miércoles, 30 de abril de 2014

Seis relatos cortos sobre la envidia (IV)

     Los tres hermanos estaban solos en casa y empezaban a tener hambre porque sus padres tardaban más de la cuenta. Al hermano del medio se le ocurrió hacer torrijas porque había aprendido a hacerlas viendo a su madre pero el hermano mayor echó el azúcar a la sartén y se estropearon.
     Su hambre seguía pero, para combatirla, el hermano menor propuso contar cuentos. El hermano del medio se mostró entusiasmado con la idea pero el mayor la ridiculizó de tal manera que la tuvieron que dejar sin llevar a efecto.
     El hermano mayor puso la tele y aparecieron los dibujos animados de Bob Esponja, el menor y el del medio mostraron su alegría y se acomodaron en el sofá dispuestos a disfrutar del espectáculo pero, en ese momento, el mayor apagó la tele alegando que era muy tarde para verla y que, si lo sabían papá y mamá, se enfadarían.
     Como sus padres seguían sin venir, el hermano del medio quiso llamar al móvil de su madre para saber por qué tardaban tanto pero el hermano mayor dijo que, si lo hacía, le pegaba un cachete y que no pensara en bobadas.
     Al cabo de un cuarto de hora, llegaron sus padres. El motivo de su tardanza era que traían un perrito, que llenó de alegría a los dos hermanos menores pero el mayor quiso aguarles la fiesta diciendo que el perrito era solo para él. Su madre le dijo que el perrito era de todos y que al día siguiente irían al cine. El del medio y el menor saltaron alegremente pero el mayor dijo que aún no habían hecho los deberes y que, si iban al cine, no lograrían terminarlos.
     -¡Alberto -dijo muy enfadada la madre al mayor de los hermanos-, no te pongas borde! Sabes que no hay dinero para llevarte a Disneyland París, no nos atormentes más o te quedas sin postre.

martes, 29 de abril de 2014

Seis relatos cortos sobre la envidia (III)

     La modestia del hombre que respeta a sus semejantes y basa en su pertenencia a la especie y en su rigor ético su principal motivo de orgullo carecía de sentido para él, que veía en la competencia y la oposición abiertas los únicos instrumentos para satisfacer su dignidad.
     El hombre que odia la humillación en sí mismo y en los demás puede buscar la máxima categoría en su oficio, luchar por ser el mejor, creer incluso que lo es, pero no basa en eso su autoestima y por eso nunca cae en la arrogancia. Él, en cambio, necesitaba humillar, ser mejor que los otros, hacerles morder el polvo en medio de una derrota manifiesta y pública porque, dentro de él, no había nada. Su corazón estaba vacío y frío y jamás entendería que la esencia de la vida es el amor y que solo la adoración de la belleza de los otros hace dioses a los humanos.
     Nunca en su vida halló la paz. Vivió atormentado por la frustración y la envidia. La autoestima es esencial para nuestro espíritu, por eso el prestigio público, que para un ser con corazón, no pasa de ser un deseo, para él, que tenía el alma dormida y llena de menosprecio, era una necesidad, por lo que, ni siquiera cuando lograba un éxito, experimentaba gozo alguno pues solo deleita lo que, hasta cierto grado, es prescindible.
     La traición la practicaba con frecuencia. Puesto que solo creía en su propio interés, todo estaba justificado a la hora de alcanzar aquello que tan vital creía para ese sosiego espiritual que perseguía incansable sin conseguir jamás. Como su alma estéril no podía ser poseída por el calor del amor, tampoco sentía el sufrimiento que causaba a sus semejantes ni le espoleaba imperativo ético alguno; pero la sociedad castiga la perfidia y por eso tenía que embutirse en un disfraz de candidez.
     Su envidia no le avergonzaba porque no veía un semejante en el otro sino el rival que le estaba arrebatando su armonía interior y la más sombría venganza estaba justificada. ¿Cómo finge amor un ser así? Fingir amor es fácil, el amante halaga, halaga sin cesar, y eso es lo que él hacía mientras tenía a su enemigo delante.
     Tan triste laberinto espiritual le tenía frontero a la locura y, en sus últimos años, cuando sus fuerzas decayeron, su máscara de inocencia, que había de mantener haciendo empleo de toda su energía, se desprendió de su rostro y el mundo pudo ver, con una impúdica claridad, la grotesca e inmunda alma que había tras ella.

lunes, 28 de abril de 2014

Seis relatos cortos sobre la envidia (II)

     Cierto gran fundador de una religión, cuando era niño, estaba con sus amigos jugando y les dijo:
     -Vamos a jugar a que soy mejor que vosotros, tenéis que sentiros una piltrafa comparados conmigo, la más mínima ilusión de ser remotamente parecidos a mí la tenéis que desechar porque soy un dios. Os tenéis que humillar ante mí y servirme ciegamente y, a quien no lo haga, le impondré un severo castigo.
     Después de un rato jugando, uno de los niños, que percibía el exceso de placer que proporcionaba el juego a aquel que lo había propuesto, le puso una zancadilla que le hizo caer de bruces al suelo.
     -¿Por qué has hecho eso? -preguntó el futuro fundador de la religión.
     El niño contestó con toda naturalidad:
     -Porque me das envidia.
     Todos los demás niños rieron menos el fundador, que dijo:
     -Imbécil, ¿y no te avergüenzas de tu arrogancia?

domingo, 27 de abril de 2014

Seis relatos cortos sobre la envidia (I)

     Se había hecho adicto a las máquinas tragaperras. Nada le podía apartar de su impulso de echar otra moneda anhelando que el trío de frutas apareciera en el panel y una ráfaga de calderilla cayera en la bandeja. Él pensaba que le incitaba la ambición del dinero pero no era así, su ambición real era aquel trío de frutas, había puesto su vida al servicio de aquel signo, su vida ya no le producía placer alguno pero se creía en la obligación de asociarla a un frío símbolo del éxito; su sufrimiento lo provocaba esa entrega total de su espíritu a una realidad tan solo relevante porque era signo de otra.
     Se quedó sin dinero y salió del bar. La calle le pareció anodina, las personas que veía no le sugerían más que profesiones o tipos humanos, no veía nada más allá del concepto que las definía. Vio pasar un Mercedes y se fijó en la matrícula del coche; su número le pareció altamente significativo, pensó que su dueño tendría mucha suerte en la vida con aquel número y sintió un amago de envidia. Se acordó de la persona a la que más había envidiado, un amigo de la universidad. Hacía excelentes imitaciones y parodias de los más diversos personajes. Era algo que hubiera querido hacer él. Cuando se acordó de esto, sintió otra vez el regusto agridulce de la envidia hacia su amigo; sus propias imitaciones eran tan pobres que tuvo que dejar de hacerlas para no caer en el agravio comparativo.
     Esa noche, tuvo un sueño extraño que no supo interpretar. Estaba con los amigos de la universidad, imitando a su amigo el excelente imitador y, en el momento cumbre, cuando más impecable era la imitación, comenzó a salir un río de monedas de su vientre.

miércoles, 23 de abril de 2014

Seis relatos cortos sobre lo peculiar (VI)

A mi amada

     Gregorio se había puesto triste, nadie sabía por qué, no quería contar lo que le pasaba pero estaba claro que había algo que echaba de menos. Sus amigos pensaron en principio que le hacía falta reírse y le llevaron a un espectáculo de un humorista genial un fin de semana. Se rió mucho, a grandes carcajadas, porque el humorista dominaba bien su trabajo. Según dijo después, se lo pasó increíblemente bien pero su tristeza no se marchó.
     Entonces, sus amigos imaginaron que lo que le faltaba era relajarse y le llevaron a una sauna con sala de masajes. La sauna hizo bien su trabajo y no menos la señorita que le hizo el masaje. Él confesó después que jamás en su vida se había encontrado tan descansado pero su tristeza siguió en pie.
     Sus amigos siguieron elucubrando porque le tenían en mucha estima, había visto junto a ellos todos los ciclos de la filmoteca durante los últimos diez años y eso crea un lazo muy fuerte. Pensaron, pues, que puesto que lo que echaba de menos no era reírse ni relajarse, cabía la posibilidad de que fuera el esparcimiento mental y lo llevaron de viaje por toda la costa del Cantábrico visitando templos románicos y museos variados, degustando platos típicos de la cocina local preparados por los mejores cocineros y hasta acompañaron a unos marineros en una de sus jornadas de pesca. Gregorio dijo de regreso a casa que jamás se lo había pasado tan bien, que era sorprendente la habilidad del ser humano cuando se entregaba a una tarea especial y que jamás olvidaría aquel viaje pero siguió estando triste.
     Sus amigos ya estaban a punto de tirar la toalla y recomendarle un psiquiatra que se llamaba Aníbal cuando a uno de ellos se le ocurrió que tan vez lo que le hacía falta era sexo. Contrataron a una stripper y lo dejaron solo con ella una noche. Él contó luego que había hecho muy buenas migas con la chica, que era muy simpática, valenciana de origen curiosamente, y que no era rubia natural pero, a parte de eso, seguía triste, como notaron sus amigos.
     No sabían ya sus amigos en manos de qué especialista entregarle cuando alguien dijo que había que obligarle a que confesara qué era lo que necesitaba para recuperar la felicidad. Se reunieron todos en su casa, le hicieron sentarse y el más responsable de todos le dijo:
     -Gregorio, queremos que recuperes la alegría y vemos que no reaccionas con nada. No te hace feliz el humor, ni la sauna, ni los masajes, ni el esparcimiento, ni siquiera el sexo... Nos tienes que decir ahora mismo qué es la felicidad para ti, no te dejamos que eludas la pregunta.
     Gregorio suspiró y dijo:
     -La felicidad para mí es la estanquera pero no le gusto porque soy fumador.

lunes, 21 de abril de 2014

Seis relatos cortos sobre lo peculiar (V)

A Txaro Cárdenas

     Tuvo un accidente de carretera y regresó del coma con graves secuelas mentales. Su mente se volvió tan simple que no era capaz de absorber más que las ideas más elementales y sencillas. Para él eran perfectamente admisibles juicios como "las gordas son horribles", "los negros delinquen", "los pobres son ignorantes", "la playa es la mejor diversión", "en el sexo hay que ser jactancioso". No podía hacer amigos porque no almacenaba más que las observaciones más superficiales de los encuentros iniciales. Si, el primer día que veía a alguien, este iba con la bragueta abierta, ya nunca se la creería cerrada aunque sus propios ojos le desengañaran por lo que jamás conseguía conocer de verdad a nadie. La bondad tenía, para él, un solo camino, estrecho, pedregoso e incómodo, el suyo también era estrecho, pedregoso e incómodo pero diferente del de la bondad y confiaba en que la confesión le salvara del infierno en el último minuto.
     Iba para soltero pero, una vez, una gorda le pasó su mano por la cara y provocó en él el desconcierto más absoluto porque algo en su interior contradecía poderosamente la evidencia constatada de que las gordas eran horribles. De pronto, su bagaje intelectual se estaba desmoronando, había una gorda que no solo no era horrible sino que le hacía cosquillas en el pecho y tenía un rostro que parecía brillar como una luna llena. Ella también se había caído de un segundo piso y se había quedado casi sin inteligencia. Comenzaron a salir juntos, a comer pipas y gusanitos en los bancos de la plaza, a ver en el cine películas de dibujos animados, a jugar con el tobogán del parque cuando no había niños molestando.
     Él quería saber qué era aquel ser rollizo que le acompañaba cada día, intentaba atribuirle las ideas que su mente plana extraía trabajosamente de sus observaciones pero tenía que renunciar a ello una y otra vez porque aquella realidad que se había incorporado a la suya de siempre iba más allá del umbral de su comprensión y no podía deducir de ella otra cosa que la belleza desbordante de la que sentía que era poseedora.
     Un día, se levantó de la cama y se dio cuenta de que podía acordarse de cómo se hacía una ecuación de segundo grado, de qué llevó a Hitler a invadir Polonia, de cómo se reproducían los cangrejos de río y de todo lo que había olvidado tras su accidente. Salió a la calle, vio el anuncio de helados de la valla publicitaria y pensó que era banal y estúpido. Tuvo la absoluta evidencia de que había vuelto a ser inteligente y corrió a contárselo a su amada. Habló con ella dos horas compartiendo con ella su regocijo. Solo de vuelta a casa, cayó en la cuenta de que su amada era mucho menos inteligente que él puesto que se había sentido atraída por él cuando su mente acusaba en toda su intensidad las secuelas del accidente. Pensó, entonces, en lo que le atraía de ella, en cómo era; intentó analizarlo con su recuperada inteligencia pero, por más que lo intentó, no consiguió delimitarlo, solo se manifestaba con claridad a su mente que la amaba sobre todas las cosas.

domingo, 20 de abril de 2014

Seis relatos cortos sobre lo peculiar (IV)

A mi amada

     En un bar, entró un cliente y cogió sitio en la barra. Al lado había un hombre de mediana edad y, como tenía ganas de hablar, inició una conversación con él. Después de departir un buen rato, el cliente nuevo se fijó en una mujer que estaba sentada en una mesa y le dijo al hombre de mediana edad:
     -¿Te has fijado qué bombón? Seguro que es una tigresa en la cama. La lástima es que un cuerpo tan increíble no aloje un cerebro que merezca tanto la pena ni con mucho porque está claro que es tonta, todas las guapas lo son y además unas derrochadoras, por eso se las llevan todas los magnates. Debe estar hablando de trapitos con su amiga, las mujeres no piensan en otra cosa, trapitos y la vida de los famosos. Es mejor meter la cabeza en el retrete que llenarla de las tonterías que te cuenta una mujer. Tiene que estar operada porque no es normal lo que tiene delante. No sabría decir si es Piscis o Escorpio, debe ser Piscis, se la nota muy sumisa, una mosquita muerta, se ganará su pan obedeciendo a su marido a rajatabla, las mujeres han nacido para ser dominadas, la hembra es débil. Se ha tomado una pastilla, para el aliento, seguro. Con esa carita tan mona y todo, no me extrañaría nada que le oliera a rayos el aliento. ¡Cuidado, que viene hacia aquí! Déjamela a mí, que me la quiero trabajar...
     El cliente nuevo se adelantó un paso para recibir a la mujer de la que había estado hablando, que se acercaba hacia la barra pero ella pasó de largo para dirigirse al hombre de mediana edad, al que dio un beso en la mejilla y dijo:
     -¿Nos vamos ya, cariño?
     -Lo que quieras, cielo -contestó el hombre-, yo ya me estoy aburriendo. Aquí viene gente bastante imbécil.

sábado, 19 de abril de 2014

Seis relatos cortos sobre lo peculiar (III)

A Susana Magaña

     De niño, a sus padres y abuelos les hacía gracia cualquier cosa que hiciera y lo halagaban desmedidamente porque era hijo y nieto único. Así, se volvió adicto al afecto efusivo por lo que, cuando salió de la niñez y se dio cuenta de que la gente apenas le prestaba atención, buscó el medio de ser más reconocido.
     Como vio que la mayoría de sus amigos eran fanáticos del rock, aunque a él le gustaba, en principio, más el folk, se convirtió sin vacilar al rock. Le atraía la ropa elegante pero, como todo el mundo llevaba vaqueros, comenzó a usarlos. Odiaba el tabaco pero, como todos fumaban, él también adquirió ese hábito para hacerse popular.
     No le gustaban las murmuraciones pero, para no ser tenido en menos por sus compañeros, que se volcaban en ellas con obstinado interés, hizo de su espíritu un auténtico nido de malicias e insidias. Era vivaz y optimista pero, como entre sus compañeros, primaba el desencanto y la abulia, poco a poco, se fue convirtiendo en un auténtico indolente lleno de desprecio hacia la voluntad constructiva. Era una persona romántica pero queriendo emular a sus compañeros para hacerse valioso a sus ojos, llenó sus relaciones amorosas de cínico interés sexual y las despojó de respeto y ternura; tanto fue así que dejó de gozar plenamente del amor y hubo de volcarse en una afición fanática por los deportes para conquistar algo de emoción a la vida, cosa en la que imitó a las personas de su entorno.
     Cuando llegó a los cuarenta y nueve años, mirándose en el espejo del cuarto de baño, comprobó que quien le observaba desde el otro lado de la luna tenía dificultades en reconocerle, cosa de la que se asombró enormemente. Con mucha gravedad, reflexionó sobre qué podía pasar y, haciéndolo, cayó en la cuenta de que las tres cuartas partes de su persona eran exhibición vanidosa buscando el aplauso y, aun a pesar de eso, sabía de muy buena tinta que cualquiera de aquellos a quienes satisfacía el gusto para obtener su aprobación, serían incapaces de llorar su muerte y que, en su fuero interno, no le agradecían el esfuerzo de ser como ellos porque ellos también habían hecho el mismo esfuerzo, siempre huyendo de sí mismos para no ser humillados.
     Era domingo y, en el momento de llegar a sus conclusiones, oyó el teléfono. Era su amigo Ricardo que estaba preocupado porque se acercaba la hora del partido y él no aparecía para llevarlo con su coche. Él calló unos segundos y después respondió:
     -Lo siento, se ha equivocado usted de número, a mí no me gusta el fútbol.

Seis relatos cortos sobre lo peculiar (II)

A mi amada

     Un joven extremadamente tímido se presentó ante una funcionaria del ayuntamiento pero no acertaba a hablar una palabra y ella preguntó entonces:
     -¿Tienes carnet de joven?
     -No -respondió él.
     -Sin él no te puedo dar el pase -dijo ella.
     -Yo no quiero ningún pase -dijo él muy ruborizado.
     -Dame la nota de la denuncia -dijo la funcionaria-. Si ha pasado el plazo legal del abono de la sanción, hay una penalización de diez euros.
     -No me han denunciado, no me entiende usted, yo... -el joven no sabía cómo seguir, cada vez estaba más nervioso.
     -Si vas a empadronarte, necesito una fotocopia del DNI y del contrato de alquiler -dijo la funcionaria.
     -No voy a empadronarme... -dijo él.
     -Tu problema no es competencia de este ayuntamiento -dijo la funcionaria- abandona la fila que hay gente esperando.
     Entonces, el muchacho, lleno de pánico porque sentía que estaba a punto de fracasar su gestión, dijo:
     -Oiga, mi problema es muy serio, inmensamente importante...
     -Aporta la documentación necesaria, entonces, y te atenderé en lo que quieras -dijo ella.
     -¡Quiero a su hija! -exclamó él, tras hacer acopio de valor, con el corazón a punto de estallarle. Ella se quedó atónita pero, tras unos segundos de vacilación, dijo indignada:
     -Yo no te puedo dar a mi hija, no es bien común de los administrados de este término municipal ni su deber de ciudadana se extiende a ser novia de cualquiera que lo solicite en este ayuntamiento...
     -Pero yo soy distinto -respondió el muchacho- porque la amo hasta el último papel.

viernes, 18 de abril de 2014

Seis relatos cortos sobre lo peculiar (I)

A mi amada

     Un opulento propietario de una mansión era asistido por cuatro sirvientes argentinos. Consiguió, mediante amenazas de despido, que ante su presencia, hablaran con acento castellano porque odiaba el que caracterizaba el país de sus criados. Sin embargo, cuando departían en privado, relajada y naturalmente, el modo de hablar de los sirvientes volvía a su forma acostumbrada. El celoso propietario los escuchaba muchas veces detrás de la puerta cuando estaban comiendo en la cocina los cuatro y pensaba que, puesto que podían hablar perfectamente como los españoles de Castilla, el que se entregaran en privado a hacerlo al modo argentino solo podía deberse a la siniestra perversidad de sus almas, que les empujaba a regodearse en el mal hasta en la forma de decir las cosas.

viernes, 11 de abril de 2014

Acciones

A mi amada y todos mis amigos

     El niño miraba cómo se calentaba la leche con mucha curiosidad. El calor era inmenso a aquella hora de la tarde pero su padre tenía una idea fija sobre la forma en que se tenía que beber la leche y no la cambiaba en ninguna estación del año. Una vez calentada, su padre la echó en dos vasos y disolvió en ella el chocolate en polvo. Después de mucho remover, le pasó uno de los vasos al niño y este se lo bebió casi sin respirar.
     Cuando el niño acabó de bebérsela, iba a salir a jugar al patio pero su padre le ordenó que le acompañara al jardín para llevarle el otro vaso a su hermana; le pidió que lo llevara él y que tapara con su mano la parte de arriba para que no cayeran moscas durante el trayecto.
     El niño apenas podía llevar en equilibrio el vaso sin que se fuera derramando el contenido pero su padre estaba absolutamente ajeno al sufrimiento de su hijo entretenido con un juego de su móvil. Cuando llegaron donde estaba su hermana, el niño le entregó el vaso que portaba pero ella exclamó:
     -¡Papá, hay una mosca en la leche!
     Su padre, tras comprobar que lo que su hija decía era cierto, frunció el ceño y con toda la aspereza de su voz, gritó:
     -¡Canalla, te he dicho que taparas el vaso para que no cayeran moscas!
     -Se ha colado por un lado, papá -dijo el niño afligido-, mi mano no sirve, es muy pequeña.
     -No sirve... -repitió el padre despectivamente y concluyó acudiendo a la expresión más denigrante y soez que su indolente espíritu consiguió hallar:- Métetela en el culo y verás si sirve...
     En ese momento, recibió una llamada, era para comunicarle que todo el dinero que había invertido en las acciones se había desvanecido en medio de una crisis financiera. Empalideció, estaba arruinado, ya no tenía nada...
     -¡Cómo es posible! ¿Es una broma? -dijo blandamente a la persona con la que hablaba.
     No era una broma, ya no tenía ni un céntimo.
     -Pero si eran unas acciones seguras... -dijo sin querer salir de su incredulidad.
     El padre colgó el teléfono y dijo con una profunda consternación y casi a punto de derramar amargas lágrimas:
     -Hijos, nos vamos de esta casa a otra más chica. He jugado en unas acciones que no servían y he perdido todo mi dinero.
     Pero, entonces, el niño, que era muy curioso, preguntó:
     -Papá y, si te las metes en el culo, ¿tampoco sirven?

miércoles, 2 de abril de 2014

Seis relatos cortos sobre el sentido de la vida (VI)

A mi amada

     Ricardo quiso tener una casa aristocrática, como la de la serie inglesa de televisión Arriba y abajo. No le importaban los sacrificios que tuviera que hacer con su vida para conseguirlo ni le arredraban de su propósito escrúpulos de ningún tipo, él quería vivir escenas en su vida que se parecieran a las de la serie, quería verse a sí mismo en el papel del propietario de aquella mansión, quería ser como él a toda costa y, a cambio de eso, todo estaba justificado, incluso robar, matar o hasta torturar.
     Como para los hombres con empeño no hay nada imposible, después de unos años de entregarse a las más viles y depravadas actividades y de mostrar en su alma los signos de la iniquidad más profunda, consiguió su deseo. Contrajo matrimonio con una mujer de la clase alta y se instaló en una mansión inmensa asistida por siete sirvientes y un mayordomo.
     Él no era el personaje de la serie pero le satisfacía enormemente poderlo aparentar e imitaba sus ademanes más acusados y todo lo que de él se le había grabado en la memoria. Su esposa no lo amaba en absoluto pero, al igual que él hacía con el personaje de la tele, imitaba a las esposas amantes de la mejor forma que se le ocurría. Sus hijos imitaron el amor por un padre que tienen las personas que quieren a sus padres aun sin sentir por él nada en absoluto. Sus amigos mostraban también alegría y placer cuando estaban con él pero no porque lo pasaran bien sino por imitar a los que gozan con la amistad. La sociedad imitaba el respeto, la consideración, la admiración y el reconocimiento que se tienen hacia un gran hombre y, con esta mera imitación, ya se sentía disculpada de experimentar cualquier sentimiento de simpatía por él en lo hondo de su alma.
     Cuando Ricardo murió, se imitó el duelo que se siente por un ser muy querido que se va pero, una vez que acabó el sepelio, cuando alguien gritó ¡Corten...! para que cortaran una cuerda que impedía el paso y cuyo nudo no podía ser desatado, la esposa de Ricardo se quitó rápidamente la pamela dando un bufido de alivio y dijo mostrando una desenfadada complacencia:
     -Menos mal que ya ha acabado, estoy deseando darme una ducha caliente.

martes, 1 de abril de 2014

Seis relatos cortos sobre el sentido de la vida (V)

A Bea Magaña

     Ricardo había volcado su vida en los libros. Eran su único amor verdadero. Su felicidad no la buscaba en el territorio infinito de otro ser humano sino en la acotada superficie de una página; las bien escogidas metáforas de un poema o las intrigantes y conmovedoras peripecias de una novela hacían brotar en su corazón las emociones que necesitaba para sentirse vivo y no sucumbir al tedio y la insatisfacción. Cuando llegaba la primavera, no se fijaba en la belleza de las mujeres sino en los estantes de las librerías, ansiando hacerse con algún volumen añorado que llenara con su lectura su espíritu de destellos y gozos. Le inquietaba y desagradaba el tumulto que provocaba la compañía humana y prefería usar su tiempo libre en leer que en recrearse con nadie. Para quitarse el mal sabor de boca por las frustraciones que le provocaba su tráfago con la vida, no tenía otra medicina que leer un libro y lo mismo para celebrar una fecha o para pasar unas vacaciones.
     Pero pasados sus cincuenta años, le ocurrió algo que le preocupó hondamente. Cuando abría un libro, una horrible sensación de hastío atacaba su ánimo y muy pronto se veía en la necesidad de abandonarlo y dedicarse a pasear por las estancias de casa pasando en blanco todo su tiempo. No era capaz de entender a qué se debía aquella perturbación. Los libros que leía ahora eran, si cabe, más apasionantes que nunca para él porque incidían de forma mucho más precisa en sus preferencias de toda su vida, sin embargo, tan profunda era la aversión que le producía la idea de leer el volumen que abría, tan escasas sentía sus fuerzas calibrando el esfuerzo necesario para llegar hasta la página que marcaba el final del texto que tenía que soltar el libro como si fuera la cosa que peor olía del mundo.
     Pero su vida eran los libros; desde que era un niño, había estado sumergido en aquel mundo de conceptos y sonidos con apariencia de realidad y abandonarlo era la peor de las perspectivas para él. Se dijo que, no habiendo una razón objetiva para su pereza lectora, el único problema con el que se estaba enfrentando era una absurda manía provocada por los nervios y decidió vencerlo a base de fuerza de voluntad.
     Así, pasaron los años sin que su afición a los libros mermara pero cada vez sentía más horror hacia el contacto humano, cada vez pasaba más tiempo aislado en su solitario hogar, inquieto porque alguna llamada a la puerta pudiera perturbar su paz. Perdió todos sus amigos por sus arranques de cólera, a veces justificados tan solo por un celo exacerbado en la corrección erudita. Poco a poco fue sintiendo un peso más insoportable en el ánimo, la insatisfacción más desoladora le agobiaba pero él la quería aliviar estudiando la historia de algún país o la biografía de alguna persona que todavía no dominara, aprendiendo una nueva disciplina con la ayuda de libros especializados, buscando en los anaqueles de una librería jugosos manjares para su alma exquisita o quizá releyendo viejos poemarios envueltos en su memoria en un halo de goces seductores.
     Sus últimos años los pasó en las tinieblas de la locura, seguía leyendo pero sin entender, quienes lo observaban tenían la impresión de que su mente estaba desprovista de todo pensamiento o sentimiento. Poco antes de morir, manifestó una desmedida inquietud ante quienes lo cuidaban, decía que había espejos en las páginas, que quería leer para entretenerse pero que solo se leía a sí mismo, rogaba que le trajeran un libro sin espejos, uno que respirara y le besara, que lo acariciara y consolara. Nadie le entendía, murió con la sensación opresiva de la más terrible de las prisiones. Lo último que dijo fue:
     -Solo un beso, sin palabras...
     Una enfermera que estaba presente se lo dio.