. Se sintió más aliviado y se propuso no volver a mirar más a aquella chica porque era un camino hacia la enfermedad.
     La segunda vez, se enamoró con más valor e inteligencia, miró más allá de la forma y las explicaciones, olvidó sus congestiones y rubores, sus inapetencias y su tristeza, olvidó lo más aparente del aspecto de ella, olvidó que ella no era el tipo de persona con el que tenía posibilidades de relacionarse, olvidó que era invierno, que hacía un frío horroroso todos los días, que había una crisis económica, que estaba en paro, que su chaqueta más nueva tenía un agujero... cuanto le importaba era verla aparecer en el parque de repente y esperar a que se aproximara a su banco y escuchar su dulce voz diciéndole hola y perder la cuenta del tiempo que transcurría a su lado, que pasaba casi sin que se dijeran nada porque ella traía un libro y se dedicaba a leerlo. No había, juzgando con lucidez, nada excepcional en su vida pero le bastaba que aquella mujer escuchara una frase que dejara ver con discreto disimulo su secreta pasión para que el mundo se convirtiera para él en el más pleno de los paraísos.

viernes, 1 de agosto de 2014

Diez relatos brevísimos sobre el Paraíso (VIII)

A mi amada

     Dios se acercó a Adán y, con tono irritado y rabioso, le dijo:
     -Adán, eres un perezoso redomado. Te he creado los animales, te he creado las plantas, te he creado a tu compañera y tú tienes a más de media creación sin ponerle nombres. ¡Se puede saber a qué esperas, tuercebotas! ¿De modo que yo me molesto en crearte el Paraíso y tú no tienes gana ni de crear el lenguaje? Te voy a arrear fuerte, Adán, que no me haces caso...
     Pero Adán le respondió:
     -Disculpas, Señor, te explicaré lo que me sucede: tus creaciones son bellas en su forma y te felicito por lo idóneo de los rasgos que has dado a cada cosa pero hay en ellas algo infinitamente más bello que lo debido a tu talento y es el hecho de que son reales y existen. Las cosas que más conmueven mi corazón, vuelven torpe mi lengua y es incapaz de nombrarlas porque, cuando las contemplo, no puedo percibir los detalles de su forma, tan solo sé que son tan bellas que hacen rebosar mi alma de gozo, no alcanzo a comprender de forma plena lo que son, solo sé que soy feliz porque existen. Solo cuando una cosa deja de fascinarme, le pongo un nombre, así que cada nuevo nombre que pongo está haciendo más estrecho el Paraíso, de ahí mi tardanza.

Diez relatos brevísimos sobre el Paraíso (VII)

A mi amada

     Quiso saber a qué sabía el fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal; fue a la nevera y dio un mordisco a la primera manzana que encontró. Se preguntó qué había de malo en desobedecer y comer de un árbol prohibido y concluyó que, en sí mismo, nada porque las órdenes pueden ser malas o buenas indiferentemente y obedecerlas no es necesariamente bueno. A continuación, mordió otra vez y reflexionó sobre el mal que había en la desnudez y se dijo que ninguno en absoluto, excepto para los hipócritas inconscientes. Tras otro mordisco, siguió su pensamiento abordando la maldad de la serpiente y convino que dar a los hombres el conocimiento de los dioses era un bien absoluto y que, en cambio, lo que había hecho Dios con los hombres después de la caída juzgando con su propia manzana no eran más que un conjunto de soberanas maldades. El resultado de sus reflexiones fue que la manzana de Adán y Eva estaba completamente podrida y despojada de todas sus propiedades porque, de otra manera, su felicidad se habría incrementado pues solo quien sabe en su corazón que obra bien es plenamente dichoso.

Diez relatos brevísimos sobre el Paraíso (VI)

A mi amada

     -No hay que abusar del placer -dijo un hombre a su amigo en una terraza de un bar-; los paraísos te alejan de la realidad y te hacen prisionero suyo.
     -No estoy de acuerdo -respondió el amigo-, lo que ocurre es que, en el Paraíso, la hierba está para regalar la mirada y tú te la fumas.