lunes, 31 de marzo de 2014

Seis relatos cortos sobre el sentido de la vida (IV)

A Eya Jlassi

     Fernando arrastraba una carga de soledad y amargura porque pensaba que no resultaba lo suficientemente digno de aprecio para las personas de su entorno. Era orgulloso y creía en sí mismo pero sentía que la humanidad era cruel y fría, frívola y superficial, incapaz de interesarse por algo más que las apariencias aunque, al mismo tiempo, envidiaba el amor que otros inspiraban y deseaba, en el fondo, el de aquella multitud brutal y vagamente vislumbrada que representaba su idea del género humano.
     Para él, las apariencias eran el interés prioritario de la inmensa mayoría. Los hombres comunes se entregaban a ellas con afectación y neciamente, creyendo que todo lo que encerraba el ser humano lo manifestaban los sentidos y las palabras. Él, en cambio, sentía lo insondable e infinito del espíritu porque se entregaba a sus sueños, incubados bajo el influjo misterioso de la música y de su insólita vida de soledad y aislamiento resentido.
     Experimentaba horror a verse representando para los otros una falsa imagen, odiaba la urbanidad y le inquietaba que alguien pudiera estar manifestándole un sentimiento que no fuera auténtico. Todo por su aversión a las apariencias, a las máscaras huecas a cuya adoración, creía que se entregaba la mayoría de la humanidad.
     Hasta tal punto sentía miedo a la falsa apariencia que la principal razón por la que huía cuanto le era posible de dejarse ver en público por extraños era que temía que pudieran hacer deducciones equivocadas de él guiados exclusivamente por lo que les transmitían los sentidos. Sentía que había algo demoníaco en las falsas apariencias, algo que le transmitía una sensación de angustia y frío en la sangre.
     Su irracional manera de juzgar el mundo la entendía como la consecuencia de su mayor capacidad de introspección, de la que no creía capaces a los hombres comunes, siempre tan superficiales y dados a hacer juicios mendaces empujados por sus engañosos sentidos.
     Tenía cuarenta y dos años y ya no podía seguir aguantando su situación de soledad, de modo que, bajo el argumento de que era más horrible morir sin haber manifestado las insondables profundidades de su alma a otro ser humano que soportar la angustia que le provocaba el contacto con extraños, acumuló la decisión y el valor necesarios para emprender la búsqueda de una pareja.
     Descubrió a una mujer muy hermosa y su corazón sintió aflicción pensando que jamás accedería a abrirle su corazón alguien dotado de aquella portentosa belleza sin que, por otra parte, pudiera sustraerse al vivo anhelo de entregarle su alma. Era incapaz de acercarse a ella pero tampoco podía seguir su camino de búsqueda en otra dirección. Se encontraba ya al borde de la resignación, muy angustiado porque sentía que su soledad mostraba signos de ser definitiva cuando la mente le trajo un recuerdo del pasado que acaparó toda su atención.
     Era el último año del colegio, tenía trece años, desde siempre, tenía un gran amigo al que quería mucho pero este era bastante más desleal. Su inocencia por entonces era tan grande como la del niño más niño, era tan bondadoso como un ángel y no había despertado aún al instinto sexual. Su amigo, en cambio, ansiaba ser adulto, leía revistas pornográficas y buscaba en la perversidad y el mal un camino para liberarse de la carga de la infancia, que consideraba humillante. Huía, en realidad, no de la infancia sino de sí mismo, llevado por el duro trato que había recibido de su autoritario y arrogante padre.
     Un día, Fernando, jugando a decir disparates con su amigo, le dijo que era un vampiro y mordió su cuello en un arranque de locura infantil. Su amigo, cargado de ira, le dio un golpe en el rostro y, con gran enojo, le dijo:
     -¡Imbécil, no sabía que eras marica!
     Fernando sintió la herida de la humillación y el despecho en su corazón. Su amigo de toda la vida confundía su gesto de juego con algo que, aun siendo un niño, veía como una afrenta grave. Al mismo tiempo, sintió un gran dolor porque estimaba hondamente a su amigo y el frío odio que le manifestó le contrariaba y confundía. En su alma impresionable, se marcó ese instante como el del comienzo de la pérdida de la inocencia. Las palabras de su amigo le mostraron la importancia de empezarse a preocupar por la apariencia de la virilidad puesto que tan fácilmente había incurrido en la sospecha de homosexualidad. Eran tiempos en que pocas cosas había tan deplorables como ser un afeminado. Fernando no quería aparentar serlo, no había peor perspectiva para él que esa.
     Pero su amigo, que ansiaba sentirse malvado para poder sentirse adulto y que encontraba en la iniquidad una de las formas de alcanzar el placer, se dedicó a difundir entre sus compañeros del colegio el rumor de que Fernando era marica y lo argumentaba diciendo que le había querido hacer una chupada en el cuello. Muy pronto, Fernando fue objeto de un escarnio y acoso generalizados por parte de sus compañeros. En su bondad e inocencia, llegó a dudar de que no fuera realmente homosexual puesto que todos coincidían en sentenciarlo así por aquel gesto que había tenido con su amigo.
     Fernando, aun en aquella situación, dada su noble condición, lamentaba el distanciamiento que había surgido entre él y su amigo de toda la infancia. Alguna vez acudía a jugar con él pero este le arrojaba de su lado llamándole con el despectivo apelativo de maricón.
     Fernando vivía en una casa apartada sin contacto con niños de su edad, eso explicaba su gran inocencia, apenas sabía casi nada del sexo y los compañeros del colegio, con sus comentarios, llenos de lasciva maldad y obscenidad, le estaban iniciando en ese mundo desde la más frustrante y angustiosa de las facetas. Su despecho por aquella situación le hizo acumular una inmensa aversión hacia las personas que fingían algo que no eran, no le preocupaba no parecer homosexual, le preocupaba únicamente huir de toda precaución por su apariencia para demostrarse a sí mismo su inocencia.
     Los años siguientes sedimentó un gran odio hacia los jóvenes de su edad, el episodio descrito le hizo imaginar que vivían solo para la apariencia sin preocuparse de la verdad. Pero, al mismo tiempo, comenzó a temer la apariencia, ya no veía en ella algo inocuo, la había asociado definitivamente con la perversión, con el mal, con la crueldad, con la homosexualidad. El mero hecho de ser observado le hacía sentirse culpable porque se convertía en apariencia para los demás.
     Era un muchacho lleno de bondad, nunca había sabido salir airoso del escarnio, cuando se habían burlado de él, su reacción siempre había sido la de la inseguridad y la de sentir que el menosprecio estaba justificado. Al cabo de los años, olvidado el episodio que generó esta reacción evolutiva, exponerse a la vista de los extraños llegó a ser tan terrorífico para él que evitaba la situación cuanto le era posible; temía a los seres humanos, a su demoníaca maldad, se sentía sucio y no quería mostrar a los otros esa suciedad porque no quería verla él mismo. Solo en la soledad de su hogar, conseguía algo de paz para su atormentada alma.
     Fernando repasó y analizó minuciosamente todos los detalles de este episodio y de su vida posterior y se abrió a su espíritu la realidad de su vida, que había estado marcada por el despecho y por la duda angustiada. De esta manera, su corazón comenzó a sentir predisposición al perdón. De pronto, se dio cuenta de que no había una relación directa entre lo que aquellos niños llenos de malicia le decían y la realidad que lo fundamentaba a él. Aquellas burlas e insultos podrían haber sido destinados a cualquier otro niño, nada de lo que había en ellos tenía que ver con él como individuo, eran expresiones tan alejadas de su propio espíritu como la más remota estrella, ningún daño le podían hacer si no lo deseaba. Nadie conocía lo que había en su alma, su alma era una escondida laguna de la que muy pocos beberían.
     Estas reflexiones y sentimientos le liberaron del peso de tantos años, dejó de temer la opinión de los extraños, dejó de sentir aversión hacia las apariencias huecas, que convino que eran algo tan inocuo e inocente como un carnaval. Se dio cuenta de que la vida era la que era y las apariencias no tenían por qué perturbarla, simplemente la acompañaban para que los hombres se entendieran unos con otros y para que se formaran una imagen aproximada del mundo. La auténtica esencia de la realidad estaba vedada al odio pues solo la percibía el corazón cuando amaba.
     Perdido todo su miedo a aparentar rasgos que no fueran los propios de él, un día se vistió con una elegancia extraordinaria, se roció con una colonia varonil y marchó en dirección hacia donde se encontraba aquella mujer tan bella de la que estaba enamorado. Cuando la tuvo frente a sí, insinuándose por primera vez con una mujer, le dijo, por romper el hielo con desenfado pero también por liberarse de su carga de tantos años:
     -No soy un vampiro pero me gustaría chuparte el cuello.
     -Soy una mujer decente, señor conde -le respondió ella tras una carcajada.

domingo, 30 de marzo de 2014

Seis relatos cortos sobre el sentido de la vida (III)

A Txaro Cárdenas

     Las personas, a veces, pueden creer una evidencia absoluta algo que no sea más que la máscara hueca que da sostén a un prejuicio; en esos casos, se han dejado llevar por una irreflexiva manera de juzgar las apariencias; no han querido usar su mente con la suficiente diligencia como para llegar al último tramo de la verdad. Carlos Hernández quería tener cosas para ser feliz. Sus impresiones sobre sí mismo estaban de acuerdo en que su felicidad consistía en la posesión. Por eso, sentía satisfacción al adquirir todos los artículos de consumo que le llamaban la atención o al meter en el cajón de su mesita de noche el certificado de matrimonio con la mujer a la que amaba o al ver ganar a su equipo de fútbol en el partido del domingo.
     Creía que había que llenar las manos de cosas para disfrutar de la existencia porque se daba cuenta de que solo era dichoso cuando el objeto que cautivaba su corazón pasaba a su dominio. Pero, un día, un suceso angustioso le sacó de la rutina acostumbrada. Su hijo de dos años desapareció de repente sin dar señales de a dónde podía haberse marchado. Pasaron días sin que diera pistas de su paradero. Finalmente, recibió un anónimo. Decía que era una persona extranjera, que no tenía hijos y que había raptado al suyo para gozar de su compañía mientras viviera porque le había enternecido la apariencia frágil de aquella criatura. Le daría una educación excelente, lo trataría con todo el cariño necesario y apartaría de su vida todo sufrimiento. Decía que era una persona lo suficientemente importante en su país como para burlar alegremente las leyes y recomendaba que no intentara buscar a su hijo porque, si él advertía que andaba tras su rastro, descuartizaría al niño para entregarle la mitad de él.
     La desolación que sintió tras leer aquella carta fue infinita, comprendió que jamás volvería a tener a su hijo a su lado y eso pensó que era la peor de las noticias. Pero, a medida que fueron pasando los minutos, su espíritu iba ansiando más el equilibrio que le había faltado durante tantos días y, al final, consciente de que lo importante era que su hijo conservara su vida y fuera siempre feliz y no necesariamente en su compañía, sintió como un asomo de alivio y casi experimentó el regocijo de la esperanza y una tibia alegría imaginándose a su hijo bien cuidado y gozando de bienestar y riqueza mientras viviera.
     No hay una posesión más importante para un ser humano aparentemente que la de su hijo pequeño, no hay tranquilidad en su corazón la noche que no lo contempla dormido en una cama de su hogar pero él sintió que su inquietud de ahora no era lo relevante, que lo que de verdad le importaba era su hijo; se dio cuenta de que no debía vivir para la seguridad y el sosiego sino para la verdad, para el mundo, para la realidad; la realidad de su hijo nada tenía que ver ahora con su dominio, con su gobierno, pero seguía siendo su realidad, la realidad que le daba fundamento junto a la de su esposa, la del Sol o la del aire.
     Intuyó que lo que hacía valiosa para él la realidad de su hijo era que existía independientemente de él. Solo porque siempre había estado abierta la posibilidad de perderlo había sido tan gozoso tenerlo junto a él. La vida no era la patria definitiva de los hombres sino un camino pasajero que les conducía al vacío, por eso, ya era una felicidad poder ser testigo de la belleza del mundo, no era necesario poseerla, bastaba con sentir cómo les estremecía por dentro y les penetraba el alma. Su hijo existía todavía y había probabilidades de que lo siguiera haciendo durante muchos años, al lado de esa maravilla, poco importaba que no estudiara nunca la geografía de España inclinado sobre la mesa de su salón.
     -Helena, no vamos a enseñar este anónimo a la policía -le dijo a su esposa después de sus conmovidas reflexiones-. Podrían matar al niño. Su vida es lo prioritario ahora, no es necesario que esté con nosotros, solo nos hace falta que viva y no sufra.
     -No tiene su patito de trapo -dijo ella sollozante cuando se resignó a aceptar los deseos de su marido-. No se podía separar de él, lo echará de menos...
     -Tranquila, Helena -dijo él-, las cosas vienen y van pero el amor permanece.
     Al cabo de unos minutos sonó el teléfono; era la policía, que tenía que darles la excelente noticia de que el niño había aparecido. Carlos y su esposa salieron entonces con desmedida celeridad en su busca. Un policía les contó, en medio del regocijo general, que un hombre vestido con ropas árabes lo había traído a la comisaría. Era un funcionario de la familia real de un país musulmán. Según su relato, un miembro de la realeza de su país había raptado al niño impulsado por la perturbación mental que padecía desde su adolescencia. Pedía que la noticia no trascendiera a los medios de comunicación y ofrecía una compensación económica a los padres por el daño ocasionado.
     Carlos y su esposa, con el niño en brazos, entraron en casa a las diez de la noche; la felicidad les desbordaba. Cuando traspasaron el umbral y todos los miembros de la familia volvieron a encontrarse a ese lado de la puerta, dijo Helena:
     -¡Qué felicidad, esta paz...!
     Pero Carlos respondió:
     -No hay paz en la vida, la felicidad consiste en aceptar la guerra.

sábado, 29 de marzo de 2014

Seis relatos cortos sobre el sentido de la vida (II)

A Susana Magaña

     Francisco Mercader estaba convencido de que en la vida había que ser egoísta para conseguir la felicidad pues el placer residía en las cosas buenas que todo el mundo se disputaba: el sexo, los manjares, las comodidades, los lujos, las diversiones... Pero un médico le diagnosticó un cáncer de pulmón y, de pronto, supo que el egoísmo no le hacía de verdad feliz. Se vio en el ataúd y pensó que estar allí no se diferenciaba nada de vivir pensando permanente e ineludiblemente en sí mismo.
     Como no tenía pareja ni amigos porque era bastante solitario, decidió hacerse con la dirección de una actriz extremadamente atractiva para escribirle cartas de amor hasta su muerte pues no veía otra posibilidad de experimentar el amor en el poco tiempo que le quedaba y salir de su sensación de no haber vivido nunca.
     Al décimo mes de escribirle una carta diaria sin recibir respuesta alguna, un mes de abril, sintió mejoría en su pulmón y fue a ver a su médico, este le volvió a hacer una radiografía y le dijo que no tenía nada, estaba milagrosamente curado, consultó el historial y se dio cuenta de que había cometido un error. Su enfermedad era otra distinta en realidad, no mortal. Empalideció pero era honrado y le confesó a Francisco el despiste incomprensible del que habían sido víctimas ambos. Le dijo que lo sentía en el alma, esperando la piedad de Francisco.
     Francisco había recapacitado mucho en aquel tiempo, su alma se había abierto a los otros, sabía ya que en el cementerio había demasiado tiempo para ocuparse de los asuntos propios y que la vida había que usarla para otras cosas, de modo que le dijo:
     -No se preocupe usted, en el fondo, solo se ha equivocado en el momento en que va a suceder pero no en el diagnóstico. Yo no voy a ser más feliz porque a usted le pongan una sanción que le haga mucho daño. Mis alegrías poco tienen que ver con quitarle a otro lo que tiene o desea, no hay ninguna felicidad en el egoísmo, lo he aprendido gracias a su equivocación.
     Francisco no salió de la consulta dando saltos de alegría, su felicidad la tenía ahora en el corazón y la debía no al bien que recibía sino al que ofrendaba. Se había acostumbrado a ayudar a cuantas ONG podía de la manera que podía, a convencer a todo aquel con el que hablaba de que no se sacaba beneficio alguno para la vida con actitudes egocéntricas y de que la felicidad estaba en los otros. Cuando salió de la consulta, justo como tenía planeado desde antes de entrar en ella, fue al supermercado a comprar productos para un banco de alimentos, nada parecía haber cambiado, se sabía extranjero en el mundo, todo era natural porque todo era extraño, la vida era solo un préstamo, el verdadero motivo de alegría era la belleza del mundo y esa era una alegría que se sentía con recogimiento y en silencio.
     Cuando volvió a casa, abrió el buzón para ver si había llegado algún recibo y se encontró con una carta extraña. Miró el remite y, con gran sorpresa, descubrió que se la enviaba la bella actriz con la que había cultivado su amor platónico. Entró con celeridad en casa, abrió el sobre y comenzó a leerla. Le decía que le habían impresionado sus palabras de amor, que en la actualidad, estaba libre de todo compromiso sentimental y que le encantaría conocer en persona a un hombre tan sensible como él. En ese momento, al contrario que cuando salió de la consulta, si que sintió la necesidad de dar varios saltos de alegría y gritos de júbilo.

Seis relatos cortos sobre el sentido de la vida (I)

A mi amada

     Raúl Gutierrez tenía solo cuarenta y ocho años pero se sentía viejo, aburrido, su vida le parecía ya completamente exprimida, vacía de alicientes, todos se habían quedado por el camino o los habían enterrado el hábito y la rutina. Su mujer ya no le enamoraba, le seducían otras pero no creía que una infidelidad matrimonial le sacara de su abulia, creía que el placer le había cerrado la puerta definitivamente. Sus diversiones de otro tiempo le resultaban tan tediosas que experimentaba al hacerlas un profundo sentimiento de repulsión y dedicaba su tiempo libre a pasear intentando pensar lo menos posible y dejando que pasara el tiempo, que parecía angustiosamente estancado o tan lento que le desesperaba.
     Su cuerpo todavía era joven pero su alma ya no esperaba nada de la existencia y decidió quitarse la vida; no tenía sentido aguantar ese vacío por más tiempo, una sola hora más así ya era demasiado dolorosa.
     Decidió el ahorcamiento, pender de un árbol, como pendía ahora de la nada, flotar en medio de un bosque como flotaba ahora por las calles y los caminos, sin asirse a nada, absolutamente lejos de las cosas del mundo.
     En el momento elegido, le dijo a su mujer que quería pasear solo por el campo, como acostumbraba, y mientras se vestía y calzaba para la ocasión, reflexionó sobre lo que seguía sintiendo por ella.
     -Nada -se dijo-; la he tocado ya infinitas veces, sé cómo huele, cómo suena su voz, sé la historia de toda su vida en los menores detalles, lo que piensa de cada cosa, los conocimientos que ha adquirido, hasta sé cada uno de los entresijos de su profesión... ha dejado de seducirme porque ya no tiene secreto alguno para mí.
     Cuando terminó de vestirse, emprendió la tarea de redactar la nota de despedida; quería ser encontrado para que lo enterraran; hay protocolos en la muerte que ni siquiera el propio difunto parece tener derecho a pasar por alto. De paso que daba los datos del lugar de su suicidio, explicaría a su esposa y a sus hijos de una forma clara y nítida el motivo por el que tomaba aquella decisión tan extraña o poco habitual. Se iba haciendo ya tarde pero quiso hacerlo bien y se tomó tiempo para meditar.
     Pensó decirles que ya no le gustaba jugar al mus con los amigos, ni construir armarios en la habitación del bricolaje, ni ver las películas de acción pero le pareció que sonaba poco serio e intentó encontrar una razón de más peso, se lo merecía su familia porque había compartido con él su vida, no podía darles una excusa como la que se le da al vecino cuando se interesa por un detalle comprometedor para nosotros. Iba a poner que jamás en su vida había sido realmente feliz cuando le falló la tinta del bolígrafo y tuvo que ir por otro al cuarto de los niños pero, cuando volvió, ya no estaba seguro de que aquello fuera un motivo de peso porque ¿qué le impedía a él ser feliz como los demás seres humanos? Esa pregunta no podía quedarse sin responder, era lo esencial del problema y, diciendo que nunca había sido feliz, no aclaraba nada en realidad, se limitaba a extender la incógnita por todo su pasado.
     -¿Por qué no he sido nunca feliz? -se preguntó para poder concentrar mejor su pensamiento.
     Estuvo pensando mucho rato. No estudió la carrera que le hubiera gustado. No se casó en Hawai, como quería. No tuvo scalextric de niño a pesar de que se lo rogó a sus padres cada Navidad... No eran motivos serios. No podía ser por eso. Entonces, comenzó a pensar en qué era la felicidad, cómo se alcanzaba.
     Pensó en las veces en que había sentido felicidad en su corazón. Se acordó del día siguiente a haber conocido a su esposa. No la vio, ni escuchó su voz, sabía poco de ella pero pasó la jornada en una nube porque sentía la presencia de aquella extraña, traía un mundo insólito con ella que le llenaba de asombro y emoción. Era ese misterio que la envolvía lo que lo hacía feliz, lo que llenaba las horas de aquel día.
     -Justo, el misterio -pensó-; sin misterio no hay felicidad...
     Ahora estaba claro todo. Les explicaría que la vida había perdido el misterio para él, todos sus secretos le eran ya conocidos. Su mujer, ninguna mujer, tenía ya ningún secreto que ofrecerle, justo como el mus, el bricolaje o Russell Crowe.
     -¿Raúl, no te vas todavía? Se te va a hacer tarde.
     Su esposa se hizo oír mostrando cierto tono de impaciencia desde el salón y esto le confundió un poco porque, de pronto, se dio cuenta de que, en rigor, no sabía nada de aquel ser cuya voz acababa de escuchar. Se dijo que, si nunca hubiera visto la cara del ser que le había hablado, estaría justificado pensar que era un misterio para él pero ¿cambiaba algo el hecho que, además de escuchar la voz con sus oídos, hubiera visto su rostro con sus ojos y sentido su cuerpo con el tacto de su piel? Los sentidos que le hablaban de aquella mujer formaban parte de su propio cuerpo y no tenían nada que ver con ella, lo que creía conocer de ella era, en realidad, conocimiento de sí mismo, de su propia fisiología, no sabía, en rigor, qué había más allá de sus propios sentidos, en el terreno que pertenecía exclusivamente a ella.
     Ella le había hablado mucho de sí, pensó, eso sí le permitía conocerla bien. Pero, pensándolo un poco más, cayó en la cuenta de que su mujer usaba las mismas palabras para hablar de sí que Cortázar para hablar de la Maga o Galdós para sus Episodios Nacionales lo que volvía ese conocimiento tan exiguo como el que le proporcionaban sus sentidos. ¿Quién era en realidad su esposa? Poco o nada podía saber de eso. El era un habitante de una burbuja, un extraterrestre metido en una escafandra y todo lo que había a su alrededor era un misterio.
     Se le cayó el bolígrafo de la mano. Se agachó a cogerlo. Seguía queriendo suicidarse pero cada vez tenía más dificultad en explicar por qué. Su mujer le gritó desde el salón que quería ir a cenar a alguna terraza junto a la playa si él la acompañaba. ¿Y por qué no era dichoso, entonces? Ella seguía siendo la chica desconocida que había conocido el día anterior a aquel en que fue feliz, seguía siendo un enigma y siempre lo sería, jamás la conocería. Pero aquel día presintió su hermosura, su corazón estaba inundado de su belleza, su corazón era la única parte de él que sabía en rigor quién era ella y, al saberlo, se llenó de ella hasta desbordar. Ella no era otra cosa que belleza, la belleza de lo real, así se lo dijo su corazón y, al volcarse en ella y hacerse su reflejo, se llenó de realidad y nació a la vida y al mundo, por eso, había sido feliz aquel día.
     -¿Qué importa que estemos veinte años casados? -se dijo-. Ella no es lo que ven mis ojos aburridos de mirar, ella es el brillo de la luz de un ángel, es tan bella como el Paraíso, siempre será lo más hermoso que la vida me muestre, un misterio bello y rutilante como una estrella lejana. Por seguir a su lado, adentrándome en su vastedad, merece la pena vivir. Ella es el secreto de la vida y la felicidad. Vivir es amar, sentir la belleza oculta de lo que está a nuestro lado. Estaba ciego, metido en el mundo falaz de las palabras, no había silencio en mi alma para escuchar a mi corazón.
     De sus ojos comenzaron a brotar lágrimas de emoción y la compasión por sí mismo le arrancó irreprimibles sollozos.
     -¿Por qué lloras, Raúl? -dijo sorprendida su esposa, que entraba en ese momento en la habitación a averiguar por qué se retrasaba tanto en salir.
     Raúl le confesó, en ese momento, lo que había estado a punto de hacer aquel día.

domingo, 23 de marzo de 2014

Único

A cuantos aman a los perros y a la vida

     Perro sabía todo lo que no tenía que hacer. No tenía que orinar ni defecar dentro de casa porque le daban una patada en el trasero; ni lamer caras ni manos porque recibía un manotazo en la cara; ni dormir en el sofá y llenarlo de pelos porque le pegaban con la escoba o con el periódico... Sabía todo eso pero ¿qué iba a hacer él si no podía dejar de hacerlo? Luchaba por no ganarse los golpes pero librarse de ellos para siempre era tan imposible para él como caminar sobre dos patas. Pero a sus dueños no les preocupaba la lógica del mundo, solo su sofá, su moqueta y sus manías.
     Si lo tenían en casa, era porque había sido el regalo de unos amigos por su aniversario de bodas y no querían que se ofendieran echando el regalo a la calle. Pero un día, esos amigos y sus dueños se enzarzaron en una discusión descomunal que hizo esfumarse de golpe tan aparente y comprometida amistad y el destino de Perro tomó un derrotero tal que faltó poco para que se esfumara él también.
     Una vez que los amigos se marcharon gritando exabruptos, uno de los dueños llevó a Perro a la cochera, lo metió en un saco, lo ató y lo echó al asiento de atrás. Una vez que llegó al campo bajó el saco donde estaba encerrado Perro, le dio infinitas patadas para divertirse y aliviar su frustración por la bronca que había tenido con los amigos y, tras llevarlo al río avanzando entre las sombras de la noche, lo lanzó a su cauce.
     Su dueño creyó mejor ahogarlo que dejar que se buscara la vida abandonándolo en una carretera solitaria porque lo encontró mucho más higiénico. Pero Perro, cuando fue lanzado al río, no cayó al agua porque el caudal era escaso sino a un costado de su cauce.
     A la mañana siguiente, un niño de diez años pasaba por allí jugando con su arco y escuchó un lúgubre gemido, se asomó al río y vio el saco donde estaba metido Perro agitarse a un metro de la corriente. Con cuidado bajó hasta allí y arrastró el saco hasta la orilla. Una vez en ella, lo desató con mucho tiento y, en cuanto acabó de hacerlo, al comprobar la velocidad a la que salía el animal, se asustó tanto que echó a correr. Perro también corrió pero en sentido contrario porque los movimientos bruscos del niño, que se incorporó de un salto y se puso a trotar, también lo asustaron a él. Pero, una vez recorrido un trecho, ambos se detuvieron y volvieron sus cabezas.
     El niño lo llamó pero Perro pensó que le quería dar patadas. El muchacho llevaba un bollo de chocolate en el bolsillo y se lo mostró para que se acercara. Perro no quería que lo metieran en el saco otra vez pero estaba hambriento y era mejor volver al saco que morirse de hambre. Se aproximó y devoró el bollo. El niño le acarició el lomo y él experimentó una extraña sensación de tranquilidad porque hacía siglos que no le hacían algo así.
     El muchacho le animó a que le acompañara caminando hasta su casa. Iba a trompicones, como estaba acostumbrado a pasear; pensaba que, si iba muy rápido o muy lento, le iban a pegar con un periódico. Ya en casa, una vez que fue conocido por los padres del niño, fue bañado, cosa que le pareció tan novedosa que pensó que era un nuevo maltrato y escarnio. Al acabar de bañarlo, lo pusieron sobre el sofá pero él, escarmentado por los golpes de escoba, se bajó y se acostó en el suelo. Le acariciaban el morro y lo llamaban por su nuevo nombre, Único, pero no correspondía con lametones por si le pegaban con la mano.
     Sin poder evitarlo, se orinó en el cuarto de estar y se preparó a recibir las patadas pero, lejos de ello, siguieron acariciándolo y hasta lo besaban y sintió que estaba en otro mundo, un mundo mágico donde le daban justo lo que más deseaba y le gustaba.
     Para comer, le dieron algo tan bueno que se sintió mejor que nunca. Durmió toda la tarde con mucho dolor de costillas y de los demás huesos pero empezando a pensar que la vida podía ser maravillosa y no un suplicio insoportable. Al día siguiente, le llevaron al veterinario. Tenía chip, localizaron a los dueños. Eran un alto empresario y su esposa. Recibieron una sanción económica, otra frustración que añadir a la que les daba su anodina existencia.
     Único se quedó en la casa del niño que lo encontró. Le costó mucho acabar de darse cuenta de que la vida era fácil y agradable porque había aprendido a verla como algo complicado y lleno de situaciones extrañas. Pero un día se levantó de su cama del suelo, fue al cuarto de estar, dio un saltito animoso y se subió al sofá. Tan a gusto durmió que, al despertar a las caricias de sus dueños, hubo de desperezarse tres veces porque no acababa de despabilarse.

sábado, 22 de marzo de 2014

Seis microrrelatos sobre el amor (VI)

A mi amada

     El dictador bebía su copa de brandy perdido en sus pensamientos mientras su primer ministro firmaba en la mesa de despacho decretos para la ejecución de rebeldes al régimen. De pronto, saliendo de su mutismo, dijo:
     -Alfredo, ¿por qué se querrá la gente?
     El primer ministro detuvo su frenético garabatear de la pluma y dijo:
     -Para ser libres.
     -Para ser libres... -repitió el dictador abstraído-. Tiene sentido, sí... -y después de un breve silencio de apreciación y meditación, volvió a romperlo para decir:- Alfredo, ¿habría algún pretexto válido para ilegalizar el amor?
     -No se me ocurre ninguno -respondió el primer ministro.
     -Pues piénsalo que empieza a no gustarme nada -dijo el dictador mientras cogía su copa para volver a beber de ella.

Seis microrrelatos sobre el amor (V)

A mi amada

     -¿Qué te pasa, Quique? -preguntó un niño de seis años a su hermano de quince al verlo sentado triste en la cama.
     -Que estoy enamorado de una chica y me da vergüenza hablar con ella y me encuentro desesperado -respondió el hermano.
     -A mí no me da vergüenza hablar con ninguna chica -dijo el niño-. ¿Qué es estar enamorado?
     Su hermano Quique le explicó lo mejor que supo las cosas que le hacía sentir aquella chica con mucho detalle. Cuando acabó, el niño le dijo:
     -Tienes razón, Quique, tienes que sentirte muy avergonzado.

Seis microrrelatos sobre el amor (IV)

A mi amada

     -Creo que estoy enamorado, no hago más que hacer locuras y pensar cosas extrañas -dijo alguien a un amigo.
     -¿Te parece lógico lo que sientes por ella? -preguntó el amigo.
     -Totalmente -respondió el primero.
     -Entonces no estás enamorado, ve a un psiquiatra, lo que tienes es una perturbación mental...

Seis microrrelatos sobre el amor (III)

A mi amada

     Juan Pedralves pasó toda su juventud preparándose académicamente. Jamás salió, en esos años, de su rígida disciplina de trabajo y de su horario acostumbrado de actividad y descansos. No prestó atención a la llamada del sexo ni de los sentimientos, a los que consideraba irracionales, poco prácticos y carentes de importancia. Pero, cuando iba a ejercer su profesión, estaba ya tan loco que de nada le aprovechó cuanto había estudiado. En sus años de locura, se enamoró de un árbol. Le acariciaba las ramas, le besaba el tronco y lo abrazaba, le escribía poemas como este:

Si te quiero cada día 
un poco poquito más 
mi cabeza ya no pía 
porque tu calor me das. 

le hablaba de amor sentado a su sombra, le traía flores los domingos, le traía un muñeco, que decía que era el hijo de ambos y se lo acercaba al tronco para que lo besara mientras le decía:
     -¿Ves que crecido está ya? ¿Ves que guapo es? Se parece mucho a ti, tiene los rasgos de tu familia, de tu abuelo sobre todo...
     La gente se compadecía de él viéndole dar tan lamentable espectáculo. 
     -No está bien que se ame a los árboles -decían-, no es lógico ni natural. Los árboles no tienen alma, ni pueden pagar las facturas de la luz...
     Muchas, infinitas veces, se acercaban a él y le decían:
     -¡Triste de ti, cuánto estarás sufriendo! ¿No echas de menos los años en que eras estudiante y tenías inteligencia? 
     Y él les respondía con gran énfasis:
     -¿Quién está triste? ¡Soy inmensamente feliz porque he descubierto el amor! ¡Cuando era estudiante estaba loco! ¡No tenía un día bueno...! Pero ahora todos los días son de miel y luz.

viernes, 21 de marzo de 2014

Seis microrrelatos sobre el amor (II)

A mi amada

     Aquellos dos niños habían descubierto el amor y sacaban de sus bocas el secreto que los hacía felices. Se escondían para besarse hasta en el filo de una navaja y se abrazaban afanosos como si los fueran a separar para siempre. Caminaban cogidos de la mano por la calle como si fueran hermanitos. Iban al parque a comerse las chucherías y a contarse cuánto se querían y lo eterno que su afecto les parecía. No querían jugar con los columpios ni con el tobogán pero estaban tan alegres y felices como si se deslizaran sobre una nube. Él le acariciaba el rostro a ella y ella se ponía colorada y le palpitaba el corazón. Luego, salían del parque y se iban a ver el río o las carteleras del cine. Los dibujos animados les chiflaban pero querían ver una de amor, con un chico y una chica mayores para sentirse como ellos. A veces, miraban el dinero que tenían en los bolsillos y se ponían tristes porque no les alcanzaba para entrar. Y al final, se iban pasito a paso al colegio con su bolsa de los libros pero, al llegar a la puerta, se separaban para no llamar la atención de todos los que jugaban y alborotaban en el patio porque estos dos niños enamorados no eran otros que los maestros y no querían despertar la curiosidad malsana de sus alumnos.

Seis microrrelatos sobre el amor (I)

A mi amada

     Gonzalo Barranco, en el amor, era jactancioso y arrogante, no cedía ante su pareja, le gustaba hacerla sufrir; era tibio con el afecto, no creía que querer a una mujer fuera un tema demasiado relevante en la vida, las juzgaba por su cuerpo, era capaz de dejar a la suya o traicionarla por otra que le atrajera más sexualmente; era un hombre al que le parecía imprescindible cumplir las normas de protocolo y urbanidad a rajatabla; su conversación jamás tocaba los sentimientos, tan solo los temas de actualidad, el deporte, el trabajo y su tema favorito: la economía; creía que había que pensar con la cabeza y dejar el corazón a un lado; su pareja no le parecía el ser más hermoso del mundo, la juzgaba con lo que él consideraba un criterio realista, el mismo que aplicaba a su relación, a la que aludía diciendo que no había que exigirle mucho a la vida; no exaltaba el valor de su mujer ni la veinteava parte que el suyo, en especial porque no estaba nada seguro de él y necesitaba aparentarlo; si alguien le interesaba era por pura curiosidad, por conocer detalles pedestres de su vida, nunca por sentir admiración alguna; cuando leía un poema, comprobaba que era un poema, efectivamente, pero luego cerraba el libro y lo guardaba, sin haber sentido estremecimiento alguno, en la estantería, junto a sus tomos sobre la pesca del salmón o sobre mantenimiento de piscinas. Cuando murió, su esposa fingió infinitos desmayos pero el día del entierro, para cenar, tomó churros con chocolate.

viernes, 14 de marzo de 2014

El viaje a Gijón

A mi amada

     Cuando montó en el tren en la estación de Alicante, estaba triste porque pensaba en lo fatigoso que iba a ser un viaje tan largo que, por añadidura, hacía por el fastidioso motivo de que en Gijón le esperaba su tía con unos embutidos especiales para regalárselos a toda la familia. Su tía era una pesada que lo exasperaba con su fría y entrometida curiosidad. Frente a su asiento, se colocaron un hombre y una mujer y a su lado una niña. Se hizo la idea de que los iba a tener con él todo el viaje pero los tres bajaron en la estación de Elda. En la de Villena, bajó la persona que había montado en la de Elda y se había sentado a su lado. A su vez, en la de Almansa, bajó la que se había sentado con él tras montar en la de Villena.
     Y en la de Albacete, después de un tiempo solo, su corazón le dio un vuelco porque cogió asiento a su lado una muchacha de tanta belleza que le pareció perfecta. Al instante, sin embargo, comenzó a afligirse porque tan deslumbradora mujer sabía que acabaría bajándose en alguna estación próxima y no volvería a verla jamás, lo que contrariaba sus más hondos deseos porque el placer que podía sentir a su lado era inmenso. Temía que se bajara en la estación de Alcázar de San Juan pero no lo hizo y entonces tuvo claro que se bajaría en la de Atocha.
     Ya estaba su corazón haciendo el duelo de la despedida cuando estaban cerca de Atocha, cuando la chica, rompiendo el silencio por primera vez en todo el largo período que llevaban sentados juntos, preguntó:
     -¿En qué estación bajas?
     -En la de Gijón -respondió él tímidamente.
     -Yo también voy a Gijón -dijo ella-. Así que haremos juntos todo el viaje. Me llamo Pilar.
     -Yo, Pedro -dijo él- ¿Y qué vas a hacer en Gijón? -añadió, sintiéndose muy bien porque iba a tener la oportunidad de conocer a aquella mujer tan bella.
     -Pintar paisajes y casas.
     -¿Eres pintora? ¡Qué interesante! -dijo él.
     -Aprendiz nada más -dijo ella con modestia.
     La conversación se fue prolongando y, a medida que iba comprobando que aquella chica le era tan agradable espiritualmente como lo había sido físicamente, se le fue metiendo de tal manera en el corazón que la amargura lo acabó invadiendo pensando en el momento de la despedida. Hablaron de muchos detalles de sus vidas, bromearon, rieron, se intercambiaron bocadillos, ella le leyó las líneas de la mano y él le hizo un pareado sobre sus bellos ojos.
     Cuando iban por Valladolid, hablaron de amor, de lo que significaba para ellos y el roce de sus miradas los hirió más de una vez. En Palencia, él besó la mano de ella y le dijo que quería ser su amigo. Al llegar a la estación de Sahagún, él le acarició el pelo y le dijo que era muy hermosa y que jamás había visto una mujer tan bella como ella.
     -¡Qué exagerado! -dijo ella alegremente-. Pero muchas gracias.
     -Con tu belleza no se puede exagerar -respondió él.
     En León, se dieron el primer beso y, a partir de entonces, en un silencio emocionado, continuaron el viaje entre miradas llenas de ternura, caricias y más besos.
     Cuando el tren paró en la estación de Gijón, no se levantaron para salir, ni siquiera sabían que habían llegado a su destino, continuaron besándose y acariciándose y diciéndose palabras de amor. El tren acabó tomando rumbo otra vez hacia Alicante sin que ellos hubieran abandonado su asiento. Ellos no sabían ya por dónde iban, solo sabían que se querían y que la vida era, de repente, muy bella.
     El cobrador no pasó revista en aquella ocasión, de modo que no tuvieron posibilidad de enterarse de su despiste. Siguieron hasta Alicante sin apercibirse de que estaban volviendo atrás y que ya no llevaban el rumbo de Gijón. En Alicante, volvieron a quedarse dentro del tren hasta que partió de nuevo para hacer el trayecto hasta Gijón. Sintieron algo de hambre pero el amor les adormecía el estómago y no sufrieron en absoluto por aquella privación.
     Al llegar a Gijón por segunda vez, dos días después de que Pedro partiera de Alicante, sí se pudieron dar cuenta de que habían llegado y, despertando de su idilio, bajaron rápidamente a la estación. Cogidos de la mano fueron hasta la casa de la tía de Pedro, que le preguntó qué eran las marcas rojas que tenía en la cara porque le parecían muy extrañas. En realidad era el carmín de ella que, aunque se había esforzado en limpiarlo, no lo había conseguido del todo.
     La tía quiso que se quedara un día con ella pero no se quedó ni una hora, cargó con el embutido, se despidió lo más ligero que pudo y se fue con Pilar a un parque a dar buena cuenta del regalo de su tía porque tenían un hambre espantosa.

jueves, 13 de marzo de 2014

El globo de Manolito

A Conchi Barba González

     Manolito quería un globo hinchado para jugar y le pidió a su padre que se lo llenara él soplando porque él era demasiado pequeño para hacerlo. Cuando vio a su padre soplar y al globo tomando forma, su corazón se alegró y empezó a dar saltitos de felicidad. Su padre dejó de soplar y quiso cerrar con un nudo la abertura pero Manolito dijo haciendo pucheros:
     -¡No, papa, más grande, más grande...!
     Su padre obedeció y siguió soplando. Cuando Manolito vio que el globo había alcanzado un tamaño asombroso, saltó alegremente gritando:
     -¡Viva, viva, viva...!
     Su padre dejó de soplar entonces y se puso a hacerle al globo el atado pero el niño sacó el labio inferior y dijo con disgusto:
     -¿Y por qué no lo hinchas más?
     Su padre volvió a meterse la goma en la boca y a soplar. El niño, viendo cómo crecía y crecía el globo, se entusiasmaba de tal manera que no podía quedarse quieto pero, cada vez que su padre intentaba dar por concluido el trabajo de rellenarlo de viento, Manolito gemía y mostraba dolor, olvidando su alegría anterior.
     -Manolito, si soplo más, revienta, no seas cansino -dijo al final su padre.
     Pero el niño ensombreció su rostro e hizo ademán como de ponerse a llorar con mucho enojo. Su padre, que no quería hacer sufrir a la criatura, rápidamente se echó a la boca el extremo del globo y sopló cautelosamente pero en la suficiente medida como para que acabara estallándole en la cara.
     Manolito mostró en su rostro una inmensa expresión de sorpresa. No quedaban en casa más globos, el que se acababa de romper era el último.
     -¿Ves lo que pasa, hijo? La avaricia rompe el saco. Hay que conformarse con poquito, así estamos contentos durante más tiempo.
     Pero Manolito respondió:
     -¿Y por qué el otro día bebiste tanto vino si ya te habías puesto contento?

lunes, 10 de marzo de 2014

Seis microrrelatos sobre acomplejamientos (VI)

A mi amada

     Desde su habitación podía escuchar las risas y el jolgorio de sus compañeros de piso. Ellos eran mejores estudiantes, habían merecido el amor de atractivas mujeres mientras que él aún no había tenido ninguna novia, podían hablar con desenvoltura de materias de las que él apenas sabía nada, incluso sus apellidos sonaban más distinguidos que los de él y ahora se estaba dando cuenta con gran aflicción de que, además, podían prescindir de su presencia en sus momentos de diversión pese a que era un buen amigo de ellos.
     -El más insignificante de sus amigos -pensó.
     Su escéptica manera de considerar su propia valía lo sumía en la aflicción más honda, se sentía desesperantemente insignificante pero ahora estaba casi en paz, sus pensamientos lo situaban fingidamente en el estado de reposo de quien ya ha perdido toda esperanza, de quien ya no ve más solución que el milagro, el auxilio de ese dios de la hipocresía que levanta al que se humilla. Pero no era más que la pose hipócrita de un héroe de hagiografía en el apogeo de sus aventuras. Ningún hombre puede renegar de sí hasta ese punto pero necesitaba creer que lo hacía para liberarse al menos del sufrimiento de tener que seguir luchando contra sus dudas.
     El púlpito le había mostrado cada domingo de su infancia el error de sentirse valioso. Solo Dios valía, solo Dios era, los humanos debían renunciar a su orgullo para que Dios pudiera premiarlos con su limosna de dignidad. En la escuela y el instituto e incluso en la Universidad, se exigía la reverencia al profesor, el respeto sumiso y la omisión de cualquier signo de envanecimiento frente a su inquietante autoridad. En las reuniones familiares, el protocolo daba prioridad a los mayores, un oscuro miedo a manifestarse libremente ante ellos debía enmudecer a los más jóvenes y les quitaba toda importancia. Los mismos jóvenes mostraban su desprecio hacia las conductas que evidenciaran el más mínimo afán de protagonismo. Dondequiera que fuera, advertía que su persona no tenía posibilidad de ser evaluada más que en un grado mezquino y mediocre.
     La más honda raíz de su sufrimiento habitual era la frustración por no alcanzar el suficiente prestigio a los ojos de los otros. En ningún momento o situación de su vida se había sentido de verdad ensalzado y honrosamente considerado, cada vez que había creído estar cerca de serlo, la decepción más cruel venía a desengañarlo. No hubiera sido tan importante para él el reconocimiento de los otros de no haber aprendido que era Dios el que había de ensalzar a los hombres y, en su defecto, todas aquellas personas que se arrogaban de una manera tan frecuente a su alrededor la facultad de juzgar y censurar.
     -Quizá no haya nadie en el mundo tan insignificante como yo -se dijo entregándose a la voluptuosidad de la propia laceración creyéndose escuchado por su dios teatral.
     En esos momentos, anhelaba que sus amigos vinieran a pedirle que se reuniera con ellos; no era un ansia dictada por la arrogancia sino el deseo de hallar una prueba de que realmente significaba algo para ellos aquella noche tan alegre y divertida. Pero no ocurrió. Pasadas dos horas, las risas y las voces cesaron y el piso quedó en silencio, nadie fue a hablarle ni tocó su puerta. Era ya cosa del Todopoderoso liberarle de la sensación que se apoderó de su ánimo.

Seis microrrelatos sobre acomplejamientos (V)

A Isabel Olmos

    Eva era una brillante y prestigiosa empresaria, envidiada por la mayoría de sus competidores en el sector al que se dedicaba, sin razones de peso para sentirse insuficiente como persona, sin mancha alguna en su ser que la debiera angustiar pero vivía bajo el agobiante peso de la culpa porque había perdido a su hija.
     Su niña había recibido de ella el lógico afecto de una madre pero eso era lo que más le dolía, que solo le hubiera dado un afecto lógico cuando lo que debía haber hecho era derramar un afecto sin límites y desbordante sobre aquella muchachita tan frágil que iba a marcharse tan pronto de este mundo. Ella había muerto; ahora era un recuerdo acusador, un hecho consumado, terminado, fijado de la manera más definitiva y ya no se podía borrar; su hija había muerto mientras que ella seguía viva y eso era un baldón en su conciencia.
     Sus competidores en el negocio, sus familiares, sus vecinos, cualquier otro ser humano, la hacían sentirse infinidad de veces insatisfecha consigo misma pero es ante un muerto ante quien una persona es menos capaz de levantar el rostro para reivindicarse a sí misma. ¿Quién es lo suficientemente grande al lado de un muerto? ¿Cómo exigirle a un muerto que deje de humillarnos con su desproporcionada superioridad?
     Entre ella y su hija se había abierto un abismo sin fondo y el vértigo había atraído su alma hacia abajo buscando un equilibrio que no llegaba nunca. Pensó muchas veces que jamás hallaría descanso y que solo su propia muerte lograría liberarla del dolor de sentirse sucia.
     Pero un día, abrumada por la agobiante obsesión que sentía por aquella muerte, se preguntó qué se escondía tras aquel ser humano que se había marchado para que atormentara de aquella manera su espíritu. Comprendió que su hija ya no podía acusarla de nada porque había desaparecido; el ser que la hacía sentirse tan mal vivía todavía y estaba dentro de ella misma; Eva era ahora su propia hija; ella y su hija, tan parecidas, tan compenetradas, estaban otra vez juntas, en esta ocasión en el seno de su espíritu. Eva se convertía en las horas de dolor en su hija muerta y, bajo ese disfraz, se hacía todos los reproches que creía merecer por no haber muerto en su lugar.
     ¿Y no ha muerto algo dentro de mí también? -pensó-. Los recuerdos que me empeño en revivir rodeándolos de culpa y dolor, ¿no son la muestra de que mi corazón ha muerto y he perdido la capacidad para la piedad? ¿Qué tiene que ver con los sentimientos  de verdad ese laberinto de detalles triviales del pasado que me obceco en desenterrar? Mejor haría dedicándome a llenar de amor y dulzura el recuerdo de mi hija limpiando mi corazón de banalidades y arrancándole esa pueril máscara de perfección con que lo obligo a acusarme.
     Se le reveló de pronto que el placer de la vida es nuestra verdadera obligación moral. Atormentándose con la muerte de su hija no se hacía más humana puesto que, de esa manera, no conseguía otra cosa que llenar su mente de frías trivialidades, insignificantes para el corazón aunque dotadas del brillo aparente que tienen los prejuicios y silogismos. Comprendió que sería un mejor ser humano si se entregaba a los gozos de la existencia en lugar de castigarse con el oprobio de la culpabilidad. Permitir que el corazón goce de la vida es la auténtica bondad -pensó- puesto que, de un corazón desnudo, jamás puede brotar el dolor.
     Miró con verdadero calor hacia su interior y, esta vez, descubrió que estaba lleno de sueños y de ansias reprimidas de felicidad. Metió la foto de su hija en un cajón y fue entonces cuando su pecho desbordó de amor por ella.

Seis microrrelatos sobre acomplejamientos (IV)

A Bea Magaña

    Un hombre se sentía inferior. Sin saber por qué lo hacía, acusaba a su esposa de no quererlo por no ser lo suficientemente inteligente y honesta y la atormentaba con celos y riñas; en realidad, lo hacía para tener una oportunidad de creer en su superioridad y defenderla ante alguien pues, sin esa estrategia, cuyo sentido había olvidado, no era capaz de sobreponerse a su inseguridad.
     Su esposa también se sentía inferior; quería salir de esa sensación de la manera que fuera porque no era capaz de vivir arrastrando esa culpa; lo resolvía mostrándose sumisa ante su marido, cuya superioridad, en la que creía ciegamente, era un aval y refugio para su propia pequeñez.
     Al mismo tiempo, cuestionaba constantemente todo cuanto hacía su hija y la atosigaba con un desprecio y un dominio asfixiantes; era una forma de sentirse poderosa, inteligente, de investirse de prestigio ante su hija de la única manera que creía poder, volviéndose la oscura enemiga de su alma.
     Su hija vivió su vida bajo el peso de la incurable sensación de ser insignificante para los demás; lo resolvía siguiendo el camino del arte; pintaba hermosos cuadros con cuya belleza se desquitaba de su frustración por no creerse capaz de hacer nada bien y por no sentirse digna de ser realmente amada por nadie, ni de merecer los bienes de la existencia; al menos sus cuadros estaban dotados de la perfección que ella no tenía y en esa perfección hallaba un pretexto para justificar su propia valía.
     Tuvo un hijo de un hombre que la abandonó después. Este hijo se sintió también toda su vida inferior pero nunca le sedujo el ansia de poder, nunca quiso castigar la superioridad de los otros, nunca quiso apartar de su conciencia de una manera mendaz aquel doloroso sentimiento; asumió que era insignificante en sí mismo, que nada le haría deshacerse de la convicción de que el otro era abrumadoramente superior pero amó con todas sus fuerzas, volviéndose él mismo espejo de la infinita perfección del otro, contagiándose del otro, llenándose del otro, haciéndose el otro, rompiendo sus límites en la vastedad inconmensurable del otro, volcando en el otro la esencia de sus deseos más hondos e instintivos, emprendiendo, a lo largo de los caminos de vastísima libertad que encontraba en el territorio del otro, la búsqueda de su propia perfección interior.
     Amando de esta manera tan intensa, se sentía tan poderoso y excelso como un dios y tan inocente y limpio como un pajarito; mientras la mayoría de la humanidad llenaba de trivialidad, sordidez y maldad el mundo, él llevaba el paraíso dondequiera que fuera.

domingo, 9 de marzo de 2014

Seis microrrelatos sobre acomplejamientos (III)

A Eya Jlassi

     Entre las tradiciones que circulan sobre la vida de Alejandro Magno, hay una que cuenta que, cuando el conquistador estaba en la cima de su poder, pese a que no carecía de relaciones amorosas, sentía que no era querido con la suficiente pasión. A sus treinta y tres años, había hecho lo que ningún mortal antes; había conquistado un territorio colosal sojuzgando infinidad de pueblos, había logrado la victoria en un inmenso número de batallas demostrando su virtud y su poderío, se había convertido en dueño del mayor imperio de la Historia, todo lo había hecho llevado por el anhelo de ser amado sin medida y, sin embargo, seguía sintiéndose tan poco querido como cuando era apenas algo más que el hijo del rey de un pueblo que envidiaba a los griegos.
     En uno de sus paseos, vio un pájaro moviéndose de manera extraña entre los árboles y, por puro juego, lanzó una flecha y lo mató. Entonces vio venir hacia él un niño que se precipitó llorando sobre el pájaro, que yacía en el suelo con la flecha atravesada. Alejandro sintió tal irritación que mandó a sus soldados prenderlo pero el muchacho no soltaba el pájaro ni abandonaba su amargo llanto. Entonces, Alejandro, llevado por la curiosidad le preguntó qué valor tenía ese pájaro para él. El niño le contestó que ese pájaro era su amigo, que lo había cuidado desde que era un polluelo, que comía en su mano y buscaba siempre su compañía pese a ser libre de volar y marcharse. Alejandro, le arrojó una moneda de oro y le preguntó si eso le servía de consuelo. Él respondió que lo que le hacía llorar no lo remediaría el dinero ni lo podía ya remediar nada de lo que encerraba el mundo.
     -Muchacho, soy el amo del mundo -dijo Alejandro-, puedo hacerte dueño de un reino, ¿no olvidarías un humilde y miserable pájaro a cambio de ser rey? ¿Qué importancia tiene un triste pájaro?
     -Si me hicieras rey -contestó el niño-, darías razones a un reino entero para que me amaran pero el amor de mi pájaro valía más porque no estaba justificado.

Seis microrrelatos sobre acomplejamientos (II)

A Txaro Cárdenas

     Un hombre tenía una envidia enorme a su vecino. Con mucho esfuerzo, consiguió un coche tan lujoso como el suyo, un puesto de trabajo igual de prestigioso, un aire acondicionado de la misma marca, unas vacaciones de verano en la misma playa y hasta unas zapatillas del mismo modelo para andar por casa. Había acabado teniendo, en fin, todo lo que su vecino tenía y, sin embargo, seguía viéndolo desde una angustiosa sensación de inferioridad sin que quedara ni un solo motivo para ello.
     Una noche, en la cama, elucubraba con hipotéticas transformaciones tratando de averiguar si le habrían salvado definitivamente de la envidia; entre ellas, pasaron por su mente intercambiar las esposas, embutir en su cerebro los mismos conocimientos que su vecino, injertar en su personalidad las mismas habilidades que este tenía por medio de una máquina de ciencia-ficción, implantar en su cráneo el cerebro de él, hacerse la cirugía estética y adoptar su misma apariencia exterior... pero, cuando se veía en las situaciones que imaginaba, llegaba a la conclusión de que, a pesar de ellas, seguiría pensando que su vecino era mejor que él.
     -¿Y qué carajo le hace superior a mí? -se dijo dándose la vuelta en la cama-. Ya está... -pensó después de que una revelación iluminara su mente-, soy inferior porque soy, es el gran problema que él no tiene.

Seis microrrelatos sobre acomplejamientos (I)

A Susana Magaña

     Un muchacho encontró un insecto extraño y lo cogió para enseñárselo a los amigos. Avanzó por el patio del instituto y vio sola a la chica que le gustaba, a la que no se había atrevido aún a decirle nada; la importancia obvia de su descubrimiento le hacía pensar que no la molestaría si la abordaba para mostrárselo; la idea de impresionarla e interesarla de aquella manera tan aséptica le parecía lo suficientemente razonable para olvidarse de sus escrúpulos de timidez.
     -Lo he encontrado en la calle -le dijo a la chica-, es un coleóptero muy extraño.
     -Sí, qué bonito -dijo ella.
     A continuación, se hizo un silencio tenso y el muchacho, tras llenar su corazón de valor para no dejar perderse la que podía ser la última oportunidad de hablar con aquella chica, le dijo con tal precipitación y descaro que creyó que le iba a dar una bofetada:
     -¡Qué guapa eres!
     -No creo que lo digas en serio -respondió ella con tristeza-. Para mi forma de verlo, mi nariz es horrible y mi boca demasiado grande...
     El muchacho miró el escarabajo que llevaba en la mano, la miró a ella y, después un breve silencio, le dijo:
     -¿De verdad te parece bonito este bicho?

viernes, 7 de marzo de 2014

Seis microrrelatos sobre la vanagloria (VI)

A mi amada

     -Un hombre es imperfecto -dijo el profesor de matemáticas-, un círculo, no; un círculo es absolutamente espléndido, impecable, intachable...
     -Las ideas pueden confrontarse unas con otras y hacerse objeto de valoraciones pero, en lo individual, desaparece la forma -dijo el profesor de filosofía- y no queda más que belleza y realidad. No se puede juzgar la forma de un hombre concreto porque un hombre concreto está más allá de cualquier forma, de modo que no puedes decir que sea imperfecto. La imperfección que le atribuyes no es propia del individuo sino una idea más.
     -En ese caso, estaría justificado vivir sin valores -dijo el profesor de matemáticas-, ser el caos para los demás. Si ser un hombre no requiriera de nosotros un esfuerzo de perfeccionamiento, la sociedad se disgregaría y el mundo se convertiría en un lugar muy peligroso.
     -Al contrario -dijo el profesor de filosofía-. Los hombres siempre han sido esclavos de las ideas y eso hace que se enfrenten unos contra otros y que se enfríen sus corazones. Solo cuando los hombres sean capaces de abrir su espíritu a la realidad más allá de cualquier prejuicio, desaparecerán las murallas y los seres humanos vivirán en armonía. Además, cuando se nos exige que seamos otra cosa, se nos hiere y nuestra reacción es herir; ningún hombre está libre del rencor cuando le dicen que es inferior a un círculo.
     -¿Y qué valor tendría un hombre en un mundo en el que cada uno impusiera su propio valor? -dijo el profesor de matemáticas.
     -Cada hombre abriría un camino propio adentrándose en su instinto personal -respondió el profesor de filosofía-, ese camino sería su orgullo, su conquista, le daría el honor de ser diferente a todos los demás, se sentiría tan especial conservando su originalidad que vería como una grave traición a sí mismo imponer su voluntad a otros, desaparecería la violencia y la explotación, las personas se volverían fascinantes y un afecto puro e incondicional las uniría, ya no las separaría el ansia de emulación porque ya nadie competiría por la misma cosa. Quédate, si quieres, con tus círculos, yo prefiero a las personas únicas...

Seis microrrelatos sobre la vanagloria (V)

A Txaro Cárdenas

   Había un hombre que se esforzaba intensamente en demostrar inteligencia, elegancia, bondad, cultura, valor, dignidad, honestidad... y es que ser él mismo le parecía un exceso de pereza.

Seis microrrelatos sobre la vanagloria (IV)

A mi amada

    Un hombre de negocios, que estaba pasando por una crisis personal, lleno de amargura, se lamentaba ante un amigo de no sentirse nada valioso.
     -¿Cómo que no eres valioso? -dijo el amigo-. Tienes los mejores productos de la comarca, has creado de la nada una empresa, eres audaz, emprendedor, tienes grandísimas capacidades... ¡Venga, hombre, si eres tú mismo el que lo dices cuando estás animado!
     -Sí, lo digo, claro que lo digo, pero es mentira. ¿O no? -dijo el hombre de negocios que no alcanzaba a explicarse la ignorancia de su amigo.

jueves, 6 de marzo de 2014

Seis microrrelatos sobre la vanagloria (III)

A Eya Jlassi

     -¿Cómo está tu prima Andrea? ¿Se ha mejorado de los oídos? -preguntó una mujer a otra sentada junto a ella en un banco de la iglesia.
     -Ni mucho menos, no oye ni el estampido de un cohete -respondió la otra- pero la pobre no quiere que se sepa, desde que tiene palco en la ópera, su sordera no existe.

Seis microrrelatos sobre la vanagloria (II)

A Susana Magaña

     -¡Eres... una mala pécora! -dijo un hombre a su vecina en el calor de una terrible discusión.
     -Y tú eres un impotente, incapaz de hacer gozar a una mujer con eso que tienes entre las piernas, ¡ja! -replicó la vecina con tono ostentoso-. No eres hombre, no te aguanta tiesa ni medio minuto, tienes que hacerlo con la mano, no le gustarías ni a una anciana...
     -No sé por qué te pones tan chula porque, desde luego, lo que yo tengo entre las piernas, con mucho, es mejor que lo que tienes tú -dijo el vecino sin pensar mucho lo que decía.

Seis microrrelatos sobre la vanagloria (I)

A mi amada

     -¿Me podría decir por dónde se va a la calle Salustio? -dijo un viandante a un hombre pulcra y elegantemente vestido que había a la puerta de una librería.
     -Por supuesto que puedo -respondió el otro-. Es una calle con un aire nostálgico que conecta al paseante con el arquetipo del reencuentro, cual Ulises del laberinto urbano...
     -Gracias -dijo el viandante-. ¿Y cómo se llega?
     -¿Llegar? -dijo el hombre elegante tras respirar hondo-. El viajero nunca llega, siempre está perdido bajo el magma de su añoranza de lo que quisiera que fuera y no es. Definitivamente, jamás se llega a ninguna parte, somos víctimas de nuestros sueños...
     -Sí, de verdad que sí -dijo el viandante por decir algo y sin saber a ciencia cierta qué significaba aquella jerigonza-. ¿Pero por dónde tengo que meterme para encontrar la calle?
     -¿Y cree usted que se puede hablar de una calle como de un lugar al que se llega desde otro igual? Yo he escrito un libro sobre las calles del mundo, cada calle es un microcosmos, con su olor peculiar, con su alma inconfundible; sus tabernas, sus librerías, la gente que camina por las aceras, el aire de los escaparates... todo nos envuelve en un planeta propio e irrepetible, con su propio karma y su propio destino...
     -Yo no digo que su libro sea malo -dijo el viandante empezando a impacientarse- pero, si me dijera de una vez dónde queda la calle Salustio, se lo agradecería.
     El hombre elegantemente vestido se puso entonces el dedo en la boca desviando la mirada a otra parte para concentrarse en sus reflexiones y, después de muchos segundos de profunda cavilación, dijo:
     -Lo sé, sé dónde queda, no crea que no... pero no sé cómo explicárselo.

sábado, 1 de marzo de 2014

Seis microrrelatos sobre la frialdad (VI)

A mi amada

     -Ha muerto asesinado nuestro dictador -dijo con lágrimas en los ojos un hombre a otro en la calle- pronto saldrá en los periódicos.
     -¿El dictador? -dijo el otro-. ¿Y quién ha podido...?
     -Yo, yo lo he matado, le he degollado y le he sacado los ojos pero que no lo oiga la Tierra... -respondió el que lloraba.
     -¡Vaya carnicería...! -dijo el otro-. Y me parece una gran hipocresía que, siendo tú el asesino, llores de esa manera.
     -No lloro, es que mi mujer me ha puesto después a pelar cebollas... -dijo el que lloraba.

Seis microrrelatos sobre la frialdad (V)

A Eya Jlassi

     Un enfermo mental estaba sentado en el comedor del psiquiátrico. De pronto, con el rostro totalmente pálido y una expresión de pánico absoluto y desolación en los ojos, dijo a su compañero de mesa:
     -¡Es horrible! ¡Todo va mal, todo, todo...!
     El compañero lo miró, se volvió otra vez hacia su plato y dijo con indiferencia:
     -A mí no...

Seis microrrelatos sobre la frialdad (IV)

A Bea Magaña

     En un arsenal de misiles con ojiva nuclear un operario de la sala de mandos estaba comiéndose un bocadillo y se sentó al borde del panel. La presión de su trasero accionó el botón rojo y un misil se disparó en dirección a Moscú. Cuando el operario lo advirtió, se dijo con mucha pesadumbre:
     -Siempre pasa algo raro para que uno no pueda desayunar en paz...