sábado, 31 de mayo de 2014

Las negaciones de José

A mi amada

     Le advirtieron a José que su tío abuelo de Argentina tenía muy mal carácter y no le gustaba que le contrariaran. Acostumbraba a usar un latiguillo cada vez que expresaba una convicción muy firme, la pregunta ¿No es cierto? pero no la hacía para que opinaran sino para que indefectiblemente le respondieran que sí, de lo contrario, lo consideraba mala educación y se enojaba mucho. La herencia era muy de considerar y convenía que el niño no metiera la pata cuando hablara con el anciano. El día que sus padres fueron a visitarlo, José iba vestido con pulcritud impecable para dar buena impresión y le comía la curiosidad por saber cómo era aquel anciano tan agrio y extraño. Cuando el anciano recibió a los tres, se sentaron en su salón y hablaron durante un largo espacio. El anciano contó una serie interminable de detalles de su vida pero, al ver que el niño resoplaba aburrido y le miraba con la cabeza apoyada en las manos, dijo:
     -Joseíto, hijo, la obediencia a los mayores es fundamental para ser el día de mañana un hombre de provecho y de bien, un niño debe callarse cuando habla una persona mayor porque sabe mucho menos que ella, ¿no es cierto?
     José se acordaba de que no tenía que responder cuando oía aquella frase pero, como pensaba que sabía tanto como el que más, creyó oportuno contestar:
     -No...
     Sus padres, asustados, pidieron a José que se marchara a jugar a la calle pero el anciano estaba tan ofendido que siguió hablando con el niño.
     -Joseíto, hijo -dijo-, hay que hacer las cosas como es debido o aceptar un castigo porque la vida es más linda viviéndola con orden y disciplina, ¿no es cierto?
     José, que no sentía simpatía por los deberes y la disciplina y mucho menos por los castigos, volvió a responder lacónicamente:
     -No...
     Sus padres empalidecieron de horror mientras el anciano guiñaba los ojos y arrugaba la boca bajo el influjo de la intensa ira que intentaba reprimir. Con la intención de aplastar el descaro del niño bajo el peso de la vergüenza más honda censurando su mala educación y humillando su orgullo, le dijo estas palabras:
     -Joseíto, muchacho, vos sos un poco tonto, por lo que veo, tenés que estar muy descontento de cómo sos y sentir mucha vergüenza y estar muy triste porque no sos como debés, ¿no es cierto?
     José, que vio cómo escudaban el insulto y el desprecio a su persona tras el hipócrita pretexto del bien, gritó con todas sus fuerzas:
     -¡No...!
     El anciano, con un rictus en su rostro de seca frialdad y de profunda circunspección, se levantó de su sillón y exclamó:
     -¡No tenés educación, desvergonzado! ¡Sos un hijo de puta!

miércoles, 28 de mayo de 2014

La bella

A mi amada

     Raúl estaba sentado en el sofá. Su novia estaba junto a él, muy atenta a la película que habían puesto en el DVD, 2001 odisea en el espacio. Él no miraba al televisor, ya había visto demasiadas veces la película; la miraba a ella, a su carita preciosa y se deleitaba con cada uno de sus detalles: sus labios sonrosados y prominentes sobre una barbilla graciosamente curvada, su nariz recta y con un remate suave que le daba una dulzura especial, sus mejillas blancas y curvas como las de una niña, sus ojos de miel, donde lucían dos lunas llenas, su frente amplia de mujer inteligente en extremo, su pelo corto y negrísimo, casi azul, peinado a lo garçon y cayendo sobre su cara, sus orejas pequeñas y bien formadas con unos pendientes en los que lucía una perla. Todo esto lo contemplaba de hito en hito, tan fascinado y lleno de regocijo que se sentía en otro mundo, uno donde no existía el tiempo, donde todo era felicidad, donde la desdicha no era posible. Bajó su mirada y se encontró con sus brazos delgados y sus manos delicadas y, más abajo, con la armonía y suavidad de sus piernas y la ternura de sus pies, encerrados en unas sandalias. ¡Qué hermosa era! Era tan bonita como una niña, era una flor recién abierta, un rayo de amanecer atravesando el cielo, un lucero rigiendo el ocaso, un caminito de estrellas a través del firmamento, una franja azul en el horizonte, una brisa perfumada y eterna...
     -¿Isabel? -le dijo de pronto.
     -¿Qué? -respondió ella distraída.
     -Tú no vienes del mono, tú vienes de los ángeles.
     -Todos venimos del mono -dijo ella con desdén sin dejar de mirar el televisor.
     -No estás hecha de carne sino de luz -dijo Raúl.
     -Pues hoy la báscula me ha dado un disgusto... -respondió ella.
     -Eres infinita como el universo -dijo él.
     -No te pases, solo eran trescientos gramos de más -dijo ella.
     -Eres el mejor de los paraísos.
     -Entonces seré las Bahamas.
     -Isabel eres lo más bello que he visto nunca, te quiero con toda mi alma -dijo Raúl emocionado y la besó abrazándola.
     Ella le devolvió los besos y le dijo:
     -¿Me quieres solo por guapa?
     -Por guapa y por niña... -respondió Raúl.

Diez relatos cortos sobre la facilidad de la vida (X)

En memoria de mi padre

     Hércules Fernández estaba sentado en la terraza de su casa, disfrutando del fresco de la noche un día de verano después de la cena y comenzó a reflexionar sobre lo que era su vida. Se dio cuenta de que, desde su misma adolescencia, siempre había estado preocupándose por algo. Cuando parecía que iba a solucionarse al fin el problema que le agobiaba, surgía otro nuevo y así sucesivamente. Nunca estaba satisfecho. La felicidad no debía existir puesto que era tan complicado conseguirla. Respiró hondo, se arrellanó en la silla y oyó a sus hijos y a su esposa reír alegremente por algo que habían visto en el televisor. Con pesimismo, se dijo:
     -La felicidad no existe.
     Pero todo el dolor y la certeza que expresaban estas palabras se evadía como un humo que arrastra el viento pues era más fuerte en ese momento la voz de su corazón, que le gritaba, desde su pecho rebosante de gozo, que no era verdad, que era imposible ser más dichoso de lo que era ahora y que la vida era dulce como la miel.

Diez relatos cortos sobre la facilidad de la vida (IX)

A mi madre

     -Papá, la carrera de Empresariales no me gusta -saltó de pronto Alberto durante la comida.
     -¡Cómo que no te gusta, hijo! -dijo su madre sobresaltada.
     -¿Y por qué no? ¡A ver...! -preguntó su padre con aspereza.
     -Me gusta más Magisterio, me encanta tratar con los niños y aprender de ellos -respondió Alberto.
     Su padre se llevó las manos a la cabeza y dijo:
     -Pero tú no estás bien de la cabeza, Alberto. Tienes la oportunidad de heredar mi empresa, que está valorada en cien millones de euros ¿y quieres convertirte en maestro? ¿En qué cabeza cabe eso, Alberto? Piénsalo bien, hijo, y no me enfades que ya tengo demasiadas preocupaciones en la vida.
     -Papá, prefiero ser maestro, me lo pide el corazón... -dijo Alberto.
     -¿Pero cómo te va a pedir el corazón ser un don nadie en lugar de uno de los grandes empresarios del país? -dijo su padre exasperado.
     -No me enorgullecería nada ser empresario y sí mucho ser maestro -respondió Alberto- porque es el reto que me marcan mis sentimientos y mis preferencias más arraigadas.
     -¡Pero, imbécil...! -estalló su padre-. ¿Pudiendo disponer de todo el dinero que quieras y cuantas comodidades te apetezcan, quieres un trabajo de maestro con jornada de ocho horas?
     -Papá -respondió Alberto-, tú trabajas quince horas y todo el dinero que tienes no te evita vivir agobiado y lleno de sinsabores por mucho que tengas cuatro casas y siete mercedes.
     -Yo creo que has perdido el juicio, hijo -dijo su padre-, lo has perdido por completo. ¡Vete a rezar y olvídate de ese capricho, rápido y no me rechistes!
     -¡No me trates como si fuera una posesión tuya, papá! -gritó Alberto-. No soy uno de tus miles de empleados que tanto orgullo te produce tener; a mí no me vas a poner tu sello de propiedad para incrementar esa vanagloria con la que combates tu sensación de insignificancia.
     -¡Yo no tengo nada de insignificante! ¿Te enteras, mal hijo? -dijo su padre.
     -¡Te gusta sojuzgar a las personas porque tú mismo estás asfixiado y atrapado en tu infierno de trabajo y actividad compulsiva! -exclamó Alberto-. ¡Haces de tu vida y la de los que están bajo tu dominio una agonía para liberarte de tu inseguridad! No tienes valor para buscar la felicidad porque eres el ser de este mundo al que más odias y desprecias...
     Su padre miró a Alberto con una expresión de máxima indignación y soltando las sílabas una a una casi sin energía como si salieran de un alma presa de convulsiones dijo:
     -Eres un canalla...

Diez relatos cortos sobre la facilidad de la vida (VIII)

A Lulu Mortensen

     El pequeño aborigen observaba a su padre fabricar una lanza a la puerta de la choza y, dirigiéndose a él, le dijo:
     -Papá, quiero ir contigo a cazar. Me construiré una lanza y mataré una gacela para que comamos todos hasta hartarnos.
     -No, hijo -respondió su padre-. Para ser cazador, tienes que pasar antes la prueba del gran espíritu de los animales, además, tienes que consagrar tu lanza en la ceremonia del cazador y humillarte en tierra y rezar cien loas a los espíritus de la selva tres días antes de ir de caza; el día que vayas de caza, tienes que pintarte la cara con los signos del espíritu de la muerte y, solo si el brujo viera en ti signos de que ese día vas a tener suerte en la caza, irías a cazar.
     El niño olvidó su idea de ir a cazar de inmediato. Pero vio a su madre moliendo el cereal y tras acercarse a ella, le dijo:
     -Mamá, ¿me dejas que haga harina?
     Pero su madre le respondió:
     -¡Qué ocurrencias! La harina solo la puede hacer una esclava del espíritu del cereal, que ha tenido que pasar la prueba de la cueva de la serpiente y consagrar su molino con oraciones a los espíritus del Sol. Solo cuando llevas dos primaveras sirviendo a una esclava del espíritu del cereal, te puedes convertir en una y moler tu harina pero tú nunca podrás molerla porque eres chico y hay que ser chica.
     El niño volvió con su padre.
     -Papá -le dijo-, quiero hacer una choza, quiero tener una para mí solo.
     -No puedes, hijo -le respondió su padre-. Para hacer una choza, el brujo tiene que revelarte las siete oraciones mágicas del espíritu del hogar cuando pases la prueba del espíritu del bambú y esperar tres primaveras antes de levantar tu choza para que el espíritu de la paja y el barro conozca tu alma para lo que tienes que pasar la prueba de la invocación a la oreja del espíritu de la paja y el barro. Cuando el espíritu te oiga, te buscará y a los tres años te encontrará y ya podrás levantar tu cabaña.
     El niño fue entonces a ver a su madre.
     -Mamá -le dijo-, me voy adentro a jugar con mi arco.
     -Que no se te olvide rezar las cinco palabras al espíritu del hogar al pasar el umbral y decir Solo tú, espíritu de la lluvia, diriges con acierto tus flechas antes de tocar tu arco -dijo la madre.
     -Ya lo sé, mamá -respondió el niño.
     Pero, de pronto, vio a la hija del vecino y, en lugar de entrar en la choza, fue a hablar con ella.
     -¿Te puedo dar un beso? -le dijo.
     -¡No! -respondió ella espantada-. Eso sería una grave falta contra el espíritu del fuego. Hay que pasar la prueba de las brasas para poder besar y yo aún no lo he hecho.
     -¿Qué dicen los sabios que hacen los espíritus si se les desobedece? -dijo el niño.
     -Una cosa terrible -respondió la niña-: nos abandonan.
     El niño, sin pensárselo un segundo, abrazó a la niña, la besó tiernamente y le dijo:
     -Ahora la vida es más fácil...

martes, 27 de mayo de 2014

Diez relatos cortos sobre la facilidad de la vida (VII)

A Eya Jlassi

     Para él era más importante uno de los objetos de su propiedad que su propia dignidad, de tal modo que, cuando llegaba una visita, toda su preocupación era que no le robaran nada y era capaz, cuando pensaba que le faltaba algo, de sentir el desprecio más absoluto por las personas más puras y agradables si su imaginación le hacía creer posible que hubieran sido ellas las responsables. Vivía tan obsesionado con la conservación de los objetos que atesoraba en su casa que salir de ella por un tiempo mínimamente largo era para él un auténtico suplicio porque, durante su ausencia, no paraba de pensar en la posibilidad de que la desvalijaran los ladrones. Jamás hacía un viaje largo porque no quería estar lejos de sus objetos, que para él eran lo más valioso de su vida. Todo lo que ansiaba cuando estaba fuera de su casa era volver a entrar por su puerta y comprobar, aunque con un poco de vergüenza de sí mismo, que sus estanterías, cajones, armarios y aparadores seguían tal y como los había dejado al salir.
     Sus posesiones eran tan importantes para él como si fueran una prolongación de su cuerpo y, de hecho, muchas veces, se sentía él mismo una cosa, la cosa que utilizaban las cosas que tenía para conservarse en buen estado. Tenía un inventario y cada vez que compraba algo nuevo, lo anotaba para prevenir los fallos de su memoria cuando necesitara comprobar que no le habían quitado nada o que no se había deslizado hacía el país de las cosas que se pierden. Cada vez que iba de compras, se pasaba una hora apuntando en su inventario las características, marcas y precios de todo lo que había comprado.
     Él mismo se daba cuenta de hasta qué punto era mezquina su actitud y añoraba el espíritu de los aventureros, que son capaces de dejarlo todo para acometer su siguiente jornada pero sus libros, sus discos, sus piezas de cerámica, sus juegos de mesa, sus naipes y todos los fetiches que había conseguido incorporar a su propiedad eran todo lo que tenía en la vida para ser feliz, no era capaz de serlo sin ellos. De ahí toda aquella servidumbre con que complicaba su existencia.
     Pero, cuando conoció a la nueva inquilina del piso adyacente, el mero hecho de que aquella mujer conociera y guardara en su corazón aquella tierna ansia que ella le estaba inspirando le pareció un tesoro tan inmenso que, a su entender, cuanto tenía dentro de su casa no valía ni la milésima parte. Muchas veces habían intercambiado sonrisas y palabras y había podido advertir hasta qué punto se trataba de un ser tan bello de espíritu como de apariencia. Le pareció que le hubiera bastado para ser feliz el resto de su vida que ella escuchara sus palabras de amor tan solo durante diez minutos. Ya no hacía falta hacer inventario de todo lo que comprara, ni preocuparse por los ladrones, ni pasar un calvario cada vez que tardara en volver, bastaba que ella le oyera decir te amo una sola vez para que toda su existencia se llenara de belleza y felicidad. ¿Para qué preocuparse por lo que tenía o no si el gozo de darse por entero a aquella mujer era infinitamente más grande? De modo que arrojó su inventario a la basura y la invitó a cenar.

domingo, 25 de mayo de 2014

Diez relatos cortos sobre la facilidad de la vida (VI)

A Txaro Cárdenas

     Josefina tenía una convicción de la que pensaba que no dudaría nunca, ni soñando ni despierta, ni de joven ni de vieja: las cosas que sobraban eran una dificultad añadida a la vida y había que despojarse de ellas.
     Su esposo Enrique era la persona que más veces había escuchado su dogma filosófico.
     -Enrique, todo lo que sobra es una complicación -le decía a su marido cada vez que quería comprar algo que no parecía tener una utilidad básica o hacer algo inspirado únicamente por los impulsos de su corazón.
     Enrique no podía disfrutar de nada que no tuviera la más corriente y contundente de las explicaciones. Su espíritu rico en emociones sufría enormemente refrenado por la autoridad de su esposa, que no le permitía el más mínimo esparcimiento. De modo que un buen día le dijo a Josefina:
     -Josefina, quiero divorciarme de ti. Como necesitas una explicación clara para todo, te diré que, en este caso, me dejo influir por lo que tú misma me dices tantas veces: todo lo que sobra es una complicación, seguro que te sirve este argumento.

viernes, 23 de mayo de 2014

Diez relatos cortos sobre la facilidad de la vida (V)

A Ana María García

     -¿Qué es lo más difícil de la vida, papá? -dijo un niño levantando la vista de los deberes del colegio.
     -¿Lo más difícil? -dijo su padre-. Pues no sé, hijo, quizá superar una enfermedad grave o un accidente o sufrir una guerra o padecer necesidades. Pero eso no le pasa a todo el mundo, la vida es fácil si hay suerte.
     -Pues yo creo que lo más difícil de la vida es la primera comunión -dijo el niño muy serio.
     -¿Pero por qué, hijo? -dijo el padre sorprendido-. Si es el día más feliz de tu vida, ¿no te lo ha dicho el cura?
     -Sí -dijo el niño-. Pero tengo que aprenderme de memoria todo el catecismo, que es tan largo que no me cabe en la cabeza; tengo que hacer examen de conciencia para confesar pero yo, si me miro por dentro, no veo nada porque está todo oscuro y, si no me acuerdo de decir algún pecado y tomo la comunión, me condeno al infierno; el día de la comunión, estarán mirándome todos los que vayan a la iglesia y tendré que estar quieto sin moverme y, cuando lea, no tengo que equivocarme porque pensará todo el pueblo que no sé leer... y papá, ¿y si, cuando vaya a tomar la hostia, se me cae al suelo? Yo quisiera entrenar mucho para que ese día no se me caiga. Si se me cae, me voy al infierno, ¿verdad, papá?
     Su padre, que se había desentendido de la perorata de su hijo porque le importaba más lo que estaba leyendo en el periódico, respondió:
     -Sí, hijo...
     El niño pensó entonces que lo mejor que le podía pasar era morirse antes de ese día porque, si se moría después, fijo que iba al infierno.

jueves, 22 de mayo de 2014

Diez relatos cortos sobre la facilidad de la vida (IV)

A José Antonio Bascuñana

     Le angustiaba la dificultad de los retos que tenía que acometer pero no podía renunciar a ellos porque eso significaba el fracaso, cada nuevo reto era un escalón más alto de su ambición y estaba cargado de una complejidad que siempre se le antojaba extrema e inquietante. Él se acordaba de cuando pasó de curso en su infancia y tuvo que aprender a resolver ecuaciones de segundo grado y a hacer raíces cuadradas, ese mismo año le salió el bozo en la cara y se hizo una idea espantosa de lo doloroso que le resultaría afeitarse. Las relaciones con las chicas le parecieron, poco después, un objetivo tan complicado que no sabía por dónde empezar. Su primer trabajo no se consideraba capaz de desempeñarlo con acierto cuando lo consiguió a pesar de todos los años que había estudiado para aprender a hacerlo.
     Y ahora, de pronto, a sus cincuenta años, se sentía insatisfecho porque no creería haber llegado lo suficientemente alto en el mundo en el que se desenvolvía si no conseguía un reconocimiento de los otros, que los otros admitieran que todos sus objetivos los había culminado con éxito y que sintieran por él una admiración profunda y un afecto sincero. Creyó que ese era su siguiente reto y volvió a sentir que no había pasado en su vida por nada tan difícil como aquello pero esta vez lo sintió con especial intensidad.
     No sabía si era merecedor del aplauso de los demás pero lo anhelaba y su espíritu se sumió en la melancolía porque sintió que, si no lograba la aprobación de los otros, su éxito en la vida no sería auténtico.
     Su conciencia de la complejidad e incertidumbre de las cosas del mundo le llenaba de inseguridad y solo se disipaba esta si conseguía que los otros coincidieran con él en creer idóneos sus pasos. Su aflicción se hizo profunda por el solo hecho de que, pese a que él sentía que había cumplido con todos sus deberes a la perfección, los demás seguían mostrándole su indiferencia. La camarera del café trataba mejor, según su entender, a sus compañeros de trabajo y ellos le saludaban tan solo con displicencia cuando llegaba por la mañana. Su librero seguía manifestándose tan distante ante él como el primer día que le compró un libro y su familia parecía más interesada en el televisor que en su desdichada persona.
     ¿Sería que, al fin y al cabo, no había hecho tan bien las cosas como él quería creer, sería que no había cumplido con su deber a la perfección? Sospechaba que algo de eso había y su conciencia cargaba con un gran peso; entre todo aquel laberinto complejo de pruebas que había de superar diariamente, algo tenía que estar haciendo incorrectamente puesto que del corazón de los demás no brotaba un impulso de asentimiento explícito e inequívoco hacia él.
     La aprobación de los demás la había convertido en una más de sus responsabilidades y el hecho de no obtenerla le producía la insatisfacción e inquietud de un grave remordimiento. Su frustración no tenía límites por cuanto sentía que estaba totalmente fuera de su campo de acción liberarse de ella, no podía hacer nada para que los otros le quisieran más pero, si no lo conseguía, sería un fracasado.
     Los deseos irracionales no suelen dejarse disuadir por la voz de la razón, más bien necesitan la negación del corazón, que es el verdadero responsable de los sentimientos. Sus amigos, a los que confesaba la desesperación de la que era presa, no conseguían hacerle ver, por más que se esforzaran, que no era imprescindible que los demás le mostraran aprecio para que él se sintiera a gusto consigo mismo. En su infancia, había entrado muy hondo en su espíritu la imagen de la autoridad, la autoridad parecía ser la única que dominaba los secretos del mundo; para los demás, el mundo era inseguro e incierto, solo para la autoridad era fácil y lleno de evidencia. La idea de la autoridad era lo que estaba detrás de su temor a fallar, a no hacer bien las cosas y, sin duda, de las dudas que sentía por no obtener el halago y reconocimiento de los otros. Su corazón estaba bajo el yugo de aquel prejuicio y no era capaz de liberarlo.
     Poco a poco un espíritu recupera la salud perdida en un entorno de libertad y con la ayuda de impactos que impresionen a su corazón y le muestren la verdad de su deseo. No conseguía salir de su desazón interior y andaba rumiando sin cesar su tristeza pensando en la amargura de una muerte que parecía aproximarse para hacer definitivo e inexorable un fracaso que se le antojaba absoluto e inequívoco pero todo cambió gracias a uno de esos impactos.
     Se fijó en el perrito antes de que saltara de los brazos de su dueña, caminando en dirección al trabajo. Cuando se escapó y se introdujo en la calzada, se acordó de su propio perro y sintió un impulso irrefrenable de ir por él para salvarlo de la muerte. Se lanzó tras él precipitadamente con una convicción interior imposible de eludir, arriesgando su vida sin rastro de vacilación o duda y consiguió sujetarlo y salvarlo de las ruedas de un camión que ni siquiera frenó. Pero, cuando se lo devolvió a su dueña esperando ver en su rostro las mieles del agradecimiento y la admiración, en su lugar vio una expresión tan indiferente como la que le mostraba la camarera del café o su librero de siempre y observó cómo sacaba un billete de su bolso con la intención de pagar con él el acto de generosidad suma que acababa de hacer. Él rechazó aquel ofrecimiento y vio partir a la dueña con el animal en sus brazos paralizado de perplejidad en medio de la acera. Sintió de pronto dolor en la mano y, cuando la examinó, vio que manaba sangre de una herida y supo que tampoco el perro había reaccionado de la manera más justa.
     Este suceso le hizo sentir íntimamente lo necesario que es, para el hombre que quiere actuar bien, creer en sí mismo y tomar sus decisiones sin el apoyo de nadie y fue el primer paso para la auténtica liberación de su vida.

miércoles, 21 de mayo de 2014

Diez relatos cortos sobre la facilidad de la vida (III)

A Susana Magaña

     Javi no podía concebir cosa peor que ser objeto de las burlas de los amigos. Por eso multiplicaba horrorizado las precauciones con las que evitar darles pie a ellas. Huía con fanática obcecación de las palabra cinco porque temía que sus compañeros le replicaran indefectiblemente:
     -En el culo te la hinco.
     Le obsesionaban las cáscaras de plátano y demás restos de comida que hubiera por el suelo porque no quería resbalar con ellos y despertar el consiguiente estrépito de risas.
     Cada vez que escuchaba un chascarrillo, le daba mil vueltas en el entendimiento para no ser él nunca protagonista de semejante historia y tan en serio se tomaba este propósito que casi no tenía otra guía para comportarse y sentir que la que le proporcionaba la abundante nómina de los tópicos humorísticos. Se podía decir que los chistes fáciles eran lo que complicaba su vida.
     Pero todo tiene un final y un día se rajaron sus pantalones por el trasero con lo que despertó la hilaridad de todo el colegio incluyendo a algunos maestros. Al día siguiente, volvieron a reírse y burlarse de él, en recuerdo de lo que le había pasado y también al siguiente y al otro y aun continuaba la sorna de todos toda la semana que siguió después dando señales de no querer acabar nunca y tanta fue la frustración que sintió que, renunciando a todas sus precauciones y a toda protección de su imagen, lleno de despecho e indignación, una mañana, delante del maestro y de toda la clase, se despojó de toda su ropa y exclamó con rabia:
     -Que se ría a gusto ahora el que no tenga lo que yo.

martes, 20 de mayo de 2014

Diez relatos cortos sobre la facilidad de la vida (II)

A mi amada

     El reloj lo estaba matando, el imbécil de Pedro se estaba retrasando y él tenía el coche en el taller y no podía ir solo, seguro que no llegaban a tiempo para comprar las entradas para la final y, si no iba él a verla, fijo que la perdían porque estaba convencido de que su presencia en las gradas, sufriendo por el resultado y anhelando con toda la fuerza de su afán y su desesperación que ganaran, era lo único que hacía decantarse el partido a favor de su equipo, era una convicción espiritual muy arraigada desde su infancia y ya no estaba a tiempo de arrancársela del alma.
     Salió a la calle a ver si venía Pedro, se fumó un paquete entero de cigarrillos mientras lo esperaba, su mente estaba a punto de estallar; dentro de sí, estaba haciendo un esfuerzo inconmensurable por hacer que Pedro llegara antes de que se hiciera tarde, no servía de nada pero lo creía su obligación: no sufrir por algo tan importante como esto, ¿en qué cabeza cabía?
     Su angustia llegó a un extremo tal que ya no podía soportarla y quiso escapar de ella pero veía tan sumamente complicado sustraerse al dolor en semejante circunstancia que no creía poder salir de semejante laberinto. Pero, de pronto, se dijo:
     -Si no llega Pedro después de todo lo que he sufrido, es que hay una fuerza mayor contrarrestando mi esfuerzo. No hay nada que hacer, me calmo ya...
     Y volvió a entrar en casa y se sentó en el sillón a leer un libro.
     A las dos horas, cuando ya se había olvidado del tema, apareció Pedro en su puerta con las entradas. Había ido solo por ellas porque se entretuvo tanto con otros menesteres urgentes que, si hubiera ido a recogerlo, se le habría hecho demasiado tarde. Él se alegró de haber tomado la decisión de ponerse a leer.
     -Imagínate si sigo haciendo fuerza dentro de mí para que llegue y consigo que venga y nos quedamos sin entradas... -se dijo fomentando su fantasía habitual.

lunes, 19 de mayo de 2014

Diez relatos cortos sobre la facilidad de la vida (I)

A mi amada

     La empresa estaba en las últimas, no había manera de levantarla pero él se negaba a admitir el hecho porque no veía otro medio de subsistencia para su familia que el que su negocio le proporcionaba. Se propuso pedir un préstamo para salvarse de la bancarrota pero al final fue su peor decisión, todo el dinero del préstamo se fue por los agujeros y la empresa comenzó a dar constantes señales de precipitarse a la quiebra. Este problema era suficiente para sumirlo en la desesperación más honda pero no acabaron ahí sus adversidades pues su hijo de diez años fue diagnosticado de leucemia. Imaginó a su hijo muerto y al resto de la familia en la indigencia y, de repente, la vida se le representó como un camino tan arduo y sombrío que su tentación más fuerte fue la parálisis y comenzó a incubar una grave depresión. Pero sus problemas aún no habían acabado pues su esposa comenzó a manifestar un comportamiento extraño y temió, mejor dicho, creyó una evidencia constatada su sospecha de que había contraído una enfermedad cerebral y que acabaría muriendo también o perdiendo sus facultades mentales.
     Tanta fue su desesperación que dejó de tener importancia para él lo que sucedía en su vida y su afán más profundo fue, de pronto, no más que huir de su angustia, de esa sensación de asfixia y opresión insoportable que se había apoderado de su cuerpo. Lo más próximo a una solución que se le ocurrió fue el suicidio. Compró una cuerda fina y resistente y con ella en una bolsa de viaje se dirigió al puente. Comprobó que no había nadie cerca y sacó la cuerda de la bolsa con la intención de atar un extremo a la barandilla y arrojarse al vacío con el otro alrededor de su cuello. Era una hora en que el puente estaba habitualmente desierto y no temió ser sorprendido.
     Pero ya se disponía a ponerse en el cuello la cuerda cuando, produciéndole un enorme sobresalto, escuchó la voz tranquila de alguien a su espalda que le decía:
     -¿De verdad hay algo peor que esto?
     Se volvió y vio un policía uniformado que le sonreía.
     -Mi empresa está en una grave crisis, mi hijo tiene leucemia y mi mujer está perdiendo la cabeza -dijo él al policía con el rostro abatido-. La vida se ha vuelto más complicada de lo que soy capaz de soportar. Cuando era primavera y el camino estaba lleno de luz, era fácil pero, tal y como se muestra ahora, no veo ninguna salida, ya no la reconozco, ahora mi vida es distinta a todo aquello para lo que nací, ya no me corresponde.
     -¿Y por qué cree que ahora no es primavera? Estamos en abril. Hoy ha hecho un día excelente. El parque estaba lleno de flores...
     Él no entendía lo que el policía trataba de decirle y este prosiguió:
     -Hay hombres con su negocio en auge, con una familia sana y disfrutando de unas circunstancias envidiables y, sin embargo, toman la misma decisión que usted porque creen que sus vidas no le corresponden, han dejado de sentirlas en el corazón. ¿Y cree acaso que se trata de un terrible problema de muy complicada solución? En absoluto, lo que ocurre es que ellos piensan que sí lo es, se afanan en luchar contra él con todo el poder de sus agobiadas mentes, cada vez le descubren más pasillos a su laberinto y un buen día se deciden por lo peor. Son meras víctimas de la fantasía, así de simple y patético.
     Él sintió un repentino alivio mientras escuchaba al policía, quería seguir oyéndole, le inspiraba tal afinidad que le parecía estar oyendo a un ángel.
     -Siempre hay un nuevo amanecer, siempre hay un camino para encontrar la felicidad -siguió el policía- y es tan fácil de hallar que muchos lo descartan con incredulidad pensando que algo tan bueno tiene que requerir mucho más esfuerzo. Pero cuanto más ahínco ponen en hallar la solución más se hunden en su problema porque sus cavilaciones les alejan de su corazón, que es quien de verdad está pidiendo ser escuchado. Solo quien escucha a sus sentimientos escapa al error. La lógica tiene que consultar al corazón y no el corazón a la lógica. Es el corazón lo que abre todas las puertas y despeja todos los senderos. ¿Qué le dice a usted su corazón? Escúchelo...
     Él hizo un esfuerzo por obedecer al policía y, de pronto, descubrió que su deseo más imperioso era estar en aquel mismo instante con su esposa y su hijo y entregarles todo su afecto no importaba durante cuánto tiempo, solo importaba que ellos supieran ahora, sin aguardar un solo minuto, hasta qué punto los amaba.
     El policía pareció ver la expresión de súplica que tenía su mirada cuando comprendió esto porque le dijo:
     -Usted parece un hombre de honor, mi obligación sería detenerle pero, si usted me da su palabra de que no va a volver a intentar esto ni una sola vez más en su vida, yo me olvido de la ley porque las leyes están hechas para la felicidad de los hombres y no para someterlos.
     Él iba a responder afirmativamente cuando el policía echó a andar sin decir nada más. Él desató la cuerda y la tiró al agua como también la bolsa de viaje y, cuando quiso ver otra vez al policía, comprobó que había desaparecido misteriosamente. No era posible que en tan corto espacio de tiempo hubiera alcanzado el final del puente caminando, ni siquiera apresurándose mucho, se preguntó si sería un ángel, no le cabía la menor duda de que ese ser era algo extraño, de su presencia emanaba una paz como no la había sentido jamás pero no creía en el mundo sobrenatural y acabó explicándose el suceso como una alucinación que su espíritu había forjado para salvarle de la sinrazón que había estado apunto de cometer.

sábado, 17 de mayo de 2014

Diez relatos cortos sobre lo real (X)

A Francisco Almarcha

     Era sábado por la noche y estaban viendo la tele pero, de pronto, él cogió el mando y la apagó.
     -¿Por qué la apagas? -dijo ella.
     -Porque quiero decirte una cosa -dijo él.
     -Vale -dijo ella.
     -Clara -dijo él-, yo siempre pensé que la realidad era lo más opuesto a los sueños que había. Creía que ser realista era conformarse con no conseguir lo más grande, lo más deseado, lo más valioso. Pensaba que un hombre cuerdo y cabal evitaba el color negro siempre con el color gris, nunca con el blanco porque eso no era ser realista... Me equivoqué: la realidad es un reino hermoso y seductor, la realidad es absolutamente blanca y luminosa, la realidad es tan gozosa y feliz que supera cualquier paraíso forjado por la fantasía humana porque la realidad eres tú y tú eres todo cuanto mi deseo es capaz de soñar...
     Entonces ella mostró una amplia sonrisa, rodeó el cuello de él con sus brazos y le dio un sonoro beso en la mejilla.

Diez relatos cortos sobre lo real (IX)

A Marina Gracia

     Dos ancianos estaban en un parque sentados al sol en un banco. El más pesimista le dijo al otro, que era optimista:
     -La vida es un engaño, es una novela llena de alegrías, felicidad y risas pero acaba en tragedia porque lo último que se ve es la muerte.
     Y el optimista replicó:
     -No es así. La muerte no se ve, cuando llega, ya no estás. Esa tragedia ocurre en la hoja en blanco.

Diez relatos cortos sobre lo real (VIII)

A Nora Francucci

     Irene se dirigió a su amiga Encarna al salir ambas de la tienda de ropa y le dijo:
     -No sé por qué le has dado dos besos y un abrazo al dependiente. Los elogios que te ha dicho no eran sinceros, los ha hecho para vender más...
     Encarna, toda enfurecida de pronto, le respondió:
     -¡Pero si solo ha comentado que soy atractiva e inteligente, lo mismo que tú me has dicho otras veces! ¿O sea que no me lo decías en serio, no?
     Irene ya estaba arrepentida de su comentario porque ahora tenía que pensar en cómo resolver aquella contradicción que le hacía ver Encarna:
     -Encarna -dijo después de un silencio-, yo te lo decía para que tu autoestima no sufriera pero el dependiente te lo ha dicho para despertar tu vanagloria.
     -¿Pero soy atractiva e inteligente o no? ¡Quiero saberlo! -dijo ansiosa y muy enojada Encarna.
     -Sí pero si te pones eufórica por eso, das la nota -respondió Irene-, quédate en satisfecha, que es lo realista, no te entusiasmes hasta ese punto porque das la impresión de ser ilusa...
     -¿De modo que no puedo entusiasmarme y sentirme eufórica porque no es realista? -dijo Encarna con sarcasmo-. Te repatea que tu amiga Encarna esté feliz, es ese el problema, ¿verdad?

jueves, 15 de mayo de 2014

Diez relatos cortos sobre lo real (VII)

A Bea Magaña

     Manuel amaba las explicaciones tranquilizadoras que convertían cualquier tema en algo banal y casi insignificante. Cuando oía hablar de amor, entendía sexo, casi prostitución, cuando le hablaban de matrimonio, entendía intereses económicos y comodidades hogareñas y, cuando de felicidad, comida y disfrute egoísta de la vida. El dinero para él era el sumo bien, de dinero se podía hablar tranquilamente todo el día sin echar de menos otro tema. Su ideal futuro era un hombre máquina, sin sentimientos, que trabajara a destajo y llenara el mundo y el cosmos de tornillos y engranajes, no podía entender que se pudiera utilizar la vida en algo que no fuera obvio, práctico e imprescindible.
     Toda la realidad en la que creía había de encontrarla en los libros de ciencia, más allá del reino científico, no existía nada para él. Un hombre era lo que decía la Antropología, así como una estrella era lo que decía la Astrofísica, ni una sola cosa más ni menos. Entendía que ser dichoso era lo mismo que parecerlo y hacer ostentación de ello; la opulencia y la exuberancia eran la única forma de enjugar los ojos en tan negro valle de lágrimas como era el mundo. Y, sin embargo, no había hombre más adusto que él en sus costumbres porque para él casi todo lo que hacía la gente eran tonterías y necedades sin fundamento, ni sustancia, ni justificación.
     A los cuatro años se había enamorado de su vecina de diez pero, una vez, por asomarse por el hueco de la escalera cuando esperaba verla subir, cayó al vacío. Desde entonces, no se había vuelto a sentir atraído por nadie, ¿quién valía lo suficiente como para justificar su desvelo, pensaba, si el alma humana no eran más que simplísimos neurotransmisores, sustancias tan triviales como el orín de una vaca?
     Pero a los cuarenta y tres años, contrajo un cáncer que no pudo vencer. Cuando oyó llamar a la muerte a su puerta, todas sus ideas sobre el mundo le parecieron una cárcel. Lo que antes le daba paz y satisfacción ahora tenía sabor a tapizado interior de ataúd, a útil repisa de tumba, a cálculos de marmolista para que el epitafio no saliera descentrado. De lo más profundo de su ser, emergió de pronto un irrefrenable impulso de rebelión contra la mezquindad de su vida, abrió su alma a los otros, iba a dejar de ser persona, iba a convertirse en un muerto, en una cosa y, de pronto, comprendió la radical diferencia que había entre un hombre y un objeto.
     Su parco entendimiento, que aún navegaba por sus aguas acostumbradas a pesar de todo, le dijo que bastaba con dejar toda su herencia a un asilo de indigentes para poder morir en paz y eso fue lo que hizo. Pero a medida que se iba aproximando a su final, la idea de la inmortalidad le iba atrayendo más. ¿Y si se me olvida todo lo que he aprendido en los libros de ciencia?, se decía. ¿Qué más da lo que es real o no ahora que todo se va a acabar? ¿Si yo digo que lo real es lo que mi cabeza imagina porque es lo que más cerca tengo y que lo que ven mis ojos es pura imaginación, tiene acaso alguien argumentos para rebatirme? Lo último que sentiré de este mundo será con los ojos cerrados, poco importaría entonces lo que los ojos me mostrasen en el caso de que los pudiera abrir. De modo que tomó la decisión de esperar la vida eterna.
     Su cáncer ya estaba muy avanzado cuando su forma relajada de entender el límite de lo real le permitió volver a enamorarse. Volvía a ser una vecina. Para él no era relevante que su deseo fuera posible y lógico, él miraba dentro de sí y veía una realidad tan vasta como la externa capaz de competir con ella y sustituirla. La fuerza de sus sentimientos le hizo aproximarse a la mujer y pese a su enfermedad, consiguió conquistarla. Vio que no había realidad más sólida en el mundo que la del amor, sentía más que nunca que era inmortal pero ya no necesitaba dejarse llevar por los silogismos para conseguirlo, ahora era una evidencia que emanaba de lo más profundo de su corazón.
     Murió una tarde de otoño. Ella le dio un beso en sus labios yertos.

viernes, 9 de mayo de 2014

Diez relatos cortos sobre lo real (VI)

A mi amada

     Andrés se dio un golpe en la cabeza y, de pronto, perdió la capacidad del habla y la memoria. En su mente, no quedaba más que la pura percepción y los sentimientos y sensaciones con que recreaba esta en su interior. Su mirada, según sus familiares más íntimos, parecía difuminada o desperdigada, como si su alma estuviera centrando su atención sobre todo el Universo al mismo tiempo olvidándose de todo lo fraccionario. Cuando se restableció de su trastorno, confesó que su experiencia le había proporcionado una insospechada revelación de lo que era la realidad.
     En un principio, no distinguía los límites de las cosas. Todo el universo le parecía un gigantesco ser vivo que se movía y transformaba sin cesar impidiéndole conocer su funcionamiento y entramado. Poco a poco, con la ayuda de su memoria y sus sentidos, comenzó a identificar la forma y descubrió el pensamiento. Cuando pensaba, el monstruo de la realidad parecía dormirse y acceder a su escrutinio. Supo mucho sobre el mundo guiándose por la forma, pudo anticiparse muchas veces a parte de lo que ocurriría en el momento siguiente gracias a ello pero era casi un pasatiempo intrascendente comparado con las emociones que le provocaba el monstruo despierto. Algunas de las formas lo rozaban y emitían sonidos suaves, no sabía la razón pero estas últimas le producían un placer intenso y deseaba su presencia. Cuando sentía eso le parecía que la bestia de la realidad volvía a despertar y que la forma desaparecía. Había llegado hasta la forma a fuerza de comprobar las similitudes en la percepción de sus sentidos, ahora descubría que lo que percibían sus ojos, su nariz y su piel no llegaba a la esencia de aquellas formas porque su sentimiento de placer le decía que no eran repetibles ni semejantes a nada y que su realidad era tan confusa e inexplicable como la del monstruo universal cuando estaba despierto.
     Cuando Andrés recuperó el habla, identificó su sentimiento de placer con la palabra amor y, recordando sus conclusiones, vino a saber que no está en nuestra piel el contacto más íntimo con la realidad sino en la profundidad de nuestro corazón.

jueves, 8 de mayo de 2014

Diez relatos cortos sobre lo real (V)

A Lluvia Rojo

     Severo no apreciaba a la esposa de su hermano. Su hermano se enamoró de ella cuando su padre estaba en peligro de muerte en el hospital y ella le atendía como enfermera. A su hermano le cautivaron las palabras que le dijo en el pasillo uno de aquellos días.
     -Lamento mucho lo que estás sintiendo -le dijo-, de verdad te lo digo. Tienes que abrirte a nuevas oportunidades de entregar tu afecto, otras personas lo están esperando, ahora lo que corresponde es pasar página y mostrarse humilde frente al poder de la muerte...
     A su hermano le parecieron las palabras de un ángel. Expresaban condolencia, hablaban de abrirse al afecto, de humildad... Se enamoró de ella al instante; el uniforme de enfermera y la dureza de carácter que su profesión sugería le añadían un atractivo que acabó de cautivar sus deseos.
     También Severo escuchó aquellas palabras pero no vio en ellas las de un ángel sino las de un demonio porque no las escuchó solo con su cabeza sino también con su corazón. No creyó en la bondad y la realidad de aquellas frases tan vehementemente piadosas porque quería a su padre y le pareció que manifestaban una asombrosa ausencia de sensibilidad al permitirse hablar de humildad ante la muerte en el momento en que la persona a la que se refería, un familiar tan cercano, estaba luchando por sobrevivir en su lecho del hospital.
     Severo nunca consiguió hacer buenas migas con aquella mujer. Aumentó su desdén hacia ella el día de su boda con su hermano, cuando su padre, parcialmente restablecido, recibió de ella la información, en la mesa del banquete, de la parca esperanza de vida que tenían los que padecían su mal, tan solo a modo de detalle curioso dentro de la conversación que les amenizaba la comida.

Diez relatos cortos sobre lo real (IV)

A Susana Magaña

      -Escúcheme usted, querida amiga -dijo el doctor con una estudiada sonrisa en el rostro-, tengo que hablarle claro: su enfermedad no es real. Usted es víctima de sus miedos y sus sentimientos. No hay que dejarse llevar por el corazón. Míreme usted a mí. ¿Qué haría yo en mi profesión si tuviera que hacer caso de mi corazón? El corazón no nos lleva más que a confundirnos y a perder la noción de las cosas. Hay que pelear fuerte con él porque nos tumba... Hágame caso, olvídese de esos problemas que cree que tiene o, en todo caso, busque un psiquiatra que medique su ansiedad.
     Ella escuchó al doctor con una profunda desilusión. Quiso hacer un último intento por salvar su causa y dijo acumulando una mentira tras otra:
     -No, doctor, yo no estoy preocupada en absoluto por mis síntomas. Mi espíritu es gélido absolutamente, soy una persona fría y calculadora, no me he enamorado en mi vida. Ni siquiera me gusta la literatura, mi principal entretenimiento son los crucigramas. Como comprobará, no me dejo llevar por la subjetividad en absoluto. Podríamos ser muy amigos usted y yo porque, en eso, nos parecemos mucho.
     El médico se calló unos segundos tras aquellas palabras meditando una respuesta y luego dijo:
     -Venga dentro de dos días. Voy a consultar con mis colegas su caso, tal vez ellos me ayuden a llegar más lejos.
     A los dos días, ella volvió a la consulta y el doctor le dijo que tenía una enfermedad rara que respondía más o menos bien a un tratamiento especial. Ella, allí mismo y en ese mismo momento, agachó el rostro y se echó a llorar emocionada.

miércoles, 7 de mayo de 2014

Diez relatos cortos sobre lo real (III)

A Eya Jlassi

    Un agricultor se afanaba sin reposo en echar a un recipiente que llevaba a la espalda las alcachofas que iba recolectando en una parcela. Con la ayuda de una navaja que cortaba los tronchos con facilidad separaba la hortaliza de la planta y rápidamente la lanzaba a su espalda. Cuando llegó al extremo de la parcela, iba tan cargado que le dolían los hombros. Salió al camino y dejó caer la carga sobre una caja inclinando hacia abajo su espalda. Sintió el alivio momentáneo al desprenderse de aquel inmenso peso pero pronto volvería su espalda a llevar tantas alcachofas que se vería obligado a descargar de nuevo y así sucesivamente durante toda aquella mañana. Iba a volver a la parcela cuando vio venir a un hombre vestido con cierta elegancia y le esperó porque supuso que quería hablar con él. Al llegar, el hombre elegante le saludó y le dijo que era militante de un partido político y que, para que considerara con más detenimiento la idea de votar por él, le iba a entregar un lote de chorizos que fabricaba su empresa.
     El agricultor, cuando conoció qué partido era el suyo, se negó a aceptar el obsequio puesto que, de ninguna manera, estaba dispuesto a inclinarse por esa opción política por ser absolutamente contraria a sus principios.
     -Pero, hombre -dijo el político-, ¿qué daño le va a hacer aceptar mi regalo? No tiene que hacer nada a cambio más que pensar cinco minutos si me va a votar y luego, decida lo que decida, se come usted unos buenos chorizos, que es lo que cuenta. ¿O cree usted que sus principios van a dejar satisfecho su estómago tanto como mis chorizos?
     -Es que no puedo dudar de lo que siento ni siquiera cinco minutos -respondió el agricultor-, no quiero estafarle, señor, sé que no dedicaría ni un segundo a pensar en votar a su partido.
     -¿Lo que siente? -dijo el político perplejo-. Pero si los sentimientos se los lleva el viento, buen hombre; un chorizo es un chorizo, ya verá usted lo buenos que son. Que, en los tiempos que vivimos, hay que ser realista, amigo mío... Qué un chorizo tiene sustancia pero un sentimiento... ¿quién lo ve? Hágame caso, guíese por lo que hace bulto, lo demás son solo fábulas.
     El agricultor, que no quería perder más tiempo con el político, respondió:
     -No es verdad. Lo que hace bulto, más tarde o más temprano, desaparece y se vuelve invisible como los sentimientos pero los sentimientos, aunque son invisibles, no hay nada que no puedan traer a la luz. Las personas no somos de carne y hueso sino de esperanzas. Llévese sus chorizos, a solidez, les gana mi corazón.

Diez relatos cortos sobre lo real (II)

A Txaro Cárdenas

     -La realidad es dura -decía un policía a otro jugueteando con su porra en la mano-. Piensa mal y acertarás. Hay que ser muy valiente para abrir los ojos a la verdad porque la verdad es muy, muy dura... Con decirte que es posible que ni siquiera Dios exista, ya te lo digo todo.
     El otro policía callaba y asentía con la cabeza.
     -Puedes tener la vida más cómoda y feliz y, de pronto, ¡zas: un cáncer! O la bancarrota, o descubres que tu mujer te la pega con otro, o tienes un accidente y te quedas parapléjico y esas cosas ocurren así... -e hizo un gesto con los dedos queriendo representar abundancia.
     -Pues sí... -dijo el otro policía-. Este mundo es un infierno.
     -Hay que ir a lo sólido -dijo el policía pegándole unos golpecitos a la porra con la palma de la mano-. Nada de vivir en las nubes porque te pegas unos tortazos con la realidad tremendos.
     -Así es -respondió el otro policía, totalmente de acuerdo con la filosofía que iba desgranando su compañero-, los tortazos son muy desagradables...
     -Y tanto... -siguió diciendo el que jugaba con la porra-. La realidad es muy dura... Yo, cuando llego a casa, me siento en el sofá sin encender la tele, ni hacer nada de nada y me digo: "Dios mío, ¿qué va a ser lo próximo que me suceda en la vida?" Y, aunque quiera echarme un sueñecito, ya no puedo pegar un ojo porque se me hiela la sangre.
     El otro policía, que también hacía lo mismo porque era muy perezoso y no se ocupaba de ninguno de los asuntos de su casa, comprendió perfectamente las palabras de su compañero.

lunes, 5 de mayo de 2014

Diez relatos cortos sobre lo real (I)

A mi amada

     José visitó un museo con sus compañeros del colegio y sintió el vivo deseo de pintar cuadros. Al día siguiente, cuando su madre estaba en la cocina preparando la comida se acercó a ella y le dijo:
     -Mamá, quisiera tener todo lo que hace falta para pintar un cuadro de verdad. ¿Me lo comprarías?
     -Pero, hijo -dijo la madre-, ¿para qué quieres tú eso si no sabes pintar? Sería un desperdicio. Confórmate con una caja de rotuladores. Esa fantasía tuya no tiene pies ni cabeza, a ti no te servirían esas cosas, te dejas llevar por las locuras, pon los pies sobre el suelo: la realidad, hijo, mírala de cara, siempre te lo estoy diciendo...
     José agachó la cabeza para buscar la resignación en su interior. Al cabo de un rato, sintiéndose más animado, pensó que podía ser hora de convencer a su madre de que le comprara un perro, necesitaba alguien a quien querer y cuidar, su corazón se lo reclamaba desde las brumas imperiosas de la ilusión. De modo que le preguntó a su madre si le dejaba que adoptara un perro.
     -José -respondió ella-, ¿qué te estoy diciendo? Mira a la realidad, no llenes tu mente de disparates e insensateces. ¿Para qué vas a adoptar un perro? ¿No sabes que eso es una responsabilidad inmensa? Si, al menos, me demostraras que pisas tierra firme, te diría: vale, voy a comprarte un perrito porque sé que lo vas a cuidar; pero tienes la cabeza llena de pájaros y no me fío de ti.
     Estas palabras perturbaron a José y sintió deseos de llorar pero no dijo nada y se marchó fuera de la cocina. Fue a su cuarto y abrió el libro de animales que había conseguido que le comprara su padre. Vio la anaconda, el puma, la gacela, el mico... De pronto, se preguntó si sería pisar sobre tierra firme lo que sentía por la niña de pelo negro de la clase vecina. No era verdad lo que su madre le decía, él no quería vivir en un mundo de engaño, quería ser feliz y solo lo conseguiría si hacía reales sus sueños; no le producía placer alguno un deseo que nunca se volvía realidad. Pero no estaba seguro de si se podría casar alguna vez con aquella niña. Eso le inquietó mucho. Comprendió que era muy probable que aquellos sentimientos no tuvieran consecuencia material alguna. Se sintió abrumado por las dudas. La realidad, mírala de cara, parecía que escuchaba decir ahora a su madre. Y, en medio de toda aquella confusión, su mente poco desarrollada llegó a una conclusión: su amor no era real. Olvidando la evidencia que le manifestaban sus sentimientos para obedecer a su madre, quiso entender que lo que sentía no lo sentía verdaderamente. Su madre tenía razón, pensó, había que pisar firme sobre el suelo, los sentimientos no contaban, contaba la tierra bajo los pies. Tanta ansia de realidad comenzó a tener y tanto desprecio hacia la fragilidad de su corazón que, a los dieciocho años, tomó el hábito de monje para abandonar toda veleidad y todo vano deseo y acabó cayendo bajo el influjo de angustiosas alucinaciones en las que veía a un Cristo sangrante.

viernes, 2 de mayo de 2014

Seis relatos cortos sobre la envidia (VI)

     -No hay cosa más absurda que envidiar la fama -dijo un amigo a otro en la barra de un bar tras embucharse un pincho de tortilla de patatas-. Date cuenta de que quien la envidia se preocupa por una mera forma y bajo la perspectiva con que él percibe que la perciben los otros, se envidia la ilusión del reflejo de una apariencia: tanta codicia por algo tan fútil.

jueves, 1 de mayo de 2014

Seis relatos cortos sobre la envidia (V)

     Dos carceleros estaban desayunando juntos en el comedor. Uno de ellos comentaba un incidente del día anterior:
     -...y le dio un puñetazo en la cara, lo derribó y le pisó el cuello -decía-. No creo que fuera por lo del cigarrillo, creo que lo que en realidad ocurre es que le tiene envidia porque no lo llamamos sucio perro como a él sino tan solo bastardo despreciable.