viernes, 28 de febrero de 2014

Seis microrrelatos sobre la frialdad (III)

A Txaro Cárdenas

     Un hombre, desde muy niño, fue un fanático y desaprensivo coleccionista de botones. Era capaz de robarle el abrigo a un mendigo o acosar a un niño a cambio de una nueva pieza. Nunca se casó ni tuvo pareja, vivió solo toda su vida. Todo el placer de su existencia era cuidar e incrementar su colección de botones. No le habría importado matar a alguien si se hubiera apropiado de su querida colección, incluso hubiera considerado lícita la tortura como castigo.
     -Estaría bien quemarlo -pensaba durante sus fantasías de propietario orgulloso-; no merece menos el esfuerzo de toda mi vida.
     Su alma era tan gélida e indolente que habría silenciado el nombre del asesino de un niño en caso de no ser interrogado por la policía.
     Cuando estaba cercana su muerte, echó la vista atrás y solo vio botones y no corazón de ser humano alguno en el que hubiera dejado una huella de amor; después de darse cuenta de este detalle, se dijo:
     -Sería curioso saber qué tiempo hará el día que me muera.

Seis microrrelatos sobre la frialdad (II)

A Susana Magaña

     Una niña pequeña lloraba con mucha amargura e intensamente porque su madre le había dado un cachete.
     -No me quieres... -decía con pena en medio de sus sollozos.
     -Bien, confieso que así es, pero ni una palabra de esto a los vecinos -replicó la madre seriamente.

Seis microrrelatos sobre la frialdad (I)

A mi amada

     -¡Hijo, tengo un dolor muy fuerte en el pecho! -exclamó un anciano entrando en una habitación con muchos libros donde había un hombre de mediana edad leyendo sobre una mesa. El hombre de mediana edad seguía con su rostro inclinado sobre el libro, lo que obligó al anciano a decir en voz más alta aún:- ¿Hijo, no me oyes? ¡Me duele mucho el pecho, creo que me voy a morir, necesito un médico!
     El hombre de mediana edad levantó sus ojos del libro y los clavó sobre el rostro de su padre y dijo:
     -Papá, ahora no me interrumpas, estoy leyendo un capítulo muy interesante sobre la reproducción de los espongiarios.

lunes, 24 de febrero de 2014

Seis microrrelatos sobre hombres incorrectos (VI)

A mi amada

     Mahmûd no sabía lo que tenía. Estaba siempre triste e insatisfecho. Tenía ambiciones que no conseguía alcanzar por mucho que se empeñara. Un día, pescando en el mar, sacó un objeto que le pareció una lámpara de aceite. Para limpiarla, frotó muy fuerte y seguido y, ante su asombro, comenzó a salir un humo negro y espeso de su interior. Cuando dejó de salir el humo, tomó forma en el aire de un gigantesco hombre del que al instante salió una voz estruendosa que parecía tronar de nubes que decía:
     -Gracias, noble pescador, soy el genio Rabah, hijo primogénito del rey del mar. El traidor Abdul me encerró en esa lámpara y he estado metido en ella ochocientos años y tres días. Tu gesto va a ser premiado, no te quepa ninguna duda. Dime tu más hondo y desproporcionado deseo y te será concedido. Para Rabah no hay nada imposible.
     Mahmûd escuchó lleno de espanto el estruendo que venía de aquella mole pero, cuando supo que iba a obtener cualquier cosa que le pidiera, su corazón se serenó, meditó con calma y al final dijo:
     -Mi señor Rabah, no estoy seguro de ser mejor que la rata más miserable pero maldeciría al mismo califa si se vanagloriara de ser más honrado que yo; no soporto que nadie me obligue a hacer nada pero anhelo que todos aprueben cuanto hago; ansío estar satisfecho de mí mismo pero ello depende de que satisfaga a los demás; deseo llegar a ser el más grande pero no podría soportar el dolor de descubrir que no lo soy todavía; quiero ser un gigante pero sin ser odiado por nadie; quiero la humildad en mi pecho, la libertad en mi alma, la bondad en mi corazón pero no soy capaz de ignorar los juicios de ningún hombre. Mi señor Rabah, ¿podrás hacer que consiga la paz?
     El genio puso un gesto de horrenda perplejidad y angustia y respondió:
     -No, mi pequeño amigo, soy incapaz de concederte ese deseo...

Seis microrrelatos sobre hombres incorrectos (V)

A Txaro Cárdenas

     -...y teniendo en cuenta todos estos factores que coadyuvan en el fortalecimiento de la infraestructura vial del país, se puede decir que mi gobierno ha cumplido con sus objetivos en este campo con la eficacia que requerían las perspectivas de crecimiento que se nos presentan a la vista, tanto más que a la hora de hoy todavía restan por implantarse la serie de medidas adicionales que...
     El diputado Márquez escuchaba, casi a punto de dormirse, el discurso sobre el estado de la nación que pronunciaba el presidente. Su mente estaba lejos de los asuntos de que hablaba el venerable político. Se estaba acordando de cuando era niño y todos lo trataban con frialdad cuando él lo único que quería era sentirse amado. Allá donde iba, solo recibía disgustos y desdenes y no hacía más que entregarse al llanto cuando llegaba a su camita y se apagaba la luz. Pensaba en la dureza y presencia de ánimo que tenían que tener los políticos y en el escarnio y la sorna que se armaría en el Congreso si se enteraran de que en ese momento estaba pensando en que le gustaría que todo el mundo le manifestara cariño y que lo mimaran y lo quisieran mucho.
     El presidente seguía hablando:
     -...pero no es menos cierto, señorías, que hay un paquete de medidas urgentes que, no les quepa duda, se llevarán a cabo en los próximos...
     El diputado Márquez, perturbado por el impasible helor del discurso del presidente, se entregó finalmente a la voluptuosidad infantil a la que había estado resistiéndose hasta entonces y, haciendo un puchero, se dijo entre rencoroso y apenado:
     -No me quiere nadie...

Seis microrrelatos sobre hombres incorrectos (IV)

A mi amada

     Un brillante estudiante de violín asombraba a su profesor, mediocre y mezquino, quien hablando un día de sus perspectivas de futuro, dijo a su alumno:
     -Con suerte podrás emplearte en una orquesta regional y ganar un sueldo razonable hasta tu jubilación, no dejes de soñar...
     Pero el estudiante, mostrando una gran pasión en su voz, respondió:
     -Yo no quiero tocar en una orquesta regional, yo quiero llegar a lo más alto, quiero ser el mejor...
     El profesor frunció el ceño y, después de un extraño silencio durante el cual contempló a su alumno con una expresión severa, le dijo:
     -¿No crees que eso es una altanería? Deberías ser más humilde. Hay violinistas demasiado buenos como para que pretendas ser mejor que ellos. Su genialidad merecería un poco de respeto por tu parte.
     -Es que no concibo tocar solo un poco bien, quiero alcanzar la perfección absoluta, quiero arrancar lágrimas y aplausos rabiosos -respondió el estudiante.
     El profesor lanzó un gruñido de escepticismo despectivo y dijo:
     -Olvídate, chaval, olvídate de esas tonterías...

Seis microrrelatos sobre hombres incorrectos (III)

A Susana Magaña

     Miguel nació con una mancha en forma de pene con testículos en la frente aunque totalmente convencido de que era el niño más guapo de la Tierra. De su cabeza no se fue yendo la mancha a medida que pasaban los años pero sí la idea de que era guapo y noble y valioso porque la gente que iba conociendo se la fue quitando. Tanto fue así que, completamente ido, un día, en una junta de vecinos, de improviso, se levantó y dijo:
     -Necesito autoestima; id pensando lo que vais a hacer porque tenéis que conseguir que me quiera...
     Los asistentes se echaron a reír condescendientes porque ya estaban al corriente de la perturbación mental que padecía y uno de ellos, más responsable que los otros, le dijo:
     -Pero sé razonable, Miguel, ¿crees que es asunto de los demás darte autoestima a ti?
     Miguel respondió:
     -Sí porque han sido los demás los que me la han quitado y me la deben.

domingo, 23 de febrero de 2014

Seis microrrelatos sobre hombres incorrectos (II)

A mi amada

     El camarero de Las Ostras sentía que, en ningún momento de su vida, había sido el preferido por los otros. Era el menor de seis hermanos pero sus padres, en lugar de hacerle a él el favorito, le habían dado el honor a los otros cinco, que pensaban que eran mucho más útiles y capaces. En el colegio, sus compañeros le tomaban muy poco en serio y, en el instituto, todavía menos, según su parecer, de modo que su corazón rumiaba la desazón de ser el último de los humanos y no hacía más que reprochar a todo el que le conocía su menosprecio y desapego.
     Era soltero y vivía con su madre. Ella no estaba dispuesta a consentir otra mujer en casa y con aspereza le recriminaba que llegara a casa tarde alguna vez o que chateara mucho tiempo en el ordenador. Muchas veces interrogaba a su hijo para tener conocimiento exacto de sus movimientos, no solo para evitar que tuviera relación con mujeres sino para estar segura de que lo sabía todo sobre la vida de su hijo y de que nada había cambiado en ella, como era su más firme voluntad. Era una mujer, pese a la frialdad con que le trataba, cobarde y débil, obsesionada con la muerte, lo que le hacía temer cualquier cambio y le entregaba a la afanosa y constante tarea de dar a todas las cosas su estado de reposo definitivo y final.
     Su relación con su madre se limitaba a escucharla hablar. Ella no le hablaba de sentimientos ni de ningún asunto personal sino de la política, de la crónica negra, de los sucesos trágicos y de todos aquellos acontecimientos de enorme relieve que demostraban que el mundo se movía, cosa que le preocupaba tanto. A su hijo, en cambio, nada le interesaban todos esos asuntos tan cruelmente relevantes y la escuchaba con el rencor de quien se sabe objeto de un abuso mientras languidecía de soledad y nostalgia de afecto.
     Un día entró en Las Ostras una muchacha que a él le pareció bellísima y tuvo el anhelo de ser objeto de su afecto. Pero, sintiéndose, como era habitual en él, lejos de merecer ser querido por sí mismo y de una manera inequívoca, su anhelo estaba teñido de escepticismo y desengaño. De modo que, cuando se acercó para preguntarle qué quería y ella le saludó con una cordialidad poco común en la clientela, él se asombró un poco pero, respondiendo al saludo, dijo:
     -Solo soy el camarero, el dueño está en la cocina ahora.
     Ella le sonrió muy alegremente y le dijo:
     -¿No puedo presentarme y decir cómo me llamo al camarero?
     Al oír esto, supuso que ella experimentaba algún interés por él y siguió hablando con ella un buen espacio. Con el tiempo, venciendo su mentalidad de mueble despreciado, consiguió consolidar su relación con aquella chica y vivió un periodo de felicidad tan inmensa como nunca la había sentido; solo entonces descubrió el verdadero aliciente que la vida tenía para los hombres y se sorprendió de que hubiera podido soportar su existencia sin conocer lo que ahora conocía.
     La relación alcanzó el suficiente grado de gravedad como para empezar a vivir juntos. Él no sentía demasiado aprecio por su madre pero un escrúpulo de piedad hacia ella le impedía abandonarla, de modo que quiso pedirle que permitiera a su pareja instalarse en su casa para que ella no viviera sola. Eligió un día para confesarle que tenía una relación y el cambio que deseaba realizar. Cuando las tímidas palabras de su hijo le revelaron que estaba enamorado de una mujer, se arrancó a un amargo llanto, mezclado con arrebatos de cólera y patéticas quejas en las que lo acusaba de desagradecido y vividor. Pero después de mucho llorar, pareció que se calmaba y, finalmente, dijo con tono repentinamente sosegado:
     -Quiero conocerla. Tráemela que la vea.
     Su hijo obedeció inocentemente pero después del encuentro de su madre con su pareja, esta última pareció mostrarse fría con él y llegó a decirle que lo mejor era que dejaran de verse. Él se estremeció al oírle decir esto y le preguntó con angustia por qué le decía eso. Ella le respondió:
     -Tu madre me ha dicho que le has asegurado que no me quieres demasiado, que es a ella a quien más quieres y que me quieres tan solo para que cuide de ella. Ella ha sido honesta contándomelo, tú en cambio has sido una persona muy falsa, estaba convencida de que te conocía bien pero...
     -No creas nada de eso -dijo el camarero de Las Ostras completamente pálido y asombrado por lo que acababa de escuchar y, mintiendo para evitar dar mayores detalles, dijo:- Tiene una enfermedad rara.
     Rápidamente, tras pedir permiso para abandonar el trabajo alegando un gran malestar, fue a su casa, se plantó delante de su madre, que estaba hablando entretenida con una vecina que apreciaba mucho, y le dijo:
     -Madre, probablemente me quieres mucho porque soy tu hijo aunque nunca te oiga decirme una sola palabra de afecto y sí muchas demandantes y de intransigencia, por eso mismo, sé que vas a sentir una gran felicidad cuando me vaya de esta casa para reunirme con la mujer que amo porque, cuando se quiere, se quiere el bien de la persona amada y no nuestro propio interés. Yo busco en ella solo su felicidad pues su felicidad es lo mismo para mí que la mía; tú nunca me has enseñado eso y vivía atormentado, sintiéndome sucio, involucrado en una relación tras la que no había más que obligaciones y un mezquino interés. Sé que eres cobarde como una rata y que te preocupa tanto la muerte que te has convertido en su encarnación misma; mejor te hubiera ido preocupándote del amor porque vas a sentirte muy sola en adelante a no ser que mis hermanos tengan el improbable gesto de piedad de llevarte con ellos; son tan egoístas e interesados como tú y no creo que soporten una carga que no les aporta lo más mínimo...

sábado, 22 de febrero de 2014

Seis microrrelatos sobre hombres incorrectos (I)

A mi amada

     Manuel era consciente de que su Dios no le admitía una sola gota de soberbia y vanidad; seres de mucha más influencia que un mísero ser mortal como era él habían sido arrojados al abismo y sujetados con cadenas solo porque querían arrebatarle el primer lugar. Pero él no se avenía bien a la humildad y sufría mucho porque ¿cómo decirles a sus amabilísimos amigos de la oficina que se sentía superior a ellos? ¿Cómo confesar a su respetado padre que, en el secreto de su corazón, lo encontraba tan ridículo y bobo que su pensamiento no paraba de satirizarlo con los más hirientes chascarrillos? ¿O cómo evitar que los niños con los que se tropezaba notaran que se sentía más joven y vital que ellos por muchos años que le distanciaran? ¿Cómo disimular ante la noble mujer de la limpieza, el simpático dueño de la papelería o su bondadosa vecina que los encontraba lo suficientemente estúpidos como para herirlos con su sarcasmo más cruel?
     Pero lo que más le angustiaba era no poder sufrir con resignación que hubiera alguien más brillante que él. Leyendo la biografía de Einstein se consolaba considerando probable que su inteligencia fuera mayor y que solo hiciera falta que la empleara de firme en la Física para descubrir la teoría de la unificación de la energía, que tanto se le había resistido al genio alemán. Pero el que estas hipótesis con las que se consolaba fueran posibles no era una prueba de su realidad y ello le hacía presa de una frustración enorme que le amargaba la vida. Él no podía tolerar por encima de él ni los pájaros que vuelan, lo que, teniendo en cuenta que era un modesto empleado de oficina, le hacía merecedor de la corona de mártir.
     A la única persona a la que le permitía la superioridad era a su esposa, a la que amaba profundamente y procuraba complacer en todo y, cuando ella le hacía ver que había incurrido en un exceso de orgullo, momentáneamente admitía lo razonable de ver la vida con más modestia y humildad pero era una concesión que, en realidad, estaba más allá de sus fuerzas hacer y, al cabo de unas horas, se daba cuenta de que su vanidad y su altivez no estaban dispuestas a dejarse disuadir por el amor de su vida como tampoco, pese a su más hondo deseo, por él mismo.
     No era consciente de que su malestar procedía de que en su infancia sus padres y hermanos mayores no le habían dejado ser jactancioso y manifestar la vanidad propia de los niños porque pensaban que era irresponsable dejarle creer que su potencia era tan desmesurada como él suponía. Le habían desmoralizado tanto los desengaños acerca de su auténtica valía que sus mayores le habían hecho sufrir que, para toda la vida, le había quedado el prurito de demostrar que se equivocaban y que lo que en su corazón había querido sentirse sin que le dejaran era la auténtica realidad.
     Su mente le iba protegiendo hasta entonces del riesgo de encontrarse con una evidencia de que no era el mejor. Cuando, por ejemplo, no vencía en una competición de algún tipo o veía que alguien le superaba en alguna cualidad, siempre encontraba la causa que le disculpaba y su orgullo salía indemne de aquella aparente prueba de su inferioridad. Pero la táctica más habitual que su cerebro utilizaba para evitarle esta indeseable prueba era hacerle sentir un miedo irracional a las evaluaciones más escrupulosas y a las situaciones en las que había el peligro de que estas tuvieran lugar.
     Pero hay un último día para todo y Manuel se vio en cierta ocasión en la necesidad, durante una búsqueda de empleo, de someterse a una prueba para conocer su coeficiente de inteligencia. Salió de ella agarrándose desesperadamente a la convicción de que la había realizado impecablemente bien y que le darían aquel empleo. Pero pasaba el tiempo y no lo llamaban. Volvió al lugar donde solicitó aquel trabajo preocupado no tanto por obtener el trabajo como porque le confirmaran que era el genio más grande de toda la Historia. Desgraciadamente para él, allí le dijeron que el puesto de trabajo ya había sido ocupado por una persona corriente que le superaba en el coeficiente de inteligencia.
     Tan honda decepción sintió en aquel momento que contempló el resto de su vida como un vacío tránsito hasta el último y más abismal de los fracasos de un hombre, el que le lleva a la tumba. No creía que en su vida pudiera haber aliciente alguno una vez demostrada su inferioridad; ni siquiera su esposa le querría ya sabiendo que no era el hombre más inteligente de todo el planeta. Caminó durante horas por las calles con un nudo en la garganta, reprimiendo el llanto y enjugando más de una lágrima que brotaba de sus ojos. ¡Qué vano le pareció entonces el orgullo de los hombres! ¡Qué injustificada era la presunción que tenía el poeta laureado, el político triunfador o el deportista campeón! Pero nadie se preocupaba de demostrarles su poco valer como habían hecho con él. Vio la historia de su vida con el dolor de no haber sido nunca lo suficientemente bien considerado, todo el mundo lo trataba con indiferencia, no se sentía un hombre, maravilla de la naturaleza dotada de un espíritu lleno de divinidad, infinito y libre, sino un mueble viejo, un ser limitado e impotente que no podía ser realista al mismo tiempo que creer en sí.
     Cuando llegó a casa, confesó a su mujer toda la inmensa tristeza que sentía. Tras escucharle, ella dudaba si reírse o darle una severa reprimenda pero optó por decirle:
     -No es verdad que no seas el mejor, chatito, no te cambiaría por nadie en el mundo...

viernes, 21 de febrero de 2014

La multa

     En 1970, un guardia separó a una pareja que estaba besándose en un parque y dijo dirigiéndose a la parte masculina que la componía:
     -Está prohibido besarse en público. Le han caído diez duros de multa, caballero.
     -Perdóneme, por Dios, señor, sea caritativo -dijo el hombre-, no he podido aguantarme; es que estoy muy enamorado y creía que no nos veía nadie. No estamos casados todavía y aún no tenemos casa donde escondernos...
     -Mire, joven, no me cuente cuentos... -dijo ásperamente el guardia-. Un hombre tiene la santa obligación de esperar a enamorarse al matrimonio para evitar el escándalo público así que desenamóreseme y pague la multa, haga usted el favor.
    

miércoles, 19 de febrero de 2014

La voz del demonio

A mi amada

     Monseñor Calviño hizo una visita de caridad a los padres de la niña que Dios se había llevado, según su opinión.
     -Tomaron la decisión acertada -les decía mientras tomaba una infusión de tila, que le había servido la madre, en el salón-. La niña corría peligro pero la vida que había brotado en su seno de madre le pedía el sacrificio que hizo. Los hombres son soberbios y creen que han de intervenir en lo que solo debe intervenir el todopoderoso. Ella era muy niña y tenía miedo pero ustedes hicieron muy bien en convencerla de que no abortara; no sientan remordimientos, Dios les reservará un puesto de honor en la Gloria al lado de su hija, que ya está disfrutando de ella al lado de su criatura. ¡Cuántos criminales que quitan la vida de esos niños que aún no han nacido están tan tranquilos al día siguiente de hacerlo mientras que quizá ustedes, que han cumplido a rajatabla con la ley de Dios, estén pesarosos y con la conciencia inquieta! Yo les aseguro que los pertinaces en el bien obtienen su recompensa. Así como también les digo que no es en vano desviarse de la ley de Dios. Su niña no supo tener la suficiente fortaleza para escapar a la seducción de la sensualidad y el Padre eterno ha castigado su falta llevándosela con él.
     -Ella no se acostó con el chico por debilidad de su voluntad ni de su fe, padre -dijo la madre-. Conocía al muchacho desde los tres años. Él también va a morirse pronto y ella quiso que no se fuera sin haber conocido eso.
     -Míreme usted a mí -dijo el prelado-. También yo moriré sin conocer el sexo y no creo que me perjudique en nada... Al contrario, eso me ha hecho más duro y resistente, más dispuesto a cumplir los mandamientos con la puntualidad de una máquina. ¿Para qué cree que Dios se tomó la molestia de dejar por escrito sus leyes con detallismo escrupuloso, para qué ha luchado tanto contra la herejía si no es para que se cumpla lo que Él ordena y solo lo que Él ordena?
     La madre dio muestras de afligirse haciendo pucheros y con un hilillo de voz y los ojos húmedos respondió:
     -Mi hija no obró con mala intención, era un ángel, debió ser el chico el que la convenció de mala manera...
     -Si es así, tendrá que confesarse y hacer una penitencia -dijo el prelado-. La absolución, a veces, es cosa de rezar un padrenuestro y a correr otra vez... Que no deje de hacerlo o morirá cargando con un pecado mortal...
     -Él está todos los días en la Iglesia -dijo la madre-, dice que la Virgen que hay en el altar se parece mucho a mi hija...
     -¡Dios mío! -dijo el obispo-. Eso es blasfemia. Entiendo que son cosas de chiquillos pero hay que quitarle esa idea de la cabeza o se condenará.
     -Está siempre llorando y angustiado -dijo la madre-, dice que, si él fuera Dios, habría dejado que abortara, que se le habría ablandado tanto el pecho al pensar que iba a morirse que le habría perdonado cualquier deslealtad. Dice que alguien que te ama de verdad, preferiría cualquier cosa antes que verte morir. Yo lo escucho ahora, antes no quería, antes pensaba que los médicos exageraban pero ahora oigo todo lo que me quiere decir y me desgarra el corazón...
     A la madre le caían gruesas lágrimas por el rostro ahora.
     -Ese chico no sabe lo que habla -dijo el obispo-. No conoce lo suficientemente bien las Sagradas Escrituras. No merece su atención, créame.
     -Dice que él sí la quería y por eso sabía que lo que había que hacer era abortar, dice que nosotros no somos capaces de amar a nadie, que lo único a lo que le tenemos cariño es a un dios sin alma. ¡Eso me mata, padre! -dijo la madre en medio de una enorme angustia.
     -Es la voz del demonio, hija mía, no le escuche más... -dijo el prelado tras sorber con delectación la tila.

jueves, 13 de febrero de 2014

Seis microrrelatos sobre el buen orgullo (VI)

A mi amada

     Fernando le decía a su amigo del instituto:
     -¡Cómo me gusta esa chica! Pero creo que a ella no le gusto yo. ¿No es triste eso?
     -Tal y como yo lo veo -dijo el amigo-, lo triste es que no te gustas tú. Si no le gustas a esa mujer, siempre puedes pretender a otra pero, no gustándote a ti mismo, dime a quién vas a poner en tu lugar.
     -No soy normal, lo pienso desde que era un niño -continuó Fernando.
     -¿En qué no eres normal? -preguntó el amigo.
     -Pues en que no soy perfecto, fuerte, triunfador... -respondió Fernando.
     -No, en eso eres normal, en lo que no eres normal es en que no crees que seas así -dijo el amigo con tranquilidad.

Seis microrrelatos sobre el buen orgullo (V)

A Bea Magaña

     -¿Me puede dar un libro que enseñe a vivir? -dijo un tímido adolescente en una librería-papelería a la mujer que estaba a cargo de ella.
     -Este estante es entero de libros de autoayuda -dijo la mujer señalando con el dedo a unos libros que había a la espalda del adolescente-. Míralos y te llevas los que te interesen.
     El adolescente contó más de ochenta libros. Él quería unas instrucciones sencillas porque dondequiera que fuera le decían lo que tenía que hacer y él no se sentía seguro de su propio criterio pero, cuando vio tantos libros y autores que se disputaban el privilegio de decidir cómo había que vivir, se dirigió a la mujer y le dijo:
     -No me interesa ninguno, me llevo un bolígrafo y un paquete de folios...
    

Seis microrrelatos sobre el buen orgullo (IV)

A Eya Jlassi

     Pedrito tenía la manos pegajosas por el caramelo, odiaba tenerlas así, solo lavándolas con agua se liberaría de la desagradable sensación de que se le pegaran los dedos. Decidió ir a lavárselas al cuarto de baño pero antes fue a darle un beso a su madre. Cuando le tocó las mejillas con sus manitas, su madre le gritó:
     -¡Cochino, lávate esas manos que las llevas llenas de caramelo!
     A Pedrito se le olvidó que era él el más interesado en lavarse las manos, se imaginó que no sabía conducirse por la vida como le convenía y como era debido y, en ese mismo instante, descubrió la culpa.

Seis microrrelatos sobre el buen orgullo (III)

A Txaro Cárdenas

     Él no era nadie, Dios pedía humildad, por eso él era insignificante, a Dios le gustaba que él se sintiera así. Le atormentaba, le angustiaba, le desolaba sentirse así pero Dios goza con el sufrimiento de sus criaturas porque eso las hace mejores. Él no era nadie, no merecía la admiración de sus amigos, ni el amor de una mujer, ni el éxito en su vida, a Dios le complacía su soledad, su frustración y su fracaso, Él lo ensalzaría cuando fuera el momento, siempre premia a los justos, siempre ensalza al que se humilla. No merecía ser feliz, no merecía la esperanza, no merecía la vida, Dios estaba satisfecho de que él se sintiera así, así es como son los hombres justos, los que le aman a Él, es así como hay que vivir la vida, siempre arrastrándose en el dolor para que Él esté satisfecho. No merecía nada, nada... ni siquiera el Paraíso, ni siquiera la bienaventuranza eterna, ni siquiera el Reino de los Cielos. Seguro que cuando Dios supiera hasta qué punto estaba convencido de que era la criatura más vil y miserable, la más pequeña y despreciable, la más pecadora y dañina de cuantas existían, su divino corazón, tan mezquino e intransigente para cualquier orgullo que no sea el suyo, encontraría una razón para el perdón.

miércoles, 12 de febrero de 2014

Seis microrrelatos sobre el buen orgullo (II)

A Susana Magaña

     El mayor motivo de orgullo de una persona es la belleza de los seres a los que quiere pero él no podía dejar de sentirse humillado al pensar en los rivales que le derrotaban en las luchas por las que se afanaba. No podía amar a sus rivales como estrategia para no tener que superarlos porque su corazón no era un burdo cajón con capacidad para cualquier cosa. Él buscó intensamente otra opción que fuera válida para calmar sus frustraciones porque no estaba dispuesto a dejar que hubiera un motivo de infelicidad en su vida de aquella magnitud. Pero, al final, comprendió que el dolor de sus derrotas no era lo peor, que lo peor eran las derrotas en sí y que, cuando dejaran de dolerle, se convertiría de verdad en un perdedor. De modo que se hizo a la idea de que aquel sufrimiento era inevitable y, solo por eso, se le hizo la más soportable de las molestias.

Seis microrrelatos sobre el buen orgullo (I)

A mi amada

     Adalberto conseguía su parca ración de autosatisfacción causando sufrimiento en los demás. Era un padre autoritario, capaz de apagar el más ligero brote de ilusión que manifestaran sus hijos, un marido exigente y dominante, que se había arrogado derechos de propiedad sobre su esposa y un vecino que usaba su jactancia como presentación formal, humillando por norma y convencido de que los demás debían transigir con su arrogancia y reconocer su superioridad sobre ellos.
     Pero nada de lo que hacía llegaba a saciar del todo su ansia de grandeza; con frecuencia era él quien se sentía humillado y vejado al no conseguir que su voluntad se cumpliera escrupulosamente, detalle a detalle. Ver fluir la vida a su alrededor y sentirse sin capacidad para reducirla a cauce agonizante próximo a su extinción atormentaba su alma. En lo hondo, sabía que no iba a conseguir su más intenso deseo: desprenderse de la náusea que le producía el espejo, enterrar para siempre la desesperante sensación de pequeñez que tan celosamente escondía. Siempre volvía a encontrarse con eso, por más que huyera, por más que luchara contra ello, siempre volvía a encontrarse con eso...

lunes, 10 de febrero de 2014

El hombre que se veía con escepticismo

A mi amada

     Héctor no podía decir, rigurosamente hablando, que sintiera antipatía por sí mismo pero el afecto que se dedicaba era tibio y bastante afectado de dejadez. No se sabía por qué, sentía una pereza enorme de tomar a su cargo la responsabilidad de quererse y, como de alguna manera tenía que poner a salvo su dignidad porque un hombre sin dignidad es como un mono sin árbol, echaba mano del chantaje moral para inducir a los demás a tomar sobre sus espaldas la carga de reconocerle algún valor.
     Sus estrategias eran varias. Una muy frecuentada por él era la de fingir que se reconocía pequeño e insignificante delante de las personas de las que esperaba una inyección de vanidad. Tenía que procurar mostrar mucho menos amor propio del que tenía en realidad puesto que no quería arriesgarse a que le dieran la razón porque hay gente muy modesta que no ve ninguna tragedia en ser un poco bajo y despreciable.
     Otro ardid era el de arrojar a la cara de los demás la acusación de menosprecio, crimen que, tal y como se manifestaba entonces el rigor de su modestia y humildad, era imposible expiar jamás salvo con la admiración y el aplauso, que era, en realidad, lo único que andaba buscando.
     Frecuentemente se veía envuelto en refriegas verbales y duelos tormentosos que iniciaba él creyendo que se estaba defendiendo de un psicópata o un maltratador psicológico aunque en rigor lo único que había hecho el otro había sido ignorarlo.
     Era amigo de sus amigos, algunos los perdía pero esos eran los que siempre habían sobrado. No tenía motivo para quererse mal y, de hecho, se trataba con amabilidad a sí mismo pero no había afinidad por lo que se ve.

domingo, 9 de febrero de 2014

Seis microrrelatos sobre la Poesía (VI)

A Txaro Cárdenas

     Se sentía desolado, humillado, sin fuerzas para continuar luchando por la vida, ya no veía la esperanza en su corazón; pero anheló la luz y escribió un poema...

sábado, 8 de febrero de 2014

Seis microrrelatos sobre la Poesía (V)

A mi amada

     José había sido objeto de la sorna de sus compañeros del instituto porque había hecho en la pizarra una división sin simplificarla quitándole ceros a las dos cifras. Él se sintió muy humillado ante las risas de todos. Incluso el profesor le acusó de despiste con despectiva transigencia. La superioridad de sus compañeros en las materias de ciencias le convertía con frecuencia en blanco del escarnio y era una fuente inmensa de sufrimiento para él pero aquellas carcajadas que había escuchado le hicieron sentirse más avergonzado que nunca.
     Ya en casa, con todo su interior entregado a una tempestad de frustración, escribió un poema de once versos libres. Sintió, al acabarlo, que era muy valioso y lo guardó. Al día siguiente, se lo mostró a un amigo pero, a juicio de este, el poema tenía muchos fallos. José hizo una bola de la hoja en la que estaba escrito y lo tiró a la papelera de la clase. Pero en casa se arrepintió de lo que había hecho y echó intensamente en falta el poema, no sabía por qué sentía que en ese poema había algo irreemplazable pese a que no le gustara a su amigo, algo que lo hacía importante más allá de lo que gustara a los demás. Su corazón le decía que renunciar a aquel poema era imposible pues, en caso de hacerlo, cometería una traición a sí mismo.
     Al día siguiente, fue a mirar a la papelera pero había sido vaciada. Trató de volverlo a escribir pero el resultado fue muy inferior para su gusto, había algo falso en aquella versión, como si, en lugar de un poema, fuera la respuesta a una pregunta de un examen de Historia o una lista de cosas que hubiera que comprar. La primera vez, lo había escrito porque no tenía otra opción, o escribía el poema o perdía el alma. Ahora, en cambio, era como si tuviera que ponerse de puntillas para poder ser tan alto como lo era en el momento en que lo escribió.
     Se consoló diciéndose que probablemente nadie más que él podría percibir en el poema todo lo que había en su corazón cuando lo compuso. Su amigo no lo había juzgado valioso porque no había podido verlo, nadie podría verlo, el poema no valía nada porque solo él podría leer en sus once versos el sublime sentimiento que anidaba en él.
     Al llegar la primavera, se enamoró de una de las chicas de clase. Sufría mucho porque no creía que ella se pudiera sentir atraída por él. Pero ella notó la pasión que había despertado en José por el lenguaje silencioso que el amor le hacía hablar y un día se sentó junto a él en un banco del patio y le preguntó por qué estaba siempre tan triste. Él le respondió que porque los compañeros no le tenían en mucho.
     -No prestes atención a los compañeros -dijo la chica-. Tienes que pensar por ti mismo porque creo que eres lo suficientemente inteligente, incluso más que ellos.
     -Seguro que no -dijo él.
     -No seas tozudo -dijo la chica-. Si te digo que eres más inteligente que ellos, es porque tengo motivos serios para pensarlo. No sé, chico, me parece que les das derechos sobre ti que no se merecen. Si me dejaras que te ayudara a conducirte por la vida, verías cómo cambiaba todo.
     -Dime qué tengo que hacer -dijo él cediendo al tono de broma que adquiría la conversación.
     -Lo primero de todo, no tirar tus poemas a la papelera -dijo ella poniendo voz de niña-. Y escribirme a mí alguno.
     -¿Cómo sabes que he tirado a la papelera...? -dijo José perplejo.
     Ella sacó entonces de su carpeta un papel arrugado, que José identificó con el de su poema extraviado, y dijo muy en broma:
     -A mí me tienes que escribir otro igual de bonito que este, si no, no seré amiga tuya.

Seis microrrelatos sobre la Poesía (IV)

A mi amada

     Los muchachos estaban disfrutando de aquella clase, el profesor de Historia había cerrado el manual desde el principio de la hora y se había dedicado a contarles anécdotas hilarantes que demostraban la falta de inteligencia de los hombres que habían tenido autoridad a lo largo de los siglos. Hablando más en serio, les dijo que llegaría un día en que el mundo sería un paraíso pero que, para que se lograra eso, las personas tendrían antes que permitirse la libertad como individuos, renunciar a seguir a los líderes y forjar su propio destino como seres únicos, con unas características anímicas que los diferenciaban de los demás ya desde su mismo nacimiento. Les dijo que escuchar los propios sentimientos era una actividad imprescindible para la felicidad. Sonó la campana y, rematando aquella amena clase, el profesor les aconsejó:
     -Leed poesía, es muy importante, quizá la parte más importante de la cultura, ahí os toparéis de modo milagroso con lo más escondido de vosotros mismos -finalmente dijo:- Hasta luego, chavales -y salió de clase arropado por el alegre saludo de todos sus alumnos.
     Al mismo tiempo que salía el profesor de Historia, entró el de Literatura y todos los muchachos quedaron en absoluto silencio, sus rostros tomaron una expresión más circunspecta y sus cuerpos quedaron como paralizados, presa de un indisimulado pánico.
     -Al final de clase diré las notas del examen castigo que hice ayer -dijo el profesor-. Por cierto, muy malas todas y no lo entiendo porque yo hago muy bien mi trabajo... Bien, vamos al tema de hoy... La poesía de Juan Ramón Jiménez... Y os diré una cosa, señores, sé que la literatura es pura banalidad y no sirve para nada pero las reglas de juego hay que aceptarlas. Yo cumplo con mi obligación pero vosotros estáis lejos de corresponder en igual medida...

Seis microrrelatos sobre la Poesía (III)

A Susana Magaña

     Abelardo Buendía era ganadero taurino y le repateaba la demostración de sentimientos. Cuando alguien era presa de alguna flaqueza y la mostraba delante de él, le gritaba:
     -¡Fulano, por Dios, no me vengas con melindres! ¡Sé más hombre, joder!
     No entendía que fuera buen arte nada que no fuera arriesgar la vida acribillando el lomo de un toro y mareándolo con un trapo rojo. Su hija era aficionada a la poesía y alguna vez le leyó estos versos de Bécquer:

Cuando sobre el pecho inclinas
la melancólica frente,
una azucena tronchada
me pareces.

     Pero él le dijo irritado:
     -¡Hija, por Dios, qué cursi es eso! Déjame de cosas afectadas, que me dan mucha rabia.
     Otro día, su hija quiso probar con otro poeta porque quería que su padre fuera más culto y leyera poesía y ganara en elegancia y atrajera buenos partidos para ella pues estaba en edad de merecer y le leyó estos versos de Juan Ramón Jiménez:
 

Aun soñaba en las dulzuras de esta tarde.
Estoy solo; mis amores están lejos;
y mi alma que se muere de tristeza,
de nostalgia y de recuerdos,
se sumía fatigada
en la bruma de los sueños.

 
     Pero, antes de que terminara el poema, él le dijo con aspereza:
     -¡Por Dios, hija, qué afectación más grande, mal rayo me parta! ¿No puedes leer otras cosas? Eso es pura cursilería. ¿Quién se atreve a hablar de esa manera?
     Su hija no se rendía y probó con Garcilaso, que representa mucho más las esencias del país y suponía que agradaría mucho más a su padre. Y otro día le leyó uno de sus sonetos. Pero, cuando iba por estos tercetos,
 
 coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre;

marchitará la rosa el viento helado.
Todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.

él estalló gritando con mucho enojo:
     -¡Por Dios, hija, mira que es cursi lo que me estás leyendo! ¡Déjame de esas cosas tan afectadas que me dan asco...!
     Como su hija sabía que era un integrista católico, le quiso leer unos versos de San Juan de la Cruz y, leyéndole estos,

En una noche oscura,
con ansias, en amores inflamada
¡oh dichosa ventura!,
salí sin ser notada
estando ya mi casa sosegada.
 
él exclamó:
     -¡Hija, por favor, te lo suplico, déjame de poetas y todas esas mariconadas! No soporto la cursilería y la afectación. ¡No quieres enterarte y me tienes fritito, joder!
     Su hija se tuvo que aficionar al bingo para encontrar novio y dejó de leerle poemas a su padre visto lo visto. Él nunca encontró nada sublime excepto aquella tortura de un animal que contemplaba sentado en las gradas de la plaza, en el lado de la sombra, exhibiendo una oronda barriga ganada en sus abundantes comilonas y fumando un puro barato.

Seis microrrelatos sobre la Poesía (II)

A mi amada

     Julio quería ser poeta e intentaba saber el significado de cada palabra bonita que escuchaba por primera vez y retenerla en su memoria soñando con utilizarla alguna vez. Aún no conocía el amor pero sabía que algún día lo tendría en su corazón y ya estudiaba cómo se hacía referencia a cada una de las partes de la anatomía de una persona con sus variados sinónimos y buscaba los nombres de cada sentimiento convencionalmente reconocido, los de cada actividad espiritual y física, los de cada cosa del mundo entendida como bella y comparable a la belleza física de una mujer, los de muchas estrellas y mares y montañas y lagos, los de cada cosa que le permitiera hablar de la chica de la que se enamorara.
     Estaba tan seguro de que cuando amara a alguien escribiría los poemas más hermosos del mundo por saber todas aquellas palabras que dudaba que hubiera un poeta mejor que él.
     En uno de los cursos del instituto, estuvo incorporada a su misma clase una muchacha bellísima de la que se enamoró. Tan claro vio que estaba enamorado que creyó que era el momento de escribir su primer poema de amor serio. Pero quería ser preciso, no ambiguo como la mayoría de los poetas, pues para algo sabía tantas palabras. Cuando regresó a casa una tarde y llegó a su cuarto, decidido a emprender su obra, sacó un cuaderno y un bolígrafo de su bolsa de los libros, buscó una hoja en blanco en el cuaderno y se puso a pensar en la chica. Pero, en ese momento, sintió algo tan absolutamente indescriptible, vio en la figura de la muchacha una belleza tan inconmensurable y tan difícil de descomponer, clasificar, contar ni explicar, encontró tan insignificante cada palabra que le venía a la mente comparado con lo sublime de lo que podía contemplar su corazón que escribió:

Montañas cariacontecidas
hacen fila a la puerta de los nogales,
que tejen el almíbar
con rubores y mariposas.
 
     Ni él mismo sabía lo que aquellos versos significaban, pero no importaba: su amada estaba en ellos...

viernes, 7 de febrero de 2014

Seis microrrelatos sobre la Poesía (I)

A mi amada

     Nicolás, cuando enfadaba a sus padres, era encerrado en una habitación oscura donde se le privaba de la cena y de ver la televisión hasta que, muy tarde, le abrían la puerta para que fuera al dormitorio a acostarse. Mientras permanecía en aquel cuarto, afligido por la hostilidad de sus padres, temeroso de la oscuridad, abrumado por el silencio y el abandono que respiraba allí, se sentía tan lejos del resto del mundo que pensaba que no había nadie tan extraño como él. En aquella habitación sombría, sus pensamientos, que sus padres pensaban que serían de contrición, iban conformando su auténtica identidad, el fundamento más básico de su alma.
     El sufrimiento de aquellas noches se convirtió en su designio, su razón para seguir siendo él, su esperanza, su luz interior. La soledad que sentía en aquella habitación era infinita pero era allí donde podía ver más claramente lo que le diferenciaba de los demás, lo que él era en esencia. Allí añoró vivamente, sumido en la mayor impotencia, la calidez de un corazón al mismo tiempo que sedimentaba un resentimiento que lo hacía impenetrable para el resto del mundo.
     Si hubiera cedido a los prejuicios de sus padres, al dejar la niñez, se habría convertido en una persona autoritaria y fría, pero su conciencia estaba demasiado castigada y acabó siendo un muchacho sensible y de una extremada timidez porque se consideraba, en cierto modo, excluido del mundo de los fuertes, tan ajenos a todos los escrúpulos que experimentaba él a la hora de la acción.
     Al comienzo de su juventud, un rencor profundo le alejaba del resto de los mortales y solo en la lectura de poemas aliviaba su sed de afecto y solidaridad. Culpaba a la humanidad entera de algo que no entendía qué era y no era otra cosa que la soledad que le hizo sentir el castigo correctivo de sus padres en aquella habitación oscura de su infancia, ya casi olvidado por él y tenido por algo irrelevante. Se sentía tan lejos de los demás y tan despreciado, al mismo tiempo, por ellos que no encontraba más que diferencias en la comparación entre su naturaleza y la de los otros. Era tan diferente a todos, según su entender, que nada le podía unir al resto de los mortales. En realidad, se había instalado definitivamente en su habitación del castigo, en aquella habitación oscura a la que le relegaba su instinto de ser y su rebeldía.
     Seguía viviendo en casa de sus padres, quienes, como se encontraban en dificultades económicas y su mansión era espaciosa, alquilaban algunos de los cuartos a estudiantes universitarios. Nicolás se dedicaba a ayudar en las tareas de limpieza y de mantenimiento de las habitaciones alquiladas y en todo lo relacionado con el servicio a los inquilinos. Pero su devoción real era la Poesía y a ella se dedicaba cuando nadie le observaba, leyendo o componiendo angustiosos versos de soledad.
     Cuando contaba ya veintiocho años, al iniciarse el curso, tras escuchar cómo llamaban a la puerta, fue a abrir y, al hacerlo, contempló a una muchacha tan bella que se quedó deslumbrado. La muchacha deseaba alquilar una habitación allí porque había oído hablar de aquel sitio a una amiga. Él le dijo que no les quedaba ninguna libre pero su padre, que andaba por allí, le dijo que volviera a la tarde, que le tendrían una preparada. Nicolás no comprendió lo que su padre pretendía pero al instante este se lo aclaró: instalar a la chica en la habitación triste y sin ventanas que había servido para castigarle en su infancia y que ahora, por no quererla ningún inquilino, era la que sus padres habían designado para él. Ahora a él le tocaría dormir en el sofá del salón y, a cambio, a los ingresos por alquiler se añadiría una suma extra que venía muy bien a la economía familiar. La chica, que no había encontrado otro lugar mejor en el que residir, pese a que lo había buscado con afán, por estar ya ocupados en ese momento, se conformó con este.
     En los meses sucesivos, Nicolás incubó una secreta pasión por aquella muchacha. Todos sus versos, más emotivos que nunca, los dedicaba ahora a hablar de su ardiente devoción por ella, que escondía de todos, incluso del objeto de esta, porque se creía incapaz de salvar el abismo que le separaba de la humanidad y sentía que estaba condenado a amar sin ser jamás correspondido. Pero no era posible vivir el amor de esta manera sin sentir un hondo desgarro interior y, no pudiendo ocultar más su tempestad interior, cierto día, al cruzarse con ella en el pasillo, le dijo:
     -Escribo poemas. Me gustaría que los leyeras. Quizá te gusten.
     -¡Me encantará! -respondió ella alegremente, sorprendida de que aquel hombre tan profundamente reservado y silencioso se mostrara repentinamente abierto a ella.
     Esa noche, Nicolás le entregó cuantos poemas había escrito sobre ella. Ella le dijo que los iba a leer en ese mismo momento pero él dijo que tenía que hacer y le dijo que escucharía su parecer al día siguiente; en realidad su timidez profunda le hacía imposible quedarse junto a ella mientras leía sus apasionados versos.
     La muchacha, mientras pasaba sus ojos por aquellos versos, sintió su corazón embargado por una emoción subyugante y dolorosa. Le recordaban su propia desazón interior, el ansia de amor siempre insatisfecha que la atormentaba a veces, la aflicción que le hacía sentir el ser objeto del interés de los demás tan solo por su belleza externa, tan codiciada por toda mujer pero que, al fin, nadie estimaba en mucho. Había en la sinceridad de aquellos poemas tanto de su propio corazón que se sorprendió de que pudiera haber otro ser tan afín y que sintiera de forma tan parecida a ella. Los poemas hablaban de un infinito deseo de ser amado, de la desolación de verse convertido en un objeto despreciado por los demás, de la horrible sensación de aislamiento, de desesperación, de añoranza del otro, de todo aquello que el poeta había vivido en aquella habitación y ahora ella, desde ese mismo lugar, hallaba en aquellos versos cuanto la hacía diferente a todos los demás.
     Nicolás había querido reflejar en esos poemas su más peculiar forma de sentir, no creía que la muchacha que amaba los comprendiera pero, en el gesto de dárselos a leer, veía la única manera de aliviar sus ansias insatisfechas de amor. Al día siguiente, cuando la volvió a ver, advirtió una gran palidez en su rostro.
     -Son buenos... -se limitó a decirle.
     En los días sucesivos, ella apenas salía de su habitación sin que hubiera motivo para ello en apariencia. Nicolás se vio presa de la agonía más intensa, deseaba el amor de aquella mujer desesperadamente, olvidó todo su temor y, en medio de la más intensa ansiedad, llamó a la puerta de la muchacha una tarde. Ella abrió y vio que sus ojos mostraban temor, recelo, rencor, anhelo insatisfecho de afecto, culpa, determinación. Él la amó en ese momento más que nunca, aquellos ojos lo expresaban a él, remedaban lo más hondo de sí mismo, miró detrás de ella y contempló la habitación en la que se habían forjado los sentimientos que esos ojos le mostraban, recordó la oscuridad que había respirado en su infancia en aquel mismo lugar, la insoportable soledad, la nostalgia infinita de un corazón que le amara, todo eso lo estaba viendo ahora en aquella mirada de la muchacha. Inmensamente enternecido, llevó sus manos a las mejillas de la chica y le dijo:
     -Te quiero, bien mío, yo sí te quiero...
     -Tus poemas me han herido -dijo ella-. Creía que nadie más que yo se sentía así, me has desgarrado el corazón.
     El llenó entonces de besos el rostro de ella y le dijo conmovido:
     -Tranquila, mi bien, ya no estás sola, me tienes a mí, para toda la vida, ya ha pasado todo. Es esta habitación tan oscura la que ha tenido la culpa.
     Los poemas de Nicolás fueron publicados años después bajo el título La habitación que nos une.

domingo, 2 de febrero de 2014

Seis microrrelatos sobre la inseguridad emocional (VI)

A Maria Farres Cio

     Santiago tenía una novia pero no estaba a gusto con ella y no porque no le gustara la chica sino porque sentía que no le quería lo suficiente. Cuando ella le daba besos, los notaba sosos y desganados. Cuando le decía cosas cariñosas, no acababa de creérselas, le parecía que le impulsaba a decírselas un oculto interés. Cuando se vestía de manera atractiva para agradarle, pensaba que lo hacía para atraer a los demás chicos. Los celos eran su martirio. Siempre que la veía hablar con un amigo, sospechaba que había una relación secreta entre ellos dos y perdía ese día todo su buen humor.
     Un día, convencido de que ella no lo quería mucho, le dijo a un amigo:
     -Seguro que me deja, esa chica es demasiado atractiva para mí.
     -Nada de eso -dijo el amigo-. Tú eres un buen partido. Mírate las cachas que tienes, estás cuadrado de espaldas, además tienes una caída de ojos que pareces un actor y no te digo nada de las notas que sacas, eres uno de los más listos de clase... le debes gustar un montón, hombre. ¿Por qué iba a estar contigo si no?
     Santiago convino para sus adentros que aquello tenía mucha lógica. ¿Qué ataba a aquella chica a él si no era algo de afecto? ¿Por qué salen juntas dos personas si no es porque se gustan? No había otra razón razonable. Ella era libre y, sin embargo, no había utilizado su libertad para alejarse de él, lo que era indicio de que se encontraba bien a su lado. Sintió que era profundamente halagador para él que una chica tan maravillosa como aquella no lo abandonara, eso era bastante felicidad para su corazón: había compartido con él algo tan valioso como su libertad. Se dio cuenta de que, en rigor, era un milagro de la vida el hecho de que no se marchara, de que siguiera con él a lo largo de los días pese a que tal cosa no le produjera a ella beneficio alguno. ¿Qué más daba la magnitud del amor que sintiera ella si le estaba obsequiando con algo tan relevante como permitir que siguiera formando parte de su vida? No se deben nada dos seres a los que solo une el amor, ni siquiera el amor de ayer, pensó, y sin embargo, ella aguanta a mi lado.
     Precisamente porque su amigo le hizo ver lo valioso que era, incluso a los ojos de los demás, dejó de necesitar despertar una pasión desmesurada en su novia, le parecía suficiente felicidad que ella apareciera en el banco del parque cuando él salía de clase y que le hablara de cosas que no se hablan con ninguna otra persona. Se propuso seguir buscando su afecto toda la vida, aun si dejaban de ser novios, aún si se separaban y ella y él encontraban parejas celosas. Las parejas son una necesidad de la vida, se dijo, pero a la persona a la que se quiere de verdad no se la puede traicionar por la necesidad ni tampoco por el interés o el amor propio. La persona a la que uno quiere de verdad, concluyó, merece que no le fallemos mientras estemos vivos sobre la tierra.
     Liberado de complejos por su amigo, descubrió hasta qué punto amaba a su amiga y cuánto había reprimido la expresión de ese amor. Cuando la volvió a ver, le dijo palabras tan afectuosas que ella sospechó algún ardid tras ellas. Él lo desmintió y siguió dedicándole un cariño desbordado, que estaba seguro que a ella le hacía feliz. En adelante, los besos de ella ya no le parecían sosos sino de miel y luz; cuando ella le decía algo cariñoso, ya no le parecía fingimiento sino lo más auténtico que había escuchado nunca; cuando se vestía de manera atractiva, no pensaba en las miradas de los otros hombres sino que se llenaba de orgullo su corazón por andar en la vida en compañía de alguien tan hermosa como ella y hasta dejó de sentir celos cuando la veía hablar con amigos, al contrario, aquello le parecía la prueba de que realmente lo amaba porque, aún queriendo a otras personas, era en él y solo en él en quien volcaba la sed de su alma.
     Cuando llevaba veintisiete años casado con ella, viendo la televisión junto a ella, todavía tan enamorado que la tenía agarrada de la mano, oyó que decían:
     -Anoche murió una víctima de maltrato doméstico a manos de su pareja...
     Al escuchar la palabra pareja, la sintió tan vacía de significado y de sentido para las vidas de los seres humanos en aquel contexto en la que aparecía, que casi le pareció un término salido de un idioma que desconociera por completo, no ya humano sino extraterrestre.

Seis microrrelatos sobre la inseguridad emocional (V)

A Nora Francucci

     Etienne Martyre ganó el premio Goncourt a los ochenta y un años pero aún se acordaba haciendo pucheros en la soledad de su estudio de trabajo de cuando su padre le compró un bolígrafo muy bonito y elegante a su hermanita y a él, que quería uno igual, no se acordó de comprárselo. El premio Goncourt era muy importante pero no tenía la mayor relevancia comparado con los bolígrafos de papá.

Seis microrrelatos sobre la inseguridad emocional (IV)

A Eya Jlassi

     Irene acababa de conocer a los padres de Felipe pero caminaba taciturna a su lado bajo la luz de las farolas.
     -¡Qué noche más agradable! -dijo Felipe después de respirar hondo.
     -Es posible... -dijo Irene con tristeza.
     -¿Cómo que es posible? ¿Qué te pasa? -dijo Felipe extrañado.
     -No le he gustado a tu padre -dijo ella.
     -¡Sí que le has gustado y mucho! -dijo él.
     -No finjas, Felipe, estoy segura de eso -dijo ella.
     -¿Pero se puede saber por qué piensas semejante cosa? -dijo él.
     -Cuando salíamos, le he oído susurrarte claramente: "Es un espanto pero, para lo que es, sobra..."
     -¡Que no, Irene! -dijo Felipe muy apurado-. Lo que me ha dicho mi padre cuando estábamos saliendo de mi casa ha sido: "Es un encanto pero parece sorda"...

sábado, 1 de febrero de 2014

Seis microrrelatos sobre la inseguridad emocional (III)

A Txaro Cárdenas

     Beatriz había leído muchos libros de psicología y autoayuda, era una persona con la autoestima al nivel de las suelas de sus zapatos, todo lo que hacía se imaginaba que estaba mal hecho y merecía la crítica de los demás y vivía una vida de mucha angustia y desazón. Pero creía en los consejos para controlar las emociones que aprendía en los manuales de desarrollo personal como en la virginidad de María creen los fieles católicos y aquella tarde que fue a la verbena universitaria los tenía muy frescos en la mente porque había dado la semana antes un repaso general con subrayado y elaboración de esquemas.
     Cuando llegó a la verbena y vio la masa de estudiantes bailando, sintió una indescriptible emoción y creyó que era el sentimiento de superioridad con que se defienden a veces las personas inseguras de su falta de auténtica autoestima. Se recomendó a sí misma humildad para no tener conflictos con los demás. Cuando se concienció de que no era nadie como para tener derecho a presumir de nada, le vino una sensación de ridículo, se recordaba a sí misma a una beata luchando contra el pecado de la arrogancia. Oyó risas detrás de ella y sospechó que era de alguien que había advertido sus desproporcionados esfuerzos por fingir modestia. ¡Qué vergüenza!, pensó, parezco una monja. Y se puso a hacer memoria de los consejos para relajarse en situaciones sociales y mostrarse natural.
     Respiró hondo, miró a los rostros de la gente, destensó sus músculos, hizo su manera de andar y las posturas de su cuerpo más elegantes e intentó relacionarse con la gente. Pero pronto sintió que tanta relajación estaba fuera de lugar allí, donde toda la gente bailaba y gritaba. Soy un muermo, se dijo, ¡un poco más de animación, caray! Y se puso a bailar con agilidad. Pero al instante paró porque creyó que parecía una loca. Seguramente estoy bajo el influjo de los pensamientos negativos que aparecen en estados de ansiedad, se dijo, esto hace que pierda el control de mi comportamiento, estoy manifestando agresividad... calma, calma y autodominio.
     Fue al lugar de las bebidas, pidió una cerveza. El alcohol la puso más tranquila, de pronto estaba más receptiva a todo. La gente le parecía más simpática, la música, más buena, bailar, más divertido... Se le escapó una risita y eso la angustió mucho. ¡Vaya una boba de risa fácil!, se dijo, van a pensar que soy una cría de tres años... Se recomendó racionalidad, juzgar las cosas tal y como eran, sin juicios fantasiosos sobre ellas. La música estaba bien, pero no era para tanto, la gente podía ser simpática pero no era más que gente. Obsérvalo todo con atención, de lo contrario tus pensamientos se saldrán de la realidad. Estaba mirando las caras de todo el mundo con un interés inaudito cuando comprendió que esa no era forma de comportarse, la gente pensaría que estaba fisgoneando. Agachó la cabeza y estuvo así un rato, mirando el suelo. Pero acabó sintiendo que la iban a tomar por una hipócrita que intentaba dar lástima mirando al suelo. Levantó la cabeza con arrogancia y, procurando no fijar en nadie la mirada, comenzó a caminar entre la gente.
     Pero, al poco, notó que le tocaban un codo, se volvió y era un chico que le sonreía:
     -¿Qué estudias? -le preguntó.
     Los chicos son todos un desastre, me lo decía mi madre cuando era niña, pensó en ese momento, no merece la pena enamorarse, nunca responden a las expectativas que las chicas nos formamos de ellos.
     -Una carrera -le respondió con sarcasmo-. ¿Te importa mucho?
     El chico, ante su sorpresa, dio media vuelta y se marchó. ¡Se ha ido!, pensó, no tengo suerte con los chicos. Siempre me pasa igual. Mejor me voy a casa a llorar, aquí no hago nada. Todo me sale mal en esta vida.
     Se dirigía apresurada a la salida cuando otro chico la abordó y le preguntó si quería bailar. Ella estaba tan atormentada por lo que le había pasado con el otro que, afligida, le respondió que no, que tenía que estudiar y se marchaba.
     Ya en la salida, se sintió tan triste como no lo había estado nunca y recordó los consejos de sus libros para contrarrestar la tristeza. Según le vino a la memoria, nunca había una auténtica razón para estar triste, los motivos eran siempre subjetivos. Decidió no estar triste, pensar en lo positivo, pero al instante, se sintió muy extraña; no sabía lo que era; no era tristeza ni alegría, ni tranquilidad ni inquietud, ni euforia ni serenidad, trató de reprimir ese sentimiento pero tan neutro era que no había manera de desplazarlo. Pensó, alarmada, que debía estar endemoniada. Las sombras de la calle le empezaron a dar miedo. Recordó las recetas contra las fobias, atención al entorno, no huir... pero ella estaba muerta de miedo, dondequiera que mirara le parecía ver al diablo y no quería más que llegar a su casa y encerrarse en la habitación.
     Cuando al fin llegó, le parecía imposible, cada ruido que había oído y cada cosa que había visto moverse creía que era el diablo que venía a asustarla. Pero cuando entró en su habitación en el piso de estudiantes, se encontró una nota en su mesa de estudio que decía:
     Hola, soy Jaime, el chico que se sentó junto a ti en clase el martes pasado. Tengo que decirte que me pareces perfecta, todo lo que veo en ti me gusta, eres demasiado seria pero también eso me gusta, he venido a pedirte que salgas conmigo pero, como no te he encontrado, te dejo esta nota porque no puedo esperar más a decírtelo, me he enamorado de ti, eres una chica maravillosa. Tengo que irme ya porque mañana tengo un examen y aún no he abierto el libro.
     Ella, al acabar de leer la nota, miró a su interior para analizar el sentimiento exacto que experimentaba en aquel momento para intentar corregirlo en el caso de que fuera un sentimiento incorrecto pero comprobó que era felicidad y dejó que su corazón siguiera así el resto de la noche.
 

Seis microrrelatos sobre la inseguridad emocional (II)

A Susana Magaña

     El pintor estaba teniendo una alucinación delirante. Creía estar hablando con un extraterrestre. El extraterrestre estaba escuchándole atento mientras él le hablaba de su vida en su taller de pintor.
     -La pintura es mi vida -decía el pintor-. Concibo la pintura como un camino de perfección cada vez más refinado y cercano a su meta. Para mí, hay una sola forma de pintar bien un cuadro, el pintor se ha de limitar a hallarla y llevarla a cabo lo más obedientemente posible.
     -Mmm -asintió el extraterrestre y, a continuación, preguntó:-. ¿Y qué recompensa hallas en eso?
     -¿Recompensa? -dijo el pintor perplejo-. ¡La gloria! Tener la inmensa satisfacción de alcanzar la cima del arte, dejar de sentirme pequeño e insignificante, ser un elegido, un ser casi inmortal...
     -Mmm -asintió el extraterrestre y preguntó luego:- ¿A quién amas?
     -Bueno -respondió el pintor-. En realidad, a nadie, no tengo tiempo para dedicarlo al amor. Estoy tan absorbido por mi trabajo que no me preocupa mucho ese tema. Mi profesión me basta para ser feliz, es un motivo de orgullo que no está al alcance de todos.
     -Mmm -asintió nuevamente el extraterrestre con el tono indolente de un psicoanalista y, a continuación, dijo:- En el universo todo está sometido a leyes, todo se comporta de una sola forma cuando está bajo el influjo de las mismas causas y cuando se reúnen idénticas condiciones. Cuando una roca espacial choca contra otra, sin excepción, la desplaza en la dirección contraria a la del impacto, el fuego quema, el agua se evapora con el calor y se congela con el frío, los metales se dilatan cuando se calientan, los cuerpos se atraen con una fuerza proporcional a su masa, todo esto ocurre siempre sin excepción alguna... Los seres vivos buscan todos su propio bienestar, eso tampoco tiene excepción, cuando un pájaro da de comer a sus crías, lo hace no por otra cosa que porque su instinto lo obliga y se entrega a ello por la misma razón egoísta por la que va a un arroyo a beber agua. Todas las cosas en el universo tienen una sola forma de comportarse, todo se somete a las reglas de la necesidad excepto una sola: el ansia de protección y la veneración que se sienten hacia un ser extraño cuya belleza nos cautiva; nada obliga a un hombre a amar la belleza de un ser real y, si lo hace, es en el ejercicio de la libertad más plena, si ama de verdad, jamás encontrará el motivo por el que lo está haciendo. El amor es la única cosa verdaderamente superior del universo, la única que no se somete a la cadena de engranajes que lo gobiernan, solo quien puede amar se demuestra superior a la roca espacial que avanza porque otra ha chocado contra ella. ¿Y tú dejas de hacerlo para poder pintar cuadros que solo hay una manera de pintar bien?
     El pintor escuchó todo esto en su oído creyendo que procedía de la alucinación que veían sus ojos. Reflexionó unos instantes y luego dijo:
     -¿Crees que debo buscar pareja?
     El extraterrestre, que tenía cabeza de insecto, respondió:
     -No, tienes que pintar cuadros.

Seis microrrelatos sobre la inseguridad emocional (I)

A mi amada

     El psicólogo hizo a Enrique, como ejercicio pedagógico, la pregunta de por qué había de estimarse a sí mismo y tenerse en mucho. Él, que acudía al psicólogo porque se sentía insignificante sin poder comprender el motivo puesto que creía ser una persona muy importante y se jactaba de ello ante todo el mundo, respondió:
     -Porque soy de los mejores en mi trabajo, galardonado por mis méritos un montón de veces y con un currículum envidiable. Ya quisieran otros tener mi profesionalidad y mis capacidades... Soy único. ¡Único! A mi lado, cualquier hombre de la calle es un enano miserable. Tengo entrada hasta en el club de amantes de la cerveza de Alicante...
     -No, esa no es la actitud -dijo el psicólogo-. No debes valorarte negando la dignidad de los demás, esa es una falsa estrategia porque, cuando desprecias a los demás, inevitablemente te estás despreciando a ti mismo; y tampoco debes valorarte objetivamente, apoyándote en tu profesión o en ninguna capacidad o don particular porque de esa manera te sometes a criterios externos y seguirás dependiendo de los demás para ser valioso. Debes valorarte no más que por ser persona, por tus sentimientos y emociones más sencillas.
     Enrique, en ese momento, hinchó el pecho y, con su altanería acostumbrada, replicó:
     -¡Pero es que mi profesión es la de poeta! ¡Soy un hombre de una sensibilidad espectacular, increíble...! Mi ternura asombra en cualquier rincón del mundo; ya quisiera el mezquino vulgo tener la humildad que yo tengo. Se mueren de envidia al verme tan lleno de bondad. ¡Ni Jesucristo tendría arrestos para ser tan conmovedoramente sencillo como yo!