lunes, 30 de junio de 2014

Seis relatos cortos sobre la debilidad (I)

A mi amada

     Le sacaron en camilla a la banda, el dolor de la pierna no remitía y el árbitro, impaciente, había llamado a los camilleros. En su pensamiento, lleno de ansiedad por el esfuerzo físico y la presión del juego, todo eran inquietudes: su pierna, que le estaba doliendo demasiado, los remedios que le aplicaban, que no eran suficientes, el partido, que estaba en su peor momento y se sentía obligado a recuperarse para ayudar a su equipo, el bastardo que le había hecho aquello, que se las tenía que ver con él porque tenía unas ganas locas de escupirle o meterle un dedo en el ojo, el público, que le había abucheado en una ocasión y eso le hacía recordar una vez más que se estaba haciendo viejo para el fútbol...
     Al fin se consiguió poner en pie pero el entrenador le advirtió que iba a ser sustituido.
     -Pero, mister -dijo-, estoy en perfectas condiciones, necesito jugar, quiero ser pichichi otra vez antes de retirarme, seguro que marco gol, lo presiento...
     -Tranqui, muchacho -dijo el entrenador-, se te nota cansado, vete al vestuario y date una ducha para relajarte.
     -¡Cómo que cansado! -respondió él-. Mister, soy un hombre fuerte, aguanto lo que me echen, déjame que demuestre al público quién soy...
     El mister le miró seriamente y le respondió:
     -Haz lo que te digo, chaval.
     Hizo un gesto de protesta con el puño y obedeció. Camino a los vestuarios, iba comprobando el grado de vigor de sus músculos. Todo iba bien, era todavía jovencísimo, podía perfectamente seguir cinco años más, podía ganar un mundial, correr sin parar noventa minutos e incluso en partidos con prórroga, tenía la fuerza de un toro, demostraría a todo el mundo y al mister el primero que el hijo de su padre no se concedía jamás un instante de debilidad.
     Vio, en ese momento, una hermosa mujer aguardando algo en los pasillos y le hizo una mueca de provocación, que había aprendido a hacer en su adolescencia para impresionar a las chicas. Ella no pareció encontrar gracioso el gesto y él siguió adelante algo avergonzado.
     El tono de sus pensamientos cambió de repente. Aquella mujer le había llamado la atención por algo más que su cuerpo. Le dejó fascinado algo que no tenía relación con una vulgar cópula; la euforia y jactancia de la carne sana deseosa del gozo estaba lejos de ser lo que ella le hacía sentir y aquella manifestación había herido, en realidad, su propio corazón, en lugar de confortarlo; sentía la profunda insinceridad que escondía. Hacía tiempo que se encontraba solo, no había un instante en su vida corriente en el que no estuviera rodeado de gente, amigos y extraños, pero su secreto interior echaba en falta una hora en la que caer vencido y derrotado ante un ser que observara su debilidad sin alarmarse y acogiéndola con la ternura de una dulce madre. No se trataba de llorar o manifestar tristeza sino de distender el alma porque sentía que el alma también estaba repleta de músculos que ansiaban el descanso después de cada partido que le hacía jugar la vida. Había hecho un gesto casi procaz a una mujer en cuyo rostro había podido vislumbrar el refugio que añoraba. En sus ojos tímidos y tristes, se había reconocido a sí mismo, su inquietud ante el mundo, su miedo a que hirieran su dignidad, su anhelo de un espacio más allá de las formas y los intereses banales, un espacio para recuperar la sencillez de la infancia pero que satisficiera al mismo tiempo la avidez de quien siente que lleva siglos alejado de lo que es y de aquello para lo que es.
     Sintió un hondo deseo de hablar con aquella muchacha, de hablarle como se hablan los niños entre ellos y también de protegerla. Se sabía capaz de protegerla, no tenía más que ceder a la debilidad, mostrar lo que era más allá de los uniformes y las obligaciones. Se duchó rápidamente y se vistió con celeridad para ir a su encuentro. Pero, cuando llegó al lugar en el que la había visto, ya no estaba. Su desilusión fue inmensa. No entendía por qué motivo sucedía eso pero su corazón le decía que era ella la mujer de su vida y el reposo para su corazón. Buscó por todos los pasillos sin encontrarla. Finalmente, con cierta desesperación, preguntó a un empleado del estadio si la había visto describiéndole su aspecto.
     -Es la hija del entrenador -dijo el empleado-, está en el banquillo.
     -Pero si el entrenador no tiene hijas... -dijo él.
     -El otro entrenador -respondió el empleado.
     Hizo toda una escena de concordia y deportividad para que los que estaban en el banquillo rival le dejaran sentarse con ellos, logró sentarse al lado de la chica y, con suave ternura en el tono, le dijo:
     -Se me ha clavado una espina en el pecho...

viernes, 27 de junio de 2014

Seis relatos cortos sobre la inocencia (VI)

A mi amada

     Roberto buscaba una orientación sentimental de su amigo Paco. Le gustaba físicamente la mujer con la que salía pero la notaba algo fría y le describió con gran precisión a Paco los indicios de los que deducía semejante frialdad. Finalmente, le preguntó qué opinaba que tenía que hacer con ella. Pero Paco respondió:
     -No lo sé. Eso es asunto de tu única responsabilidad, si te gusta, sigue con ella, si te parece mal, déjala.
     -Venga, Paco, no seas así -dijo Roberto-, dime qué harías tú en mi lugar.
     -No tengo ni idea -respondió Paco-, depende de si me gustaba o no.
     -¿Pero no te puedes hacer una idea de si te gusta después de lo que te he dicho? -preguntó con tono de súplica Roberto.
     -Solo me he hecho una idea de la forma de tu amiga, lo que me deja indiferente porque el amor está más allá de la forma -respondió Paco.
     -¿Saldrías con una mujer fría? -insistió Roberto.
     -Si o no. Igual que no sé si saldría con una mujer castaña -respondió Paco.
     -No me estás sirviendo de ayuda -dijo Roberto-. Los amigos tienen la obligación moral de ayudar.
     -No te quepa duda alguna de que te estoy ayudando -dijo Paco-. Sería en el caso de que te dijera si tenías que seguir o no con tu amiga, cuando estaría cometiendo de verdad un error y faltando a mi deber de amigo.
     -¡Pero qué tozudo eres! ¿No me puedes decir qué decisión tomar? -dijo Roberto.
     -No, porque solo tú puedes saberlo -respondió Paco.
     -No me puedo creer que te niegues a hacerme un favor tan nimio. Eres inhumano, eres frío e intratable, no tienes entrañas, tu intransigencia y cerrazón me parecen asombrosas, siempre quieres imponer tu verdad, ¿cómo puedes ser tan malo conmigo? -dijo Roberto.
     -Bueno, imponer la verdad no es lo malo porque el bien solo tiene una, lo malo es imponer los sentimientos, que es lo que me estás pidiendo tú -dijo Paco.
     -Ahora, después de negarme el favor que te pido, me dirás que eres todo inocencia -dijo Roberto.
     -Sí, soy todo inocencia -dijo tranquilamente Paco.
     -¡Qué poco humilde eres! -dijo desdeñoso Roberto.
     -Si fuera humilde con mi inocencia, estaría sirviendo al mal -respondió Paco.

jueves, 26 de junio de 2014

Seis relatos cortos sobre la inocencia (V)

A mi amada

     En el colegio de agustinos de cierta ciudad, regalaban cada trimestre un crucifijo de oro para llevar al cuello al alumno que más se hubiera destacado por su bondad y buen comportamiento. Al final de sus estudios en este colegio, un niño había conseguido doce de esos crucifijos pero, avanzando el tiempo, mostró ser un hombre avaro y mezquino, que acabó siendo juzgado y condenado por apropiación indebida de fondos públicos.
     Otro niño de ese colegio ansiaba conseguir un crucifijo y hacía lo imposible por merecerlo pero nunca le dieron ninguno. De mayor, persuadió a un suicida de que no se quitara la vida pero solo lo supo su esposa porque se lo contó tres meses después y sin darle la menor importancia.

miércoles, 25 de junio de 2014

Seis relatos cortos sobre la inocencia (IV)

A J. Yeramia Dominicus

     Solo tenía cinco años cuando pudo entregarse al placer de acariciar el cuerpo desnudo de una niña de su edad, también ella le tocaba a él y la sensación gozosa que sentía con cuantas cosas estaban haciendo juntos entremezcladas de desbordante fantasía y afecto de amigos sobre las sábanas de su cama era un descubrimiento tan extraordinario y dulce para él que nada le hacía creer que hubiera nada de malo en ello. Pero fueron descubiertos por su madre, quien, para avergonzarlos con especial virulencia, les dijo que el diablo estaba acostado con ellos y disfrutando de sus cuerpos. En ese momento, apareció su padre y le dijo que nunca más iba a entrar ninguna amiga en su habitación ni en el resto de la casa y que tenía razón su madre, que el diablo les estaba tocando los cuerpos y riéndose de ellos.
     Él, que poco antes se sentía inmerso en una experiencia de paz absoluta, de pronto, se vio metido en un escarnio diabólico que perturbaba su conciencia hondamente y, en medio de la vergüenza y la culpa más profundas, comprendió que la más dulce de las experiencias de su corazón había sido, en realidad, un error de consecuencias terribles. ¿Cómo iba a predecir él que tan placentera sensación merecía un odio, una alarma y un castigo tan desmesurados de sus padres e incluso la amenaza de condenación al infierno?
     En sus años posteriores, vivió bajo el peso del miedo. Cuando veía a un niño reírse de él, la imagen del diablo riéndose de su cuerpo desnudo se filtraba en su ánimo y era presa del más vivo horror y la más grande frustración aunque su consciencia no le mostraba el origen de ese sentimiento porque había sido tan insoportable aquel suceso pasado que su mente lo había velado para proteger su espíritu. Por otra parte, temía que ocurrieran sucesos terribles sin que ningún indicio diera lugar a pensar en eso, de igual manera que nada hacía pensar que algo tan desagradable como lo que ocurrió iba a suceder cuando estaba gozando pacíficamente del amor con su amiga. Se volvió extremadamente exigente consigo mismo, la sombra de la culpa se precipitó sobre su vida, temía cometer el más mínimo fallo, la más mínima incorrección, en el fondo porque su espíritu presentía al diablo agazapado a la espera de una oportunidad para reírse de él y aterrorizarlo.
     Vivió toda su niñez creyéndose diferente a todos, había contraído una culpa horrenda, sus sentimientos más profundos habían sido sorprendidos por sus padres y convertidos en objeto de su desprecio y censura más violentas: él no podía ser como los otros, sus deseos no podían convertirse nunca en realidad, su dignidad no podía limpiarse nunca del todo, veía a los otros con el rencor de quien comprende que todo es una mascarada y que los auténticos sentimientos no tienen cabida en el teatro del mundo.
     Al llegar a la adolescencia, su introversión aumentó, odiaba a la gente de su edad porque le parecía que fingían lo que no eran para lograr el respeto, él había sido sincero con sus sentimientos un día en su ya lejana infancia y la consecuencia había sido el desprecio y la humillación. Más adelante fue presa de delirios, cuando estaba en medio de la multitud o en casa de los amigos, abstraído de su entorno y absorto en sus pensamientos, le parecía, de pronto, que la gente de su entorno se volvía infinitamente más fría y despectiva adquiriendo rasgos demoníacos y, mediante sutiles alusiones veladas que le humillaban, llenaba su conciencia de duda y oprobio.
     Acabó huyendo de todo contacto con extraños y amigos, se recluyó en su casa, en los otros veía a sus padres, incapaces de comprender sus sentimientos y al demonio, que se reía de su sensibilidad y lo aterrorizaba y llenaba de culpabilidad. No había esperanza en su vida, sus ilusiones se habían derribado aquel día de su infancia en que conoció el amor, su caminar espiritual se había detenido en aquel mismo instante y cada vez estaba más hundido en el sufrimiento. Tenía una sed infinita de inocencia, ansiaba ser amado sin sombras, en toda la extensión de su alma, añoraba que alguien contemplara su interior y lo aprobara en su totalidad y expiara sus culpas pero temía acercarse a las mujeres, indefectiblemente creía que iba a ser acusado por ellas de vileza y desvergüenza.
     Pero un día descubrió a una mujer tan bella que quedó deslumbrado. Como siempre que se enamoraba, sintió el desencanto de quien se sabe incapaz de despertar interés en la persona a la que desea porque su desnudez había sido objeto de la afrenta del demonio, algo tan oprobioso que le hacía indigno de cualquier chica. Sin embargo veía tanta afinidad en el rostro de aquella muchacha, llegaba tan hondo en su corazón su mirada y la dulzura de sus labios que, olvidándose de todos sus escrúpulos, temores y culpas, se acercó a ella y le dijo que era muy bella y le pidió disculpas por atreverse a decirle algo tan desvergonzado.
     -No tiene nada de desvergonzado -respondió ella-, muchas gracias por el cumplido.
     Él, en su profunda perturbación, creyó que debía pedirle sexo, aunque era lo que más temía y lo que más rechazo le producía, su idea del amor estaba envilecida por la culpa y creía que solo podría ser amado bajo la condición de un interés sexual, por esto, le dijo:
     -Nunca he practicado el sexo y me gustaría hacerlo contigo, perdona que te lo diga tan crudamente, eres tan bella que me he enamorado de ti.
     -Tampoco yo lo he practicado nunca -respondió ella- y no tengo intención de practicarlo todavía pero, si quieres mi amistad, te la doy abiertamente, no me pareces mala persona, incluso pareces inteligente.
     Cuando él escuchó esta respuesta en la que se le eximía de la obligación sexual sin que se le negara el amor, su corazón despertó a la libertad, los demonios huyeron de su alma, las cadenas de la culpa se rompieron en su pecho y la felicidad de la inocencia colmó sus entrañas porque había logrado alcanzar el placer de la vida sin que ninguna impureza manchara aquel sentimiento. Se sintió niño otra vez pero, en esta ocasión, un niño inocente y puro, sin el peso del remordimiento, ahora podía amar sin cargar con él, lo había podido soslayar como por un milagro.
     La llevó a pasear por la ciudad de la mano a la luz de las farolas y, tras un par de horas hablando de bellos sentimientos, la abrazó y, sintiendo muy cerca de su corazón el alma de aquel cuerpo que estrechaba, supo que en su vida estaba amaneciendo y que aquella mujer traía toda la luz que empezaba a brotar.

Seis relatos cortos sobre la inocencia (III)

A Isabel Olmos

     Dos adolescentes estaban sentados en un banco del patio del instituto a la hora del descanso de la mañana y uno de ellos le dijo al otro:
     -Me siento mal porque todo el mundo me ignora, es como si hubiera hecho algo malo, si me quisiera España entera, no me encontraría así ni soñando, sería maravilloso que todo el mundo me mostrara su afecto por la calle y que hablaran todos bien de mí, mi conciencia estaría tranquila y libre de peso porque sería un buen hombre para todo el mundo. Pere, me gustaría ser el Rey, solo siendo el Rey estaría satisfecho.
     -Bah, a mí me pasa como a ti pero yo preferiría ser un mendigo -respondió Pere- porque, aunque solo me quisiera mi perro, sería la prueba de que merezco estar en el mundo. Al Rey está prohibido no quererlo, a nosotros nos quieren porque tenemos buen aspecto y nos comportamos como los demás esperan pero quien quiere a un mendigo lo quiere porque de verdad se lo merece.

Seis relatos cortos sobre la inocencia (II)

A Pamela Torres

     Fernandito vio a sus padres besar muy efusivamente a los tíos de su madre y se empezó a encontrar mal. Luego fue testigo de cómo les expresaban con palabras hondas simpatía y afecto y les hacían todo tipo de agasajos y promesas de fidelidad imperecedera y se sintió fatal. Al cabo de mucho hablar y conversar grata y animadamente, los tíos de su madre manifestaron su intención de marcharse y dar por terminada su visita. Los padres de Fernandito respondieron con muestras de tristeza y desánimo y se levantaron para acompañarles a la puerta. Una vez en la puerta, los volvieron a besar y los tíos de su madre se marcharon contentos y felices. Cuando su madre cerró la puerta, Fernandito hizo pucheros delante de ella y ella le preguntó qué le pasaba:
     -Que no soy un niño bueno... -dijo él.
     -¿Pero por qué, Fernandito? -dijo su madre enternecida.
     -Porque no quiero a los tíos -respondió Fernandito-. Eso es porque tengo mal corazón.
     Su madre rió alegremente y le respondió:
     -No te preocupes, tontito, yo tampoco los quiero...

martes, 24 de junio de 2014

Seis relatos cortos sobre la inocencia (I)

A mi amada

     Jamás hacía nada contra su conciencia y, cuando la perturbación de su ánimo le llevaba a cometer pequeñas injusticias, sentía sobre él el peso de la culpa y procuraba corregir su espíritu y encontrar la armonía para no volver a incurrir en semejantes faltas. No peleaba nunca con nadie para obtener un beneficio personal, le pesaba demasiado en el alma lo que conseguía a la fuerza. Se cuidaba bien de no manifestar desprecio a nadie y respetaba la dignidad humana escrupulosamente. A nadie pedía nunca nada, vivía metido en sus propios asuntos sin preocuparse por las vidas ajenas y sus juicios morales eran generosos aunque no toleraba a las personas con ansia de control que querían atar y dominar a los demás. Era serio y responsable y no hacía nunca burla del mal ajeno.
     En resumidas cuentas, era un hombre de bien, honesto y honrado. Sin embargo vivía agobiado por una sensación de culpa profunda porque muy pocos buscaban su compañía. En la frutería, le trataban fríamente, solo a él, según advertía, puesto que a cualquier otra persona la recibían con bromas y complicidades. En la panadería, le miraban con expresión circunspecta, que solo se alegraba cuando entraba otro cliente, con el que se cruzaban palabras llenas de ironía y malicia. En el supermercado, le pasaba lo mismo y también en el quiosco y la farmacia. Los compañeros de trabajo jamás lo invitaban a salir con ellos, preferían otras compañías, con las que se entregaban a la murmuración y a las más cínicas demostraciones.
     Este trato frío que recibía de los otros llenaba su vida de remordimientos y anhelaba una expiación y un perdón de la humanidad aunque no sabía qué había hecho ni cómo mejorar su virtud. Pensaba que un hombre bueno necesariamente tenía que despertar simpatía y verse rodeado de la multitud porque era beneficioso para todos y porque el bien es todo lo que nos exigen desde que salimos de la cuna, por eso, vivir en aquella soledad tan profunda y ser objeto de aquel desapego general le hacía sospechar que carecía de esa inocencia que tanto valoraba.
     Hasta tal punto llegaron sus remordimientos que, en cierta ocasión en la que se quedó a solas con uno de los compañeros del trabajo, se atrevió a hablarle del tema.
     -Te voy a hacer una confesión, Enrique -le dijo-, es un peso muy grande el que agobia mi conciencia y no puedo liberarme de él. Se trata del rechazo que causo en los demás. Nadie me abre su corazón y me siento culpable. Quisiera saber qué puedo hacer para convertirme en una buena persona porque la frialdad que me muestran todos me causa un horrible remordimiento.
     -Hace tiempo que estaba queriendo hablarte yo de esto -le respondió Enrique- pero eres de una forma que no me atrevía. Como yo lo veo, sí deberías mejorar tu persona y bastante. En primer lugar, deja de ser serio y responsable, de esa manera haces mucho daño a la gente, que no queremos problemas y complicaciones, en segundo lugar, sé más malicioso y ataca más a todo el mundo porque cuanto más peleón seas más tranquila dejas a la gente su conciencia porque la gente sencilla tenemos muchas ganas de bronca. Y, si quieres ser del todo buena persona, también te recomiendo que hagas de vez en cuando alguna cosa mala: búscate una amante casada, mete a tu madre en una residencia y no la visites hasta que se muera, compra acciones de una multinacional que produzca daños al medio ambiente, llena tu conversación de comentarios machistas... tú mismo. Hazme caso y verás cómo te quiere más gente.
     No supo a ciencia cierta si Enrique bromeaba o hablaba en serio pero desde aquel día comprendió que tenía que olvidarse de sus remordimientos y seguir siendo como era aunque eso le condenara a tan penosa soledad.

domingo, 22 de junio de 2014

Luz del bien

A mi amada

     El profesor de Historia le recomendó vivamente en el pasillo, al salir de clase, que estudiara más o le quedaría pendiente para septiembre la asignatura. Él sintió horror ante la idea de que le suspendieran y su conciencia cargó con el peso de comprender que hacía mal estudiando tan poco. Uno de sus amigos, al salir del instituto, le pidió prestados diez euros para ir al cine advirtiéndole que, si no se los daba, su novia lo dejaría porque estaba muy interesada en ver la película. Él, al oír aquellas palabras, sintió una gran preocupación por la felicidad de su amigo y su conciencia volvió a clamar fuertemente, esta vez contra su habitual tacañería y, desprendiéndose del dinero que tenía para jugar a la lotería primitiva, se liberó de los remordimientos.
     Un traficante de hachís le ofreció droga en las proximidades del instituto, él respondió que no le gustaba y el camello le llamó pijo. Él no quería ser considerado algo tan despectivo y, mientras se dirigía a su casa, su conciencia le iba reprochando no ser más aventurero y osado en la vida. Al llegar a su bloque, una vecina que llevaba unas bolsas de la compra le pidió que le ayudara a subirlas porque padecía artrosis y le dolía muchísimo la espalda. Su conciencia volvió a despertarse, debía ayudar a aquella mujer sin pensárselo un segundo, no había otra opción, ayudarla era, en ese momento, tan ineludible para él como si la vecina lo hubiera convertido en un instrumento de su propiedad.
     Al entrar en casa, su madre le dijo que no comiera ninguna golosina porque faltaba poco para la comida. Él vio tanta maldad en el hecho de comer golosinas por la advertencia de su madre que sintió horror pensando en la mera posibilidad de llevarlo a cabo. Su hermana le preguntó si había hecho la primitiva y él respondió que le había dado el dinero para hacerla a un amigo. Ella se sintió indignada y le dijo que esa fechoría no le gustaba nada y que, por ese camino, acabaría tomando drogas y haciéndose un delincuente y fue a contarle a su madre lo que había hecho. Él vio de nuevo su conciencia agitada por el resquemor pero su madre dijo al oír a su hermana que no le gustaba que jugaran a los juegos de azar porque era derrochar el dinero y les recomendó a ambos severamente que no volvieran a jugar a la primitiva porque, si ella llegaba a enterarse de que lo hacían, no les volvería a dar un solo euro. Él se vio presa del pavor a causa de esta amenaza y, en su conciencia, se grabó fuertemente una nueva exigencia para su vida: no hacer la primitiva.
     Al entrar en su cuarto, se sintió inquieto sin tener conciencia clara de por qué e hizo repaso de lo que le había perturbado en la última hora. Se encontró ante una avalancha de nuevas exigencias para su vida: tenía que estudiar más, velar por el bienestar emocional de un amigo, ser más aventurero y, finalmente, le quedaba la duda de si tenía que hacer la primitiva siempre, sin eludirla un solo día, o no hacerla nunca, eso dependía de a qué miembro de su familia tuviera que hacer caso.
     Al recordar todo esto y quedar desplegadas claramente ante su consciencia las raíces de su malestar espiritual poniéndose de manifiesto lo que había estado oculto momentos antes, como si fuera un dibujo de los que se revelan rascando una superficie, se preguntó por qué creía que el bien estaba fuera de él, en su profesor de Historia, en el camello o en su hermana, en lugar de encerrarse en su propio corazón, por qué la conciencia le atormentaba con las exigencias de los demás en lugar de estar tranquila, obedeciendo a lo que su propio instinto le ordenaba.
     En ese momento, se volvió un hombre libre y decente porque iba a casarse uno de sus primos en el espacio de un mes y, según sus padres, la opción de no ir a su boda y no vestir un traje de afectada elegancia, no era posible pues todo el peso de esta y la otra vida se concentraba en el lado de la balanza que le obligaba a hacerlo pero decidió que le importaba un comino que su primo se casara y que ni las amenazas ni los ruegos ni las lágrimas de sus familiares le persuadirían a ir a aquel acto porque prefería quedarse en casa tocando la guitarra y era lo que irrevocablemente haría, tuviera ello las consecuencias que tuviera. Su corazón se apaciguó de repente al verse capaz de tomar esta deliberación y sintió que se transfiguraba en luz del bien para el mundo.

viernes, 20 de junio de 2014

Seis relatos cortos sobre la culpa (VI)

A mi amada

     Un golpe seco en la nuca con el martillo acabó con la vida del artista. Su museo era demasiado prestigioso como para cargar con el escándalo de un plagio. La estatua de bronce que acababa de incorporar al repertorio traería multitudes entusiastas; el artista se había mostrado tan indignado por el hecho de haber sido plagiado literalmente cuando él le mostró las fotos de la obra para que opinara sobre su valor que no había podido convencerlo para que le vendiera la pieza original y había declarado su intención de denunciarle.
     Al final, el valor de aquel hombre había acabado por ser, en cierto sentido, menor que el de una copia de una de sus obras. Ahora estaba muerto y había que deshacerse del cadáver. No era demasiado problema, el trastero del museo estaba lleno de cajones de madera, metería el cuerpo en uno de ellos, fijaría con clavos la tapadera y, en una carretilla, lo llevaría hasta la furgoneta.
     Ya estaba el cadáver en su cajón y este cerrado cuando sonó el timbre. Eran unos transportistas, que venían a traer la nueva estatua. Él, que no tenía imaginación, les pidió que pusieran el cajón en la misma sala en que había estado trabajando con el cadáver. Ellos le preguntaron si lo ponían al lado del otro cajón y él respondió fríamente que sí. Firmó el recibo y se despidió de ellos.
     Cuando estuvo solo otra vez, dio unos golpeteos más a los clavos y, con la carretilla, llevó hasta su furgoneta el cajón. Se dirigió a las afueras y, desde un puente solitario, lo arrojó al río con la seguridad en su espíritu de que el mar le guardaría para siempre su secreto. Se sacudió el pantalón para desprenderse de unas virutas y montó en su coche otra vez dispuesto a tomarse en casa una cerveza para aliviarse del esfuerzo físico que había hecho y relajarse escuchando a Bach. Luego, cenaría y se acostaría porque el día siguiente sería agotador.
     En efecto, al día siguiente, estaba previsto que acudieran periodistas y celebridades a contemplar la nueva obra de arte. Cuando llegó al museo, ya estaba esperando una cuadrilla de periodistas y cámaras porque el museo despertaba enorme expectación pública. Él los condujo hasta la sala donde los transportistas habían dejado lo que traían el día anterior. Se aproximó al gran cajón de madera que había en un rincón de la estancia y, mientras lo abría con una palanca, les decía:
     -Lo que van ustedes a ver representa, en cierto modo, la expresión clara de la codicia insaciable del hombre moderno, que le convierte a él también en objeto y le separa de su identidad esencial. Me encanta ese tema y pienso escribir muy pronto un libro que lo trate.
     Y, en el momento en que acabó de decir esto, se terminó de abrir la tapadera y todos pudieron ver entonces, resplandeciendo a la luz de los flashes y los focos de las cámaras de televisión, el cadáver del artista, cuyo rostro mostraba unos ojos vacíos y una mueca cómica como si no fuera más que un juguete.

jueves, 19 de junio de 2014

Seis relatos cortos sobre la culpa (V)

A mi amada

     Un rey persa, aficionado a la poesía, quiso agasajar con un dispendioso obsequio a su poeta favorito y le mandó llamar. Creyó adecuado gastarle una broma al tiempo que le hacía saber lo que tenía intención de entregarle y le dijo estas palabras:
     -Amigo poeta, quiero hacerte un regalo para premiar tu destreza como poeta pero no sé lo que puedes querer mejor, así que te doy a elegir entre dos cosas. ¿Qué prefieres, querido amigo, un gran cofre lleno de monedas de oro o... un enorme montón de estiércol?
     El monarca pensaba que el poeta encontraría gracioso que le hiciera elegir libremente entre dos cosas de valor tan desigual pero el poeta respondió:
     -Majestad, me habéis puesto ante un difícil dilema. El estiércol es una cosa bien vil y, si me quedo con él, llenaré mi ropa y mis manos de suciedad y malos olores pero, si acepto el cofre como pago a mis poemas, será mi alma la que se ensucie y se vuelva nauseabunda porque los versos que escribo no son otra cosa que mi corazón y un corazón honesto no vale nada y lo vale todo. Si escojo el estiércol, mi corazón habrá sido tenido en nada pero es mejor permitir humildemente que nos desprecien sintiendo en lo hondo que no hay razón para ello que perder la libertad y la inocencia por aceptar un precio para nuestros sentimientos que nos pueda suscitar la más leve sospecha de que ha sido justo. Dadme, pues, el montón de estiércol, majestad, si verdaderamente queréis satisfacer mi gusto.

miércoles, 18 de junio de 2014

Seis relatos cortos sobre la culpa (IV)

A Txaro Cárdenas

     Guardaba en su escritorio, como el objeto más incómodo de su vida, la pluma de oro que le compró su padre. Su padre se había negado en un principio a derrochar su dinero en aquel lujoso capricho pero él le había mostrado su odio por ello. Finalmente su padre le demostró el amor que le tenía comprándole la pluma que quería pero un mes después falleció de un infarto. La pluma ya no le parecía algo deseable, lo había sido cuando él estaba ansioso de exhibirse en el instituto y soñaba con impresionar a sus compañeros con ese costoso objeto pero ahora él no era ya el mismo, ahora su autoestima estaba dañada por el peso de una culpa que ninguna frívola exhibición ante sus amigos podría remediar. La adolescencia le había vuelto más frío con su padre, había dejado de mostrarle afecto y lo había convertido incluso en blanco de sus ataques de indignación; la disputa por la pluma de oro había sido el enésimo y último enfrentamiento. Ahora echaba de menos haber tranquilizado su espíritu antes de que muriera asegurándole que no le odiaba ni le reprochaba nada, que no tenía nada que objetar a la manera como actuaba y que podía estar en paz. La pluma le ponía delante el espectro de su pasado de hijo injusto y frívolo, ya no lo quería ser pero la pluma seguía siendo de él y el hecho de tenerla lo encadenaba a aquel pasado porque se posee precisamente para que lo poseído embeba todo aquello que era su poseedor cuando lo consiguió.
     A los tres meses de morir su padre, se enamoró de una muchacha de manera tan honda como es preciso para amar de verdad. Ansió que fuera suya pero no de la manera en que ansió la pluma, la pluma quería que adquiriera sus propios rasgos y se sometiera a él pero aquella chica necesitaba que fuera suya metiéndola en su corazón, llenándose de ella, convirtiéndose en ella todo él, dándole a sí mismo sin que ella se lo pidiera, justo lo contrario que la pluma.
     No sabía qué hacer para aproximarse a ella y le dijo que le vendería una pluma de oro a muy bajo precio si lo deseaba. Ella le respondió que le interesaba su oferta. Al día siguiente, llevó al instituto la pluma que le compró su padre y se la mostró a ella, ella le preguntó el precio. Él ansiaba colmarse de ella, hacerse ella, ella desbordaba hermosura y, para que ella viera en él un remedo de toda esa belleza que sentía que ella le ofrendaba como una flor abierta, le quiso obsequiar con aquel hermoso objeto, que cobraría, en ese mismo instante, todas la perfecciones de las que ella era dueña, al igual que su corazón entregado a la generosidad, que se transfiguraría por entero en un espejo de su delicadeza. De modo que le respondió que no le diera nada por la pluma, que se la regalaba y que esperaba que fueran amigos en adelante si ella estaba de acuerdo.
     La pluma ya no era suya; había dejado de representar su culpa, ahora estaba al servicio del amor y la belleza y también su conciencia dejó que sus faltas del pasado fluyeran hacia la nada.

martes, 17 de junio de 2014

Seis relatos cortos sobre la culpa (III)

A Susana Magaña

     Toda su vida se acordó de lo que le respondió, cuando era un niño pequeño, el cura de su pueblo a la pregunta de si había que dárselo todo a los pobres.
     -No, Damián -le dijo-. Tener es muy bueno porque es lo que hace Dios con nosotros, tenernos y, al que le pique, que se rasque.
     La generosidad de su corazón murió aquel día. En adelante, vivió para tener. Nada le preocupaba si los otros perdían lo que tenían mientras él iba acaparando riquezas y poder ni si las personas que sometía y humillaba sufrían por su causa, tener era la manera más alta del bien, el cura lo introdujo muy hondo en su cerebro. Con su fortuna, conseguida a fuerza de explotar a los hombres pobres, financió al bando nacional en la guerra civil, quería tener España.
     Su familia le temía, eran también su propiedad, hacía con ellos lo que Dios con él. Necesitaba hacérselo saber para ser bueno como Dios, por eso los atormentaba con maltratos, no podía dejar que pensaran que eran libres, no era bueno ser libre porque los hombres eran una propiedad de Dios.
     Poco después de la guerra, su esposa murió desangrada de una paliza. De pronto se dio cuenta de que había hecho algo mal. No solo no tenía ya a su mujer sino que había cometido un asesinato y Dios había ordenado no matar. Su generosidad estaba enterrada desde la infancia, era imposible que su corazón despertara de pronto para inculparle pero su cabeza le decía que no había actuado como exigía Dios y se supo culpable. Su corazón estaba muerto, no sentía remordimiento alguno pero su religión era la ley que le guiaba y le poseía y cedió a los pobres las cuatro quintas partes de su fortuna para no ir al infierno.

lunes, 16 de junio de 2014

Seis relatos cortos sobre la culpa (II)

A Francisco Almarcha Martínez

     Cuando un anciano propietario campesino quiso retirarse, dijo a sus hijos que repartieran sus tierras entre ellos y que las trabajaran por su cuenta. Todas las tierras se repartieron por partes iguales según su valor pero quedó una colina pedregosa y estéril por repartir y el mayor dijo que se la quedaría él por ser el primogénito; los otros dos hermanos no estuvieron de acuerdo, la colina no valía para nada, no tenía utilidad alguna y, sin embargo, los otros dos hermanos no querían permitir que el mayor se quedara con ella sin más. Los dos deseaban ser igualmente propietarios de la colina, ni siquiera una compensación económica les persuadiría a renunciar a su derecho a ella. El mayor no comprendía este empeño testarudo en poseer una colina de la que no se podía obtener ningún provecho pero renunció a ella y dejó que se la disputaran sus otros dos hermanos. Ellos, para resolver su conflicto, decidieron que su padre lo arbitrara y emitiera el dictamen sobre quién debía ser el dueño de la parcela. Su padre, accediendo a lo que le pidieron sus hijos, resolvió finalmente la disputa cediéndosela al menor.
     Pero el hermano mediano se vio herido por la punzada del despecho. Sintió que toda su vida había sido menospreciado por su familia y vio en la pérdida de la colina la prueba más firme de que, entre sus parientes, no se le juzgaba tan bien como él precisaba para tranquilizar su conciencia. Tanto le dolió esta idea que su pensamiento comenzó a sedimentar un hondo rencor hacia su hermano menor, hacia su padre y hacia toda su familia en conjunto acusándolos, para sus adentros, de egoísmo, frialdad y orgullo desmedido. Se fue separando cada vez más del resto de su familia hasta que llegó el día en que dejó de hablarse con todos ellos. Evitaba su proximidad en lo que le era posible, pese a que las tierras en las que trabajaba todos los días eran vecinas de las de sus hermanos y los veía casi cada vez que acudía al tajo. No había para él personas más deshonestas y dignas de reprobación que sus hermanos y su padre y, sin embargo, lo que le atormentaba más era su propia sensación de culpa por no haber merecido el respeto de su familia, nada podía curarle de su frustración, se creía sucio, indigno, merecedor de desprecio y cuanto más hondamente reprobaba su naturaleza más odio sentía hacia su familia y más los acusaba dentro de sí.
     Un día, un tractor movió accidentalmente el mojón que separaba su tierra de la de su hermano menor, su hermano lo volvió a colocar pero él creyó que no lo había colocado en el mismo lugar y le había robado unos centímetros de tierra. Cuando se encontró con él, poseído de una desmedida indignación, le dijo:
     -Vuelve a poner el mojón donde estaba; eres mi hermano pero, si me arde la sangre, no sé lo que puede pasar.
     -Está donde estaba -contestó su hermano- y no sé por qué te pones así, eres soberbio y arrogante, tu forma de tratarme siendo tu propio hermano no es la de un hombre bueno.
     Cuando oyó a su hermano menor acusarle de maldad, su sed de inocencia llegó a su cumbre y atravesó su corazón pero la volvió hacia afuera y, viendo frente a él a la que creía la persona más vil de cuantas conocía, llena su alma de un ímpetu justiciero, se lanzó contra su cuello exclamando:
     -¡El que no es bueno eres tú, hijo de mala madre!
     El hermano mayor presenció esto y acudió a separarlos.
     -¿Se puede saber qué es lo que te pasa? -le preguntó al mediano el hermano mayor-. Somos tu familia, no nos hablas desde hace casi un año, te echamos de menos y encima le pegas a tu hermano. ¿Qué quieres de nosotros? ¿No me digas que todo es por esa colina que no vale un pimiento?
     El hermano mediano comprendió entonces la perturbación en la que había caído su espíritu, sumergido en el laberinto de la culpa, y se echó a llorar.
     -Yo he hecho toda mi vida lo que he podido por vosotros y vosotros nunca me lo habéis agradecido -dijo entre lágrimas-. Soy basura para vosotros, solo me queréis para lo que os interesa... Vuestro orgullo me hace mucho daño.
     -¿Orgullo? -dijo el hermano menor-. ¿Tú, que por un mojón que crees que se ha movido un centímetro me amenazas, me acusas a mí de orgullo?
     -Tranquilos -dijo el hermano mayor-. Que no se entere de esto que ha pasado nuestro padre que está muy delicado. Y tú, deja de llorar como una mujer y olvídate del mojón o pon una denuncia y en paz todo el mundo.
     El hermano mediano se marchó cabizbajo a continuar su faena. Las lágrimas habían despertado su corazón y su espíritu comenzó a desembarazarse de su obcecación. Se sintió niño otra vez y recordó que el bien no habitaba fuera de él sino en su más arraigada hondura, tuvo la certeza de que su instinto más profundo era inocente y perdió significado para él el juicio de los otros.
     Se acordó de la colina y también dejó de creerla propiedad de su hermano. La colina era para los pájaros, el Sol y la lluvia, su hermano solo se fingía dueño de ella; una colina no podía ser propiedad de nadie, ninguna cosa era propiedad de otra, simplemente se existía y se era lo que se tenía que ser aunque ello contrariara las expectativas del resto del mundo. Al día siguiente, le dio un puñado de fresas a su hermano menor y un cachete cariñoso; de pronto, la humanidad entera le pareció inocente.

domingo, 15 de junio de 2014

Seis relatos cortos sobre la culpa (I)

A mi amada

     Anton era un poeta que poco a poco había conseguido hacerse oír en los medios oficiales gracias a la perfección de su estilo y a su profunda erudición y su capacidad para aprovechar con cierta rentabilidad, según decían los críticos, la tradición literaria. Como hombre, tenía un talante frío y cruel aunque siempre estaba acosado por el remordimiento y muchas veces era presa de una profunda sensación de insignificancia que solo curaba su prestigio asegurado de poeta. Jamás confesaba en sus poemas el dolor de sus remordimientos o su ansia de dignidad, sus poemas estaban todos dedicados a ilustrar sucesos históricos, exaltar monumentos artísticos o hablar de grandes personalidades, incluso había escrito un poema en honor a la Ciencia que citaban mucho los biólogos y físicos pero su corazón jamás salía a relucir en sus versos, no se atrevía porque quería la perfección para sus obras, era lo único que le salvaba de la culpa en que estaba sumergida su personalidad. Se sentía un hombre ruin y lleno de vileza pero el hecho de que su voz poética rayara en la perfección, a juicio de los otros, lo consideraba un mérito que compensaba con creces el poco valor que atribuía, en su secreto interior, a las demás facetas de su ser. Era cínico y altanero y su sentido del humor le llevaba a escarnecer constantemente a las figuras públicas e incluso a la sociedad en su conjunto. Apenas creía en la humanidad, solo creía en el valor del intelecto y un sentimiento sencillo era para él mero motivo de vergüenza y pudor.
     A los setenta años, ganó el premio nacional de las letras y, a los setenta y siete, se murió, por lo que por fin se pudo editar el grueso volumen de sus obras completas. Se dice que, en sus últimos años, fue constante presa de rabietas de viejo y muestras de intransigencia colérica, en esa etapa final, según lo que contaban los testigos, los poemas no le salían ni al quinto intento y se sentía tan agobiado y asfixiado sin saberse por qué que no dejaba de golpear las mesas y tirar las cosas al suelo con profunda furia.
    Stanislov fue contemporáneo de Anton pero nunca fue conocido como poeta; de hecho, solo escribió un poema en su vida y lo escribió para su novia. Ese poema tenía faltas de ortografía y gramaticales pero salió todo de un corazón desnudo y humilde, dolido por la insignificancia que le hacían sentir los otros. El poema resolvía ese dolor porque en él se expresaba la esperanza de un mundo en el que no se utilizara y atara a los hombres y no se les sometiera a la tortura de alejarles de sus sentimientos. Se cuenta que vivió toda su vida feliz al lado de su esposa y sus hijos, que conservaron el poema e intentaron divulgarlo a su muerte. Pero nadie se interesó por editarlo. Sus nietos y biznietos, sin embargo, lo siguieron conservando porque, cuando leían aquel poema que mostraba un alma tan sencilla y llena de sano orgullo al mismo tiempo, experimentaban una emoción tan inmensa que nada halagaba tanto su vanidad como ser descendientes de su autor.
     Finalmente el poema fue editado con un estudio crítico algo más de un siglo después de la muerte de Stanislov, el estudio decía que el poema era uno de los más grandes escritos jamás en su país y que era tan sublime como la Novena Sinfonía de Beethoven. Por aquellas fechas, ya no se editaban las obras de Anton, que eran consideradas auténticos ripios insoportables. Contaban los descendientes de Stanislov que, cuando el poema fue mostrado por sus hijos a un crítico famoso, les dijo que era muy malo solo porque no mostraba el debido acatamiento a la vanguardia poética.

sábado, 14 de junio de 2014

Seis relatos cortos en busca del placer perdido (VI)

A mi amada

     Cuando empezó a ir al colegio, aprendió cosas que le llenaron de perplejidad e inquietud. Aprendió que no era bueno hablar en clase pero sí derribar y golpear a un niño en el patio si le ofendía. Aprendió que no había que abandonar la fila cuando se formaba para entrar pero sí chillar mucho cuando se salía. Aprendió que dos más dos sumaban cuatro y que el profesor tenía derecho a faltar al respeto a los niños pero no al revés. Aprendió que todas las cosas en el mundo estaban clasificadas y etiquetadas y que no se podían confundir bajo pena de un suspenso y de estudiar más y hacer más deberes pero que sí se debía confundir la voluntad del maestro con la suya y que obedecerle en todo y someterse a él era su única posibilidad de hallar el bien.
     Empezó a caminar por la calle procurando no pisar las junturas de las baldosas y a comerse el bocadillo de manera horizontal y a pasar las hojas de los libros cerrando los ojos porque sentía que, si lo hacía de otra manera, todo lo que estaba aprendiendo se le olvidaría porque no tendría fuerzas para soportarlo. Aprendió el significado de la palabra feo, casi todo era feo, solo unas pocas cosas podían producir placer, el maestro era feo, la asignatura era fea, el colegio era feo pero reírse de lo feo o que un niño resbalara y se cayera o que hubiera una pelea en el recreo estaba mucho mejor; la vida se le volvió anodina porque apenas había oportunidad de ver resbalar a alguien, etc.
     Pero un día vio en el patio una niña tan linda que se enamoró. No veía nada en el mundo tan imposible como satisfacer el deseo que sintió su corazón de repente; la vida era muy complicada, según estaba aprendiendo, nada de lo que él sentía en su hondura tenía sentido en el mundo que estaba descubriendo en el colegio; pensó que, seguramente, su ansia quedaría frustrada como la mayoría de los impulsos que su instinto experimentaba.
     Con esta carga de pesimismo y escepticismo, decidió, sin esperanza alguna, preguntarle a la niña si quería ser su amiga; ella respondió con la mayor sencillez posible que sí. Esta respuesta le llenó de tanto regocijo y perplejidad que todo el resto del día se lo pasó en una nube; ya no sentía que hubiera nada feo, todo le parecía bello, todo lo confundía en uno, el tiempo y las cosas habían dejado de ser tediosos y grises, todo le parecía placentero y digno de gozarse porque todo estaba poseído por la imagen de ella, que colmaba el mundo y toda su vida de luz. Cuando iba en dirección a su casa, aún seguía envuelto en la fascinación, pensando en la belleza de la niña y en la felicidad de ser su amigo, poco le preocupaba entonces que sus pies pisaran las junturas de las baldosas, ya no había escollos en la realidad, todo, absolutamente todo, le despertaba ahora una misma alegría de vivir.

viernes, 13 de junio de 2014

Seis relatos cortos en busca del placer perdido (V)

A mi amada

   Primero quiso una enciclopedia en cincuenta volúmenes y toda su preocupación en la vida era cómo ahorrar el dinero para comprarla y cómo hacer espacio en casa para tantos y tan gigantescos tomos. Cuando ya la tuvo, su tiempo empezó a ser una de sus preocupaciones porque quería más tiempo libre, no para descansar y disfrutar más sino para leer más rápidamente su enciclopedia, entrada a entrada. Cuando ya había leído catorce tomos, sintió la más profunda inquietud porque se daba cuenta de que lo que leía, al cabo del tiempo, se volvía borroso en su memoria, de modo que decidió hacer resúmenes esquemáticos de lo que iba leyendo para lo cual empezó a leer otra vez desde el principio su enciclopedia al mismo tiempo que iba tomando apuntes en unas libretas de lo más esencial. Cuando ya estaba otra vez en el volumen catorce, tenía cuarenta libretas rellenas de apuntes y seguía borrándosele de la memoria. Pero no quería abandonar el reto de leer una enciclopedia entera y, olvidándose de las libretas y los apuntes, acometió la lectura de los siguientes treinta y seis tomos.
     Pero en esas estaba cuando llegó el día de su cumpleaños número cuarenta y cinco y se deprimió mucho porque se dio cuenta de que la composición química de la concha del caracol era muy interesante pero no le satisfacía en absoluto saberla porque había secretos en el Universo que nunca alcanzaría a conocer y, por tanto, siempre sería un ignorante porque no conocía más que un fragmento de la realidad. Tanta abulia sintió al comprender esto que su interés por acabar la enciclopedia desapareció y comenzó a incubar el sueño de ser dueño de un caballo. Fue a consultar a un lugar donde criaban y adiestraban estos animales y, aunque se le advirtió del dineral que le iba a suponer comprar y mantener un caballo, persistió en su sueño.
     Una vez que compró el caballo, quiso aprender a cabalgar y, en uno de los ensayos, el caballo lo derribó y cayó sobre un montón de boñigas. Tanto le dolió la caída y tan desagradable y humillante le pareció el hedor que las boñigas le dejaron que, una vez en casa, aseado y perfumado, se preguntó si realmente quería un caballo.
     Encendió la radio para entretenerse porque no podía llegar a ninguna conclusión y, tras recorrer una franja del dial, dejó la aguja en un lugar donde sonaba una música de Debussy. Se dejó llevar unos instantes por el embrujo de la melodía y sus sentimientos empezaron a dar señales de vida. Sintió entonces que su auténtica felicidad manaba de su interior y supo que el corazón siempre es feliz y que escucharlo era su principal misión en la vida.
     De pronto dejó de ser necesario el caballo y, por supuesto, la enciclopedia, no era necesario más que aquel sentimiento que experimentaba al oír la música que le decía que la realidad estaba plagada de belleza y merecía la devoción de su alma más allá de lo que supiera de ella o de que fuera o no su dueño y señor. Se terminó la música y él concibió la idea de vender el caballo y emprender la colección de las obras completas de Debussy, aunque le costara diez años de búsquedas. Pero acababa de aprender a escuchar a su corazón; consultó con él si quería de verdad las obras completas de Debussy y su corazón le respondió que no.

jueves, 12 de junio de 2014

Seis relatos cortos en busca del placer perdido (IV)

A mi amada

     El confesor del convento de las Carmelitas apenas se había dado cuenta de cómo había ido creciendo su veleidoso deseo de escuchar en el confesionario a la joven hermana Alicia hasta convertirse en un anhelo irrefrenable y hondo. No podía evitar sentir un gozo y una dicha poderosos colmando su espíritu cuando escuchaba aquella voz aterciopelada mostrando la ingenuidad y la bondad de una niña. No vivía ya más que para volverla a oír, por lo que le angustiaba la posibilidad de que sus pecadillos cesaran y dejara de necesitar su ayuda aunque el remordimiento le fatigaba sin cesar porque aquello que sentía parecía una infidelidad a Dios, a cuyo servicio había entregado su vida y su corazón. Hasta tal punto llegó su devoción por la hermana Alicia que se sintió incapaz de seguir ocultándola. Rezó con todas sus fuerzas a Dios y le pidió claridad en su corazón para saber qué camino tomar. La pureza de aquella mujer con alma de niña le parecía un sacrilegio corromperla con el pecado de la carne y, en cambio, tras escuchar la voz de su corazón, nada le parecía más inocente que amar su espíritu por encima del de cualquier otro ser humano del mundo pues su belleza le parecía superior a la de cualquier otro que habitara el cuerpo de un semejante. De modo que, un domingo en que la hermana Alicia fue al confesionario a declararle lo que inquietaba a su inocente alma, él le dijo:
     -Hermana, mi alma está penando por ti, me has inspirado el amor más grande que jamás he sentido por un semejante, tanto es así que casi se aproxima al que tengo hacia Cristo, que nos salvó del pecado con su sacrificio; quiero pensar que no te amo más que a Cristo aunque mis venas se inquietan por ti de una manera que me perturba en lo más hondo y posee todo mi ser, cosa que jamás había experimentado por ser alguno, ni de la Tierra ni del Cielo. No podría profanar tu cuerpo con el pecado buscando gozos egoístas y pasajeros pero daría la vida por fundir mi alma con la tuya y ser uno contigo para toda la eternidad...
     La hermana Alicia calló y, muy ruborizada, se marchó a sentarse en los bancos de la iglesia. El confesor fue tras ella, se sentó a su lado y le dijo:
     -Cásate conmigo, Alicia, la Providencia Divina ha ordenado esto, no es posible dudar, la voz de mi corazón es clara y luminosa, su clamor es tan fuerte como cuando me reveló mi vocación de sacerdote.
     Alicia volvió a él su rostro, le miró a los ojos y dijo:
     -Que Dios nos perdone...

miércoles, 11 de junio de 2014

Seis relatos cortos en busca del placer perdido (III)

A mi amada

     Lupo olfateaba las croquetas de pollo cuando se freían y esparcían su suculento aroma, su estómago se revolucionaba, era la comida que más deseaba de todas y, sin embargo, nunca la probaba porque estaba reservada para los miembros humanos de la familia. Lupo, la noche que se comía croquetas de pollo en casa, lloraba desconsolado añorando el placer de embucharse media docena de un bocado. Pero la más pequeña de casa se dio cuenta del por qué de aquellos lamentos y un día, sin que sus padres la vieran, frió un plato entero de las croquetas que adoraba Lupo y se lo puso delante. Lupo, desde que era un cachorro, estaba añorando esa oportunidad pero tantas veces había visto frustrado su deseo que pensó que no sería capaz de abrir la boca, morder, masticar y tragar lo que le habían puesto delante creyendo que el problema era su incapacidad y no el egoísmo de sus amos humanos. Por más que la niña le ponía las croquetas en el morro y le decía que comiera, Lupo seguía embobado sin atreverse a satisfacer su sueño dorado. La niña al ver que el perro no quería las croquetas, las tiró al cubo de la basura. Toda la noche estuvo Lupo oliendo las croquetas que había en el cubo y, antes de despuntar el alba, hizo la prueba de si podía abrir la boca y, al comprobar que sí, se aproximó al cubo, lo volcó y devoró cuantas croquetas de pollo encontró allí. Relamiéndose gustoso y moviendo alegremente su rabo, volvió a su cama y se durmió tan plácidamente como nunca lo había hecho y despertó tan feliz que no había nadie en casa más alegre que él aquel día.

Seis relatos cortos en busca del placer perdido (II)

A mi amada

     Había esperado cuarenta y siete años para conseguir pareja. Era una mujer bellísima y bondadosa pero él estaba en un sinvivir permanente porque para él era tan imprescindible conservarla a su lado que, a cada instante, estaba imaginando motivos de ruptura. Unas veces estaba celoso, otras, creía que la había decepcionado en algo y había provocado la disminución de su amor, otras, pensaba que ella era muy extraña y, pese a sus desvelos por complacerla en todo, acabaría marchándose y otras, incluso temía por su vida. Ella era tan inteligente que conseguía hacerle evidente en cada ocasión lo equivocado que estaba y él recuperaba la felicidad pero su miedo a perderla era más fuerte que su razón y, al cabo de no mucho tiempo, volvía su inquietud.
     Tan reiteradas fueron sus dudas que él mismo no pudo evitar hacerse consciente de su absurdo pero se sentía incapaz de evitarlas y disfrutar sin trabas de la felicidad de su amor. Un día esas dudas enojaron tanto a la mujer que amaba que se marchó con la amenaza de no volver porque echaba de menos la confianza que exige una verdadera relación amorosa. El no supo a ciencia cierta si aquello era una mera amenaza o una despedida definitiva, sus usuales temores le hicieron sentir el agobio de la duda pero no encontraba el medio para salir de ella porque su pareja se había marchado sin decir a dónde.
     La angustia pesó entonces muy hondamente sobre su ánimo pero, recordando que todas las otras veces había experimentado exactamente la misma sensación, se preguntó si, en el fondo, no era maravilloso que la vida estuviera sujeta a la incertidumbre pues eso hacía más valiosa la felicidad que disfrutaba en el presente. Con esta idea en su corazón, se levantó del sillón al que se había arrojado para entregarse a la desesperación y, totalmente tranquilo, reanudó su actividad habitual considerando motivo de satisfacción cualquier cosa buena que la vida le diera en adelante.

martes, 10 de junio de 2014

Seis relatos cortos en busca del placer perdido (I)

A mi amada

     Hubo una vez un loco empeñado en que el amanecer era su única y exclusiva responsabilidad y se levantaba todos los días muy temprano, salía al campo en la oscuridad de la noche y, con una tremenda angustia porque era buena persona y no quería que le faltara la luz a la gente y a los animales y las plantas, mirando hacia el este a través de la negrura, aguardaba que saliera el sol pensando que solo eso era lo que permitía amanecer.
     Su vida, desde que su mente forjó ese delirio, se volvió insoportable, fumaba mucho más y tomaba muchos más cafés, se irritaba contra todo el mundo y contrajo problemas cardíacos, no disfrutaba con ninguna cosa y apenas cabía en su mente otra inquietud que la de su duro trabajo diario: hacer amanecer.
     En medio de esas agonías, se enamoró y su ansiedad aumentó todavía más porque quería hacer que ella lo amara y creía también eso su responsabilidad exclusiva. Un día le preguntó a ella por qué no le quería si era lo que más necesitaba en este mundo. Ella le respondió que el amor que él le tenía no era auténtico porque lo entregaba solo a cambio de que ella le correspondiera y que eso demostraba que no la amaba a ella sino solo que quería una novia y añadió que lo que sentía por él se lo reservaba para sí pues no le iba a hablar de sus sentimientos a un hombre que no los respetaba.
     El meditó mucho esto y coincidió con ella en todo y decidió amarla de verdad, sin esperar correspondencia alguna ni pretenderla como novia, tan solo para que fuera feliz con el amor que él le ofrecía y para serlo él dándole ese afecto. Su empeño en amar de verdad fue tan obstinado como acostumbraban a serlo sus propósitos y tanto amor le expresó a ella y tan feliz fue haciéndolo que, una noche, ella le dijo que también lo amaba. A la madrugada siguiente, esperó como de costumbre, en medio de la oscuridad, la salida del sol; mientras lo hacía sintió que ella era el amanecer y, en lugar de experimentar su habitual estrés de hombre de negocios, sintió un gozo inmenso pues se dijo que, si lograba que amaneciera, su felicidad sería infinita porque, cuando viera el Sol saliendo, la vería a ella.
     Entonces, se preguntó si hacía que amaneciera de verdad o tan falsamente como amaba cuando le pedía a ella amor y comprendió que nunca había hecho amanecer auténticamente porque no había dejado nunca al Sol la opción de no salir ese día. Se sentó en una piedra, apagó su cigarrillo y lanzó lo más lejos que pudo la cajetilla del tabaco con la intención de dejar para siempre su hábito de fumar y, contemplando la leve claridad que apuntaba en el horizonte, asumió que ese día pudiera no salir el Sol para que por fin pudiera haber un verdadero amanecer.

sábado, 7 de junio de 2014

Los inocentes

A mi amada

     A Jorge nunca le había parecido que, en el mal, hubiera la más mínima ventaja, como piensan las personas que desean la posesión y el dominio para sentirse valiosas. Él siempre había pensado que, en el bien, estaba la única fuente posible de verdadera felicidad. Huía de causar daño injustificado a nadie e, incluso a la hora de juzgar a los demás, tenía mucho cuidado de que no le condicionaran los prejuicios que conlleva el interés personal. Su único espacio de paz interior era la inocencia. No le importaba no tener nada en la vida a condición de no verse cargado con el peso de la culpa. Largos años hubo de soportar una existencia sombría y solitaria porque no encontraba un alma con la bondad y sencillez suficiente como para abrirle su corazón. Las mujeres que conocía, con escasa inteligencia y sensibilidad, llenaban su espíritu de soledad ofreciéndole un afecto plagado de intereses y condiciones y con un precio que no le merecía la pena puesto que ese amor no atravesaba su piel para llegar a lo hondo de su corazón y saciar la sed que sentía su alma de una verdadera hermana.
     Finalmente halló el alma que merecía su entrega. Poco le importaba que no le halagara constantemente los oídos con palabras de amor y zalamerías o que no buscara con empecinada insistencia su compañía o que jamás le quisiera besar en la boca o que se negara una y otra vez a contraer matrimonio con él. Las muestras formales de amor que necesitan los espíritus que buscan un provecho externo en el afecto no eran su fuente de gozo en aquella relación ni las añoraba siquiera, le bastaba apercibirse de que aquella alma tan libre y sencilla seguía a su lado compartiendo momentos de sosiego y gozo sin tener la necesidad de marcharse para estar seguro de que era amado de la manera más afortunada y preciosa que puede alcanzar un hombre de una mujer, la que proporcionan la libertad y el verdadero orgullo.
     Pero un día ella desapareció de repente y él sintió verdadera ansiedad. Tanto fue así que le habló de ella a un amigo. El amigo, más por fría y cruel curiosidad que por entender mejor el caso, le pidió detalles sobre aquella relación. Él le confesó cómo era aquella chica, su aversión a darle besos en la boca, su negativa a hablar de matrimonio, su falta de fogosidad en sus expresiones de afecto y otras peculiaridades extrañas de su comportamiento. Su amigo, cuando escuchó todos aquellos datos, le dijo, con toda la crudeza que muestran los seres embrutecidos por el egoísmo, que se buscara otra mujer porque aquella se había estado burlando de él pues, juzgando por todo lo que le decía de ella, no era posible que sintiera nada de lo que él se imaginaba. Le contó que él nunca salía con una mujer que no se le tirara al cuello cuando le ofrecía un ramo de flores porque no merecía la pena.
     Las palabras tienen demasiado poder e influyen mucho cuando están saliendo de la boca aunque sean mendaces o poco reflexivas. Jorge, al oír aquellas, vio agravada su tristeza y su desesperación y se marchó a un lugar solitario a asimilar su dolor. Marchó a un sitio tan oculto de todo el mundo que estaba seguro de que no sería molestado pero, al rato de estar ahí, apareció ella y le dijo hola. Él mostró un regocijo extremado, ella se mostró tranquila y le habló de cosas indiferentes. La felicidad que sintió Jorge al sentirse tan importante para ella como para volver a su lado era infinitamente superior a la de tener el privilegio de un beso o un anillo de boda en el dedo. No podía haber un amor más sincero e intenso que el que regresa aun cuando se puede marchar para siempre y era ese el que ella le ofrecía. Olvidó las palabras de su amigo y las supo mediocres expresiones de egoísmo y se entregó al disfrute del afecto que estaba viviendo junto a ella, tan lleno de inocencia y bondad como necesitaba su espíritu para vivir su vida con esperanza y orgulloso de su propia naturaleza humana.

miércoles, 4 de junio de 2014

Libre de carga

A mi amada

     Una vez, siendo un niño, salí al campo con mi viejo maestro. Yo me admiraba de cuanto veía, todo me parecía nuevo y sorprendente pero él parecía aburrido y me informaba de cuantas cosas había con frío distanciamiento y cierto desinterés. Él no paraba de darme consejos para que evitara los peligros, su especial preocupación era que no me manchara la ropa pero yo sentía curiosidad por todo y todo lo observaba y con todo me entretenía. Yo tenía la impresión de que estaba descubriendo cosas que nadie antes había contemplado pero él intentaba hacerme ver que nada de lo que había allí merecía nuestra admiración de verdad porque eran cosas sobradamente conocidas que era imposible que se comportaran de una manera que sorprendiera lo más mínimo o que modificara en algo el edificio de las asentadas ideas de un hombre instruido.
     Mi maestro era un hombre triste y pesimista que parecía estar temiéndose siempre lo peor. Yo le dije que quería ser un gran profesor pero él me respondió que no me hiciera ilusiones, que la vida era un camino difícil y que los deseos raramente se cumplían. Casi me intentó convencer de que nunca sería profesor.
     Vi al poco, junto a un arroyo, un zapato y fui a verlo y a cogerlo. Mi maestro mostró su disgusto por el hecho pues me dijo con tono de fastidio que aquello no era más que un viejo y sucio zapato y que poco podía tener que fuera digno de mi curiosidad. Pero a mí me fascinó encontrarlo allí y no pude evitar desobedecerle. Cuando lo agarré, cayó de su interior algo que no percibí con precisión en un primer momento, me agache a mirarlo y vi que era un hermoso cristal. Se lo mostré al maestro y él cayó en un estado de profunda perplejidad porque no podía apartar de su mente la sospecha de que lo que tenía en sus manos era un enorme diamante en bruto.
     Cualquiera que fuera la razón por la que aquel objeto hubiera llegado allí, se acabó confirmando la conjetura de mi maestro y yo recibí una gran suma de dinero que me permitió estudiar en muy buenos colegios. Mucho he aprendido de los libros desde entonces pero nunca nada tan valioso como lo que aquella tarde en el campo.

martes, 3 de junio de 2014

Lazos

A Patricia Herrera

     Ana, mientras se vestía y arreglaba con apresuramiento, daba instrucciones a su marido sobre lo que tenía que hacer en su ausencia, incluyendo las horas a las que tenía que llamarla por teléfono y las chaquetas y camisas que debía ponerse cada día.
     -No te pongas corbatas rojas que te sientan fatal -le decía a su marido mientras este le subía la cremallera del vestido.
     -Relájate, mujer, todo lo quieres controlar -dijo él.
     -Lo mismo que tú -dijo ella-: que si el arroz te ha salido demasiado hecho, que si me has cambiado de emisora la radio del coche, que si llevas unos pantalones demasiado atrevidos... ¡No me dejas vivir! A veces hasta me haces llorar porque te pasas de intransigente.
     -Pues dice un informe científico que los machos son por naturaleza dominantes mientras que las hembras son sumisas y delicadas -dijo él.
     -Si soy delicada y me gusta agradarte pero tú nunca estás satisfecho -dijo ella-. No dejes nunca los grifos goteando que es un gasto inútil. A propósito, Pablo, el fontanero vendrá mañana a las ocho, desayuna antes que lo estés observando que no me fío de nadie.
     -Sí, descuida, pero no creo que nos estafe, mujer -dijo él.
     -Voy a ver si ha acabado de arreglarse la nena y nos vamos que el viaje es largo y quiero llegar antes de que se haga de día -dijo ella.
     La niña apareció con su bolsa de viaje en la mano. Su madre la agarró de los hombros bruscamente y le dio la vuelta para componerle la ropa y atusarle el pelo. La niña se quejaba del áspero trato de las manos de su madre.
     -Nos vamos -dijo Ana tras coger la maleta que había en el pasillo.
     -¿No me das el beso? -dijo Pablo.
     -¡Ah, es verdad, vaya despiste! -dijo Ana y, tras unir sus labios a los de él con rapidez espasmódica, dio la vuelta y se despidió con un Hasta el lunes.
     Pablo se asomó a la ventana y vio a su mujer y a su hija salir a la carretera con el coche. Al instante, cogió el móvil y marcó un número.
     -¡Adela! -dijo cuando respondieron del otro lado-. Te amo, amor mío, ven esta noche a mi casa, mi mujer se ha ido, pronto le hablaré del divorcio, por lo pronto, ya se ha dado cuenta de mi frialdad... Que no te engaño, cariño, ¿por qué razón te iba a engañar? No tardes que te estoy esperando.
     En ese momento, sonó el timbre de casa y a Pablo le dio un vuelco el corazón. Fue a abrir. Era su hermano Juan.
     -Pasa pero tengo que salir dentro de un cuarto de hora -mintió Pablo.
     -No te preocupes, no quiero molestar -dijo Juan-. Solo quería decirte que, después de pensarlo bien, no quiero el trabajo que me has ofrecido, no me acaba de convencer, voy a buscar por otro lado.
     Pablo sacudió la cabeza para expresar su perplejidad mientras decía:
     -No hay quien te entienda a ti -y extendiendo los brazos y volviéndolos a dejar caer para mostrar su decepción-: Bueno, chico, ¿qué se le va a hacer? ¿La mujer va bien?
     -Sí, está ahora en Alemania, en un viaje de negocios -respondió Juan.
     -Chico, a mi me preocuparía seriamente que mi mujer tuviera esa libertad de movimientos, la carne de la mujer es débil... -dijo Pablo.
     Juan calló unos instantes sorprendido por aquella declaración y luego respondió:
     -Yo respeto mucho a mi mujer, no soy capaz de interferir en su vida, su vida es solo para ella, a mí solo me da su corazón.
     Cuando Juan salió a la calle, ya estaba anocheciendo, antes de entrar en el coche, llamó su esposa a su móvil.
     -Eva, ¿cómo estás? -dijo él.
     Desde el otro lado, Eva respondió:
     -Estoy bien, ya he cenado, ahora estoy en la habitación del hotel.
     -Me alegro, preciosa -respondió él-. He rechazado el empleo de Pablo, hay una cláusula que dice que no puedo manifestar actitudes de rebeldía contra el presidente; aun siendo mi hermano, no me sentiría cómodo en ese ambiente de sumisión; si no estuviera esa cláusula, sería muy distinto.
     -Lo que dices es muy lógico, te comprendo -dijo Eva-. Bueno, cuelgo ya, Juan, besos, hasta mañana.
     Eva colgó el teléfono y anotó algo en un papel sobre la mesita de noche; a su espalda, un hombre joven y atractivo puso sus manos sobre sus hombros. Ella se volvió bruscamente y exclamó furiosa:
     -¡Qué hace usted! ¡Déjeme en paz!
     El hombre se sintió avergonzado y rápidamente echó tierra al asunto hablándole del tema para el que se habían reunido.