miércoles, 29 de enero de 2014

El poeta humillado

A mi amada y a todas las personas que sientan verdadero afecto por mí

     Hay pocas cosas que adormezcan tanto el corazón como un libro. Cuando alguien está sumergido en las materias que desglosa un manual, su mente pierde su capacidad de amar y la sustituye por un deseo de dominio; ansía hacerse señor de ese nuevo conocimiento, triunfar sobre un enigma de la realidad, desvelarlo y hacerlo insignificante para así dejar de temer, respirar tranquilo al comprobar que la realidad es totalmente inofensiva, pedestre, controlable y hasta ridícula.
     Luis fue uno de esos niños extremadamente estudiosos  a los que les gusta aprender todo lo que dicen los libros, sea importante o banal, porque su inteligencia es curiosa y pertinaz. Él era de los que seguían entusiasmándose más allá de las materias que los niños más normales sentían un mínimo agrado en conocer. Sacaba las mejores notas y, a pesar de eso, cuando llegaba el verano, seguía leyendo sus manuales del colegio porque sentía que se le estaba olvidando lo que había aprendido. Pero no se daba cuenta de que su corazón sufría los daños colaterales de aquella guerra contra la ignorancia. Estaba tan inmerso en aquella vasta y densa aglomeración de conocimientos totalmente nuevos para su joven espíritu que su cerebro olvidaba con mucha frecuencia que había seres a los que amar a su alrededor, experiencias que vivir, emociones que sentir, realidades concretas a las que abrirse.
     Una persona es amada tanto como ama ella; si ama tibiamente, la amarán tibiamente. Este fenómeno hacía a Luis carecer del suficiente afecto en su propio hogar y entre sus propios amigos, que veían que era un niño demasiado independiente que no parecía necesitar el cariño de los demás. Sin embargo, Luis era una de esas personas cuya sensibilidad magnifica todo lo que vive, como si la piel de su espíritu estuviera dañada y el más mínimo roce penetrara con dolor hasta lo más profundo de su aliento dejando una marca indeleble en él. Su manera de ser solitaria, su tendencia a abstraerse del mundo real y la ausencia de un amor intenso le hacía sentir un cierto desprecio de sí y miraba siempre a los demás desde un nivel inferior, creyendo su propio ser individual cargado de insuficiencia y pequeñez en relación a los otros.
     Los niños, que viven todas las cosas por primera vez, siempre están aprendiendo y eso les hace enfriar su corazón con frecuencia, por lo que se vuelven brutalmente crueles y cínicos, como estudiantes de Medicina. Luis, como muchacho que se aislaba y se distinguía, era víctima innumerables veces del más despiadado escarnio por parte de los otros niños. Su sensibilidad extrema experimentaba en esas ocasiones una profunda desolación y un inmenso horror; creía en la verdad de los juicios denigrantes de los que era objeto porque él mismo no tenía un gran concepto de sí y no era capaz de reaccionar con sinceridad; por añadidura, al saberse tan poco amado por nadie, no había en su interior escudo alguno para defenderse de la crueldad de aquellos niños que contorsionaban ante él y hacían muecas, reían o peleaban con él.
     Cuando volvía a la tranquilidad de la clase o a su hogar profundamente atribulado por alguna de las muchas humillaciones que recibía de los otros muchachos y percibía la atmósfera de sosiego y armonía con que vivían los otros, totalmente ajenos a la mancha que pesaba sobre su conciencia, sentía que el abismo que le separaba del mundo era insalvable y creía vivir en un sueño, en una pesadilla cada vez más dolorosa de la que no despertaba nunca.
     El último año de colegio, con la adolescencia ya apuntando y haciendo aparecer la duda y la vacilación en sus creencias, las humillaciones de sus compañeros, también perturbados por el vacío que se abría en sus vidas, se hicieron más numerosas e insidiosas y acabaron por causarle tal angustia que su mente comenzó a enfermar. En los sucesivos años, siempre dedicados al estudio y la abstracción, sin conocer la vida de placer con los amigos en la calle, tan solo aliviado su corazón del frío con la música de Bach o Beethoven en la soledad de su habitación, fue aumentando la tortura de su conciencia, que le reprochaba cada una de las afrentas recibidas, sin lugar para el perdón ni el olvido, sedimentando una atormentada culpa cuyo exceso y absurdo la hacían todavía más inapelable.
     Acabó la carrera con una enfermedad mental declarada. En ocasiones, mientras se encontraba reunido con amigos o familiares o caminaba por la calle, su mente perdía el contacto con la realidad y creía ser objeto de la observación de lo más escondido de su alma por parte de las personas presentes. Ni la más mínima porción de afecto, piedad, compasión, respeto, ni siquiera, los que se le atribuyen al peor de los seres humanos creía en esos momentos obtener de los otros. Se sentía, en esos momentos, víctima de la tortura más despiadada y, sin embargo, la culpabilidad que le producían estas fantasías delirantes era tan grande como la angustia en la que le sumergía el desprecio que creía percibir.
     Hubo de dedicarse a trabajar en el negocio de su padre porque no se sentía capaz de sacar adelante su profesión; se sentía un inepto en todos los terrenos. Sus años de juventud transcurrieron en una soledad de prudencia, temiendo ser objeto de sus delirios de humillación si abandonaba los escenarios de tranquilo aislamiento. Seguía entretenido con su búsqueda del conocimiento, su único placer era aumentar su saber. La mayor frustración para él podía ser, en un momento dado, desconocer la etnogénesis de los finougrios o no poder leer a Shakespeare en inglés. Su corazón, dormido y contaminado, no añoraba el amor, veía en los seres humanos una inquietante amenaza de la que huía y consideraba a sus semejantes criaturas llenas de odio e intransigencia.
     Bien entrado en los cuarenta, murió su padre. Su padre era una de las pocas personas con las que hablaba. Su muerte fue un proceso horrible y estresante que se prolongó casi durante un año. En esos momentos sintió que si se iba del mundo como su padre estaba haciendo sin haberse abierto a los demás, sin demostrar la belleza de su corazón a los otros, sin amar a una mujer llena de hermosura y gracia que cautivara su corazón, en el ataúd se consumiría el cuerpo de un hombre que no había sabido vivir como tal pues comprendió que una vida que no se comparte con los otros no es propia de la auténtica esencia humana.
     Poco después de morir su padre, intentó conseguir un mejor tratamiento para su enfermedad. Halló a una mujer psiquiatra en la que encontró al fin un camino para la esperanza. Poco a poco, desde la prueba de valor a la que le sometió la enfermedad de su padre, su mente fue mejorando. Todavía dudaba de la bondad de los seres humanos, cuyo apego a las formas y al prejuicio banal los hacía intolerantes, pero empezó a creer en el valor de los escogidos, en la excelencia de las almas alejadas de la vulgaridad y sintió que él podía ser uno de ellos; paradójicamente, con una pertinacia extraña, nunca había abandonado la esperanza de ser alguien grande para los demás, alguien valioso por sí mismo, como individuo, por lo que él era. Comenzó a publicar cuentos en internet, quería cumplir su sueño de ser escritor conocido, ser alguien que no mereciera el desprecio de ninguna persona inteligente, ni la burla, ni el agravio. Al mismo tiempo añoraba intensamente el amor de una mujer, su corazón estaba abierto, por primera vez, a la posibilidad de ser amado, después de toda una vida creyendo que solo era digno de desprecio.
     Su culpabilidad continuaba instalada en su espíritu, no estaba su corazón lo suficientemente despierto, todavía estaba frío, todavía estaba al mismo nivel que el de quienes le habían escarnecido, pero ahora la afrontaba de manera diferente, ahora no callaba asintiendo cuando su mente le hacía sentirse acosada por los otros sino que se alzaba enfurecido, acusando de sadismo a aquel del que creía haber recibido un baldón, defendiendo con furia la limpieza de su conciencia, como si no fuera él quien más dudaba de ella y, cuando el otro le hacía ver que había malinterpretado sus palabras, tenía que luchar con toda la fuerza de su persuasión para evitar que lo abandonara para siempre pues, en casi todos los casos, se trataba de los más queridos de sus amigos.
     Su soledad ya no era tranquilizadora, ahora su soledad le angustiaba profundamente, deseaba hablar con amigos, pero no de la etnogénesis de los finougrios o cualquier otra materia del conocimiento intelectual sino de sentimientos, de afecto, de belleza, de lo que habla el corazón, quería decir te quiero y no ser acusado ni ridiculizado. Un día hizo público en internet su desesperación por su aislamiento pero lo hizo desde la indignación con que ahora hacía frente a su propio sentimiento de culpabilidad, si bien, atemperada por el sentido del humor; dijo en una web donde publicaba que no consideraba a los miembros de aquel lugar auténticos autores preocupados por la literatura sino gente frívola que exhibía su belleza física para obtener una rentabilidad sexual porque, pese a lo que él publicaba era excelente, nadie tenía interés en ofrecerle su amistad. Este artículo bufo lo tituló ¿Hay alguien en internet sin un tumor cerebral que quiera hablar conmigo?.
     Un día después, alguien le escribió un mensaje diciendo:
     -A mí todavía no me han detectado un tumor.
     Era una muchacha fascinante, llena de belleza en toda la extensión de su ser, extremadamente inteligente y bondadosa. Ella le ofreció la amistad más leal que jamás había tenido, le demostró con el tiempo que lo aceptaba tal como era, sin culparle de nada, ni exigirle nada, le enseñó a creer en la bondad e inocencia de las personas y en la suya propia, a sentir afecto sin pedir nada a cambio, a amar la vida, a buscar la felicidad y repudiar el sufrimiento. Ella era una de esas personas escogidas y especiales en las que creía y empezó a amarla de aquella manera que ella le había enseñado, sin buscar un intercambio, de manera inequívocamente auténtica, veía en ella una flor de inocencia; gracias a ella recuperó su fe en el bien, su esperanza, su libertad, se desembarazó del peso de su culpa porque al fin había un ser humano que lo amaba, más allá de todo interés, que no le reprochaba lo que era en su esencia más honda, que tenía afecto para él incluso cuando más le fallaba, que había visto su más oculto interior y, sin embargo, no lo escarnecía sino que mostraba devoción hacia él.
     Pero la insidia de la culpa seguía atormentándole y ella, en un acto de inteligencia inaudito, fingió marcharse. Él experimentó la perturbación más profunda y en medio de su angustia, su mente fantaseó como acostumbraba ante las presuntas humillaciones y, afectando serena dignidad, la acusó ante todo el mundo de ser una persona sádica que había llegado a su vida fingiendo ser una chica inocente para manipular sus sentimientos y burlarse de ellos, tan pobre concepto seguía teniendo de sí mismo que creyó verosímil esta vieja teoría pese a que no conocía a nadie tanto ni confiaba tanto en nadie como en aquella mujer. Al poco, recibió un correo de ella que le dejó desolado. Le decía que había sido víctima de su escarnio público y que cuanta belleza mostraba en sus poemas estaba muy lejos de sentirla su corazón como había demostrado, que su comportamiento la expulsaba de su vida y que no le quedaba más opción que marcharse.
     Él intuía que ella todavía le seguía amando y mantenía la esperanza de recuperarla pero era tan grande el horror que sentía a que se marchara para siempre la persona que había traído la primavera más resplandeciente de toda su vida que los siguientes días sintió que vivía las agonías de Cristo. Manifestó en público que la mujer a la que había acusado estaba dotada de las más altas virtudes y que era él quien cargaba con la culpa de una gran iniquidad y se prohibió a sí mismo escribir más poemas porque había demostrado su insinceridad en la generosidad que mostraban. Continuó escribiéndole mensajes con la angustia de no estar seguro de que ella los leyera. En esos mensajes, le mostraba tan hondo arrepentimiento y trataba de explicarle lo sucedido con tan lógicos argumentos que estaba seguro de que, si ella los leía, sin duda volvería, pero tan poco confiaba en el afecto que su corazón había engendrado en ella a lo largo de los meses que habían estado juntos que pensaba seriamente que, si no leía esos mensajes, permanecería lejos para siempre.
     Pero su corazón no había dado en vano los pasos que había avanzado gracias a la muchacha y muy pronto, sin recibir respuesta alguna, comenzó a enviarle mensajes asegurándole que, volviera o no, leyera o no sus mensajes, pasara lo que pasara, seguiría sirviéndola y entregándole su vida y, si nunca más regresaba, veneraría su recuerdo mientras viviera teniéndola para siempre como la mujer a la que ofrendaba su alma.
     Todos los días le escribía aun sin recibir respuesta. En Navidad, ella le envió un bellísimo christmas aunque siguió aguardando un tiempo a que él recapacitara en el daño que estaban haciendo a su vida las dudas sobre su propio valor sobre las que habían hablado muchas veces.
     Él trató de encontrar el sentido de su culpabilidad buscando en sus recuerdos. Supo que el espectro que le había perturbado toda su vida era su miedo a los sentimientos, su ansia de vivir de espaldas al corazón, su temor a su propia sensibilidad, esa sensibilidad extraordinariamente rica que le había convertido en un gran poeta y escritor. Se dio cuenta de que su miedo a la humillación le había hecho convertirse en su propio humillador porque en el fondo necesitaba ser humillado para olvidarse de ser, para anular su más hondo fundamento como individuo, para evadir sus ansias insatisfechas de felicidad escupiendo contra ellas. No se puede esperar otra cosa de un poeta que había nacido en un tiempo y en una sociedad donde cualquier cosa aparentaba ser más digna que manifestar amor auténtico, donde todo el mundo prefería hablar de las noticias de actualidad que de las cosas bellas y esenciales de la vida o donde, por ejemplo, había personas que tenían que sentirse de una nacionalidad con la que no se identificaban solo porque había una ley que hablaba de la integridad territorial.
     El mes de marzo siguiente, salió publicado su primer libro. La muchacha que amaba volvió con él y su camino se despejó de frustración y sufrimiento. Toda su carrera de escritor la dedicó a hablar del amor y a reírse con jactancia de quienes huyen de los sentimientos.

sábado, 25 de enero de 2014

Seis microrrelatos contra la insatisfacción (VI)

A mi amada

     En su casa había infinidad de relojes por todas partes. Cuando llegaba la noche y los sonidos del mundo se desvanecían y la soledad se hacía dueña de todos los rincones de aquella vieja casa, se hacía notar un estruendo de tictacs, como si el tiempo se empleara de lleno entonces a su tráfago febril y sin sentido. Aquel sonido sordo y estridente daba realce al vacío tedioso en que transcurría la existencia en aquellas estancias desiertas. Tal vez alguien llamara por teléfono o tal vez sonara el timbre de la puerta porque un vecino tuviera algún asunto que tratar con él o tal vez una visita inesperada llenara por una hora el hueco que sentía en su corazón, nada importaba, al final, aquel estrépito de engranajes metálicos volvía a hacerse dueño de la atmósfera y acababa con la leve sensación de alivio que aquellas presencias habían traído, como la ola que se traga de un golpe una débil embarcación. Aquel runrún envolvente era preferible al silencio. El silencio se lo imaginaba terrible, espantoso, por eso daba cuerda cada día a todos aquellos relojes que le recordaban el desierto a través del que avanzaba su vida pero al menos tenían el gesto piadoso de no callar, de hablar para él, de concederle el privilegio de existir para ellos.
     En la oscuridad de la alcoba, escuchando aquellas voces de juguete, que podían hacer las veces tanto de un orador en medio de una asamblea de extrema relevancia política como de los susurros enamorados de una amante fiel estancados en aquel tic tac insistente y cíclico, se permitía asomarse al abismo de su deseo porque la imperturbable normalidad que fingían le protegía de la desolación. Y, adentrándose en sus pensamientos y fantasías, anhelaba una vida exenta de culpa, redimida del peso amargo de las máscaras, donde la libertad fuera garantía de la verdad. Casi siempre se quedaba dormido imaginándose el tacto de una mano delicada.

Seis microrrelatos contra la insatisfacción (V)

A mi amada

     Cierto antropólogo hizo un viaje a la selva del Amazonas y visitó algunos poblados aborígenes. En uno de ellos, conoció un niño ciego. Tras analizar sus ojos, descubrió que su dolencia tenía cura y pidió a la gente del lugar que le permitieran llevarlo a un hospital para operarlo porque, de esa manera, recuperaría la visión. El niño fue operado con éxito y antes de ser devuelto a su poblado, se le hizo conocer lo más esencial de los adelantos de la civilización. De todo se asombraba pero la mayoría de las cosas le parecían tremendamente petulantes y absurdas.
     Mucho agradecimiento sintió su corazón por los hombres que le devolvieron la visión, sin embargo, hasta que murió de viejo, recordó con desdén, desde la más plena autocomplacencia y sentimiento de superioridad, la angustia e insatisfacción que sentían los espectadores de un partido de fútbol que le llevaron a ver y que supo que se debía al absurdo motivo de que los hombres que maltrataban con los pies una pelota y hacían que recorriera una y otra vez todo el terreno de juego, daban en no permitirles el capricho de hacerla pasar por el pequeño espacio que formaban unos maderos. Siempre decía a las personas de su poblado que los occidentales eran unos papanatas capaces de perder la libertad por la más obvia de las mentiras.

Seis microrrelatos contra la insatisfacción (IV)

A mi amada

     Había sufrido durante toda su infancia porque no sabía jugar al fútbol, por lo que lo marginaban los compañeros del colegio. Pero, cuando llegó a la adolescencia, se apuntó a un club con la intención de convertirse en un auténtico diestro. Tanto se esforzó en aprender y superarse que lo acabaron fichando en un equipo filial de tercera división. En ese equipo, sin embargo, se sentía insatisfecho; cuando veía en la televisión al equipo local que jugaba en segunda, un regusto de amargura le afligía el corazón porque se decía que jamás gozaría las mieles de ser jugador de segunda.
     Sin embargo el entrenador de aquel equipo de segunda le vio jugar y pidió al presidente del club que lo fichara para la siguiente temporada. En segunda demostró ampliamente sus dotes y fue pasando de equipo en equipo hasta uno verdaderamente ganador con el que pasó a primera división. Pero él pensaba con mucha tristeza en los equipos grandes, en especial el Barça y el Real Madrid, porque sentía que jamás formaría parte de sus plantillas.
     Pero era un jugador que mostraba tan espléndido talento que al final de la temporada estuvo siendo objeto de la codicia del Barcelona, el Madrid e incluso del Liverpool simultáneamente. Finalmente, fichó por el Barça, no porque le diera más dinero que los otros sino porque amaba desde niño ese equipo. Al siguiente año pese a que le perturbaba hondamente la desazón de no creerse digno de jugar en la selección nacional, le convocó el seleccionador. Pero él, en su interior, seguía insatisfecho, algo le decía que jamás ganaría un título estando en la Roja. Sin embargo, ese año hizo triplete de títulos con el Barça y para culminar los éxitos con un broche de oro, ganó el Mundial.
     Sentado en el vestuario tras la final, mirando melancólicamente el trofeo, sujeto en sus manos, se dijo que ya no podía aspirar a más, cuanto se podía hacer en el mundo del fútbol, él lo había conseguido pero, si eso era así, ¿por qué seguía pensando con desesperada desolación que lo que tenía en la mano no era suficiente? ¿Por qué seguía sintiéndose casi tan insignificante como cuando no podía jugar al fútbol en el patio del colegio porque los compañeros no lo querían en sus equipos? ¿De verdad era ser un gran futbolista la meta esencial hacia la que le empujaba su corazón?
     Al poco tiempo, entró su padre con rostro serio pero sereno y, poniéndose delante de él, le dijo:
     -De tal palo, tal astilla... Yo de joven arrasaba jugando al baloncesto en el instituto.
     -Ya... -respondió él comenzando a sentirse deprimido de verdad.
     -¡Pero habla más alto, hombre -dijo su padre con un poco de irritación-, que no eres un pelele, que has ganado un Mundial! Yo en tu lugar estaría comiéndome el mundo, pareces un viejo...
     -Es que estoy triste, papá -dijo él -. Por cosas...
     -Siempre estás triste, caramba -dijo su padre-. No pareces hijo mío. Mírame a mí, yo no me amilano por nada, no me ando con cobardías en la vida, saco pecho y para adelante. Y ya estás haciendo otra vez esa tontería de rascarte la mano. ¿No vas a dejar esa manía en tu vida? Yo creo que la tienes desde que tenías dos años. ¡Pero deja ya de hacerlo! ¿No te da vergüenza rasca que te rasca con lo mayor que eres ya?
     Su abatimiento fue tan hondo en aquellos momentos que se le empañaron los ojos por las lágrimas.

Seis microrrelatos contra la insatisfacción (III)

A Maria Farrés Cio

     David estaba triste y sus padres, preocupados por verlo tan apagado, decidieron comprarle una bicicleta. Él mostró un gran entusiasmo al ver la bicicleta nueva en el garaje de casa. Jugó toda la tarde. En la cena, quiso contar cuánto se había entretenido con su juguete y las cosas que había hecho con él pero su madre dijo:
     -Calla, David, déjanos tranquilos y come...
     Al día siguiente, volvió a estar triste, su bicicleta ya no le levantaba el ánimo por mucho que jugara con ella. Su tristeza llegó a ser tan grande que sus padres decidieron llevarlo a un parque de atracciones. Pasó un sábado entero disfrutando del espectáculo y las diversiones del lugar y volvió a casa radiante de felicidad. Cuando su padre le acostó en la cama y le arropó, le dijo:
     -¿Me cuentas un cuento, papá?
     Su padre respondió:
     -¿A qué viene eso ahora, David? Nunca me has pedido que te cuente cuentos. Yo no sé ninguno. Le diré a tu madre que venga a contártelo. Espera...
     Pero pasaron uno tras otro los sucesivos minutos sin que su madre apareciera hasta que, ya muy tarde, se durmió lleno de amargura.
     La tristeza de David no remitía y sus padres le preguntaron si quería ir otra vez al parque de atracciones. Pero, muy serio, él respondió que no. Le preguntaron si quería una tarta de chocolate. El respondió que no. Le preguntaron si quería ir al cine a ver una película bonita. Él respondió que no.
     Los padres de David hablaron entre ellos sobre lo que le podía ocurrir al niño, en el dormitorio, al final del día.
     -¿No estará enfermo, Raúl? -dijo la madre-. Es muy extraño verle así de deprimido. Deberíamos llevarlo al psiquiatra.
     -¿Enfermo? No... -dijo el padre-. Este niño es triste por naturaleza. Se parece a tu tío Salvador, ese hombre tan aburrido y aguafiestas.
     -Quizá tengas razón -dijo la madre-. Mi tío Salvador es de los que nunca están satisfechos con nada, toda la familia sabemos el pie del que cojea...

viernes, 24 de enero de 2014

Seis microrrelatos contra la insatisfacción (II)

A Susana Escarabajal

     Gabriel tenía catorce años pero su vida la sentía con la desilusión de un anciano adusto. Vivía en la opulencia más desproporcionada. Su habitación estaba atestada de todo tipo de instrumentos electrónicos, de los libros más famosos, de los útiles de escritorio más elegantes, de la ropa más impactante. En la nevera de su casa no faltaban los productos más atractivos para su paladar y el clima de su hogar jamás le era desagradable gracias a un aire acondicionado y a una calefacción que funcionaban siempre a la perfección. Cuando deseaba alguna de las cosas que consigue el dinero, no tenía más que decirlo y, sin dilación alguna, le era concedido. Sin embargo, se sentía como si no tuviera nada porque la felicidad no la dan las cosas sino el corazón y su corazón echaba de menos algo aunque no sabía lo que era.
     Su padre era ingeniero y estaba haciendo un trabajo en África Oriental y, cuando Gabriel acabó el curso en el instituto, se dirigió en compañía de su madre a aquel lugar para reunirse con él. Aquel sitio era un simple poblado de chozas, con gente semidesnuda  por el calor, sin electricidad ni teléfono y, cuando Gabriel llegó allí, sintió tanta desesperación ante la perspectiva de pasar tres meses en aquel sitio tan desprovisto de las diversiones que le eran familiares que pidió seriamente a su padre que le dejara volver a España. Él, que apenas sabía hacer otro movimiento para dar felicidad a su hijo que acceder a sus deseos, aun los más cargados de despecho, hechos solo para reclamar su atención, le dijo que esperara dos días, momento en que haría un viaje a la capital y podría llevarle al aeropuerto.
     Un hondo sentimiento de frustración, que le llenaba de violenta animadversión por todo su entorno, embargaba el espíritu de Gabriel. En su corazón, no había un lugar para el reposo, no había meta alguna, el vacío más angustioso respondía a su búsqueda de algo dentro de sí. Tan desesperante tedio sentiría en su lujosa casa de España como en aquella aldea perdida de África pero quería hacer ruido, mostrar su violenta rebeldía, levantar su grito contra la laxa indolencia que sentía a su alrededor, contra la estúpida impasividad de un mundo que no le proporcionaba un sentido a su existencia y sí cualquier otra cosa.
     Aquellos negros de la aldea le parecían el colmo de la idiotez. Le seducía la idea de formar parte de un grupo neonazi, quería golpear, atacar, vengar sobre un objeto cualquiera su profunda confusión y falta de luz interior. Nadie le ayudaba y eso era tanto para él como decir que todos lo estaban hostigando. El afecto gris de sus padres o de sus amigos solo le despertaba escepticismo y, cuando pensaba en el amor, no veía más que una farsa afectada y banal propia de espíritus impotentes.
     Pero la mañana siguiente a la primera noche que pasó en el poblado, cuando estaba dando un paseo por la orilla del río, tuvo una visión a cuya fascinación no fue capaz de resistirse. Una muchacha del lugar, semidesnuda y solitaria, de la edad aproximada de Gabriel, bañaba un cuerpo bellísimo en aquellas aguas. Algo inexplicable para él hizo presa de su espíritu mientras contemplaba enternecido la gracia con que la muchacha se lavaba y chapoteaba en el agua. Había tan hondo sentido, tan poderosa convicción en la emoción que le embargó que ya no pudo vivir para otra cosa que para entregarse a ella.
     Cuantos rasgos veía en la muchacha le fascinaban como una música maravillosa o como la contemplación de un abismo. Nada tenía que ver con lo que había sentido alguna vez por alguna chica del instituto, ese deseo de la carne que atormenta porque no se satisface pero del que deseamos liberarnos cuanto antes porque nos convierte en esclavos del instinto físico. Lo que le hacía sentir aquella figura era algo que deseaba conservar eternamente en su corazón; parado a diez metros de distancia, sin poder apartar la mirada de la muchacha negra, soñaba con entregar su vida a su servicio. Más allá de la regularidad y proporción de sus formas, descubría una oculta familiaridad en ellas o más allá de ellas, algo que la unía con una parte esencial de lo más profundo de su corazón. Quizá se parecía a la niña negra que hubo en su clase en el primer curso de primaria o quizá su pelo ensortijado le despertaba reminiscencias de alguna maestra o alguna niña mayor a la que pudiera haber amado en secreto en su infancia o quizá su alma había nacido junto a la suya en el infinito y ahora el destino se la ponía delante para que no la volviera a dejar escapar nunca más.
     Durante todo el resto del día, ansió volverla a ver y, al atardecer, haciendo un recorrido por el poblado, la descubrió a la puerta de una choza preparando una comida. Ella levantó los ojos y sus miradas se unieron durante unos instantes en los que a ambos les pareció que todo lo que importaba en el mundo se lo habían comunicado el uno al otro.
     Su padre le comunicó cuando volvió a su alojamiento que al día siguiente a las once partirían hacia la capital pero él le respondió que ya no deseaba volver. A la mañana siguiente, buscó a la muchacha en el río y la encontró con otras dos mujeres. Estuvo observándolas hasta que, milagrosamente, las mujeres que la acompañaban la dejaron sola. Entonces se acercó a ella. Ella le miró con los ojos chispeantes y hermosos y él le acarició la mejilla. Sintió el deseo de abrazarla y la apretó contra su pecho besando con infinita ternura su pelo y diciéndole una y otra vez te amo, te amo, te amo...
     Pasaban los días y ellos buscaban las ocasiones para encontrarse. El amor que había nacido en su corazón le unió a su padre de una manera indirecta porque ahora ya no necesitaba un afecto que había demostrado que era incapaz de darle pero si tenía la posibilidad de enseñarle algo del dialecto que hablaban aquellos africanos, cosa que le interesaba vivamente porque ansiaba comunicarse mejor con la chica. Ahora su padre sí era una buena ayuda en su búsqueda de la felicidad y es que, cuando aparece el amor verdadero, el mundo empieza a tener buen aspecto dondequiera que nos dirijamos. Aprendió de su padre lo más elemental del idioma y declaró a la chica su deseo firme de conservarla junto a él toda su vida. Ella también lo ansiaba pero temía que su gente no lo permitiera.
     El trabajo de su padre estaba próximo a su finalización cuando Gabriel se presentó ante él y le expuso su deseo de que llevaran consigo a la chica en su viaje de retorno. Su padre le preguntó el motivo y él, ingenuamente, le respondió que quería casarse con ella. Su padre rio un poco y dijo que eso no era posible, era una absoluta locura, los amores de adolescencia duraban lo que el disparo de un cohete. Gabriel, usando el tono que empleaba cuando quería algún capricho, insistió en que llevaran consigo a la muchacha. Pero esta vez el recurso no le sirvió, esta vez no se trataba de comprar nada, se trataba de enfrentarse a la opinión y no se sintió tan generoso como para acceder. Gabriel le contestó que, en ese caso, se quedaba en el poblado para el resto de su vida. Su padre le dijo entonces, muy melosamente, que le quería y que no podía consentir quedarse sin él.
     Gabriel dejó en ese punto la conversación y fue a ver a la chica. Le dijo que se iba a quedar en el poblado y que viviría con ella. Ella le contestó que no podía ser porque su gente no permitía uniones con blancos. Gabriel sintió tanta desesperación que deseó romper algo, pegar a alguien, gritar. Ella lo besó en los labios y le señaló hacia el norte; él comprendió lo que quería decir, llegar a Europa por la ruta que hacían los inmigrantes. Esa misma noche, se aprovisionaron de alimentos y agarrados de la mano, con el cielo y la luna como cómplices de su infinita ternura, cruzaron el río y comenzaron la larga marcha hacia el Paraíso.

Seis microrrelatos contra la insatisfacción (I)

A mi amada

     A su entender, esta vida era un infierno, en especial para ella. Cultivaba, casi con piedad religiosa, la nostalgia de los goces de la vida, el amor, el éxito, la verdadera amistad, la diversión, el saber... pero, en lo hondo, había decidido que el mundo le era hostil y jamás daría espacio a sus sueños.
     En realidad, era una mala conciencia lo que le impedía creer que de verdad lo mereciera. Viejas culpas de infancia acumuladas en una atmósfera familiar excesivamente intransigente con los miles de errores que se cometen en la niñez le habían hecho sentirse poco predispuesta a concederse la felicidad. Para hacerlo, tenía que compensar todo el daño que había hecho a sus padres, a sus hermanos, a sus amigos, a sus profesores, a sus vecinos, a la humanidad al completo... y sentía que nada podría saldar semejante deuda pues no creía que hubiera ser más intransigente y menos dispuesto a perdonar que el humano. Por eso, su incapacidad para disculpar sus propios tráfagos con el error y la imperfección la convertía en resentimiento contra los demás; era a los otros a quien atribuía la insatisfacción que sentía en su vida, acusándolos de una desmedida crueldad y una desproporcionada capacidad para el desprecio.
     Muchos hombres se habían acercado a ella esperando una correspondencia amorosa pero, en el momento en que parecía estar tomando cuerpo la relación y empezaban a surgir responsabilidades y dependencias, mil sospechas infundadas de que no era realmente amada y estaba siendo usada como mero pasatiempo le hacían romper con ellos, con lo que cada vez iba haciéndose más grande en su alma de soltera empedernida el sedimento de desprecio por los hombres y de amargura por su soledad.
     Eso fue así hasta que apareció aquel extraño ser que le propuso que le hiciera la limpieza de su casa a cambio de llevarla al trabajo en su coche y de algún que otro regalo de vez en cuando y que compartiera con él la cena de los sábados para no pasarla solo y, de paso, que le hiciera la colada y le preparara en el horno las galletas de manteca que tanto le gustaban para el domingo mientras salía de copas con los amigos y, a cambio, él hacía las chapuzas de casa de ella.
     Este espíritu de utilidad con que entró aquel hombre en su vida, ajeno a cualquier otro interés que no fuera el del propio provecho, podía haber ofendido a cualquier otra mujer pero ella, que no creía que hubiera inocencia en las almas humanas y pensaba que no podían obrar desinteresadamente, consideró que aquel podía ser el mejor amigo que tuviera en la vida y, al recibir aquella oferta, sintió, en su interior, un secreto pero ardiente regocijo.
     Sentía un placer inmenso hablando de sentimientos con aquel hombre cuando viajaba en su coche camino a su trabajo o cenando con él los sábados en su casa, momento en que él le contaba mil cosas que la hacían reír o la emocionaban. En su oculto interior, la amargura de haberse sentido toda su vida para los demás un objeto cuya utilidad no era lo suficientemente bien demostrada no la dejaba ver en la vida un camino de auténtica libertad pero aquel encuentro con un hombre que parecía buscar en ella una zafia utilidad iluminó paradójicamente su corazón y, olvidando por una vez su resentimiento hacia los seres humanos, dejó que aquella persona se fuera deslizando poco a poco hasta el centro de su corazón y acabó pensando de él que era el hombre más honesto y bondadoso que había pasado por su vida.
     El intercambio que establecía con él estaba tan exento de rigor, había tanta flexibilidad en su funcionamiento y la idea básica de utilidad que los unía se diluía hasta tal punto en la conciencia de aquel hombre generoso y cordial que se sentía con él como con el más desinteresado amigo y lo quería más cada día que pasaba, siendo ya tan imprescindible en su vida que, si de pronto se hubiera marchado a otro lugar o hubiera desaparecido, le hubiera dolido tanto como si hubiera perdido a su propio esposo.
     Ella soñaba con que aquel hombre le declarara su amor pero pasaba el tiempo y nada indicaba que estuviera pensando en hacerlo. Sabía que la quería, que le gustaban cuantas partes y aspectos la conformaban, jamás discutía con ella, todo lo que había entre ellos dos era dulzura y amabilidad, sin embargo, él jamás llegaba a hacer la más mínima insinuación de que tuviera deseos de hacer de su relación una unión de pareja.
     Ella era tan feliz ahora como nunca lo había sido. No solo le hacía las obligatorias galletas de manteca para el domingo sino también tartas de chocolate y vainilla, bizcochos y pastelillos de cabello de ángel, y no solo le limpiaba la casa y hacía la colada sino que también la decoraba con nuevos adornos que compraba ella de su propio bolsillo. Pero su felicidad estaba oscurecida por la amenaza de que aquel hombre de pronto pudiera enamorarse de una mujer y relegarla a ella a un segundo plano. Tanto dolor le causaba la idea de perder el luminoso amor que le tenía, que había revolucionado su vida, que tomó la deliberación de conservar ese sentimiento mientras viviera, aun en el caso de que su amigo encontrara pareja.
     Pero un día su amigo, distraídamente, al verla llegar a su casa, la besó muy tiernamente en la mejilla y le dijo:
     -¡Cuánto te amo, cielo mío!
     Ella se puso muy colorada y, mirándolo a los ojos con mucha alteración, le dijo:
     -Daniel, no digas esas cosas, somos solo amigos.
     -¿Qué importan las etiquetas? -respondió él-. Importan los sentimientos y para mí eres algo muy especial, te amo con todo mi corazón.
     Ella sintió un profundo regocijo y un inmenso alivio interior al oír esto. Pero pasaron los días y él no se decidía a proponer un cambio en sus pautas de convivencia. Ella, profundamente extrañada, decidió finalmente preguntarle el motivo de tan evidente y grave omisión, por su mente volvió a pasar el fantasma de la astuta falsedad de los hombres.
     -Daniel -le dijo un sábado por la noche-, el otro día me dijiste que me amabas. Creo que me mentiste o que fuiste presa de una confusión porque no me has pedido todavía que vivamos juntos.
     -No te mentí, Eva -dijo él-. Pero, ¿para qué vamos a vivir juntos si así somos ya felices? Vivimos puerta con puerta, estamos juntos la mayor parte del día por un motivo u otro, disfrutamos el uno del otro cada vez que nos apetece... ¿Qué otra cosa puede hacernos falta?
     Ella se quedó muda viendo en las palabras de él una evidencia tan rotunda que tuvo que convenir que no recordaba haber escuchado nunca nada tan cargado de razón. Entonces, su mente se fue a otra duda angustiosa y, sin poder reprimirse un instante, quiso que él la disipara:
     -Daniel, pero si no me has pedido todavía sexo...
     Daniel masticaba un bocado de la tortilla de patatas que había preparado para los dos y no podía hablar todavía pero, cuando lo tragó, dijo tranquilamente:
     -Deja por este sábado la colada y las galletas y quédate a dormir en mi casa; no había querido coaccionarte en ese asunto porque te amo.

miércoles, 22 de enero de 2014

Seis microrrelatos sobre la opinión (VI)

A mi amada

     Según cuenta un observador de la época, en el siglo XIX, unos habitantes de la selva africana vivían una vida libre y desembarazada, sin nada que estorbara la felicidad de cada uno de ellos; lo que hacía cada uno con su vida los demás lo asumían como un enigma inaccesible a sus mentes, como un misterio sagrado en el que solo se iniciaban el individuo en cuestión y la persona más cercana a él. Su religión, ya perdida y no documentada por nadie más, consistía en considerar tabú para los otros el terreno en el que se movía la libertad de cada individuo. Sin embargo, cuando se celebraba el día santo, todos se reunían en medio del poblado y opinaban.
     Si uno de ellos tenía los pies muy pequeños, alguien podía preguntarle por qué no había decidido tenerlos más grandes si son más cómodos para andar. Si otro era muy alto, podía haber alguien que dijera que no le parecía correcto ser tan alto porque las aves podían ver entorpecido su vuelo por su cabeza y las ramas de los árboles tenían que extenderse hacia arriba para que él no las rozara. Si algún otro era anciano y se le habían torcido las piernas por la artrosis alguien de la asamblea podía criticarlo enfurecido diciendo que hacía muy mal en tener las piernas torcidas, que le parecía ilógico y poco útil tener las piernas torcidas y que no estaba de acuerdo con él.
     Cuando las críticas acababan, todo el poblado se trababa en un complejísimo nudo de brazos, piernas y cuerpos y cantaban al unísono una canción llamada del miedo. Cuando estaban ya muy cansados de estar pegados unos a otros y de cantar la canción del miedo, acababa la celebración y el poblado volvía a respetar la libertad de cada individuo y vivían todos felices y en armonía un año más.

Seis microrrelatos sobre la opinión (V)

A mi amada

     El crítico literario abrió el poemario y leyó:

Con estos labios de hombre,
te doy besos de niño,
mi aliento lleno de amor,
vive un sueño de infancia.
 
     Resopló, movió la cabeza, y comenzó a redactar esta reseña basada enteramente en lo que acababa de leer:
     El poeta novel, Antonio Vallecas, acaba de publicar su poemario, Inocencia. Hemos de decir, por hablar de alguna manera, que esperamos mucho más de él en el siguiente poemario. En Inocencia, se nos muestra hipócrita en exceso, fingiendo que el amor puede ser ingenuo e inocente, carente de perversión y malicia, tópico tan falso que es imposible sumergirse en sus letras. No nos atreveríamos a hacer alusiones impropias de este crítico que arruinen la reputación amorosa del poeta aconsejándole que vaya a un urólogo pero creemos nuestro deber recomendarle que sea más sincero cuando escriba. Su próximo libro puede consagrarle como poeta pero en el presente no demuestra la suficiente altura. De todas formas, recomendamos vivamente su lectura por ser su autor una joven promesa que merece nuestro amable interés.
      Cuando acabó, abrió el cajón de su mesa, sacó un rosario y comenzó a rezarlo.

Seis microrrelatos sobre la opinión (IV)

A mi amada

     Un joven tenía una novia y le habló someramente de ella a su amigo. El amigo, tras escucharle, le aconsejó muy seria y rotundamente que la dejara porque no le convenía. El joven se sintió afligido por tan tajante recomendación y estuvo unos días preocupado.
     Cuando volvió a ver al amigo, intentando cambiar su dictamen sobre su novia, le habló de ella mucho más pormenorizadamente. El amigo, entonces, le dijo al joven que no era quién para decirle lo que tenía que hacer, que hiciera lo que le pareciera bien según su criterio pero que su intuición le decía que merecía algo mejor que aquella mujer.
     Al poco tiempo, el joven presentó a su novia al amigo y estuvieron un día entero conviviendo y divirtiéndose los tres. Al final de la jornada, el amigo se apartó con él mientras su novia quedaba entretenida en otros quehaceres y le dijo que, si no se casaba con aquella chica, lo consideraría el hombre más tonto que había conocido nunca.

Seis microrrelatos sobre la opinión (III)

A Susana Escarabajal

     El editor miró a los ojos al escritor desde su asiento en la mesa de su despacho y le dijo:
     -Mis felicitaciones con reservas. Su manuscrito he de decirle que me ha gustado pero, si no le ofende mi opinión, debería corregir los diálogos. Son poco románticos y ardientes, métales más grados de lujuria. Y, en cuanto a la trama, siento decirle que no la acabo de ver. Debería ponerle un poco más de trapos sucios, el marido debería pegársela con la amiga y ella debería desfogarse con otro hombre, uno diez años más joven. La llegada del primer hijo está bien, me encanta, pero ¿por qué no lo vuelve drogadicto o problemático y mata a la madre y en el funeral el protagonista hace un monólogo patético ante su amigo el de la bolera? ¡Más animación, más diversión...! Es lo que opino que le falta a la novela, ni más ni menos, por lo demás, la encuentro entretenida.
     El escritor quedó en silencio unos instantes con una expresión de perplejidad en el rostro y luego dijo:
     -Mire usted, si cree que se va a vender mejor el libro, yo le hago todos los cambios que usted dice pero no es una novela, es mi autobiografía...

martes, 21 de enero de 2014

Seis microrrelatos sobre la opinión (II)

A mi amada

     Los suegros del psicoanalista de Enrique Torrent, un famoso escritor que alcanzó la celebridad por escribir un soneto a la Virgen de los Desamparados, se enteraron de que su yerno estaba tratando al escritor y, como eran muy cristianos y muy dados a practicar la caridad y, además, tenían una edad avanzada donde ya no quedaba rastro alguno de la timidez que inhibe el comportamiento de los jóvenes ni tampoco de vergüenza, se preguntaron el uno al otro por qué no iban a casa del sonetista y le daban ellos consuelo piadoso y, de paso, tomaban unas aceitunas y pasaban allí la tarde.
     Enrique Torrent no estaba loco, simplemente no se le sentaba la cabeza sin que supiera a ciencia cierta el motivo pero los suegros de su psicoanalista pensaron que ya no tenía neuronas ni para ver la televisión los sábados por la tarde y quisieron agasajarlo, compadecerlo y, de paso, ver la casa.
     Cuando llegaron a su domicilio y se presentaron como los suegros de su psicoanalista, a Enrique Torrent le dio un vuelco en el estómago porque pensaba que el psicoanalista les estaba revelando sus confesiones íntimas a la familia. Los dejó pasar y les hizo sentar en el cuarto de estar. El primero que habló fue el suegro, que dijo:
     -Nosotros venimos a darle consuelo porque somos gente cristiana y nos gusta hacer el bien y, sabiendo por lo que usted está pasando, pues la verdad... nos da mucha lástima. Tenemos mucho olfato para la gente, solo con ver a alguien por la tele, ya nos hacemos una idea clara de cómo es. Mi mujer misma adivinó quién era el asesino de un abogado nada más verlo hablar. A lo mejor nosotros le podemos ayudar mejor que mi yerno, yo he sido sacristán muchos años, yo sé lo miserables que somos los hombres, solo Dios es poderoso y bueno pero las personas no somos más que basura. Si supiera lo que le pasa a usted, con toda seguridad, le sabría decir qué camino tiene que coger o, si lo suyo no tiene remedio, consolarle y animarle para que no se desespere y pueda morir cristianamente. ¿De qué habla con mi yerno?
     Enrique Torrent no dijo una palabra porque estaba anonadado pero la suegra de su psicoanalista pensó que lo que le pasaba era que estaba tan tontito que no sabía ni hablar.
     -Venga, niño, ¿no nos vas a decir lo que te pasa? -dijo y, a continuación, abriendo los brazos y mostrando en la voz todo el cariño que pudo ser capaz de expresar, dijo:- ¿Quieres una mamá? Ven a mis brazos, pequeño.
     Torrent abrió unos ojos como palmos y la mujer se asustó pensando que se las estaba viendo con una mente caótica de la que solo se podía esperar violencia.
     -Adolfo, vámonos -dijo entonces a su marido con tono imperativo.
     Él, que veía que no podía sacarle una palabra al escritor, tuvo la seguridad absoluta de que había cometido el horrible pecado de renegar de su fe y era eso lo que había perturbado gravemente su salud mental, por consiguiente, sintiéndose incapaz de arrebatar a aquel hombre de las garras de algo tan terrible como el demonio, dijo mientras se levantaba:
     -Tiene usted una casa muy lujosa. Bueno, nos vamos ya. Martina, no molestemos más al hombre, déjale que descanse.
     Torrent, a causa de este incidente, cambió las citas con su psicoanalista por salidas a jugar a los bolos y, sin que supiera por qué, se olvidó de todos sus problemas y escribió un soneto a la Virgen del Perpetuo Socorro con el que volvió a ser celebrado y venerado en su ciudad.

Seis microrrelatos sobre la opinión (I)

A mi amada

     Dos niños que, aunque de corta edad, ya habían visto a sus respectivos padres hablar mal de los vecinos, mientras jugaban con unos platitos y vasitos de juguete, conversaban fingiendo que eran mayores.
     -Tu hermano no me gusta, Timoteo -dijo uno de ellos que era niña y se llamaba Nuria.
     -Ni a mí, María del Carmen -dijo el otro niño, que se llamaba Raúl.
     -Porque no es de la forma que son las personas -dijo Nuria.
     -Sí, es feo, feo -corroboró Raúl.
     -Y tu primo tampoco es igual que las personas. ¡En la cárcel, es donde debería estar! -dijo Nuria.
     -Y tu amiga tampoco es igual -dijo Raúl-. No es una persona, es un persono.
     -Sí, porque tiene forma de persono -corroboró Nuria.
     -Tendrá que ir a la escuela para que le den forma de persona -dijo Raúl- porque, si no, la castigarán todos los días y nunca podrá cenar.
     -Y tú también eres un persono a veces, que de eso te quería hablar -dijo Nuria haciendo aspavientos con las manos-, porque, cuando te escondes, se te quita la forma de persona.
     -Y tú... -dijo Raúl-. Cuando no hay nadie, te miro por una rendija de la pared y veo que eres muy rara, te vuelves un persono que no se parece a nadie.
     -¡Pues no -dijo la niña elevando la voz- porque yo soy una chica muy guapa!
     -Pero es que, cuando eres persono, me gustas más  -dijo Raúl con el tono cargado de fragilidad, olvidándose por un instante del papel de adultos responsables que estaban representando.

sábado, 18 de enero de 2014

Seis microrrelatos sobre la auténtica superioridad (VI)

A mi amada

     Un célebre e importante empresario asistía a un acto público cultural. Estaba sentado en su butaca muy rígido y tenso, con un traje elegante pero que le daba calor y le venía ajustado y una expresión triste e insatisfecha en su semblante.
     A su lado había un hombre reclinado en la butaca lo más cómodamente posible, que se había permitido vestir una ropa que no le agobiaba nada y que exhibía un rostro relajado y feliz. Era hermano suyo, un escritor sin excesiva fama, sin mucho dinero en el banco, sin muchos amigos, sin poder sobre nadie, sin una apariencia exterior demasiado imponente, sin demasiadas ideas fijas sobre la forma que había de tener el mundo, los seres humanos o su vida.
     De pronto, el empresario dijo a su hermano en voz baja:
     -¡Qué pesadez de acto, estoy deseando salir de aquí!
     Su hermano respondió casi a voz en grito:
     -¡Pero, hombre, sal y vete a casa, no seas tan cortado!
     El empresario encontró de mal gusto la indiscreción de su hermano y le dijo enfurecido al final de acto:
     -¿Te podrías haber callado? Casi me has puesto en evidencia. Soy un hombre importante, tengo que cuidar mi imagen...
     -No serás tan importante cuando tienes que cuidar de tanta trivialidad intranscendente, eres un chatarrero, tu chatarra son las apariencias -dijo el hermano.
     -Quien algo quiere algo le cuesta -dijo el empresario-. Tener prestigio y valía no sale gratis.
     -Los demás creen que vales algo pero tú sabes que no -dijo el hermano-, vales lo que una cáscara hueca de nuez. Valdrás en el futuro, siempre en el futuro, hacia el que miras con avidez, pero ahora estás hueco, esperando a llenar tu interior con las superfluidades que vas buscando. Pero sabes que nunca vas a encontrar lo que ansías porque cuanto consigues te deja indiferente.
     El empresario calló unos instantes, se meció en pelo, respiró hondo y dijo:
     -Es horrible, tienes razón, no sé por qué estoy siempre tan insatisfecho conmigo y con la vida, jamás experimento un auténtico sentimiento de orgullo por lo que soy y he conseguido. Siento una desazón inmensa, no soy capaz de comprenderlo.
     -No hay nada que entender -dijo el hermano-, sencillamente tu impresión sobre ti y sobre tu vida es la acertada, no tienes motivo alguno para sentirte satisfecho, de hecho ni tienes vida ni te tienes a ti. Ni vives ni eres.
     -¿Pero cómo puedes decir eso? -dijo el empresario-. Por supuesto que vivo y soy.
     -Ni vives ni eres -insistió el hermano-. Eso solo se puede hacer dentro de uno mismo y en el instante presente y tú vives fuera de ti y del ahora, contemplando la visión de un empresario de prestigio y ambicioso, lleno de éxito, con todos los requisitos convenidos de los hombres que actúan como dioses en el escenario público, pero ese hombre no existe porque no quieres sentirlo con el corazón.
     El empresario, sentado en los asientos traseros de su vehículo, mientras viajaba hacia su casa, intentó comprobar qué se sentía olvidándose del futuro, pensando en el aquí y ahora exclusivamente. Miró hacia dentro de sí y notó la inquietud acostumbrada, intentó relajarse buscando un motivo para el bienestar a su alrededor. Lo encontró en la belleza de las luces nocturnas, en la agradable presencia de las personas que caminaban por las aceras, en la negritud del cielo que se atisbaba más allá de los edificios, que le trajo la sensación de formar parte del universo, del infinito mundo de las cosas reales, las que el corazón percibe, las que no mencionan las palabras ni casi aciertan a distinguir los sentidos. Comprendió entonces que su prestigio y dignidad como empresario jamás estarían por encima, por muchos peldaños que subieran, del noble misterio de la vida, ese que solo se rebela a los hombres felices que escuchan a los sentimientos.

Seis microrrelatos sobre la auténtica superioridad (V)

Isabel Olmos

     Dos filósofos estaban hablando de cosas profundas en un café una tarde de otoño. Uno de ellos, con tendencias dogmáticas, le preguntó de pronto al otro quién sería el ser humano perfecto. El otro, poco dado a las servidumbres, respondió:
     -El que aparenta mejor ser un humano pero es inferior al ser humano real porque el ser humano real no aparenta serlo sino que lo es en realidad.
     -¿Entonces crees que no hay hombres perfectos en la realidad? -preguntó el primero.
     -Así es -respondió el otro-. No solo no hay hombres perfectos sino que no hay ni siquiera hombres puesto que, como el alma de los humanos ansía la libertad y huye de toda sujeción, los llamados hombres no somos otra cosa que pájaros, aire, luz, rama de árbol, lluvia, fuego... de todo menos un responsable profesor de universidad.

viernes, 17 de enero de 2014

Seis microrrelatos sobre la auténtica superioridad (IV)

A Susana Escarabajal

     Tomás, desde muy niño, sentía una dolorosa desazón porque dudaba de su dignidad. Se habría sentido culpable y pequeño aún con el premio Nobel en las manos. Su escéptica y desencantada manera de considerarse le hacía experimentar una insaciable sed de reconocimiento y afecto pero, por mucho que recibiera, nunca dejaba de estar insatisfecho consigo mismo. Cuando sus amigos le hacían un halago, él sospechaba que no había mucha verdad detrás de él y, en cambio, cuando le hacían una crítica, se venía abajo porque lo tomaba como un oráculo incontrovertible de su errada manera de ser.
     Siempre estaba predispuesto a lamentarse de no ser como esperaba, siempre había una insuficiencia que le tenía preocupado, bien alguna peculiaridad de su cuerpo, bien un elemento de su espíritu que le resultara extraño, bien alguna deficiencia en sus aptitudes profesionales o sociales. Pareciera que fuera su máxima pasión en la vida el lamentarse de lo que era porque no había hecho nunca otra cosa con tanta pertinacia como esa. En realidad, no podía dejar de hacerlo porque no podía dejar de aspirar a ser perfecto.
     Cuando presentía que estaba ante la prueba irrefutable de que era definitivamente imperfecto, su angustia ascendía a cumbres insoportables y tenía que tranquilizarse escuchando la música más lúgubre posible o yendo a casa de un amigo a contarle sus cuitas. No, no podría acostumbrarse jamás a ser imperfecto, era un peso con el que su espíritu no podía cargar.
     Reconocerse imperfecto no le iba a hacer menos querido, ni iba a cambiar su vida personal o profesional, admitirlo era un mero trámite de su voluntad sin mayor transcendencia en su biografía excepto en el campo de los beneficios para su bienestar espiritual pero jamás lo haría. Prefería vivir en la duda permanente, ignorar quién era en realidad a cambio de no tener que ver en el espejo a un ser con la etiqueta de imperfecto. Su obcecación era proverbial.
     Rigurosamente hablando, no temía la imperfección sino el escenario en el que esta se manifestara, la máscara teatral que le daba vida, la forma convenida de la imperfección, la que el prejuicio y la opinión fijaban arbitrariamente. Si estaba en la playa, le preocupaba que se rieran de su barriga, si iba en el coche, temía que le pitaran cuando se ponía el semáforo en verde, si estaba en un restaurante, tenía una enfermiza cautela por no mancharse el traje. No deseaba ser perfecto, deseaba no recibir los reproches de los demás por no serlo, eludir la burla y el ridículo, escapar a la estrepitosa mascarada del escarnio y la acusación contra su aura más aparente.
     Su sueño era pasar a la piedra de los parques y las plazas, ser un ejemplo de hombre para las generaciones venideras, alcanzar la forma más adecuada a su clase, huir de su condición de individuo para convertirse en símbolo, llenarse de significado para los demás, hacerse inteligible. Fantaseaba con verse aplaudido de la misma manera convencional y aparente con la que temía verse siendo objeto de vilipendio: con un discurso emotivo que hiciera llorar a la gente en la inauguración de un centro benéfico, con una victoria electoral en una carrera hacia la alcaldía, con el descubrimiento de un nuevo elemento químico...
     Se llegaba a enfurecer por causas tan fútiles como que le devolvieran cinco billetes de diez en lugar de uno de cincuenta o que los capítulos de las novelas que leía acabaran en página par.
     Intentó apaciguar su vida, saber por qué vivía tan agobiado e insatisfecho, de qué estaba huyendo, quién era él en realidad. Se pasó un día entero reflexionando sobre ello. Se dio cuenta de que vivía temiendo incomodar a los demás, todo su desproporcionado anhelo de perfección era un horror a causar molestia a los extraños, quería ser perfecto para que nadie tuviera que ocuparse mucho de él. Se preguntó de dónde procedía aquel sentido tan exacerbado de la consideración por los demás y muy pronto le vino a la mente la manera en que fue tratado por sus padres, por sus maestros y profesores, por todas las personas mayores y autoridades con las que tuvo relación y se acordó de que para todos ellos era un problema grave que, sin embargo, cuando obedecía, se transformaba en un objeto práctico y muy útil. Cuando llegó a la adolescencia, era tal su ansia de ser considerado un adulto que evitaba concienzudamente convertirse en un obstáculo para las personas mayores al tiempo que hacía de sí mismo su propio problema y su propio objeto de dominio. Su mismo instinto de crecimiento le hizo paralizar su vida, su misma ansia de libertad le hizo controlador. La desidia de espectadores sin interés con que los mayores habían juzgado sus sentimientos en su infancia, le volvió un ansioso actor atrapado en un escenario de sainete y épica.
     Comprendió en ese momento quiénes eran los modelos de superioridad a los que había entregado su vida, seres que odiaban a los niños, que los atormentaban con sus exigencias desproporcionadas, que les obligaban a sentir lo que no podían sentir, que les culpaban por el mero hecho de ser niños, de no saber, de no poder, de no ser arrogantes adultos sin alma, mezquinamente obsesionados con sus triviales intereses.
     Con el corazón desolado pero recién devuelto a la vida, concluyó que, como individuo, él era absolutamente perfecto y que había cometido un gran error hasta entonces porque son los niños los auténticamente superiores.

Seis microrrelatos sobre la auténtica superioridad (III)

A Elvira Vicente Bernabéu

     Juan había perdido a su novia después de asestarle un bofetón. La violencia es inexplicable en la conducta de un individuo inteligente pero él había sido presa de la frustración, una honda sensación de impotencia perturbó sus facultades y descargó su mano sobre la mejilla de ella, había querido hacerse daño en ella, castigarse en ella, destruirse en ella. Una profunda sensación de culpa le sobrevino cuando ella se negó a perdonar su acción y se despidió para siempre de él. Durante muchos años la recordó y el sufrimiento por su pérdida y por los remordimientos lo atormentó.
     Cuando en televisión veía la noticia sobre el asesinato de una mujer a manos de su pareja, le martirizaba la idea de que él era uno de esos personajes inmundos y llenos de cobardía capaces de ofender la libertad de otro ser humano. Pasaron muchos años sin que osara acercarse a otra mujer. Sentía que no merecía el afecto de nadie. Su vida se había instalado en un escenario de soledad y vergüenza. Mucho tiempo después de la separación, aún recordaba con dolor la furia del hermano de su ex novia y el puñetazo que le dio en la cara al que no pudo responder porque se sentía embargado por la desolación. Sabía que una bofetada era tan digna de llamarse violencia como un asesinato y no era capaz de perdonarse lo que había ocurrido tanto tiempo atrás.
     Apenas salía de casa. La contemplación de una mujer le producía tanta melancolía que no encontraba diversión alguna en salir a la calle. Se veía como el peor de los hombres, tan pequeño y despreciable que casi vencía su autocompasión a sus remordimientos. Paladeaba el dolor, el desprecio y la piedad a un tiempo que acompañaron a aquella bofetada como si una mano de fuego se la hubiera asestado a él. En soledad, rumiaba una culpa inextinguible creyéndose tan insignificante que ni siquiera se sentía humano.
     En realidad pensaba que la dureza con que se juzgaba le daba la superioridad que su orgullo le exigía. En su atormentado desprecio de sí, creía superar su debilidad, esa conciencia de su fragilidad de ser humano que tanta aversión le causaba. No se daba cuenta de que su incapacidad para perdonarse el error que había cometido, para pedir que se lo perdonaran los demás, era en realidad un signo de su falta de arrepentimiento. Un maltratador es él mismo aquel a quien más detesta.
     Una tarde de domingo, sentado en un parque, olvidado por un tiempo de las brumas de su frustración, absorbido en los pensamientos más evanescentes y triviales, levantó la mirada y vio a una mujer bellísima pasar delante de él. No le dio tiempo a su cabeza a aherrojar su corazón con la acostumbrada intransigencia antes de que el amor entrara en él con un perfume tan seductor que ya no pudo sustraerse a él. Cuando recordó que él no merecía el amor, ya era demasiado tarde pues el afán de hacer parte de él a aquella mujer llenó de desesperación su espíritu.
     La vio sentarse en un banco y abrir un libro. Entonces se acercó a ella y le pidió permiso para sentarse a su lado. Sabía que no merecía aquella mujer pero quiso entregarse a la veleidad melancólica de contarle su triste vida.
     -Usted es muy hermosa -le dijo- pero yo valgo muy poco, soy un ser despreciable, capaz de faltar el respeto a un ser humano, no merezco ni que me miren, merezco la soledad, alguien que puede abofetear a una mujer no es más que una sabandija y yo lo hice una vez.
     -¿En serio? -le preguntó ella. El asintió y ella continuó:- Eso sí que está mal pero no es mejor la persona que no falla nunca sino la que tiene valor para arrostrar sus errores. Nadie sabe mejor que nosotros juzgar lo que hacemos, si nos juzgamos por lo que creemos que los demás han de pensar de nosotros, nos volvemos prisioneros de las apariencias, seremos esclavos de la opinión. Dar una bofetada es un horror pero también lo es vivir una vida entera entregada al propósito de no dar ninguna. La vida no es un escenario de apariencias, sale de nuestras profundidades, no hables de la bofetada, háblame de qué es eso que hay en ti que te hace darlas, lo esencial no es el impacto de tu mano contra su cara sino tu desprecio a la realidad humana, tu amor al prejuicio, tu creencia de que el valor de las personas depende de lo que los demás esperan de ellas.
     Juan se quedó sorprendido ante la hondura de las palabras de la mujer, dichas sin apenas vacilación y le preguntó cómo podía saber tanto. Ella le contestó sonriendo que era psicóloga y que estaba acostumbrada a hablar de ese tema con sus pacientes.
     -¿Piensa usted que yo debería tratarme psicológicamente? -preguntó Juan.
     -Sinceramente, sí -respondió ella.
     Él vio de pronto abrirse de par en par la puerta a la esperanza después de una vida de sufrimiento y dijo:
     -Me encantaría que usted me tratara, es una mujer extraordinariamente guapa.
     -Bueno, en primer lugar, debe desprenderse de su culto a la apariencia, mis auténticas bellezas son invisibles -dijo ella- y, en segundo lugar, no es aconsejable enamorarse durante una terapia.
     Pero Juan supo en lo hondo de su corazón que ninguna terapia tendría tan beneficioso efecto para su espíritu como el amor que empezaba a sentir por aquella alma con la que sintió que le unía una misteriosa afinidad.

Seis microrrelatos sobre la auténtica superioridad (II)

A PerePussa Moix Vilaseca
     Salvador había vivido una infancia rodeado de hipocresía. Sabía muy bien lo que era fingir la humildad porque era observador y comprobaba la diferencia entre las palabras que decían los adultos entre extraños y las que decían en la intimidad. Cuando llegó a la adolescencia, perdió la fe en la religión que le obligaba a sentir humildad bajo castigo del sufrimiento eterno y se volvió arrogante y agresivo. Aborrecía los estudios e hizo oposiciones para policía.
     A los veinte años, se convirtió en un presuntuoso oficial, orgulloso de su uniforme y de su intransigencia contra la alteración del orden o las infracciones del derecho de propiedad. Para él, la propiedad era lo más especial que había que defender. No entendía que algo esencial para el espíritu perteneciera al mundo de lo invisible y no se manifestara abiertamente o tuviera una apariencia material. Quien tenía algo era algo, quien era algo lo demostraba con hechos. No podía soportar que nadie le faltara al respeto, cuando sentía que alguien lo hacía, estallaba lleno de furor con agresividad desproporcionada.
     Un día estaba comprobando la documentación de un vehículo y vio que la titularidad del coche no correspondía al nombre de la chica que lo conducía. Con suma arrogancia en el tono, le preguntó a qué se debía aquella circunstancia. Ella, que no entendía la curiosidad del policía, respondió con aspereza:
     -¿Y qué importancia tiene eso? ¿Cree acaso que voy a robar esta mierda de coche?
     Salvador, al ver que aquella ciudadana elevaba tanto la voz empleando la fea palabra mierda sintió que se le faltaba al respeto gravemente y, sin poder reprimir su furia, le dio una fuerte bofetada. Pero al instante se arrepintió, no solo por la sanción que le podría sobrevenir de la denuncia de la chica sino por la expresión que vio en sus ojos, tan lastimera, tan desamparada, sintió que había roto algo frágil, inocente, que merecía ser respetado. Se dio también cuenta de que la humillación que había creído sufrir era una mera fantasía de su excesivamente celoso orgullo, y que su reacción de violencia había sido un arrebato de locura, compulsivo y posesivo.
     Temió la denuncia pero, acometido por graves remordimientos y llevado por su honradez impoluta, le dijo:
     -Sepa perdonarme como persona, lo he hecho llevado por un impulso irreprimible. Como policía, en cambio, le aconsejo que me denuncie, no hay que permitir hechos de arbitrariedad y abuso en el cuerpo.
     La chica, sonriéndole de pronto mostrando una gracia en su rostro dulce y agradable, le respondió:
     -Voy a hacer lo que me pide usted. Como persona, le ofrezco mi amistad si quiere y, como policía, le voy a denunciar pero estando usted delante, dígame qué día y a qué hora nos vemos en la comisaría.
     Salvador se sorprendió ante esta reacción; había supuesto erróneamente que la chica sería un personaje débil y cobarde que, aprovechando la humildad mostrada por él, olvidaría su derecho a la denuncia llevada por un sentimiento de superioridad con respecto a él camuflado de generosidad y de un miedo a las complicaciones procesales y a las supuestas venganzas corporativas capaz de disuadirla de sus deberes de ciudadana y ser humano pero, no por verse en la perspectiva de recibir una sanción administrativa, dejó de sentirse satisfecho de haber asumido su culpa ni su corazón pudo evitar experimentar un asomo de atracción y admiración por aquella mujer tan singular.
     Ella le había ofrecido su amistad y, sin embargo, lo iba a denunciar. Considerar lo paradójico de este hecho le hizo experimentar honda perplejidad. La actitud de la chica contrariaba su creencia en la necesidad de la evidencia, empezó a dudar que fuera preciso que las cualidades de un ser humano se manifestaran de modo explícito, vio cómo se resentía gravemente su fe en las apariencias. Como policía sabía lo que era fingir, sabía que las personas fingen virtudes que no tienen para no verse disminuidas ante los demás o cogidas en un delito y lo hacen de modo zafio, exagerado, trivial, y sin embargo no había dudado nunca de que las personas tenían que demostrar su valía clara y materialmente. Pero aquella chica parecía desconocer el deseo de dar máxima nitidez a su virtud y solo la guiaban los principios y sentimientos que emanaban de su corazón. Recordó el acto violento que había realizado hacía unos minutos por recuperar una dignidad que creía haber perdido y lo comparó con la reacción de la muchacha llena de sencillez pero también de nobleza y sintió tanta vergüenza de sí mismo y se vio tan pequeño al lado de la chica que se prometió a sí mismo dejar de basar su dignidad en los indicios externos.
     Pensó que había verdadera humildad en aquella muchacha, la humildad del verdadero orgulloso, la que huye de la apariencia hueca, de la idolatría, de la vanagloria porque su orgullo no le permite ser esclavo de la opinión. Aquella humildad le sedujo hondamente y decidió invitarla a salir cuando la volviera a ver el día de la denuncia.
     Ella tenía el leve temor de encontrarse ante un hombre violento pero no dejaba de sentir simpatía por alguien capaz de asumir su culpa y renunciar a verse libre de la responsabilidad correspondiente. Se encontraría con la vergüenza de hacer público el feo hecho que había realizado pero había demostrado que guiaba su voluntad una fuerza más poderosa que la opinión y esa no era la actitud de un auténtico maltratador. Se dijo que aquel hombre podría hacerla feliz y decidió insinuarse muy sutilmente el día que volvieran a verse en la comisaría.

jueves, 16 de enero de 2014

Seis microrrelatos sobre la auténtica superioridad (I)

A mi amada

     Eran las diez de la mañana. Ya no quedaba nadie del partido en la sede excepto él, el gran perdedor, el secretario general. Con la chaqueta colgando en el respaldo de su asiento, el cuello de la camisa desabrochado y la corbata suelta, meditaba circunspecto ante una taza de café y un cenicero repleto donde dejaba caer la ceniza de su enésimo cigarrillo.
     Realmente sentía su orgullo humillado ante tan rotunda derrota. La malicia nacional se cebaría con su imagen. Las masas olvidaban muy rápido su devoción por alguien. Tan pronto lo apoyaban con el fervor que se le dedica a un dios como lo bajaban hasta el infierno del escarnio y la insignificancia. ¿Pero quién era de verdad valioso en todo aquel incesante devenir? Todo parecía indicar que nadie. Todo era susceptible de perder la estimación de la multitud, nada impedía que el primero bajara hasta el último puesto ni que llegara a la cumbre un absoluto desconocido meses antes. Se sentía hondamente deprimido. ¡Cuántas veces había violentado su corazón dando manos que le repugnaban o besando rostros que no le decían nada! Todo lo había hecho por llegar a lo más alto, a lo que había sido su sueño desde su niñez, pero los sueños se habían evaporado en una sola noche.
     Ya no tenía futuro. Su vida había frenado en seco. Podría ser profesor de universidad, director de una empresa, importante abogado, pero no presidente del Gobierno, el mayor honor de su país se escapaba de sus manos para siempre después de haberlo casi acariciado en la mayor aventura de superación de su existencia. Aquella mañana sentía que valía un poco menos, que era un poco más mezquino e inferior, que su dignidad se bajaba de las cimas donde habitan los grandes para deslizarse hasta el mundo de los mediocres. Pero no podía acabar de asumirlo. ¿Quién era él ahora? ¿Tenía derecho siquiera a levantar la mirada cuando estuviera delante de un espejo? ¿No había perdido para siempre la posibilidad de ser, de existir? ¿Existían de verdad las personas que no lograban destacar?
     En ese momento, entró la mujer de la limpieza y le pidió permiso para hacer su trabajo. Él se lo dio. Tan claramente se mostraban en su rostro los signos de la preocupación y la tristeza que la limpiadora se atrevió a decirle:
     -Tranquilo, ahora a rodearse de gente a la que quiera y a ser feliz.
     Al oír estas palabras, sintió una oleada de relajación en su agotado y tenso espíritu como si le hubieran permitido abrirse a una súplica de su corazón que su obcecación se negaba a concederle. ¿Ser feliz era todavía posible? ¿Después de fracasar como político? ¿Qué sería ser feliz para aquella humilde limpiadora? Se levantó de la mesa del despacho y se dirigió al pasillo para dejarla hacer. Mientras avanzaba hacia el exterior, pensó en la gran mezquindad que era creer que aquella mujer que le acababa de devolver el ánimo hablándole de amor y felicidad, solo porque no tenía ningún poder sobre los demás, fuera menos digna que el hombre que aquella noche había ganado las elecciones generales.
     ¿En qué sentido era menos valiosa ella que él? Había conseguido ponerle de buen humor con una simple frase, eso era más deliciosamente atractivo que todo lo que hiciera un mal presidente del Gobierno los cuatro años de su mandato. Lo único que le concedía clara superioridad a él era el orgullo. El orgullo... perturbador sentimiento que ponía en conflicto a los hombres. Los más fuertes conseguían satisfacerlo, conseguían afirmarse a sí mismos a costa de humillar a los otros. Y, sin embargo, bien considerado, ¿quién humillaba a quién si los que estaban abajo tenían en los de arriba su mayor objeto de vilipendio? ¿Qué honor tenía la figura alzada en el pedestal, encadenada a su papel de espectáculo para los demás? ¿Qué pública veneración era lo suficientemente halagadora como para sacrificar por ella la libertad y la vida?
     Salió a la calle lleno de buenas sensaciones. Unas cuantas personas de la calle pasaron por su lado antes de llegar a su coche. Por primera vez, las vio como seres con una superioridad oculta. No tenían poder, ni fama, ni belleza visible pero les eran absolutamente asequibles aquellas dos cosas de que le había hablado la limpiadora: amor y felicidad. ¿No era eso más digno de llamarse existencia que el juego de dependencias y vínculos subyugantes que suponía el éxito y la vanagloria? ¿No era eso lo que de verdad confería la superioridad a un ser humano, entregarse a lo que el corazón le pedía desembarazándose de la servidumbre de las obcecaciones y obsesiones que poblaban una mente perturbada por el veneno del desprecio.
     Se preguntó qué le había arrebatado la libertad durante toda su vida, por qué había huido del enigma que le reservaba a él su propio corazón para seguir una senda tan obvia y frecuentada por todos pero tan vacía y mezquina. Recordó la autoridad intransigente de su padre, su empeño en llenar su infancia de obligaciones, su frío y despectivo trato, que tanta inquietud llevaba a su ánimo, y el hostil modo de enjuiciar todo lo extraño y diferente en los otros. Su padre le hizo avergonzarse de sus sentimientos, mutiló sus verdaderos impulsos personales, cerró su alma al instinto y la vida, lo convirtió en un esclavo de las apariencias y los prejuicios.
     Se pregunto a continuación, mientras su chofer le llevaba por las calles de la ciudad hasta su hogar, si todavía serían posibles la felicidad y el amor, si había todavía esperanza de dignidad y superioridad para su espíritu. Se volvió hacia su corazón y lo interrogó. Descubrió que amaba a su esposa; milagrosamente, su corazón había sobrevivido en medio de la hostilidad de una mente idólatra refugiado en una humilde esquina de su vida, el amor a una esposa inteligente que le había obligado a dedicarle tan solo la verdad de sus sentimientos. Había tanta infancia insertada en la urdimbre de aquel amor que no había espacio alguno para la hipocresía.
     Entró tranquilo en su hogar. Cuando su esposa le vio llegar, no traía el rostro grave y pálido que esperaba sino una abierta sonrisa.

lunes, 13 de enero de 2014

Seis microrrelatos sobre las conjeturas inquietantes (VI)

A Titiritalba De Alba

     -¿Habrá algo peor que la muerte? -dijo un preso a otro horas antes de ser ejecutados.
     -Sí -contestó el otro-, su sombra...

Seis microrrelatos contra las conjeturas inquietantes (V)

A María José Valverde

     Un hombre estaba hablando en el bar con un amigo y le dijo:
     -Tengo un miedo horrible al cáncer, llevo una vida más o menos saludable pero no puedo evitar pensar que un buen día me toque a mí lo que no tiene remedio. Me imagino con cáncer y me estremezco todo.
     -¿Y qué más? -dijo el amigo.
     -¿Cómo que y qué más? ¿No te impresiona nada lo que te acabo de contar? -dijo el hombre.
     -Sí, hombre -respondió el amigo-, pero estás hablando con tu amigo, entra en detalles... cómo descubrirás que tienes cáncer, qué dirá tu mujer, qué médico te va a tratar, en qué hospital vas a tener la radioterapia, cuántos años más vas a vivir, quién asistirá a tu entierro y quién no... ¿O es que no tienes tanta imaginación como me quieres hacer creer?

Seis microrrelatos contra las conjeturas inquietantes (IV)

A Eya Jlassi

     Amelia salió del examen absolutamente abatida, sospechaba que lo había suspendido. Se encerró en su habitación a llorar, era un examen importante y suspenderlo era un suceso realmente luctuoso. Lo que más dolor le hacía sentir era imaginarse la cara circunspecta de su grave profesor dándole la nota el día de los resultados. Ver la expresión de castigo divino en las siniestras facciones de don Pablo, quedar expuesta al miedo que le inspiraba aquel profesor, que le recordaba a un demonio envuelto en fuego capaz de arrojar aceite hirviendo a alguien por una mera falta de ortografía convertía aquel suspenso en la desgracia más espantosa que podía imaginarse, ni siquiera el cáncer tenía a sus ojos tamaña relevancia en aquel momento. Tanto temía aquel suspenso que quiso enfermar antes que tener que asistir a la entrega de las notas.
     Pero resistiendo su angustia fue a clase al día siguiente. Para su sorpresa, el profesor, por petición de sus alumnos, anuló la validez del examen para la nota general porque, por un error suyo, contenía una cuestión que no se había tratado en la clase. Aun así, Amelia seguía desolada, había suspendido, lo tenía claro, y aunque no pasara su suspenso a la nota general, se sentía sucia y culpable. El profesor comenzó a dar las notas por mera curiosidad. Amelia no podía levantar la mirada del pupitre, estaba deprimida y avergonzada en grado sumo, cuando el profesor dijera la nota y la oyeran todos, el oprobio cubriría su persona ante toda la clase.
     ¿Qué importaba que las otras notas se estuvieran manifestando igual de mediocres a medida que las iba declarando el profesor? Un suspenso era siempre un suspenso, el peor destino de un estudiante, ella no había cumplido con su obligación, los demás tenían su propia conciencia, la suya le decía que había hecho algo malo, horrible, angustiosamente incorrecto. Aunque su nota final fuera favorable, se sentiría manchada por esta falta, por este incumplimiento de su deber, por esta fea deformación de las formas. No se sentía con derecho a hacer las cosas de manera distinta a como exigían de ella, no era lo suficientemente importante para consentírselo a sí misma.
     El profesor, al llegar a su nombre en la lista de las notas, dijo, con una sonrisa en su rostro, que su nota era la mejor de la clase, un nueve con siete sobre diez. Añadió que las tres décimas que faltaban para el diez se debían a que su respuesta a la pregunta que no habían tratado en clase no había sido del todo perfecta.
     -¿Ves, Amelia? ¡Y creías que habías suspendido! -le dijo entonces una amiga, vecina de pupitre-. Estarás contenta, ¿no?
     -No, Bea -respondió Amelia-, porque me he dado cuenta de que mi vida está secuestrada por un número.

domingo, 12 de enero de 2014

Seis microrrelatos contra las conjeturas inquietantes (III)

A Txaro Cárdenas

     Cuando miraba al pasado, imaginaba con dolor el sufrimiento que había ocasionado eligiendo una carrera que a sus padres les costó muchos sacrificios económicos hasta que la terminó o negándole a su madre un afecto más intenso cuando se quedó viuda o dejando abandonada casi a su familia por asuntos del trabajo. Cuando miraba al presente, sentía insatisfacción, un deseo no saciado de ser más importante para los demás, de salir de su mediocridad, de dejar de sentirse tan insignificante. Cuando miraba al futuro, negros presagios le amargaban el ánimo, se imaginaba padeciendo horribles desgracias y arrostrando catástrofes espantosas.
     El caso es que no parecía haber mucha realidad tras todas estas preocupaciones, era un hombre con buena reputación, su familia y sus amigos le querían bien y estaban lejos de reprocharle nada y tampoco había motivo alguno para suponer que, en su vida, pudiera sobrevenir cambio desfavorable alguno.
     Pero la falta de base de sus inquietudes no impedía que una y otra vez fuera presa de la melancolía en la que estas le sumían. Un día se notó un dolor fuerte en el pecho y pensó que iba a morir. Su esposa le llevó en el coche al hospital desde la residencia en la que estaban pasando las vacaciones. Es célebre la falta de capacidad para la orientación de las mujeres y, como el hospital más cercano estaba a veinte kilómetros y ambos desconocían el camino más recto para llegar, su agobio alcanzó tanta intensidad que dio por hecho que la ayuda médica no le llegaría a tiempo.
     En la hora que pasó dentro del coche, tuvo tiempo de mirar de cara a la muerte y le pareció de pronto completamente ilógica. Tan desproporcionada le pareció la injusticia que iba a sufrir su persona que en comparación con ella le parecieron banales e ingenuos todos sus habituales remordimientos de conciencia y, pese a lo insignificante que se sentía con frecuencia, tuvo que reconocer en aquel trance tan angustioso que pocas cosas habían tan valiosas en el mundo como su propia vida. En cuanto a sus fantasías evanescentes relacionadas con las grandes calamidades del futuro, las encontró ridículas comparadas con lo sólido y rotundo de la que estaba viviendo en el presente. En definitiva, vio tan claro la falta de fundamento de sus preocupaciones corrientes que lamentó hondamente no haber disfrutado el placer de vivir cuando todavía tenía oportunidad debido a unos escrúpulos que ahora le hacían enfurecerse contra sí mismo.
     Sin embargo, supo entender que la intranquilidad espiritual que había dominado su alma, la insatisfacción e inquietud persistentes que lo habían agobiado se alimentaban de no asumir la necesidad del hecho que estaba viviendo en ese momento: su propia muerte.
     Su esposa, poco después de las once de la noche, dio con el hospital. Urgentemente se le realizó un electrocardiograma que reveló que su corazón funcionaba perfectamente. Se le hizo una radiografía y nada extraño aparecía en ella. Se le preguntó cuándo había empezado a sentir el dolor y él respondió que mientras hacía bricolaje. Este detalle permitió al médico conjeturar que se trataba de un calambre en los músculos del pecho; le recomendó comer un plátano diario y le dio de alta.
     Sintió mucha alegría cuando salió del hospital y respiró, al lado de su esposa, el aire de la noche, sin embargo, regresando en el coche, puso su mano sobre la pierna de ella y le dijo:
     -Solo ganamos la vida cuando nos permitimos perderla.

Seis microrrelatos contra las conjeturas inquietantes (II)

A Susana Escarabajal

     Después de practicar el sexo, Fernando sintió deseos de acariciar el cuerpo de Alicia, inocentemente, con la ternura de un niño, pero recordó que la concupiscencia era un pecado fuera de la pura actividad reproductora, temió un castigo de Dios, una enfermedad terrible de él o de ella, quedarse sin medios para subsistir o incluso un hijo diferente, un hijo extraño ya desde el momento de nacer.
     Alicia deseó volverse de cara a Fernando y besar sus labios y sus mejillas y decirle, tras cada beso, Te amo, niño precioso. Pero era una tontería indecente que Dios podía castigar con la muerte de su esposo, que tanto necesitaba su corazón. La vida había que pagarla refrenándose, llenando de tibieza el corazón, renunciando al placer y resignándose, solo así, Dios sería condescendiente con las personas.
     Fernando anheló salir de la cama y obligar a Alicia a levantarse también, sintió el ansia de sentarse en el suelo con ella y mirarla a la cara de hito en hito, en silencio, recorriendo levemente con sus dedos su dulce rostro. Pero se acordó de la muerte, de ese destino tan terrible y despiadado que cae sobre el hombre por ser una criatura llena de vileza y, temeroso, volvió a entornar los ojos y reprimió su impulso. ¿Cómo volver a la edad de los juegos cuando tan grave culpa pesaba sobre él?
     Alicia quiso coger la mano de Fernando, llevarla hasta su lado y acariciarla con las dos suyas, besarla, pasarla por su cara, por sus pechos, por su vientre y reñirle a él cuando la moviera para que la dejara como dormida, entregada totalmente a la voluntad de ella. Pero recordó que un día muere el hombre por la carga de sus pecados, que no hay cuerpo más lleno de error que el de un ser humano, que la felicidad debe racionarse, limitarse, suplicarse al Altísimo sin asomo alguno de vanidad porque no hay virtud suficientemente grande como para compensar la mácula de la muerte y no debe haber espacio en un alma para un completo perdón de sí misma.
     Fernando pensaba ahora en la muerte, en lo inexorable de su llegada, en la eternidad de su vacío y se le hizo evidente cuán mezquino era renunciar a la felicidad absoluta a cambio de que Dios no les negara sus parcas limosnas. De improviso, encendió la luz, se levantó de la cama y llamó a su esposa.
     -Alicia, vamos a jugar -le dijo.
     -¿A qué? -preguntó ella sorprendida.
     -A jugar -respondió él-, como los niños. Tú y yo juntos, haciendo lo que más nos guste, sin preocuparnos de la explicación que tenga... Tenemos una eternidad para yacer tendidos en el lugar más razonable pero esta noche quiero quedarme dormido en el suelo, jugando contigo...
     -Eso es una locura, Fernando -dijo ella-, somos personas responsables, no unos niños. Imagínate el desastre que sería de nuestras vidas si actuáramos como ellos.
     -Alicia... no nos va a pasar nada malo, los niños merecen la felicidad -dijo Fernando antes de que ella, con una sonrisa en sus labios, saliera de la cama y, lanzando una alegre carcajada, echara a correr con él hacia el pasillo.

Seis microrrelatos contra las conjeturas inquietantes (I)

A mi amada
 
     Un hombre fue por curiosidad a consultar a una adivina del Tarot y practicante de rituales mágicos. Cuando la adivina le echó las cartas, como dominaba las artes de la prestidigitación, consiguió poner sobre la mesa las más siniestras de la baraja, incluyendo la Torre, la Muerte y el as de espadas. Una vez extendidas sobre la mesa las cartas que las presuntas fuerzas mágicas habían escogido de la baraja, una auténtica suma de indicios de mala suerte, la maga fingió predecir, gracias a los naipes destapados, un suceso absolutamente horroroso, tan duro de asumir como irreparable en sus consecuencias.
     El hombre sintió al escucharla un agobio infinito y deseó con todas sus fuerzas que la predicción no llegara nunca a hacerse real. Durante la conversación, la adivina dejó transparentarse en sus palabras lo reversible de este mal presagio siempre que se acudiera a cierto ritual en el que ella era una experta pero que exigía el pago de una gran cantidad de dinero. El hombre, que era de los que piensan que la vida es una cámara de los horrores que castiga ante todo a los que no le corresponden llevándola con angustia, le respondió inmediatamente que estaba dispuesto a pagar y, tras ir a su casa por un talonario de cheques, regresó con mucha celeridad a la casa de la vidente.
     La vidente le hizo sentar en una silla en el centro de una habitación oscura iluminada por velas y, tras recitar muchos conjuros y realizar infinitas pantomimas, le dio a beber un mejunje repulsivo que tragó hasta la última gota y, acto seguido, le presentó en la mano una cucaracha muerta a la que, aseguró la maga, cierta preparación mágica la había dotado con la propiedad de procurar la felicidad a todo aquel que hiciera el sacrificio de ingerirla.
     El hombre, aun cuando no quería por nada del mundo que el presagio funesto se cumpliera, sintió tal repugnancia ante la idea de comerse la cucaracha que le entraron arcadas pero, sin dejar espacio a una vacilación que le acabara impidiendo acabar el ritual debidamente, arrebató el insecto de las manos de la adivina y, tras echárselo a la boca, con presteza angustiosa, lo masticó y tragó.
     Al acabar el ritual, la maga le indicó la abusiva suma que había de abonar. El sacó su billetero y su bolígrafo, se inclinó sobre la mesa y rellenó el cheque. A continuación, se lo pasó a la maga y, con un tono de agobio y temor, le dijo:
     -Le pago lo que me ha dicho y cincuenta euros más por no quedarme con un cargo en la conciencia porque créame si le digo que la cucaracha no me ha sabido lo suficientemente mal.

lunes, 6 de enero de 2014

Seis microrrelatos contra la indolencia (VI)

A Insolente María

     El repartidor de butano, mientras desayunaba en el bar, estaba hablando con el hombre de la barra:
     -La humanidad ha avanzado mucho tecnológicamente -decía- pero, desde el punto de vista ético, estamos en el Paleolítico.
     El de la barra respondió:
     -Ojalá fuera verdad, así no tendría que derrochar un dineral en la Primera Comunión de mi hijo.
     -El mundo no tiene arreglo -prosiguió el repartidor-, siempre habrá males por mucho que luchemos contra ellos. Hambre, guerras, miseria, incultura... no es posible erradicarlos porque la humanidad es así, no hay otra opción que aceptarlo.
     El de la barra replicó:
     -Sí, no nos pueden sacar de lo que tanto nos gusta.
     -No hay nadie perfecto, eso es lo que ocurre -dijo el repartidor.
     El de la barra dijo:
     -Así es, cuando alguien está a punto de ser perfecto, la humildad lo echa para atrás.
     -La vida es así. No hay más que sufrimiento -dijo el butanero-. Hay que hacerse a la idea.
     -Sí, hay que hacerse a la idea para no sufrir más -respondió el barman.
     -La felicidad no existe, Manolo... -concluyó el del butano repantigándose en el asiento y desperezándose.
     -Desde luego que no -respondió el de la barra-, si existiera, la echaríamos mucho de menos.

Seis microrrelatos contra la indolencia (V)

A Txaro Cárdenas

     El hombre del lecho dio una sacudida y quedó inmóvil. Uno de los presentes se apresuró a tomarle el pulso y dijo a los otros que había muerto. Una de las dos mujeres presentes en la habitación se lanzó gritando contra el cadáver del difunto y lo rodeó con los brazos mientras gemía con inmenso sentimiento, la otra permaneció en el mismo sitio en el que estaba antes de conocer la muerte del hombre casi con el mismo gesto facial circunspecto e inexpresivo. La mujer que lloraba sobre el difunto disminuyó la intensidad de sus sollozos pero al instante volvió otra vez a emitir lamentos desgarrados. La mujer que permanecía aparentemente imperturbable dijo entonces:
     -Vamos a hacerle a papá un gran entierro, se lo merece, ha sufrido muchas humillaciones en su vida. Así verán todos con quién se las han visto.
     Cuando oyó estas palabras, la mujer abrazada al difunto se calló en seco, se incorporó y se volvió hacia la otra mujer y dijo con voz doliente y lastimera:
     -¿Para qué derrochar el dinero? A un muerto no le aprovechan los honores.