jueves, 31 de julio de 2014

Diez relatos brevísimos sobre el Paraíso (V)

A mi amada

     Un muchacho se enamoró y fue correspondido y tan feliz se sintió que lo que había vivido hasta aquel momento le pareció un purgatorio mientras que lo que estaba viviendo ahora le parecía el Paraíso, tan literalmente lo creyó que temió ser expulsado como en el mito bíblico y, muy preocupado, preguntó a su abuelo si el amor se iba agotando con el tiempo sin ninguna excepción. Su abuelo le respondió:
     -Los hombres que quieren con los ojos se cansan de querer porque lo que agrada se vuelve invisible después de mucho mirarlo pero los que quieren con el corazón no dejan de querer nunca porque el corazón ve todo lo que no puede verse.
     El muchacho se alegró mucho de lo que oyó y se propuso aguzar la mirada de su corazón para el momento en que le empezara a hacer falta.

Diez relatos brevísimos sobre el Paraíso (IV)

A mi amada

     Un experimentador hablaba con el director del psiquiátrico en el que había realizado sus experimentos.
     -Lo más sorprendente con lo que me he encontrado ha sido en el experimento de la habitación completamente a oscuras -decía-. Uno de los enfermos me ha dicho que esa habitación era el Infierno mientras que otro, que ha tenido exactamente la misma experiencia, me ha dicho que era el Paraíso, no sé a qué atribuirlo, la verdad, me resulta altamente enigmático.
     -¿Me puede decir sus nombres? -preguntó el director.
     El experimentador consultó sus papeles y se los dijo. El director sonrió entonces y dijo:
     -Tiene mucha lógica. El que pensó que era el Infierno tiene mucho miedo y el que pensó que era el Paraíso está muy enamorado.

Diez relatos brevísimos sobre el Paraíso (III)

A mi amada

     Se dedicó en su juventud a acumular conocimientos y a descubrir los límites del universo. Su mente era tan prodigiosa que acabó sabiendo casi todo lo que se puede saber. En lo que respecta a los seres humanos, sus rudimentos sobre Anatomía, Medicina, Antropología, Sociología, Psicología, Lingüística, Historia y cuantas otras disciplinas estudiaban a la especie eran tan extensos que, en algunas ocasiones, emulaban el saber de medianamente buenos especialistas en estas disciplinas. Sin embargo, estos conocimientos le habían hecho tan infeliz que hubiera querido olvidarlos. El saber le hacía ver el mundo con ojos desencantados y aburridos, ya nada le podía sorprender de cuanto le salía al encuentro en la vida, todo tenía una explicación banal, obvia, prosaica y mezquina.
     Pero, sin darse cuenta pese a su espíritu controlador, se enamoró de una mujer y lo que su amor le hizo descubrir de pronto no solo era nuevo para él sino que carecía de toda explicación a su alcance, todos sus estudios sobre el ser humano le resultaban inútiles para describirse a sí mismo qué le estaba pasando por dentro, era como si todo el saber que había estado adquiriendo fuera sobre otro mundo porque, de pronto, en el suyo, todo lo que había aprendido había dejado de tener relevancia alguna. La Tierra había dejado de ser el tercer planeta del sistema solar, ahora era, simplemente, el Paraíso.

miércoles, 30 de julio de 2014

Diez relatos brevísimos sobre el Paraíso (II)

A mi amada

    Su novia Eva era una chica rarita y, cuando se ponía a reflexionar concienzudamente sobre ella, caía en la perplejidad porque no conseguía acabar de entenderla. Para aclarar un poco sus ideas, consultó con varios amigos y ellos lo sumergieron todavía más en la duda porque, juzgando por los datos que él les daba, concluían que no le convenía. Preocupadísimo, acabó por hablarlo con su hermano y su padre y ellos, con absoluta rotundidad, le advirtieron que su decisión más acertada sería dejar a Eva porque las cosas que les contaba sobre ella no eran coherentes, lógicas ni razonables.
     Finalmente, muy agobiado, consultó a su madre y ella, después de oír la detallada descripción que hizo de la chica y de todo lo que le habían dicho de ella los demás acompañada de sus signos de angustia, le preguntó por qué estaba tan ansioso. Él respondió que porque la amaba y no quería tener que abandonarla. Ella le preguntó que por qué razón la iba a tener que abandonar. Él respondió que lo tendría que hacer en el caso de que no fuera sensato seguir con ella. Su madre le preguntó entonces qué había de sensato en amar a una persona. Él enmudeció porque no le encontraba utilidad ni lógica alguna al amor. Su madre le preguntó igualmente qué había de sensato en vivir, en divertirse, en ser feliz, en nacer, en echar una carrera, en subirse a un árbol. Él siguió mudo. Ella le pidió que, sin darle muchas vueltas a la cabeza, le dijera qué era lo que más placer le producía en la vida. Él respondió sin más:
     -Pasear de la mano con Eva.
     -¡Pues cásate con ella, bobo! -exclamó su madre entonces.

Diez relatos brevísimos sobre el Paraíso (I)

A mi amada

     Tenía ideas muy precisas acerca de cómo era la felicidad y su frustración porque la realidad nunca tomaba esa forma pese a sus extenuantes esfuerzos lo sumía en un perenne tormento. Un domingo negro sintió deseos de hacer volar el mundo entero por los aires, tanta angustia sintió que el lunes decidió renunciar a todo y dejar que toda su vida se perdiera sin hacer nada para evitarlo, de modo que, el martes, ya era un habitante del Paraíso.

lunes, 28 de julio de 2014

Diez relatos brevísimos sobre la causa de la felicidad (X)

A mi amada

     Enrique tenía un hermano dos minutos mayor que él. Ese hermano no creía poder ser feliz más que con la posesión y disfrute de lo tangible, mensurable y lógico y, a pesar de todo lo que había logrado acaparar, se sentía insatisfecho porque había cosas más grandes y altas a las que aspirar en el mundo.
     En cambio, para Enrique, la felicidad estaba en el deseo mismo. Él nunca sentía insatisfacción, no había límites para su felicidad porque no lo hay para los deseos. Incluso el Universo entero en su infinita inmensidad podía ser suyo solo por desearlo, solo por sentir la belleza que manaba de su realidad.
     Su hermano no era feliz hasta que tenía lo que quería pero él era feliz con solo soñarlo. Su hermano destruía todo lo que le daba la felicidad pero él iluminaba todo su alrededor con el brillo de su desmedida esperanza. Su hermano no amó demasiado ni hizo grandes cosas pero él vio su corazón desbordado de ternura por otro ser humano y sembró el placer dondequiera que su espíritu se hizo sentir.

Diez relatos brevísimos sobre la causa de la felicidad (IX)

A Mari Carmen Sánchez

     -El día más feliz de mi vida -decía ampulosamente un hombre charlando con su vecino en casa de este- fue cuando conseguí terminar la carrera de ingeniería, me costó mucho pero, en ese momento, supe lo que era la felicidad.
     -Pues mi día más feliz fue cuando me robaron los cien euros que llevaba en la cartera -contestó el vecino.
     -¿Y qué tiene eso de feliz? -preguntó el ingeniero desconcertado.
     -Nada pero ese día le cociné a mi mujer jugando unas galletitas y nos reímos muchísimo mientras nos las comíamos.

Diez relatos brevísimos sobre la causa de la felicidad (VIII)

A Rosi Lorente Verdú

     El albañil cubrió el lado de un ladrillo con una capa de hormigón y, mientras lo pegaba al muro que construía dándole golpecitos con el mango del palustre, decía:
     -Pues sí... ya te digo... la felicidad tiene un límite... del todo no se puede ser feliz...
     Un silencio absoluto volvió a hacerse porque al albañil ya no se le ocurría nada más y su compañero meditaba sobre lo que acababa de oír sin decir tampoco nada. De pronto, el compañero, que ya había reflexionado lo suficiente, atreviéndose a expresar su conclusión, contestó lanzando al precipicio su cigarrillo apurado hasta la boquilla:
     -Sí que es cierto, tiene un límite para que cuadre bien porque, si se pasa, no hay manera de manejarla.

Diez relatos brevísimos sobre la causa de la felicidad (VII)

A Vicente Luis Lorente

     Había un hombre sonriente en una barra de un bar y, al lado, otro hombre, que miraba a este al rostro de vez en cuando con aire melancólico. De pronto, el hombre melancólico, saliendo del silencio en el que había estado hasta entonces, le dijo al sonriente:
     -Oye, ¿tú eres feliz?
     -Sí, por supuesto -respondió el sonriente.
     -Pues yo, por más que busco la felicidad, no la puedo encontrar -dijo el melancólico.
     -¿Y cómo la buscas? -preguntó el sonriente.
     -Mirando por todas partes -respondió el melancólico.
     -Mal hecho -dijo el sonriente-, donde tienes que mirar es solo a tu corazón.

Diez relatos brevísimos sobre la causa de la felicidad (VI)

A Javi Pozuelo Belmonte

     Sesudos científicos, entre los que se encontraban varios premios Nobel, se reunieron en un simposium internacional para ponerse de acuerdo sobre qué necesitaban los seres humanos para alcanzar la felicidad y hubo tanta controversia que no se llegó a una conclusión definitiva por lo que tuvieron que admitir que era una materia de extraordinaria dificultad aunque el hijo del portero del edificio donde se celebró el simposium, que tenía tres años y no paraba de jugar con su camión de juguete escondido en la portería, parecía superar a aquellos sabios en sus conocimientos sobre el tema.

Diez relatos brevísimos sobre la causa de la felicidad (V)

A Antonia Belmonte Martínez

     -Ahora que empezaba a ser feliz, me dice el médico que me quedan seis meses de vida -dijo un anciano a otro en un banco de un parque-. ¿No te jode la coincidencia?
     -Hombre de Dios -dijo el otro-, tú siempre has sido feliz pero es ahora que tienes que morirte cuando te has dado cuenta.

Diez relatos brevísimos sobre la causa de la felicidad (IV)

A Conchi Lorente

     No era exactamente su idea de lo que era divertirse pero se aburría mucho e intentó adentrarse en el mundo del bricolaje. Fue a una tienda y pidió un presupuesto sobre los enseres básicos de un buen carpintero. Cuando le dijeron la cifra total, meditó unos segundos y dijo que no le interesaba, su sentido de la lógica le advertía de que la felicidad no podía costar tanto dinero.

Diez relatos brevísimos sobre la causa de la felicidad (III)

A José Miguel Gracia

     -He hecho una lista de mis motivos de tristeza y he llegado a los ciento veintisiete... -dijo un hombre a su mujer.
     -Enhorabuena por el récord pero mi consejo es que cambies de deporte -respondió ella.

Diez relatos brevísimos sobre la causa de la felicidad (II)

A Marina Gracia

     Siempre estaba insatisfecho, buscando un camino para escapar a la frustración y encontrar la felicidad pero un día se preguntó cuál era la razón profunda de que nunca fuera feliz y la razón que encontró fue él mismo.

Diez relatos brevísimos sobre la causa de la felicidad (I)

A mi amada

     Descolgó el teléfono y escuchó la voz de su amigo de toda la vida:
     -Me quiero suicidar -oyó que decía.
     -¡Ahí va! ¿Y por qué carajo? -dijo él incrédulo.
     -Porque no tengo ganas de vivir -respondió el amigo.
     -¡Pues feliz tú, que has perdido el miedo a morirte! Te has quitado de encima lo peor de la vida -respondió tranquilamente él.

domingo, 27 de julio de 2014

Seis relatos sobre el tedio (VI)

A mi amada

     Toda su vida le había costado sudores infinitos salir del aburrimiento. Sus esfuerzos por encontrarle alicientes a la existencia habían llegado hasta a la práctica del puenting o incluso a grabarse en internet recibiendo un golpe con un bate de béisbol y, aún así, no conseguía liberarse del todo de su demoledor hastío vital. Pero conoció a una chica, se enamoró casi sin darse cuenta y, desde entonces, estuviera donde estuviera e hiciera lo que hiciera, solo tenía que traer a su espíritu la memoria de los labios, la voz o la mirada de aquella muchacha para que todo su tedio desapareciera y se sintiera dueño absoluto del tiempo y de la vida.

sábado, 26 de julio de 2014

Seis relatos sobre el tedio (V)

A mi amada

     Javi estaba con su madre en casa de una vecina esperando que llegara su padre porque habían perdido la llave de casa y no podían entrar. La vecina, que era anciana, relataba a su madre, sin ahorrarle los más insignificantes detalles, incluyendo nombres de médicos y enfermeros, la historia de la enfermedad que acabó con la vida de su difunto marido cuando Javi, interrumpiendo a la mujer, dijo quejumbroso:
     -Mamá, me aburro...
     -¡Ay, Javi, qué poca consideración tienes, no piensas más que en divertirte! -dijo su madre enfadada.
     Y el niño, que exageraba mucho cuando quería conseguir algo, respondió:
     -Si no me divierto, me muero.

viernes, 25 de julio de 2014

Seis relatos sobre el tedio (IV)

A mi amada

     Sus estudios en la universidad le daban la impresión de estar sujetando insectos con el brazo de una excavadora pero, con sus amigos, sucedía al revés: más allá de lo tangible, corriente y obvio, no parecía existir nada para ellos. ¡Cuánto añoraba su espíritu escapar hacia la tierra de lo imprevisible, de lo no limitado, de la libertad más absoluta e incondicionada, allá donde su esencia de ser humano no sufriera mutilaciones metodológicas o de usos sociales, al reino de lo sublime y de la felicidad sin trabas!
     ¿Pero dónde se hallaba esa tierra si solo la vislumbraba mientras sentía la emoción que le producía una pieza musical o una obra literaria? Fatigaba las librerías buscando libros que le trasladaran a tan anhelado lugar porque no cualquier obra valía pero, después de más de media hora de escrutinio, volvía a casa con volúmenes cuya lectura acababa decepcionando a su corazón.
     Cada vez se sentía más aburrido, más asfixiado, más encerrado en la prisión del mundo, al mirar al cielo en la noche, podía contemplar las estrellas más altas y remotas pero él se hallaba como dentro de la cueva más estrecha y mezquina porque cuanto el Universo contenía lo creía despojado de misterio, tan evidente y familiar que creía su existencia estancada en su estadio final.
     Sentía una honda aversión contra las convenciones; no se atrevía a saludar porque cuando el buenos días o el hola salía de su boca o el adiós o hasta la vista, sentía la repugnancia de haber hecho algo sucio, acaso robar propiedades de la tumba de un muerto de hacía siglos; cuanto hacían los otros le parecía un hurto semejante, todo estaba gastado, trillado, erosionado por el uso constante y repetido, nadie parecía dispuesto a ser otra cosa que lo que se había convenido fuera de toda controversia que había que ser. Pese a que las manos tocaban y los ojos veían todo aquello con lo que se convivía, todo estaba fuera de la realidad, nada era auténtico, el rostro de los otros era una máscara repetida hasta el infinito, complacida de sí misma y al servicio de los intereses egoístas.
     Estaba desesperado, al borde de la locura, el tedio que experimentaba era tan profundo que, al llegar la noche e introducirse en su dormitorio, era incapaz de meterse en la cama hasta muchas horas después porque no tenía la sensación de haber vivido lo suficiente aquel día y dormir en esas condiciones le parecía como ceder a la muerte sin lucha alguna. Apenas había conocido el respeto de los otros en su vida, no tenía fe en sí mismo, no creía estar en condiciones de encontrar lo que buscaba por su cuenta.
     Pero, al llegar un nuevo curso, se incorporó a su clase una muchacha cuya sola hermosura era suficiente para borrarle todo el tedio que arrastraba. Desviar su mirada del profesor y dirigirlo hacia su rostro durante las clases era un placer que colmaba sus días y, si ella hacía lo mismo y sus miradas chocaban, el placer y la satisfacción se agrandaban hasta el delirio. Ya no se aburría porque sus ojos podían contemplar una imagen que daba pleno gozo a su corazón, no la limitaban las restricciones y márgenes que la necesidad confiere a las cosas, su apariencia encerraba la totalidad de la belleza como la de una rosa recién abierta que se ofrenda a la mirada sin propósito alguno, por puro capricho, en una pura manifestación de libertad y voluntad de ser.
     Algunos de sus compañeros manifestaban convencionales muestras de atracción ante la hermosura de aquella muchacha, apenas jactanciosas y cínicas expresiones de excitación sexual. Él odiaba aquellas demostraciones de vulgar apetito carnal porque la amaba y la amaba además con un amor desembarazado de todo desprecio y suficiencia. Ese amor era ilimitado, tocaba el centro de su corazón y le confería vida y plenitud, su esencia humana dejaba de estar mutilada cuando era presa de ese sentimiento, amar a aquella chica era un imperativo de su instinto y, al mismo tiempo, un ejercicio máximo de libertad porque, detrás de él, no había interés alguno.
     Quiso unir su vida a la de ella, si lo hacía, jamás volvería a sentir tedio pero no quería acercarse a ella hablándole de la manera banal y falsa de una máscara al uso, su sentimiento era sublime, cargado de inmensidad, poderoso y esencial. Cuando se atrevió a dar el paso de hablarle, se sentía niño otra vez, inocente y puro, despojado de todos los prejuicios y silogismos que mantienen paralizado a un hombre adulto; otro muchacho habría querido fingirse maduro para impresionarla, cargado de inseguridad y cobardía, pero él se dejó llevar por lo que su corazón estaba sintiendo y, como un poeta que se deja arrastrar por la locura en sus versos, se acercó a su mesa y le dijo:
     -Me gustaría pasarme la vida entera jugando contigo en el tobogán y los columpios del parque.
     Ella sonrió, le extendió su mano y le dijo:
     -Encantada de conocerte, me llamo Silvia.

jueves, 24 de julio de 2014

Seis relatos sobre el tedio (III)

A mi amada

     Cuando escuchaba música, sentía el fastidio que se siente ante lo fatuo y ampuloso, cuando iba al campo, donde no era posible distinguir con claridad los límites de cada cosa, se agobiaba e inquietaba y, cuando estaba con otra persona, permanecía atónito y paralizado porque, fuera de su utilidad para él, no le encontraba ningún significado, salvo que supiera jugar al ajedrez. El ajedrez, para su alma refrenada por el autoritarismo de la educación que había recibido, era su única manera de luchar contra la parálisis en la vida. En el mundo real, no se atrevía a salirse de una inmovilidad temerosa y angustiada pero el ajedrez le hacía vivir casi sin él pretenderlo las emociones de una auténtica guerra, que seducía a su espíritu con los gozos de una crueldad solapada, exenta de culpa y libérrima y una rivalidad sin riesgo y prudente pero radical con la que satisfacía su orgullo egoísta y mezquino.
     El acontecer que contemplaba con más excitación en su vida no era la demostración libre y profunda de amor a otro ser humano sino el conjunto de próximos movimientos de piezas sobre el tablero de ajedrez con los que pretendía alcanzar la victoria y que anticipaba y planeaba con extremada cautela siguiendo incluso, a veces, literalmente las jugadas de los grandes maestros.
     Su habilidad le llevó muy pronto a ser reconocido internacionalmente, la gente común le idolatraba solo porque era más capaz que otros de lograr el triunfo final en lo que no era más que una batalla por matar a un rey de madera. Su corazón no despertaba más que a la vanagloria y al ansia de humillación de sus rivales. El mundo limitado, empobrecido y absolutamente fuera de la realidad en el que le sumergía su constante ocupación en el juego, que, para una persona con sentimientos vivos, habría resultado tedioso y hasta desesperante, para él era un paisaje familiar donde hallaba el placer y sosiego que no encontraba en el resto de las cosas del mundo.
     Pero la naturaleza humana es versátil solo hasta cierto punto y la frialdad y el letargo de su corazón no podían ser prolongados indefinidamente ni aumentados hasta el infinito, de modo que un día, su hastiado cerebro, cansado de tanta abstracción y manifestando todo el tedio que hasta aquel momento había permanecido oculto, le hizo sentir una absurda piedad hacia el rey de su contrincante. Cada vez que pensaba que le tenía que dar jaque mate, le sobrevenía una emoción profunda y tenía que reprimir un ansia de sollozar que intentaba abrirse paso a través de su garganta. Cuando finalmente logró el triunfo, sintió tanta perturbación que él mismo se sorprendió de esa reacción y se vio a sí mismo como un desconocido, empalideció y, con el tono de un niño asustado, le preguntó a su rival:
     -¿Le habré hecho daño?
     -No, acepto las derrotas -contestó el contrincante.
     -Me refiero al rey, ¿le habré hecho sufrir al matarlo?
     El rival, creyendo que era una ironía para distender los nervios y evitar rencores, lanzó una carcajada sonora y regocijada pero él continuó con expresión totalmente seria:
     -Quizá era joven y yo lo he matado, ¿por qué no me lo has impedido?
     El rival seguía riendo pero él estaba a punto de echarse a llorar.
     -¿De qué te ríes, estúpido? -exclamó-. Tu ropa está limpia y es muy elegante pero eres un asesino, gozabas matando, te he contemplado bien, eres un verdugo cruel y despreciable.
     El rival pensó que ya se había reído lo suficiente con aquella broma, saludó discretamente y se levantó de su asiento pero él se volvió entonces hacia el público gritando presa del furor:
     -¡Sois unos asesinos cobardes! ¡Habéis venido a contemplar la muerte! ¡Sois despreciables, inmundos, indignos!
     Fue conducido a la calle sin que dejara de mostrar su cólera y acompañado a un hospital, habría querido llorar pero su interior estaba ahora frío, impasible, solo abierto a la ira que le provocaba su profunda frustración. Nunca se recuperó de su perturbación mental, nunca halló el camino hacia los otros, su educación estricta había limitado tanto su experiencia de la vida que su instinto había quedado mutilado, había enloquecido de aburrimiento porque su corazón había muerto.

martes, 22 de julio de 2014

Seis relatos sobre el tedio (II)

A mi amada

     Su padre había sido militar, su abuelo también, el que él hubiera entrado en el ejército era una cuestión de tradición familiar, en casa todo eran referencias al mundo castrense, ¿cómo no iba a caer él en la trampa en la que había caído? La patria, de pronto, tenía un enemigo, los soldados debían convencer a sus corazones de que las tropas enemigas no eran seres humanos dotados de una vida preciosa, única e irrepetible sino enemigos, algo que se situaba a medio camino entre un objeto y una pieza de caza pero sin relación con lo que era evidente: que eran seres humanos, seguían siéndolo pese a lo que la patria les obligara a hacer con ellos y asesinar hombres era lo que, en el fondo de su corazón, sentía que estaba haciendo cada día, a lo largo de aquella guerra absurda e inútil.
     El miedo y las otras emociones que sentía en el frente no evitaban que su espíritu fuera víctima del más profundo y agobiante de los tedios. Su corazón no deseaba nada de lo que estaba viviendo, su corazón se sentía marchitar, las jornadas pasaban sin sentido alguno para sus sentimientos, estaba al borde de la muerte muchas veces al día y, sin embargo, no estaba besando el rostro de su esposa, ni acariciando el pelo de sus hijos, ni contemplando el atardecer respirando una brisa suave, podría dejar la vida entre ráfagas de metralletas y humo de bombas y con su espíritu empleándose en el propósito frío y sin ningún sentido de matar seres humanos, sin poder hacer por una última vez lo que su corazón anhelaba de verdad, aquellas únicas cosas por las que había merecido la pena vivir.
     Cada partícula de su ser estaba deseosa de entregarse al amor y al placer, a la libertad y a la belleza y nada de lo que vivía ahora satisfacía esas ansias. Oculto tras el dolor que sentía por el sufrimiento de aquella guerra, se emboscaba un mar de desolación ante el hastío infinito y radical que le producía la ausencia en lo que estaba haciendo de un significado verdaderamente personal para él. A veces, se sorprendía en medio de un tiroteo soñando con cocinarle un bizcocho de chocolate a su esposa o con llevar a una granja a sus hijos para que vieran un ganso de verdad. Aprovechaba cualquier descanso para quedarse solo y hablar consigo mismo de sus inquietudes más hondas, con regodeo y sosiego, como sentado al fuego de una chimenea una noche de invierno y, apenas dos minutos después de haber visto caer abatidos a una docena de hombres, podía estar contándose lo bonito que era cierto poema que descubrió a los veintidós años o lo guapa que estaba su esposa cuando se dejaba el pelo largo.
     Habría querido toda la vida solo para hacer lo que le mandaba su corazón, olvidadas todas las obligaciones impuestas por los demás, entregarse a la locura de ser él mismo, en toda su extrañeza y peculiaridad, renunciar a la cobardía de explicarse ante los otros, ser tan diferente a todos que nadie pudiera predecir lo que iba a hacer en el minuto siguiente, no dejaría espacio para el aburrimiento, haría tan felices a su esposa y a sus hijos que creerían habitar el Paraíso terrenal.
     El reemplazo llegó al fin y él regresó a casa. Se dio de baja en el ejército, tiró a la basura la bandera del salón y todas las películas bélicas que guardaba, vendió todas sus armas, incluidas las de caza, compró libros de poemas infantiles para sus hijos intentando alejarlos lo más imposible de la tentación de seguir la profesión militar, hizo muchos bizcochos de chocolate para su esposa, crió gansos en casa, adoptó una gran araña como mascota como aquella gigantesca que presentía su espíritu en medio del frente, escribió libros de chistes, que repartía, una vez impresos, entre los amigos, leyó las obras completas de Cervantes, aprendió a hacer el pino, construyó en el jardín columpios para toda la familia, excepto el perro, que detestaba mecerse en ellos, en resumen, no dejó lugar al tedio ni en su vida ni en la de sus allegados y, aunque sus vecinos hablaban muy mal de él y tenían mucha lástima de su esposa y sus hijos porque tenían que aguantarlo, sembró tanta felicidad entre los suyos que verdaderamente se llegaron a sentir como en el Paraíso.

lunes, 21 de julio de 2014

Seis relatos sobre el tedio (I)

A mi amada

     Alberto estaba aburrido de la vida y había llegado a un punto en que no tenía fuerzas ni para moverse del sofá aunque estar en el sofá no era tampoco algo que le divirtiera en absoluto. Su mente atascada y paralizada apenas alumbraba una idea reveladora u ocurrente a lo largo del día. Su trabajo era tan maquinal que lo podía hacer con el pensamiento en blanco. Hacer amigos y conocer gente le había divertido en el pasado pero ahora lo veía como una espiral de tedio, un círculo vicioso que empezaba preguntando qué tipo de música les gustaba y acababa comprándole su moto o teniendo que cuidar de sus niños para que pudieran ir al cine. La amistad tenía para él la intensidad de un coro de ovejas satisfechas. Se preguntaba si el amor sería distinto y no lo tenía muy claro pero le costaba acercarse a una mujer porque temía quedar atado a otro ser humano del que pronto lo supiera absolutamente todo y se convirtiera en su cárcel de por vida.
     Pero un día iba tan distraído por la calle que pisó el pie de una mujer que esperaba el bus, ella chilló, él se revolvió, la miró y, en principio, le pareció muy bella, la volvió a mirar para quitarse esa impresión de la mente y le volvió a parecer hermosa, la volvió a observar y su corazón empezó a codiciarla porque no podía encontrar en su apariencia nada que decepcionara a su espíritu.
     -No ha sido para tanto, no me mire de esa manera -dijo ella con cierta perplejidad.
     Si algo tenía Alberto impreso en su carácter era la sinceridad y, usando de ella, respondió:
     -Perdone pero no lo puedo evitar porque es un placer mirarla.
     Ella, paralizada por la sorpresa, tardó en replicar pero luego dijo:
     -Muchas gracias.
     -¿Es de por aquí cerca? -preguntó Alberto.
     -Sí, vivo a dos manzanas de aquí -respondió ella.
     -Me llamo Alberto -dijo él extendiéndole su mano.
     -Yo, Lola -dijo ella recibiéndosela.
     Alberto no tenía un chalet con vistas a la playa pero aquel rostro ansiaba que fuera un paisaje habitual en su vida porque veía en él los rasgos del bien y la ternura, le dolía que ella montara apenas dentro de unos instantes en el bus y perder de vista para siempre algo tan bello como aquella cara y aquella figura, de modo que, apremiado por su hondo deseo, hizo un esfuerzo mental profundo por encontrar la manera de prolongar aquella relación que tan próxima estaba a su final natural y tanto anhelaba que ella se incorporara a su vida que su cerebro, tan tardo como era, supo alumbrar con insólita celeridad la idea que necesitaba.
     -¿A qué parte de la ciudad va? -preguntó arteramente.
     -A la calle Perales -respondió ella.
     -¡Qué coincidencia! Allá voy yo también -dijo él, aunque la realidad era que, hasta aquel momento, no tenía intención de coger bus alguno. Seguro que aquella mujer estaba casada o con un novio millonario, pensó, pero no le importaba, aunque solo consiguiera de ella una mera amistad, valía la pena porque tener la compañía y el afecto de una mujer tan guapa le proporcionaría emociones al menos y haciendo los cálculos más pesimistas durante un año completo. Llegaría tarde al trabajo pero la idea que acababa de usar era la del millón de dólares.
     Montó con ella en el bus y se sentó a su lado. Le preguntó dónde vivía y si era casada, ella era soltera y vivía muy cerca de su propia casa, las señas se le grabaron en la mente tan indeleblemente como si las hubiera marcado a fuego. Su pensamiento daba señales de animación inaudita porque pronto, pese a su parálisis habitual, se le ocurrieron infinidad de ideas que compartir con aquella mujer, que parecía un auténtico estimulante cerebral. Le habló a grandes rasgos de su soledad, de su amor por Beethoven, de su pasión por los clásicos de la literatura y ella respondió declarándole su devoción por la amistad, su afición a la poesía, su adoración del teatro y el buen cine.
     -Ya hemos llegado -dijo ella sonriendo cuando el bus paró en las proximidades de la calle Perales.
     -¡Ah, es verdad! -dijo él, que no hubiera querido que el viaje terminara nunca.
     Una vez apeados del bus, la reanimada mente de Alberto le dio recursos para terminar de asegurar la prolongación de aquella relación.
     -Me encanta la obra de Calderón que están representando estos días, ¿te apetecería ir conmigo a verla? -dijo en el momento de la despedida.
     -La verdad, no, ya la he visto hace unas semanas -respondió ella.
     Alberto, que creía que se iba a quedar en blanco, dijo de pronto iluminado por una chispa de genialidad como fiera acosada que se revuelve y vence:
     -Voy a escribir un poema para ti, necesito un día para escribirlo y cenar contigo pasado mañana para recitártelo.
     A ella le pareció una idea simpática y respondió sonriendo:
     -Un poema bien vale una cena. Sea pues.
     No escribió un poema sino diez o doce, había ganado tanta animación interior desde que entró en su corazón la belleza de Lola que se sentía capaz de mover el mundo entero él solo. Cuando pensaba en ella, no hallaba un límite en el que detenerse para volver al punto de partida, en su interior enamorado, le parecía infinita, inmensa, ni siquiera el más exuberante y remoto de los planetas sería una fuente más inagotable de asombro y admiración para él.
     La noche de la cena, le mostró todos sus poemas, a ella la emocionaron y un vínculo para toda la vida se cimentó entre ellos desde aquel momento. Alberto consiguió el año de emociones previsto y, pese a su pesimismo, las emociones continuaron mientras vivió pues aquella mujer era tan extensa como el mismo Universo y era imposible cansarse de ella.

sábado, 19 de julio de 2014

Seis relatos sobre la tristeza (VI)

A mi amada

     José Manuel, cuando era un niño, solía experimentar las mismas emociones que su hermano gemelo y, curiosamente, aquella mañana de sábado, ya con treinta y cinco años, ambos se encontraban profundamente tristes y desanimados sin que hubiera una razón para ello. Su hermano se quedó en la cama pero él se levantó y desayunó porque tenía que pintar las paredes de su cochera; cuando acabó de pintarlas, se sentía algo mejor pero aún no del todo y fue a su salón a escuchar una música triste que le sirviera de consuelo; mientras la escuchaba, sentía su espíritu elevarse y reconciliarse consigo mismo llenándose de vida y comenzó a encontrarse más animado; a continuación, buscó un libro de poemas de Luis Rafael García Lorente en su biblioteca y leyó más de una docena, los poemas le dejaron buen sabor de boca, se sentía más humano, más él mismo, era como si hubiera cumplido con lo que su corazón quería de él y, lleno de alegría, salió a la calle y fue a un parque a contemplar los árboles y la vegetación y a escuchar los pájaros con placidez. Estaba ya un cuarto de hora sentado en un banco cuando apareció una mujer muy atractiva y se sentó a su lado.
     -¡Qué buen día hace! ¿Verdad? -dijo la mujer.
     -Muy bueno, sí, se siente uno como con más ganas de vivir -dijo él mintiendo un poco sobre su estado de ánimo, que aún no era tan bueno como deseaba .
     -La primavera es mi estación favorita aunque el otoño tampoco está mal -dijo ella.
     -Y la mía también, la primavera es la estación de la vida, todo lo bueno del mundo tiene que ver con ella -dijo él.
     -Nunca había pensado en ello, es curioso -dijo ella.
     -Bueno, tampoco lo he meditado mucho, ha sido una licencia poética -dijo él.
     -¿Le gusta a usted la Poesía? -dijo ella.
     -Mucho -respondió él.
     -¿Ha leído a Luis Rafael García Lorente? -preguntó ella-. Quizá no sea del gusto de cualquier paladar pero a mí me encanta.
     -¡Es mi favorito! -respondió él con alegría-. Me lo paso bomba con él, llevo ya doce libros suyos leídos y no pienso parar hasta que los lea todos aunque me vuelva viejo leyéndole. Transmite esperanza, alegría, confianza en la vida...
     -¡Cuánto me alegro de encontrarme con alguien que piensa como yo! -dijo ella-. En mi caso, son treinta los libros que le he leído y también me haré vieja leyéndole aunque no me importa porque será con gusto.
     La conversación continuó durante muchos minutos, ella era una mujer casada y con hijos, lo que entristeció algo a José Manuel porque le hubiera gustado tener algo serio con aquella belleza pero, cuando se despidieron y ella le dio dos besos en las mejillas mostrándole un afecto tan espontáneo como puro, se dijo que la Humanidad era hermosa, inocente y digna de amor y, mientras ella se marchaba quizá para no volver a encontrarse jamás con él, la alegría rebosaba en su pecho y se sentía tan libre y tan bien consigo mismo que fue a un bar a tomarse una cerveza con unas aceitunas y un poco de jamón y queso.
     Una vez en el bar, apareció una chica que le pareció todavía más hermosa que la mujer del parque; se sentó en una de las mesas y comenzó a escribir algo en un cuaderno; él, con la excusa de satisfacer su curiosidad, se sentó con ella para preguntarle lo que estaba haciendo.
     -¿Qué escribes, una novela? -le preguntó.
     -No, son notas sobre la situación de una familia de este vecindario, trabajo para una ONG -respondió ella.
     -¡Qué interesante! -dijo él-. ¿Eres de esta zona?
     -No -respondió ella-. Vivo en la calle Doctor Álvarez.
     -¿En serio? -dijo él alegremente-. Ahí es donde vive mi hermano gemelo.
     -¡Qué coincidencia! No es una calle muy poblada, es extraño que no lo haya visto nunca -dijo ella.
     -Si quieres, te lo presento, vive en el quinto A del número cinco -dijo él.
     -Yo vivo en el número seis, más coincidencias... -dijo ella.
     -Quizá seas mi alma gemela y por eso vives al lado de mi hermano gemelo -flirteó él.
     -O a lo mejor soy el alma gemela de tu hermano, nunca se sabe -flirteó ella.
     Tan bien se cayeron que se prometieron amistad para toda la vida en aquel mismo bar y además, al salir, fueron, como había sugerido él, a la casa de su hermano para presentárselo a ella. Eran ya las cinco de la tarde avanzadas cuando llegaron al quinto A del número cinco de la calle Doctor Álvarez pero su hermano les abrió la puerta en pijama y con una expresión triste e inquieta.
     Una vez presentados y sentados en el salón, le preguntó José Manuel a su hermano por qué estaba tan serio.
     -Creo que voy a coger una depresión -respondió él-. Cuando me he despertado, me encontraba muy triste, sin saber por qué y he tenido que seguir metido en la cama todo el día.
     -Lo mismo he sentido yo al levantarme pero he ido al encuentro de la alegría y, después de mucho rodar, estoy como nunca -dijo José Manuel.
     -Pues yo no he hecho absolutamente nada -dijo su hermano- y eso me deprime más todavía porque estoy perdiendo el fin de semana. Me ha encantado conocerte -dijo dirigiéndose a la chica-, espero volver a hablar contigo pero hoy estoy muy triste, discúlpame pero me he de acostar otra vez, no tengo ánimos para aguantar levantado.
     José Manuel y la chica fueron a continuación a la casa de ella y tan bien se encontraban juntos que ni siquiera se acordaban de lo tarde que era, quedaron para ir al cine al día siguiente y José Manuel tuvo por seguro que aquella mujer tan hermosa iba a convertirse en su novia. Llegó a casa a las diez de la noche, tan eufórico como nunca lo había estado y, al llegar a la cama, ya ni se acordaba de la tristeza con que se había levantado.

viernes, 18 de julio de 2014

Seis relatos sobre la tristeza (V)

A mi amada

     El profeta estaba sentado en una piedra con la cabeza inclinada sobre el pecho y emitiendo sonoros sollozos. Un labriego pasó por allí y, al verle llorando solo en medio de la llanura, se sintió intrigado y le preguntó venciendo sus recelos:
     -Buen señor, ¿necesitas alguna cosa?
     El profeta redobló sus sollozos, levantó sus manos al cielo y respondió:
     -Fieles para mi fe, eso es lo que necesito, estoy solo, nadie quiere escuchar mi mensaje de salvación, me tiran tomates y rábanos en las plazas, las mujeres me cogen de los pelos, los niños me pegan patadas, uno me abrió la cabeza -y señalando a su frente añadió:- mira, aún se me nota mucho la herida ¿verdad?
     El labriego miró, asintió con la cabeza y dijo:
     -¿Y qué mensaje es ese?
     -¿Cómo que qué mensaje es ese? -dijo el profeta hinchando su pecho y, a continuación, alzando al cielo su índice, dijo con tono profundamente enérgico:- El poder del que todo lo sabe y está en todas partes, Él es mi báculo y mi guía, Él hace que mis pasos no yerren, Él conforta mi corazón... ¡Sea alabado y ensalzado por los siglos de los siglos!
     -¿De quién hablas? -preguntó el labriego.
     El profeta se impacientaba con la ignorancia del labriego.
     -¡Del que nos está mirando armado de su poder infinito! -gritó exasperado.
     El labriego miró a todos lados y dijo:
     -Yo no veo a nadie mirándonos.
     -¡Claro, hombre simple, porque no puede verse, si se viera, creerían en Él incluso los incrédulos! -gritó el profeta.
     -¿Y qué falta hace creer en él? -preguntó el labriego.
     -Quien cree en Él tiene vida eterna y goza de los placeres más extremados -dijo el profeta.
     -Muy grande es el premio, yo creo -dijo resueltamente el labriego.
     -En ese caso, renuncia a todos los goces del mundo y mortifícate hasta el día de tu muerte para servirle a Él porque el premio solo lo recibirás una vez muerto -dijo el profeta.
     El labriego, al que no acomodaba mucho aquel trato, respondió:
     -Buen señor, pensándolo mejor, me parece que no voy a creer en tu mirón, solo me trae complicaciones.
     Al profeta le empezaron a caer gruesas lágrimas y se sumió de nuevo en el llanto. El labriego, apiadado de él, le dijo entonces:
     -No entiendo por qué te empeñas en que los demás tengamos fe en una historia tan difícil de creer. ¿Por qué no te reservas para ti solo el premio de tu mirón? Cuantos menos sean los premiados mayor será tu parte.
     El profeta envuelto en tiernos sollozos respondió:
     -¡Es que, solo cuando los demás crean, creeré yo!

jueves, 17 de julio de 2014

Seis relatos sobre la tristeza (IV)

A mi amada

     Hugo estaba triste, todo lo que usaba lo tenía que compartir con su hermano gemelo: la habitación, la cama, los libros, la ropa... Añoraba ser propietario exclusivo e indiscutible de algo, no se sentiría importante hasta que fuera dueño de verdad de una cosa. Tener algo entero solo para él era lo que creía que le faltaba para lograr la plena dignidad y, sin la plena dignidad, no se encontraba a sus anchas. De modo que le dijo a su madre que quería una cosa para él solo porque ya era mayor. Su madre pensó mucho en lo que Hugo le pedía y, después de tanto reflexionar, se acercó a él, le acarició el pelo, le dio un beso muy tierno y le dijo:
     -Este beso es la cosa que querías, es para ti solo, guárdalo con mucho cuidado aunque tengo que darte muchos más.

miércoles, 16 de julio de 2014

Seis relatos sobre la tristeza (III)

A Marina Gracia García

     El enfermero de la prisión, mientras vendaba la herida, le decía:
     -Está un poco perturbado, quizá tengan incluso que trasladarlo a un psiquiátrico. No es normal que use esa violencia con quien no le ha hecho nada.
     Cuando terminó de vendarle la mano, le dijo dándole palmaditas en el hombro:
     -Me preocuparía que te volvieras a acercar a él, quiero tu bien porque eres un preso modelo, hazme caso, en el patio, procura estar lejos de él para que no te vuelva a herir, no se te ocurra decirle nada nunca, eres una buena persona y tienes que seguir así. Si es él quien se acerca a ti, huye de él, aunque piensen todos que eres un cobarde, tienes que cuidar de tu persona, es lo principal...
     El funcionario que tenía que conducirlo a su celda, también le puso la mano en el hombro y le dijo con tono cariñoso:
     -¿Vamos, majo?
     Al pasar junto a una habitación cuya puerta estaba abierta, un funcionario que había en su interior le saludó con mucha simpatía pero él respondió sin expresividad alguna.
     -Es muy majo -le aseguró este funcionario a otro hombre que había a su lado cuando el preso ya había salido de su campo de visión.
     Caminando entre las celdas, recibía los saludos y parabienes de los presidiarios y los vigilantes y él contestaba por vergüenza y sentido del decoro aunque su auténtico deseo habría sido no decir nada, avanzar en silencio, sin mirar a nadie. La existencia en prisión le estaba destruyendo por dentro, vivía atormentado, añoraba la libertad, el aliento de vida que se sentía cuando nadie vigilaba, nadie ordenaba, nadie pedía, nadie protegía, nadie generaba culpa y podía hacer lo que el consenso y la autoridad no consideraban correcto pero que él sabía que era su bien porque formaba parte de su instinto. Cada día se sentía más triste, más derrumbado, más deprimido, más hastiado y desesperado. Los otros pensaban que era su bondad lo que le volvía tan apocado y obediente pero, detrás de tanta sumisión, no había otra cosa que desolación y desesperanza. Su corazón se había apagado en aquel mundo donde no había posibilidad de recorrer los caminos de la emoción.
     Entró en la celda. Su compañero no dijo nada pero, al cabo de un rato, al verle tan triste y silencioso, le consoló:
     -Ánimo, hombre, que no son más que unos años...
     Él se pasó las manos por la cara resoplando de sufrimiento y respondió:
     -Me asfixio... igual que con mi madre.

martes, 15 de julio de 2014

Seis relatos sobre la tristeza (II)

A José Miguel Gracia García

     Aquella Nochebuena nadie le había invitado a cenar, casi lo prefería, de ese modo, ya no tenía que formarse falsas expectativas sobre el afecto de los demás que acababan siempre en amargas decepciones. Mientras entretenía su boca bebiendo cava sin mucha moderación, el centro de su mente lo ocupaba entero ese gran motivo de sufrimiento de toda su existencia: su dolorosa incapacidad para inspirar amor a sus semejantes.
     Sus padres le habían querido y sus hermanos y también tenía el afecto de sus numerosos amigos pero nunca el corazón de los otros se había abierto a él de una manera tan plena e inequívoca que le hiciera sentir que significaba realmente algo importante para ellos. Cuando buscaba la ternura, le respondían con desesperante tibieza, cuando esperaba reconocimiento y admiración, solo obtenía indolencia y desdén; ni siquiera conseguía todo el respeto que necesitaba su orgullo puesto que, con frecuencia, se sentía objeto de desprecio y, mientras castigaba en sí mismo ese desprecio y esa soledad intoxicándose con el cava aquella noche de tristes símbolos, pensaba que la vida era una estafa y que los otros eran, sin excepción, crueles impostores y timadores.
     Sentía la muerte con la desolación de quien la ha de arrostrar sin poder aseverar que ha vivido alguna vez, no dejaría una verdadera huella de felicidad en nadie y se iría tan oscuramente como si nunca hubiera nacido. El mundo se le representaba como un escenario sombrío para él, despojado de todo placer y carente de brillo y sentido. Sentía un hondo hastío, una insoportable desesperación y salió a la calle. Caminó por la ciudad envuelta en las luces nocturnas sin detenerse en ningún lugar. Los rostros que veía eran ajenos a él, sonreían, mostraban animación, incluso ironía pero él era como un habitante de otro planeta en el que la felicidad no existía ni era posible. Siempre había sido así, los otros viviendo en su planeta lleno de luz y alegría y él en otro distinto y lejano, mucho más sombrío y profundo, sin posibilidad alguna de comunicación con aquel.
     En ese momento, notó cómo invadía su corazón el regusto agridulce de una vieja añoranza. Deseaba para su vida una historia de amor llena de belleza, una historia digna de una novela, de las que se recuerdan a través de los siglos pero vivir algo así no estaba a su alcance. Temía acercarse a las mujeres, sentía un irreprimible pudor, no podía soportar que nadie dedujera de su conducta el más mínimo interés sexual, la obviedad con que se manifestaba todo lo relacionado con el mundo de la sexualidad despertaba su aversión y, además, la tiranía con que el sexo dominaba e implicaba a los seres humanos le inquietaba porque apreciaba mucho su libertad. Su mente escarmentada sospechaba, por añadidura, que cualquier mujer vería en él más un objeto al que usar que alguien al que amar de la forma más auténtica, plena y satisfactoria para él por lo que encontrar pareja podría no tener otra consecuencia que prolongar y hacer más profunda su frustración.
     Entró en una calle de las afueras donde había solares sin edificar, no se veía nadie excepto una figura a lo lejos que se acercaba caminando, la débil luz de las farolas le permitió advertir que era una mujer joven y hermosa. El deseo de amor le hirió y anheló el valor necesario para parar a aquella mujer cuando llegara ante él, no importaba lo absurdo que eso fuera, y hablarle de ternura, allí mismo, en la calle, titiritando de frío bajo el abrigo, sin conocerla de nada, quizá ella tuviera un alma como la suya, deseosa de afecto e inocencia, generosa y grande, quizá ella fuera la única persona del mundo que le podía querer de verdad, su espíritu estaba desinhibido por el efecto del alcohol pero lo suficientemente sobrio como para saber lo que hacía.
     Cuando la mujer se aproximó, vio su rostro claramente y su belleza lo conmovió, ella le miró entre indiferente y curiosa mientras caminaba con apresuramiento, ella pensaba que jamás iba a volver a ver a aquel hombre y que lo perdería de vista para siempre tras pasar por su lado, él, en cambio, añoraba que aquella mujer no volviera a irse jamás de su vida, lo que había visto en su cara no le dejaba dudar de que ella era la persona que podía desterrar de su vida la soledad. Los habitantes del otro planeta, en su lugar, habrían pedido fuego o la hora o habrían hablado del tiempo para detenerla pero su planeta era profundo y apremiante, su planeta necesitaba todo el espacio para la verdad de modo que, cuando ella estaba a un metro de él, le dijo:
     -Me alumbras por dentro...
     Ella, que no oyó bien, se paró y preguntó:
     -¿Cómo dice?
     -Me alumbras por dentro -repitió él-, eres tan bella que has prendido mi corazón como una antorcha, la luz de tu cara es la de las mañanas de mi infancia, ábreme tu alma y jamás dejaré de amarte.
     Los habitantes del otro planeta habrían reído como ante un piropo o habrían seguido caminando tomándolo por un loco pero ella también era de un planeta profundo y lleno de verdad y respondió:
     -Caballero, mi alma ya está abierta, esperando su amor.

lunes, 14 de julio de 2014

Seis relatos sobre la tristeza (I)

A mi amada

     Unos amigos de los padres de Héctor habían llegado y él quiso exhibirse ante ellos con una sesión de imitaciones de animales. Quiso ser presentado por su madre y se plantó delante de ella sin decir nada. Ella, al verle allí incordiando, aunque sabía lo que quería, le dijo:
     -No empieces a hacer el tonto, vete a entretenerte con tus juguetes...
     Tan honda desilusión sintió al verse menospreciado de aquella manera que fue en dirección al vestíbulo, donde solía jugar y pasar largos ratos, embargado por la más sombría de las tristezas. Si su madre tenía tan mal concepto de sus impulsos más espontáneos y alegres, pensaba su mente infantil, era sin duda porque no lo quería y, si quería evitarles su presencia a sus amigos, significaba que era un estorbo para la gente, una molestia, alguien que nadie acogía ni aceptaba, un ser maldito sin valor para los demás.
     Su espíritu oscurecido le hacía contemplar ahora la realidad de su situación. Era alguien al margen de todos, el mundo entero estaba contra él. Su existencia estaba condenada a la soledad, nadie le quería, a nadie le interesaba, no era nada para nadie, solo él mismo creía en su valor.
     ¡Cómo ansiaba en esos momentos el reconocimiento! Anhelaba hacer algo grande de lo que se admirara todo el mundo, manifestar su fuerza ante una muchedumbre, vencer el desprecio de los otros con un golpe de habilidad. Y, al mismo tiempo, ¡cuánta culpabilidad cargaba ahora su conciencia! ¿Quién era él? ¿Qué había hecho para merecer el desprecio de sus padres y de sus amigos? Sintió que sus imitaciones y cuanto él era eran causa de sufrimiento y molestia para los otros y un remordimiento profundo le empezó a atormentar.
     Al cabo de un rato, asomó su cabecita por la puerta del salón y vio a su padre hablando de su talento para las manualidades y mostrando sus primorosas creaciones. Él pensó con despecho por qué su padre sí podía exhibirse y él no pero se propuso, en adelante, dedicar a sus padres el más riguroso respeto y las más escrupulosas atenciones para no tener que amarlos.

sábado, 12 de julio de 2014

Cinco microrrelatos de ocho palabras

1.
A mi amada

     Quería ser obedecido pero le gustaba más regañar.

2.
A Nadia Benkouider

     No le dejó ni respirar hasta que murió.

3.
A Delia Morales

     Odiaba el barro hasta en el mismo jardín.

4.
A Mavi Gómez

     -¡Oh, qué extraño es esto!
     -Es un espejo.

5.
A Sursusana Susana

     Quiso reglamentar la libertad e inventó las cárceles.

viernes, 11 de julio de 2014

Quince microrrelatos de siete palabras

1.
A mi amada

     -Te.. amo...
     -Repítemelo, Alfredo.
     -¡Que tengo almorranas!

2.
A Bea Magaña

     -¿Me crees guapa?
     -No, soy muy incrédulo.

3.
A Cleopatra Smith

     Su novia era estanquera y él tosía.

4.
A Sarai Zurita

     -Bésame, amor mío.
     -¿Y para qué carajo?

5.
A Eya Jlassi

     Eran felices y se deshicieron del televisor.

6.
A Marcela Robles

     Era hincha; su novia se sentía pelota.

7.
A Yen Aguilar

     -¡Redúcete el escote!
     -¡Redúcete tú tus celos!

8.
A Rosa Morel

     Buscaba mujer como quien busca el descorchador.

9.
A Isabel Cosin

     -¡No tienes corazón!
     -Muy exigente te veo.

10.
A Juana María Díaz

     -Demuéstrame tu amor.
     -Te compraré una fregona.

11.
A Laura Martínez Alcaraz

     La quería hasta cierto límite, era científico.

12.
A Silvia Fernández

     Se amaban tanto que no precisaban aparentarlo.

13.
A mí

     -¿Qué te gusta de mí?
     -Tus gafas.

14.
A Teresa Moral Carpio

     Se creía insignificante y conquistó una princesa.

15.
A María Jesús Alaez Couceiro

     Ella costaba una fortuna: un corazón entero.  

jueves, 10 de julio de 2014

Diez microrrelatos de diez palabras

1.
A mi amada

     Los venusinos le revelaron profusos saberes... pero no su inexistencia.

2.
A Susana Magaña

     Los extraterrestres han llegado, Felisa... calentitos y en su punto.

3.
A Gladis Leonor Ataide

     -¡Hemos saltado a otro universo!
     -¿Ah, sí? ¡Menudas zancas tenemos!

4.
A Pamela Torres

     Se creyó víctima de los marcianos: el whisky sabía diferente.

5.
A Elisa Mar de Sosa

     Cuando aterrizó la astronave, solo quedaba vivo el piloto automático.

6.
A Nora Delgado

     -Nosotros vamos a Marte este fin de semana.
     -¡Qué lujazo!

7.
A Txaro Cárdenas

     -El planeta tiene vida.
     -¿Inteligente?
     -No. Están envueltos en guerras.

8.
A Isabel Cánovas

     -¡He visto un marciano! ¡Es horrible!
     -Tranquilo, ya tienes novia.

9.
A Beatriz Troitiño

     Pensaba en la soledad del Universo abriéndose paso entre apreturas.

10.
A Maria Farres Cio

     Abandonó a su mujer en la Luna, le faltaba oxígeno.

miércoles, 9 de julio de 2014

Seis relatos sobre el respeto (VI)

A mi amada

     -¿Quién es Francisco Franco? -preguntó el maestro a un niño al que pidió que se pusiera en pie.
     -Francisco Franco es el Jefe del Estado, caudillo de España, por la gracia de Dios, que salvó a la patria del comunismo -contestó mecánicamente el niño.
     -Bien -dijo el maestro-, te puedes sentar -luego, alzando la voz, llamó a otro niño:- Antonio Gómez... -y, a continuación, le preguntó:- ¿qué hay que sentir por Franco?
     El niño no se había estudiado la lección y encontró muy extraño estar obligado a sentir algo puesto que él jamás se proponía sentir nada, sus sentimientos tomaban una forma que escapaba a su voluntad y llegaban en un momento que tampoco él decidía. Eran como los insectos que se iba encontrando por el campo, siempre llenos de novedad e imprevisibles. Así pues, como nada sabía de lo que le preguntaban, tan nervioso y agobiado se sentía por el temor que le inspiraba el maestro que, acudiendo a la única cosa que le venía a la mente, respondió:
     -¿Picor?
     El maestro le dio en la cabeza con la larga regla de madera y dijo:
     -¡Amor, borrico!
     El niño, al oír la respuesta, se sintió desolado porque querer a un hombre que no sabía nada de él y que, probablemente, aun sabiendo, poco se preocuparía por su vida, le pareció que le iba a ser muy difícil conseguirlo de su corazón de modo que, preso de una inmensa preocupación y casi llorando, preguntó:
     -¿Y no basta con que no lo haga sufrir?

Seis relatos sobre el respeto (V)

A mi amada

     En el mercado, frente al puesto de la carne, una señora decía a otra:
     -Tengo un hijo de cuatro años... ¡Qué trasto, madre mía! Hay que estar tirándole de los pelos cada media hora. Un hijo es... el dolor de cabeza de todos los días, chica, la que quiera problemas que sea madre -y, al ver que la otra callaba, añadió:- Mucho callas, seguro que no tienes niños.
     -Así es -respondió la otra-, yo no los tengo, yo los quiero...

martes, 8 de julio de 2014

Seis relatos sobre el respeto (IV)

A mi amada

     Jorge era un hombre honesto, se comportaba bien con sus vecinos, procuraba evitar el más mínimo sufrimiento a los demás y, cuando lo hacía, sentía él mismo un dolor muy semejante al que causaba, era muy bien considerado entre toda la gente que le conocía, cuanto recibía de los demás eran muestras de escrupuloso respeto. Tuvo un problema de salud y se volvió gangoso. En cierta ocasión, cuando hacía poco que había empezado a ser gangoso, en una reunión de vecinos del bloque, se discutía la necesidad de contratar a una limpiadora para que limpiara las escaleras.
     -Estoy de acuerdo -dijo Jorge.
     Pero la gente que estaba reunida se rió sin que él supiera el motivo. Al fin, pensó que esa pequeña falta de respeto a su persona se debía a que los demás esperaban que se implicara más en el bienestar de la comunidad y, entonces, dijo:
     -Conozco una persona que podría hacer ese trabajo.
     Pero los demás volvieron a reír. Él creyó que debía aumentar el grado de su sacrificio por los otros puesto que le volvían a faltar al respeto.
     -Yo mismo iré a buscarla, no se preocupen.
     Sin embargo las risitas volvieron a sonar produciéndole seria preocupación por lo que se vio en la necesidad de añadir:
     -Haré lo posible porque no nos cobre mucho.
     Los reunidos volvieron a reír. Jorge estaba realmente avergonzado, no sabía ya qué de malo estaba diciendo ni haciendo pero se sentía como si se estuviera comportando de una manera irresponsable. Por eso, creyendo que no había sido completamente correcto con los asistentes, dijo:
     -Lo mejor es que decidamos ahora entre todos el salario, así no habrá sorpresas.
     Ante su perplejidad, sus vecinos rieron nuevamente y él, viendo desbordada su capacidad de comprensión, no tuvo más remedio que preguntar a qué se debían aquellas risas y dijo:
     -Yo no soy hombre amigo de la vanagloria pero creo que no soy ni tonto ni un caradura, lo que he dicho no creo que sea tan malo como para que se rían ustedes de mí, si ustedes opinan de otra manera, les agradecería que me explicaran por qué.
     Entonces, el presidente de la comunidad le dijo entre risas:
     -No, hombre, no es que haya dicho nada malo, es que nos hace mucha gracia la forma de decirlo que tiene.
     -Pues tienen ustedes un modo de celebrarlo que ofende mucho -dijo Jorge con enojo.

lunes, 7 de julio de 2014

Seis relatos sobre el respeto (III)

A mi amada

     En una guerra hecha para abaratar el petroleo, un soldado enemigo fue capturado y conducido a un campo de concentración. Los guardias de aquel lugar eran, como casi todos los soldados de aquel ejército, seres desquiciados, con sus sentimientos reprimidos por una sociedad hipócrita que imponía una forma de sentir uniformada y banal, ansiosos de liberar su tensión causando sufrimiento a la menor ocasión en que fuera mínimamente lícito hacerlo, llenos de espíritu racista debido a la mentalidad estrecha, elitista y jerárquica de su cultura, seres que despreciaban por sistema todo lo que era diferente a ellos.
     El soldado llegó alegre al campo de concentración, pensaba que para él, la guerra había terminado, había temido por su vida pero ya no correría peligro. Quiso ir a las letrinas y fue acompañado a ellas; cuando estaba haciendo sus necesidades, dos soldados entraron dentro y le apremiaron a ingerir la inmundicia de la que su cuerpo se había despojado, él se resistió y le golpearon con sus botas insistentemente y sin piedad alguna hasta que lograron que obedeciera su humillante mandato.
     Al día siguiente, le condujeron a una sala junto a otro prisionero y les dijeron que se desnudaran. Una vez que obedecieron ambos, les obligaron a besarse y a bailar pegados. El prisionero volvió a su celda llorando de humillación; el escolta le empujó golpeándolo en la espalda con la culata del fusil y cerró la puerta.
     El prisionero se sentía peor que si fuera a morir, en aquel lugar, su instinto y su deseo habían dejado de contar. Pesadas cadenas sujetas a sus pies entorpecían sus pasos pero pasó toda la noche caminando de una pared a la otra, inquieto por lo que pudiera suceder al día siguiente.
     Muy avanzada ya la tarde, lo llevaron a la misma sala del día anterior. Alguien le puso el cañón de una pistola en la sien. Su mente se preparó para morir, recordó a su esposa el primer día que la vio, musitó su nombre en voz alta y dijo que la amaba, su espíritu estaba tan tenso que paradójicamente se sentía flotar, el gatillo fue apretado pero el arma no se disparó y sonó una risotada. Aquella risa volvía ridículo un acto supremo de despedida de la vida, tan trascendental y profundo sentimiento había pasado por su alma solo para divertir a un ser depravado y frívolo, sin corazón ni dignidad.
     Lo volvieron a llevar a la celda, se sentó en la litera, hizo examen de la situación en la que se encontraba, su más esencial identidad individual estaba siendo sojuzgada y tratada como si no valiera nada, pensó si lo mejor sería resignarse a no ser nada, olvidar lo que era ahora que no podía ya expresarlo y había de esconderlo en su más secreto interior pero recordó a su esposa, lo hermosa que estaba aquel primer día en que la vio e hizo del sentimiento de infinita ternura que sintió en aquella ocasión un refugio para su corazón y un instrumento para conservar viva su alma.

domingo, 6 de julio de 2014

Seis relatos sobre el respeto (II)

A mi amada

     -¿Qué hay? ¿Cómo te va? Pareces contento, se nota que eres un hombre felizmente casado -dijo ahuecando la voz Tomás cuando se cruzó con Alberto en la calle; no quería dejar de saludarlo para que no pensara que era un arrogante.
     A Alberto le pareció una afectación tremenda la expresión felizmente casado, hacía siglos que no la oía y, aún entonces, no más que en un programa plano de Radio Nacional pero contestó lleno de energía:
     -Sí, señor Tomás, felizmente casado, va para tres años y dura y dura, como las pilas alcalinas -Alberto se sintió en la obligación de dar un tono irónico y festivo a sus palabras aunque era lo último que tenía ganas de hacer, había discutido con su hermano sobre un problema del trabajo y se habían abierto en su corazón viejas heridas de las que llenan de sombra la vida porque nacen en el seno de la familia en la más tierna edad.
     Tomás rió y se forzó a sí mismo a encontrar la réplica adecuada al chiste de Alberto aunque lo cierto era que le habría gustado dar media vuelta y seguir su camino porque tan imbécil alusión le producía arcadas.
     -Mientras el conejo toque los platillos, no hay problema -dijo al fin soltando una risotada.
     -A ti también se te ve de buen humor, claro, como buen cuarentón... -dijo Alberto por no quedarse callado, aunque era lo que su humor de ese día le pedía en realidad.
     Vaya idiota, pensó Tomás, no se le ocurren más que obviedades, es el mismo de siempre, un asqueroso jactancioso. Pero, de todas maneras, respondió:
     -La vida me sonríe...
     Alberto pensó que Tomás era una persona superficial y mundana y, de ahí que fuera incapaz de sentirse nunca tan malhumorado como él estaba pero, para no perder el decoro y el respeto al que estaba obligado, se sintió en el deber de seguir bromeando y mostrando ironía.
     -Será que le haces gracia -dijo.
     -Me alegra mucho haberte visto -dijo Tomás aunque todo lo que había despertado Alberto en su espíritu era indiferencia y desapego pues tan banal cruce de palabras le dejaba frío como un témpano.
     -Lo mismo digo, un placer siempre ver a un viejo conocido -respondió Alberto, aunque el esfuerzo para fingir alegría que había hecho era todo lo contrario del placer para él.
     Ambos se separaron y continuaron su camino con la típica sensación desagradable que se tiene ante una pesada obligación que violenta sus sentimientos pero no creían haber hecho nada que no fuera correcto puesto que sentían el respeto como un deber sagrado.

Seis relatos sobre el respeto (I)

A mi amada

    El cura se había comprado unos churros para desayunar y estaba devorándolos junto con un tazón de chocolate mientras el monaguillo le barría el suelo con una gastada escoba.
     -Este mundo es un valle de lágrimas mientras tanto no llegue el Reino de los Cielos, Benjamín -decía mientras masticaba sus churros empapados en chocolate-. Debemos afligirnos por los que sufren, por los perseguidos, por los pobres y también por los ricos porque son pobres de espíritu, por todo el mundo... Ser feliz es pecado porque nuestros hermanos no lo son. Así que, ya sabes: tú haz mucha penitencia, hijo, no te canses de sufrir por el Señor, que te lo pagará con un asiento en el Cielo cuando te mueras. No hay cosa más buena en este mundo que sufrir porque cuanto más suframos aquí más bien lo pasaremos cuando nos vayamos.
     El monaguillo fue a vaciar el cenicero manejándolo tan torpemente que cayó un par de colillas y gran cantidad de ceniza en el tazón de chocolate donde el cura mojaba sus churros.
     -¡Sinvergüenza! ¡Lo has hecho a propósito porque no tienes respeto ni educación! -dijo colérico el cura-. Ahora ya no te doy propina; para que veas con quién te las estás viendo, zopenco.
     -No, don José, que ha sido sin querer -imploró el monaguillo-, no me castigue, por favor.
     -¡A callar! -gritó el cura-. ¿Sufro yo? Pues tú tampoco te libras...

viernes, 4 de julio de 2014

Seis relatos cortos sobre la debilidad (VI)

A mi amada

     Su madre había presenciado, a los tres años, la matanza de un cerdo por el que sentía un inmenso cariño.
     -¿Qué le vas a hacer? -había preguntado ella a su padre cuando vio al animal gruñendo y amarrado.
     -Matarlo para hacer con él embutido y jamones, hija -había respondido tranquilamente su padre.
     Desde entonces, ya no fue la misma, vivió para el interés y la materia. Cuando tuvo seis años, uno de los cochinillos de una camada manifestó signos de debilidad, su padre iba a matarlo y a arrojarlo a los perros pero ella le pidió que se lo diera. El cochinillo fue su preocupación diaria durante meses, lo cuidaba tan esmeradamente como si fuera su hijo, no había esfuerzo que no se tomara por él ni caricia que no le hiciera. Cuantos la observaban pensaban de ella que se había enamorado de aquel animal. Pero, cuando alcanzó su pleno desarrollo físico, lo vendió a un carnicero y se compró con el dinero una pulsera de oro.
     Quiso hacer de su hijo el baluarte de su honra. No le consentía llevar una mancha en la ropa para que no dijeran de ella que era una mujer sucia. Le educaba en la sumisión y la humildad para que la gente se hiciera cruces de lo cristiana que era su madre aunque ella tenía un talante vindicativo y áspero, poco inclinado a tolerar los agravios. Le cargó con el peso de la culpa, instándole a acatar con celo fanático las normas religiosas y a respetar con temor a la autoridad. A todo el mundo, les decía que era un niño buenísimo y de poco espíritu, que lloraba si rompía un plato porque eso engrandecía la propia naturaleza de su madre y lo que en realidad ocurría era que le había ido arrebatando poco a poco su orgullo y le había dejado incapacitado para defenderse ante el mundo.
     Cuando llegó a la adolescencia, procuró evitar que encontrara el camino hacia las mujeres impidiéndole salir solo excepto al instituto, no quería tener un hijo del que dijera la gente que había caído en el vicio de la lujuria. Él ansiaba el refugio del afecto porque se sentía insignificante y despreciado pero su madre era la última persona de la que podía conseguirlo, su voz autoritaria pocas veces adoptaba un tono de ternura y, cuando lo hacía, era tan evidente y obvio y tan poco profundo y duradero que su hijo, desencantado, comprendía que lo mejor era renunciar a sus deseos en lo que a su madre se refería.
     Poco a poco fue sintiéndose más indefenso ante los demás, temía el contacto con los otros pero su madre le afeaba su timidez y su apocamiento y le advertía que iban a pensar de él que era tonto. Ella le compraba ropa seria y triste, diferente a la que usaban todos los demás chicos porque decía que así vestía con mayor decencia. Cuando ella notó que su hijo se encontraba realmente grave, creyó conveniente llevarlo a un curandero que no logró sacarle de su desesperación e hizo más honda la sensación que tenía de ser alguien extraño, ridículo y despreciable. No se encontraba en condiciones ni de trabajar en el taller mecánico de su padre pero ella ponía el grito en el cielo porque no quería que pasara la vida holgazaneando.
     El trabajo con su padre le hacía llegar a paroxismos de ansiedad. Cuando se embadurnaba la cara de grasa, todos entendían que había llegado a una crisis y que había que esperar a que se le pasara. Su madre estaba convencida de que su hijo era un caso perdido, una vergüenza para la familia, un hombre que nunca llegaría a ser hombre y hacía planes para que viviera siempre en casa y, al menos, cuidara de ella cuando fuera anciana.
     Pero las personas viven su mala racha hasta que se encuentran con lo que su corazón va buscando y un día, de la manera más espontánea, una joven clienta del taller manifestó tal interés por el muchacho y él por ella que pareció que se conocieran de siempre. Quedaron para verse otro día pero su madre le ordenó que no acudiera a la cita porque era un hombre enfermo y no estaba en condiciones de salir solo. Él se embadurnó de grasa la cara y su madre le gritó que hiciera lo que quisiera puesto que estaba decidido a matarla a disgustos. Él acudió a la cita y volvió a encontrar la corriente de afinidad con la chica del primer día. Sintió, por primera vez en su vida, que no era despreciado, se vio libre de manchas hasta en lo más profundo de su hasta entonces atormentado interior, no ya solo en la fría superficie exterior que se contemplaba en materia de la honra. Aquella chica no solo perdonaba sus debilidades sino que parecía tomarlas por virtudes y rasgos de fortaleza. Se encontraba tan bien con ella que no se veía en la necesidad habitual de fingir no ser presa de las flaquezas; milagrosamente, cuantas irregularidades cometía eran acogidas por ella como rasgos de perfección hacia los que manifestaba su admiración.
     Cuando volvió de la cita, su madre le dio un abrazo y muchos besos diciéndole que había estado muy preocupada esperándole temiendo que le ocurriera algo malo pero él se apartó de ella como de un cuchillo carnicero y le dijo que se iba a casar.

Seis relatos cortos sobre la debilidad (V)

A Conchi Lorente

     Dos amigas del instituto estaban estudiando en el dormitorio de una de ellas, una era rubia y la otra, pelirroja teñida. La pelirroja levantó la mirada del libro y dijo de pronto a la otra:
     -¡Qué pesadez! ¿Paramos un rato y hablamos de secretitos? A ver, cuéntame, cuéntame... pero sé sincera, ¿qué chico te gusta más de la clase?
     -No sé -respondió la rubia-, quizá Quino.
     -¡Puag! Quino es un blando, pero si escribe poemas... -dijo la pelirroja-, a mí me gusta Roberto, no pestañea, pone, a veces, cara de verdugo, es capaz de intimidar a los profesores imponiéndose con su vozarrón, tiene brazos de acero... Nietzsche lo amaría, es un superhombre... un adulto, un macho...
     La pelirroja acabó sus palabras poniéndose las manos en la boca, como para reprimir su emoción o quién sabe si un jadeo precoz.
     -Pues yo lo vi una vez comiéndose un moco -dijo la rubia- y bebe el café con leche haciendo ruido al sorber.
     -Es un chico natural, con instintos salvajes, no le tengas en cuenta esas cosas -dijo la pelirroja.
     -No tan natural -dijo la rubia-, en las fiestas, danza con el traje regional y su padre es carlista.
     -Es como tienen que ser los hombres, poco amigo de los cambios -dijo la pelirroja.
     -Pues yo creo que quien es poco amigo de los cambios es un cobarde -dijo la rubia- y que lo que le da la fuerza a tu superhombre es la cantidad de basura que su familia le ha metido en el melón; tu macho adulto está grogui y muerto de miedo.

miércoles, 2 de julio de 2014

Seis relatos cortos sobre la debilidad (IV)

A Txaro Cárdenas

     Nicolás y Enrique eran compañeros del instituto y aquella noche se encontraron en la calle. Enrique se mostró sorprendido por la coincidencia y saludó a Nicolás afablemente, Nicolás, en cambio, consideraba que era de lo más normal encontrarse con un conocido en la calle y saludó con mucha indolencia.
     Caminaron juntos hacia las afueras, al lugar donde se reunían todos los chicos. Enrique miraba el cielo de vez en cuando porque le emocionaba la belleza de las estrellas.
     -Si las estrellas no existieran, soñaría con ellas -dijo al cabo de un rato-, es como si las llevara grabadas en el alma.
     -Bah, no son más que masas de helio en estado de fusión -dijo Nicolás con desdén.
     Pero Enrique veía en las estrellas un enigma mucho más profundo y un desgarro interior le llevó a decir conmovido:
     -¿Por qué estaremos aquí? ¿Qué será esto?
     -¿Dónde? ¿El qué? -preguntó perplejo Nicolás.
     -El mundo... -respondió Enrique.
     -El mundo es el mundo -dijo Nicolás-. Si no sabes eso, no sabes nada.
     -Pero lo normal sería que no existiera nada -insistió Enrique-, me da escalofríos pensar en el enigma que hay detrás de todo.
     -Pues no pienses -dijo Nicolás displicente.
     A Enrique, le acometían mil emociones de camino a la reunión con los amigos y su sensibilidad le hacía ir de estremecimiento en estremecimiento. Nicolás solo pensaba en si habría alguien que llevara tabaco y le quisiera dar un cigarrillo.
     Cuando llegaron, Enrique vio que estaba allí una de las compañeras de clase. Sintió como si le hirieran el pecho con mucha dulzura y su ánimo decayó. Se acababa de enamorar de aquella chica y se sentía tan débil que apenas podía hablar. Nicolás, en cambio, no paraba de hacer comentarios sarcásticos y de reírse, estaba de buen humor porque había tenido suerte con su deseo y podía fumarse el cigarrillo que esperaba.
     Enrique, viendo que la chica que le gustaba estaba algo apartada del resto, se sentó junto a ella sin que ella lo advirtiera y le acarició el pelo. Ella le miró y rió tímidamente. De regreso a casa, fue en su compañía, sintiendo tanta flaqueza en su interior que creía que estaba enfermo pero tan feliz que no creía que en el Paraíso lo pudiera estar más.
     Nicolás volvió con un ojo morado porque había tenido un enfrentamiento con uno de los chicos por una mera cuestión de vanidad jerárquica. Se sentía fuerte porque había logrado imponerse a su rival, no podía sentirse valioso más que cuando humillaba a los otros. Solo tenía a la fuerza como fuente de valía personal, imponerse a los otros era su motivo de felicidad y su necesidad más honda. En realidad, era un lisiado moral, dependía de los otros para saberse válido, sin el sufrimiento de los otros, no creía ser nadie.
     Enrique se sentía tan débil por dentro cuando llegó a casa que creía que se desmayaría a poco que le reprendieran sus padres pero la felicidad que llevaba era infinita y daba gracias al mundo por existir y poder vivir lo que estaba viviendo.
     Nicolás, pasada la euforia de su victoria, entró en casa lleno de tedio, insatisfecho y cargado de sufrimiento, ansiaba un motivo por el que sentirse superior a los otros, nunca era suficiente para él su demostración de fuerza, su huella de incomodidad en los otros nunca era lo suficientemente satisfactoria, por más que hiciera, nunca se liberaba de la debilidad con la que creía que cargaba su persona, que era la sensación que más detestaba en la vida.

Seis relatos cortos sobre la debilidad (III)

A Susana Magaña

     El niño se detuvo en su carrera completamente agotado. Su compañero, adelantado varios metros, se paró también y se echó a reír.
     -Eres una nena, no corres nada -se burlaba.
     El niño miró a su compañero con gesto ofendido y respondió:
     -Y tú eres una moto de gas oil con tubo de escape.

martes, 1 de julio de 2014

Seis relatos cortos sobre la debilidad (II)

A Jesús Joaquín Lorente Ruíz

     Tenía una norma que pensaba que protegía su vida: ser fuerte, escuchar siempre a la cabeza en lugar de al corazón. Por eso, cuando el corazón le pedía que estudiara periodismo o que bebiera y fumara o que se comprara un coche deportivo, él prefería obedecer a su cabeza, que le pedía abogacía, dejar todas las drogas o no gastar el dinero dispendiosamente. Suponía que el corazón le pedía caprichos dañinos y que los sentimientos eran, por naturaleza, improcedentes y peligrosamente veleidosos. Pensaba que todo lo que un corazón sano podía desear eran caprichos llenos de inconvenientes para la vida y su camino lo hacía alumbrado exclusivamente por la razón, con el asesoramiento, si acaso, de las mentes con experiencia. Nunca fue consciente de la evidencia de que las flaquezas contra las que su cabeza luchaba no eran auténticos sentimientos sino simples deseos banales que su propia inteligencia introducía en su corazón llevada por la obcecación. Estaba convencido de que dar prioridad a los sentimientos solo traía problemas y dificultades a la vida.
     A los treinta años, conoció a una mujer y creyó que se había enamorado de ella, lo pensaba porque le parecía una pareja adecuada para el matrimonio y porque codiciaba incorporarla al conjunto de sus posesiones. Estuvieron conociéndose un largo tiempo pero, de pronto, ella le confesó que le habían diagnosticado una enfermedad degenerativa e incapacitante. Él se estremeció al oír aquello y se entregó a un proceso de asimilación. Cuando se hizo una idea plena de lo que ocurría, que la mujer a la que deseaba como pareja acabaría siendo una carga para él y su muerte al cabo de los años le supondría el inconveniente de tener que buscarse otra esposa, no tuvo la menor vacilación a la hora de decidir qué voz interior escuchar. Su corazón le pedía, por un mero prurito moral, seguir con aquella mujer pero siguió a su cabeza y la abandonó.
     No sospechaba que su facilidad para sortear los impulsos emotivos mediante la fría obediencia a su entendimiento se debía a que carecía de auténtico corazón. Su corazón estaba muerto, enterrado en el fondo de un pecho endurecido y sin calor que le hacía desconocer la verdadera luz del amor. Lo que creía su fortaleza no era otra cosa que la más triste de las debilidades: la incapacidad para la ternura. Poco después de la separación, tuvo un accidente y quedó en coma, su madre tuvo que cuidar de él hasta que murió.