martes, 31 de diciembre de 2013

Valerio no es tonto

A mi amada

     La maestra tutora de Valerio dijo a sus padres que se sentaran. Ellos cogieron asiento en dos sillas de madera que había en la sala de profesores y ella en un cómodo sillón, tras lo que cruzó las piernas con brusquedad y comenzó a decir:
     -Lo que tengo que decirles de su hijo es una realidad insoslayable por lo que no es conveniente que me ande con rodeos. Señores, tengo que darles la lamentable noticia de que su hijo es tonto... Es tonto y jamás va a llegar a nada.
     La madre de Valerio lanzó una exclamación y se echó a llorar. Pero el padre abrió unos ojos como platos y dijo:
     -¿Y cómo lo puede saber usted? ¿Lo ha llevado a una vidente?
     -Amigo mío -dijo la maestra tras lanzar una risita-, los profesionales de la docencia no usamos videntes, nos servimos de la ciencia en todo lo que hacemos. A su hijo se le ha hecho una prueba para analizar su coeficiente de inteligencia.
     -¡Qué cosa más rara! -dijo el padre-. ¿Y qué es eso del coeficiente?
     -Ni más ni menos que la cantidad de cosas que puede hacer su cabeza.
     -¿Pero cómo pueden saber eso, señorita, si no se las han visto hacer todas? -preguntó el padre.
     -Bueno, es que se le plantean todos los tipos de problemas posibles y según conteste o no correctamente, se sabe si puede resolverlos o no -respondió la maestra.
     -¡Qué raro! ¡Pero si los problemas no se conocen hasta que no aparecen! -exclamó perplejo el padre-. ¿Cómo saben cuántos son? ¿Antes de que ocurran los problemas, ya hay soluciones para ellos?
     La maestra calló unos instantes pero luego respondió:
     -La ciencia es milagrosa, puede predecir lo que aún no ha ocurrido basándose en sus métodos rigurosos.
     -¿Pero no decía usted que no usaban videntes? -dijo el padre-. ¡Y ahora resulta que la ciencia es cosa de videntes y milagros...!
     La maestra se irritó ante la incredulidad del padre de Valerio y, con tono cortante, respondió:
     -Yo no puedo perder el tiempo con ignorantes, si quiere creerme, créame y, si no, permanezca en sus trece pero le aseguro que su hijo es un incapaz.
     -¡Incapaz me lo van a hacer ustedes! -dijo el padre totalmente fuera de sí-. ¿De modo que le enseñan a que haga lo mismo, sin cambiar nada, cada vez que se encuentre con el mismo problema y, si no lo hace, le llaman idiota? ¿Y cómo se van a erradicar los problemas jamás de esa manera? ¡Idiotas son ustedes y su estúpida ciencia! Me llevo a mi hijo a otro colegio y, si allí le hacen lo mismo que aquí, no vuelve a ponerse en manos de maestros. ¡Vámonos, Amelia! Y no llores más que los tontos son estos.

viernes, 27 de diciembre de 2013

Ajedrez

A mi amada

     Dos fascistas jugaban al ajedrez en el salón de uno de ellos. Muy circunspectos, guardaban silencio pensando en los previsibles y recomendables siguientes movimientos de las piezas y moviendo de cuando en cuando un peón, un caballo, una torre o lo que consideraran conveniente de la forma en que a lo largo de inmemoriales siglos se habían movido indefectiblemente.
     Pero, cuando el de las piezas blancas se quedó sin su reina, se acordó de su esposa. ¿Qué estaría haciendo ahora? Le inquietaba un poco que su depresión le llevara a acometer acciones que no fueran las propias de un ama de casa decente. Su mujer era su mujer y estaba obligada a complacer al varón, esa era su misión en la vida; su mente tenía que estar orientada a esa finalidad y todo lo que rebasara los límites de tal obligación era una infracción de las normas de la vida. ¿A qué venía eso de que se sentía de poco valor? Ella no tenía que valer, tenía que ser útil y ya está. Él sí tenía que valer, dar la cara por la familia, demostrar que era un hombre viril y no como esos mariquitas de ahora que les escribían poemas a las mujeres. ¡Como si a un hombre le tuvieran que gustar las mujeres! Un hombre de verdad, solo quiere fornicar; querer se quiere a los amigos, a la patria, a los políticos de bien, ¿pero a una mujer? La mujer está para gozarla con la carne porque es carne y poco más... Movió un caballo y eliminó a un peón.
     Cuando el de las negras se quedó sin ese peón, se acordó de sus empleados, de la cantidad inútil de derechos que tenían gracias a la democracia y a la acción de los sindicatos. Ojalá, pensó, volviera la época en que, por cuatro céntimos, tenían que trabajar el día entero. Los hombres menospreciados son más esforzados, se cansan menos, aman más a su patrón, hacen lo que está mandado y no más ni menos. Pero estos gandules de ahora no hacen más que ponerte la zancadilla y reírse de ti a tus espaldas. Si hubiera una dictadura y solo mandaran las buenas personas, se acabaría esta sinvergonzonería. Movió una torre e hizo jaque al rey.
     Cuando el de las blancas vio peligrar la partida, pensó en la vida. La vida no es de uno, pensó, es de Dios. Lo que ocurre es que los hombres somos rebeldes y hacemos lo que nos da la real gana. Menos mal que hasta el final hay tiempo de arrepentirse de los pecados. ¿Cómo será eso de arrepentirse? Debe ser un ataque de bondad muy grande dentro de la cabeza y muchas veces ni los familiares se enterarán, creerán que va derechito al infierno y no... para arriba gracias a sus buenos pensamientos. Yo no pienso llegar a ese extremo, comulgo los domingos, con eso seguro que basta. Movió el rey para evitar el mate.
     Al de las negras le brillaron los ojos porque vio la forma entonces de dar jaque mate, el momento más sublime del ajedrez, cuando el contrario es humillado, derrotado, cuando ha de reconocerse inferior, subordinado al vencedor, cuando ha de aceptarse limitado, impotente, cuando sucumbe a la dominación del triunfador y casi se convierte en su posesión. Qué momento de gozo para un fascista y cómo sufre su interior por comprender que los hombres buenos no pueden enorgullecerse de su superioridad.
     -Jaque mate -dijo el de las negras-. Lo siento mucho, Andrés, es un juego nada más pero me sabe mal hacerte esto...
     Andrés tragó saliva con mirada de angustia y respondió forzando una carcajada:
     -No importa, Basilio, hoy no me he levantado con el pie derecho, si estuviera más despejado, por lo menos, te habría dado más guerra.
     -Sí, la cabeza hay que tenerla en su sitio para jugar al ajedrez -dijo Basilio-. No es un deporte que permita muchas libertades.
     El hijo menor de Basilio, que estaba haciendo los deberes en la misma mesa en que estaba el tablero de ajedrez, extrajo de él uno de los caballos de las negras y comenzó a hacerlo bailar sobre la mesa mientras imitaba el sonido del galope. Muy entretenido y gozoso estaba en este quehacer cuando Basilio le asestó un cachete y le dijo ásperamente:
     -No hagas el tonto, Santi.
     Santi descubrió, entonces, con cierta perplejidad, que el ajedrez estaba por encima del dolor de su mejilla.

domingo, 22 de diciembre de 2013

Seis microrrelatos contra la rutina (VI)

A mi amada

     Alfredo siempre tuvo un profundo miedo al aburrimiento. Por eso, siempre estaba leyendo libros. Al principio se interesó por la naturaleza y aprendió mucho sobre las curiosidades del mundo animal pero sintió al final que no era un tema lo suficientemente interesante como para dedicarse a él toda la vida y trasladó su interés a la Física, cuando aprendió mucho de ella y le empezó a producir tedio, la abandonó y se dedicó a la Filosofía, la Literatura y la Psicología. Tras abandonarlas por puro cansancio, buscó el placer en las Matemáticas, la Geología, la Economía y la Historia. Cuando le empezó a fatigar centrarse siempre en una sola materia, comenzó a leer un diccionario enciclopédico en cien volúmenes con el que tenía la oportunidad de cambiar de tema prácticamente cada vez que cambiaba el término definido. Pero el tedio siempre le salía al paso, era como un espectro que le perseguía, como un veneno que se emboscaba detrás de todas aquellas abstracciones de los libros y se le inoculaba en el corazón en cuanto penetraba un poco en la espesura.
     Un día, desengañado de los libros, decidió dejar de aprender materias y quiso abrirse a la realidad inmediata. Empezó a hacer bricolaje, a arreglar el jardín, a coleccionar pipas de madera, a cocinar nuevas recetas, a visitar museos, a hacer fotos de cuanto le salía al paso; siempre estaba metido en un tren o en un avión para viajar a cualquier parte del mundo... Pero no superaba nunca del todo el aburrimiento porque vivía la realidad atendiendo a lo que estaba fuera de ella, su utilidad, su forma, su concepto, su causa, su valor y eso entretenía su entendimiento pero dejaba a su corazón sin el disfrute que le exigía.
     Él ignoraba que la realidad fuera infinita, había leído en los libros de Física que el Universo, pese a su vastedad, era limitado y su experiencia de mortal aburrimiento así se lo demostraba, no había nada nuevo bajo el sol, el mundo era una cárcel donde las celdas se llamaban conocimiento agotado y donde las rejas eran el hastío y la desesperación. Un día se tropezó con una mirada. Quiso ver lo que había tras ella pero la mirada no le cedió esa información, mantuvo su misterio indefinidamente mientras él sintió su belleza en el seno de su corazón. Quiso atraérsela pero la mirada parecía resistirse a la vulgaridad de su insinuación. Eso le hizo desviar la atención de lo que la hacía común a todas las otras miradas de aquel tipo y su corazón, vivo de repente, penetró en la realidad de aquellos bellos ojos y supo que había algo en ellos que no encontraría en ninguna otra parte del universo y que les daba la vastedad de mil universos o de mil millones de universos o del infinito. Cuando, consciente plenamente de esta verdad, se comenzó a aproximar a aquellos ojos, su entendimiento estaba preso de la mayor confusión y supo que nunca llegaría a abarcar con él aquel fenómeno con el que se estaba enfrentando pero su corazón sí tenía todas las respuestas porque, por primera vez en su vida, había despertado.

Seis microrrelatos contra la rutina (V)

A Txaro Cárdenas

     Juan y María eran un matrimonio que se sentía como atado a un péndulo. Cuando el aburrimiento por la rutina les atormentaba, comenzaban a arrojarse a la cara verdades pero estas eran tan dolorosas que les hacían sentirse culpables y, tras reconciliarse otra vez, buscaban algo nuevo en lo que entretenerse juntos. Así hasta que una de las veces en que el péndulo estaba oscilando hacia el nuevo entretenimiento correspondiente, decidieron que este fuera la verdad y se destaparon el uno al otro sus corazones empleando la calma y la ternura. Y descubrieron un mundo tan fascinante e infinito que ya nunca más entró el hastío a sus vidas.

sábado, 21 de diciembre de 2013

Seis microrrelatos contra la rutina (IV)

A Susana Escarabajal Magaña

     María y Perico tenían un amigo escritor, que había conseguido vender un millón de ejemplares de un libro de poemas y, cuando se aburrían, iban a su casa a abusar de su generosidad, a comerse el salchichón del frigorífico, a beberse las latas de cerveza, a apurar el tarro de la mermelada, a llevarse a casa los posavasos, los libros, el café, a pedirle tabaco, cerillas, una gabardina para salir con la lluvia que nunca devolvieron, etc., etc.
     Lo que era rutina para ellos, para el escritor era sufrimiento porque apenas conocía a aquellos dos y, cuando entraban en su casa, poco o nada se ocupaban de mostrarle afecto alguno, muy al contrario se dirigían lo más pronto que podían al frigorífico o al lugar en el que querían hacer la rapiña.
     La rutina tiene su lado placentero pero el sufrimiento no es agradable se mire por donde se le mire; de modo que el escritor un buen día usando de su derecho de propietario de la casa, les negó la entrada. Ellos, que se sintieron menospreciados y perdieron la felicidad de su rutina, se lo tomaron tan a mal que el resto de sus vidas hablaron pésimamente de aquel escritor, quien por su parte, se halló encantado de volver a su rutina creativa, que es todo lo contrario de una rutina.

Seis microrrelatos contra la rutina (III)

A mi amada

     Amanda y Fernando coincidían en haber tenido unos padres irreflexivos, indolentes y entregados a la trivialidad y lo superficial. Crecieron sin sentirse amados, tan solo volcados en el logro de beneficios materiales, pues, cuando su corazón está dormido o muerto, el único interés de un hombre es poseer.
     Se casaron convencidos de que eran el uno para el otro y vivían su complicidad con tal cinismo que, fuera de su propio bienestar, nada les importaba en el mundo. Paradójicamente, su espíritu mostraba un altruismo exacerbado en su devoción profunda por el equipo de fútbol con el que se sentían identificados y eran capaces de los mayores sacrificios a cambio de ver todos sus partidos desde la grada. Esa devoción no se extendía a sus jugadores pues, a poco que les vieran flaquear o mostrar su incompetencia, eran los primeros en silbar y censurar con insidia cada uno de sus errores.
     Su existencia era una constante búsqueda de trofeos absurdos que la fama de la que estaban rodeados les hacía codiciar. Ver una estatua célebre de una plaza, visitar un museo solo porque fuera conocido o comprar compulsivamente lo que la publicidad les incitaba a desear eran el tipo de acciones que daban un cierto brillo a sus vidas y les impedía darse cuenta de hasta qué punto estaban vacías.
     Un verano no pudieron ir de vacaciones por cuestiones económicas. La atmósfera del hogar se hizo muy tensa, él sentía un hastío desesperante, que el calor ambiental hacía más perturbador. Ella lo acosaba constantemente con reproches puesto que le culpaba de no haber podido veranear aquel año. Una noche la frustración de Fernando se hizo para él imposible de soportar cuando ella le insultó con una palabra muy humillante. Había pasado muchos días asomándose a la insólita revelación de que Amanda no le importaba nada, de que nunca le había importado nada, de que solo la quería porque necesitaba una compañera. Cualquier otra mujer le habría servido. Pero lo que le preocupaba era sentir que él representaba para ella ese mismo humillante papel. No podía tolerar que aquella mujer, que tanto le debía a él, según su opinión, tuviera su espíritu exento de un tributo de dependencia y veneración. Todas estas incongruentes reflexiones se le agolparon en la mente ante el impacto del insulto y, sin ser capaz de dominarse, la sujetó fuertemente, salió con ella al balcón y la arrojó al vacío.
     Amanda quedó inconsciente en el asfalto aunque pudo salvar la vida pero Fernando creyó que la había matado. Por primera vez en su vida, sintió la angustia de un verdadero remordimiento pero no había el más mínimo espacio para el perdón en su alma. No quería perdonarse. En realidad, todo lo que había hecho en su vida era castigarse, castigar lo que era porque se daba cuenta de que nunca había sido amado ni respetado como ser humano. Castigarse a sí mismo, negarse a sí mismo era su manera de ser coherente con su corazón. Vivía apegado al bullicio de las trivialidades, ciego a la esencia de la vida porque, si se concedía la vida, todas las humillaciones que habían ido sedimentándose sucesivamente en su alma habrían sido un sufrimiento sin sentido y eso era algo que su interior más escondido no podía creer que fuera verdad, tanto dolor tenía que tener una causa.
     Se abrió a su entendimiento una verdad oculta: no solo no quería a Amanda ni a ningún otro ser humano, tampoco se amaba a sí mismo. Percibió en su interior que no había nada que le atara al mundo, su corazón estaba muerto, la felicidad era imposible, no se pertenecía, él era otro, siempre había sido otro. Salió otra vez al balcón y se arrojó contra la acera. Él sí murió por la caída a los pocos segundos.

viernes, 20 de diciembre de 2013

Seis microrrelatos contra la rutina (II)

A mi amada

     Andrés, cuando se casó, era aficionado al bricolaje, a los libros de historia, a la música country, a las barbacoas y al cine. Un año después, perdió todo su interés por el bricolaje, hecho el primer revistero, hechos todos. A los cinco años, le sentaban los libros de historia como una pedrada en la cabeza, siempre eran lo mismo, de la nada se forma una montaña, de repente todo se cae y vuelta a empezar. A los siete años, la música country le acabó dando nauseas, con todos esos banjos y esos músicos con sombreros de pistolero. Se dijo que ya era bastante extraño el mundo como para seguir con interés el folklore de los pueblos. Al año siguiente se le rompió la barbacoa y no compró otra, se había hartado de asar chuletas para los vecinos y quedarse él con hambre. A los diez años de casado, fue la última vez que entró en un cine, estaba cansado de quedarse dormido en el asiento a la media hora.
     De modo que se quedó sin ninguna afición, todas le acabaron aburriendo, todas perdieron interés para él al perder su novedad. Pero eso no le hizo más infeliz porque tenía un gran amor hacia su esposa. Su esposa se fue convirtiendo poco a poco en su gran afición. Cuanto más la conocía y más envejecía junto a ella, más bella le parecía y más sorpresas descubría en ella; el amor que se tenían la hacía infinita como un océano, no era preciso ni que hablaran, el más leve suceso que acaecía cuando estaban juntos llenaba su corazón de vastas resonancias, siempre insólitas y novedosas, incrementando la magnitud y el enigma de la emoción que le hacía sentir. Ambos sabían lo especial que era el uno para el otro en sus corazones y, aunque apenas sabían expresarlo con palabras, un beso inesperado en la mejilla, un te quiero susurrado en medio del telediario, una caricia leve en la mano abandonada descuidadamente hacían de ese mes un paraíso.
     Sus vecinos creían que el amor eran cosas y siempre estaban planeando algo para mantenerlo vivo sin que al final lograran mucho éxito porque la infelicidad y el hastío les salieron al encuentro.

Seis microrrelatos contra la rutina (I)

A Larita Vöss

     -Te amo con toda mi alma -dijo él.
     -Y yo a ti -dijo ella.
     -Yo quiero un cómic de Spiderman... -dijo el niño.
     -Ve al jardín, allí hay una araña muy bonita, Jorge -dijo él y, dirigiéndose a ella, prosiguió:- Eres lo más hermoso que he conocido jamás.
     El niño lanzó una carcajada y dijo:
     -Lo más hermoso que he conocido jamás... ¡Qué risa!
     -Jorge, no te rías de los sentimientos, es lo más serio que tenemos -dijo él y, volviendo otra vez el rostro hacia ella, le dijo:- Eres una florecilla perfumada, una tierna golondrina, un patito bueno.
     -¡Anda! -dijo el niño- ¿Por qué le dices que es todo eso?
     -Porque son cosas bonitas como ella, Jorge, porque quiero que sepa lo mucho que me gusta -dijo él.
     -A mí también me gusta... -dijo el niño repentinamente enternecido.
     -Pero yo la necesito más que tú -dijo él-. Si no me quisiera, me moriría de soledad. Ve a jugar al jardín, pero no hagas daño a las plantas.
     El niño, con el corazón lleno de ilusión, echo a correr hacia el jardín para ver la araña y observar las plantas. Cuando salió fuera, él le dijo a ella:
     -Es una pena la forma en que mi hermano está estropeando a su hijo. Él siempre fue insensible, no siente más que indiferencia por los demás, nunca se recuperó del acoso de los niños del colegio.
     -Su esposa tiene la mirada triste, han caído en una rutina insoportable y no saben combatirla más que con barbacoas -dijo ella.
     -Me gustaría tener un hijo poeta -dijo él.
     -Ya es tarde para nosotros, tendrás que conformarte con tener un hijo delineante y una hija profesora de Matemáticas -dijo ella.
     -Esperemos que lo consigan, de momento van estupendos -dijo él.

miércoles, 18 de diciembre de 2013

Seis microrrelatos sobre la autenticidad (VI)

A Eya Jlassi

     El profesor de Historia, hablando del sentido de la vida y de la naturaleza humana, iba a revelar su más honda convicción pero antes quiso saber la opinión al respecto de sus alumnos y dijo:
     -A ver. ¿Quién de vosotros quiere decirme cuál es la finalidad primordial de la sociedad humana?
     Un alumno levantó la mano y dijo:
     -Proteger a los seres humanos y permitir que sean felices.
     El profesor arrugó el ceño y dijo con cierto desdén en el tono:
     -¿Estáis todos vosotros de acuerdo?
     La clase casi en pleno respondió con un entusiástico monosílabo afirmativo.
     -¿De verdad no hay nadie que tenga otra opinión entre vosotros? -dijo el profesor algo incrédulo.
     Alguien al fondo levantó la mano y dijo:
     -Preparar la instauración del Reino de los Cielos que predicó Jesús.
     -¿Quién de la clase opina igual? -preguntó el profesor.
     Una o dos manos se levantaron en medio del silencio más absoluto y se oyeron murmullos de rechazo y censura.
     -Bueno, pues yo os voy a decir lo que pienso personalmente sobre el tema -dijo a continuación el profesor-. El fin fundamental de la sociedad humana es la conquista del espacio. Para que eso ocurra, miles de naves repletas de seres humanos habrán de viajar a través del vacío espacial durante cientos de generaciones. Esos hombres no conocerán la vida al aire libre pero la tecnología será tan buena que permitirá que se sientan como si estuvieran en medio del campo. Para que no haya desórdenes, disensiones, ni pánico ante la sensación de la nada infinita, se les modificará el cerebro y se conseguirá que sean absolutamente pacíficos y carezcan de emociones demasiado grandes. El amor es una emoción inútil, solo necesaria para la reproducción, que, para esas fechas, ya podrá realizarse artificialmente, por lo que será una de las emociones que hayan de ser extirpadas. ¿No os parece bonito este futuro? Poner la planta de los pies en planetas lejanos, poder prescindir del sol, de la lluvia, de las plantas, de la tierra y el oxígeno de nuestra atmósfera gracias a la tecnología, dejar de sentir emociones dolorosas o molestas, poder pasar una vida entera sin enamorarse ni sentir pena por nada...
     Los alumnos le miraban con gestos de aprensión y desagrado o de interés y perplejidad y uno de ellos, que era algo descarado y problemático, dijo de pronto fingiendo una exagerada y meliflua devoción:
     -Me encanta porque ahí ya no habrá historiadores ni profesores de Historia, se habrán ido todos por el desagüe del retrete ultraelectrónico.

Seis microrrelatos sobre la autenticidad (V)

A María José Valverde

     Antonio era una persona que había alcanzado cierto grado de sintonía con el mundo en que vivimos los hombres gracias a que guardaba en su bolsillo una pata de conejo, a que no vestía jamás ninguna prenda amarilla, a que evitaba con escrupulosa minuciosidad cualquier peligro los martes y trece, a que nunca pasaba por debajo de una escalera y, en resumidas cuentas, a que prestaba atención y cuidado a cada uno de los detalles que la superstición popular aconsejaba tener en consideración.
     Si veía en alguna parte una joroba, olvidándose de la más elemental regla de decencia para un ser humano, se atrevía a perder el respeto debido a la persona que había bajo aquella prominencia y buscaba rápidamente el medio de, disimuladamente, tocar su giba porque eso le aseguraba un tiempo más de suerte. Si se encontraba con un bizco, aunque fuera una persona de bien, cruzaba los dedos y se tocaba el pecho, donde llevaba colgada una bolsita con un diente de ajo para evitar el mal de ojo. Procuraba hacer vida social los martes porque era el único día de la semana en que no trae mala suerte conocer a un zurdo, según había oído. En fin, respetaba mucho a las fuerzas misteriosas que gobernaban el azar y muy poco a sus semejantes.
     Pero todas estas precauciones no evitaban su intranquilidad, de modo que, por consejo de su psicólogo, se compró un ordenador y se conectó a internet para entretener su atormentado ánimo con las absorbentes diversiones del mundo virtual. De esta manera, Antonio, que siempre se había sentido insignificante y poco valioso, ayudado del anonimato y el encubrimiento que permite la red, comenzó a sentirse cómodo en el trato social, su corazón se abrió a los seres humanos y se encariñó con una mujer a la que encontró en una red de contactos.
     Tanto afecto le inspiró esa mujer que se enamoró de ella y le pidió un encuentro en el espacio real. La cita fue lógicamente concertada un martes, por si ella era zurda. El día dispuesto y a la hora convenida, se duchó y afeitó, se vistió elegantemente, se perfumó, se metió su pata de conejo en el bolsillo, se colgó al cuello su diente de ajo, dijo tres veces, como era su gusto, lagarto, lagarto, y salió de casa rumbo al lugar donde se había citado con ella.
     Cuando llegó al lugar, se sentó a esperarla pero, al cabo de un rato, el corazón le dio un vuelco y se estremeció de terror. Había visto a lo lejos una persona pelirroja, cosa que traía una horrible mala suerte. Pensó que su relación estaría marcada para siempre por el estigma de la mala suerte pues tan funesta señal le enviaban las fuerzas invisibles. Pero, a medida que esa persona se acercaba, fue distinguiendo mejor su rostro y su corazón se llenó de alegría porque comprobó que era la mujer de la que estaba enamorado, que, según sus conocimientos, no era pelirroja natural porque en sus fotos aparecía con una preciosa melena rubia y ese era un detalle que la liberaba de ser portadora de mala suerte.
     Antonio la abrazó y besó apasionadamente y, cuando ya su emoción le dejó hablar, lo primero que dijo fue:
     -¡Qué alivio, querida! Cuando te vi a lo lejos, pensé que eras una pelirroja auténtica. ¡Qué agobio he pasado hasta que he sabido que eras tú teñida! No sabes cuánta mala suerte trae un pelirrojo genuino.
     La mujer dio una exclamación de sorpresa y respondió:
     -Antonio, soy pelirroja natural, es en la foto de la red donde estoy teñida.
     Antonio mostró, en su rostro, la expresión máxima de la perplejidad, absolutamente contrariado y asustado. Sin preocuparse de la mujer que tenía al lado, fue a sentarse en un banco sumido en profunda cavilación, luego levantó la vista y, al comprobar que la mujer había vuelto la espalda y se marchaba, corrió tras ella, la detuvo y le dijo:
     -La suerte viene y va, es un mal bicho. Tú eres demasiado valiosa para cambiarte por ella.

Seis microrrelatos sobre la autenticidad (IV)

A Rosa Prat Yaque

     Alejandro se sentía atraído por una chica del instituto, ella parecía también mirarle con buenos ojos pero no acababa de mostrarle el suficiente apego. Para acabar de conquistarla, dejó de escuchar su música favorita y la cambió por la que estaba de moda, se hizo un peinado a lo Leonardo DiCaprio, se compró ropa parecida a la del guapo del instituto, empezó a hablar imitando a los personajes de las series de la tele y a comportarse exactamente igual que veía hacerlo a los profesores.
     Alejandro tenía un hermano gemelo que seguía escuchando la música que le daba la gana, no usaba en peinarse más de un minuto, vestía con la ropa que le compraba su madre y hablaba y se comportaba como le salía del corazón, todo igual que Alejandro antes de pensar que no gustaba lo suficiente a la chica de la que estaba enamorado.
     Una semana después de la transformación de Alejandro, la chica se acercó a este hermano gemelo, habló con él unas palabras y le dio un beso en la mejilla. Alejandro, que contempló la escena desde lejos, vio su interior sacudido por la perplejidad y el espanto. Al día siguiente, deshizo su peinado a lo DiCaprio, se vistió sus antiguas ropas y dejó de comportarse como lo había estado haciendo últimamente para atraerse a aquella chica; en su lugar, sintió su menester prioritario imitar en todo a su hermano gemelo.

martes, 17 de diciembre de 2013

Seis microrrelatos sobre la autenticidad (III)

A Txaro Cárdenas

     Salvador le entregó un cuento a su profesor de Literatura mientras el resto de la clase terminaba de hacer un examen. Él lo leyó y le llamó con gestos para que se acercara a su mesa.
     -Mira, Salvador -le dijo-, te aconsejo que te trabajes mucho tu estilo, el argumento no me convence, los diálogos están poco desarrollados, el final decepciona bastante, no es contundente como deben ser los finales, las descripciones son muy someras, debes esmerarte bastante más en ellas, describe mejor la calle, di el número concreto de la casa del asesino, cuenta cómo son las ropas de los personajes, el vocabulario lo noto demasiado culto, dale más espontaneidad, hazlo más actual...
     Salvador muy avergonzado y con el rostro colorado le respondió:
     -No, señor Manuel, este cuento no es mío, es del premio Nobel del año pasado. Lo leí en la biblioteca y me gustó tanto que lo copié a mano y se lo he enseñado porque creí que a usted le parecería muy bueno pero no he querido hablar por no molestar a la clase.
     El profesor se enderezó, respiró hondo y dijo:
     -Me da lo mismo de quién sea, muchacho, el nivel de los Nobel ha bajado mucho últimamente, prácticamente lo regalan.

Seis microrrelatos sobre la autenticidad (II)

A Susana Escarabajal Magaña

     El presidente golpeó la mesa con su maza y dijo:
     -Silencio, por favor, y respeten el turno de intervención. Solana, tiene la palabra, le ruego que se atenga al tema fijado para hoy.
     -No me lo he preparado -respondió Solana.
     -Señor Solana, no es incumbencia de esta asamblea ese detalle íntimo que nos acaba de dar -dijo el presidente-, estamos esperando su exposición sobre el asunto que nos ha reunido hoy aquí.
     -Bueno -dijo Solana-, trataré de exponer someramente los datos más relevantes y que mejor recuerdo del estudio que he hecho durante la comisión de investigación. Para mí es usted un redomado zoquete, tan obcecado que solo ve lo que tiene a un palmo de su nariz, un dictador y un tirano tan incompetente que hasta las gafas se le tuercen, un tipejo insignificante que tiene que subirse a una tarima para poder hacerse de valer, un miserable, que utiliza a sus amigos para sus ambiciones personales y para aumentar el tamaño de su ego hueco y lleno de inseguridad y, por último, un hipócrita que se esfuerza en parecerse buena persona a sí mismo sin que nunca termine de creérselo. Muchas gracias.
     Todos los asistentes se pusieron blancos y el presidente dijo:
     -¡Solana, qué crudo eres! Y encima tienes mala memoria. El tema de hoy era recuerdos del verano pasado; sentimientos personales sobre mí era mañana.
     Solana se pegó una palmada en la frente:
     -¡Es verdad!
     El presidente, se abrió el cuello de la camisa y dijo con el rostro ensombrecido:
     -Este juego ya cansa. Llevamos dos semanas así. Se acabó. Se ha desatado una revolución anarquista. De ahora en adelante, cuando vengáis a mi casa, haced lo que os apetezca.

Seis microrrelatos sobre la autenticidad (I)

A mi amada

     En una pequeña isla de Oceanía en la que permanecí dos semanas, un anciano me contó el mito de creación de su pueblo. Según el anciano, no era un mito sino la exacta memoria de los hechos reales del pasado, tan rigurosamente reproducidos en su narración como si me mostrara un libro de historia de los más veraces.
     Me dijo el anciano que, según este mal llamado mito, los aventureros que hollaron la isla por primera vez, gloriosos antepasados suyos, vieron que el lugar era un aceptable espacio para habitarlo ellos el resto de sus vidas y su prole hasta el fin de los tiempos por lo que decidieron convertir la isla en el último jalón de su atribulada peregrinación por el mar.
     La isla contenía todo lo necesario para sobrevivir sin pasar necesidad y todos se sentían en ella al principio tan felices como si estuvieran en el Paraíso. Tan dulce les parecía la vida en aquel lugar que el mismo amor por aquella hermosa manera de pasar los días en la Tierra hizo aparecer, al cabo de un tiempo en sus espíritus, el temor a ser desposeídos de ella. De este modo, la felicidad absoluta de la que disfrutaban desapareció al surgir el deseo no satisfecho de tener la seguridad de que la disfrutarían siempre.
     Tenían que hacer algo urgente para solucionar el problema recién surgido porque, de la noche a la mañana, ya nadie era feliz, todos estaban preocupados porque su nivel de vida descendiera por un imprevisto y dejaran de ser tan dichosos; esta inquietud se había ido extendiendo de unos a otros y hecho general porque el impacto de una alarma reside en su improbabilidad y delirante incongruencia.
     Se reunieron los más reflexivos y ancianos al pie de una montaña porque las montañas parece que ven más lejos que los hombres y aquellos hombres necesitaban ver demasiado lejos. Al principio, a nadie se le ocurría la solución pero alguien tomó la palabra al cabo de una hora y dijo que lo que había que hacer era aparentar que vivían felices por muy tristes que llegaran a estar para que el resto de las cosas del mundo no se dieran cuenta del mal que les podían hacer y concibieran su funesta y temida traición.
     De modo que se acabó creando un código de conducta inalterable, obligatorio y con la prohibición de violarlo bajo pena de muerte, que aseguraba que todos manifestaran las maneras de los hombres felices, lo fueran o no. El código daba normas sobre cómo reír y cuando, cómo amar y por qué o cómo divertirse y con quién para que nadie dejara nunca de hacerlo por ignorancia en los casos en que era lógico hacerlo supuesto el caso de que fueran verdaderos hombres felices.
     Muy pronto dejó de haber hombres auténticamente felices en la isla, cargaban con el peso asfixiante de una normativa legal sobre su expresividad que les impedía mostrar sus verdaderos sentimientos y que, incluso en las intimidades del amor, los hacía opacos e impersonales.
     Los hombres de la isla empezaron a mostrar descontento al sentirse oprimidos de aquella manera y se hizo una nueva asamblea de sabios. Se hicieron el razonamiento de que los sentimientos no debían quedar escondidos porque resultaba muy doloroso y que, si permitían que todos los sentimientos pudieran expresarse pero con tibieza, las cosas no se darían cuenta de su tristeza y no se rebelarían contra ellos.
     Ahora tenían todo lo que necesitaban para sobrevivir sin necesidades pero habían caído todos en la desesperación y el dolor porque habían de frenar sus sentimientos y negar a su corazón, adormecido y yerto, la pasión y la sensación de la vida. Tanta tristeza sentían los isleños que muchos mostraron la opinión de que era preferible vivir sin las cosas que les daba la isla a seguir volviendo la espalda al corazón y al palpitar de la existencia.
     Se convocó una tercera asamblea y los ingeniosos sabios idearon la solución perfecta que seguía en vigor a mi llegada al lugar. Los reunidos decidieron que todos los sentimientos de los hombres permanecieran ocultos a las cosas, que ni los árboles frutales, ni las chozas de bambú, ni las redes de los pescadores o el cetro del jefe conocieran lo que sentían y, a cambio de eso, a los hombres se les otorgaban tres palabras nuevas de significado secreto para manifestar solo a los oídos de los humanos la emoción más grande, nadie debía pronunciarlas en voz alta ni ante más de una persona, estas tres palabras eran: kualeli, que significa me siento solo, buakana, que significa estoy desolado, y hoamani, que significa te amo.
     Los habitantes de esta isla apenas manifiestan sus sentimientos pero son felices; su corazón está vivo y conserva su instinto más hondo porque se ha liberado de las cosas.

domingo, 15 de diciembre de 2013

La argumentación de Lisa

A mi amada

     Lo mejor de la vida para Tom era Lisa. Verla llegar una vez más a la granja en su bicicleta para pasar con él un rato era todo lo que necesitaba aquel adolescente para sentirse en el paraíso. No sabía dónde vivía, sabía que venía de la ciudad pero nada más. Lisa era una chica de brillante inteligencia pero de trato sencillo, llena de bondad y profundamente afable. Paseaban juntos por el campo, hollando la hierba de la pradera, hablando de las cosas bellas del mundo. Habían llegado a besarse alguna vez aunque ella se negaba a concederle a él derecho alguno de propiedad sobre su persona. Ya hacía dos años que Tom la conocía y ella había reñido algunas veces con él pero, tras un tiempo de ausencia, Lisa regresaba pedaleando en su bicicleta y la relación volvía a restablecerse. Para Tom era tan indescriptible y subyugante el placer de saberse merecedor de la fidelidad exenta de cualquier interés de aquella chica tan fascinante que cada día que pasaba era más feliz.
     Un día, paseando como de costumbre por las colinas del lugar, hablándole de la felicidad que le hacía sentir aquella amistad tan pura, le dijo que sus padres apenas parecían mostrar alegría alguna por el hecho de vivir juntos y darse compañía el uno al otro y que posiblemente la edad hacía a las personas más tristes.
     -No es la edad, Tom -dijo entonces Lisa-. Te explico. Nosotros somos felices porque nada nos une y, sin embargo, estamos juntos pero, a la gente, por lo común les une toda una larga lista de cosas que no tienen nada que ver con el amor y viven juntos por necesidad. Al principio, salen juntos por no quedarse solos en casa, luego empiezan los celos y tienen que estrechar todavía más su unión, tienen su primera relación sexual y tienen que seguir juntos porque han vivido una experiencia demasiado íntima y ya no pueden volverse atrás. Si ella se queda embarazada, lo normal es que él se sienta responsable y acepte el matrimonio.
     "La pedida de mano es la demostración para los padres de que él tiene poderosas razones para que su hija se case con él sin importar mucho la del amor. Cuando ya están concertadas la ceremonia en la iglesia, el festín, el viaje de luna de miel, el hotel y ya se han comprado todos los electrodomésticos, muebles, enseres y demás complementos de la casa en la que van a vivir, poco se acuerdan ya del amor, toda su preocupación se centra en que la boda, con todos sus detalles, sea un éxito, es lo prioritario para ellos.
     "Cuando llega el primer hijo, se necesita el sueldo de los dos para mantenerlo o bien que uno de los dos se encargue de cuidarlo quedándose en casa; nada queda ya de la libertad que precisa el amor para sobrevivir. Ya tienen hijos, una casa, uno o dos coches, una suma enorme de muebles, electrodomésticos, libros, hábitos de vida asentados, ideología común, lazos con los vecinos a los que hay que explicarles todo con argumentos lógicos y claros que demuestren la necesidad de cualquier decisión transcendental...
     "Los hijos crecen educados en la idea de que hay que cumplir con imposiciones y deberes y que la libertad es peligrosa lo que les hace irresponsables y objeto de la preocupación de él y de ella. Ya no son una pareja de amantes, si es que lo han sido alguna vez, ahora son dos afanosos y angustiados funcionarios del Estado que intentan que sus hijos sean seres de provecho para la sociedad y que se olviden de lo que insisten en ser.
     "El divorcio no les impide volver a cometer el mismo error, están tan obsesionados, cuando se ven de nuevo solteros, por recuperar su rutina de matrimonio que no esperan a enamorarse y en cuanto encuentran una persona dispuesta a casarse con ellos, le abren las puertas.
     "Cuando los hijos ya son mayores, vienen los nietos, que hacen demasiadas preguntas y han de obtener respuestas sencillas para todo. En el colmo de lo patético, los nuevos abuelos puede que quieran fingir ante sus nietos que se quieren de la forma pura en que lo hacen los niños y es cuando definitivamente se esfuma el último rastro de amor que existía entre ellos porque es cuando es el amor en sí el que se hace necesario.
     "No es la edad, Tom, la gente adulta está triste porque se han hecho esclavos de las cosas."
     Tom dio la razón inmediatamente a Lisa y siguieron caminando un rato más mientras se le hacía a ella la hora de marcharse a su desconocida casa.