miércoles, 31 de diciembre de 2014

Seis relatos desengañados (VI)

A mi amada

     Había un hombre capaz de sentir tristeza hasta por el desprecio de un borracho. Otro hombre, en cambio, carecía de escrúpulos y vivía procurando sacar el máximo beneficio de los demás sin preocuparle lo que ellos pensaran de él. El primero conseguía entrar en el Paraíso cuando su esposa le daba un beso pero el segundo, ni con unas vacaciones en un hotel de lujo, alcanzaba la satisfacción que ansiaba. El segundo veía en cada esquina un obstáculo para sus intereses pero el primero se creía libre y nunca renunciaba a ningún sueño.

Seis relatos desengañados (V)

A Eya Jlassi

     Un mendigo tuvo un ataque al corazón a la puerta de una sala de espectáculos, alrededor había una multitud inmensa pero nadie se fijó en él, su interés prioritario lo ocupaba un cantante famoso que estaba firmando autógrafos y atendiendo a los periodistas, el cantante estaba completamente sano y sus canciones hablaban del amor pero lo hacía con un tono tan atemperado y convencional que parecía que lo que, en realidad, estaba haciendo era pinchar aceitunas con un palillo.

martes, 30 de diciembre de 2014

Seis relatos desengañados (IV)

A Txaro Cárdenas

     Un alcohólico lloraba en la barra de un bar.
     -¿Tienes algún problema, amigo? -le dijo un hombre que se tomaba junto a él una cerveza sin alcohol.
     El borracho asintió con la cabeza y dijo:
     -Que no me quiere nadie...
     -¿Nadie, estás seguro? -dijo el hombre de la cerveza.
     -No... por eso estoy tan amargado -respondió el borracho-, si estuviera seguro, mi conciencia estaría en paz.
     -¿En paz por estar seguro de que no te quieren? -preguntó el de la cerveza.
     -No -respondió el borracho-, en paz porque tendría motivos para beber así.

lunes, 29 de diciembre de 2014

Seis relatos desengañados (III)

A Lluvia Rojo

     En el instituto, se sentía menospreciado por sus compañeros porque bromeaban constantemente sobre su forma de comportarse incluso en los momentos en que menos ánimo tenía para bromas. Tan humillado se sentía que quiso hacer algo que asombrara y admirara a todos. Pasó el verano en ese empeño hasta que descubrió una ley nueva en una sección de las matemáticas hasta aquel momento nunca considerada.
     Cuando empezó el curso, ansioso de reconocimiento, le presentó su descubrimiento al profesor de matemáticas pero este lo encontró tan complicado que prefirió afectar indiferencia. Muy decepcionado, el muchacho decidió exhibir su hallazgo ante sus socarrones amigos pensando que serían más fáciles de impresionar que su profesor. Pero todos aquellos a los que explicaba su invento eran incapaces de comprenderlo y, creyendo que era una bobada, hicieron de aquel tema la nueva materia de sus chanzas.
     Había una chica en el instituto tan bella que inspiraba a su corazón el anhelo de ganar su alma y, aunque no se atrevía a hablarle, por cosas del azar, un día la tuvo tan cerca que trabó conversación con ella. Entonces le confesó la gran frustración que le producía su relación con el mundo y se lamentó ante ella de que nadie le tomaba en serio y le aseguró que se sentía, por este motivo, como si no hubiera salido todavía de la infancia.
     La chica le preguntó qué le preocupaba en la vida. Él respondió que el progreso de la Humanidad, el saber, el arte, la justicia en el mundo, el bienestar de los hombres... Entonces, la chica le dijo:
     -No te preocupes, has salido de la infancia, quienes siguen en ella son los otros...
     Desde aquel día, cada vez que se veían, se hablaban y acabaron haciéndose pareja, la más seria pero la más feliz del instituto.

domingo, 28 de diciembre de 2014

Seis relatos desengañados (II)

A Susana Escarabajal Magaña

     Un sabio astrólogo y nigromante se había quedado sin rey al que servir por decir la verdad siempre y, para buscarse el sustento, hubo de construir con sus conocimientos mágicos una máquina recreativa para entretener a las personas pudientes de las ciudades y pueblos por los que pasaba en su peregrinar errabundo.
     La máquina la construyó con la ayuda del demonio Adramelec, presidente del alto consejo de los diablos, intendente del guardarropa de Satán, que sabe mucho de todo tipo de cosas y es muy astuto y endiabladamente malicioso. Aquel artilugio tenía la virtud de declarar lo que todos querían escuchar pero sin mentir jamás.
     La máquina era un baúl con un saco dentro hecho de una vejiga de burro y lleno de viento. Quien pagaba el par de monedas de oro que costaba usar el aparato, tenía que preguntar lo que más le preocupaba y presionar la tapa del baúl contra la vejiga, lo que hacía que se escapara su aire más velozmente produciendo un sonido parecido a la voz de un niño.
     En sus correrías por el mundo, el astrólogo llegó a la mansión de un señor inglés, con mucho dinero en sus arcas y mucha vanagloria en su espíritu. El astrólogo llamó a su puerta y pidió audiencia con el señor y, cuando lo tuvo delante, le habló de su máquina asegurándole que cualquier cosa que ignorara se le revelaría y que solo había de pagar dos monedas de oro por cada pregunta. El señor inglés, que monedas de oro tenía para llenar carros y carretas, se mostró entusiasmado ante aquel adelanto de la Ciencia y le pidió al astrólogo que raudamente le trajera a su casa su artilugio.
     El astrólogo corrió a su carromato, sacó su baúl, lo llevó a los aposentos del señor, llenó de aire la vejiga y le pidió al inglés que hiciera su pregunta y, a continuación, cerrara con la mayor fuerza posible la tapa.
     El inglés, sin un momento de vacilación, lanzó la pregunta de si era él el mejor hombre de la Tierra y aplastó la vejiga con la tapa del baúl, lo que provocó no más un silbido agudo.
     -No he oído nada -dijo el inglés.
     -Es que vos no entendéis el idioma de este demonio -dijo el astrólogo-. Ha respondido que sí.
     -¡Santo Cielo! -exclamó el inglés entusiasmado juntando las manos- ¡Toda mi vida lo había sospechado!
     -Pero también ha dicho que lo sois solo para vos y para nadie más -dijo el astrólogo.
     El inglés ensombreció sus rasgos y, con mucha pesadumbre, le dio las dos monedas de oro al astrólogo. Quiso volver a hacer la experiencia, pese a lo mal que le había ido la primera vez y le pidió al astrólogo que volviera a prepararle el aparato y, acto seguido, preguntó quién era más discreto él o el rey.
     Tras cerrar la tapa, el astrólogo hizo su traducción diciendo:
     -Ha contestado que vos.
     El inglés mostró entonces en su rostro una sonrisa maliciosa y su pecho se hinchó de jactancia pero, a continuación, siguió el astrólogo:
     -Y que hasta el necio más ignorante es más discreto que el rey.
     El señor inglés, muy desilusionado por el final de la respuesta, le dio las dos monedas y quiso saber seguidamente si su esposa lo engañaba.
     -Dice que no.
     El inglés respiró aliviado.
     -Y que es muy sincera cuando dice que está harta de vos -continuó el astrólogo.
     El inglés resopló con fastidio y dijo:
     -Más lo estoy yo de ella...
     Dio las dos monedas al astrólogo y, aunque ya le estaba cansando tanta decepción, quiso hacer una última consulta al aparato mágico. Le preguntó si conseguiría la felicidad.
     -Sí -tradujo el astrólogo.
     El inglés lanzó una carcajada de satisfacción pero el astrólogo dijo un instante después:
     -Cuando os desprendáis de todo lo que tenéis y hagáis a vuestro caballerizo vuestro amigo más íntimo.
     Esta continuación de la respuesta le llenó de amargura y, sabiéndose incapaz de renunciar a nada de lo que tenía, se resignó a vivir una vida de infelicidad.
     El astrólogo siguió su marcha, encontró por el camino una labradora viuda y muy hermosa que le sonrió de una manera muy dulce, trabó conversación con ella, se enamoró y, tras decidir desposarse con ella y hacerse pastor, agarró su baúl con la vejiga y lo lanzó al río de una patada.

sábado, 27 de diciembre de 2014

Seis relatos desengañados (I)

A mi amada

     El día de su cumpleaños, su corazón acabó henchido de felicidad y orgullo al tiempo que su mente se admiraba y se sumía en la perplejidad al percatarse de lo importante que era para tanta gente. Él, que hasta aquel día se había sentido insignificante y solo, descubría de repente que había empezado a ser apreciado por personas a las que ni siquiera sospechaba que les caía simpático.
     Al día siguiente, al acabar la clase de Lengua, se acercó al pupitre de aquel compañero que siempre había creído que le menospreciaba pero ahora sabía que le apreciaba sinceramente porque había ido a su fiesta de cumpleaños y le dijo:
     -Mis padres me han dicho que me van a comprar un móvil de los de última generación.
     El compañero le miró fijo a la cara con expresión circunspecta y dijo agriamente:
     -¿Y a mí que me importa lo que te vayan a comprar tus padres? ¿Tengo yo acaso algo que ver con tu vida?
     -Fuiste a mi cumpleaños -respondió él lleno de extrañeza.
     -¿Y qué quieres que todos los días sean tu cumpleaños, señor orgulloso? -replicó el compañero con mucho retintín.

miércoles, 24 de diciembre de 2014

El juicio

A los ciegos de corazón por si les llega una luz

     En un tribunal, se juzgó a un hombre acusado de no ser buena persona. El fiscal era practicante escrupuloso de su religión, se hubiera sentido sucio con solo comer un día lo que estaba decretado que se comiera otro, toda su vida había sido un camino de obediencia y restricciones, reprimía con decisión toda pasión y disfrutaba preferentemente con fríos entretenimientos como el ajedrez o la numismática, le enfurecía que alguien no fuera tan obediente a las reglas como él, lo que consideraba una falta de honradez y bonhomía aunque jamás sentía auténtica piedad por nadie y hubiera sido capaz de dejar morir o matar a un hombre solo por la fuerza persuasiva de una norma.
     El abogado no sabía si Dios existía ni tampoco le importaba mucho, la única ley a la que le encantaba obedecer eran los sentimientos, que consideraba su instinto más irrenunciable, ellos le indicaban siempre el camino que creía más correcto porque solo siguiéndolos se sentía feliz de verdad y sentía que hacía felices a los demás, no escuchaba las palabras de los demás, ni sus gestos, ni le daba mucha importancia a lo que hacían, solo atendía a lo que su corazón le decía de ellos, su corazón era más sabio que cualquier libro de psicología criminalista, le permitía distinguir a los ángeles de los demonios con la facilidad con que se distinguen en una novela barata, jamás hizo el más mínimo esfuerzo por ser como le pedían los otros, le daba tanta vergüenza traicionarse a sí mismo que cuando entraba en conflicto con los otros, simplemente los abandonaba y se resignaba a la soledad. El fiscal no tenía amigos pero el abogado rebosaba paradójicamente de ellos.
     Cuando el juez pidió que salieran a la luz las pruebas, el fiscal puso en su mesa las manos del acusado, la lengua y todo lo que llevaba en los bolsillos y el juez pensó seriamente que le correspondía dar un veredicto condenatorio. Llamó entonces al abogado para que aportara pruebas si podía y el abogado no aportó más que una y fue el corazón del acusado. La prueba del abogado le pareció incomprensible al fiscal y se rió a carcajada limpia pero el juez se llevó las manos a la cabeza y dijo:
     -Que se libere rápido al acusado y se le rinda un homenaje público porque es el mejor de los hombres que he conocido.

miércoles, 17 de diciembre de 2014

La llave del butano

A mi amada

     -¡Ya te has dejado otra vez la llave del butano abierta! ¡Lo haces a propósito, para atormentarme!
     -Eres tú quien me atormenta a mí con tu dichosa manía de la seguridad, estás tan pendiente de impedir los contratiempos que ya no te preocupa la tranquilidad en sí, solo vives para pelear contra la suerte, por pura testarudez y despotismo.
     -¿Y si la casa explota, qué? ¿Te gustaría? ¿Te parecería agradable?
     -A cada momento, están explotando casas en el barrio, si te callas unos segundos, quizá oigas la siguiente explosión...
     -Lo que no pasa en cien años puede pasar en un día.
     -Lo que puede ser nadie lo sabe, convéncete de que jamás morirás por una explosión del gas pero sí por un ataque al corazón como sigas así.
     -No digas eso, me has recordado que tengo que ir al médico por lo del dolor de vientre.
     -¿Crees que es grave?
     -Presiento que sí.
     -¿Dónde te duele exactamente?
     -Ahora mismo no me duele, no te sabría decir.
     -Siempre estás con tus dolores extraños y cada vez es en un sitio distinto.
     -La muerte me espanta.
     -Pues, para desagradarte tanto, la miras demasiado.
     -No puedo evitarlo, no sé por qué.
     -Yo sí lo sé... porque ves a la muerte como un caso y a la vida como una ley y es justo lo contrario.

jueves, 11 de diciembre de 2014

Un ego desmedido

A mi amada

     En un pueblo cercano a donde yo vivo, tuvo un funcionario el Ayuntamiento con un orgullo tan minúsculo que su ego tuvo que hincharse hasta casi eclipsar al mismo Sol. Le educó en la insignificancia un entorno donde se ridiculizaba y criticaba la fragilidad, se magnificaba el más mínimo error o descuido y todo lo extraño y desconocido se sentía como una amenaza. Su espíritu perdió todo su amor a sí mismo dándose golpes de pecho en la Iglesia cada domingo, enfundándose cada año desde que comenzó a caminar en el trasnochado traje de maño al llegar las fiestas patronales, escuchando reírse a los demás cada vez que hacía algo que no hicieran todos, reprimiendo su iniciativa junto a amigos que sentían odio hacia cualquier intento de destacar y brillar y no experimentaban paz sino en la más llana de las rutinas, conviviendo con una esposa a la que tenía que explicar todas sus emociones con el tono y los términos con que se habla de una avería corriente del automóvil y, en resumen, aprendiendo a despreciar, a someterse y a temer a la vida.
     Cuando trababa conversación con la gente, le preocupaba ante todo mostrarse gran entendedor de los temas que interesaban al otro aunque estuviera hablando con un doctor haciendo de los chabacanos y trillados tópicos que manejaba su última y más honda verdad pues era humillando como se ensalzaba. Si los que vieron cómo este hombre agraviaba sus corazones tornando en un asunto corriente y banal el afán de sus vidas hubieran sabido que la razón por la que cometía semejante crueldad era aquel orgullo diminuto que alojaba su pecho, sin duda, cambiando de sentido la frase de Rojo y Negro, habrían podido decir:
     -¿Solo por eso?
     Una de las muchas cosas de las que se envanecía era ser amigo del cura y un día, hablando de la limpieza de la Iglesia, le recomendó un abrillantador de metales muy potente con el que estaba absurdamente obsesionado. El cura le dijo que lo probaría y no se volvió a mencionar el asunto. Al poco, sentados los dos junto a otros hombres del pueblo, estaban todos inmersos en una apacible charla cuando, de pronto, el cura, intentando hablar del misterio de la transustanciación, dijo lleno de arrobo:
     -Si nos paramos a mirarlo, el cáliz tiene tal brillo y esplendor...
     El funcionario, que en ningún momento cayó en la cuenta de que el cura aludía a algo verdaderamente trascendente y superior, no tardó ni un segundo en replicar:
     -Eso es que lo ha frotado con el abrillantador que le dije, ¿a que sí?

martes, 9 de diciembre de 2014

La visita de Estado

A mi amada

     El Ilustrísimo Señor Presidente hizo a nuestros vecinos el inmerecido honor de una visita de Estado que ha sido objeto de un deshonroso agravio jamás visto antes en la historia de la infamia humana, lo pondré en conocimiento de Vuestra Alteza en el documento presente para que sea Su Majestad quien delibere cuál ha de ser la postura de los partidos mayoritarios antes de que se vean obligados a declarar ante el populacho. El magnánimo Señor Presidente me ha cedido a mí, su secretario, el honor de contarle a Su Alteza los acontecimientos porque, como varias veces me ha hecho ya saber, es muy de su agrado la gracia con que narro los acaecimientos y sucesos que ha conocido de mi humildemente docta boca y, por otra parte, él tiene un bochorno tal que no se siente capaz de hablar del tema con la debida serenidad hasta tal punto que está pensando incluso en pedir consulta a un famoso psicoanalista.
     Entrando en materia, Majestad, sepa que estando de francachela nuestro presidente con el de nuestros deplorables y ordinarios vecinos, vio cómo este le miraba sonriendo de medio lado con aire pícaro y le escuchó entonces decir:
     -¿Qué te parecería si te envío esta noche a tus aposentos un bocado de cardenal?
     -¿Un bocado de cardenal? -dijo estremecido de gozo nuestro presidente porque, entenderá Su Majestad, a nadie le amarga un dulce y menos cuando uno está animadillo y saliéndole casi el vino por las orejas porque aquel villano anarquista no paraba de llenarle la copa y él, por urbanidad y hombría y también, hemos de reconocerlo, porque le gusta, bebía y bebía.
     El presidente, muy contento e ilusionado, fue a su habitación tras la juerga y no esperó ni diez minutos hasta que apareció la exquisitez prometida por aquel malvado y le pareció tan de su gusto que casi la asfixia con el ardor y la abundancia de sus abrazos y besos. Lo terrible del caso, Majestad, es que, cuando el telón subió, no apareció una guitarra sino un larguísimo clarinete causando tal suspensión y aturdimiento en el presidente que poco faltó para el infarto. Nada le pareció más urgente en ese momento que sacar del bolsillo su rosario y, lleno de devoción, rezar catorce padrenuestros y avemarías con lo que consiguió que la falsa dama se marchara despechada.
     Al día siguiente, en el discurso ante los representantes de aquella vulgar nación, mientras hacía orgullosa relación de sus logros políticos y se alababa por su triunfante carrera de estadista comprobó con indignación que se le recibía con risas y descarados gestos de burla, lo que le hizo sospechar que su presidente les había puesto al corriente de la pesada broma que le había hecho soportar.
     De muy mal humor, entró en el avión particular para emprender el regreso a nuestro país y, una vez que despegó, repasando los periódicos del lugar para comprobar el efecto que su honrosa personalidad les había causado a aquellas gentes, su aliento quedó como clavado a un bloque de plomo cuando, en la primera página de uno de los más importantes y leídos, aparecía una foto que le mostraba sujetándose a las dos montañas que el susodicho dueño del clarinete le ofrecía sin que él llegara a explicarse de qué ladina manera había sido tomada. Leyendo el artículo, envuelto en sudores y tembloroso, su amargura aumentó puesto que la compañía que excitaba en la foto su lubricidad era nada menos que el travesti más admirado por los gays del país.
     Majestad, ¿cree Vuestra Alteza necesario iniciar una guerra santa? ¿Tendrán que sacrificar las vidas nuestros jóvenes en una contienda para demostrar su virilidad? ¿Cómo piensa que debe nuestra nación recuperar el honor perdido tan aparatosamente? Ahora la imagen de nuestro país es la de una opereta, cuando deis el discurso navideño, tan sobrio, tan responsable, tan cabal como Vuestra Majestad sabe darlo ante toda la nación, la chusma creerá que está viendo El imperio contraataca o The Matrix y caerá en el más sórdido libertinaje.
     Confiamos en su lucidez y su inteligencia para sacarnos de este laberinto, es la hora de demostrar nuestra energía, somos el sostén de las masas.

     Saluda a Vuestra Alteza
     El secretario.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Emoción

A Susana Escarabajal Magaña

     Ya no veía fútbol por televisión. Se había quedado sin amigos porque, acabados los estudios, había perdido el contacto con ellos y ya no podía desahogarse mostrando su indignación ante otro ser humano por las malas jugadas o conviniendo con él en que el árbitro era malo, tampoco podía vocear los goles porque no tenía a nadie al que animar con sus gritos, ni chocar su palma contra otra mano si el enemigo fallaba un penalty, ni hacer la ola, ni organizar porras, ni hacerse fotos sujetando entre dos una pancarta, todo eso ya era imposible y el fútbol dejó de interesarle. Tenía la mala suerte de no aprobar las oposiciones ningún año y pasaba su vida en casa de sus padres, sin siquiera una novia porque tan poco interesante se creía que temía molestar si se acercaba a una mujer. Su madre, viéndolo profundamente triste la mayor parte del tiempo, le decía que alegrara su espíritu, que la vida era maravillosa, que estaba en sus mejores años, que escuchara música para animarse y que se olvidara de los problemas que tuviera pero había escuchado ya mil veces todos sus discos y, aunque su edad fuera tan buena, poca euforia le hacía tener porque tan desamparado se sentía que temía una muerte prematura.
     Su vida era tan gris que hubiera acabado en la más honda depresión de no ser porque la esperanza le daba ánimos y confiaba en que algún día le pasaría algo especial que transformara radicalmente su existencia. Una tarde de verano, dando un paseo por el campo, vio aterrizar delante de él un enorme objeto en forma de lenteja que descendió del cielo. Sin que se abriera puerta alguna, vio salir una multitud de seres de aspecto extremadamente insólito pero enormemente ágiles que le rodearon y lo arrastraron hacia el interior del artefacto. Al entrar, le pareció que había aumentado inmensamente el tamaño del objeto, paradójicamente, era mucho más grande el interior que el exterior. No había máquina alguna, tan solo un paraje natural inmenso con objetos que parecían plantas y otros seres de muy variadas formas que se movían en su espacio. Los seres que lo tenían sujeto lo condujeron hasta un pequeño lago, al poco, surgió de él algo que parecía una calabaza, le hicieron entrar en ella y se volvió a sumergir. Cuando, junto a los seres que le conducían, salió de la calabaza, se encontró en un edificio de altísimo techo, los extraños seres lo metieron en una de las estancias de aquella construcción y, sorprendido, comprobó que la ocupaba una mujer joven desnuda, que estaba sentada sobre un lecho. Los seres salieron y le dejaron solo con ella, ella se aproximó a él, atrajo hacia ella su cabeza y lo besó en la boca. Él le preguntó quien era, ella no dijo más que una palabra, la única que le oyó pronunciar en todo el tiempo que estuvo a su lado:
     -Diosa.
     Con aquel insólito y bello ser, tuvo la primera experiencia sexual de su vida, tras ella cayó en un pesado sopor y, cuando despertó, estaba en el campo otra vez. Volvió a su casa emocionado y les contó a sus padres lo que le había pasado omitiendo por pudor la parte del encuentro con la dama. Ellos, lógicamente, pensaron que su hijo había perdido el juicio y se pusieron muy tristes. Escribió excitadísimo esa noche correos a varios medios de comunicación donde les narraba su sobrenatural incidente. Pero, pasados varios días, solo le respondió una televisión que quería que fuera a contar su experiencia a un reality show. Él se sintió emocionado ante aquella oportunidad de compartir con el mundo entero su encuentro con una realidad inédita y asombrosa pero, mientras participaba en aquel programa, sintió una gran decepción ya que el presentador mostró en sus preguntas una notoria falta de imaginación pues le interrogaba sobre cosas tan prosaicas como la hora exacta del día en que aterrizó el artefacto o la forma concreta que tenía este y la manera en que se movía en el aire y ninguna emoción le parecía inspirar la idea de que existía otro mundo, intrigante y fascinante. Por otra parte, entre el público, se escuchó más de una risa y, al final, se aplaudió sin convicción, mucho más tibiamente que al cantante que actuó después, que era de los más famosos.
     Volvió a sus estudios de las oposiciones y volvió a suspender. Muy pocas personas con las que se encontraba le preguntaban sobre lo que le ocurrió, tenían demasiadas preocupaciones como para interesarse por los otros mundos, preferían la política o el deporte o el tiempo como temas de conversación. Tan decepcionado se sentía, tan fracasado en su misión, tan impotente, tan aburrido y desolado que llegó a dudar de que lo que había vivido tuviera de verdad relevancia y pensó que ser testigo de tan sensacional suceso no le hacía más interesante ni le sacaba del tedio en el que había transcurrido el resto de su vida. Se deprimió tanto que un día se derrumbó y se echó a llorar sentado en su cama pero, cuando levantó la cabeza vio una rosa y un papel en la mesita de noche que no estaban cuando la había agachado, había unas letras en aquel papel, no más que las que componían una sola palabra: Diosa...

martes, 25 de noviembre de 2014

El hombre que quería conocer

A Lluvia Rojo

     Desde muy niño, una desmedida curiosidad le hacía internarse por los caminos del estudio y la observación. Quería saber cómo funcionaba el mundo, qué lo movía, para qué servía cada cosa que había en él. Cuando se hizo adulto, su ansia de conocimiento continuó agitando su interior. Llenó su vida con las revelaciones de las ciencias más dispares, su afán permanente era aprender algo nuevo.
     Pero, de pronto, se sintió insatisfecho, notó que, en su existencia, faltaba algo, no sabía qué. Un día, en el supermercado, se fijó en la cajera y le pareció tan agradable su aspecto que sintió una extraña añoranza de una pareja. Al cabo de unos pocos meses, la halló y tanto se enamoró de ella que creyó que nunca hasta entonces había amado de verdad. A medida que iban pasando los meses, iba queriendo a su amada más profundamente y si, al principio de su relación, aún creía poder explicarse lo que le estaba ocurriendo, ahora ya no tenía manera de describirlo porque, tal y como él lo veía, el amor era lo más inútil que había conocido en el mundo y, sin embargo, su corazón le decía que no había nada más imprescindible en la vida.
     Al final, se casó y, para hacer espacio en casa a su esposa, se deshizo de cientos de sus libros. Mientras hacía escrutinio de los volúmenes para decidir con cuáles se quedaba y cuáles regalaba o tiraba, se decía una y otra vez que no dejaba de ser irónico que, después de pasarse una vida preocupado por las causas de todo, descubriera que las cosas más importantes del mundo no tienen ninguna y que son importantes precisamente por eso.

sábado, 22 de noviembre de 2014

La lección de un hijo

A mi amada

     -El bien es sacrificar la felicidad en favor de nuestros semejantes, el malvado es el que no reprime sus impulsos naturales para acatar las normas y cumplir con sus obligaciones -dijo mientras engullía un filete un director de banco a su hijo adolescente cuando este le preguntó cómo podría definirse el bien.
     -¿Y el bien es cosa de los inteligentes o de los tontos? -preguntó el chico.
     -Bueno, pues más bien de los tontos porque los inteligentes buscan sobre todo su provecho y además son más capaces de burlar las normas -respondió el padre.
     -¿Y hay que tener sentimientos o ser frío para ser completamente bondadoso? -preguntó el muchacho.
     -Preferiblemente ser frío porque, si eres muy apasionado, no puedes dominarte -respondió el padre.
     -Entonces, ¿las personas más inteligentes y más vivas interiormente son las más malvadas? -preguntó el adolescente.
     -Hijo, así dicho... Digamos que son las que más en peligro están de caer en la maldad -respondió el padre.
     -¿Es que el bien no tiene lógica alguna ni lo desean las personas por instinto? -preguntó el hijo.
     -No, no hay razón alguna por la que un ser humano quiera hacer el bien a otro, son tan solo las normas de convivencia las que lo exigen -respondió el padre.
     -¿Por qué te casaste con mamá entonces? -preguntó el hijo.
     -Hijo, eso son cosas del instinto reproductivo, que nos hacen buscar a un compañero del sexo opuesto -respondió el padre que ya estaba terminándose el filete que le había preparado su esposa.
     -¿Te casaste para reproducirte? ¿Como los conejos? -dijo el adolescente con cierto desdén.
     -La cultura hace de la reproducción algo muy complejo que no se parece en nada a lo de los conejos -respondió el padre-. Precisamente por las normas sociales existe la cultura.
     -¿De modo que te casaste con mamá para reproducirte y porque te obligaba la sociedad? -preguntó perplejo el inteligente adolescente.
     -Hijo, dicho así, es un simplismo, todo es mucho más complejo -respondió agobiado el padre.
     -Me has intentado aclarar lo que es el bien pero, si no encuentras razones para querer hacérselo a nadie -dijo el perspicaz adolescente-, no deberías presumir de inteligencia y, además, mamá se va a enfadar mucho.

martes, 18 de noviembre de 2014

El perfecto

A mi amada

     Un hombre no dio en su vida más besos que los que le obligaron a dar de niño y, cuando ya estaba muy anciano, pasó revista a su vida, lo encontró todo correcto y se murió.

lunes, 17 de noviembre de 2014

Seis relatos con diálogo chocante (VI)

A mi amada

     -Quiero que las multitudes me aclamen.
     -Si te aclaman las multitudes, no lo harás perfecto.
     -Pues quiero hacerlo perfecto.
     -Si lo haces perfecto, no serás el mejor.
     -Entonces, quiero ser el mejor.
     -Si eres el mejor, no eres tú.
     -Quiero ser yo, en ese caso.
     -Eso no es necesario que te lo propongas.

Seis relatos con diálogo chocante (V)

A Susana Escarabajal Magaña

     -En mi país, las personas toman té todas las tardes.
     -¡Qué curioso! ¿Y, si una tarde alguien no lo toma, cómo hacéis para que vuelva a ser persona?

Seis relatos con diálogo chocante (IV)

A Txaro Cárdenas

     En una consulta de un dentista, un niño se acercó a un desconocido y comenzó a pellizcarle la mejilla.
     -Ismael, no molestes a ese hombre -le dijo su madre al ver lo que hacía.
     Y el niño, tras volverse a ella y mostrar en su rostro las señales de la perplejidad y el desacuerdo más hondos, dijo con toda la aspereza que cabía en su pequeño cuerpo como escandalizado por un abuso:
     -¿Ya estamos otra vez...?

Seis relatos con diálogo chocante (III)

A Sophia Soñadora

     -¿De qué nacionalidad es?
     -Mi patria es Rusia, doctor, país de hombres muy fuertes.
     -Su enfermedad es mortal e incurable, perdone que se lo diga así tan de repente. Le quedan pocos meses de vida. Tómeselo con filosofía, quizá le gustaría regresar al lugar donde nació...
     El enfermo ruso, tras un breve lapso de silencio en el que se mantuvo imperturbable, dijo:
     -¿Por qué lo dice, lo ha visitado usted?

domingo, 16 de noviembre de 2014

Seis relatos con diálogo chocante (II)

A Virginia Alva Nájera

     -¿Qué necesito para ser el hombre perfecto? -preguntó un joven ambicioso a un político en una fiesta.
     -Hipocresía -le respondió el político.

Seis relatos con diálogo chocante (I)

A Elisa Mar de Sosa

     -Me encantaría ser un hombre liberado y hacer solo lo que quisiera -dijo alguien a su amigo.
     -Pues adelante, ¿qué te lo impide? -le dijo el amigo.
     -No sé, es que no me gusta nada lo que hacen los hombres liberados -respondió él.

sábado, 15 de noviembre de 2014

Ansias de grandeza

A Vicky Rodríguez

     -Federico, guárdame el secreto pero he leído Genealogía de la moral de Nietzsche y me he transformado del todo espiritualmente, ahora me siento liberado y lleno de arrogancia y con unas ansias tremendas de subyugar pueblos y humillar débiles -dijo un joven a su amigo sentado con él en un parque.
     -No hay problema, colega -respondió el amigo-, te pasaré un par de videojuegos.

martes, 11 de noviembre de 2014

El viaje

A mi amada

     -¿Falta mucho para llegar? -dijo un adolescente sin levantar la mirada del aparato electrónico con el que se entretenía.
     -¿Cuántas veces me lo vas a preguntar? -respondió su padre, que conducía el automóvil a velocidad moderada-. Te aseguro que llegamos, no te preocupes, disfruta del paisaje y no te sentirás tan agobiado.
     -El paisaje es normal y no me interesa -respondió el adolescente-, además, no puedo mirar por la ventanilla, mi videojuego requiere mucha concentración.
     -Cuando lleguemos, te vas a arrepentir de no haber mirado, es lo mejor de este viaje, mirar por la ventanilla -dijo el padre.
     -Para mí, no -dijo el adolescente-, yo solo quiero llegar.
     -¿Y qué crees que vas a hacer cuando llegues? -dijo el padre desdeñosamente-. Seguro que seguir jugando a tus videojuegos. ¿Qué diferencia hay entonces entre llegar y estar de camino?
     -Cuando lleguemos, podré jugar más cómodo en el PC de casa -respondió el muchacho.
     -¿Y qué tienen de bueno esos juegos tan absurdos? -preguntó enfadado el padre.
     -Mientras los juego, nada pero, cuando termino con una victoria, la satisfacción es bestial -respondió el adolescente.
     -¿Y cuántas veces al día ganas? -preguntó su padre.
     -Papá, que no entiendes -dijo el muchacho-, estos juegos son muy complicados, es muy difícil ganar. En un año, es posible que pase dos o tres veces nada más.
     -Estás obsesionado, ¿no te preocupan otras cosas? -dijo el padre-. Lo que vas a hacer en la vida, por ejemplo.
     -Pues lo mismo que tú, papá -dijo el adolescente-, prepararme una buena jubilación...

domingo, 9 de noviembre de 2014

La afrenta

A Sheila Uribarri

     Las lágrimas resbalaban por el rostro de un niño que iba en el asiento de atrás de un automóvil que conducía su padre, se sentía humillado porque, en casa de sus tíos, de la que acababan de salir, sus primos le habían escarnecido sin piedad alguna. Miraba el cielo de la noche por la ventanilla y su fantasía le hizo anhelar ser astronauta para alcanzar las estrellas y lavar con su heroísmo la afrenta de sus primos. Las estrellas estaban demasiado lejos había oído decir, no era posible alcanzarlas con un cohete pero cerró los ojos y descubrió que las tenía todas dentro.

viernes, 7 de noviembre de 2014

El fallo

A Isabel Cosin

     -Señores, a mí no me ha gustado ninguno de los concursantes -dijo un crítico en el tribunal donde se iba a decidir un premio de poesía-, no he leído más que cursiladas, todo sensiblería barata, no hay un solo aspirante con el espíritu disciplinado y sensato, son todos tan bobos que se limitan a hablar de sentimientos y estupideces por el estilo. Propongo que se declare desierto el premio.
     Pero uno de los miembros del tribunal, dijo entonces, lleno de espíritu de ecuanimidad:
     -No, hombre, vamos a ser educados y que se lo lleve el menos malo, a mí me ha gustado mucho la obra de Vital.
     -¿Vital? -dijeron los otros-. No participa ningún Vital.
     -Sí, lo tengo aquí -dijo aquel miembro perplejo por lo que los otros decían rebuscando entre los manuscritos; cuando al fin encontró lo que buscaba, lo mostró ante todos.
     -No, Sebastián -dijo alguien cuando lo vio-, esto no entra en el concurso, es un folleto de propaganda de una clínica dental.

martes, 4 de noviembre de 2014

El antropólogo enfermo

A mi amada

     Desde que comenzó a ser víctima de la enfermedad mental, sus estudios antropológicos habían caído en desprestigio, los círculos científicos mostraban su renuencia a admitir la autoridad de sus nuevos libros, sus opiniones ya no valían porque se le consideraba un estudioso capaz de dejarse influir por las emociones como si, para decir qué es un hombre, se tuviera que carecer de alma.

jueves, 30 de octubre de 2014

Sorpresa

A mi amada

     Al llegar al más allá, un difunto se topó con la puerta del infierno y, escandalizado, dijo a los guardias que había allí:
     -¡Pero cómo puede ser esto! ¿Cómo me destinan a este lugar a mí, que soy el mejor de los hombres? ¡Esto es un ultraje, una injusticia, un atropello al ciudadano!
     Uno de los guardias, cuyos labios dejaban al descubierto los puntiagudos colmillos de su mandíbula inferior, dijo con tono firme:
     -Nada de atropello, señor, usted está aquí por haber hecho un pacto con el Diablo.
     El hombre sonrió de medio lado y, como fingiendo que se relajaba de repente por la gracia que le hacía aquello, dijo:
     -¡Un pacto con el Diablo! Amigos míos, me temo que ha habido un error, yo no he visto en mi vida al Diablo, ni he firmado ningún documento suyo, ni tengo nada que ver con él. Yo soy, para que ustedes lo sepan, una persona ejemplar, excelente, siempre mostrando el mejor rostro a todo el mundo, siempre respetando y haciendo respetar las normas de urbanidad, he ido a la Iglesia cada vez que había que ir aunque no tuviera ganas, jamás he hecho nada que pudiera perturbar la tranquilidad de mis buenos vecinos, he educado con rigor a mis hijos apremiándoles a cumplir con sus obligaciones y, para que ustedes lo sepan, confesé antes de morir y tomé la comunión. Me han confundido con otro, soy todo lo contrario de un individuo que se entretenga en hacer pactos con el Diablo.
     El guardia, cuando el difunto acabó su perorata, explicó:
     -Un pacto con el Diablo es cambiar el alma por fama, dinero, buena vida, respeto, prestigio y protección y eso es lo que usted ha hecho, no le ha vendido el alma al Diablo sino a la sociedad pero ¿qué diferencia hay?

miércoles, 29 de octubre de 2014

Una opción posible

A Susana Escarabajal Magaña

     -Tu hermano es una opción posible -dijo ella.
     -Es cierto -dijo él-, le va bien en su negocio, quizá quiera.
     -Pero, cuidado -dijo ella-, es una suma muy grande, tenemos que procurar no ser desagradables con él o no soltará la pasta.
     -Le pondremos el Lago de los Cisnes y que los niños se sienten en sus rodillas -dijo él.

domingo, 26 de octubre de 2014

Escuchando al corazón

A María Farres Cio

     Federico bebía los fines de semana. Los viernes por la noche se emborrachaba en el bar del Langostino, los sábados, en el mesón Casimiro y el domingo, en el hostal Ravioli. Era de profesión enterrador pero los clientes del Langostino sabían bien que su vocación frustrada era la de partero. Tenía una familia numerosa y los asiduos del Casimiro conocían de sobra su enloquecida fijación por la soledad y el silencio. Cojeaba de una pierna aunque los que le veían en el Ravioli no ignoraban su fantasía de desfilar impecablemente dentro de una marcha militar.
     El lunes temprano, perfectamente sereno, se encaminaba renqueando hacia el cementerio con los oídos zumbando por los gritos de la chiquillería de casa. Limpiaba de hierbajos las tumbas o podaba las plantas y las regaba y, luego, se sentaba a desayunar apoyado en una tumba y, escuchando, como tantas veces hacía, a su activo corazón, soñaba con pasar los fines de semana en la campiña con los niños y su esposa, sin tener que beber una sola gota de alcohol ni sentir un ápice de amargura por ser el enterrador de su pueblo.

viernes, 24 de octubre de 2014

Seis relatos sobre la afinidad afectiva (VI)

A mi amada

     En las tierras del duque, había crecido un muchacho, hijo de unos humildes labriegos del noble pero de un espíritu, por naturaleza, tan inquieto y sediento de lo más elevado que sufría inmensamente por la ignorancia a que le condenaba su condición de siervo. Cuando aparecía en la aldea un juglar, escuchaba con atención sus poemas y su imaginación volaba dejándose embriagar por la belleza inmaterial de lo que oía y trayéndole presagios de un destino sublime para su existencia sin que alcanzara a vislumbrar con claridad qué era en concreto lo que debía esperar para su vida.
     Cuando tuvo dieciséis años, vio pasar a caballo a la hija de los duques. La visión de su delicada y perfecta belleza le dejó un recuerdo de ternura y devoción profunda y desinteresada y anheló el amor de la muchacha en la más loca de sus ensoñaciones hasta aquel momento. Cuando la vio en la iglesia el día del Corpus, su corazón se inflamó y, concibiendo una demencial esperanza, se enamoró todavía más; al salir, el duque dio a su hija una bolsa de monedas para que las arrojara a la muchedumbre, cuando ella lo hizo mostrando una gran vergüenza, todos se lanzaron a hacerse con la mayor parte posible menos él, que prefirió seguir erguido contemplando a la muchacha y empapándose de su asombrosa hermosura. Ella se dio cuenta y también comenzó a sentir interés hacia él. Un día, paseando con su caballo, la hija del duque volvió a encontrarse con el muchacho y detuvo su montura. Le preguntó cómo se llamaba y qué cosas hacía. El le dijo su nombre y dijo que trabajaba en el campo pero que también componía versos de memoria. Ella le pidió que le dijera algunos. Él recitó un pequeño poema. Cuando acabó, la muchacha le dijo:
     -No están mal tus versos pero demuestran a las claras tu ignorancia, yo vendré cada día a esta hora a enseñarte gramática y las gestas del pasado para que puedas componer mejor tus poemas.
     Al oír aquellas palabras de la muchacha, sintió que las puertas de una horrible prisión se le abrían de pronto y salía su alma a un horizonte de esperanza infinito. Toda esa tarde, sintió en su pecho el calor de la felicidad y creyó que había traspasado la frontera del Paraíso. Al día siguiente, llegó la muchacha en su cabalgadura y se sentó junto a él en una piedra. Le mostró un libro con dibujos policromados muy hermosos y comenzó a instruirle tan audazmente que, sin esfuerzo alguno, podía él comprenderlo todo.
     Los días fueron pasando y, si al principio estaba profundamente enamorado de ella, ahora la quería desmedidamente, con el afecto que se le tiene al ser que más cerca está del corazón. Un día ella llegó dispuesta a comenzar una nueva lección pero él le dijo que había compuesto un poema para ella. Ella le pidió que lo cantara y tan hermoso le pareció a la muchacha que le abrió su corazón definitivamente y le prometió que sería su esposa.
     La muchacha confesó ingenuamente al duque su propósito y él, que era un ser insensible, autoritario y tan pegado a lo material como el campesino más resignado, la recluyó en una celda de su castillo y le prohibió salir en adelante. Ella, tan enamorada como el muchacho, lloró desesperadamente, tanto que uno de los siervos, un anciano bondadoso, que conocía todo lo que ocurría fue en busca del muchacho y, tras introducirlo ocultamente en la celda que habitaba la hija del duque, los vigiló mientras se manifestaban el uno al otro el fuego de su afecto con la intención de volver a sacar al muchacho del castillo cuando la muchacha hubiera aliviado su pena y su deseo. Pero lo que hizo la muchacha después de deshacerse en besos con el muchacho fue pedirle al anciano siervo que los acompañara a los dos en una huida fuera de las tierras del duque. Ella llevaría un cofre de monedas de oro con el que podrían subsistir holgadamente y, cuando se acabaran las monedas, se ganarían la vida con el oficio de juglar.
     El muchacho vio aquella perspectiva como la realización colmada de sus más anhelados sueños, el anciano, que era leal a la muchacha, accedió y los tres emprendieron una evasión inacabable de las servidumbres del lodo, dulces para las almas dormidas pero fatigosas para los espíritus delicados.

lunes, 20 de octubre de 2014

Seis relatos sobre la afinidad afectiva (V)

A mi amada

     Helena y Fernando quedaron en tablas pero un amigo de la pareja que estaba observándolos y no era en exceso inteligente, hablando luego con Fernando, que era con quien más confianza tenía, le dijo:
     -Fernando, creía que estabais de broma pero no habéis soltado ni una sola risa y ni siquiera os he visto sonreír durante la partida lo que me hace pensar que estabais jugando en serio pero te aviso por si alguna vez juegas al ajedrez con otras personas que ni tú ni tu esposa sabéis jugar bien. La forma en que las piezas se tienen que mover en el tablero está sujeta a unas normas rígidas que no se pueden violar en ningún caso y, a ti y a tu mujer, os he visto equivocaros sin parar. Tú, a veces, movías la torre en diagonal y el alfil perpendicularmente y el rey lo pasabas por encima de tus propias piezas. Ella movía, a veces, más de una pieza cuando le tocaba el turno y las movía como bien le parecía a su libre fantasía. Así no se juega al ajedrez, Fernando, tenéis que aprender...
     Fernando respiró hondo y dijo:
     -Sabemos perfectamente jugar al ajedrez, Pepe, pero, entre nosotros, no nos exigimos respetar las normas porque nos queremos demasiado y lo único que nos preocupa es que el uno esté lo más a gusto posible al lado del otro. El ajedrez bien jugado es un juego que nos aburre y jamás lo jugamos pero, con el que jugamos nosotros, nos lo pasamos genial.

domingo, 19 de octubre de 2014

Seis relatos sobre la afinidad afectiva (IV)

A Txaro Cárdenas

     -Alfredo, ¿recuerdas que nos conocimos porque, a mi amiga Chelo, la volvía loca el policía que vigilaba junto a los puestos de la feria y me dejó sola para hablar con él?
     -Sí, y tú te fijaste en mí porque llevaba media camisa fuera de los pantalones, ¿por qué lo dices?
     -Porque me la he encontrado hoy en la calle, su vida ha dado un giro tremendo, ahora está obligada por ley a acatar las órdenes de su marido...

sábado, 18 de octubre de 2014

Seis relatos sobre la afinidad afectiva (III)

A mi amada

   Cuando llegó al lugar donde le habían dicho que se encontraría con el dirigente de la ONG, vio que había un hombre rubio al lado de una mujer bellísima, morena y de tierna mirada. Se precipitó a saludar primero al hombre creyendo que era el dirigente pero este dijo prestamente:
     -Soy el traductor.
     Entonces, le dio la mano a la mujer con una gran sonrisa que ella secundó y se sentaron los tres.
     La mujer abrió el diálogo diciendo en francés que su organización necesitaba cierta cantidad de dinero para unos objetivos que iba a enumerarle a continuación. El traductor tradujo y él, antes de que ella prosiguiera, dijo:
     -Dile que no es necesario que los enumere, se le concede su petición.
     El traductor, con un perfecto acento y una entonación exquisita, le transmitió a la chica lo que él había dicho. Ella mostró su gran regocijo y dijo que la organización se lo agradecía infinitamente. El traductor lo tradujo palabra por palabra pero él dijo con cierta tristeza:
     -Dile que mi empresa valora grandemente la labor de su organización.
     El traductor tradujo correcta y puntualmente. Ella, con una mirada melancólica, respondió que se alegraba inmensamente de que eso fuera así porque su organización necesitaba del reconocimiento de las personas influyentes como él para llevar adelante su cometido. El traductor lo tradujo sin faltar una palabra, muy convencido de que estaba facilitando mucho la comunicación entre aquellas dos personas. Pero él dijo entonces con un temblor ligero en la voz:
     -Dile que, a nuestra empresa, le enorgullece enormemente participar en esa labor y es interés prioritario contribuir a las causas humanitarias.
     Ella se puso muy triste para decir que sus palabras la llenaban de alegría y que se las transmitiría entusiasmada a su presidente. Cuando el traductor, muy confiado en su propia eficiencia, tradujo el mensaje, él, mostrando un gesto de preocupación en el rostro, dijo:
     -Dile que le salude de mi parte y le exprese mi afecto y simpatía.
     El traductor, que se sentía sublime en aquel instante, empleó para la traducción, una expresión cultísima que había leído en un clásico de la literatura francesa. Ella parecía completamente abatida cuando respondió que así lo haría y que él se alegraría mucho porque era un hombre muy cálido. El traductor, antes de traducir, carraspeó y, sacando de su mente las palabras más elegantes y cultas, tradujo el mensaje. Pero él le dijo entonces al traductor:
     -Muchas gracias, señor traductor, ha hecho un buen trabajo, ¿le importaría dejarme ahora solo con la señorita?
     El traductor se levantó de su asiento para marcharse fuera de la habitación. La chica hizo también ademán de levantarse pero él lo impidió con un gesto y un no. Ella estaba mirando al suelo cuando él le asió la mano y, acariciándola, le dijo sin más, haciendo memoria de sus conocimientos de francés del colegio:
     -Je vous aime.

viernes, 17 de octubre de 2014

Seis relatos sobre la afinidad afectiva (II)

A Susana Escarabajal Magaña

     Había tenido dos novias hasta aquel momento. La primera fue una chica muy religiosa, ultracatólica y ultraconservadora. Quería infundirle respeto y sumisión hacia todos los seres que ella imaginaba que estaban por encima de ella y menosprecio y desdén por los que quedaban más abajo. Le decía que lo amaba mucho, tanto como a ella misma porque así se lo ordenaba Dios pero a Dios lo quería mucho más porque Dios era todo perfección y amor y él, en cambio, era algo feo y algo tonto y algo aburrido y algo cobarde y, añadía, no se lo decía en modo alguno como ofensa sino que era un producto de sus piadosas meditaciones. Él intentó con todo su ahínco sentirse cómodo en el papel de hombre algo feo, algo tonto, algo aburrido y algo cobarde que ama como a sí mismo a una mujer tan fea, tonta, aburrida y cobarde como él porque Dios se lo imponía por fuerza pero, a medida que pasaban los meses de noviazgo, se le iba poniendo la cara más larga e iban aumentando los sentimientos y emociones que tenía que dejar sin expresar. Aun en medio del campo, se sentía como en una prisión y, si llevaba de la mano a su novia, le parecía como si estuviera agarrando el pomo de la puerta de un armario o unas tijeras de podar. La vida parecía haberse quedado sin ilusiones porque no las consentía Dios ni la patria y, un día, cuando una manifestación de extrema izquierda los rodeó a ambos, él, despertando al rencor y a la rebeldía, soltó la mano de ella sin pensárselo dos veces y, sumado a la protesta, se fue alejando de ella poco a poco hasta que la perdió de vista para siempre.
     Allí encontró a su segunda novia. Era una mujer hombruna y ruda que le agarraba la entrepierna lo mismo para mostrarle afecto que para intimidarlo. Ella decía que, por encima de las personas, estaban las consignas del partido y que la felicidad era un abuso capitalista. Cuando él se sentía triste y quería hablarle de sus problemas ella se reía a carcajada limpia y le daba cachetes en la mejilla diciéndole que estaba loco y que se cogiera una cogorza y la dejara en paz. Pudo aguantar con ella tres meses pero cuando, por capricho de su mente atormentada, empezó a ver en su rostro cierto parecido con el de Lenin de tal manera que, cuando iba a besarla, le parecía estar besando al padre de la Unión Soviética, decidió romper la relación. Ella, fuera del sopapo que le soltó, se quedó tan tranquila.
     Sus experiencias le habían desengañado bastante. Él solo quería estar a gusto al lado de otro ser humano, a solas con él, con su corazón desnudo, sin tener que ocultarle nada de lo que sintiera porque no entrara en sus esquemas lógicos, se imaginaba que el verdadero amor tenía que ser como florecer ante una rosa, mostrar, ante la hermosura del otro, lo más escondido de sus entrañas sin que este encontrara tampoco nada feo en él. Quería sentirse perfecto, digno, importante y, sobre todo, libre al lado de él, no quería casarse con la humanidad, ni con Dios, ni con la patria, ni con ningún interés sino con un alma que le dejara ser él aunque ser él no sirviera para nada.
     Pero tan harto estaba de reprimir sus sentimientos que no esperó a encontrar esa mujer ideal para manifestarlos. Sin pudor alguno, comenzó a mostrar sus emociones más sinceras a cualquier persona con la que se tropezaba en la vida. Les expresaba con decisión sus deseos, sus carencias, sus penas, sus angustias e ilusiones. Protestaba como un niño, demandaba y hacía reproches sin temor a ser tomado por loco o inmaduro. Si se hubiera comportado de acuerdo a las normas sociales, habría vuelto a encontrar una mujer sin corazón pero, al hacerse transparente como el agua de un arroyo claro, una chica cuya alma era todo luz como la de un ángel le mostró la flor de su pecho y él la reconoció como la hermana de la suya.

jueves, 16 de octubre de 2014

Seis relatos sobre la afinidad afectiva (I)

A mi amada

     Todo el trayecto hacia la casa de su futuro suegro el día de la boda lo hizo sufriendo. Le llevaba como dote una burra que no paraba de hacer locuras. Era el mejor de los animales que tenía, de muy buena casta y apariencia pero él quería caminar a un ritmo uniforme y tranquilo mientras que la burra tan pronto se paraba como aceleraba el paso; además, lanzaba unos rebuznos que retumbaban en sus oídos y se rascaba sin cesar el costado con los dientes dando grandes tirones a la cuerda con la que la llevaba y poniéndole a punto de tropezar y caer cada vez; por añadidura, si le acariciaba el lomo, se encabritaba más aún como si lo que hubiera hecho fuera darle con una vara.
     Llegó a casa de su suegro con la camisa sudada y fatigado. Le dieron vino y comida y le presentaron a la novia. Cuando la vio, no observó en ella nada extraordinario y es que cuanto observaba en ella, en su apariencia, en sus gestos, en sus palabras, le parecía como si emanara de su propia hondura, como si se tratara del más íntimo y familiar de sus sueños, nada le sorprendía porque sentía que la recordaba al mismo tiempo que la conocía. Después de la ceremonia y el banquete, se despidió de la familia y, acompañado de su recién estrenada esposa, emprendió el viaje de vuelta a su casa.
     La ida fue un infierno pero la vuelta fue un paraíso. La burra le había hecho sufrir desmedidamente haciendo que el camino pareciera eterno pero la compañía de la chica era tan dulce que, si volvía a sentir que el camino era eterno, no era sino porque cada minuto a su lado era un gozo tan intenso que le abría las puertas del infinito. Sentir que, en el mundo real, había un reflejo tan exacto de su corazón le daba tanta felicidad que ahora se sentía un estafador porque pensaba que había conseguido un ángel al precio de una bestia.

miércoles, 15 de octubre de 2014

El cuento que no se aplaudió

A Pilar Cossio Barredo

     Desde niño, había tenido el sueño de escribir algo grande. Toda su vida lo había estado intentando con escasa fortuna pero ahora tenía cáncer y le quedaba muy poco tiempo para demostrar que era capaz de construir con palabras algo verdaderamente bello. Quizá no fuera extremadamente importante para él porque consideraba ya suficientemente justificada su vida al disfrutar del amor leal de una esposa a la que quería pero había ansiado tanto a lo largo de toda su existencia escribir esa obra maestra que no llegaba nunca que veía con amargura la posibilidad de morir sin haberlo conseguido. Gracias al impulso que a su parco talento le confirió la exacerbación de su anhelo ante la proximidad del final del plazo para cumplirlo, escribió al fin un cuento que, a su entender, excedía en calidad no solo a cuanto había escrito sino también a todo lo que había leído en su vida. Decidió mostrárselo a un sapientísimo profesor de Literatura que había conocido en sus correrías de escritor. El profesor le recibió en su despacho, le hizo sentar, tomó en sus manos el manuscrito y comenzó a leer. El autor aguardó expectante hasta que el profesor acabó la lectura. Creía que este le iba a dar su opinión pero se limitó a invitarle a una copa. Él pensó que no le había gustado el cuento y no consideró educado sonsacarle. Una vez en casa, le mostró el cuento a su esposa. Ella lo leyó y, al acabar, le dio un beso en la mejilla y se marchó a otra habitación para hacer algo pero sin comentarle nada acerca de aquel cuento. Tenía un amigo íntimo y fue a verlo para que leyera su obra. Él la leyó y, al acabar, no le dijo lo que le había parecido sino que se limitó a comentarle que había estado podando un árbol del jardín. El escritor, en la cima de su perplejidad, dijo entonces:
     -¿Es tan malo acaso el cuento que ni tú ni nadie que lo lee quiere decirme nada sobre él?
     -¿A qué cuento te refieres? ¿Has escrito un cuento? -preguntó el amigo.
     -¡El que acabas de leer! -dijo con impaciencia el escritor.
     -Yo estaba leyendo el periódico, te estás burlando de mí -dijo el amigo.
     El escritor se precipitó sobre la mesa a la que estaba sentado su amigo, recogió su manuscrito y salió corriendo a la calle. Abordó a un transeúnte le pasó su manuscrito y le pidió por favor que leyera en voz alta. El transeúnte le obedeció pero, en lugar de su cuento, parecía estar leyendo las clausulas de un depósito bancario a plazo fijo.
     Desesperado, volvió a su hogar y le preguntó a su esposa qué leía en el manuscrito. Ella respondió que era una bonita declaración de amor. Entonces, él comprendió que estaba muerto y en un lugar donde los deseos no se compartían.

domingo, 12 de octubre de 2014

Lo que ella era

A mi amada

     La abrazó y la besó muy tiernamente en la boca depositando en ese beso todo lo que aquella chica decía a su corazón, de manera que, por unos instantes, olvidó cuanto había a su alrededor y no percibía más que el apremiante anhelo de su interior. Después del beso, ella, sonriéndole, se despidió. Entonces, un amigo se acercó a él y le dijo mostrando regocijo y sorpresa:
     -¡Menuda novia has conseguido, Edu...!
     Él, al oírlo, tuvo unos instantes de confusión porque no se le había ocurrido pensar que ella fuera algo tan corriente como una novia pues lo que él había sentido que besaba era el Universo, la vida, la divinidad, la luz, la inmensidad, el infinito, el Paraíso, la libertad, la eternidad, la esperanza, la meta de todas sus ansias...

sábado, 11 de octubre de 2014

¿La condición humana?

A Txaro Cárdenas 

     El cadáver tenía que ser llevado al tanatorio y había que subirlo al coche. Un familiar le dijo a un muchacho que buscara gente de la que había en la casa para transportar el cadáver y también a alguien para que se quedara consolando a la viuda mientras hacían los preparativos en el tanatorio. El muchacho obedeció y, al cabo de unos instantes, aparecieron diez hombres fornidos. Cuando el familiar los vio dijo:
     -No hacen falta tantos para llevar el cadáver, con tres es suficiente.
     Pero el muchacho se acercó a él y le dijo al oído:
     -No, estos vienen todos a consolar a la viuda, para llevar el muerto aún no he encontrado ningún voluntario.

jueves, 9 de octubre de 2014

Veinte cuentos de siete palabras sobre la soledad

A mi amada

1.

     Alcanzó la felicidad quedándose solo por dentro.

2.

     Los vecinos lo aislaron porque era solitario.

3.

     Aumentaron sus amigos y su soledad simultáneamente.

4.

     Entró en el ejército para tener compañía.

5.

     Se sentía querido porque lo controlaban mucho.

6.

     La rodeaban los hombres porque era guapa.

7.

     Cuando todos callaron, escuchó a su corazón.

8.

     Lo dejaron solo pero no lo agradeció.

9.

     Imploró compañía llorando y consiguió amigos altaneros.

10.

     No conseguía novia porque le gustaban guapas.

11.

     Ocultaba los sentimientos porque era muy decente.

12.

     Era banquero, estaba casado con el dinero.

13.

     La residencia de ancianos proporcionaba amistades efímeras.

14.

     Para estar acompañado pero siendo libre, amó.

15.

     Una multitud lo acompañaba solo para usarlo.

16.

     Aplaudieron dos pero le sobró un aplaudidor. 

17.

     Se casó ocho veces porque nunca amó. 

18.

     Tenía amigos pero no se daba cuenta.

19.

     Tanto tiempo estuvo sola que aún lloraba.

20.

     Amistándose consigo mismo, venció a la soledad.

martes, 7 de octubre de 2014

El mejor regalo

A Susana Escarabajal Magaña

     Al final de la fiesta de cumpleaños de Pedro, cuando todos abandonaron la casa, su hermano le dijo:
     -¿Ves? Mucho hablar de que tu mejor amigo es Juan pero es el único que no te ha traído ningún regalo.
     Pero Pedro respondió:
     -No es cierto, ha sido el que me ha traído el mejor de todos.
     -Pues yo no lo he visto, ¿dónde está? -dijo su hermano.
     Pedro se llevó una mano al pecho y dijo:
     -Aquí...

lunes, 6 de octubre de 2014

Seis relatos sobre explosiones de indignación (VI)

A Pilar Cossio Barredo

     Un hombre que se odiaba por la insignificancia y el desapego que sentía debido a su condición de ser efímero hizo injerencia en la libertad de otro creyendo que, haciéndole sufrir y penetrando en su vida, combatía su propia soledad y pequeñez. El otro, al sentir lo que ese hombre estaba haciendo, sintió la lógica necesidad de demostrarle el mal que hacía. Lo primero que se le ocurrió, porque también estaba un poco obsesionado con la humillante muerte, fue responder al ataque con un ataque similar dándole al hombre un bastonazo en la cabeza porque, de improviso, se sentía sucio y sentía sucios a todos los hombres, cargados con la mancha de la corrupción y la desintegración, quería matarse porque era mortal pero, al no tener valor para hacerlo, ansió matarse en el otro. Pero este hombre estaba enamorado, amaba la hermosa alma de una mujer y, al recordarla, su corazón volvió de súbito a cargarse de amor y amándola a ella, recuperó su amor y lealtad por sí mismo. Se olvidó de las ansias autodestructivas que el sabor de la muerte le había traído y, ansioso de liberarse de tan lúgubres emanaciones, utilizó el lenguaje y dijo al hombre que le había manchado:
     -Soy un instrumento de tu felicidad pero solo si me manejo por mí mismo y soy mi propio juez; si me contaminas con tu muerte, agrandas el vacío que ella crea en el mundo y cada vez querrás que ocupe más espacio hasta que tu muerte sea la de todos si antes no has desaparecido de la Tierra. Te revelaré que el camino más placentero es el solitario porque es el más nuestro y que quien huye de su soledad y de su impotencia nunca encuentra el amor de verdad ni la verdadera fuerza porque estos se alimentan de aquellas.
     El otro hombre comprendió y se marchó verdaderamente arrepentido de lo que había hecho.

domingo, 5 de octubre de 2014

Seis relatos sobre explosiones de indignación (V)

A mi amada

     Diego quería mucho a sus padres y, por eso, no era capaz de poner en duda que ellos también le querían a él. Cuando faltaba una caricia o calor en unas palabras o atención para sus problemas, él esquivaba el golpe cargándose de espíritu responsable y mostrándose en extremo formal como dándose por enterado de que había que ser humilde en la vida y no pedir muestras de cariño a cada momento. Su apariencia tomaba la forma del niño maduro y obediente que siempre estaba cediendo parte de su dignidad y su identidad personal en favor de las de los mayores. Jamás tenía un reproche que hacer a una persona mayor lo suficientemente respetable, siempre la miraba con educación y gran condescendencia. No se daba cuenta de que su pantomima de niño extremadamente educado era un reproche inconsciente, había una gran carga de desdén en ella hacia el trato distante y frío de sus padres, no era amado lo suficiente como para ser un niño como los otros, capaz de actuar desinhibidamente y con naturalidad, tenía que apartarse respetuosamente y conceder que no era lo suficientemente digno como para merecer una atención demasiado intensa de nadie, parecía querer decir a todos: "No os preocupéis de darme cariño, soy tan inteligente que no me hace falta". La verdad de su vida estaba secuestrada por el miedo, si reconocía que sus padres no le amaban lo suficiente, su vida quedaría vacía, no tendría nada a lo que asirse espiritualmente.
     Aquella mañana, en el patio de recreo, saboreaba su bocadillo de atún sintiendo, rodeado de la multitud de niños vociferantes y alegres, nostalgia de su madre, que había tenido la suficiente dosis de cariño aquel día como para prepararle su desayuno favorito. Se encontraba inquieto, los otros niños le daban miedo, no jugaba mucho con ellos, no creía merecer su afecto, creía que le eran hostiles, que lo despreciaban, que indefectiblemente le querían mal. No sabía defenderse moralmente, cualquier burla o manifestación de odio de ellos le deprimía y perturbaba porque, en su vida, no era compensado por una mirada lo suficientemente indulgente y un trato lo suficientemente cálido. Se acordaba de su madre con dolor, como si se la hubieran arrancado aquella mañana del alma.
     Acabado su bocadillo, llegó al lugar en el que él estaba sentado otro niño que le dijo riendo alegremente:
     -Te has manchado el pantalón.
     Diego, completamente indignado, respondió:
     -¡Se lo voy a contar al director! ¡No tienes derecho a reírte de mí! ¡Soy el mejor de la clase! ¡El tonto lo serás tú!
     El otro niño cambió rápidamente de expresión facial para adoptar una circunspecta y de perplejidad; no entendía lo que le ocurría a Diego, él no había hecho nada para que se pusiera así.

sábado, 4 de octubre de 2014

Seis relatos sobre explosiones de indignación (IV)

A Mari Freire

     El rey recibió a los pintores más importantes del reino para hacerles honor. Uno de ellos era inseguro, necesitaba el apoyo de la opinión para valorarse como ser humano, en la opinión, veía el juicio más autorizado sobre su valía, temía tanto no ser juzgado por otro y especialmente por una figura de autoridad con la suficiente benevolencia que, a la más mínima sospecha de que eso estaba sucediendo, estallaba agresivamente acusando a la persona de la que suponía el desprecio de arrogancia y vana presunción y escupiéndole los más humillantes sarcasmos y las más cruentas ironías.
     El día de la recepción del rey su miedo imponía a su consciencia la falsa certeza de que sería tratado casi como un archiduque por el rey porque no era capaz de admitir la más mínima dosis de menosprecio por parte de nadie y menos aún por la del rey porque este, en esencia, era la autoridad que más importancia tenía para él. Pero su mala suerte fue que, al ir a acercarse al rey, tropezó con la alfombra y cayó al suelo. El rey, muy divertido con el suceso, se echó a reír y exclamó:
     -¡Qué tonto eres, pintor!
     En la mente del pintor, entonces, se acumularon un torrente de invectivas dirigidas al rey que, al no poder tener vía de escape, lo dejaba aturdido y ajeno al entorno, pero, cuando vio que el rey, al notarlo tan encogido y cabizbajo, le preguntaba si era el menos importante de los pintores que habían venido, subió tanto su indignación que se desmayó. Al ver su desmayo, el rey dijo:
     -¿Qué le pasa a este hombre que no para de tirarse por el suelo?

Seis relatos sobre explosiones de indignación (III)

A Susana Escarabajal Magaña

     El agente encargado de atender al público en la comisaría de policía estaba jugando a los solitarios cuando llegó un hombre con ojeras y mucha seriedad en el rostro.
     -Ha desaparecido mi hijo -dijo.
     -¿Cuándo desapareció? -dijo el policía sacando una carta más del mazo y colocándola sobre su mesa.
     -Ayer sobre la una de la tarde.
     El agente destapó otra carta y dijo:
     -Falta media hora para las veinticuatro horas reglamentarias, vuelva más tarde, estamos muy ocupados.
     El hombre, con ira contenida, se apoyó en la mesa del policía y dijo:
     -De acuerdo, amigo, tú mandas porque eres la autoridad pero mi hijo vale más que la autoridad, me voy a ir y voy a volver cuando se cumpla el plazo reglamentario pero, para cuando venga, si no has hecho un castillo bien alto con esos naipes... te capo.

viernes, 3 de octubre de 2014

Seis relatos sobre explosiones de indignación (II)

A Txaro Cárdenas

     Cuando Dios se enteró de la traición que le hizo Lucifer, se sintió como si lo fueran a castrar y, dudando de merecer el puesto de poder que tenía, se sintió culpable pero, incapaz de soportar la culpa, la volcó contra el ángel. Dios se mostró entonces como una madre llorosa y atormentada por el desagradecimiento de su propio hijo. Miró de reojo para ver el efecto pero Lucifer estaba completamente tranquilo, mirando sus lágrimas como quien mira volar un helicóptero. Su culpabilidad aumentó y también su necesidad de transmitírsela al ángel pero el ángel no sentía peso alguno en su conciencia porque era hijo mimado y había perdido el orgullo en medio de tantos halagos a su belleza exterior, que habían transformado en banal vanagloria su amor propio. Entonces Dios, no pudiendo soportar más el peso de la culpa, gritó a Lucifer lleno de furia:
     -¡De carita eres muy guapo pero no tienes nada dentro! ¡Si gobiernas en mi lugar, vas a ser una cosa mala porque no te quieres ni siquiera a ti mismo, imagínate a los demás...! Te tienta el poder porque tu alma no es libre y quieres someter a todo el Universo pero te digo una cosa: para gobernar, hay que tener algo en la cabeza y tú no tienes más que rizos. Vete haciendo las maletas que aquí no te quiero.

Seis relatos sobre explosiones de indignación (I)

A mi amada

     Felipe y su hermanito de dos años Chemita estaban comiendo helados de cucurucho en un banco de una plaza. Por el lado del banco que ocupaba Chemita, apareció un perro y, mientras Chemita lo miraba distraído, Felipe le dio un buen mordisco al helado de su hermano. Al advertirlo él, comprobando el gran trozo de helado que le había robado su hermano, se echó a llorar desconsoladamente y su hermano tuvo que darle su cucurucho.
     Compraron otros dos helados y volvieron al banco. Por el lado en que se sentaba Felipe, apareció el perro de antes, él se puso a mirarlo y Chemita aprovechó para darle un mordisco al helado de su hermano. Cuando su hermano vio el gran pedazo de helado que se había apropiado Chemita, sin pensárselo un segundo, gritó enfurecido:
     -¡Idiota, no te comas mi helado!
     Chemita, asustado, volvió a echarse a llorar y Felipe le tuvo que dar su helado otra vez para consolarlo.
     Volvieron a comprar helados y se sentaron en el banco. A Chemita se le cayó entonces su helado en el pantalón de Felipe. El impulso más inmediato de Felipe fue gritar a su hermanito pero se detuvo a medio camino porque sabía que, si lloraba por haberlo hecho sentirse culpable, tendría que darle su helado una vez más y ya no quedaba dinero para comprar más, de modo que, en lugar de descargar una virulenta acusación contra su hermano, se limitó a decir:
     -La culpa ha sido mía, que te he dado con el brazo. Ya has comido muchos helados, no te hace falta más.

lunes, 29 de septiembre de 2014

El hombre acorralado

A Juana María Díaz

     Nació dotado con un alma tan hermosa como una rosa y un corazón tan tierno como la miel pero no era eso lo que quería el mundo, el mundo quería que fuera útil de la manera más inmediata e ineludible posible, quería utilizarlo en su laberinto de intereses espurios y banales, que nada tenían que ver con la auténtica felicidad. Su madre muy pronto le hizo sentir lo que era el temor a un semejante con sus regañinas por causa de las manchas en la ropa y le siguió su padre, que se enfadaba con él porque lo molestaba cuando estaba viendo el fútbol. Pero donde de verdad sentía pavor era en la iglesia, viendo a toda aquella gente obedeciendo al unísono a las señales del sacerdote para hacer el más extraño de los gestos en cada una de las ocasiones.
     En la escuela, su miedo aumentó. La maestra era una mujer malhumorada y adusta que parecía no tener entrañas porque era capaz de gritar airadamente solo por el hecho de que los niños tuvieran el antojo de hablar dentro del horario de clase y no fuera. Cuando creció más y comprendió la importancia de pasar un examen, se enfrentaba a las pruebas con el mismo temor con que se enfrentaría a un perro que le gruñera. Los profesores no parecían confiar mucho en él porque tomaban severas medidas para que no copiara y le exigían contestar con todas las palabras, como si no bastara con asegurarle que sí se sabía la respuesta.
     En la adolescencia, se vio atrapado por el miedo a la opinión, sus compañeros de instituto defendían tajantemente sus prejuicios acerca de lo que tenía que hacer con su vida un joven que no quisiera verse aislado y despreciado por los otros. Difícilmente se adaptaba a esta situación porque lo que se le exigía era un alma gélida e impasible capaz de aguantarlo todo sin un parpadeo.
     Su vida era muy difícil por todas estas circunstancias y muy pronto se vio en manos de médicos. Los médicos eran la quintaesencia del terror, en sus manos estaba su propia supervivencia y, sin embargo, apenas movían un músculo de la cara. Hacían muchas preguntas y anotaban las respuestas pero contaban muy poco de lo que ellos pensaban por lo que lo dejaban intrigado y lleno de inquietud. Salía de las consultas con la turbadora sensación de haber cometido un delito grave que había que pagar tarde o temprano.
     A los cuarenta, estaba tan aterrorizado y temeroso de infringir alguna de las infinitas reglas que el prejuicio humano decretaba para la convivencia y la moral que no pensaba en otra cosa que en los fallos que creía cometer, que le hacían sentirse tan insignificante y sucio que no creía que hubiera en el mundo nadie tan indigno como él.
     Pero tuvo entonces la fortuna de encontrar un alma tan hermosa como la suya que supo reanimar la dulzura de su corazón. Ella era una mujer buena llena de indulgencia que le contagió su inocencia y su nobleza pero él cargaba con el peso de la angustia que había sedimentado en una vida de exigencia y hostilidad y no acababa de encontrar la felicidad porque, en su persona y en su suerte, no dejaba nunca de ver insuficiencias llevado por la fantasía y la ira contra sí mismo.
     Ella se dio cuenta de esto y decidió liberarlo de su sufrimiento. Un día se sentó frente a él y le dijo:
     -Dime los nombres de las personas que critican lo que haces, sin saltarte ninguno.
     Él pensó la respuesta unos instantes y respondió:
     -La verdad es que nadie me critica pero...
     -Eres tú el único que te critica -dijo ella antes de que él terminara la frase-. Tú eres el que le ve los defectos a las cosas que haces y el que te reprochas no hacerlas perfectas ¿pero me quieres decir, entonces, por qué, si eres tú quien ve los errores, no evitas cometerlos? Y, si no sabes en lo que te equivocas, ¿de dónde sacas la idea de que has fallado? -dejó que él reflexionara unos instantes y prosiguió-. Quisieras actuar de otra forma solo para convencer de tu valía a los otros aunque no son ellos los que la ponen en duda sino tú mismo, ¿habrá empeño más absurdo? ¿Por qué necesitas que los demás te muestren su aprobación si no te desaprueban? ¿Es que es necesario reconocerle a una persona normal que no es un asesino o un torturador aunque nadie la haya acusado de ello? ¿Por qué quieres ser mejor de lo que eres si siéndolo vas a dejar de ser tú mismo? ¿Qué puede importarte el reconocimiento de una persona que no te acepta cuando eres tú de verdad?
     Todas estas preguntas fueron tan reveladoras para él que, al acabar de escucharlas, se le escapó una sonrisa de alivio.
     -Nuestra perfección es ser lo que somos -dijo entonces ella- y nadie tiene derecho a criticarnos por no haber nacido distintos.
     Él se arrellanó en el sofá, respiró hondo y dijo:
     -Completamente de acuerdo...

sábado, 27 de septiembre de 2014

El afán de Eduardo

A Pamela Torres 

     Eduardo estaba triste aquella tarde de domingo aunque no sabía exactamente por qué. No dejaba de pensar en lo solo que se sentía. El resto de su familia, más extrovertidos y de espíritu menos complicado que el suyo, se habían ido al campo a comer paella y a pasar el día al aire libre. A Eduardo le decepcionaba mucho la simplicidad de carácter de sus padres y sus dos hermanos, apenas les interesaba otra cosa que sus economías y sus necesidades físicas, estaban eterna y absurdamente alegres pese a que sus vidas eran aburridas y grises y lo atormentaban intentando imponerle su pragmatismo estrecho y asfixiante.
     Aquella mañana, cuando Eduardo les habló de su intención de quedarse en casa, lo acusaron de huraño y masoquista y, envueltos en su barullo y algarabía habitual, se marcharon sin preocuparse mucho más por él.
     Si le hubieran preguntado qué era lo que deseaba realmente y qué cosa podía aliviar su melancolía, no hubiera podido responder; su soledad era ciertamente motivo de dolor para él y, sin embargo, sabía que ese dolor no lo paliaría una presencia humana habitual. Tenía amigos pero no le tentaba el impulso de salir a su encuentro. Su mejor amigo, Pedro, le había decepcionado íntimamente hacía unos días al hablar con entusiasmo del placer de la playa. La playa, para Eduardo, carecía del más mínimo interés, ¿qué placer podía extraerse de entregarse a un mero disfrute físico rodeados de una multitud anodina y sin inquietud alguna? Esta circunstancia hacía su soledad más profunda si cabe, ni siquiera su mejor amigo le comprendía. Pero, aun en el caso en que su amigo le hubiera comprendido y alabara sus opiniones, sentía que no habría mejorado su estado de ánimo de aquella tarde. ¿Sería que lo que su corazón deseaba ni existía ni tenía coherencia ni sentido alguno?
     Lo único que le apetecía en aquel momento era entregarse al placer irracional de dejarse llevar por las emociones que le despertaba la música que sonaba en el salón. Sin embargo, de pronto, oyó el teléfono. Era Pedro, que le instó a acompañarle a ver una película. Iba a negarse en redondo pero, cuando supo el título, cambió de opinión pues su intuición le hacía ver una afinidad entre aquella película y los sentimientos que estaba experimentando aquel día. Aquella película parecía desafiar el interés por las explicaciones fáciles y marcadamente racionales del hombre común y envolvía al espectador en una lógica propia y extraña pero cargada de sentido e incluso daba la sensación de tratarse de la verdadera lógica, perdida de vista por el hombre contemporáneo.
     Pero fue al salir del cine, paseando con Pedro por las calles de la ciudad, cuando su corazón experimentó el alivio que había anhelado sin creer que fuera posible. Ocurrió cuando su amigo, de pronto, dejó de comentar la película y, hablando de sus asuntos personales, dijo:
     -Estoy cansado de explicar mis emociones, mis emociones son absurdas pero son mías...
     Eduardo, ante aquella declaración de rebeldía y libertad sin límites, recuperó de súbito toda su admiración por su amigo, tan hondo tenía metido él justo aquel mismo deseo que desbordaba de júbilo viendo tanta afinidad en el alma de su acompañante. Había sabido formular con palabras su propio afán: el de rebelarse contra lo que frenaba su más oscuro instinto y ser él mismo aunque no pudiera explicar a nadie la utilidad de sentir las cosas que sentía. Su amigo había conseguido comunicarle su malestar de manera tan hábil que había evocado el suyo propio y se dijo que jamás en su vida lo abandonaría porque lo unía a él el más íntimo de los lazos: un sentimiento.

viernes, 26 de septiembre de 2014

Día de inquietudes

A Mónica Mera

     El día amaneció lloviendo con fuerza y, a la sensación física de incomodidad que ello le causaba, se unía la inquietud ante el alto riesgo de inundaciones que habían anunciado la tarde anterior los medios de comunicación; recordaba lo que sucedió hacía años, cuando su casa se anegó y estuvo a punto de perderlo todo.
     Era sábado, al menos no se vería obligado a ir al trabajo en aquel estado de ansiedad. Cuando estaba desayunando, se acordó de la propuesta de salir de copas que le habían hecho sus compañeros antes de despedirse hasta el lunes. Se había negado a acompañarlos porque era muy tímido y le daba miedo desinhibirse delante de ellos. Ahora se arrepentía, se imaginaba que pensarían que era un tío raro, se sentía excluido y ahora creía que, con este gesto, había ahondado más las distancias, sospechaba que sus compañeros lo odiaban y menospreciaban, siempre había tenido esa sensación con todo el mundo, era su más arraigado motivo de amargura. Si no estuviera secretamente enamorado de su compañera Samanta, no habría novedad alguna pero el hecho de que ella sí hubiera aceptado el plan para aquella noche de viernes volvía su situación mucho más perturbadora.
     Los motivos para sentir inquietud se le amontonaban aquella mañana, incluso llegó a pensar en el riesgo de cáncer y en las citas con el dentista. No podía estar quieto y comenzó a pasear por su casa. Respiró hondo y su mente se dirigió, contra toda sospecha previa, hacia los problemas fronterizos en la Roma de la primera mitad del siglo III después de Jesucristo. Hizo inventario mental y recordó a los germanos, a los sármatas, a los hunos, a los getas y dacios, a los persas, a las tribus bereberes, a los blemníes... Se sobresaltó levemente porque había olvidado la fecha de una de las campañas. ¿Cómo era posible? Fue con mucha diligencia entonces a consultar la gruesa enciclopedia. ¡Rediez! ¡Si era el final invertido de su número telefónico! Mil veces se lo había repetido y, sin embargo, se le olvidaba como si fuera una cosa sin relevancia alguna...
     Repasó en su mente las restantes fechas y comprobó que las recordaba, luego pasó a los nombres de todos los césares y al número de tablillas de escritura lineal b que se conservaban según el lugar en el que se habían hallado, 4360 en Cnosos, 1087 en Pilos, 337 en Tebas... Continuó por las dinastías chinas con sus fechas, los más importantes imperios de Asia central, las épocas de la historia india, los nombres de los principales literatos de la historia de Japón... Con satisfacción, iba comprobando que todavía controlaba a la perfección sus conocimientos de aficionado sobre la historia universal. Con extrema voluptuosidad, iba a continuar con los venerables reyes godos cuando sonó el teléfono.
     Descolgó y, para su sorpresa, era Samanta. Creyó que le iba a hablar de algún documento de la oficina pero lo que hizo fue ofrecerle su casa pues le inquietaba que permaneciera en la suya por el riesgo que suponía dado el lugar y las características de la vivienda. Iba a negarse pudoroso pero ella insistió tanto que lo llenó de asombro al verse objeto de tan inesperado y sincero afecto y respondió que iría de inmediato.
     Su momento de evasión entre los esplendores de la historia mundial le había hecho desprenderse de toda sus inquietudes, enfriadas mientras recorría los gélidos caminos de las invernales almas de los historiadores pero la llamada telefónica volvía a avivar sus emociones y, de pronto, otra vez sentía ansiedad pero esta vez no había nada en ella que fatigara su espíritu, era el más gozoso de los miedos, el miedo a la hermosura del otro, a su naturaleza insólita y enigmática, a su profundamente desconocida esencia. Samanta era un hondo misterio, Samanta significaba la realidad, la vida, la libertad, la belleza de lo ajeno y sentirla en su corazón lo perturbaba y lo colmaba de apacible ansia.
     Al llegar a su puerta, llamó. Ella le abrió, le hizo pasar adentro y, al percibir el azoramiento que él manifestaba, declaró con graciosa solemnidad:
     -Bienvenido a mi modesta mansión, espero que sea del agrado de un caballero tan apuesto, galante, agradable, sensible y generoso como tú.
     Él sintió aliviarse de pronto todo su temor y, dejándose llevar por sus emociones, respondió:
     -Donde esté una señorita tan dulce, bella y delicada como tú, es un despropósito sentirse mal.

miércoles, 24 de septiembre de 2014

El niño con miedo

A Reina Castesblancos

     El niño, que hacía planear su avión de juguete con la mano, lo hizo aterrizar sobre la mesa.
     -¡Niño! -gritó con aspereza su madre-. No juegues en la mesa con el avión que la rayas.
     El niño se puso entonces a jugar en el suelo.
     -¡Serás sayón, niño! -gritó agriamente su madre entonces-. ¡Levántate del suelo o hay palos!
     El niño perdió su interés por su avión porque ya no tenía pista de aterrizaje posible y abrió un libro.
     -¿Es ese el libro que tienes que estudiar? -dijo la madre-. Los cuentos para cuando no tengas que hacer deberes, si no, se te hace tarde.
     El niño abrió los cuadernos del colegio y comenzó a hacer los deberes.
     -¿Mamá, cómo se llama quien escribe poesía? -consultó de pronto el niño a su madre.
     -¿Pero será posible que no lo sepas, sopánfilo? -dijo la madre de mal humor- ¡Poeta!
     El niño ya no se atrevió a hacer más preguntas habida cuenta de lo terrible que era desconocer algo.
     Pasada media hora, el niño aún no terminaba sus deberes.
     -¿Ves como te faltaba tiempo para terminar? -dijo la madre entonces-. Y tú, queriendo leer cuentos. Si es que no sabes llevar bien tus cosas, no piensas en lo que tienes que pensar. Lávate las manos que vamos a cenar pero bien lavadas y la cara, si es posible, también, que llevarás legañas.
     Cuando el niño vio lo que había para cenar, se sintió deprimido y dijo con voz lastimera:
     -Mamá, eso no me gusta.
     -¿Cómo que no te gusta? -dijo la madre con tono decidido-. Pues otra cosa no hay. ¡A ver si no hay pobres en el mundo que no tienen qué llevarse a la boca y mi hijo dice que no le gusta la cena! El Señor te va a castigar si rechazas la comida que santamente nos ofrenda -la madre se sintió sublime al decir estas últimas palabras, ofrendar no estaba en su vocabulario habitual.
     El niño se sentía como dentro de una película de terror en lugar de en el comedor de su casa, el abominable infierno amenazaba su futuro postmortem, se imaginaba teniendo una muerte a lo Drácula, convulsionando horriblemente y sucumbiendo ante las santas fuerzas del bien.
     -Mamá, tengo miedo -dijo el niño de pronto.
     -¿Miedo? -dijo tiernamente la madre-. Si ya sé yo que tú no tienes valor. Cuando te acuestes, deja la luz encendida que yo iré a apagártela después.
     -Mamá, ¿no valgo lo mismo que los demás? -preguntó el niño con amargura.
     -Hijo, no te preocupes por eso, tenemos que ser muy humildes para ir al Cielo -respondió la madre.

martes, 23 de septiembre de 2014

Un hombre muy sensible

A Pilar Cossio Barredo

     -¿Es usted familiar del difunto, verdad? -preguntó un hombre en un velatorio a otro que mostraba su gran abatimiento moral y, cuando este asintió con la cabeza, dijo:- Le acompaño en el sentimiento, ¿qué le vamos a hacer...?  Así es la vida. Unos nacen y otros mueren, nacer es alegre y morir, triste pero las dos cosas hay que asumirlas, no nos queda otra. Yo no iría a ningún entierro, me solidarizo demasiado con el sentimiento de los familiares y lo paso fatal. Soy muy sensible, extremadamente sensible, ¿sabe usted? A mí que no me muestren desprecio o animadversión que me vengo abajo, tengo un corazón de oro y, si los demás son duros conmigo, me pueden hacer hasta llorar, soy un alma sin valor, un pobre de espíritu que, si Dios quiere, irá al Cielo porque no tengo malicia alguna, todos los que me conocen, hablan bien de mí. Vivo dos manzanas más allá de su bloque, me habrá visto muchas veces, suelo pasar todos los días andando para visitar al cura de la parroquia, que es mi amigo íntimo, congenio mucho con él porque los dos tenemos muy buenas entrañas, usted mismo puede venir un día conmigo a conocerle, es bueno que, después de esto, se entretenga el espíritu para que se le pase el tiempo más rápido y su dolor sea más llevadero. Tiene que cuidarse a partir de ahora, tiene que velar por su aspecto exterior, que es lo más fundamental de un ser humano. Si estamos felices por fuera, estamos felices también por dentro. Usted, si me lo permite, tiene cierta mal apariencia, sus ojeras, su barba, su gesto de tristeza pueden cambiarse fácilmente pero también habría que hacerle algo a su calvicie, su mujer le dará más cariño si le ve más guapo, todo el mundo le aportará mucha más alegría si luce en su cabeza una maravillosa cabellera. Yo no le ofrecería esto de no ser usted tan especial para mí. Es un producto extremadamente caro que todavía está en experimentación y que a mí me está dando unos resultados milagrosos, lo consigo de contrabando y me cuesta un ojo de la cara pero, si usted quiere probarlo, por cincuenta euros le doy una botella y, si quiere dos le doy gratis la tercera...

domingo, 21 de septiembre de 2014

Seis relatos contra la obligación de amar (VI)

A mi amada

     -No digas eso de la tita, tienes que quererla mucho -dijo una mujer a su hijo de nueve años con tono de reprimenda.
     -Pero, si quiero a la tita a propósito, se me pondrá la cara tiesa y se me caerá al suelo -dijo el niño haciendo pucheros.

Seis relatos contra la obligación de amar (V)

A Susana Escarabajal Magaña

     -Dime la razón, papá, ¿por qué no me has querido nunca? -dijo un joven lleno de amargura a su padre sentados ambos a una mesa donde acababa de celebrarse una comida especial y de la que ya se habían levantado y marchado los restantes comensales.
     -No le busques motivos, hijo, es una mera casualidad -respondió tranquilamente su padre.

sábado, 20 de septiembre de 2014

Seis relatos contra la obligación de amar (IV)

A mi amada 

     -¿Sabes que me he comprado un robot de cocina? -dijo una mujer a su compañero de trabajo.
     -Lo amo -dijo el compañero secamente.
     -¿A quién? -preguntó la mujer desconcertada.
     -A tu robot de cocina -respondió el compañero-. En el fondo, me es absolutamente indiferente y hubiera preferido que no me hablaras de él pero, ahora que sé de su existencia, mi obligación es amarlo con toda mi alma.
     -¿Por algún motivo especial? -preguntó la mujer.
     -Ninguno en absoluto, de hecho, lo odio y desprecio porque a esos trastos automáticos les tengo manía pero me he impuesto el deber de amarlo y eso es lo que estoy haciendo, amándolo con toda mi alma.
     -¿Y, si te digo que tiene un color verde muy bonito, te enamoras más aún? -dijo ella.
     -Al contrario, odio el verde -respondió él-, aumenta más mi menosprecio por tu robot pero estoy decidido a restringirme la libertad y, por eso, tu robot es el amor de mi vida desde este mismo momento, nada me puede causar más pesadumbre que tu robot verde, así que lo amo.
     -¡Qué cristiano eres! -dijo ella sonriendo maliciosamente.

Seis relatos contra la obligación de amar (III)

A Marina Gracia

     -Anda, nene, ve a comprarme tabaco -dijo una mujer a su hijo de ocho años con tono desaborido.
     El niño tomó el dinero que le daba su madre y salió de casa obediente y silenciosamente.
     -¡Ay, que trasto está hecho! -dijo la mujer a la vecina que estaba sentada a su lado-. Pero, a los hijos, hay que quererlos, son la cruz que llevamos a cuestas.
     -¿Qué edad tiene? -dijo la vecina refiriéndose, lógicamente, al niño.
     -Treinta y siete -dijo la mujer creyendo que se refería a ella misma.

Seis relatos contra la obligación de amar (II)

A Txaro Cárdenas

     La novicia se estaba confesando con el cura del convento y le estaba expresando sus dudas angustiosas de fe.
     -Padre, quiero hacer fuerza para amar a la madre superiora pero no me sale el amor, me sale solo indiferencia, me da igual si se ríe como si llora, si canta como si bebe vino, lo mismito que si fuera un mueble viejo. Por la noche, cuando me voy a dormir, me digo: "¡Qué guapa es!". Pero no me ayuda porque lo cierto es que no es muy favorecida. También me digo: "¡Qué mujer más simpática!". Pero me quedo igual de fría porque tiene un mal genio que espanta a cualquiera. Luego digo: "Como ella de buena no hay nadie en el convento". Pero, no sé por qué, no me lo creo tampoco...
     -Bueno, bueno, no se hable más -dijo el cura con apuro-, reza un padrenuestro y el Señor hará lo posible por perdonártelo.

Seis relatos contra la obligación de amar (I)

A mi amada

     -Papá, ¿no querer a todo el mundo es pecado? -dijo un niño muy serio a su padre.
     -Claro que es pecado, hijo -dijo el padre tras un momento de vacilación-, tenemos que amar al prójimo para ir al Cielo, además, a la gente que no ama a todo el mundo, no la quiere nadie.

viernes, 19 de septiembre de 2014

Seis relatos sobre el egoísmo (VI)

A Francisco Almarcha Martínez

     En el patio de recreo, resonaba el estrépito de los eufóricos niños, que veían en ese momento la posibilidad de descargar toda la frustración que habían acumulado en la clase. En un rincón, había un grupo inmóvil que exhibía las sonrisas maliciosas que sus comentarios jactanciosos y cínicos despertaban. Su manera de despojarse de la violencia interior era arrogarse un valor a costa de la humillación y el escarnio de otros. Satisfacía su falso orgullo el denigrar los sentimientos sencillos porque nada les dolía tanto como su propia debilidad y a nadie despreciaban tanto como a sí mismos. De pronto, uno de ellos propuso con despiadado sarcasmo:
     -¿Vamos a reírnos de la tonta?
     Ninguno apoyó la idea, era demasiado cruel pero uno de ellos, especialmente marcado por el sentimiento de inferioridad exclamó:
     -¡Sí, vamos!
     Quien había propuesto la idea se volvió atrás y dijo:
     -Ve tú, yo no tengo ganas.
     El otro, al ver que estaba solo y que a ningún otro le parecía brillante la idea, se llenó de vacilación y dijo:
     -Mejor no.
     Los otros, para hacerle daño en su amor propio, le acusaron entonces de cobardía y él, que ansiaba con desesperación el reconocimiento de ellos y una satisfacción poderosa para su anhelo de grandeza, respondió:
     -Pues sí que voy.
     Y dirigió sus pasos hacia donde aquella niña con problemas cognitivos que iba a ser objeto de la pesada broma observaba sentada en un escalón sola y con semblante melancólico el ajetreo del patio.
     Cuando llegó hasta ella, esta pensó que se trataba de alguien que deseaba su amistad, algo que ansiaba en lo más profundo pues nadie buscaba su contacto allí, y su semblante triste se iluminó con una sonrisa. Esto desarmó al niño. Nunca nadie le había sonreído con aquella generosidad, todo lo que le llegaba de los demás le parecían reproches y acusaciones, era la primera vez que se sentía objeto de una simpatía auténtica y leal por parte de otro ser humano. Renunciando a lo que iba a hacer, se sentó a su lado y le preguntó su nombre. Ella le respondió que Marisa.
     -¿Qué te pasa, Marisa, por qué lo suspendes todo? -le preguntó.
     Ella mostró indiferencia y encogió los hombros.
     Los niños de su grupo, desde lejos, le miraban y reían con gran jolgorio y coreaban burlones:
     -¡Es tu novia, es tu novia...!
     Él sintió entonces la tentación de decirle a la niña una gran crueldad para escapar al escarnio de sus compañeros, que le parecía horroroso pero venció ese impulso porque recordaba la sonrisa, esa sonrisa tan pura que nadie en su vida le había querido obsequiar antes.
     -¿Quieres que nos sentemos juntos en clase? -le preguntó.
     La niña dijo sí con la cabeza y volvió a sonreírle. Era una niña muy bella, nadie podría adivinar por su aspecto su déficit de inteligencia. Él comenzó a amarla en aquel momento y, despojándose de todo el odio a sí mismo que acumulaba y de todo su temor a los juicios de los demás, se contagió de la generosidad que destilaba el alma de aquella niña y cambió para siempre.